miércoles, 25 de junio de 2008

Momentos decisivos

Actualizando la información que brindamos ayer, presentamos las cinco condiciones que resultaron del encuentro entre el Cardenal Darío Castrillón Hoyos, presidente de la Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”, y el Obispo Bernard Fellay, Superior de la Fraternidad de San Pío X.

¡A seguir rezando!

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condiciones

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Condiciones que resultan del encuentro del 4 de junio de 2008 entre el cardenal Darío Castrillón Hoyos y el obispo Bernard Fellay

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1) Compromiso a una respuesta proporcionada a la generosidad del Papa

2) Compromiso a evitar toda intervención pública que no respete la persona del Santo Padre y que pueda ser negativa para la caridad eclesial.

3) Compromiso a evitar la pretensión de un magisterio superior al Santo Padre y de no proponer a la Fraternidad en contraposición con la Iglesia.

4) Compromiso a demostrar la voluntad de actuar honestamente en la plena caridad eclesial y en el respeto a la autoridad del Vicario de Cristo.

5) Compromiso a respetar la fecha - fijada para el fin del mes de junio- para responder positivamente. Ésta será una condición requerida y necesaria como preparación inmediata a la adhesión para alcanzar la plena comunión.

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lunes, 23 de junio de 2008

Urgente: Propuesta de la Santa Sede a la Fraternidad San Pío X

Pope Benedict XVI and Bishop Fellay at August 29, 2005

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Acercándonos al Año de San Pablo tenemos una importantísima intención por la cual rezar:

Roma – En las relaciones entre la Santa Sede y los Lefebvristas la cuenta regresiva ha comenzado: el 28 de junio, la Fraternidad de San Pío X, fundada por el Arzobispo francés que no aceptó la reforma litúrgica postconciliar, tendrá que decidir si acepta las cinco condiciones propuestas por el Vaticano para reingresar en la plena comunión con Roma.

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Algunos días atrás, el superior de los Lefebvristas, Obispo Bernard Fellay, se reunió con el Cardenal Darío Castrillón Hoyos, presidente de la Comisión Ecclesia Dei, quien dirige en nombre de Benedicto XVI las negociaciones con el grupo tradicionalista. Fellay, que previamente había escrito al Papa pidiendo la revocación de la excomunión impuesta por Juan Pablo II en 1998 a Lefebvre y los cuatro nuevos obispos que consagró sin el consentimiento de la Santa Sede (entre ellos Fellay mismo), ha recibido una carta con los cinco puntos establecidos por el cardenal [Castrillón] y los discutirán durante el próximo capítulo de la fraternidad, que será celebrado a fin de mes.

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Nunca como en este momento las negociaciones habían estado tan cerca de un acuerdo que podría sanar el mini-cisma [sic] ocurrido hace dos décadas, permitiendo el regreso a la plena comunión Católica a los Lefebvristas. Entre los puntos que la Santa Sede solicita que sea aceptado estaría, de acuerdo a rumores, la aceptación del Concilio Vaticano II y la declaración de la total validez de la Misa de la liturgia reformada: dos condiciones que Lefevbre ya había firmado con el Cardenal Joseph Ratzinger en 1998. El Vaticano, por su parte, ofrece al grupo tradicionalista un marco canónico similar al del Opus Dei, llamado “prelatura” [personal], el cual permitiría a la Fraternidad continuar sus actividades y educar a sus seminaristas.

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El proceso de acercamiento comenzó en el 2000, cuando los Lefebvristas hicieron una peregrinación a Roma por el Año Santo. Esto fue seguido por una breve audiencia dada por el Papa Wojtyla a Monseñor Fellay y marcó el comienzo de largas y laboriosas negociaciones con el Cardenal Castrillón. Sin embargo, muchas cosas han cambiado desde entonces. Los Lefebvristas pidieron, antes de dar cualquier paso hacia un acuerdo, que el antiguo misal preconciliar, que se encontraba en desuso desde la reforma litúrgica, sea liberado.

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El nuevo Papa, Benedicto XVI, particularmente sensible a estos asuntos, hace un año publicó el Motu Proprio declarando la plena ciudadanía de la antigua Misa permitiédola en todas las parroquias, despojando al obispo de la posibilidad de prohibirla. La aplicación de las nuevas directivas papales no han sido fáciles, existen muchos casos de resistencia – algunas frontales, como es sabido – pero está fuera de duda que declarando la existencia de un Rito Romano extraordinario (el antiguo) y uno ordinario (el reformado), el Papa ha autorizado en la Iglesia y sin restricciones la celebración de la Misa Tridentina. Además, Ratzinger ha reintroducido la Cruz en el centro del altar, ha comenzado a distribuir la Comunión a los fieles arrodillados, ha restaurado antiguos ornamentos litúrgicos: todos signos que se encaminan a enfatizar la continuidad de la Tradición.

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Lo más seguro es que estas condiciones favorables para el reingreso en la plena comunión no se repetirán. Muchos fieles, ahora que han obtenido la Misa conforme al antiguo Rito, no comprenden por qué la Fraternidad no hace las paces definitivamente con Roma. Los Lefebvristas han llegado a darse cuenta de lo que está pasando, incluso si Fellay tiene algunos problemas de resistencia interna. La elección está entre hacer un acuerdo y volver a la comunión plena con la Santa Sede o, en lugar de esto, seguir siendo un pequeño cuerpo separado con el riesgo de volverse un grupito sectario y sin influencia.

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Confirmación de la propuesta, pero ninguna indicación de la respuesta

El Vaticano ha propuesto un acuerdo a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X para terminar con la ruptura, informó el 23 de junio el diario italiano “Il Giornale”. Consultado el lunes por Apic, el Padre Alain-Marc Nély, segundo asistente del Obispo Bernard Fellay, Superior de la Sociedad San Pío X en Menzingen (cantón de Zug), ha confirmado la existencia de propuestas por parte del Vaticano.

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Sin querer entrar en más detalles, el Padre Nély confirmó, sin embargo, que una propuesta de acuerdo fue hecha al comienzo de este mes. Con condiciones. La respuesta será dada para el 28 de junio “Dios mediante” y luego se hará pública, dijo. Pero el número tres de la fraternidad no quiso indicar en qué dirección iría la respuesta del Obispo Fellay.

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Fuente original

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domingo, 22 de junio de 2008

El vicario del Vicario y su última lección

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En la basílica papal de San Juan de Letrán, el Cardenal Camillo Ruini, Vicario del Papa para la diócesis de Roma, ha presidido una Misa con ocasión del 25º aniversario de su ordenación episcopal y, al mismo tiempo, de su despedida de esta función (el Papa aceptaría en los próximos días la renuncia del cardenal de 77 años). Por su valor, que trasciende los límites de la diócesis romana, ofrecemos aquí algunos breves pasajes que consideramos especialmente significativos:

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“No teman a los que matan el cuerpo y después no pueden hacer nada más. Yo les indicaré a quién deben temer: teman a Aquel que, después de matar, tiene el poder de arrojar a la Gehena…” Un comentario existencial a este texto, de parte de un Obispo, lo ha ofrecido Juan Pablo II en su libro “¡Levantaos, vamos!”, en el capítulo titulado “Dios y el coraje”. Él cita las palabras pronunciadas en tiempos difíciles por el Cardenal Primado de Polonia, Stefan Wyszyński: “Para un obispo la falta de fortaleza es el comienzo de la derrota. ¿Puede continuar siendo apóstol? ¡Para un apóstol es esencial el testimonio de la Verdad que se dé! Y eso exige siempre fortaleza” y también “La falta más grande del apóstol es el miedo. La falta de fe en el poder del Maestro despierta el miedo; y el miedo oprime el corazón y aprieta la garganta”.

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Personalmente no he vivido experiencias dramáticas como las del Cardenal Wyszynski y Karol Wojtyla; tanto menos como la del profeta Jeremías que hemos escuchado en la lectura… Cada Obispo, sin embargo, en su tiempo y en sus situaciones de vida y de ministerio, tiene necesidad de al menos un poco de fortaleza y también yo la necesité… Cuando se habla de esto, se piensa enseguida en la fortaleza o el coraje dirigido por así decir “hacia el exterior”, sobre todo hacia las presiones ejercidas por la “opinión pública”, tal como ésta es interpretada, y no pocas veces construida, por los medios de comunicación. Es indispensable, para un Obispo, eludir el sometimiento en las confrontaciones de este género de presiones, y a tal fin es importante recordar que la verdad que nos ha sido donada y confiada, aquella verdad que en definitiva es Cristo mismo, cuenta y pesa mucho más que cualquier opinión.

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En realidad, para mí esto ha sido, después de todo, un problema bastante leve: como he dicho en broma hablando con algunos hermanos Obispos cuando pensaba que no había otros oyentes, “las balas de papel no dan mucho miedo”. Difícil me ha resultado, más bien, lograr unir, incluso en el modo de expresarme y de comunicarme, la firmeza con el amor. El ejercicio de la fortaleza de parte de un Obispo, es más necesario, y también más comprometedor, en el gobierno cotidiano de la Diócesis, donde no sólo se actúa sobre opiniones, sino sobre personas. Aquí las certezas son más difíciles, mientras que es más fuerte la necesidad de hacer tangible que lo que hacemos y decidimos lo hacemos y decidimos por amor, buscando el bien, sea de la comunidad, sea de las personas interesadas. Es este, quizás, el mayor peso cotidiano de un Obispo, no digo su cruz más grande – ésta, de hecho, son sus pecados personales- pero sí la más “inmediata”.

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Un último pensamiento respecto al coraje del Obispo retoma el tema de la fortaleza en el anuncio y en el testimonio público de la fe. Me he sentido muy ayudado y estimulado a este respecto en mi tarea de Vicario del Santo Padre, en concreto, por el ejemplo que he recibido de Juan Pablo II y de Benedicto XVI: en muchas ocasiones he percibido casi físicamente que habría sido injusto dejarlos solos. Ya antes, cuando no era aún Obispo, he tenido la misma sensación respecto a Pablo VI. Estar junto al Papa en el anuncio y el testimonio de la fe, especialmente cuando es incómodo y requiere coraje, es en realidad el deber de todo Obispo, un aspecto esencial de la colegialidad episcopal. Me permito decir que si todo el Cuerpo episcopal hubiera estado fuerte y explícito a este respecto, diversas dificultades, en la Iglesia, habrían sido menos graves y que, incluso para el futuro, ésta puede ser una manera eficaz para redimensionarlas y superarlas.

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El ministerio del Obispo ciertamente no está hecho sólo de coraje: en concreto es muchas cosas, pero sobre todo es “amoris officium”( San Agustín, Tratado sobre el Evangelio de Juan, 123,5), tarea y deber de amor…

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Mi dolor más grande concierne a mi debilidad y mediocridad en aquello que es el primer deber de todo Obispo: la oración. Cuántas veces he recibido de la gente pedidos de oración, en la justa convicción y certeza de que el Obispo es sobre todo hombre de Dios y, por consiguiente, hombre de oración. Especialmente pido perdón por esta debilidad y mi primer propósito para el futuro es el de ponerle, con la gracia de Dios, de algún modo remedio…

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El pequeño testamento que quiero dejar a la Diócesis de Roma es entonces este: Miremos el gran desafío que hoy debemos afrontar, sepamos dar cuenta, no nos escondamos frente a él, busquemos recibirlo en su fuerza, densidad, permeabilidad, capacidad de penetración, aquella capacidad y aquel atractivo que ejerce especialmente en las nuevas generaciones. Pero mirémoslo con ojos desencantados y a la vez penetrantes, con los ojos de la fe, que son necesariamente distintos y también más penetrantes que una mirada solamente humana. Con la luz de la fe, podemos intuir la realidad profunda del hombre, en la que Dios está presente para atraer a sí y orientar a Cristo las personas y la historia.

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(Traducido por Francesco. Ver texto completo)

Santo Tomás Moro

Santo Tomas  Moro

Ruega por nosotros

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El Cardenal Navarrete habló, y dijo...

navarrete recibe el capelo

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El Cardenal Navarrete recuerda a Pío XII y Pablo VI: “Pacelli fue acusado injustamente de antisemitismo pero salvó a millares de hebreos; Montini sufrió mucho por haber sido aislado después del Concilio”

de Bruno Volpe

Ciudad del Vaticano – Ha servido, con absoluta lealtad, a cinco Papas, de Pío XII a Benedicto XVI. Hablamos del Cardenal Urbano Navarrete Cortés, español de Camarena de la Sierra, Rector de la Pontificia Universidad Gregoriana desde 1980, ilustre sacerdote jesuita, gran experto en Derecho Canónico, elevado a la dignidad cardenalicia en el consistorio del 24 de noviembre de 2007.

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Eminencia, tendrá episodios para contar después de una vida entera dedicada al servicio de la Iglesia…

De historias y anécdotas tengo muchos pero, si me permite, quisiera focalizar la atención sobre dos Pontífices que están particularmente cerca de mi corazón, Pío XII y Pablo VI, obviamente sin querer minimizar el rol y el afecto que nutro hacia los otros.

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Procedamos en orden cronológico y partamos de Pío XII.

Sobre él fueron, lamentablemente, dichas y escritas muchas calumnias e inexactitudes históricas que deben ser disipadas de una vez por todas. Me refiero, por ejemplo, a su presunto antisemitismo: ¡una falsedad que clama vindicación! Yo mismo tengo conocimiento de un hecho inédito y hasta ahora nunca publicado…

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Díganos.

Cuando me convertí en Rector, algunos docentes de mayor edad que yo me dijeron que el Papa Pacelli, durante la segunda guerra mundial, había dispuesto y ordenado, subrayo ordenado, hacer refugiar a los hebreos en los subterráneos de la Universidad Gregoriana para salvar sus vidas. Digo yo, esta providencial intervención de Pío XII, ¿puede ser compatible con una acusación de antisemitismo?

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Sin embargo, a menudo se ha denunciado lo que ha sido considerado como el “Gran Silencio” de Pacelli ante la Shoah.

¡Seamos serios! ¿Qué otra cosa podía hacer? El suyo no era un silencio de aval, sino una actitud de sabia prudencia dictada por aquel contexto histórico. La verdad es que Pío XII eligió el mal menor, el silencio público, sólo y exclusivamente para no dañar a los hebreos y para evitar que los nazis se ensañaran con ellos con una crueldad aún mayor. También esto prueba que Pacelli no fue nunca antisemita y, por eso, respetando los tiempos y las decisiones de la Iglesia, no veo la hora de que sea elevado al honor de los altares.

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Pasemos al Siervo de Dios Pablo VI

Lo he conocido personalmente y puedo garantizar su santidad. Era preciso, meticuloso, cuidaba con celo y atención cada detalle. ¿Como decir?, era hermoso pero también difícil trabajar con él.

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¿Que características tenía el Papa Montini?

Solitario y taciturno. Pero después del Concilio Vaticano II se sintió herido, atacado, y en cierto sentido ya no fue más él.

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¿En que sentido?

Acusó el peso de la situación post-conciliar, se sintió bajo ataque y acusado también de parte de ciertas facciones consideradas progresistas de la Iglesia. Le aseguro que fue un gran dolor para él.

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En su opinión, ¿qué quiso decir Pablo VI con la expresión “humo de Satanás” en la Iglesia?

Lo relaciono con lo que dije antes. Esta frase fue pronunciada después del Concilio, cuando la vida se le hizo imposible. Esto quiere decir, entonces, que en su visión, la presencia del humo de Satanás en la Iglesia consistía en las lógicas rebeldes de ciertas estructuras eclesiásticas que lo habían abandonado dejándolo completamente solo.

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¿Qué pensaba, en síntesis, Pablo VI del Concilio Vaticano II?

No lo interpretaba como un acto de ruptura con el pasado. Por el contrario, sostenía que era equivocado calificarlo como una suerte de revolución, e instó a “leerlo” en la clave de la continuidad y de la tradición de la Iglesia.

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Hablemos de la creatividad litúrgica, madre de tantos abusos durante la Santa Misa…

Uno de los motivos de tristeza de Pablo VI fue precisamente la opinión de muchos autorizados exponentes eclesiásticos que, después del Vaticano II, habían ordenado una especie de “rompan las reglas”, cortando así netamente con el pasado. Así, con la considerada “creatividad litúrgica” se cubrieron y avalaron injustamente los caprichos y la afectación de sacerdotes que pensaban tener en sus manos la Iglesia.

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¿Espera que se produzca pronto la beatificación de Pío XII y de Pablo VI?

Para mí son ya santos ambos, por aquello que han hecho y sobre todo por las calumnias que han sufrido a causa de su fe. Dicho esto, no puedo más que someterme a la sabiduría de la Iglesia.

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Benedicto XVI, con el Motu Proprio “Summorum Pontificum”, ha liberado la Santa Misa según los libros litúrgicos de San Pío V. ¿ Lo comparte?

Seguro. El Papa ha cumplido un acto de honestidad intelectual y de sabiduría, así como de libertad y justicia. ¿Por qué, me pregunto y lo pregunto, en nombre de un absurdo modernismo, un rito que había educado a generaciones de fieles debía ser prohibido? Creo que los tradicionalistas tienen todo el derecho de celebrar, en comunión con el Sucesor de Pedro, la Santa Misa según el rito antiguo, aún más siendo que esto no le quita nada al Novus Ordo.

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Sinceramente, ¿considera que el rito de San Pío V garantiza mayor solemnidad, espiritualidad y misterio a la Misa?

Aclaro. No tengo nada contra el Misal de Pablo VI, y lo considero válido al igual que el de San Pío V. Pero la Misa de San Pío V, efectivamente, se dirige más a Dios, con la utilización del canon romano en lugar de la fórmula, más expeditiva, de la plegaria segunda. Pienso, además, que la de San Pío V es una Misa que va en busca de Dios realmente y, comparada con la del Novus Ordo, me parece que es también más completa desde el punto de vista de las oraciones.

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La Comunión en la mano: ¿cuál es Su opinión?

Creo que es mejor administrar la Eucaristía sobre la lengua para evitar, por ejemplo, el contacto de la forma, o fragmentos de ella, con las manos sucias. Soy de la opinión de que la administración de la Comunión en la mano ha sido, para la época, un poco precipitada: era necesaria una mayor catequesis, además porque la prisa hace nacer los gatitos ciegos (refrán popular que indica que la prisa hace que las cosas no salgan bien).

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(Traducido por Francesco. Ver Texto original)

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sábado, 21 de junio de 2008

El imán de Benedicto...

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Traducimos aquí el artículo de George Weigel (19/06/2008) –aún no publicado en español-titulado “¿Han regresado los días del Latín?”. Si bien no compartimos con Weigel la totalidad de sus afirmaciones, la importancia del autor y la notoriedad que alcanzó su artículo en los medios de habla inglesa, nos impulsaron a darlo a conocer a nuestros lectores.

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¿Se ha determinado el Papa Benedicto XVI a restaurar la Misa en latín que muchos católicos pensaban había sido dejada en el cubo de desechos de la historia? La respuesta, en breve, es a la vez sí y no. Pero ni el “sí” ni el “no”se ajustan a las típicas especulaciones de muchos informes recientes de los medios suscitadas por los comentarios improvisados de un oficial vaticano a una pequeña asociación católica en Gran Bretaña. Para desenmarañar todo esto, ayuda comenzar por el principio.

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Como nos recuerda en sus memorias (“La sal de la tierra”), el joven Joseph Ratzinger fue profundamente influenciado, tanto espiritual como intelectualmente, por el movimiento de reforma del culto público de la Iglesia Católica de mediados del siglo XX – movimiento que ayudó a allanar el camino del Concilio Vaticano II (1962-1965). El Padre Ratzinger fue un perito en el concilio, un experto en teología, y como muchos otros, le dio la bienvenida a la Constitución Conciliar sobre la Sagrada Liturgia: se trataba de una ratificación del movimiento de reforma de la liturgia al que él había largamente apoyado, y de un proyecto para un mayor desarrollo orgánico de la celebración de la Misa. No obstante, en el tiempo inmediatamente posterior al Vaticano II, Ratzinger se dio cuenta de que el desarrollo orgánico había sido echado por la borda por la revolución, siendo los jacobinos de la liturgia un cuadro de académicos decidido a imponer a la Iglesia Católica entera su visión populista de la liturgia.

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En las décadas transcurridas entre el Vaticano II y su elección como Benedicto XVI, Ratzinger se transformó en el líder de lo que vino a llamarse “reforma de la reforma”: una red de laicos, Obispos, sacerdotes y teólogos, apenas relacionados entre sí, comprometidos en hacer retornar el proceso de desarrollo de la liturgia en la Iglesia Católica a lo que entendían ser el auténtico proyecto del Vaticano II. Al ver cómo un CD de canto gregoriano de un oscuro monasterio español alcanzaba el primer puesto en la lista de éxitos, se preguntaban por qué gran parte de la Iglesia había abandonado una de las formas musicales clásicas del catolicismo. Encontrando congregaciones que parecían más interesadas en la auto-afirmación que en la adoración, y sacerdotes dados a hacer de sus respectivas personalidades el centro de la acción litúrgica, se hacían la pregunta de si la prisa por crear una especie de círculo sagrado en el que el sacerdote está de cara a la gente tras la “mesa” eucarística tendría algo que ver con el problema.

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Y recordaban a toda la Iglesia que el Vaticano II no había mandado muchas de las cosas que la mayoría de los católicos pensaban que éste había decretado: por ejemplo, la eliminación del Latín (y el canto) de la liturgia, y el altar separado detrás del cual el sacerdote está de cara a la comunidad.

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En los últimos 40 años, las guerras litúrgicas católicas han tendido a ser entabladas entre los especialistas y los activistas. El mayor grupo disidente del post-concilio, asociado con el excomulgado arzobispo francés Marcel Lefebvre, ciertamente ha tenido sus problemas con la nueva liturgia, pero la causa más profunda del camino de los lefebvristas hacia la ruptura fue primariamente su rechazo de las enseñanzas del Vaticano II sobre la libertad religiosa, a la que consideraron como una herejía. Una aplastante mayoría de los católicos en el mundo ha dado la bienvenida a la nueva forma de la Misa que se hizo normativa en 1970, una Misa celebrada enteramente en inglés (o español, francés, polaco, cualquiera sea la lengua que habla la comunidad). Con el tiempo comenzó a retroceder esa ridícula temporada por la que pasó la liturgia católica, y que tuvo su punto máximo en los 70 – con Misas “payaso” (con el sacerdote vestido como Bozo o cosas por el estilo), oraciones espontáneas que ignoraban el rito prescripto, espantosa música pop, inoportunas “danzas litúrgicas”, y una general falta de decoro. Una re-sacralización del culto católico se fue haciendo evidente en muchas parroquias. Lo que Ratzinger y otros especialistas habían llamado “la reforma de la reforma” estaba en proceso desde las bases, y por propio impulso.

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Fue para acelerar esa “reforma de la reforma” que Benedicto XVI firmó un decreto el verano pasado permitiendo el uso generalizado del Rito Romano de 1962, conocido técnicamente como el Misal de Juan XXIII. En medio de las recientes y afiebradas especulaciones acerca de que los días del latín están aquí nuevamente, es importante destacar lo que el Misal de Juan XXIII no es. No es el “Rito Tridentino”, porque incluye modificaciones al Misal prescripto por el Concilio de Trento en el siglo XVI; no es la “Misa de Pío V” que algunos católicos “megatradicionalistas” sostienen ser la única forma válida del culto católico. Es, de hecho, la Misa en la forma en que fue celebrada todos los días en cada una de las sesiones del Concilio Vaticano II. (El Misal de 1962 contenía una oración del Viernes Santo para la conversión de los judíos, oración que algunos de estos – ciertamente no todos – consideran ofensiva. Después de una breve ráfaga de criticismo, Benedicto XVI modificó la oración; y continúan las conversaciones sobre una alteración futura. La oración modificada fue usada en el pequeño número de comunidades católicas que celebró la Semana Santa del 2008 de acuerdo al Misal de Juan XXIII; no se siguió ningún pogromo, y la discusión parece haber terminado).

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De alguna manera es irónico que la “antigua Misa en latín” que Benedicto XVI ha permitido es precisamente la Misa tal como fue conocida por el Papa Juan XXIII, héroe del progresismo católico. Pero, de hecho, hay algo “progresista” - en el sentido de reformista- en la estrategia de Benedicto.

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Sí, la Misa de Juan XXIII se celebra en latín, y sí, casi siempre es celebrada (aunque no necesita serlo así) con el sacerdote y la comunidad mirando hacia la misma dirección mientras rezan – dirigiendo juntos la mirada – como enseña la teología litúrgica clásica – hacia el Retorno de Cristo y la inauguración de la Jerusalén Celestial. Pero la razón del Papa en hacer que esta forma de la liturgia sea más ampliamente disponible no es ni nostálgica ni retrógrada. En lugar de esto, al fomentar la celebración generalizada de esta forma clásica del rito romano – el cual está siempre en desarrollo – Benedicto XVI intenta crear una especie de imán litúrgico que lleve la “reforma de la reforma” hacia una mayor reverencia dentro del culto público de la Iglesia Católica. Haciendo esto, el Papa también está recordando a la Iglesia que, como dice el Vaticano II, la Misa es un momento de participación privilegiada en la “liturgia celestial que se celebra en la Ciudad Santa de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero”. En otras palabras, “ir a Misa” no es algo que hacemos para nosotros mismos, o algo que nosotros mismos inventamos; el culto litúrgico es nuestra participación en algo que Dios está haciendo para nosotros.

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¿Significará esta “reforma de la reforma” Benedictina que toda parroquia católica tendrá pronto al menos una celebración dominical de la Misa en latín, usando el Misal de Juan XXIII? No parece probable, incluso porque hoy muy pocos sacerdotes son competentes en latín. Pero en aquellos lugares donde la Misa en latín de 1962 sea celebrada con reverencia y sin adiciones nostálgicas (por ejemplo, antiguas vestiduras adornadas con encaje), será una fuente de alimento espiritual para la minoría que prefiera esta forma de culto, incluso al introducir a una nueva generación en lo que será, para ellos, una nueva forma de liturgia. En los encuentros internacionales, el uso de este rito en latín puede ayudar a revivir esta antigua lengua como lengua católica común para el culto en común – algo no pequeño en una iglesia crecientemente diversificada y pluralista. La celebración generalizada de la Misa según el Misal de Juan XXIII puede llegar a ser el imán reformista que Benedicto quiere que sea, para atraer a los seminaristas y al clero parroquial, animando a aquellos que ya trabajan en la re-sacralización de la liturgia.

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¿Y con el tiempo, cuál sería el resultado? Casi seguramente no que “los días del latín han regresado” a cada parroquia católica, sino una celebración de la Misa más reverente y orante, de acuerdo al Misal de 1970 reformado, y a lo que el Concilio Vaticano II realmente prescribió.

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George Weigel, columnista del NEWSWEEK, es un distinguido profesor del Washington’s Ethics and Public Policy Center y autor de la biografía de Juan Pablo II más vendida en el mundo. Ver artículo original.

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jueves, 19 de junio de 2008

Que ese "simio de Dios" vuelva a temerles

 

Amorth_Fortea

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El demonio, su manera de tentar, sus estrategias, el ritual del exorcismo, son temas completamente ausentes en la formación de nuestros seminaristas. Estos serán sacerdotes que desconocerán al más temible de los enemigos de las almas que deben cuidar. ¿Dónde se ha visto que un verdadero pastor ignore que existen los lobos? ¿Cómo cuidará a sus ovejas? ¿Cómo las sanará si no sabe la causa de sus males? Estamos frente a una grave carencia. Quien tiene contacto con seminaristas sabrá que, en muchos casos, ocupan gran cantidad de horas semanales en el estudio de materias que nada tienen que ver con lo específicamente sacerdotal. Especialmente en los seminarios que han sido incorporados al sistema educativo civil a fin de poder otorgar a sus alumnos un diploma que los habilite como profesores. Tales seminaristas estudian mucha pedagogía, didácticas, políticas educativas, y otras cosas de ese estilo. Mas parece no haber tiempo para enseñarles asuntos como el mencionado. En el mejor de los casos, a estos temas se les dedica una pequeña Unidad dentro de alguna de las dogmáticas, o se hace alguna mención al estudiar las Sagradas Escrituras, o el profesor de Liturgia les cuenta a los seminaristas que en el antiguo Ritual Romano de los Sacramentos, que usaba todo sacerdote, se incluía el rito del exorcismo . ¿Qué podemos hacer para que haya una toma de conciencia de esta carencia y se proceda a darle solución?

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Dos renombrados sacerdotes exorcistas, Gabriel Amorth y José A. Fortea, en sendas entrevistas, respondieron, tiempo atrás, a importantes preguntas relacionadas con su labor ministerial. Hemos seleccionado algunos puntos de esas entrevistas y los hemos combinado:

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¿Existe el demonio?

Fortea: Para la Iglesia no hay duda, el demonio existe y no como un símbolo sino como una persona que se rebeló contra Dios y está condenada eternamente.

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¿Está entre nosotros?

Fortea: La Biblia es muy clara cuando afirma que no hay uno solo sino muchos demonios que están en este mundo tentando a los seres humanos. San Pedro habla en el Nuevo Testamento del demonio como de un león rugiente, rondando, buscando a quien devorar.

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¿Hay personas que hayan sido poseídas por el demonio o por otros espíritus?

Fortea: Por supuesto pero los ángeles no poseen, sólo posee el demonio.

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¿Usted ha visto algún caso?

Fortea: Sí, en estos siete años de trabajo, he encontrado entre 20 y 30 casos indudables de poseídos.

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¿Puede contarnos lo que vio?

Fortea: Los poseídos pueden hablar en lenguas que desconocen, pueden estar dotados de una fuerza descomunal, vomitar objetos como cristales o clavos e incluso, en unos pocos casos muy extraños, pueden llegar a levitar.

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¿Cómo le llegan a usted posibles casos de personas que pueden sufrir una posesión demoníaca?

Fortea: Hay cuatro vías. Psiquiatras que llevan años trabajando con un paciente y observan que lo que les ocurre se aleja cada día más de los manuales de psiquiatría y me piden que les eche una ojeada, familias que recurren a mí del tipo, “a mi hijo le ocurren cosas muy raras desde que hizo espiritismo”, eclesiásticos, e incluso personas que temen haber sido poseídas y me piden ayuda.

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¿Y qué hace con ellos, cómo actúa?

Fortea: Lo primero que hay que hacer es averiguar si el presunto poseso es real o tiene problemas psicológicos y sólo cree estar poseído. Trabajo con psiquiatras en el análisis psicológico de la persona. Escucho a las familias y, finalmente, hago una serie de pruebas para confirmar la presencia del diablo en su cuerpo.

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¿Qué pruebas?

Fortea: No quiero dar muchas pistas para que los que se creen poseídos no se sugestionen y modifiquen su comportamiento pero le puedo decir que si, como me ha ocurrido, un niño de once años contesta a preguntas muy concretas en latín preciso y fluido, es muy probable que esté poseído.

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Y después, en los casos en los que confirma la posesión diabólica, ¿cómo actúa?

Fortea: Hago lo que se llama el Ritual de exorcismo.

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¿En qué consiste?

Fortea: De forma muy resumida: se pide perdón por los pecados, se lee la Biblia, se reza la letanía de los santos y una larga oración a Dios y, al final, se hace una conjuración al Demonio ordenándole que salga del cuerpo.

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¿Y qué le sucede al poseído cuando lo cura?

Fortea: No es una cura, es como una liberación. Se pone peor y peor hasta que lanza un grito espantoso y cae sobre el suelo, en paz. Es como despertar de un sueño, no recuerdan nada del exorcismo.

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¿Alguna vez lo ha lastimado el demonio?

Amorth: Cuando el Cardenal Poletti me pidió que me dedicara al exorcismo, me encomendé a la Virgen: "Envuélveme en Tu Manto, y yo estaré seguro". El demonio me ha amenazado, muchas veces, pero nunca me ha hecho daño.

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¿Cómo elige el demonio a las personas que posee? Le pude ocurrir a cualquiera o depende de su comportamiento en la tierra?

Fortea: No es que el Demonio elija a nadie pero lo que está claro es que si no se le abre la puerta, no puede poseernos.

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¿Cómo se le abre esa puerta?

Fortea: Europa se está olvidando del cristianismo y ahora se interesa mucho por la brujería, el espiritismo, la ouija, la New Age, la santería afrocubana... todas estas cosas que están llegando a Occidente están abriendo puertas al diablo. En el futuro se hablará mucho de esto, cada vez habrá más casos.

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Explíquese.

Fortea: Hay que advertir a la gente que estas cosas que a muchos les parecen inofensivas entrañan graves peligros porque abrimos la puerta al diablo. Uno puede tentar a la suerte varias veces y no ocurrirle nada pero posteriormente sí puede quedar poseído.

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¿Comparte la Iglesia Católica todo lo que nos acaba de contar?

Fortea: La posición oficial de la Iglesia es muy clara y así aparece en los documentos oficiales. En resumen, esta postura es que existe el demonio, existe la posesión y el exorcismo tiene efecto.

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¿Le preocupa que la gente piense que esto son tonterías propias del pasado?

Fortea: El exorcismo está presente en los textos fundacionales de la Iglesia ya que Jesús, estando aún en la tierra, concedió un poder y una autoridad a los Apóstoles sobre los demonios. El propio Papa Juan Pablo II hizo cuatro exorcismos durante su pontificado.

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Usted combate diariamente con el demonio. ¿Cuál es el mayor éxito de Satanás?

Amorth: Que consigue hacer creer que no existe. Y casi lo ha conseguido. Incluso dentro de la Iglesia. Tenemos un clero y un episcopado que han dejado de creer en el demonio, en los exorcismos, en los males extraordinarios que puede causar el diablo, y ni siquiera [creen] en el poder, que nos ha dado Jesús, de expulsar a los demonios. Desde hace tres siglos, la Iglesia Latina -al contrario de la Ortodoxa y de varias denominaciones Protestantes- ha abandonado, casi completamente, el ministerio del exorcismo. Al no practicar los exorcismos, al no estudiarlos y no haberlos visto nunca, el clero ya no cree en ellos.

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¿Pero si uno no cree en la existencia de Satanás, la fe sigue intacta, es decir, sigue siendo fe católica?

Amorth: No. Le voy a contar una historia. Cuando conocí al Padre Pellegrino Ernetti, un célebre exorcista, que ejerció durante cuarenta años en Venecia, le dije: "Si pudiera hablar con el Papa, le diría que encuentro demasiados obispos que no creen en el demonio". La tarde siguiente, el Padre Ernetti vino a decirme que aquella mañana le había recibido Juan Pablo II. "Su Santidad", le había dicho, "hay, aquí en Roma, un exorcista, el Padre Amorth, que si pudiera hablar con usted le diría que encuentra demasiados obispos que no creen en el demonio". El Papa le respondió brevemente: "Aquel que no cree en el demonio, no cree en el Evangelio". Esta es la respuesta que dio él y que yo repito.

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¿Cómo son vistos ustedes, los exorcistas, dentro de la Iglesia?

Amorth: Somos muy mal tratados. Nuestros hermanos sacerdotes, a cargo de esta delicadísima tarea, son vistos como locos, como fanáticos. Por lo general, ni siquiera son tolerados por los mismos obispos que los nombraron.

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¿Nunca siente miedo del demonio?

Amorth: ¿Yo, miedo de ese animal? Es él quien tiene que tener miedo de mí: yo actúo en nombre del Señor del mundo, mientras que él es sólo el simio de Dios.

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El Padre José Antonio Fortea es párroco de Villalbilla (Madrid) y teólogo especializado en demonología, (ver entrevista completa). El Padre Gabriel Amorth es exorcista de la Arquidiócesis de Roma, (ver entrevista completa).

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martes, 17 de junio de 2008

Una inevitable afirmación

Benson

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Por supuesto, me es absolutamente imposible indicar el argumento concreto que acabó por convencerme. Además, no lo hubo, sino que me impulsó más que nada la emoción. Más bien me sentí arrastrado por el Espíritu de Dios hacia una posición privilegiada desde donde podía observar los hechos tal y como eran. Y fue el libro de Newman [refiere a “Development of Christian Doctrine”] el que me los indicó, guió mi mirada de un punto a otro y me demostró que el glorioso edificio de la Iglesia se basaba en el cimiento inconmovible del Evangelio y se elevaba hacia el Cielo.

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Entonces, cambiando de metáfora, vi a la mística Esposa de Cristo crecer a lo largo de los siglos, desde la infancia a la adolescencia, crecer en estatura y sabiduría; no porque sumara conocimientos sino porque los desarrollaba; la vi fortalecer sus miembros, abrir sus manos; cambiar, ciertamente, su aspecto y su lenguaje, y comenzar a pronunciar palabras humanas para expresar sus criterios cada vez con mayor claridad; la vi sacar de su tesoro cosas nuevas y antiguas que, por otra parte, eran suyas desde el principio; y habitada por el Espíritu del Esposo e incluso sufriendo como Él.

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También ella era traicionada y crucificada; “muere diariamente”, como su Gran Señor; negada, ultrajada y despreciada; un varón de dolores acostumbrado al sufrimiento; desfigurada, calumniada, agonizante; despojada de sus vestiduras; pero – como hija de Rey que es – “llena de gloria”. Incluso muerta, se parece a su Modelo natural, siempre unida a la Divinidad; yace en el sepulcro cercada por los poderes seculares, pero resurge de nuevo, espiritual y trascendente, el Día de Pascua; atraviesa las puertas que los hombres creían cerradas para siempre; celebra banquetes en las salas del piso superior y en la orilla del mar; y, sobre todo, asciende para siempre a los cielos para habitar en las moradas celestiales con Él, que es su Esposo y su Dios.

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Yo contemplaba a la Iglesia con todas esas dificultades marcadas en su rostro. Ahora veía que su aspecto externo había cambiado, y que la Niña escondida en las catacumbas debía ser muy diferente de la Madre y Señora de las Iglesias, la Reina del mundo. Comprendía también que su constitución era distinta; que sus miembros, que al principio se movían de un modo espasmódico y desmañado, se iban controlando progresivamente por la acción de la Cabeza visible; que los gestos infantiles de los primeros Concilios se transformaron, poco a poco, en la serena voz salida de sus labios; que la desordenada sabiduría implícita de los primeros siglos, se fue expresando cada vez con mayor precisión, y que aprendió a decir a los hombres lo que sabía desde el comienzo; que, paso a paso, llegaría a dar a conocer en nuestros días el cimiento sobre el que se había apoyado desde su origen: es decir, que en los temas que concernían a los contenidos vitales de su mensaje, en las afirmaciones de su Cabeza, estaba protegida por el Espíritu de Verdad que había formado su cuerpo en el vientre de la raza humana. Ésta es, en su largo recorrido, la inevitable afirmación que debe hacer una Iglesia que se declara depositaria de la Revelación.

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Robert Hugh Benson nació en 1871 y fue el hijo menor de Edward White Benson, arzobispo anglicano de Canterbury. Llegó a ser clérigo anglicano antes de convertirse al catolicismo en 1903. Este texto está tomado de su obra “Confesiones de un converso”.

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domingo, 15 de junio de 2008

¡A repasar el manual de Antoñana!

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Declaraciones del Cardenal Darío Castrillón Hoyos

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La Misa Latina tradicional – no habilitada de hecho por Roma por cuarenta años - debe ser reintroducida en cada parroquia católica de Inglaterra y Gales, afirmó hoy el cardenal del Vaticano a cargo de la liturgia latina en una rueda de prensa en Londres. Además, a todos los seminarios se les exigirá que se enseñe a los seminaristas cómo decir la antigua Misa, de modo que puedan celebrarla en todas las parroquias.

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Las comunidades católicas en el mundo entero recibirán una instrucción especial sobre la valoración de los antiguos rituales, conocidos antes como el Rito Tridentino.

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El anuncio de ayer del cardenal del Vaticano a cargo de la liturgia latina, Darío Castrillón Hoyos, hablando en nombre del Papa Benedicto XVI, horrorizará a los católicos liberales, incluyendo a muchos obispos de Inglaterra y Gales.

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El Papa disgustó a los liberales el año pasado cuando publicó un decreto eliminando su facultad para bloquear la celebración de la Misa tradicional. Lo de ayer demuestra que el Vaticano se prepone ir mucho más allá en la promoción de la liturgia antigua.

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Interrogado sobre si la Misa latina sería celebrada en muchas parroquias ordinarias en el futuro, el Cardenal Castrillón dijo: “No en muchas parroquias, sino en todas. El Santo Padre está ofreciendo esto no sólo para los pocos grupos que lo piden, sino para que todos conozcan esta forma de celebrar la Eucaristía”.

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El cardenal, que lidera la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, hizo ayer estos comentarios disponiéndose a celebrar la Misa latina tradicional en la catedral de Westminster, la primera vez en cuarenta años que un cardenal lo hace allí.

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En el rito tradicional, el sacerdote mira en la misma dirección que la gente y lee la oración principal de la Misa en latín en voz muy baja, como estando virtualmente en silencio. En cambio, en el nuevo rito el sacerdote está de frente a la gente y habla en voz alta en la lengua local.

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El cardenal Castrillón dijo que el silencio reverente del rito tradicional era uno de los “tesoros” que los católicos volverían a descubrir, y los fieles jóvenes encontrarían por primera vez.

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El Papa Benedicto reintroducirá el viejo rito – que será conocido como “Rito Gregoriano” - incluso donde la comuninidad no lo haya pedido. “La gente no lo conoce, y por lo tanto no lo pide ”, explicó el cardenal.

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La Misa revisada, adoptada en 1970 después del Concilio Vaticano II, ha dado lugar a “muchos, muchos, muchos abusos ”, afirmó el cardenal. Y agregó: “la experiencia de los pasados cuarenta años no ha sido siempre tan buena. Mucha gente ha perdido su sentido de adoración a Dios, y estos abusos implican que muchos niños no sepan cómo estar en la Presencia de Dios. ”

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Sin embargo, el nuevo rito no desaparecerá; el Papa desea ver las dos formas de la Misa existiendo juntas.

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Estos drásticos cambios litúrgicos ciertamente son causa de intensa controversia. En una rueda de prensa, un periodista de la revista liberal Tablet, cercana a los obispos ingleses, dijo al cardenal que los nuevos cambios litúrgicos equivalen a “hacer un retroceso”.

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Después del decreto papal del año pasado, los obispos liberales de Inglaterra y Norteamérica han intentado limitar el establecimiento de la Misa tradicional sosteniendo que las reglas dicen que debe ser reintroducida solamente cuando un “grupo estable” de fieles la pidan. Pero el cardenal Castrillón dijo que un grupo estable podría consistir en sólo tres personas, y que éstas no necesitan pertenecer a la misma parroquia.

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Los cambios tardarán algunos años para implementarse completamente, agregó, así como el Concilio Vaticano II ha tardado largo tiempo en ser asumido. Insistió en que la reintroducción generalizada de la Misa tradicional no contradice las enseñanzas del Concilio.

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(Traducido del Blog del Padre John Zuhlsdorf)

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sábado, 14 de junio de 2008

¡Es la Misa, señores, la Misa!

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El Espíritu Santo me estaba revelando que la Iglesia católica, que tanto me aterrorizaba antes, era en realidad mi hogar y mi familia. Experimentaba un gozoso sentimiento de regreso a casa a medida que redescubría a mi padre, a mi madre y a mis hermanos y hermanas mayores.

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Así que un día cometí una «fatal metedura de pata»: decidí que había llegado el momento de ir, yo solo, a una Misa católica. Tomé al fin la resolución de atravesar las puertas del Gesú, la parroquia de Marquette University. Poco antes de mediodía me deslicé silenciosamente hacia la cripta de la capilla para la misa diaria. No sabía con certeza lo que encontraría; quizá estaría sólo con un sacerdote y un par de viejas monjas. Me senté en un banco del fondo para observar.

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De repente, numerosas personas empezaron a entrar desde las calles, gente normal y corriente. Entraban, hacían una genuflexión y se arrodillaban para rezar. Me impresionó su sencilla pero sincera devoción.

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Sonó una campanilla, y un sacerdote caminó hacia el altar. Yo me quedé sentado, dudando aún de si debía arrodillarme o no. Como evangélico calvinista, me habían enseñado que la misa católica era el sacrilegio más grande que un hombre podía cometer: inmolar a Cristo otra vez. Así que no sabía qué hacer.

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Observaba y escuchaba atentamente a medida que las lecturas, oraciones y respuestas -tan impregnadas en la Escritura- convertían la Biblia en algo vivo. Me venían ganas de interrumpir la misa para decir: «Mira, esa frase es de Isaías... El canto es de los Salmos ¡Caramba!, ahí tienen a otro profeta en esa plegaria.» Encontré muchos elementos de la antigua liturgia judía que yo había estudiado tan intensamente.

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Entonces, de repente, comprendí que éste era el lugar de la Biblia. Éste era el ambiente en el cual esta preciosa herencia de familia debe ser leída, proclamada y explicada... Luego pasamos a la Liturgia Eucarística, donde todas mis afirmaciones sobre la alianza hallaban su lugar.

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Hubiera querido interrumpir cada parte y gritar: «¡Eh!, ¿queréis que os explique lo que está pasando desde el punto de vista de la Escritura? ¡Esto es fantástico!» Pero en vez de eso, allí estaba yo sentado, languideciendo por un hambre sobrenatural del Pan de Vida. Tras pronunciar las palabras de la Consagración, el sacerdote mantuvo elevada la hostia. Entonces sentí que la última sombra de duda se había diluido en mí. Con todo mi corazón musité: «Señor mío y Dios mío. ¡Tú estás verdaderamente ahí! Y si eres Tú, entonces quiero tener plena comunión contigo. No quiero negarte nada.»

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(Scott Hahn, católico, ex presbiteriano, cuenta su experiencia de conversión en "Roma, Dulce Hogar". De allí hemos tomado estos párrafos).

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"El rito eucarístico, celebrado con el debido decoro, nos ayuda a tomar conciencia de la inmensa grandeza del don que Dios nos hace en la Santa Misa" (Benedicto XVI)

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viernes, 13 de junio de 2008

¡Pero si hasta los luteranos lo entienden!

Por Antonio

Traducimos aquí este interesantísimo post sobre la visión que tiene un liturgista luterano respecto a la lengua vernácula en la liturgia.

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Un liturgista luterano de hoy, sobre la Misa medieval

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Frank Senn es pastor en la iglesia Luterana Evangélica de Norte América (que es la corriente principal del Luteranismo norteamericano) y un liturgista bien conocido. Pero la cubierta artística de su reciente historia de la liturgia es un dibujo atractivo de una procesión tradicional de Corpus Christi en lo que podría ser el vecindario de una ciudad moderna. La teología luterana ha condenado tradicionalmente la veneración del Cuerpo de Cristo fuera de la cena del Señor como contraria al mandato de Cristo de tomar y de comer.

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En el mismo libro, después de una sección que detalla las diversas maneras en las que el laicado medieval fue catequizado exitosamente en idioma vernáculo mientras que la liturgia seguía siendo en latín, Senn escribe lo siguiente:

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Ya fuera que los fieles leyesen un libro piadoso, mirasen cuadros, recitasen oraciones, susurrasen algo a un vecino, o esperasen en el pórtico de la iglesia, el sonido de la campana sagrada los convocaba al momento de la elevación, al saludo de paz o a besar el portapaz y, en los momentos más importantes del año, tal como en Navidad y Pascua, a la recepción de la Santa Comunión. La Misa seguía siendo una obra realizada por todos. Y sea por el libro de devociones o por la homilía del sacerdote, los fieles entendían básicamente qué estaba sucediendo: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, se hacía Presente entre ellos en el pan y el vino sacramentales, trayendo la gracia de su Pasión a Su pueblo pecador y sufriente.

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Así la visión que la gente estaba excluida de la Misa medieval deviene de una comprensión estrecha de “participación“ que considera la liturgia sólo como texto y limita la participación a las intervenciones orales. En cualquier caso, la acusación se ha exagerado grandemente. Los laicos han encontrado siempre maneras de participar en la liturgia, sea que estuviera en su lengua o no, y siempre han extraído significado de la liturgia, haya sido o no el significado pretendido. Además, los fieles en adoración estaban rodeados de otros ”vernáculos“ no idiomáticos, pero no menos importantes, como los templos mismos y el arte litúrgico que los decoraba.

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(Frank C. SENN. The People’s Work: A Social History of the Liturgy. Minneapolis, Augsburg Fortress, 2006. Pg. 144-145.)

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(ver post original)

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sábado, 7 de junio de 2008

La Gloria de Dios lo iluminaba, y su lumbrera era el Cordero

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En la novela autobiográfica titulada “Perder y Ganar”, el Cardenal John Henry Newman relata lo que le sucedió el día que decidió ir al convento de los padres pasionistas para solicitar su entrada en la Iglesia Católica, el 9 de octubre de 1845. Newman –que en la novela es el joven Charles Reding– cuenta así lo que vivió:

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La puerta de la Iglesia estaba abierta y pudo entrar. La gente iba entrando para algún acto que, al parecer, iba a tener lugar. Ya dentro, el hombre que había entrado justo delante de él sumergió los dedos en un recipiente de agua que había junto a la puerta y le ofreció a Charles. No sabiendo qué significaba aquello, se escabulló lo más pronto que pudo en busca de algún lugar discreto donde refugiarse. Pero los espacios eran abiertos y no parecía haber ningún rincón donde esconderse.

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Sin embargo, cada uno estaba atento a sus asuntos y nadie se fijaba en él; lo cual le hizo sentirse del todo a gusto. Había velas encendidas en el altar mayor, situado en el centro de un ábside semicircular. Sobre uno de los altares laterales había un crucifijo con una lamparilla ante el que se detenía la gente a rezar. Venían cada poco, decían unas oraciones que estaban fijadas a la reja en un marco con cristal y se iban. En otro altar había seis grandes candelabros encendidos y encima una imagen. Charles miró con atención y vio que era una talla de la Virgen con el Niño, que sostenía un Rosario.

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Un grupo de gente delante parecía estar en medio de algún tipo de ceremonia desconocida para él; recitaban algo rápido, alterno y que se repetía; como parecía que no se acababa, se puso a mirar hacia otro lado. Vio primero uno, después dos confesonarios; y alrededor de ellos una pequeña multitud de gente arrodillada esperando para recibir el sacramento, los hombres a un lado, las mujeres al otro. Excepto unas tres filas de bancos movibles con respaldo y reclinatorio que había al fondo de la nave, el resto del amplio espacio estaba despejado, sin otra cosa que sillas.

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Pero el objeto central de la atención de Charles era el altar mayor. La gente, según iba entrando, tomaba una silla, se arrodillaba detrás de ella, y se ponía a rezar. Al cabo, la iglesia quedó bastante llena. Ricos y pobres estaban allí juntos – artesanos, jóvenes bien vestidos, obreros irlandeses, madres con dos o tres niños –; la única separación era la de hombres y mujeres. Un grupillo de chicos y niños, al que se habían agregado también unas cuantas viejecillas, se habían apoderado de la baranda del comulgatorio, y allí estaban aferrados a los barrotes, inmóviles y expectantes.

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Podía haber seguido de pie un buen rato, que nadie se habría fijado en él; pero pensó que había llegado el momento de arrodillarse. Se acercó a uno de los bancos que tenía cerca. En ese momento, una procesión con cirios salió de la sacristía hacia el altar mayor; había empezado algo desconocido para él. Después, por el Miserere y el Ora pro nobis, pensó que era una letanía. A continuación hubo un himno.

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Charles tenía la sensación de no haber visto dar culto jamás hasta esos momentos; tan absorbidos estaban, tan intensa era la devoción de los fieles. Le llamó particularmente la atención que, mientras en la “Iglesia de Inglaterra” los clérigos o el órgano lo eran todo y el pueblo no era nada – todo lo más, lo que el clérigo representaba –, aquí las cosas eran justamente lo contrario. El sacerdote casi no hablaba, o por lo menos no se lo oía; pero los fieles allí reunidos eran como un único instrumento, vastísimo, una especie de panarmonium que – esto era lo más sorprendente – tenía vida propia.

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No parecían necesitar a nadie que les diera la entrada o que dirigiera la ceremonia. La letra era en latín, pero todos parecían saber lo que decían al dirigirse personalmente a la Santísima Trinidad, a Cristo Salvador, a la Bienaventurada Virgen Madre de Dios y a los santos del cielo, con sus corazones tan llenos de amor como mostraba la energía de sus voces. Tenía cerca de él un niño pequeño y una mujer de aspecto sencillo que cantaban con voz aguda. No había error posible. “Esto sí es una auténtica religión para todos”.

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Lanzó una mirada al edificio; era bastante simple y saltaba a la vista que estaba sin terminar. Pero el Templo Vivo que allí existía no necesitaba ricos mármoles o artísticas entalladuras para estar completo “porque la Gloria de Dios lo iluminaba, y su lumbrera era el Cordero”. ¡Dios mío, y que dijeran que aquello era un culto puramente externo! ¡Gente sencilla y gente educada, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, el mismo Espíritu actuando en todos, haciendo que todos fueran Uno!

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Un sacerdote, o un acólito, había subido al altar y hacía movimientos con un cáliz o algún tipo de vaso sagrado; no veía bien desde allí. Una nube de incienso se elevaba a lo alto. De pronto los fieles inclinaron la cabeza en una reverencia profunda. ¿Qué pasaba, qué era aquello? Dulcemente y con temblor cayó en la cuenta: ¡el Santísimo Sacramento!, era el Señor Encarnado, allí, en el altar, que venía a visitar y a bendecir a su pueblo. Era la Gran Presencia que convertía una iglesia católica en un lugar infinitamente distinto a cualquier otro de este mundo, un lugar Santo.

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Las lecturas del breviario eran ya algo familiar para Charles; por eso, al dejarse caer de rodillas en el suelo, feliz de su abajamiento, brotaron incontenibles las palabras que una vez oyó… “O Adonai… O Emmanuel, Expectatio gentium, veni…!”

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