lunes, 17 de octubre de 2011

Carta Apostólica en forma de Motu Proprio “Porta Fidei”

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CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO

PORTA FIDEI

DEL SUMO PONTÍFICE

BENEDICTO XVI

CON LA QUE SE CONVOCA EL AÑO DE LA FE


1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo –equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.


2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud». Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.


3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.
4. A la luz de todo esto, he decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. En la fecha del 11 de octubre de 2012, se celebrarán también los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por mi Predecesor, el beato Papa Juan Pablo II, con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe. Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue querido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis, realizándose mediante la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica. Y precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe. No es la primera vez que la Iglesia está llamada a celebrar un Año de la fe. Mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI, proclamó uno parecido en 1967, para conmemorar el martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en el décimo noveno centenario de su supremo testimonio. Lo concibió como un momento solemne para que en toda la Iglesia se diese «una auténtica y sincera profesión de la misma fe»; además, quiso que ésta fuera confirmada de manera «individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca». Pensaba que de esa manera toda la Iglesia podría adquirir una «exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla». Las grandes transformaciones que tuvieron lugar en aquel Año, hicieron que la necesidad de dicha celebración fuera todavía más evidente. Ésta concluyó con la Profesión de fe del Pueblo de Dios, para testimoniar cómo los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado.
5. En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor vio ese Año como una «consecuencia y exigencia postconciliar», consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación. He pensado que iniciar el Año de la fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza». Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia».
6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó. Precisamente el Concilio, en la Constitución dogmática Lumen gentium, afirmaba: «Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. La Iglesia continúa su peregrinación “en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz».


En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).


7. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo». El santo Obispo de Hipona tenía buenos motivos para expresarse de esta manera. Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios. Sus numerosos escritos, en los que explica la importancia de creer y la verdad de la fe, permanecen aún hoy como un patrimonio de riqueza sin igual, consintiendo todavía a tantas personas que buscan a Dios encontrar el sendero justo para acceder a la «puerta de la fe».


Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios.


8. En esta feliz conmemoración, deseo invitar a los hermanos Obispos de todo el Orbe a que se unan al Sucesor de Pedro en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe. Queremos celebrar este Año de manera digna y fecunda. Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo. Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En este Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo.


9. Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza». Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.


No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón».


10. En este sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf.Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.
A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.


Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso.
La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «“Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”».


Como se puede ver, el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia. El conocimiento de la fe introduce en la totalidad del misterio salvífico revelado por Dios. El asentimiento que se presta implica por tanto que, cuando se cree, se acepta libremente todo el misterio de la fe, ya que quien garantiza su verdad es Dios mismo que se revela y da a conocer su misterio de amor.


Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre». Esta exigencia constituye una invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido. La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro.


11. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. En la Constitución apostólica Fidei depositum, firmada precisamente al cumplirse el trigésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el beato Juan Pablo II escribía: «Este Catecismo es una contribución importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial... Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial».


Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe.


En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.


12. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural. Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.


En efecto, la fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad.


13. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.


Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.


Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf.Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).
Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, que está presente y se realiza en su persona (cf. Lc 11, 20). Vivieron en comunión de vida con Jesús, que los instruía con sus enseñanzas, dejándoles una nueva regla de vida por la que serían reconocidos como sus discípulos después de su muerte (cf. Jn 13, 34-35). Por la fe, fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura (cf.Mc 16, 15) y, sin temor alguno, anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.


Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).


Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.


Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar. Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19).


Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban.


También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia.


14. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).


La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1).


15. Llegados sus últimos días, el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo que «buscara la fe» (cf. 2 Tm 2, 22) con la misma constancia de cuando era niño (cf. 2 Tm 3, 15). Escuchemos esta invitación como dirigida a cada uno de nosotros, para que nadie se vuelva perezoso en la fe. Ella es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.
«Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero. Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.


Confiemos a la Madre de Dios, proclamada «bienaventurada porque ha creído» (Lc 1, 45), este tiempo de gracia.


Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de octubre del año 2011, séptimo de mi Pontificado.


BENEDICTUS PP XVI

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Traducción de Radio Vaticana

La Buhardilla de Jerónimo

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domingo, 16 de octubre de 2011

Benedicto XVI anuncia un Año de la Fe

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En la homilía de la Santa Misa celebrada esta mañana en la Basílica de San Pedro, con ocasión del encuentro organizado por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, el Santo Padre Benedicto XVI ha anunciado su decisión de declarar un nuevo Año de la Fe (el Siervo de Dios Pablo VI lo hizo en 1967-1968, al final del cual promulgó el Credo del Pueblo de Dios), que comenzará el 11 de octubre de 2012 y culminará el 24 de noviembre de 2013. Ofrecemos a continuación las palabras pronunciadas por el Pontífice:


“Precisamente para dar un renovado impulso a la misión de toda la Iglesia de conducir a los hombres fuera del desierto en el cual muy a menudo se encuentran hacia el lugar de la vida, la amistad con Cristo que nos da su vida en plenitud, quisiera anunciar en esta Celebración eucarística que he decidido declarar un “Año de la Fe”, que ilustraré con una carta apostólica. Comenzará el 11 de octubre del 2012, en el 50º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará el 24 de noviembre del 2013, Solemnidad de Cristo Rey del Universo. Será un momento de gracia y de compromiso por una cada vez más plena conversión a Dios, para reforzar nuestra fe en Él y para anunciarlo con gozo al hombre de nuestro tiempo.”


Además, antes de rezar el Angelus en Plaza San Pedro, el Papa repitió el anuncio y añadió algunos detalles de su decisión:


“Como ya hice hace poco, durante la homilía de la Misa, aprovecho con gusto esta ocasión para anunciar que he decidido declarar un especial Año de la Fe, que tendrá inicio el 11 de octubre de 2012 – 50º aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II – y concluirá el 24 de noviembre de 2013, Solemnidad de Cristo Rey del universo. Las motivaciones, las finalidades y las líneas directrices de este “Año”, las he expuesto en una Carta Apostólica que será publicada en los próximos días. El Siervo de Dios Pablo VI convocó un análogo Año de la Fe en 1967, con ocasión del XIX centenario del martirio de los Apóstoles Pedro y Pablo, y en un período de grandes cambios culturales. Considero que, transcurrido medio siglo desde la apertura del Concilio, ligada a la feliz memoria del Beato Juan XXIII, es oportuno recordar la belleza y la centralidad de la fe, la exigencia de reforzarla y profundizarla a nivel personal y comunitario, y hacerlo en perspectiva no tanto celebrativa sino más bien misionera, en la perspectiva, precisamente, de la misión ad gentes y de la nueva evangelización.”


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La Buhardilla de Jerónimo

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viernes, 14 de octubre de 2011

El Papa pone en marcha la Nueva Evangelización

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 Benedicto XVI en Madrid 36

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“En nuestro tiempo, cuando en vastas regiones de la tierra la fe corre el riesgo de apagarse como una llama que se extingue, la prioridad más importante de todas es hacer presente a Dios en este mundo y facilitar a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que ha hablado en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor hasta el extremo, en Cristo crucificado y resucitado”. Así se expresó Benedicto XVI en el Santuario de Fátima, en su memorable visita del año 2010. Por eso, la necesidad de una nueva evangelización se ha convertido en uno de los puntos centrales del actual pontificado, y tanto la creación de un dicasterio ad hoc como la convocatoria de un sínodo sobre este tema son sólo expresiones de lo que constituye una preocupación principal del actual Pontífice y una línea de acción para toda la Iglesia. Por eso, sus palabras durante el encuentro que se realizará en el Vaticano este fin de semana, y sobre el cual informa la entrevista que ahora ofrecemos, serán particularmente valiosas para el camino futuro de la Iglesia.

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El bautismo público oficial del dicasterio querido por Benedicto XVI para la promoción de la nueva evangelización se coloca a mitad de camino entre la institución del Pontificio Consejo – que tuvo lugar poco más de un año atrás, el 21 de septiembre de 2010 – y el Sínodo de los Obispos que se realizará en octubre de 2012. El sábado próximo, 15 de octubre, se lleva a cabo en el Vaticano – con la participación del mismo Pontífice – el encuentro “Nuevos evangelizadores para la nueva evangelización”, que se concluye el domingo 16 con la Misa presidida por el Papa en San Pedro. En esta entrevista, el arzobispo Rino Fisichella presente motivaciones y contenidos de la cita.

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¿Quiénes son, concretamente, los nuevos evangelizadores?


Son representantes de todas las realidades eclesiales, de la Iglesia en todas sus manifestaciones: delegados de más de treinta Conferencias episcopales, es decir, más de la mitad de aquellas que recaen bajo nuestra competencia, las de Occidente, entendiendo con esto Europa, Canadá, Estados Unidos y América Latina; diócesis y parroquias, movimientos antiguos y nuevos, órdenes religiosas tradicionales y nuevas expresiones de vida consagrada. Y sobre todo muchísimos jóvenes, porque la nueva evangelización ha entusiasmado en particular a las nuevas generaciones. Ciertamente hay realidades que sienten más directamente este compromiso, porque han nacido en vistas a la nueva evangelización. Pero no podemos tampoco olvidar a aquellas órdenes religiosas que han comprendido la necesidad de emprender este camino.

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¿Cuál es el objetivo del encuentro?


En primer lugar queremos presentar al Papa a aquellos miles y miles, tal vez incluso millones, de creyentes que ya están haciendo nueva evangelización. Habrá más de ocho mil personas pero es evidente que los nuevos evangelizadores son muchos más. Es un primer signo con el cual mostramos al Pontífice una realidad viva, dinámica, compuesta entre otros por muchos jóvenes, que han tomado en serio el mensaje de Juan Pablo II primero y luego de Benedicto XVI, de recuperar una profunda identidad cristiana, a través de un fuerte sentido de pertenencia a la Iglesia y para hacer partícipes de la alegría de la fe a tantos otros que son indiferentes y que tal vez están en búsqueda.

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¿Qué tema habéis elegido?


Una expresión de los Hechos de los Apóstoles: “La Palabra de Dios crece y se difunde” (12, 24). Por lo tanto, presentaremos de modo visible a la Iglesia los nuevos evangelizadores, porque así se hace conocer la Palabra de Dios y aumenta el número de los discípulos del Señor. Por lo tanto, existe en primer lugar la voluntad de crear una mentalidad y una cultura que expresen la conciencia de la urgencia y de la necesidad de la nueva evangelización. Luego, un segundo objetivo más a largo plazo es dar al próximo Sínodo de los Obispos un ulterior signo de la presencia de la nueva evangelización, que no nace por la institución de un dicasterio de la Curia Romana sino que, por el contrario, ya se está haciendo y es una realidad presente en la Iglesia. Sólo tiene necesidad de encontrar un fundamento común en el respeto de la complementariedad de las diversas experiencias eclesiales.

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¿Cómo os habéis preparado?


Hemos invitado a las realidades que se han presentado a nosotros durante este primer año de vida del Pontificio Consejo, desde los comienzos, cuando todavía no teníamos ni siquiera los escritorios. Ha sido una continua peregrinación de muchas realidades: de obispos, de diócesis, de movimientos antiguos y nuevos, de órdenes y congregaciones religiosas. La iniciativa ha nacido en colaboración con ellos, a través de sus sugerencias y con su participación. Vayamos a la agenda de los trabajos. Por la mañana, se encontrarán los delegados de las diversas categorías. Queremos escucharlos para hacer llegar al Sínodo de los obispos del 2012 una síntesis sistemática y unitaria del aporte de todas las realidades que ya operan en los diferentes ámbitos de la nueva evangelización: cultura, inmigración, comunicación, liturgia, política, familia y pastoral ordinaria. Por lo tanto, no será tanto una simple auto-presentación sino más bien un camino realizado juntos, un momento en el cual se verifica qué hacer en concreto, con la ayuda de quien ya trabaja en tales ámbitos.

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El sábado por la tarde, en el Aula Pablo VI, antes del concierto del tenor Andrea Bocelli y del saludo del Papa, están previstos cuatro testimonios. ¿Puede anticiparnos los contenidos?


En el primer caso tendremos una experiencia de profunda espiritualidad, la de la Madre Verónica Berzosa, una mujer extraordinaria que en poco tiempo, con el entusiasmo que posee y con la gran propuesta de una vida religiosa radical, ha dado vida en España a Iesu Communio, una realidad con más de 150 jóvenes muchachas de vida consagrada. El segundo concierne al tema de la cultura, es decir, las preguntas que Occidente le hace hoy a Jesucristo. Luego estará el mundo de la ciencia, porque los jóvenes hoy reciben mensajes que no son ciertos, como que la fe es contraria al progreso y a la investigación. El cuarto ámbito será América Latina, donde está en acto la gran misión continental, rica en experiencias de nueva evangelización.

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Benedicto XVI os concede una doble cita. ¿Cómo juzga esta atención?


Es un gran don y un privilegio, y confieso sentir algo de pena por haber pedido al Santo Padre un esfuerzo tan grande. Pero esto hace comprender también cuán importante es para él la nueva evangelización, no sólo porque a él le debemos, con un acto profético, la institución del nuevo Pontificio Consejo, sino también porque en sus viajes, como ha hecho recientemente en Alemania, en los discursos tan profundos que ha pronunciado no ha dejado de subrayar su importancia. Pienso, por ejemplo, en el encuentro con el Comité central de los católicos alemanes (Zdk), en Friburgo, el 25 de septiembre. Se trata, por lo tanto, de un itinerario, de un camino que el Papa indica a la Iglesia, porque la nueva evangelización es la misión misma de la Iglesia.

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De aquí al Sínodo del próximo año, ¿qué otros proyectos tenéis en preparación?


El primero será presentado precisamente durante el encuentro del sábado y se refiere a nuestra presencia cualificada en el mundo de los medios. Se trata del sitio de Internet de preguntas y respuestas sobre los temas de la fe www.Aleteia.org, vinculado al Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales. Además estamos trabajando en el Enchiridion de la nueva evangelización, con todos los textos del magisterio pontificio sobre el tema, desde Pío XII hasta Benedicto XVI. Lo estamos estudiando de modo que sea provechoso y útil para los obispos y los sacerdotes, pero también para los fieles, para la catequesis y para el estudio.

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Sin olvidar la “misión metrópolis” para la Cuaresma 2012…


Una experiencia que, por el momento, está limitada a Europa pero destinada a ser extendida a otras áreas geográficas. Se trata de doce grandes ciudades – un número altamente simbólico, el de los apóstoles – que tienen también una elevada tasa de cultura y de vida secularizada. El objetivo es dar un signo unitario: doce grandes metrópolis que caminan juntas y realizan el mismo itinerario en el mismo momento, si bien con las típicas tradiciones de cada realidad singular. La Iglesia local está llamada a vivir la centralidad de la catedral, que se convertirá de nuevo en madre que acoge y que expresa su enseñanza, que celebra la fe y que vive de la caridad.

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Fuente: L’Osservatore Romano


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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martes, 11 de octubre de 2011

Benedicto XVI con América Latina

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“Yo amo mucho a América Latina”, afirmaba Benedicto XVI al visitar por primera vez el continente como Sumo Pontífice, en mayo del año 2007. Ahora, en una nueva muestra de su afecto y solicitud pastoral, el Papa ha acogido la propuesta de la Pontificia Comisión para América Latina, que preside el Cardenal Marc Ouellet, de celebrar una solemne Misa en la basílica Vaticana con ocasión del bicentenario de la independencia de los países de la región, tal como informa esta noticia de L’Osservatore Romano, cuya traducción ofrecemos.

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En la memoria litúrgica de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América Latina, Benedicto XVI celebrará el lunes 12 de diciembre, a las 17.30 hs., en la basílica Vaticana, la Misa por el bicentenario de la independencia de los Países latinoamericanos. Acogiendo la propuesta de la Pontificia Comisión para América Latina, el Papa se asociará así a las conmemoraciones que tienen lugar en cada sitio del “continente de la esperanza” – tal como ha sido definido por los Pontífices, desde Pablo VI hasta Benedicto XVI – y que involucran en primera persona no sólo a las instituciones estatales y culturales sino también a las Iglesias en las diversas naciones.


A la celebración eucarística están invitados a participar de modo particular toda la Curia Romana, el personal diplomático de los Países de América Latina acreditado ante la Santa Sede y ante Italia, los sacerdotes latinoamericanos que estudian en Roma, los religiosos y religiosas que provienen de aquellas naciones y pertenecen a las numerosas órdenes y congregaciones religiosas residentes en Roma, las comunidades de argentinos, brasileros, mexicanos y de todos los otros países latinoamericanos que por motivos familiares, laborales, u otros, residen en la Urbe. Se prevé además la presencia de significativas personalidades públicas venidas expresamente desde América latina para este importante acontecimiento. Sin embargo, la celebración no estará reservada a los latinoamericanos, sino abierta a todos los romanos y a los fieles que deseen participar en ella. Para el ingreso en la basílica bastará exhibir el billete – absolutamente gratuito – que podrá ser pedido con una cierta anticipación a la Prefectura de la Casa Pontificia y retirado en los días precedentes a la Misa ante el Portón de Bronce.


La iniciativa es un gesto de exquisita atención, afecto y solidaridad por parte de Benedicto XVI hacia los pueblos y las naciones del continente de la esperanza. Es también expresión de aquella solicitud pastoral con que el Pontífice abraza idealmente a aquellos pueblos, entre los cuales ha sido sembrado y hecho fecundo el Evangelio de Jesucristo: en América Latina, de hecho, está presente el 40 por ciento de los bautizados en la Iglesia católica, vinculados por filial devoción a la Virgen María, en la fiel comunión de sus Iglesias locales con la Sede de Pedro. Y es, finalmente, el signo de la contribución original que la Iglesia católica está ofreciendo para conmemorar, a la luz de la verdad histórica, este bicentenario, para iluminar mejor la situación actual de América latina y para alimentar la esperanza de un futuro de paz y de justicia.


Las conmemoraciones para recordar la independencia han adquirido gran importancia y resonancia en los Países latinoamericanos. Las celebraciones que ya se han desarrollado hasta hoy – y que continuarán desarrollándose en los próximos años – ven comprometidos a los Estados, las administraciones públicas nacionales y locales, los diversos organismos intergubernamentales regionales, las universidades y los institutos académicos, numerosísimas organizaciones no gubernamentales y muchas otras instancias civiles, culturales y militares. Están comprometidas en forma directa también las Iglesias locales en América Latina, y en particular el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM).


Al bicentenario han sido dedicados numerosos documentos y declaraciones – tanto por parte de las Conferencias episcopales como de los obispos individualmente – y han sido elaborados diversos programas eclesiales de celebraciones a nivel litúrgico, académico y editorial. Estas celebraciones se concentran especialmente en un marco de tiempo que va desde el 2010 al 2014, si bien Perú y Brasil conmemorarán el bicentenario de la independencia entre el 2020 y el 2022. De hecho, el proceso de emancipación latinoamericana tuvo lugar desde 1808 hasta 1824, y esto en tierra firme, porque sería necesario incluir la independencia de Haití (1804), la muy posterior de Cuba (1898) y las más recientes en la zona del Caribe.


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Fuente: L’Osservatore Romano


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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lunes, 10 de octubre de 2011

El Encuentro de Asís y el “no” normativo de los Padres

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Presentamos un resumen de dos interesantes intervenciones del reciente Congreso sobre la próxima “Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo”, convocada por Benedicto XVI en el XXV aniversario del Encuentro de Asís querido por el Beato Juan Pablo II. En una de las interesantes ponencias, cuyo resumen ahora presentamos, se ha explicado la auténtica posición de los Padres de la Iglesia frente al pluralismo religioso de su tiempo y cómo se concilia esto con la jornada convocada por el Santo Padre.

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La intervención inicial del Congreso estuvo a cargo del P. Serafino Lanzetta, profesor en el Seminario Teológico Inmaculada Mediadora. Su interesante relación estuvo centrada en la perspectiva de la Dominus Iesus (“La Dominus Iesus: la unicidad salvífica de Cristo y de la Iglesia”), famoso documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe que se remonta al año 2000, año en que era Prefecto el entonces Card. Ratzinger.


Después de haber indicado que este documento es una respuesta del Magisterio a los problemas teológicos del pluralismo religioso, el P. Lanzetta pasó a afrontar algunos nudos importantes que surgen de la Dominus Iesus.


Él puso en evidencia, en primer lugar, que “faltando en este variado panorama teológico denunciado un concepto claro de «salvación», fácilmente se la confunde con las meras aspiraciones humanas de liberación, de progreso, de una cierta armonía y pacificación intramundana. Para muchos, el verdadero diálogo interreligioso habría alcanzado su meta cuando hubiese asegurado a todos los diversos liderazgos religiosos una convivencia pacífica, en un mundo de por sí plural”.


Esta eventual “recíproca estima” – dice el P. Lanzetta – “podría ser un primer paso, pero ciertamente no basta para responder a la pregunta religiosa de «¿quién es Dios? ¿Cómo puedo encontrarlo?»”.


Luego el P. Lanzetta afrontó el tema del Congreso haciendo una consideración muy importante: “con frecuencia, de cincuenta años atrás a esta parte, se ha generado un equívoco: el Cristianismo, como cualquier otra religión, no puede pretender un carácter de absoluto, porque nadie puede gloriarse de poseer la verdad. La verdad está siempre más allá de nosotros mismos. Sí, es cierto: la verdad nos trasciende siempre porque la verdad es Dios. Sin embargo, al mismo tiempo que nos trasciende, no se pierde en los intentos pluralistas de buscarla. Permanece siempre una e idéntica”. He aquí porque hay sólo una posible peregrinación en la vida: la que conduce a la verdad, a Cristo, el cual viene al encuentro del hombre diciendo “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn. 14,6).


El problema de la verdad no es un problema de “cantidad sino de esencia”: “el cristiano – explica el P. Lanzetta – no es un cínico defensor de un título de superioridad respecto a los otros; es más bien alguien que, en cuanto santificado por la verdad, vive en ella, está en la verdad, y su permanecer allí se convierte en posibilidad para que también otros se acerquen a ella”.


Después de un amplio razonamiento teológico, que se podrá apreciar en su totalidad en las actas del Congreso, es muy interesante la conclusión del P. Lanzetta: “Hoy, en nuestra Iglesia, es necesario tener el coraje, después de muchos años de intentos de diálogos, a menudo sin éxito, de decir al mundo que hay varias religiones - este es un dato sociológico fácilmente verificable - pero que hay un solo Dios, una sola religio vera, una sola mediación salvífica. Detenerse en el pluralismo y justificarlo de todos los modos no da razón del verdadero problema. ¿Entonces no se puede hablar más de paz? Sí, pero también ser realistas: ella siempre estará lejos hasta que no seamos alcanzados por Aquel que ha hecho de los dos pueblos, de los judíos y de los griegos, un solo pueblo, derribando el muro de separación, la enemistad con Dios, por medio de la Cruz”.


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La intervención del profesor Don Manfred Hauke, docente de Dogmática y Patrología en la Facultad teológica de Lugano, ha ofrecido algunos elementos fundamentales para poder orientarse dentro de la teología de las religiones, que en los últimos años produjo una gran cantidad de publicaciones, no siempre conformes a la fe católica.


El prof. Hauke recordó que no es la primera vez en la historia que la Iglesia se encuentra viviendo una situación de pluralismo: ya en el tiempo antiguo, los cristianos se encontraban viviendo en medio de un pluralismo religioso muy amplio, que incluía los cultos paganos, las religiones orientales, hasta el encuentro, en los tiempos de Juan Damasceno, con el Islam. En ese contexto son realmente abundantes las intervenciones de los Padres de la Iglesia y de los escritores eclesiásticos que asumen para nosotros no sólo y no tanto un rol informativo sino también normativo.


El interés por la posición de los Padres frente a las religiones de su tiempo es una nota característica y constante de la reflexión del actual Sumo Pontífice, que siempre ha compartido aquel rasgo fuertemente contestatario de los Padres respecto a los cultos paganos. El prof. Hauke recuerda que para Joseph Ratzinger “el cristianismo, en su teología de la historia de la religión, no toma sencillamente partido por lo religioso, por lo conservador que se atiene a las reglas de sus instituciones heredadas; el «no» cristiano a los dioses significa más bien una opción por lo rebelde que se atreve a salir de las costumbres a causa de la conciencia: tal vez este rasgo revolucionario del cristianismo ha sido escondido por demasiado tiempo bajo lemas conservadores”.


¿Cómo puede ser resumida, entonces, la posición de los Padres frente al pluralismo religioso de su época? La posibilidad del hombre ser salvado es real, pero al mismo tiempo está amenazada por el pecado y por la acción del diablo. Tal influjo negativo se muestra en particular en la veneración de los ídolos, de las imágenes que representaban a los dioses paganos. Los ídolos son estrechamente vinculados a la acción de los demonios. Testimonio de esta lectura patrística de la realidad pluralista es la traducción de los LXX del versículo 5 del Salmo 96: Omnes dii gentium daemonia (los dioses de los gentiles son demonios).


Se trata, por lo tanto, esencialmente, de una posición más bien negativa: ciertamente no se trataba de una recepción tout-court de la herencia religiosa pagana. Los viejos cultos, según los Padres, debían dejar lugar a la adoración del verdadero Dios y del único Señor Jesucristo. Sólo para algunos puntos singulares de la religión pagana se destacaban elementos positivos mientras que las muy citadas “semillas del Verbo” no eran buscadas tanto en la religión sino más bien en la reflexión filosófica.


El tiempo patrístico, por lo tanto, está bien lejos de considerar las religiones paganas en cuanto tales como portadores de revelación divina. Para los Padres, un “diálogo” parecía posible con los no-cristianos individuales con el fin de abrirlos a Cristo, y no tanto con las religiones mismas.


Por lo tanto, para un acercamiento de la teología de las religiones que permanezca fiel a la tradición patrística, es fundamental que se valorice la necesidad de Dios, de Jesucristo y de la Iglesia para la salvación y que se reconozca la adoración del único Dios en los “santos paganos” y la presencia del Verbo en los elementos de verdad y de bondad presentes en las religiones y en la filosofía. Sin embargo, no son estos elementos en sí mismos los que abren al Evangelio: depende del no-cristiano individual, de cómo él recoge estos elementos, el llegar a una praeparatio evangelica y poder ser alcanzado por la gracia divina.


En el interesante debate conclusivo del Congreso, el prof. Hauke ha recordado además cómo la modalidad que el Santo Padre quiere imprimir al próximo encuentro de Asís tiene presente, precisamente, este “no” normativo de los Padres; él, de hecho, no ha querido ninguna oración en común y ninguna oración según los diversos ritos, sino una oración silenciosa, donde el corazón de cada uno pueda abrirse a las inspiraciones del Espíritu Santo, según la propia rectitud y buena voluntad. Los momentos en común, en cambio, concernirán no a un diálogo interreligioso con una finalidad religiosa sino más bien a algunas problemáticas concretas, como la paz, la persecución religiosa, etc., que ven involucradas a las mismas religiones en cuanto fenómenos socialmente significativos.


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Fuente: Verum peregrinantes


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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viernes, 7 de octubre de 2011

Comunicado de la FSSPX y una ausencia inesperada

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Presentamos el comunicado de la Casa General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, publicado por la agencia DICI, luego de la reunión que se realizó hoy en Albano con todos los responsables de la Fraternidad para examinar el Preámbulo doctrinal propuesto por la Santa Sede como base para la plena reconciliación. Ha llamado la atención la ausencia en la foto oficial de la reunión de uno de los cuatro obispos pertenecientes a la FSSPX, Mons. Williamson . Rorate Caeli reporta que fuentes cercanas al obispo le han informado que su ausencia fue intencional. En este tiempo de definiciones, es importante continuar rezando a la Santísima Virgen del Rosario pidiendo el don de la unidad.

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El 7 de octubre de 2011 se desarrolló en Albano (Italia) una reunión de los responsables de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, durante la cual el Superior General, Mons. Bernard Fellay, expuso el contenido del Preámbulo doctrinal que le había entregado el Cardenal Levada, prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe, en la reunión del Vaticano, el 14 de septiembre pasado.


En el curso de esta jornada, los 28 responsables de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X presentes en la reunión – directores de seminario y superiores de distrito de todo el mundo – manifestaron una profunda unidad en la voluntad de conservar la fe en su integridad y totalidad, fieles a la enseñanza que, siguiendo a San Pablo, les dejó Mons. Lefebvre: tradidi quod et accepi (1 Cor. 15, 3), he entregado lo que recibí.


Luego de esta reunión de trabajo, el estudio del Preámbulo doctrinal – cuyo contenido permanece confidencial – se continuará en el ámbito del Consejo General de la Fraternidad San Pío X, donde un examen más profundo por parte del Superior General y de sus dos Asistentes, el P. Niklaus Pfluger y el P. Alain-Marc Nély, permitirá presentar dentro de un plazo razonable una respuesta a las propuestas romanas


Albano, 7 de octubre 2011


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La Buhardilla de Jerónimo

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La Virgen, el Rosario y la unidad de la Iglesia

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En el mes del Santo Rosario, y al celebrarse precisamente la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, ofrecemos un artículo que nos ha enviado un amigo de Una Voce Cuba para compartir con nuestros lectores. Aprovechamos la ocasión para invitar a todos los que nos visitan a elevar oraciones a nuestro Señor, por intercesión de la Reina del Santísimo Rosario, por la unidad de la Iglesia y en particular por la reunión de los superiores de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en la que discutirán el preámbulo doctrinal ofrecido por la Santa Sede como base fundamental para la plena reconciliación.

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San Francisco de Borja, cuarto Duque de Gandia y tercer General de la Compañía de Jesús, hizo que un hábil y piadoso artista dibujase en las paredes del pequeño oratorio, que en forma de ataúd hizo fabricar en su palacio, para recogerse allí a tener su oración y rigurosa penitencia. La vista de los pasos de la vida, pasión y resurrección de nuestro adorable Redentor, excitaba en su alma suavísimos afectos, en el rezo del Rosario, los cuales dejó anotados en sus preciosos apuntes espirituales, los que acá transcribo, para que aprovechándose de ellos, logres también rezarlo con especial devoción y provecho para tu alma, durante este mes de Octubre.


Dice el Santo: “El modo de rezarle es: lo primero, detenerse con la consideración un poco en cada uno de los misterios; lo segundo, reconocer el beneficio de allí; tercero, confusión de lo poco que de él me hubiese aprovechado; cuarto, pedir alguna merced conforme al misterio, en esta forma:


Misterios Gozosos. (Para lunes y jueves)


I-En la Anunciación del Ángel Gabriel a María y Encarnación del Hijo de Dios en sus Purísimas entrañas:


Puntos: 1)-Reconocer el amor que trajo Cristo Ntro. Sr.  al mundo y darle muchas gracias por el. 2)- Humillarme por lo poco que a Dios he amado. 3)-Pedir amor de Dios y encendida caridad para con su Majestad y para con los prójimos.


II-En la Visitación de Santa María a su parienta Isabel y Santificación de San Juan Bautista:


Puntos: 1)-Considerar el amor de la Santísima Virgen para con Santa Isabel. 2)- Confundirme con mi poco amor al prójimo. 3)- Pedirle este amor con mucho afecto.


III-En el nacimiento de Ntro. Sr. Jesucristo de María Santísima en un humilde y pobre portal de Belén:


Puntos: 1)-Mirar la pobreza y desnudes del Hijo de Dios. 2)- Darle gracias y avergonzarme de verme a mi envuelto en tanta comodidad. 3)- Pedir amor a la Santa Pobreza


IV- La presentación del Niño Dios en el Templo y la Purificación de su Santísima Madre.


Puntos: 1)- Admirar y venerar la pureza y la limpieza de la Santísima Virgen. 2)-Llorar lo que a mi me falta. 3)-Pedir perfecta castidad.


V- La alegría de María al encontrar a Jesús en el templo, luego de tres días de pérdida.


Puntos: 1)- Considera la obediencia de Cristo a su Eterno Padre. 2)-Avergonzarme por no haber obedecido la ley y los mandamientos  de Dios. 3)- pedir obediencia perfecta y voluntad con la Divina Voluntad.



Misterios Dolorosos. (Para Martes y Viernes)


I-En la Oración y agonía de Ntro. Sr. Jesucristo en el Huerto de los Olivos:


Puntos: 1)- Reconocer mi tibieza en la oración. 2)- pedir el don de la oración. 3)-pedir resignación para recibir cualquier Cáliz que la Divina Majestad me enviase.


II-En los múltiples azotes que procuraron a Ntro. Sr. Jesucristo durante la Flagelación:


Puntos: 1)-Llorar mi poca paciencia. 2)- pedir animo y esfuerzo para castigar mi carne.


III-En la Corona de espinas que colocaron sobre las sacratísimas sienes del Redentor y las burlas que le procuraron:


Puntos: 1)- Dolerme de la ambición y estima que tengo de honras humanas. 2)- Pedir a ntro. Sr. desprecio de ellas.


IV- En la toma de la Cruz a cuestas hasta el Monte Calvario:


Puntos: 1)- considerar cuan áspera se nos hace a nosotros cualquier tribulación. 2)- pedir conformidad y alegría para llevar las que Dios nos enviase, auque fuesen pesadas y duras.


V- En la crucifixión y muerte del Salvador:


Puntos: 1)-Darle mil gracias por tal merced, que nos ha traído la salvación. 2)- Imitar aquella perseverancia en obedecer al Eterno Padre. 3)- Llorar la nuestra poca perseverancia en los buenos deseos y propósitos, y pedirle a Ntro. Sr. morir por su amor.


Misterios Gloriosos. (Para Miércoles, Sábado y Domingo.)


I-En la triunfante Resurrección de Ntro. Sr. Jesucristo de entre los muertos:


Puntos: 1)- Cobraré esperanza en la mía. 2)- Confundirme de no haber yo resucitado a una nueva y santa vida. 3)- pedir renovación del hombre interior.


II-En la ascensión del Señor a los cielos por su propia virtud y majestad:


Puntos: 1)- Gozarme de ver a cristo donde merecía su santísima humanidad. 2)-Llorar de verme tan terreno. 3)-Pedir el verle y gozarle para siempre, y que de aquí en adelante su conversación y trato en el cielo.


III-En la venida del Espíritu santo sobre la Virgen Inmaculada y el Colegio Apostólico:


Puntos: 1)- Agradecer al Señor, el dar a la Iglesia el parabién de tal huésped. 2)- Dolernos del poco aparejo que tenemos en nuestras almas para recibirle. 3)- Pedir sus dones.


IV-En el transito dichoso de la Bienaventurada y siempre Virgen María a los cielos, asunto por manos de los Ángeles:


Puntos: 1)-Gozarse de tener allí a tal abogada y mediadora. 2)-Pesarme no haber sido mas devoto de Maria. 3)- Pedir su intercesión ante su Hijo amado, para que nos alcance de el gracia y salvación.


V-En la Coronación de la Santísima Virgen como Reina Soberana de cielos y tierra:


Puntos: 1)- Mirar como se corona la virtud en el cielo. 2)- Confundirme de verme tan indigno de ser allí coronado. 3)- Pedirle a la Santísima Virgen ella nos ayude a ir también al cielo.


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La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 5 de octubre de 2011

Card. Piacenza: “¡Nosotros tenemos necesidad de reforma!”

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El Cardenal Piacenza, Prefecto de la Congregación para el Clero, ha realizado una visita pastoral a la Arquidiócesis de Los Ángeles (Estados Unidos). Entre otras actividades, mantuvo un encuentro con los seminaristas, a los cuales pronunció un importante discurso, del cual ofrecemos algunos extractos en los que el purpurado se refiere al primado de Dios en la vida del futuro sacerdote y a la necesidad de interpretar correctamente el concilio Vaticano II

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[…] Es algo adquirido por la experiencia eclesial, que las vocaciones nacen, florecen, se desarrollan y llegan a madurez sólo donde se reconoce claramente el primado de Dios. Cualquier otra motivación, que también puede acompañar el inicio de la percepción de una llamada al sacerdocio, confluye en el movimiento de total donación al Señor y en el reconocimiento de su primado en nuestra vida, en la vida de la Iglesia y en la del mundo. 


Primado de Dios significa primado de la oración, de la intimidad divina; primado de la vida espiritual y sacramental. La Iglesia no tiene necesidad de gestores, ¡sino de hombres de Dios! No tiene necesidad de sociólogos, psicólogos, antropólogos, politólogos - y todas las demás  actuaciones que conocemos y podemos imaginar -.


La Iglesia tiene necesidad de hombres creyentes y, por tanto, creíbles, de hombres que, acogida la llamada del Señor, ¡sean sus motivados testigos en el mundo!


Primado de Dios significa primado de la vida sacramental, vivida hoy y ofrecida, a su tiempo, ¡a todos nuestros hermanos! Muchas cosas pueden encontrar los hombres en los otros; en el Sacerdote, sin embargo, buscan lo que sólo él puede dar: la divina Misericordia, el Pan de vida eterna, un nuevo horizonte  de significado ¡que haga más humana la vida presente y posible la eterna! […]


¡La Iglesia tiene necesidad de hombres fuertes! De hombres firmes en la fe, capaces de conducir a los hermanos a una auténtica experiencia de Dios.


La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes que, en las tempestades de la cultura dominante, cuando “la barca de no pocos hermanos es combatida por las olas del relativismo” (cfr. J. Ratzinger, Homilía en la Santa Misa Eligendo Romano Pontifice), sepan, en efectiva comunión con Pedro, tener firme el timón de la propia existencia, de las comunidades que les han sido confiadas y de los hermanos que piden luz y ayuda para su camino de fe.


Además del primado indiscutido de Dios, es necesario que la formación humana ocupe el puesto fundamental que le corresponde. Nadie puede esperar una humanidad perfecta para acceder a las órdenes sagradas, pero es indispensable, con toda honestidad, ponerse en juego, confiando a Dios, a través del Director espiritual, todo sobre uno mismo. No cedáis a la ilusión por la que las cuestiones no resueltas (o no debidamente afrontadas) se podrán improvisamente resolver después de la ordenación. ¡No es así! ¡Y la experiencia lo demuestra!


La formación humana tiene ciertamente necesidad de un justo grado de auto-conocimiento, y en este sentido las llamadas ciencias humanas pueden ofrecer una válida ayuda, ¡pero sobre todo tiene necesidad de “estar en contacto” con la Santa Humanidad de Cristo!


¡Estando con Él nosotros somos plasmados progresivamente! ¡Es Él, de verdad, formador! En este sentido, ¡la adoración eucarística prolongada desempeña también un papel fundamental y sobre todo en la formación humana! Dejarse “broncear” por el Sol eucarístico, significa, en el tiempo, limar las propias aristas, aprender del humilde por excelencia, estar en la escuela de la Caridad hecha carne. […]


La formación intelectual debe tender a transmitir los contenidos ciertos de la fe, argumentado razonablemente sus fundamentos escriturísticos, los de la gran Tradición eclesial y del Magisterio y hacerse acompañar por los ejemplos de vida  de Sacerdotes santos. No debéis desorientaros en los meandros  de las diversas opiniones teológicas que no dan certeza y ponen la Verdad revelada a la par de cualquier otro “pensamiento humano”. Uno se forma en las certezas y tratando de tener en el propio equipaje una visión de síntesis con el entusiasmo de la misión.


Estoy personalmente convencido de que una buena y sólida formación teológica, que descubra también el fundamento filosófico de la metafísica y no tema acoger toda la Verdad completa, es el mejor antídoto a las tantas “crisis de identidad” que algunos viven, por desgracia. En este sentido, el Santo Padre Benedicto XVI ha recordado varias veces la imprescindible utilización del Catecismo de la Iglesia Católica como horizonte al que mirar y como referencia cierta de nuestro actual pensamiento teológico.


El catecismo es también el gran instrumento que el Beato Juan Pablo II donó a toda la Iglesia, para la correcta hermenéutica del Concilio Vaticano II. También bajo este aspecto es necesario que la formación intelectual no viva equívocos de ningún género.


Vosotros habéis nacido en el Postconcilio (creo casi todos) y quizás, por eso sois hijos del Concilio, en cuanto más inmunes a las polarizaciones, a veces ideológicas, que la interpretación de aquel Acontecimiento providencial ha suscitado.


Seréis vosotros, probablemente, la primera generación que interpretará correctamente el Concilio Vaticano II, no según el “espíritu” del Concilio, que tanta desorientación ha traído a la Iglesia, sino según cuanto realmente el Acontecimiento Conciliar ha dicho, en sus textos, a la Iglesia y al mundo.


¡No existe un Concilio Vaticano II diverso del que ha producido los textos hoy en nuestra posesión! Y en estos textos nosotros encontramos la voluntad de Dios para su Iglesia y con ellos es necesario confrontarse, acompañados por dos mil años de Tradición y de vida cristiana.


La renovación es siempre necesaria a la Iglesia, porque siempre necesaria es la conversión de sus miembros, ¡pobres pecadores! ¡Pero no existe, ni podría existir una Iglesia pre-Conciliar y una post-Conciliar! Si fuera así, la segunda – la nuestra – ¡sería histórica y teológicamente ilegítima!


Existe una única Iglesia de Cristo, de la que vosotros formáis parte, que va desde Nuestro Señor hasta los Apóstoles, desde la Bienaventurada Virgen María hasta los Padres y Doctores de la Iglesia, desde el Medioevo hasta el Renacimiento, desde el Románico hasta el Gótico, el Barroco, y así sucesivamente hasta nuestros días, ininterrumpidamente, sin alguna solución de continuidad, ¡nunca!       


¡Y todo porque la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, es la unidad de su Persona que se nos dona a nosotros, sus miembros!


Vosotros, queridísimos Seminaristas, seréis sacerdotes de la Iglesia de San Agustín, de San Ambrosio, de Santo Tomás de Aquino, de San Carlos Borromeo, de San Juan Maria Vianney, de San Juan Bosco, de San Pío X, hasta el santo Padre Pío,   a San José María Escrivá y el Beato Juan Pablo II. Seréis sacerdotes de la Iglesia que está formada por tantísimos santos Sacerdotes que durante los siglos han hecho luminoso, bello, irradiante y por tanto fácilmente reconocible, el rostro de Cristo, Señor, en el mundo.


La verdadera prioridad y la verdadera modernidad, pues, queridos míos, ¡es la santidad! El único posible recurso para una auténtica y profunda reforma es la santidad y ¡nosotros tenemos necesidad de reforma! ¡Para la Santidad no existe un seminario, a no ser el de la Gracia de Nuestro Señor y de la libertad que se abre humildemente a su acción plasmadora y renovadora!


El Seminario de la Santidad, tiene, pues, un Rector verdaderamente magnífico y es una mujer: la Bienaventurada Virgen María. ¡Que Ella, que durante toda la vida nos repetirá: “Haced lo que Él os diga”, pueda acompañarnos en este arduo pero fascinador camino! […]


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Texto completo: Clerus


La Buhardilla de Jerónimo

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martes, 4 de octubre de 2011

Desde Cracovia, un mensaje de esperanza

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Se pedirá al Santo Padre la proclamación de Santa Faustina como doctora de la Iglesia

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La ciudad de Cracovia, por muchos años sede episcopal de Karol Wojtyla, es la sede, en estos días, del II Congreso Mundial de la Divina Misericordia. El origen de esta importante iniciativa se remonta a un retiro internacional de sacerdotes, realizado en esta ciudad en julio de 2005, durante el cual el Cardenal Schönborn, Arzobispo de Viena, junto a otros prelados, presentó a la asamblea la idea de crear un Congreso Mundial de la Divina Misericordia.


Hacia el final del Sínodo de los Obispos del año 2005, se discutió el proyecto con el Cardenal Ruini, en ese entonces Vicario del Papa para la diócesis de Roma, quien aceptó presidir el I Congreso. Fue el Cardenal Schönborn quien en febrero de 2006 presentó el proyecto al Papa Benedicto XVI, quien apoyó con entusiasmo la iniciativa y dio su bendición. Así, con el apoyo de numerosos cardenales y obispos, se fue formando el Comité que prepararía la primera edición del Congreso, que tuvo lugar en la ciudad de Roma, del 1º al 6 de abril de 2008.


El II Congreso Mundial se celebra, entonces, en la ciudad del Beato Juan Pablo II, gran apóstol de la Divina Misericordia, y bajo la presidencia del actual arzobispo, Cardenal Stanislaw Dziwisz, quien durante cuarenta años fue fiel colaborador del Papa polaco. Entre los 2000 participantes, provenientes de 97 países, se encuentran varios cardenales: Schönborn, Arzobispo de Viena (Austria); Backis, Arzobispo de Vilna (Lituania); Zen, obispo emérito de Hong Kong (China); Macharski, emérito de Cracovia; Nycz, Arzobispo de Varsovia (Polonia); Barbarin, Arzobispo de Lyon (Francia); Rylko, Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos; Erdo, Arzobispo de Esztergom-Budapest (Hungría) y Presidente del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa; así como numerosísimos obispos y sacerdotes.


Bajo el lema “La Misericordia como fuente de esperanza”, el II Congreso Mundial fue inaugurado el 1º de octubre por el Cardenal Arzobispo de Cracovia y la primera alocución fue pronunciada por el Arzobispo de Viena. El domingo, al finalizar la Santa Misa celebrada en la Basílica de la Divina Misericordia, los participantes pudieron unirse en directo a la oración del Angelus que el Santo Padre rezó desde Roma y escuchar su saludo a los participantes en el Congreso: “Con un saludo particular me dirijo a los organizadores y los participantes en el Congreso Internacional de la Divina Misericordia, que se celebra estos días en Cracovia-Lagiewniki. Muy queridos, reforzad vuestra confianza en el Señor a través de la reflexión común y la oración para que llevéis eficazmente al mundo el alegre mensaje de que «la Misericordia es fuente de esperanza». Que Dios os bendiga.”


Además, luego del saludo del Santo Padre, los cardenales y obispos presentes anunciaron a todos los participantes en el Congreso que se pedirá oficialmente a Su Santidad Benedicto XVI la proclamación de Santa Faustina como doctora de la Iglesia. Con este fin, los presentes fueron invitados a firmar la petición, encabezada por los mismos prelados participantes en el Congreso.


Durante el resto del día, los participantes, agrupados de acuerdo al idioma, participaron en diversas actividades en algunas parroquias locales, en las cuales rezaron la Coronilla de la Divina Misericordia a las tres de la tarde y escucharon algunas conferencias. Al final del día, se ofreció a los participantes un espectáculo en la Plaza Mayor de Cracovia, realizado por la Comunidad del Cenáculo: la obra “Credo”, un espectáculo realmente evangelizador llevado a cabo por jóvenes que han sido rescatados de sus problemas de adicciones.


Ayer, lunes 3 de octubre, los participantes pudieron escuchar algunos testimonios y participar en la Santa Misa presidida por el obispo filipino Rómulo de la Cruz, en la cual predicó el Cardenal de Lyon, Philippe Barbarin.


Por la tarde, los participantes en el Congreso se dirigieron al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, “lugar de horror, de acumulación de crímenes contra Dios y contra el hombre que no tiene parangón en la historia”, como lo llamó el Papa Benedicto XVI en su memorable visita del año 2006. Desde ese lugar, que recorrieron en silencio, elevaron a Dios una oración por la paz y la misericordia para todo el mundo, durante la cual encendieron cinco velas en representación de los cinco continentes, leyeron la Sagrada Escritura, e intercambiaron el signum pacis.


El Congreso se clausurará el próximo 5 de octubre, fiesta litúrgica de Santa Faustina Kowalska, primera santa del nuevo milenio, canonizada por el Beato Juan Pablo II el 30 de abril del año 2000, II Domingo de Pascua, “que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de «domingo de la Misericordia divina», como anunció en ese mismo momento el Pontífice. Así, desde la ciudad de Cracovia, vuelve a partir hacia el mundo el mensaje del amor misericordioso de Dios. Casi como un cumplimiento de las palabras de Juan Pablo II, durante su última visita a su patria, cuando consagró el Santuario donde ahora está celebrándose este II Congreso Mundial: “Hoy, en este santuario, quiero consagrar solemnemente el mundo a la Misericordia divina. Lo hago con el deseo ardiente de que el mensaje del amor misericordioso de Dios, proclamado aquí a través de santa Faustina, llegue a todos los habitantes de la tierra y llene su corazón de esperanza. Que este mensaje se difunda desde este lugar a toda nuestra amada patria y al mundo. Ojalá se cumpla la firme promesa del Señor Jesús: de aquí debe salir «la chispa que preparará al mundo para su última venida» (cf. Diario, 1732, ed. it., p. 568). Es preciso encender esta chispa de la gracia de Dios. Es preciso transmitir al mundo este fuego de la misericordia. En la misericordia de Dios el mundo encontrará la paz, y el hombre, la felicidad.”


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La Buhardilla de Jerónimo

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lunes, 3 de octubre de 2011

Encuentro de Asís: el Papa pide confianza y reafirma la Dominus Iesus

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Presentamos un resumen del Congreso realizado en Roma sobre la próxima Jornada de Asís, que tendrá lugar el 27 de octubre en el XXV aniversario del encuentro convocado por el Beato Juan Pablo II. En dicho Congreso se hizo pública parte de una carta personal enviada por Benedicto XVI a un amigo protestante en la cual explica sus motivaciones al convocar este encuentro.

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“El Santo Padre ha querido subrayar el concepto de peregrinación hacia la verdad: no un estar juntos para rezar juntos de un modo disparatado, con el riesgo de confundir la fe revelada sobrenatural con las creencias religiosas humanas y naturales, sino un caminar juntos hacia la única Verdad”. Con estas palabras, el cardenal Raymond Leo Burke intervino en el Congreso “Peregrinos de la Verdad hacia Asís”, organizado por la Asociación Católica Spes y realizado el 1º de octubre en Roma, para poner en evidencia el significado de la próxima jornada convocada para el 27 de octubre en Asís.


Durante los trabajos del congreso se desarrolló un debate interesante respecto al modo en que los fieles católicos pueden acercarse a este encuentro por la paz y la justicia en el mundo. Este tipo de eventos causa fundadas preocupaciones, de hecho el Card. Burke releva que “no son pocos los riesgos, de los cuales – como es claro – el Pontífice es muy consciente. Los medios masivos de comunicación dirán, aún sólo con las imágenes, que todas las religiones se han encontrado juntos para pedir la paz a Dios. Un cristiano poco formado en la fe puede sacar de ello la conclusión gravemente errónea de que una religión vale lo mismo que la otra y que Jesucristo es uno de los tantos mediadores de salvación”.


Esta preocupación fue advertida también por los organizadores. En la introducción a los trabajos, el coordinador, Lorenzo Bertocchi, hizo público un interesante extracto de una carta personal del Santo Padre enviada el pasado 4 de marzo de 2011 al pastor luterano, profesor Peter Beyerhaus. Este último, de hecho, en virtud de una larga amistad que se remonta a los tiempos de la enseñanza del Cardenal Ratzinger en Tubinga, en febrero pasado envió una carta al Santo Padre en la que manifestaba su perplejidad sobre el riesgo sincretista de una nueva convocatoria de la jornada de Asís. Por eso preguntaba a Benedicto XVI cuáles eran sus intenciones para participar en la misma. La respuesta del Papa al profesor Beyerhaus ya había sido citada, si bien no literalmente, en una entrevista al mismo profesor realizada por el periódico alemán Kichliche Umschau en el pasado mes de abril.


Hoy, después de haber recibido una autorización por parte de Beyerhaus, los organizadores pueden hacer público el pasaje literal mencionado en la entrevista:


“Comprendo muy bien – escribe Benedicto XVI el 4 de marzo de 2011 – su preocupación respecto a mi participación en el encuentro de Asís. Pero esta conmemoración debía ser celebrada de todos modos y, después de todo, me parecía lo mejor ir allí personalmente para poder intentar de esta manera determinar la dirección del todo. Sin embargo haré todo para que sea imposible una interpretación sincretista o relativista del evento y para que quede firme que siempre creeré y confesaré lo que había atraído a la atención de la Iglesia con la Dominus Iesus”.


Después de la Santa Misa, celebrada en la forma extraordinaria por Mons. Pozzo, comenzaron los trabajos del congreso con una intervención del P. Serafino Lanzetta sobre la unicidad salvífica de Cristo y de la Iglesia así como la presenta la Dominus Iesus. Seguidamente, Don Mauro Gagliardi puntualizó la interpretación magisterial y las de los medios masivos de comunicación sobre las jornadas de Asís. La intervención de don Alessandro Olivieri Pennesi ofreció un claro panorama del así llamado “supermercado religioso”, con particular referencia a los denominados movimientos religiosos alternativos. Por la tarde, después de la ya citada prolusión del Cardenal Burke, realizó su intervención el Arzobispo Hon Tai-Fai Savio, Secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.


El debate conclusivo contó con la participación de Don Nicola Bux (“Nosotros adoramos lo que conocemos – Jn. 4, 22 – Verdad, Iglesia y salvación”), Don Manfred Hauke (“Semina verbi, ¿o bien obra diabólica? Los Padres de la Iglesia sobre las religiones paganas”), y el profesor Corrado Gnerre (“Peregrinos de la Verdad hacia Asís”).


En la citada carta, enviada al profesor Beyerhaus, Su Santidad pedía al amigo que prestara total confianza en su persona sobre el hecho de que se comprometería en evitar una visión sincretista y relativista de la jornada.


Los organizadores del congreso y los relatores estuvieron de acuerdo, aún en la diversidad de las perspectivas, en confiar en el Santo Padre y en cooperar para que sus intenciones encuentren efectiva realización.


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Fuente: Verum peregrinantes


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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domingo, 2 de octubre de 2011

¡Jesús, en Ti confío!

II Congreso Mundial de la Divina Misericordia

La Misericorida como fuente de esperanza

Basilica de la Misericordia de Dios

Lagiewniki, Cracovia, Polonia

1º al 5 de octubre de 2011


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Se está llevando a cabo en Cracovia el II Congreso Mundial de la Divina Misericordia. Nos unimos en la oración a los participantes de este encuentro y rogamos al Padre Celestial que por la dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo tenga misericordia de nosotros y del mundo entero.


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