jueves, 16 de septiembre de 2010

Entrevista al Santo Padre

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Presentamos aquí la traducción al español de la entrevista brindada por el Papa Benedicto XVI durante el vuelo hacia Gran Bretaña. El texto que presentamos no es el oficial, pues la Santa Sede aún no lo ha publicado.


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Ha habido polémicas durante la preparación del viaje, Gran Bretaña ha sido presentada como un país anticatólico. ¿Usted está preocupado?


Debo decir que no estoy preocupado, ya que cuando estuve en Francia se había dicho que era el país más anticlerical, con fuertes corrientes anticlericales y con un mínimo número de fieles; cuando fui a la República Checa, se dijo que sería el país más antirreligioso de Europa y también anticlerical. De este modo, todos los países occidentales, cada uno según su modo específico, según la propia historia, tienen muchas corrientes anticlericales y anticatólicas pero tienen también siempre una fuerte presencia de fe. Así, en Francia y en la República Checa he visto y vivido una calurosa acogida por parte de la comunidad católica, una fuerte atención por parte de agnósticos que sin embargo están en búsqueda, quieren conocer y encontrar los valores que llevan adelante a la humanidad y han estado muy atentos por si podrían escuchar de mí algo en este sentido, y la tolerancia y el respeto de cuantos son anticatólicos. Actualmente, Gran Bretaña tiene su propia historia de anticatolicismo, esto es evidente, pero es también un país con su historia de tolerancia. Estoy seguro de que, por una parte, habrá una acogida positiva de los católicos y de los creyentes, atención de cuantos buscar cómo ir adelante en este tiempo nuestro, y respeto y tolerancia recíproca donde hay un anticatolicismo. Voy adelante con gran valentía y con alegría.


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El Reino Unido, como muchos otros países occidentales, es considerado un país secular, con un fuerte movimiento de ateísmo también con motivaciones culturales. Sin embargo, hay también signos de que la fe religiosa, en particular en Jesucristo, está todavía viva a nivel personal. ¿Qué puede significar esto para católicos y anglicanos? ¿Se puede hacer algo para mostrar a la Iglesia como institución más creíble y atractiva para todos?


Diría que una Iglesia que busca sobre todo ser atractiva, estaría ya en un camino equivocado. Porque la Iglesia no trabaja para sí, no trabaja para aumentar los propios números, el propio poder. La Iglesia está al servicio de Otro, sirve no para sí misma, para ser un cuerpo fuerte, sino para hacer accesible el anuncio de Jesucristo, las grandes verdades, las grandes fuerzas de amor y de reconciliación que han aparecido en esta figura y que vienen siempre de la presencia de Jesucristo. En este sentido, la Iglesia no busca el propio atractivo sino que debe ser transparente para Jesucristo. Y en la medida en que no está para sí misma, como cuerpo fuerte y poderoso en el mundo, sino que se hace sencillamente voz de Otro, se convierte realmente en transparencia para la gran figura de Cristo y las grandes verdades que ha traído a la humanidad, la fuerza del amor. En este momento, se escucha y se acepta que la Iglesia no debería considerarse a sí misma sino ayudar a considerar a Otro, y ella misma ha de ver y hablar de Otro y por Otro. En este sentido, me parece también que anglicanos y católicos tienen el mismo deber, la misma dirección que tomar. Si anglicanos y católicos ven ambos que no sirven para sí mismos sino que instrumentos para Cristo, amigos del Esposo como dice san Juan, si ambos siguen la prioridad de Cristo y no de sí mismos, entonces van juntos. Porque entonces la prioridad de Cristo los une y no son ya competidores, cada uno buscando el mayor número, sino que están juntos en el compromiso por la verdad de Cristo que entra en este mundo, y de este modo se encuentran también recíprocamente en un verdadero y fecundo ecumenismo.


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Como es conocido y como ha sido puesto de relieve también por recientes encuestas, el escándalo de los abusos sexuales ha sacudido la confianza de los fieles en la Iglesia. ¿Cómo piensa que puede contribuir a restablecer esta confianza?


En primer lugar, debo decir que estas revelaciones han sido para mí un shock, son una gran tristeza. Es difícil entender cómo fue posible esta perversión del ministerio sacerdotal. El sacerdote, en el momento de la ordenación, preparado por años para este momento, dice sí a Cristo para hacerse su voz, su boca, su mano, y servir con toda la existencia para que el buen Pastor que ama, que ayuda y que guía a la verdad esté presente en el mundo. Es difícil comprender cómo un hombre que ha hecho y dicho esto puede luego caer en esta perversión, es una gran tristeza, una tristeza también que la autoridad de la Iglesia no fuera suficientemente vigilante y suficientemente veloz y decidida para tomar las medidas necesarias. Por todo esto, estamos en un momento de penitencia, de humildad, de renovada sinceridad, como escribí a los obispos irlandeses. Me parece que ahora debemos realizar precisamente un tiempo de penitencia, un tiempo de humildad, y renovar y aprender nuevamente la sinceridad absoluta. En cuanto a las víctimas, diría que tres cosas son importantes. El primer interés son las víctimas, cómo podemos reparar, qué podemos hacer para ayudar a estas personas a superar este trauma, a reencontrar la vida, a reencontrar también la confianza en el mensaje de Cristo. El compromiso por las víctimas es la primera prioridad con ayudas materiales, psicológicas y espirituales. Lo segundo es el problema de las personas culpables: la justa pena, excluirlos de toda posibilidad de acceso a los jóvenes, porque sabemos que ésta es una enfermedad, que la libre voluntad no funciona donde está esta enfermedad y, por lo tanto, debemos proteger a estas personas contra sí mismas y encontrar la manera de ayudarlas y protegerlas de sí mismas y excluirlas de todo acceso a los jóvenes. Y el tercer punto es la prevención y la educación en la elección de los candidatos al sacerdocio. Estar atentos de tal modo que, según las posibilidades humanas, se excluyan futuros casos. Quisiera en este momento también agradecer al episcopado británico por su atención y por su colaboración tanto con la Sede de Pedro como con las instancias públicas y la atención por las víctimas y por el derecho. Creo que el episcopado británico ha hecho y hace un gran trabajo. Por eso, estoy muy agradecido.


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Santidad, la figura del cardenal Newman es muy significativa para usted. Y para el cardenal Newman usted hace la excepción de presidir su beatificación. ¿Piensa que su recuerdo puede ayudar a superar las divisiones entre anglicanos y católicos? ¿Y cuáles son los aspectos de su personalidad sobre los que desea poner el acento más fuerte?


El Cardenal Newman es sobre todo, por una parte, un hombre moderno que ha vivido todo el problema de la modernidad, que ha vivido también el problema del agnosticismo, de la imposibilidad de conocer a Dios, de creer. Un hombre que ha estado durante toda su vida en camino, en camino de dejarse transformar por la verdad en una búsqueda de gran sinceridad y de gran disponibilidad de conocer y de encontrar y aceptar el camino para la verdadera vida. Esta modernidad interior de su vida implica la modernidad de su fe. No es una fe en fórmulas de un tiempo pasado sino una fe personalísima, vivida, sufrida, encontrada en un largo camino de renovación y de conversiones. Es un hombre de gran cultura que, por una parte, participa en nuestra cultura escéptica de hoy, en la cuestión de si podemos entender algo cierto sobre la verdad del hombre y de cómo podemos llegar a la convergencia de las verosimilitudes. Un hombre que, con una gran cultura de conocimiento de los padres de la Iglesia, ha estudiado y renovado la génesis y el don de la fe, reconocida así la figura esencialmente interior. Es un hombre de una gran espiritualidad, de un gran humanismo, un hombre de oración, de una relación profunda con Dios y, por eso, de una relación profunda también con los hombres de su tiempo y del nuestro tiempo. Señalaría, por lo tanto, tres elementos: modernidad de su existencia con todas las dudas y los problemas de nuestro ser de hoy; cultura grande, conocimiento de los grandes tesoros de la cultura de la humanidad, disponibilidad de búsqueda permanente, de renovación permanente; y espiritualidad, vida espiritual con Dios, dan a este hombre una grandeza excepcional para nuestro tiempo y por eso es una figura de doctor de la Iglesia para nosotros y para todos, y también un puente entre anglicanos y católicos.


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Esta visita es considerada con el rango de una visita de Estado. ¿Hay sintonía con las autoridades inglesas, en particular respecto a los grandes desafíos del mundo actual?


Estoy muy agradecido a Su Majestad la Reina Isabel II, que ha querido dar a esta visita el rango de visita de Estado, que sabe expresar el carácter público de esta visita y también la responsabilidad común de la política y de la religión para el futuro del continente y también para el futuro de la humanidad, la gran responsabilidad común para que los valores que crean justicia y política y que vienen de la religión estén juntos en camino de nuestro tiempo. Naturalmente, este hecho de que jurídicamente es una visita de Estado no hace que mi visita sea un hecho político porque si el Papa es jefe de Estado esto es sólo un instrumento para garantizar la independencia de su anuncio y el carácter público de su labor de pastor. En este sentido, también la visita de Estado permanece como sustancial y esencialmente una visita pastoral, es decir, una visita en la responsabilidad de la fe por la cual el Sumo Pontífice, el Papa, existe y este carácter de visita de Estado pone en el centro de la atención precisamente las coincidencias entre los intereses de la política y de la religión. La política sustancialmente es creada para garantizar justicia, y con la justicia la libertad. Pero la justicia es un valor moral, un valor religioso, y así la fe, el anuncio del Evangelio, se vincula en el punto justicia con la política y aquí nacen los intereses comunes. Gran Bretaña tiene un gran experiencia y una gran actividad en la lucha contra los males de este tiempo, la miseria, la pobreza, las enfermedades, la droga, y todos estas luchas contra la miseria, la pobreza, las esclavitudes del hombre, son también fines de la fe porque son fines de la humanización del hombre para que sea restituida la imagen de Dios contra las destrucciones y las devastaciones. El segundo deber común es el compromiso por la paz en el mundo y la capacidad de vivir la paz, la educación para la paz, crear las virtudes que hacen al hombre capaz de paz. Y finalmente, el elemento esencial de la paz es el diálogo de las religiones, la tolerancia, la apertura del hombre al otro. Y esto es un profundo objetivo tanto de Gran Bretaña como sociedad como de la fe católica, de abrir el corazón, de abrir al diálogo, de abrir a la verdad, al camino común de la humanidad y a reencontrare los valores que son fundamento de nuestro humanismo


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Fuente: Il Giornale

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 15 de septiembre de 2010

La causa del Cardenal Newman

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Un bebé con severas deformaciones nació en una condición perfectamente normal luego que la madre rezara al Cardenal John Henry Newman.


El Vaticano está investigando la inexplicable curación como un posible signo sobrenatural que podría llevar a la canonización del converso victoriano.


El Papa beatificará al Cardenal Newman en Cofton Park, Birmingham, el domingo, siguiendo a la curación de una paralizante condición de la columna vertebral del diácono norteamericano Jack Sullivan en el 2001. Se requiere un segundo milagro para la canonización.


Andrea Ambrosi, quien está a cargo de la causa de canonización del Cardenal Newman, dijo que la curación del bebé “podría ser el milagro para la canonización”.


Ann Widdecombe, ex miembro del Parlamento y católica conversa dijo que los escaneos prenatales revelaban que el bebé tenía “severas deformaciones” y que los doctores estaban convencidos que no podrían hacer nada para ayudarlo. “El niño nació perfecto, luego de que la madre rezara a Newman, y los científicos no pueden explicarlo”, dijo Widdecombe.


El Padre Richard Duffield, preboste del Oratorio de Birmingham y actor de la causa, confirmó que “un tribunal de investigación sobre un nuevo milagro… está a punto de abrirse en la arquidiócesis de Ciudad de México”.


“El milagro del que se habla tuvo lugar luego del anuncio formal de la beatificación de Newman”, dijo. “Esto significa que, de hallarse que es genuino, podría ser tomado en consideración como el segundo milagro necesario para la canonización de Newman. Se espera que las declaraciones de testimonio de los involucrados y de los equipos médicos estén listas para ser enviadas a Roma a principios del 2011”.


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Fuente: Catholic Herald

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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martes, 14 de septiembre de 2010

Mons. Koch y su plan de trabajo al frente de Unidad de los Cristianos

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El Arzobispo Koch, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, ha concedido una extensa e interesante entrevista a L’Osservatore Romano en la cual se ha referido detalladamente a su plan de trabajo en el dicasterio, a las prioridades que ha establecido en su labor y a las diversas realidades de las que deberá ocuparse en su nuevo cargo. Ofrecemos nuestra traducción en lengua española.

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La primera visita oficial la realizará al Patriarca Bartolomé en Estambul el 30 de noviembre para la fiesta de San Andrés. Pero ya desde el 16 al 19 de septiembre acompañará al Papa en el Reino Unido en un delicado viaje por las relaciones con los anglicanos, mientras que del 20 al 27 de septiembre estará en Viena para la esperada sesión de la comisión mixta para el diálogo teológico con los ortodoxos. El arzobispo suizo Kurt Koch, de sesenta años, desde el 1º de julio Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, no ha tenido tiempo para el rodaje. En esta entrevista a nuestro periódico anticipa sus primeros pasos y esboza el programa de trabajo que terminará de poner a punto para noviembre, en la asamblea plenaria del Pontificio Consejo.


Como buen suizo, dice, “el ecumenismo lo llevo dentro desde el nacimiento”. A los doce años, la lectura de la Pasión de Cristo lo “moviliza y conmueve” porque “los soldados romanos no quieren dividir la túnica de Jesús pero hemos sido nosotros, los cristianos, quienes hemos pensado en lacerarla, separando el único cuerpo de Cristo”. Era la época del concilio Vaticano II, “gran evento en el surco de la tradición que vive”. Luego, con los estudios en Lucerna y en Munich de Baviera, el ecumenismo comenzó a formar parte a pleno título también de su bagaje teológico. Sacerdote desde 1982 y desde 1995 obispo de Basilea, la diócesis helvética más grande, acogió a Juan Pablo II en Berna, en junio de 2004, organizando un encuentro cara a cara con los jóvenes “para relanzar la evangelización en Suiza a través de la transmisión de la fe”, su otra gran pasión pastoral.


Monseñor Koch explica que no es el presidente de un holding internacional “que puede hacer y organizar todo lo que se le pasa por la cabeza. La unidad de los cristianos es una misión querida por Jesús mismo y tengo un mandato bien preciso del Papa para tratar de recomponer el escándalo de las divisiones”. Un mandato que Benedicto XVI le ha confirmado recientemente, el 30 de agosto, recibiéndolo en audiencia después de haberlo llamado a Castelgandolfo como relator principal en el encuentro con sus ex-alumnos para hablar sobre la correcta interpretación del concilio Vaticano II y sobre la reforma litúrgica.

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¿Qué le ha dicho el Pontífice al confiarle el cargo de Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos?


El Papa me convocó el 6 de febrero y, en la audiencia privada, me confió que había pensado en mí como obispo que conoce las comunidades de la reforma protestante no sólo por los libros sino por experiencia de vida, directa. Sabía que en Suiza he podido dialogar y confrontarme con los reformados. Habíamos hablado de esto en las visitas ad limina, cuando él era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y yo era obispo de Basilea. Desde el 2002 soy miembro del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y el trabajo desarrollado hasta ahora me hace todavía más consciente de la gran responsabilidad que Benedicto XVI me ha confiado.

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¿Puede anticiparnos cuáles serán sus estrategias en los diversos diálogos, tanto en Oriente como en Occidente?


El punto neurálgico, para mí, es reconocer la dimensión espiritual como fundamento y alma de todo el movimiento ecuménico. No es una ocurrencia del momento, basta releer el número 8 del decreto conciliar Unitatis redintegratio y referirnos a las experiencias directas. Sin dimensión espiritual no se va a ninguna parte.

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¿Cuáles son los ingredientes indispensables para el diálogo ecuménico?


En primer lugar, la amistad. Un diálogo creíble y sincero se puede entablar sólo si existe aquello que yo llamo ecumenismo del amor. Cuando las relaciones no son buenas, es difícil rezar juntos y afrontar los temas teológicos. Encontrarse, conocerse personalmente, estrechar amistades verdaderas, son los ingredientes básicos para hacer funcionar mucho mejor el diálogo teológico.

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Por lo tanto, amor y verdad.


Amor y verdad son también los dos grandes verbos de Benedicto XVI, el centro de su corpus teológico. Si amor y verdad no van de la mano, el diálogo se bloquea. Es fácil constatar que no hay futuro para un hombre y una mujer que muestran amarse pero no se dicen la vedad. Así como el amor sin verdad no es amor, del mismo modo la verdad por sí sola, sin amor, puede ser dura de aceptar.

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Analizando los progresos y los estancamientos, ¿cuál es el estado de salud del ecumenismo?


Hemos dado pasos hacia adelante en todas las direcciones. No debemos esperar forzosamente resultados inmediatos, también porque el fundamento del ecumenismo es la espiritualidad. Cada diálogo es siempre un nuevo desafío, con sus características particulares. He experimentado esto como miembro de la Comisión mixta para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas orientales y de la Comisión internacional para la unidad luterana-católica. Hay una diferencia específica en el modo de proceder. Con los ortodoxos tenemos un gran fundamento común de fe y algunas diferencias en la cultura. Con el mundo que viene de la Reforma, en cambio, no es tan grande el fundamento común de fe pero la cultura es la misma.

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El fundamento común de fe con los ortodoxos está produciendo resultados inesperados. Desde Moscú le ha llegado un mensaje de felicitación del Patriarca Kirill que augura “nuevas perspectivas de colaboración en beneficio de ambas Iglesias”, subrayando los positivos y constructivos desarrollos en las relaciones.


Es cierto, con los ortodoxos estamos registrando progresos también en el diálogo teológico. Y en Viena, del 20 al 27 de septiembre, podremos hacerlo de nuevo, continuando el estudio del tema del rol del Obispo de Roma en el primer milenio. Luego, para la fiesta de San Andrés, el próximo 30 de noviembre, viajaré a Estambul. Es importante que mi primera visita oficial sea al Patriarca ecuménico Bartolomé en el ámbito del intercambio de delegaciones entre Roma y el Fanar para las fiestas patronales.

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Por parte protestante, su nombramiento ha suscitado reacciones positivas y la esperanza de una renovada “apertura ecuménica” que le ha sido reconocida sobre todo por el pastor luterano Olav Fykse Tveit, secretario general del Consejo ecuménico de las Iglesias.


La condición fundamental es discutir qué es la Iglesia, examinando los diversos puntos de vista. De hecho, se corre el riesgo de perder la visión misma de la unidad de la Iglesia. Es un diálogo que debe profundizarse. Precisamente la experiencia vivida en Suiza me ha indicado prioridades y urgencias del compromiso ecuménico. Como sacerdote y como obispo me he planteado siempre, por ejemplo, el problema de los muchos matrimonios mixtos, de las familias compuestas por católicos y protestantes. Es doloroso que maridos y esposas, padres e hijos, no puedan participar juntos en las celebraciones los unos de los otros. Se trata de una realidad que en Basilea he vivido como un desafío práctico.

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¿Le podrá ser útil en Roma la experiencia ecuménica hecha en Suiza?


En mi país, las comunidades reformadas son un caso especial, también por el fragmentado mundo protestante. Según el teólogo evangélico Lukas Vischer, fallecido en el 2008, que formaba parte del Consejo ecuménico de las Iglesias, las comunidades suizas tienen “la confesión de no tener una confesión”. A Roma traigo, sobre todo, la actitud de diálogo y un conocimiento de las diversas cuestiones maduradas en este campo.

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La apertura del Papa a los anglicanos con la Constitución Apostólica “Anglicanorum coetibus” ha suscitado mucha inquietud. Y Benedicto XVI está por viajar al Reino Unido.


La situación del mundo anglicano no es sencilla. Con la Anglicanorum coetibus, el Pontífice ha abierto las puertas a cuantos han pedido libremente vivir en la unidad de la Iglesia católica. En el viaje que el Papa está por realizar al Reino Unido se podrán afrontar directamente cuestiones importantes para contribuir a relanzar el diálogo siempre más abierto con los anglicanos. Es significativo que en sus visitas internacionales inserte siempre un encuentro ecuménico. No es una sorpresa, sin embargo, dado que ya en el discurso al comienzo del Pontificado reafirmó claramente la prioridad de la unidad de los cristianos.

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¿Cuáles serán los temas en la agenda para la sesión plenaria del dicasterio en noviembre?


Ya estamos trabajando para preparar la asamblea. Dos años atrás, en la plenaria precedente, hemos hecho el balance de los pasos ecuménicos en los últimos cuarenta años. Ahora debemos determinar juntos los caminos a recorrer. De los trabajos saldrá un programa sobre qué hacer en el futuro. Somos conscientes de que la unidad de los cristianos es una misión urgente que debe ser llevada adelante, a pesar de las evidentes dificultades, con un diálogo que encuentra su fundamento en el concilio Vaticano II.

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¿Puede presentarnos al equipo del Pontificio Consejo?


Sé que tengo colaboradores de gran nivel. En estos años ya he podido conocerlos, comenzando por el secretario del dicasterio, el obispo Brian Farell, que tiene un panorama preciso de las diversas situaciones. Y luego está monseñor Eleuterio Francesco Fortino, un hombre gentil del que no se puede no ser amigo, que con su experiencia custodia la tradición de esta oficina.

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¿Cómo articulará su trabajo?


Mi trabajo implica, sobre todo, la tejedura de una red de encuentros y visitas con los representantes de realidades muy diversas entre ellas. Hay un aspecto de mi cargo particularmente interesante y que, en cambio, a veces no es suficientemente resaltado: el encuentro con los obispos para las visitas ad limina Apostolorum. Para mí es fundamental el diálogo directo, examinar las situaciones caso por caso. Soy obispo desde hace quince años; en la Conferencia episcopal suiza he sido vicepresidente por nueve años y presidente durante tres años. Por lo tanto, he podido darme cuenta de cuán importantes son las visitas ad limina. En aquellas ocasiones, el diálogo con el cardenal Ratzinger, entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha sido siempre muy precioso. Hasta ese momento lo conocía bien pero sólo a través de sus libros.

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En el territorio de su diócesis de Basilea está la sede de la Fraternidad San Pío X. ¿Ha podido conocer de cerca la situación, puede dar una valoración?


No he tenido particulares contactos con la Fraternidad San Pío X. Mi deseo es que este diálogo ofrecido y relanzado por el Papa puede ser comprendido por todos y dar los resultados esperados.

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A usted le tocará también llevar adelante el diálogo con los judíos. Interviniendo en el sínodo del 2008 sobre la Palabra de Dios, dijo que “se podría aprender mucho del judaísmo”, considerado cada vez más la Escritura como “una realidad viva”.


A veces se olvida que el presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos es también responsable de la Comisión para las relaciones religiosas con el Judaísmo. No es una casualidad o una equivocación, lo considero muy significativo. Es un cargo que siento de modo particular. Me complace que, entre los primeros en visitarme aquí en Roma, a pesar del período de verano, hayan sido precisamente algunos representantes del judaísmo. Se perciben evidentes señales positivas en las relaciones con mundo judío. Al cardenal Walter Kasper, mi predecesor, se le debe reconocer el mérito de haber dado un significativo impulso para mejorar las relaciones, superando obstáculos y prejuicios. Por mi parte, quiero continuar y profundizar este trabajo de conocimiento recíproco. En las relaciones con los judíos no se trata de una cuestión de política, lo que importa es la dimensión religiosa. Lo confirman las palabras del Papa y sus visitas a las sinagogas de Colonia, New Cork y Roma.

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Al orden del día de su trabajo no puede faltar la cuestión de las sectas.


Nos preguntamos porqué tanta gente se dirige a las sectas. ¿Qué encuentran? ¿Por qué la oferta se muestra tan atractiva? ¿Cómo es que estas personas no llaman más a las puertas de nuestras iglesias? La invasión de las sectas nos plantea serios interrogantes. Ciertamente no debemos usar sus estrategias, pero estamos obligados a repensar en cómo anunciamos el Evangelio, en nuestra credibilidad. He quedado impresionado al escuchar, en el sínodo del 2008, los testimonios de los representantes de América Latina que deben hacer frente a la agresividad de las sectas. En las próximas visitas ad limina de los obispos latinoamericanos afrontaremos decididamente la cuestión para ver qué se puede hacer.

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El Papa lo ha llamado a usted, un teólogo, a continuar el trabajo ecuménico de otro teólogo como el cardenal Kasper. Este cambio también ha despejado el terreno por los inevitables intentos de atribuir etiquetas de progresismo y tradicionalismo.


Entre el cardenal Kasper y yo no hay diferencias sustanciales. Nos conocemos desde hace años y precisamente él, en el 2002, me llamó a formar parte del Pontificio Consejo. En estos días se ha mostrado disponible para facilitar mi integración. Puedo asegurar que proseguiré el trabajo que el cardenal Kasper ha desarrollado tan bien.

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Fuente: L’Osservatore Romano


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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lunes, 13 de septiembre de 2010

“El Islam conquistará la mayoría en Europa”

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Las chocantes palabras  de Piero Gheddo, decano de los misioneros italianos y fundador de Asia News, no han pasado desapercibidas al Daily Telegraph y al Daily Mail, dos de los mayores periódicos británicos, que han reproducido sus palabras.


Tal vez porque Benedicto XVI se prepara para visitar el Reino Unido, donde el debate sobre democracia e islamismo está candente. Tal vez porque de esto se habla desde hace muchos días en Alemania, luego de la publicación del controvertido libro del economista del SPD Thilo Sarrazin. O tal vez porque no se leía desde hace tiempo una denuncia similar, sin fingimientos, por parte de un alto representante vaticano.


“El desafío debe ser tomado seriamente”, dijo Gheddo a propósito del colapso demográfico europeo y del vacío ocupado por el Islam. “Los periódicos o los programas televisivos no hablan nunca de esto. Antes o después, el Islam conquistará la mayoría en Europa”.


En el pasado mes de enero había sido el cardenal Miloslav Vlk, arzobispo de Praga, quien dijo que los musulmanes están listos para ocupar el vacío europeo. “Los musulmanes tienen muchas razones para dirigirse aquí”, dijo Vlk. “Tienen también una razón religiosa, llevar los valores espirituales de la fe en Dios al ambiente pagano de Europa, a su estilo de vida sin Dios. La vida será islamizada”.


Hablamos de esto con el mismo Piero Gheddo. “El Islam tiene en sus manos, demográficamente, el futuro de Europa. Todos los años, los italianos disminuyen en 130 mil. Pero aumentamos en 100 mil inmigrantes, que son en gran parte musulmanes. En Europa, además, hay un enorme vacío religioso que es ocupado por el Islam. Los musulmanes tienen una fuerte fe religiosa y rezan en público”.


La acusación de Gheddo partió de la frase pronunciada en Italia por el coronel Gheddafi sobre el futuro islámico de Europa. “Periódicos y televisiones han reducido el acontecimiento a un caso político, acusando al gobierno y al presidente Berlusconi de haber permitido al jefe beduino aprovechar nuestra hospitalidad para insultar al pueblo y la nación italiana. Pero la demografía y la convicción religiosa de los pueblos testifica contra nosotros, los italianos y europeos”.


Las proyecciones parecen confirmar la oscura profecía de Gheddo. En las cuatro ciudades más grandes de los Países Bajos – Ámsterdam, Rótterdam, La Haya y Utrecht – el nombre Mohammed es el más difundido entre los recién nacidos. En La Haya, variaciones del nombre del Profeta están en el primer, segundo y quinto puesto.


Las últimas estimaciones demográficas del Pew Forum dicen que en el 2050, una quinta parte de los europeos será musulmana. El veinte por ciento. Dos personas sobre diez. No por casualidad el periódico británico Daily Telegraph, al publicar los datos surgidos de los estudios más actualizados, ha hablado de “bomba demográfica de relojería que está transformando nuestro continente”. También en la capital belga, Bruselas, y tampoco desde hace poco tiempo, en el primer lugar de los nombres más difundidos entre los recién nacidos está precisamente Mohammed.


Se calcula que, si la población europea de fe islámica se ha duplicado en los últimos treinta años, una análoga duplicación será registrada para el 2015. Y desde allí irá subiendo hasta llegar a aquel veinte por ciento global. En ciudades como la francesa Marsella y la holandesa Rótterdam, el porcentaje islámico es ya ahora del veinticinco por ciento, del veinte en la suiza Malmö, del quince en Bruselas y del diez en Londres, París y Copenhague. Y aún más: en Austria, católica al noventa por ciento en el siglo XX, el Islam será la religión mayoritaria en el 2050 en la población juvenil.


Por usar las irreverentes palabras de Mark Steyn, el intelectual canadiense de America Alone, si el hombre europeo tuviese cuatro patas y pasase sus jornadas sobre los árboles, ya habría terminado en la lista de las especies en peligro de extinción.

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Fuente: Il blog degli amici di Papa Ratzinger


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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domingo, 12 de septiembre de 2010

El Patriarcado de Moscú allana el camino del Papa en Inglaterra

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Pocos días antes que Benedicto XVI, ha visitado Londres el número dos de la Iglesia ortodoxa rusa, el metropolita Hilarion de Volokolamsk, presidente del Departamento para las relaciones eclesiásticas del Patriarcado de Moscú.


Al encontrarse el jueves 9 de septiembre, en el Lambeth Palace, con el arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, primado de la Comunión Anglicana, Hilarion ha allanado el camino al Papa, que se encontrará con Williams el 17 de septiembre.


De hecho, tanto en el coloquio privado con el primado anglicano como en la sucesiva conferencia en el Nikæan Club, Hilarion expresó con expresiones muy ratzingerianas su lectura de la condición actual del cristianismo en el mundo:


“Todas las versiones actuales del cristianismo – dijo – pueden ser divididas en dos grandes grupos principales: tradicional y liberal. Hoy la distancia no es tanto entre los ortodoxos y los católicos, o entre los católicos y los protestantes, sino, más bien, entre los tradicionalistas y los liberales.


Algunos líderes cristianos, por ejemplo, nos dicen que el matrimonio entre un hombre y una mujer no es más el único modo para construir una familia cristiana: existen otros modelos y la Iglesia debería volverse adecuadamente «inclusiva» reconociendo modelos de comportamiento alternativos y dándoles su bendición oficial. Algunos tratan de persuadirnos de que la vida humana ya no es un valor absoluto, que se puede poner fin a ella en el seno materno y según la propia voluntad. En pocas palabras, a los tradicionalistas cristianos se le está pidiendo reconsiderar el propio punto de vista con la pretensión de mantenerse al paso con la modernidad”.


Luego de haber recordado que una de las prioridades de la Iglesia ortodoxa rusa es el testimonio del significado eterno de los valores espirituales y morales cristianos en la vida de la sociedad moderna, el metropolita Hilarion ha subrayado la voluntad común del Patriarcado de Moscú y de la Iglesia católica “de instaurar una alianza en Europa para defender los valores tradicionales del cristianismo, para volver a dar un alma cristiana a Europa” contra el secularismo y el relativismo.

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Fuente: Settimo Cielo

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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sábado, 11 de septiembre de 2010

John Henry Newman, “el gran doctor de la Iglesia”

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A pocos días de la beatificación del Cardenal John Henry Newman, presentamos nuestra traducción del importante discurso pronunciado por el Cardenal Joseph Ratzinger en 1991 con ocasión del centenario de la muerte del gran cardenal inglés, a quien el actual Papa definió entonces como “un gran doctor de la Iglesia”.

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Yo no me siento competente para hablar de la figura o la obra de John Henry Newman, pero tal vez puede ser interesante que me detenga un poco sobre mi acercamiento personal a Newman, en el que se refleja también algo de la actualidad de este gran teólogo inglés en las controversias espirituales de nuestro tiempo.


Cuando en enero de 1946 pude comenzar mi estudio de la teología en el seminario de la diócesis de Freising, que finalmente había vuelto a abrir sus puertas después de los desastres de la guerra, se decidió que nuestro grupo tuviera como prefecto a un estudiante más veterano, que ya antes de empezar la guerra había comenzado a trabajar en una disertación sobre la teología de la conciencia de Newman. Durante los años de su ocupación en la guerra no había abandonado este tema, que ahora volvía a retomar con nuevo entusiasmo y nuevas energías. Desde el primer momento nos unió una amistad personal, que se concentraba completamente alrededor de los grandes problemas de la filosofía y la teología. No hace falta decir que Newman estaba siempre presente en este intercambio. Alfred Läpple, él era el prefecto antes mencionado, publicó luego en 1952 su disertación, con el título “El individuo en la Iglesia”.


La doctrina de Newman sobre la conciencia se convirtió entonces para nosotros en el fundamento de aquel personalismo teológico que nos atrajo a todos con su encanto. Nuestra imagen del hombre, así como nuestra concepción de la Iglesia, se vieron marcadas por este punto de partida. Habíamos experimentado la pretensión de un partido totalitario que se consideraba la plenitud de la historia y que negaba la conciencia del individuo. Hermann Goering había dicho de su jefe: “¡Yo no tengo ninguna conciencia! Mi conciencia es Adolf Hitler”. La inmensa ruina del hombre que derivó de esto, estaba ante nuestros ojos.


Por eso, para nosotros era un hecho liberador y esencial saber que el “nosotros” de la Iglesia no se basaba en la eliminación de la conciencia sino que sólo podía desarrollarse a partir de la conciencia. Precisamente porque Newman explicaba la existencia del hombre a partir de la conciencia, es decir, en la relación entre Dios y el alma, era también claro que este personalismo no representaba ninguna concesión al individualismo y que el vínculo con la conciencia no significaba ninguna concesión a la arbitrariedad – más aún, que se trataba precisamente de lo contrario.


De Newman aprendimos a comprender el primado del Papa: la libertad de conciencia – así nos enseñaba Newman con la Carta al Duque de Norfolk – no se identifica, de hecho, con el de derecho de “dispensarse de la conciencia, de ignorar al Legislador y Juez, y de ser independientes de los deberes invisibles”. De este modo, la conciencia, en su significado auténtico, es el verdadero fundamento de la autoridad del Papa. De hecho, su fuerza viene de la Revelación, que completa la conciencia natural iluminada de manera sólo incompleta, y “su raison d'être es la de ser el campeón de la ley moral y de la conciencia”.


Esta doctrina sobre la conciencia se ha vuelto para mí cada vez más importante en el desarrollo sucesivo de la Iglesia y del mundo. Me doy cuenta, cada vez más, de que sólo se manifiesta de modo completo haciendo referencia a la biografía del Cardenal, la cual supone todo el drama espiritual de su siglo.


Newman, como hombre de la conciencia, se transforma en un converso; fue su conciencia que lo condujo desde los antiguos vínculos y las antiguas certezas dentro del mundo para él difícil e inusual del catolicismo. Pero precisamente esta vía de la conciencia es algo distinto a una vía de la subjetividad que se afirma a sí misma: es, en cambio, una vía de la obediencia a la verdad objetiva.


El segundo paso del camino de conversión que duró toda la vida de Newman fue, de hecho, la superación de la posición del subjetivismo evangélico en favor de una concepción del cristianismo basada en la objetividad del dogma. Al respecto, siempre encuentro muy significativa, pero particularmente hoy, una formulación tomada de una de sus prédicas de la época anglicana:


“El verdadero cristianismo se demuestra en la obediencia, y no en un estado de conciencia. Así, todo el deber y el trabajo de un cristiano se organiza en torno a estos dos elementos: la fe y la obediencia; «mira a Jesús» (Heb. 2, 9)… y actúa según su voluntad. Me parece que hoy corremos el peligro de no dar el peso que deberíamos a ninguno de los dos elementos. Consideramos cualquier verdadera y cuidadosa reflexión sobre el contenido de la fe como estéril ortodoxia, como sutileza técnica. En consecuencia, hacemos consistir el criterio de nuestra piedad en la posesión de una así llamada disposición de ánimo espiritual”.


En este contexto, se han vuelto para mí importantes algunas frases del libro “Los arrianos del siglo IV”, que a primera vista me han parecido más bien sorprendentes: “el principio puesto por la Escritura como fundamento de la paz es reconocer que la verdad en cuanto tal debe guiar tanto la conducta política como la privada… y que el celo, en la escala de las gracias cristianas, tiene la prioridad por sobre la benevolencia”.


Para mí es siempre fascinante darme cuenta y reflexionar cómo precisamente así, y sólo así, a través del vínculo a la verdad, a Dios, la conciencia recibe valor, dignidad y fuerza. En este contexto, quisiera añadir sólo otra expresión tomada de la “Apología pro vita sua”, que demuestra el realismo de esta concepción de la persona y de la Iglesia: “Los movimientos vivos no nacen de comités”.


Quisiera volver una vez más brevemente al hilo autobiográfico. Cuando en 1947 proseguí mis estudios en Munich, encontré en el profesor de teología fundamental, Gottlieb Söhngen, mi verdadero maestro en teología, un culto y apasionado seguidor de Newman. Él nos inició en la “Gramática del Asentimiento” y, con ella, en la modalidad específica y la forma de certeza propia del conocimiento religioso.


Aún más profundamente actuó sobre mí la contribución que Heinrich Fries publicó con ocasión del Jubileo de Calcedonia: allí encontré el acceso a la doctrina de Newman sobre el desarrollo del dogma, que considero, junto a su doctrina sobre la conciencia, su contribución decisiva a la renovación de la teología. Con esto, puso en nuestras manos la clave para insertar en la teología un pensamiento histórico, o más bien, nos enseñó a pensar históricamente la teología y, precisamente de ese modo, a reconocer la identidad de la fe en todos los cambios. Debo abstenerme de profundizar, en este contexto, tal idea. Me parece que la contribución de Newman no ha sido todavía aprovechada del todo en las teologías modernas. Ella aún contiene en sí posibilidades fructíferas que esperan ser desarrolladas.


En este momento, sólo quisiera volver una vez más al trasfondo biográfico de esta concepción. Es sabido cómo la concepción de Newman sobre la idea del desarrollo ha marcado su camino hacia el catolicismo. Sin embargo, no se trata aquí sólo de un desarrollo carente de ideas. En el concepto de desarrollo está en juego la misma vida personal de Newman. Pienso que esto se hace evidente en su conocida afirmación, contenida en el famoso ensayo sobre “El desarrollo de la doctrina cristiana”: “aquí sobre la tierra vivir es cambiar, y la perfección es el resultado de muchas transformaciones”. Newman ha sido, a lo largo de toda su vida, alguien que se ha convertido, alguien que se ha transformado, y de este modo ha seguido siendo siempre él mismo y ha llegado a ser cada vez más él mismo.


Aquí me viene a la mente la figura de san Agustín, tan cercana a la figura de Newman. Cuando se convirtió en el jardín de Casiciacum, Agustín había comprendido la conversión según el esquema del venerado maestro Plotino y de los filósofos neoplatónicos. Pensaba que la vida pasada de pecado estaba ahora definitivamente superada; el convertido sería de ahora en más una persona completamente nueva y diversa, y su camino sucesivo habría consistido en un continuo ascenso hacia las alturas cada vez más puras de la cercanía de Dios, algo parecido a lo que describió Gregorio de Nisa en De vita Moysis: “Así como los cuerpos, apenas han recibido el primer impulso hacia abajo, se hunden por sí mismos sin ulteriores impulsos… así, pero en sentido contrario, el alma que se ha liberado de las pasiones terrenas, se eleva constantemente con un veloz movimiento de ascenso… en un vuelo que apunta siempre hacia lo alto”.


Pero la experiencia real de Agustín era otra: tuvo que aprender que ser cristiano significa, más bien, recorrer un camino cada vez más fatigoso, con todos sus altibajos. La imagen de la ascensión es sustituida por la de un camino, en cuyas fatigosas asperezas nos consuelan y sostienen los momentos de luz que de vez en cuando podemos recibir. La conversión es un camino, un camino que dura toda una vida. Por eso, la fe es siempre desarrollo y, precisamente de este modo, maduración del alma hacia la Verdad, que “es más íntima a nosotros que nosotros mismos”.


Newman expuso en la idea del desarrollo la propia experiencia personal de una conversión nunca dada por concluida, y así nos ha ofrecido la interpretación no sólo del camino de la doctrina cristiana sino también de la vida cristiana. El signo característico del gran doctor de la Iglesia es, en mi opinión, que él no enseña sólo con su pensamiento y sus discursos sino también con su vida, ya que en él pensamiento y vida se compenetran y se determinan recíprocamente. Si esto es cierto, entonces realmente Newman pertenece a los grandes doctores de la Iglesia porque, al mismo tiempo, él toca nuestro corazón e ilumina nuestro pensamiento.

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Fuente: Sitio de La Santa Sede


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 8 de septiembre de 2010

La tierra de san Ninián espera a Benedicto XVI

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El Cardenal O’Brien con el Papa Benedicto XVI

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A pocos días de la histórica visita del Sucesor de Pedro a Inglaterra y Escocia, ofrecemos nuestra traducción de un artículo, publicado en L’Osservatore Romano, del Cardenal Keith O'Brien, arzobispo de San Andrés y Edimburgo y presidente de la Conferencia Episcopal de Escocia.

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Benedicto XVI llegará a Edimburgo el 16 de septiembre para una visita de cuatro días en el Reino Unido. La capital de Escocia es también la sede del arzobispo de San Andrés y Edimburgo, que recibirá al Papa. Inmediatamente después de la llegada, el Pontífice será llevado al palacio real de Holyrood House, donde tendrá un histórico encuentro con Su Majestad la Reina Isabel, algunos miembros del Gobierno, parlamentarios y otras autoridades provenientes de Escocia, Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte.


Los católicos de Escocia están orgullosos de poder dar la bienvenida al Pontífice al comienzo de su visita, en el día de la fiesta de San Ninián de Galloway, apóstol de Escocia. La tradición narra cómo Ninián viajó desde Roma, donde había sido ordenado obispo, y llegó a Escocia más de mil quinientos años atrás, en el 397. Él fundó una pequeña comunidad cristiana en el extremo sur de Escocia, que denominó White House y hoy es conocida con el nombre de Withorn, según la corrupción dialectal. Hoy reivindica ser la primera ciudad escocesa y una de las primeras colonias del país.


Si bien la falta del tiempo, en un programa de visita muy apretado, no permitirá a Benedicto XVI visitar Whirthorn, san Ninián estará igualmente presente durante la jornada. Mientras el Papa se encuentre en el Holyrood Palace, se realizará un desfile en el centro de Edimburgo para recordar la fiesta del santo, con la participación de los niños provenientes de las escuelas de toda Escocia. Habrá un espectáculo teatral histórico al aire libre, que hará revivir importantes momentos del desarrollo del territorio hoy conocido con el nombre de Escocia; el patrimonio cultural escocés será celebrado con la tradicional música de las cornamusas.


Después de despedirse de la Reina Isabel, Benedicto XVI atravesará con el papamóvil el centro de Edimburgo, donde será celebrado por niños y por otras personas reunidas para asistir a un evento histórico. Después de la pausa de la tarde, Benedicto XVI se dirigirá a Glasgow. También aquí pasará de nuevo entre la multitud a bordo del papamóvil, dirigiéndose al Bellahouston Park, donde celebrará la Misa frente a más de cien mil personas, a las cuales se unirán otras millones en todo el mundo, que asistirán al evento a través de la televisión o por medio de Internet.


Los coros reunidos de varios centenares de cantantes, junto a los músicos de acompañamiento, contribuirán con la celebración de la Misa para la fiesta de san Ninián. Esperamos con ansia las palabras que el Papa nos dirigirá en su homilía.


En vista de su reciente decisión de instituir un Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, las palabras que él dirigirá al pueblo escocés asumirán un valor particular. Vivimos en una tierra donde más de mil quinientos atrás fueron sembradas las primeras semillas del Evangelio. Hicieron de ella una tierra de santos y de estudiosos, conocida por haber dado a luz a misioneros como Columba, a santos hombres y mujeres como Margarita, reina de Escocia, a estudiosos como Juan Duns Scoto, y por ser la sede de renombradas comunidades monásticas, como las Border Abbeys, y de famosos centros de instrucción desarrollados gracias a la fundación por parte de la Iglesia de grandes universales en la época medieval.


Una gran ruptura con el pasado se verificó en el siglo XVI a causa de la reforma protestante, cuando casi toda la población de Escocia continental y de muchas de las islas abandonó gradualmente la fe católica de los propios antepasados para abrazar el presbiterianismo. La celebración de la Misa fue prohibida y los sacerdotes fueron perseguidos y expulsados. Un caso famoso fue el del sacerdote jesuita John Ogilvie, arrestado mientras celebraba para la minúscula comunidad católica de Glasgow. Fue encarcelado y ejecutado en 1615. Y en 1976 fue canonizado por Pablo VI.


Desde la muerte de John Ogilvie hasta la llegada de los inmigrantes católicos de Irlanda al comienzo del siglo XIX, prácticamente no quedaron católicos en las ciudades y en los pueblos principales de Escocia. Gradualmente, sin embargo, comenzó a establecerse una población católica. La mayor parte de estas personas era pobre e inculta. La necesidad de instrucción de los hijos de los inmigrantes católicos era muy sentida y a medida que la población católica crecía, aumentaba también el número de sacerdotes, religiosos y religiosas que llegaban para ocuparse de ellos. La educación católica era brindada junto a la impartida en las escuelas e inspirada en una ética presbiteriana. A pesar de la calidad de la instrucción recibida, para los jóvenes católicos era prácticamente imposible tener acceso a la educación universitaria y a las profesiones. Animada y sostenida por la perseverancia de sacerdotes, hermanos y, en medida muy significativa, congregaciones religiosas femeninas, la pequeña pero creciente comunidad continuó creyendo en el valor de la educación. De este modo, con clarividencia y muchos sacrificios, se realizó todo esfuerzo para hacer que los niños pudieran frecuentar la escuela católica. Un pequeño número de miembros ilustrados de la sociedad más amplia apoyó tales esfuerzos desde el comienzo, al punto que el sistema escolar católico pudo crecer y desarrollarse en forma paralela al brindado por el Gobierno, hasta que en 1918 el Estado accedió a asumir la responsabilidad financiera y administrativa de las escuelas católicas, permitiendo al mismo tiempo a la Iglesia mantener la responsabilidad directiva, asegurando de este modo, dentro del sector estatal, la gestión católica y la identidad de las escuelas católicas, que continúa hasta hoy.


La población católica de Escocia continuó creciendo durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. A los que habían llegado desde Irlanda, se sumaron otros provenientes de Italia y de Europa central y oriental. En el siglo XX los católicos dieron una contribución cada vez más grande a toda la sociedad escocesa, en los lugares de trabajo y en las profesiones. Continuaron los fuertes vínculos con las otras comunidades católicas, especialmente con Irlanda, donde todavía hoy tienen sus raíces muchos de los sacerdotes que sirven a la Iglesia en Escocia. Vínculos con los católicos escoceses pueden encontrarse en Canadá donde, en la diócesis de Antigonish (cuyo patrono es san Ninián), los descendientes católicos de los inmigrantes escoceses todavía hablan gaélico.


Otros vínculos pueden llevarnos a Australia y es con gran alegría y orgullo que los católicos escoceses, especialmente los de la diócesis de Argyll and The Isles, esperan con ansia la canonización, en octubre de este año, de la beata Mary MacKillop, cuyos padres emigraron desde Escocia a Australia en el siglo XIX.


En 1982 Juan Pablo II visitó Escocia y dejó un recuerdo duradero no sólo entre los católicos sino también en la más vasta comunidad cristiana y en la entera sociedad. Animó a la Iglesia católica de Escocia a tener un rol decisivo en la vida del país y especialmente a ir adelante en el diálogo ecuménico con los hermanos y hermanas cristianos.


En este 2010 esperamos con ansia la visita de Benedicto XVI mientras miramos hacia el futuro con confianza. En años recientes, la comunidad católica se ha hecho más rica, gracias a una nueva ola de inmigración desde Europa central y oriental, especialmente de Polonia y de la India meridional. La necesidad de un diálogo entre las religiones se ha vuelto mucho más apremiante de lo que era treinta años atrás. Confiamos en que la voz del Papa será escuchada por nuestros hermanos y hermanas en Cristo, por la gente de otras religiones y por todas las personas de buena voluntad.


Por nuestra parte, como católicos podemos estar seguros de que él nos confirmará en la fe y nos dará el ánimo y el apoyo que necesitamos para afrontar los desafíos del presente y seguir dando testimonio de Cristo, que es camino, verdad y vida.

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Fuente: L’Osservatore Romano


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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martes, 7 de septiembre de 2010

La cruz del Obispo de Roma

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Continuando con la serie de profundizaciones preparadas por la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, ofrecemos hoy nuestra traducción del artículo referido a la férula papal.

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El báculo como insignia episcopal de los obispos y de los abades se remonta al siglo VII en algunas fuentes españolas, aunque su uso podría ser tal vez más antiguo. Parece que el báculo como símbolo de la autoridad episcopal ha pasado desde la península ibérica a Inglaterra, a la Galia y Alemania. Sin embargo, de las descripciones de la solemne Misa papal en los Ordines Romani no se evidencia su uso. También las representaciones de los papas confirman que el báculo episcopal no formaba parte de las insignias del Papa, porque no se lo ve en ningún monumento iconográfico realizado en Roma. Por eso, Inocencio III († 1216) escribe en su De sacro altaris mysterio (I, 62): “Romanus Pontifex pastorali virga non utitur”.


La razón de esta costumbre reside tal vez en el hecho de que el báculo era un símbolo de la investidura del nuevo obispo electo por parte del metropolitano o de otro obispo (ceremonia que, desde el período carolingio hasta la época de la lucha de las investiduras, era hecha cada vez más por los soberanos seculares). El Papa, en cambio, no recibía la investidura de otro obispo, como señaló Bernardo Bortono de Parma (†1263) en la Glosa ordinaria de los Decretales de Gregorio IX (I,15): el Papa recibe su poder sólo de Dios. Santo Tomás de Aquino hace un razonamiento ulterior cuando comenta que “Romanus pontifex non utitur baculoetiam in signum quod non habet coarctatam potestatem, quod curvatio baculi significat” (Super Sent., lib. 4 d. 24 q. 3 a. 3 ad 8), refiriéndose a la forma ya común del báculo curvado en la cima, como signo del cuidado pastoral y de la jurisdicción.


Desde la Alta Edad Media, si no antes, los Papas se sirvieron de la ferula pontificalis como insignia que indicaba su potestad temporal. La forma de la férula no es bien conocida. Probablemente era un bastón que llevaba una cruz en su parte superior. En el Medioevo, cuando después de su elección el Papa tomaba posesión de la Basílica Lateranense, se le presentaba la férula del prior de San Lorenzo en el Laterano (es decir, de la Sancta Sanctorum) como “signum regiminis et correctionis”, es decir, como símbolo de gobierno que incluye el castigo y la penitencia. La presentación de la férula era un acto importante pero no tenía el mismo significado que la imposición del palio en la coronación del Papa. De hecho, ya no fue observada al menos desde el comienzo del siglo XVI.


El uso de la férula nunca ha formado parte de la liturgia papal, exceptuando algunas ocasiones como la apertura de la puerta santa y las consagraciones de las iglesias, en las que el Papa tomaba la férula para golpear tres veces la puerta y para dibujar el alfabeto latino y griego sobre el pavimento de la iglesia. En la Baja Edad Media , los Papas usaban como férula también un bastón con la cruz triple.

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Después de su elección en 1963, el Papa Pablo VI encargó al escultor napolitano Lello Scorzelli un bastón pastoral para las solemnes celebraciones litúrgicas. Este báculo de plata retomó de la férula tradicional la forma de cruz, acompañada sin embargo por la figura del Crucificado. Pablo VI utilizó este báculo por primera vez con ocasión de la clausura del Concilio Vaticano II, el 8 de diciembre de 1965. Sucesivamente, lo adoptó en modo análogo al báculo del obispo, frecuentemente pero no siempre en las celebraciones litúrgicas. Pablo VI y Juan Pablo II han usado, en ciertas ocasiones, también la cruz triple como insignia.

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Para el Domingo de Ramos del año 2008, el Papa Benedicto XVI sustituyó este báculo, usado también por Juan Pablo I, Juan Pablo II y por él mismo, con uno que termina en una cruz dorada, regalado por el Círculo de San Pedro al Beato Pío IX en 1877, con ocasión del 50º aniversario de su ordenación sacerdotal. Este bastón ha sido adoptado como férula ya por el Beato Juan XXIII para varias celebraciones litúrgicas durante el Vaticano II.

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Con la celebración de las Primeras Vísperas de Adviento del año 2009, el Santo Padre Benedicto XVI ha comenzado a usar un nuevo báculo, que le ha sido donado por el Círculo de San Pedro, similar en la forma al de Pío IX.

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Fuente: Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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domingo, 5 de septiembre de 2010

Un luterano y un anglicano

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Hace apenas algunos días, el blog Sentire cum Ecclesia se hizo eco de la conversión del Dr. Michael Root, teólogo luterano norteamericano. Dicho blog ofrece un extracto de la nota que el ex profesor de teología sistemática escribió a los miembros de su facultad:


El lunes compartí en la facultad la noticia de que próximamente seré recibido en la Iglesia Católica. Ahora deseo compartir la noticia con ustedes. Esta acción no es algo tomado a la ligera. La iglesia luterana ha sido mi hogar intelectual y espiritual durante cuarenta años. Pero no somos los amos de nuestras convicciones. Un riesgo del estudio ecuménico es que uno llega a encontrarse que otra tradición es convincente en una forma que lleva a un profundo cambio de la mente y del corazón. En los últimos años, se me ha aclarado, aunque no sin resistencia de mi parte, que me he convertido en católico, en mi mente y en mi corazón, en modos que ya no me permiten presentarme como un teólogo luterano con honestidad e integridad. Este movimiento no es tanto un asunto de decisión como de discernimiento […]


A esta buena noticia se suma el hecho de la conversión del sacerdote anglicano Giles Pinnock, quien ha escrito una carta a sus parroquianos, explicándoles, entre otras cosas, que se convierte al catolicismo por la necesidad de “estar dispuesto” a dejarlo todo para ser “verdaderamente discípulo” de Cristo.


[…] He sido vicario de la parroquia Santa María durante cuatro años, tiempo en el cual ustedes me han brindado su apoyo y han sido una comunidad generosa a la que servir. La decisión particular de dejar esta parroquia ha sido lo más duro en la gozosa decisión de ser recibido en la Iglesia Católica – aunque ambas cosas están necesariamente conectadas, y como nos dice el Señor en el Evangelio de hoy, debemos estar dispuestos a cambiar fundamentalmente el contexto y lo que rodea nuestras vidas si somos verdaderamente Sus discípulos. Ese llamado está siempre presente para todos nosotros, pero puede presentársenos de modo más inmediato en momentos particulares de la vida. Éste es uno de dichos momentos para mí y para mi familia […]


Al tiempo que suceden estas dos conversiones, sabemos que hay muchos protestantes – sobre todo anglicanos – que se están planteando esta decisión. Recordemos ofrecer alguna oración por ellos, invocando de modo especial la intercesión del Cardenal John Henry Newman, que en pocos días será beatificado por el Papa Benedicto XVI.

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La Buhardilla de Jerónimo

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León XIII, según Benedicto XVI

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El Papa emprendió hoy su primer viaje, luego de las vacaciones de verano, que lo llevó por unas pocas horas a Carpineto Romano, donde celebró la Santa Misa con ocasión de los doscientos años del nacimiento del Papa León XIII, Vincenzo Gioacchino Pecci.


En la homilía pronunciada por Benedicto XVI en el pueblo natal del Papa más longevo de la historia, quedó de manifiesto la particular admiración y veneración del actual Pontífice por su ilustre Predecesor. Luego de identificar el tema de la liturgia del día en “el primado de Dios y de Cristo”, el Papa afirmó que “el Sumo Pontífice León XIII fue un hombre de gran fe y de profunda devoción. Esto es siempre la base de todo, para cualquier cristiano, incluido el Papa. Sin la oración, sin la unión interior con Dios, no podemos hacer nada…”.


Como una primera cualidad del Papa Pecci, Benedicto XVI señaló “el amor de Dios y de Cristo, al que no debe anteponerse absolutamente nada”. Hablando de su abundante Magisterio, compuesto por numerosísimas Encíclicas y Cartas Apostólicas, Benedicto XVI explicó que “están aquellas de carácter propiamente espiritual, dedicadas sobre todo al incremento de la devoción mariana, especialmente mediante el santo Rosario. Se trata de una auténtica catequesis, que marcó desde el comienzo hasta el final los 25 años de su Pontificado. Pero encontramos también los Documentos sobre Cristo Redentor, sobre el Espíritu Santo, sobre la consagración al Sagrado Corazón, sobre la devoción a san José, sobre san Francisco de Asís”


En segundo lugar, el Papa señaló la “sabiduría cristiana”, un aspecto que “se verifica en la acción pública de todo Pastor de la Iglesia, en particular de todo Sumo Pontífice, con las características propias de la personalidad de cada uno”. “Todo pastor – explicó Benedicto XVI – está llamado a transmitir al Pueblo de Dios no verdades abstractas sino una «sabiduría», es decir, un mensaje que conjuga fe y vida, verdad y realidad concreta. El Papa León XIII, con la asistencia del Espíritu Santo, fue capaz de hacer esto en un período histórico que está entre los más difíciles para la Iglesia, permaneciendo fiel a la tradición y, al mismo tiempo, enfrentándose con las grandes cuestiones abiertas. Y lo logró precisamente sobre la base de la «sabiduría cristiana», fundada en las Sagradas Escrituras, en el inmenso patrimonio teológico y espiritual de la Iglesia Católica y también en la sólida y límpida filosofía de Santo Tomás de Aquino, que apreció en grado sumo y promovió en toda la Iglesia”.


Al referirse al magisterio social de León XIII, del que destacó no sólo la Encíclica Rerum novarum sino también “otras múltiples intervenciones que constituyen un cuerpo orgánico, el primer núcleo de la doctrina social de la Iglesia”, Benedicto XVI reflexionó sobre “el impulso de promoción humana aportado por el cristianismo en el camino de la civilización, y también sobre el estilo de tal aporte, conforme a las imágenes evangélicas de la semilla y de la levadura: dentro de la realidad histórica, los cristianos, actuando como ciudadanos individuales o en forma asociada, constituyen una fuerza benéfica y pacífica de cambio profundo, favoreciendo el desarrollo de las potencialidades internas a la realidad misma. Esta es la forma de presencia y de acción en el mundo propuesta por la doctrina social de la Iglesia, que apunta siempre a la maduración de las conciencias como condición de transformaciones válidas y duraderas”.


Luego de hacer referencia a la difícil realidad europea en el momento en que León XIII fue elevado a la Cátedra de Pedro, Benedicto XVI afirmó que “el magisterio de la Iglesia, a su nivel más alto, fue impulsado y ayudado por las reflexiones y por las experiencias locales para elaborar una lectura global de la nueva sociedad y de su bien común”. “De hecho, fueron decenas y decenas de santos y beatos, desde fines del siglo XVIII hasta comienzos del siglo XX, que buscaron y experimentaron, con la fantasía de la caridad, múltiples caminos para realizar el mensaje evangélico dentro de las nuevas realidades sociales. Sin duda fueron estas iniciativas, con los sacrificios y las reflexiones de estos hombres y mujeres, las que prepararon el terreno de la Rerum novarum y de los otros documentos sociales del Papa Pecci”.


Hacia el final de la homilía, Benedicto XVI elogió aún más a su Predecesor al afirmar que “un Papa muy anciano, pero sabio y clarividente, pudo introducir de este modo en el siglo XX a una Iglesia rejuvenecida, con la actitud justa para afrontar los nuevos desafíos. Era un Papa todavía política y físicamente «prisionero» en el Vaticano pero, en realidad, con su Magisterio, representaba a una Iglesia capaz de afrontar sin complejos las grandes cuestiones de la época contemporánea”.


Finalmente, y luego de hacer una referencia a su propia Encíclica social, Caritas in veritate, el Vicario de Cristo se despidió de los conciudadanos de su Predecesor dejándoles el “mandamiento antiguo siempre y nuevo: amaos como Cristo nos ha amado, y con este amor sed sal y luz del mundo. Así seréis fieles a la herencia de vuestro gran y venerado conciudadano, el Papa León XIII. ¡Y así sea en toda la Iglesia! Amén”.


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La Buhardilla de Jerónimo

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jueves, 2 de septiembre de 2010

La admirable clarividencia de un gran Pontífice

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El 3 de septiembre de diez años atrás, Juan Pablo II presidía en Roma la beatificación de los papas Pío IX y Juan XXIII. Por este motivo, L’Osservatore Romano ha publicado hoy una entrevista sobre la figura del Beato Pío IX a Monseñor Walter Brandmüller, profesor de Historia de la Iglesia medieval y moderna en la universidad de Augusta (1970-1997) y presidente del Pontificio Comité de Ciencias Históricas desde 1998 hasta el año pasado. Ofrecemos nuestra traducción en lengua española.

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Comencemos por las cuestiones políticas cruciales que Pío IX tuvo que enfrentar durante el pontificado: ¿cómo leer sus opciones, en particular frente al Risorgimento, a la revolución de 1848 y a la cuestión de la unificación italiana?


Más que comenzar, yo diría que ya habría que cerrar este discurso. Comprendo la sensibilidad de una cierta historiografía hacia estas temáticas, que tanta importancia han tenido para Italia. Pero al juzgar a un Papa nos movemos en un nivel mucho más alto, esencialmente religioso. Por eso no es posible entender verdaderamente a Pío IX leyendo su persona y su acción en clave política, sobre todo italiana. Prescindamos, por lo tanto, de esta visión demasiado reduccionista. En primer lugar, un Pontífice es maestro y pastor de la Iglesia de Cristo. Y es en esta perspectiva que se explica la actitud de Mastai Ferretti, también durante la primera guerra de independencia italiana y frente al movimiento del Risorgimento.

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¿Y el mito del Papa liberal?


Conviene dejar de lado estas simplificaciones que no son capaces de reconstruir una personalidad compleja e importante como la de Pío IX. Que fue visto indudablemente también bajo esta luz, y no sin alguna razón. Aunque eran excesivas, además de interesadas, las manifestaciones de entusiasmo republicano suscitadas por la actitud de apertura del futuro Pontífice en los años de su episcopado en Spoleto y luego en Imola.

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Sin embargo, no se puede negar que su acción ha tenido un fuerte valor político en aquel tumultuoso momento histórico.


Ciertamente, pero en el Papa siempre prevalecieron la dimensión auténticamente pastoral y las motivaciones religiosas de sus opciones. Bajo este perfil, es realmente impresionante su magisterio. Y es admirable, sobre todo, la sensibilidad con la cual él reacciona frente a las corrientes intelectuales que se estaban difundiendo. Estamos tan sólo a medio siglo de la revolución francesa y los creyentes han de hacer frente a su insidioso legado. Y bien, ya en la primera encíclica, la Qui pluribus, de 1846, el Papa Mastai afronta una cuestión fundamental y, por tanto, decisiva para el futuro del catolicismo: la relación entre fe y razón.

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Tema hoy particularmente importante para Benedicto XVI.


Así es. No olvidemos que Pío IX dedica a la cuestión una serie de documentos – de los cuales normalmente no se habla – con el fin de defender la verdad católica de los dos extremismos opuestos: el racionalismo, que absolutizaba la razón, y el así llamado tradicionalismo, que la subvaloraba. En aquellos textos, el Pontífice pone en evidencia la necesidad de conjugar fe y razón en un conjunto armonioso según la tradición católica: una doctrina repropuesta en 1870 con la Dei Filius del concilio Vaticano I. No es difícil ver los puntos de contacto con Benedicto XVI, que desde el inicio de su pontificado está profundizando este tema precisamente para responder a los desafíos planteados por el debate cultural y por los fermentos intelectuales de nuestra época. En este sentido, no podemos dejar de admirar la clarividencia de Mastai Ferretti.

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Que ha pasado a la historia, sin embargo, como el Papa del Syllabus.


También aquí es necesario despejar el campo de los equívocos, generados sobre todo por la ignorancia o por el escaso conocimiento de los textos. El Syllabus de Pío IX denuncia todas las formas ideológicas, políticas y sociales de violación de la fe católica y de los derechos de la Iglesia: en sustancia, condena aquellos errores de los que surgirían luego las grandes tragedias del siglo XX. Por lo tanto, no son fundadas la agitación y la hostilidad frente a ese documento, a menudo juzgado – entonces y también hoy – a priori, tal vez sin siquiera haberlo leído.

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Sin embargo, generalmente se lo considera una condena de la libertad de pensamiento y del progreso.


Yo no conozco ninguna afirmación del Syllabus que contradiga el concilio Vaticano II. La cuestión es otra. Se trata de conocer y de leer correctamente un documento magisterial: leerlo, quiero decir, con los ojos del historiador y del teólogo. Hay reglas precisas, basadas en la lógica más elemental, que deben seguirse para interpretar en su intención este texto.

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¿El mismo discurso vale para el concilio Vaticano I, abierto en 1869?


Sin duda. Basta considerar las dos constituciones dogmáticas aprobadas en 1870: la Dei Filius, dedicada precisamente a la relación entre fe y razón, y la Pastor Aeternus, sobre el primado y la infalibilidad del Romano Pontífice. En mi opinión, la primera reviste una importancia incluso mayor que la segunda, porque en ella se afronta directamente la cuestión de las ideologías y de los movimientos que inquietaban el panorama intelectual y exigían una respuesta también en el plano teológico. Para el futuro de la Iglesia esto era un paso fundamental. Por otra parte, debe decirse que la Dei Filius no ha podido evitar el nacimiento del modernismo. Pero considero que esto ha sido favorecido, de hecho, por la fallida recepción de la enseñanza de Pío IX por parte de la teología de la época.

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El pontificado de Mastai Ferretti ha dado un notable impulso a la piedad y a la vida espiritual del pueblo de Dios. ¿Qué ha representado, en este sentido, el dogma de la Inmaculada Concepción?


Más allá del significado doctrinal de aquella definición – basada en una consulta al episcopado a nivel mundial – debe subrayarse su valor espiritual. Demuestra, sobre todo, la gran sensibilidad de Pío IX hacia la realidad sobrenatural de la fe, en particular respecto a la cuestión del pecado y de la gracia. Un tema que considero de gran actualidad porque la misma conciencia falta a muchísimos hombres de nuestro tiempo y a los mismos cristianos: no por casualidad, éste es otro de los temas que es particularmente importante para Benedicto XVI.

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¿En esta dirección se encuentra también el esfuerzo de renovación y de promoción de la vida consagrada emprendido por Pío IX?


Se trata de un aspecto absolutamente singular de su pontificado. En 32 años, el Papa Mastai Ferretti aprobó canónicamente 160 órdenes religiosas, muchas de las cuales femeninas y misioneras. Un dato sorprendente si se considera, además, que varias comunidades surgieron precisamente en Francia, donde la revolución había arrasado con todo. Y esto confirma que buena parte de la cosecha del pontificado de Pío IX ha sido recogida después de su muerte. Como continúa siendo recogida actualmente.

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Fuente: L’Osservatore Romano

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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¡Vaya, Santidad!

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El Santo Padre viajará muy pronto al Reino Unido. Ante este viaje, como ya se sabe, la hostilidad hacia el Papa y la Iglesia Católica se ha mostrado cada vez más intensa: de ello informaba ampliamente la agencia Zenit en una nota titulada “El Papa afrontará la persecución en el Reino Unido”. José Luis Restán, por su parte, ha escrito sobre este viaje un artículo cuya lectura es realmente recomendable y que aquí transcribimos, tomándolo de Ecclesia Digital.

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Llevo veinte años siguiendo viajes del Papa, primero del llorado Juan Pablo II y ahora de Benedicto XVI. Y sé hasta qué punto podemos abusar los periodistas de frases hechas, brillantes y lapidarias, para dar lustre a nuestras crónicas. Pero no creo exagerar si digo que la inminente visita del Papa Ratzinger al Reino Unido es seguramente la prueba más dura y comprometida a la que se ha sometido un Pontífice a la hora de abandonar voluntariamente Roma para realizar el oficio de confirmar en la fe a sus hermanos.


Empecemos por lo más próximo. Quizás nunca la grácil Inglaterra y la melancólica Escocia hayan preparado un recibimiento tan poco gentil a un invitado de semejante rango como el Obispo de Roma. Y conste que no hablo de sus autoridades, que han colaborado ejemplarmente en la organización, sino de agentes y grupos sociales relevantes, periódicos y televisiones, intelectuales y lobbys varios, que se han empeñado con saña patética en una especie de gran pitada previa a la llegada de Benedicto XVI. Dan ganas de decir: "sí, ya sabemos que no le queréis y lo entendemos demasiado bien, pero por favor, no os comportéis como matones de taberna". La Inglaterra de Bekett y Churchill, de Chesterton y Shakespeare, debe llorar por esta burda representación en la que caben libelos que propalan la supuesta homosexualidad del Papa, anuncios hostiles en los autobuses y hasta intentos de sentar en el banquillo al Sucesor de Pedro. ¿Hubiera disfrutado Enrique VIII?, yo creo que ni siquiera.


Pero hay temas de mayor calado. La sociedad británica experimenta una desazón paradigmática para Occidente. Apenas puede reconocerse en un espacio de convicciones comunes, está lacerada por el nihilismo y la ingeniería social, ha jugado al multiculturalismo con desastrosas consecuencias, y sus reservas de vitalidad espiritual se han visto dramáticamente menguadas en los últimos decenios. La crisis de la Comunión Anglicana es devastadora, y la minoritaria Iglesia católica (aunque con una historia gloriosa de mártires y confesores) ha estado más pendiente de hacerse aceptar que de proponer con inteligencia y libertad su propuesta en los últimos tiempos. Aunque es verdad que algunos gestos y palabras del nuevo arzobispo de Westminster, Vincent Nichols, permiten albergar la esperanza de un nuevo estilo de presencia. Falta hace, porque en la gran isla la hostilidad y acritud hacia la fe cristiana, y más aún hacia la Iglesia Católica, alcanza cotas de verdadero histerismo.


Y en éstas llega Benedicto. Llega porque quiere, porque así lo ha decidido, bien consciente de lo que está en juego. Habría sido muy fácil evitarlo y otros países más gratos celebrarían con alborozo su visita. Además, él mismo estableció la norma de que el Papa no presida las ceremonias de beatificación y sin embargo... Por supuesto, quiere ir por Newman (al que considera un padre espiritual, más aún, casi un hermano) pero no sólo. Quiere ir por el tesoro de la fe que amenaza extinguirse como una débil llama en tantos lugares de la tierra. Y allí especialmente. Quiere ir para mostrar que el cristianismo tiene futuro, que no teme estar en medio de los padecimientos y oscuridades de la época, que es el verdadero garante de la razón, de la tan invocada tolerancia, de la verdadera justicia. Otra vez el susurro de siempre, "Santidad, no vaya".


Y debe pensar: "pero si para esto me han elegido". Para entrar en el barro de esta hora de gran rechazo, en algunos casos hasta de odio... pero también de sed, de necesidad inmensa de una palabra de auténtica esperanza. ¿Qué sería del mundo si la Iglesia se retirase ante el gran rechazo? Recordemos al genial inglés T.S. Eliot, aunque resulte duro: "Si la sangre de los Mártires ha de correr sobre los peldaños, primero debemos construir los peldaños; si el Templo ha de ser demolido, primero debemos construir el Templo". Para eso va, para construir los peldaños, para levantar el Templo. Después la libertad de los hombres, y sobre todo la libertad de Dios, decidirán.


Va también por el pequeño resto que vive su fe con alegría, para alentarle a permanecer, para decirle que Pedro puede parece frágil, poca cosa en medio de la tormenta, pero es una roca firme que ni la BBC ni The Guardian, ni los vendedores de literatura basura pueden remover. Y va por los abandonados, los solitarios, los anegados en la marea de esta nada. Los que extienden los brazos como la multitud hambrienta que seguía a Jesús. Vaya Santidad, por favor. Le seguiremos.

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Fuente: Ecclesia Digital

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