miércoles, 20 de febrero de 2013

Don Bux: “La renuncia puede entenderse como un acto de gobierno que nos hace pensar en las divisiones internas ”

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Presentamos nuestra traducción de la entrevista que Asca ha realizado a Don Nicola Bux sobre el pontificado de Benedicto XVI, su decisión de renunciar al ministerio petrino y la elección del próximo Pontífice.

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A pocos días de la renuncia del Papa Ratzinger, Asca ha pedido al sacerdote amigo de Benedicto XVI expresar su pensamiento personal. De la arquidiócesis de Bari, Nicola Bux ha estudiado y enseñado en Jerusalén y en Roma. Profesor de liturgia oriental y de teología de los sacramentos en la Facultad Teológica de Puglia, y consultor de la revista teológica internacional Communio, Benedicto XVI lo ha nombrado perito en el Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía del 2005 y en el Sínodo sobre Medio Oriente cinco años después. Teólogo, de los más cercanos a Benedicto XVI sobre todo en materia litúrgica, Don Nicola Bux ha conocido a Joseph Ratzinger a mediados de los años ’80, cuando el actual Pontífice llegó a Roma desde Munich de Baviera para desarrollar el rol de Prefecto de Doctrina de la Fe. Cuenta Don Bux que “en aquel período he participado en los Ejercicios espirituales que Ratzinger predicaba a los sacerdotes de Comunión y Liberación”.

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¿Qué es lo que más le ha impresionado de él, cuáles son las afinidades intelectuales y teológicas entre vosotros?


Me han impresionado el espíritu de fe y el realismo; su “realismo” en mirar la realidad de la Iglesia y la del mundo. Me han impresionado estas cosas y también su modo de afrontar los problemas de manera razonable y no emotiva, con un sentir que está bien lejos tanto del “optimismo romántico” – como lo define el mismo Benedicto XVI – como del catastrofismo. Que es el modo en que un hombre de fe debe afrontar la vida.

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¿Cómo interpreta la decisión de la renuncia hecha por Benedicto XVI?


Sobre todo, para entender el gesto es necesario ponerse en una óptica de fe, no en una óptica mundana, que siempre tiende a contaminar también la Iglesia. Se han dado varias interpretaciones del gesto: desde la desacralización del papado hasta la revolución del poder eclesiástico, desde la democratización de la autoridad hasta la herida llevada al cuerpo eclesial, incluso intercambiando el pedido de perdón por sus defectos con la puesta en discusión de la infalibilidad pontificia… Pero las renuncias de Benedicto IX, Celestino V y Gregorio XII, ¿han producido todo esto? Ratzinger mismo ha profundizado en sus estudios que el primado petrino tiene una estructura martirológica: la responsabilidad del Obispo de Roma es absolutamente personal y no se puede diluir en la colegialidad episcopal, si bien interactúa siempre con ella. Es admirable la circunstancia del decreto de canonizaciones de los Mártires de Otranto.

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¿La responsabilidad de la que habla está vinculada con la “conciencia” a la que el Papa ha hecho siempre referencia, especialmente en sus batallas contra el relativismo contemporáneo?


Sí. Responsabilidad entendida en este sentido como la respuesta personal al Señor. Existe un límite insuperable de la conciencia, y existe no sólo para los creyentes sino para todos los hombres. ¿Recuerda al Grillo Parlante? Pinocho podía fingir que no estaba y finalmente arrojarle martillazos, pero continuaba hablando. Benedicto XVI ha profundizado este tema también refiriéndose al “Elogio de la conciencia” del Beato John Henry Newman, que en la carta al Duque de Norfolk propone un brindis por la conciencia y por el Papa. El ministerio petrino, a fin de cuentas, es la emergencia última del apelo a la conciencia de cada hombre.

En el discurso en latín pronunciado para anunciar al mundo su decisión, el Santo Padre dice claramente: “he examinado repetidamente mi conciencia ante Dios”. Respecto al relativismo contemporáneo que reduce la conciencia a hacer lo que se quiere, para nosotros está la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso. Es la voz de Dios. El único baluarte para preservar la dignidad del hombre en la relación con el mundo.

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El Papa se ha interrogado mucho y, por lo tanto, con gran sufrimiento espiritual. ¿Por eso usted habla de “estructura martirológica del primado petrino”?


Sí. El ministerio petrino tiene en sí una estructura martirológica que permite interrogarse continuamente, a conciencia, si aquello que se es y que se hace es adecuado a aquello que es inherente al ministerio de Romano Pontífice. Tal trabajo cotidiano puede convertirse en martirio. Éste es verdadero “martirio”. Seamos claros: la tarea de interrogarse es de todo ser humano. También el padre de familia debe preguntarse a sí mismo si se comporta adecuadamente por el bien de sus seres queridos. ¡Imagínese lo que quiere decir esto para un Sucesor de Pedro! Y luego hay algo de lo que es necesario darse cuenta…

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¿Qué?


Creo firmemente que aquello que cuenta en el realismo de este Papa es el no considerar como propiedad personal el ministerio, sino entenderlo como “servicio” al que ha sido llamado, para el cual se considera “siervo inútil” tal como ha dicho Jesús. Lo que importa es la sucesión apostólica siempre garantizada por el Espíritu Santo. El Papa, todo Papa, es un “anillo” en la “cadena” de la sucesión apostólica, desde Pedro hasta el final de los tiempos, cuando volverá el Señor. Teniendo presente esto, entonces se comprende muy bien que el Señor vela constantemente sobre la sucesión.

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El Papa es anciano, sus condiciones físicas están probadas. ¿Cuánto pueden haber incidido en la opción realizada?


Han incidido. Es cierto que el bienestar físico nunca ha sido un criterio de gobierno de la Iglesia. Nos lo ha mostrado Juan Pablo II. Pero con la pérdida de la salud disminuyen las capacidades de gobierno de la Iglesia que, aún siendo tarea del Papa, tendrían que ser ejercidas por otros cercanos a él. Si el Santo Padre hubiera razonado de este modo, habría disminuido aquel realismo del que siempre ha sido capaz.


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¿Usted quiere decir que el interrogar a la propia conciencia frente a Dios ha sido un modo de preguntarse si y cuánto fuese capaz de gobernar todavía la Iglesia de manera adecuada, sobre todo respecto al relativismo que Benedicto XVI ha combatido?


El relativismo ha generado una gran confusión, también en la Iglesia a nivel de doctrina y de pastoral. En mi opinión, la renuncia del Papa podría ser entendida como un acto de gobierno, una invitación a reflexionar sobre las divisiones, como mencionó en la homilía del Miércoles de Cenizas, y sobre la confusión provocada por ideas no católicas en la teología. Ha hecho, se diría, un paso atrás. Un paso atrás realizado para que la Iglesia pueda hacer dos pasos adelante.

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En pocas palabras, ha pensado en el bien de la Iglesia, como por otro lado ha dicho el lunes pasado, y no en sí mismo.


Permanecer escondido para el mundo, como el Señor después de la Ascensión, es el modo para estar todavía más presente en la Iglesia. Él es y seguirá siendo Benedicto XVI en la historia de la Iglesia, aun habiendo renunciado a ejercer el munus hasta la muerte.

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Muchos, comenzando por personas cercanas a Karol Wojtyla, han leído esta renuncia como un “bajarse de la Cruz”.


¿Usted ha visto la foto que ha dado vueltas por el mundo? ¿La de la cúpula de San Pedro con el rayo? Se ha dicho incluso que aquello era un signo de cólera divina por el acto del Santo Padre. ¿Y si se lo interpretase como un signo dirigido a todos nosotros? Así como el terremoto y la oscuridad sobre el Gólgota no estaban dirigidas al Hijo de Dios sino a los hombres que no lo habían reconocido como tal.

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¿Qué entiende por reforma de la Iglesia?


El concepto de reforma no debe ser entendido en la acepción protestante, o bien política, sino en la etimológica de “volver a dar forma”, volver a poner en forma. Hoy esto quiere decir corregir en la Iglesia las deformaciones de la liturgia que, como el Santo Padre ha observado varias veces, han llegado al límite de lo soportable; lo mismo a nivel moral… Y, en este sentido, el gesto del Papa es un acto de eficaz advertencia.

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¿Qué quiere decir gobernar hoy la Iglesia?


Quiere decir superar las divisiones internas provocadas sobre todo por los conflictos, incluso virulentos, sobre interpretaciones post-conciliares del Vaticano II. Benedicto XVI ha lanzado mensajes precisos en relación con la continuidad entre tradición e innovación, un mensaje que no puede ser desatendido de ninguna manera. El llamado a los católicos es a cerrar filas para superar unilateralidades y sectarismos.

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Benedicto XVI se ha esforzado mucho por la unidad de la Iglesia. Ha levantado la excomunión a la Fraternidad San Pío X, fundada por Monseñor Marcel Lefebvre, que sin embargo no ha sido readmitida plenamente en la Iglesia romana.


Es necesario continuar en este camino. También en esto el Santo Padre ha sido muy, muy paciente, en buscar la unidad: meta que se construye día a día. Ha sido y sigue siendo un ejemplo de caridad paciente hacia todos, como dice el Apóstol, y para el futuro Papa. Hasta que no se forme un solo rebaño bajo un solo pastor.

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¿Quién piensa que puede ser su sucesor? ¿Será un Papa italiano? ¿Un africano?


No quiero hacer previsiones. Lo que es cierto es que, como el mismo Ratzinger ha indicado, será una persona dotada de energía para llevar adelante la barca de Pedro. Una energía no sólo física y psicológica sino espiritual que viene de la Fe. Yo creo que es poco importante preguntarse quién vendrá después de él. En el Cónclave siempre hay algo que va más allá de las previsiones humanas. Si los cardenales se dejan guiar por la fe, el Espíritu Santo hará la opción más adecuada. El Papa no es el “dueño” de la Iglesia sino aquel que en primera persona debe rendir cuentas a Jesucristo del bien de toda la Iglesia.

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Está quien ha dicho que la renuncia del Pontífice ha sido un gesto de humildad.


Es necesario entender “humildad” en el sentido etimológico del término, que viene de humus, tierra. Humilde es aquel que está bien anclado en la tierra, en pocas palabras, un realista. Estamos todos llamados a ser humildes. En la fase final de muchos pontificados ha sido difundida la murmuración: el Papa ya no gobierna, lo hace su entorno… He aquí que cuando Benedicto XVI se ha dado cuenta de que ya no podía ejercer el ministerio de Supremo Pastor de la Iglesia universal, ha renunciado en plena conciencia y libertad por el bien de la Iglesia católica.

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Fuente: Il blog degli amici di Papa Ratzinger


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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domingo, 17 de febrero de 2013

Mons. Negri: “La Iglesia necesita una urgente reforma intelectual y moral”

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Presentamos una entrevista que el vaticanista Paolo Rodari ha realizado al Arzobispo Luigi Negri sobre la renuncia del Santo Padre, la situación actual de la Iglesia y el futuro Papa. Ya unos días antes, y después de conocer la decisión de Benedicto XVI, el prelado había afirmado: “La Iglesia tiene ahora necesidad de un Papa que proceda, de modo riguroso y veloz, a una reforma intelectual y moral de la Iglesia misma, pero en primer lugar del episcopado y del clero”.

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Monseñor Luigi Negri, recientemente nombrado arzobispo de Ferrara-Comacchio, historiador de la Iglesia durante años en la Universidad Católica de Milán. Partimos de lo que tiene de positivo esta sorpresiva renuncia del Papa Benedicto XVI.


Mucho, sobre todo porque se trata de un acontecimiento.

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¿Qué tipo de acontecimiento?


Sustancialmente religioso. El Papa da el ejemplo a todos: con la renuncia dice que la Iglesia debe ser servida.

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¿Retirarse significa servir?


Ciertamente. Ha comprendido que las fuerzas físicas ya no lo sostienen y ha decidido dejar lugar a otro. Pero está también el signo de gran humildad y gran realismo, después de un pontificado marcado por la propuesta de una auténtica experiencia de fe centrada en la razón.

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¿Hay sólo dificultades físicas detrás de la renuncia?


Podemos decir que el contexto en el que ha madurado está evidentemente caracterizado por un alto nivel de problematicidad, en el cual se tiene la percepción de una soledad del Papa, unidad a una inadecuada colaboración. Por eso considero que se abre un problema no sólo para el sucesor sino para todos.

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¿Está diciendo que la Iglesia está dividida y que será difícil de aquí en adelante?


Estoy haciendo referencia a los conceptos muy serios que ha expresado el mismo Benedicto XVI tres días atrás en la basílica vaticana: basta de división, que se abra el tiempo de la unidad.

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¿A qué se refería el Papa?


Al clima en general. Es un momento de contraposiciones dramáticas a nivel también cultural y social. En la Iglesia se verifican cada vez que prevalecen, entre las diversas sensibilidades, prioridades políticas.

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¿Qué se necesita entonces?


Una sola cosa: conversión. La conversión de todos a la unidad que brota de la presencia de Cristo. Si todo parte de Cristo, nace la comunión en la que cada uno es portador de un don para el otro.

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¿Cómo llegar a esta unidad?


 

Debe haber una gran reforma sobre todo intelectual, antes que moral. Primero el reconocimiento de que la Iglesia es una y está unida porque reconoce a Cristo presente. A este reconocimiento seguirá luego una reforma moral, la cual, sin la unidad que acabo de mencionar, se convierte en moralismo.

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Difícil de entender…


No, muy fácil. La Iglesia, los obispos y el pueblo cristiano, todos juntos, deben volver a seguir lo mismo. Es decir, al magisterio del Papa y de la misma Iglesia. En este seguimiento unitario las diversas sensibilidades no pierden la propia identidad sino que sirven juntas a la misma causa.

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¿Por qué, hasta el día de hoy, están quienes no siguen el Magisterio?


Bueno, sí. Hay magisterios paralelos que han ido y van por caminos que llevan a la división. Por el contrario, se necesita la humildad de volver a seguir todos lo mismo. Sólo de aquí se puede llegar a aquella reforma moral que desea realmente también el Papa. Demasiadas veces en la Iglesia se oye incluso a sacerdotes que predican las propias ideas y no las verdades de la fe. En cambio, los sacerdotes deberían volver a estudiar el magisterio y la doctrina social de la Iglesia. En las universidades teológicas, en los seminarios, se necesitaría imponer el estudio del magisterio de modo que, quien es ordenado, sepa bien lo que, a su vez, deberá enseñar.

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¿Una tarea también para los laicos?


Ciertamente. Los sacerdotes deben enseñar a los laicos qué es correcto para la Iglesia y qué es equivocado, no infundir confusión. No por casualidad los valores no negociables han sido recordados varias veces por el Papa. Noto, por ejemplo, una gran pobreza de los temas no negociables en los programas políticos. Para mí es una falta grave. Culpa de los políticos, ciertamente, pero también la Iglesia debería hablar de esto con más fuerza y eficacia. No es un tema sobre el que se pueda negociar. Si la Iglesia dice en alta voz aquello que cree y que considera que es correcto para todo hombre, entonces también la clase política es ayudaba a reconocer. Si la Iglesia, en cambio, permanece tibia, es inevitable que lo sean también los políticos y sus programas de gobierno.

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¿Qué características debe tener, en su opinión, el sucesor de Joseph Ratzinger?


Debe ser un padre del pueblo, un pastor, capaz de vivir un servicio absoluto hacia todos, valorizando la comunión.

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Fuente: La Buhardilla de Jerónimo


Traducción: Il Giornale

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jueves, 14 de febrero de 2013

Benedicto XVI a Magdi Cristiano Allam: “¡Hemos vencido!”

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Presentamos el testimonio de Magdi Cristiano Allam, converso del Islam bautizado por Benedicto XVI en la Vigilia Pascual del año 2008, que ayer ha narrado por primera vez un episodio en el cual ha percibido, siempre según su opinión, “la realidad interna de la Iglesia”, al ver el conflicto entre el Papa y cierto sector de la Curia en relación con su bautismo.

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He mantenido hasta ahora la reserva sobre mi experiencia directa con la realidad interna de la Iglesia, que me ha hecho tocar con la mano la gravedad de un conflicto encendido entre el Papa y el aparato que se ocupa de la gestión del Estado del Vaticano, en consideración de mi eterna gratitud a Benedicto XVI por haber querido ser él quien me diera el bautismo, la confirmación y la Eucaristía en la noche de la Vigilia Pascual el 22 de marzo de 2008.


Era todavía musulmán cuando surgió en mí no sólo una estima particular sino una irresistible atracción por el Papa cuando, con ocasión de la Lectio Magistralis pronunciada en la Universidad de Ratisbona el 12 de septiembre de 2006, tuvo la honestidad intelectual y el coraje humano de decir la verdad histórica sobre el expansionismo islámico realizado a través de guerras, conversiones forzadas y un río de sangre que sometieron las costas orientales y meridionales del Mediterráneo, que eran cristianas en un 95 por ciento. No lo hizo directamente sino citando al emperador bizantino Manuel II Paleólogo.


Se trata de una obviedad histórica atestiguada en los mismos libros de historia que se enseñan en las escuelas de los países islámicos. Y sin embargo, por haberla dicho el Papa, se vio condenado, incluso a muerte, por los gobiernos y por los terroristas islámicos. Así como descubrió que tenía en contra el conjunto del Occidente cada vez más descristianizado y, sobre todo, tuvo que afrontar las críticas internas de su misma Iglesia. Benedicto XVI, de hecho, fue obligado por los regentes de la diplomacia vaticana a justificarse tres veces, repitiendo que no buscaba ofender a los fieles musulmanes, pero sin ceder nunca a la presión de transformar la justificación en una disculpa pública. No bastó para aplacar ni la ira de los islámicos ni la tendencia a la rendición de los diplomáticos vaticanos. Fue así que el Papa fue obligado a ir a Turquía y se encontró al lado del Gran Muftí rezando juntos mirando hacia la Meca en la Mezquita Azul de Estambul.


Aquello, de hecho, marcó un éxito de la diplomacia vaticana obligando al Papa a rendirse a lo que él a menudo define la “dictadura del relativismo”, considerada como el mal profundo de nuestra civilización porque, poniendo al mismo nivel todas las religiones y culturas, prescindiendo de su contenido, termina por legitimar todo y lo contrario de todo, el bien y el mal, la verdad y la mentira, haciéndonos perder la certeza de la fe en el cristianismo.


Me sentí identificado con la experiencia de Benedicto XVI y lo imaginé como un Papa aislado y asediado por un aparato clerical hostil dentro del Vaticano. Su extraordinaria inteligencia, su inmensa cultura y su inigualable capacidad de interpelar nuestra razón y de acompañarnos de la mano a la fe, demostrándonos con humildad cómo el cristianismo es la morada natural de fe y razón, han representado para mí un faro que me ha iluminado dentro hasta hacerme descubrir el don de la fe en Cristo.


Fue así que, cuando gracias a la sabiduría y a la fraterna disponibilidad de monseñor Rino Fisichella, en esa época Rector de la Universidad Lateranense, que me acompañó en mi camino espiritual para acceder a los sacramentos de iniciación a la fe cristiana, el Papa aceptó ser él quien me diera el bautismo, consideré que el Señor había elegido unir mi vida a la del Santo Padre, indicándomelo como el más extraordinario testigo de fe y razón.


Y bien, cuando al final de la ceremonia religiosa en la suntuosidad de la Basílica de San Pedro, después de tres infinitas horas que he percibido como el día más bello de mi vida, me encontré frente al Papa en compañía de mi padrino Maurizio Lupi, él se limitó a una leve sonrisa pero de una serenidad absoluta, de quien está en paz consigo mismo y con el Señor. Pero apenas me dirigí a la izquierda para saludar a su asistente, monseñor Georg Gänswein, encontramos en sus labios una sonrisa intensa, dos ojos radiantes y de sus labios salió una exclamación de júbilo: “¡Hemos vencido!”.


¡Hemos vencido! Si hay alguien que vence, significa que hay alguien que ha perdido. Quién había perdido lo comprendí apenas crucé la puerta de la Basílica para ir a abrazar a monseñor Fisichella. Apareció el cardenal Giovanni Battista Re, en esa época Prefecto de la Congregación para los Obispos, que dirigiéndose en alta voz y con un modo vagamente amenazante, le dijo: “Si Bin Laden estuviese vivo, ¡sabríamos a quién dirigirlo!”


Posteriormente he tenido la certeza, por varias fuentes, de que hasta el último instante el aparato del Estado del Vaticano ejerció fuertes presiones sobre Benedicto XVI para disuadirlo de ser él quien me diera el bautismo, por miedo a las represalias por parte de los extremistas y de los terroristas islámicos, pero que el Papa nunca tuvo ninguna duda.


Es un hecho específico y concreto que pone en evidencia cómo Benedicto XVI ha debido enfrentarse con poderes internos del Vaticano que, con el fin de protegerse en el ámbito de la seguridad, han llegado a concebir que el Papa no debía realizar aquella que es su misión, llevar a Cristo a quien libremente lo elige.


Y es un caso emblemático de la confrontación entre la Iglesia universal que se fundamenta en espiritualidad y un Vaticano terreno que se sumerge en la materialidad a la par de cualquier otro Estado. Éste es el nudo a desatar y es el desafío que, con su renuncia, Benedicto XVI nos deja. La Iglesia está en una encrucijada: permanecer anclada en su misión espiritual encarnándose en los dogmas de la fe y en los valores no negociables, o bien, ceder a las razones de Estado para auto-perpetuarse cueste lo que cueste. Es la pesada herencia que caerá sobre los hombros del próximo Papa.


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Fuente: Io amo l’Italia


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 13 de febrero de 2013

Namárië, meldo Benedicto!

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Este post que expresa nuestro sentir ante la partida del Santo Padre Benedicto es un paréntesis en nuestra Buhardilla. Lo ponemos entre paréntesis porque queremos compartirlo especialmente con nuestros lectores tolkienianos. A quienes no lo son y deseen comprenderlo, les sugerimos que visiten a Tom Bombadil.

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Y sí, duele. Duele y mucho. Porque bajo la égida de su anillo, en nuestra Tierra Media hubo, durante un tiempo, un lugar donde respirar mejor. No un lugar perfecto, sí un lugar donde las cosas crecían más sanas.


Y se va porque tenía que ser así. Se va porque El Que Escribe La Historia determinó en Su Sabiduría y Amor que entrásemos en otra “edad del sol”. Se va con el anillo, como no podía ser de otra forma. Ese anillo no podía caer en la batalla. Y se va, como se van los elfos y como se van los hobbits, y como hemos de irnos todos.


Pero su partida no es sólo eso. Su partida es el acto más luminoso (tan luminoso que ciega) de su magisterio.


Su partida es luminosa porque es un acto de confianza. Aquel sobre el que pesaba la mayor responsabilidad de todas, se va aparentemente sin tomar recaudos. Como Bilbo Bolsón, se va cantando: “El camino sigue y sigue, desde la puerta. El camino ha ido muy lejos, y que otros lo sigan si pueden”. Y su canto nos desconcertaría, si no reconociéramos que cada uno de nosotros tiene también su parte en la historia. En contadas ocasiones, incluso ayudamos a que las profecías se cumplan. Pero como Gandalf le explica al mismo Bilbo al final de su parte en la historia, cada uno de nosotros es “en última instancia, sólo un simple individuo en un mundo enorme”.


Su partida es luminosa porque él es Benito, el “olivo” que al fin (y sólo al fin) del recorrido, comprende a Escolástica. La noche del 10 de febrero en el Vaticano fue como la noche en que Benito no pudo volver a ocuparse de su misión, porque Escolástica lloró anhelando a Dios y al Cielo. No hay regla (monástica o petrina) más grande que la de amar a Dios. Y entonces nuestro héroe se retira, antes de irse, para cumplirla. Y al hacerlo nos vuelve a señalar lo esencial.


¿Y qué nos toca a nosotros, que hemos disfrutado del poder de su anillo? ¿Y a mí?


En primer lugar: seguir el camino, con pie “entusiasta” o “cansado”, según donde me encuentre.


En segundo lugar: confiar más que antes, mucho más que antes. Porque la responsabilidad mayor no hizo olvidar al más responsable que no todo depende de él. Entonces, que mis responsabilidades en la historia (pequeñas, pero lo suficientemente grandes como para pesar) no me hagan olvidar que también yo no soy más que “un simple individuo en un mundo enorme”.


Por último, en tercer lugar, guardar en el corazón la noche del 10 de febrero, la lluvia de esa noche, la voz de Escolástica y sus lágrimas, la gloria del olivo, la ley del amor.


Gracias, Santo Padre. De parte de los que han pertenecido más íntimamente a su compañía y por eso pronto han de partir en las naves grises. Y de parte de los que creemos que aún nos queda seguir dando vueltas por la Tierra Media, luchando para que sigan creciendo cosas bellas, hasta que Eru vuelva a levantarse de Su Trono.


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La Buhardilla de Jerónimo

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martes, 12 de febrero de 2013

¿Un paso atrás? No, un paso adelante

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Por Tommaso Scandroglio


Cada palabra del Papa, lo sabemos bien, debe ser leída con atención, porque aquel que habla y escribe es el Vicario de Cristo en la Tierra. Pero con mayor razón cuando el escrito se refiere a “una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia” como la tomada por Benedicto XVI pocas horas atrás. Cada línea y palabra asume, por lo tanto, un significado no sólo jurídico, o bien programático o meramente biográfico, sino también de orden sobrenatural.


Leamos un pasaje del discurso del Papa: “Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando”. Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de San Egidio y Ministro para la Cooperación Internacional y la integración, entrevistado por el Tg1 en la edición de las 13.30, ha interpretado este pasaje ofreciendo una sugestiva clave de lectura. El Papa tenía frente a sí dos bienes: el testimonio en el martirio, como hizo su predecesor Juan Pablo II, y la eficacia de la acción pastoral. El Pontífice ha elegido este segundo camino.


Por un lado, por lo tanto, el sufrimiento, tanto físico como sobre todo moral y espiritual. Este último no es difícil constatar que ha nacido en el corazón de Benedicto XVI ante la constatación de que la barca de Pedro está cada vez más llena de agua también porque muchos de sus ocupantes provocan en el casco continuas fugas. Un sufrimiento soportado y vivificado por la oración y ofrecido como instrumento de santificación para toda la Iglesia. Por otro lado, las obras y las palabras, es decir, la vida activa, la evangelización, la concreción de los proyectos pastorales, los discursos, las cartas, las encíclicas y muchas otras cosas que el sufrimiento impide llevar a término. Por una parte, una vela que se consume dando luz hasta el final; por otra, la opción pragmática no de rendirse a los años que pasan sino de pasar la posta por el bien mayor de la Iglesia.


Debemos ser sinceros: en el corazón de cada uno de nosotros, al menos por un segundo, ha habido desilusión, mezclada con consternación, como si fuésemos traicionados por una opción que sentimos menos valiosa (¿cómo no pensar en los apóstoles incrédulos y escandalizados ante su Maestro muerto en cruz?). “Renuncia” es, de hecho, el término que más aparece en la boca de los comentaristas, una palabra que sabe a derrota. Casi diríamos que el Papa ha tirado la toalla y ha vencido el mundo. Ha hecho mejor Juan Pablo II que ha luchado hasta el final y ha permanecido en su lugar – ese lugar al que fue llamado por Dios – hasta la muerte.


Pero cuando se trata del Vicario de Cristo y cuando, como en este caso, se trata del teólogo Joseph Aloisius Ratzinger, los criterios de juicio sólo humanos deben dejar lugar a aquellos de orden trascendental, evitando fáciles reduccionismos. Aquí no tenemos al administrador delegado de ENI que ha dejado el puesto por motivos de salud. Aquí estamos hablando del sucesor de Pedro que debe conducir a los hombres a la salvación. Es desde el Cielo que debemos mirar todo este acontecimiento.


Entonces, dado que el mismo Pontífice ha subrayado de hecho que su decisión no se asemeja a un fácil atajo sino al resultado de reiterados exámenes de conciencia hechos frente a Dios (“después de haber repetidamente examinado mi conciencia frente a Dios”), debemos nutrir la certeza de que su decisión es aquella que Dios mismo le ha indicado. El criterio que Benedicto XVI ha seguido es el único válido a seguir no sólo para decisiones de este calibre sino para cualquier decisión de cualquier Papa: el mayor bien de la Iglesia.


El martirio, el consumirse hasta el extremo, es un camino obligatorio sólo si Dios lo pide porque en aquella circunstancia y para aquella persona es el camino más eficaz para contribuir al bien de la Iglesia. Pero lo mismo sucede con el pasar la posta. ¿Qué necesita ahora la Iglesia? ¿El testimonio del sufrimiento o las obras realizadas por quien no está todavía afectado de modo sensible en el propio vigor físico e interior? ¿Quién mejor que el Papa puede responder este interrogante? Y Benedicto XVI ha dado la respuesta que Dios le ha inspirado en el corazón. Entonces, en esta perspectiva, la opción del Papa ha sido el camino indicado por la Providencia, no un paso atrás sino un paso adelante en el misterioso camino de la economía de la salvación.


Un pontificado vivido como el Via Crucis de Jesús, si queremos, es más fácil de interpretar, más a nuestro alcance para descifrar, porque hace referencia inmediatamente a un acto heroico, una identificación reconfortante y casi plástica con el Crucificado. El camino del humilde ocultamiento – “un simple y humilde trabajador en la viña del Señor” se definió el Papa recién elegido –, del reconocimiento de que hoy la barca de Pedro necesita vigorosos remadores, implica para nosotros un mayor esfuerzo para aquel músculo espiritual que es la fe, precisamente aquella virtud teologal que el Papa nos ha pedido meditar y profundizar este año.


En este sentido, la decisión del Sumo Pontífice nos obliga a privilegiar la perspectiva teológica – y Ratzinger es teólogo – y, en particular, aquella escatológica orientada a la salvación eterna, perspectiva más ardua de asumir. En este ángulo de visual ultramundano tal vez se esconde también la indicación de que debemos asignar valor, más que a la persona de Joseph Ratzinger, al munus, al oficio de Pontífice que nunca muere porque pasa de hombre a hombre, más allá de las contingencias, de los sufrimientos y de las debilidades. Así, paradójicamente, la renuncia de Benedicto XVI hace resplandecer todavía más la importancia del rol de Pontífice, más que poner el acento sobre el hombre que el Espíritu Santo ha elegido para que temporalmente asuma este altísimo oficio. Un oficio que recuerda aquella frase de la Biblia llena de misterio: “Tú eres sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec”.


La opción de Benedicto XVI, entonces, remite de modo trascendente a la perennidad del ministerio petrino, ministerio que permanecerá hasta el final de los tiempos porque Cristo está eternamente vivo y, por lo tanto, también debe estar vivo el oficio de Vicario. Pero, al mismo tiempo, la decisión del Papa nos hace reflexionar sobre la caducidad del ser humano, él sí amenazado por infinitos límites.


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Fuente: La Bussola Quotidiana


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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lunes, 11 de febrero de 2013

La decisión del Papa Benedicto XVI

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Publicamos las palabras pronunciadas esta mañana por el Santo Padre Benedicto XVI en las cuales ha hecho el histórico, inesperado y humilde anuncio de su renuncia al ministerio petrino que le fue confiado el 19 de abril de 2005.

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Queridísimos hermanos, los he convocado a este consistorio no solo para las tres canonizaciones, sino también para comunicarles una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia. Después de haber examinado repetidamente mi conciencia delante de Dios, he llegado a la certeza de que mis fuerzas, por la edad avanzada, no son ya las necesarias para ejercer de modo adecuado el ministerio petrino.


Soy bien consciente de que este ministerio, por su esencia espiritual, puede realizarse no solo con las obras y las palabras, sino también sufriendo y rezando. No obstante, en el mundo de hoy, sujeto a rápidos cambios y agitado por cuestiones de gran importancia para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el evangelio es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del alma.


Vigor que en los últimos meses me ha disminuido de tal manera que debo reconocer mi incapacidad para administrar bien el ministerio a mí confiado. Por esto, buen sabedor de la gravedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, sucesor de San Pedro, confiado a mí por mano de los cardenales el 19 de abril del 2005. De modo que, desde el 28 de febrero del 2013, a las 20, la sede de Roma y la sede de San Pedro quedará vacante y deberá convocarse, por aquellos a quienes compete, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice.


Queridísimos hermanos, les agradezco de todo corazón por todo el amor y el trabajo con el que han llevado conmigo el peso de mi ministerio. Y les pido perdón por todos mis defectos. Ahora, confiamos la Santa Iglesia al cuidado del Sumo Pastor, nuestro Señor Jesucristo, e imploramos a su santa Madre María para que asista con su bondad materna a los padres cardenales en la elección del nuevo Sumo Pontífice. Respecto a mí, quiero servir también en el futuro a la Santa Iglesia de Dios con todo mi corazón, con una vida dedicada a la oración.

 

BENEDICTUS PP. XVI

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miércoles, 16 de enero de 2013

Benedicto XVI y los obispos: un ciclo llega a su fin

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AD LIMINA

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Benedicto XVI concluyó el pasado mes de noviembre, con la audiencia a los obispos de Francia, su primer ciclo de encuentros con los pastores de todo el mundo para las visitas ad limina apostolorum. En el 2013 se encontrará sólo con los obispos de la Conferencia episcopal italiana, “ya que – explica el arzobispo Lorenzo Baldisseri, secretario de la Congregación para los Obispos, en la entrevista a nuestro periódico - el desarrollo del Año de la Fe no permitirá la visita de otras Conferencias episcopales, considerando también la amplitud de la Conferencia episcopal italiana”. El arzobispo se refiere luego al significado de la visita y a sus diversos aspectos.

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El encuentro con el último grupo de obispos de la Conferencia episcopal francesa ha concluido este ciclo de vistas ad limina apostolorum al que están obligados los obispos de todo el mundo. Una primera mención de este tipo de visita se encuentra en la Carta a los Gálatas, donde san Pablo menciona su encuentro con Pedro después de tres años de misión en Judea. Por lo tanto, esto confirmaría lo esencialmente originario de estas citas.


Efectivamente, las huellas de una primera visita ad limina se encuentra en esta Carta. El apóstol narra que, después de su conversión y el comienzo de su apostolado entre los paganos, fue a Jerusalén para consultar a Pedro – videre Petrum – y en la misma carta refiere también de una segunda visita después de 14 años: “Fui de nuevo a Jerusalén” y “les expuse el Evangelio, que yo predico para los paganos, para asegurarme de no correr o haber corrido en vano”. Sin embargo, sólo con el concilio de Roma del 743 fue establecido por el Papa Zacarías la obligación de la visita ad limina de los obispos, que disminuyó luego a lo largo de los siglos hasta que, en 1585, el Papa Sixto V la restauró con la constitución Romanus Pontifex. Sucesivamente fue recibida en el Código de Derecho Canónico de 1917, en el actualmente vigente de 1983 y en la Constitución Apostólica sobre la Curia Romana Pastor Bonus.

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El Código de Derecho Canónico prescribe que estas visitas deban realizarse cada cinco años. Este último ciclo, sin embargo, ha durado siete. ¿Es el preludio a un cambio de la praxis?


Los cánones 399 y 400 del Código de Derecho Canónico, en efecto, prescriben las visitas con una frecuencia quinquenal, pero por eventos y circunstancias particulares esta frecuencia a menudo no es observada. Basta recordar el gran Jubileo del 2000, cuyas actividades pastorales a nivel local y universal no permitieron a Juan Pablo II completar las visitas en el tiempo establecido. A pesar de ese retraso, la prescripción del Código permanece en vigor. Ciertamente, con la reciente visita ad limina de los obispos de Francia, Benedicto XVI ha concluido el primer ciclo de visitas de todo el episcopado católico del mundo. Esta conclusión coincide con el comienzo del Año de la Fe, que verá particularmente comprometidos tanto al Papa como a los obispos en sus Iglesias particulares.

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Aún si puede intuirse por el significado de las palabras, ¿cómo nace la definición “visita ad limina apostolorum”?


Visita ad limina apostolorum significa “visita a las tumbas de los Apóstoles”, ya que los obispos son periódicamente invitados a ir a Roma para videre Petrum, realizar una peregrinación a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, fundadores de la Iglesia de Roma, y expresar y reforzar la unidad y la colegialidad de la Iglesia. El encuentro entre el Romano Pontífice y cada obispo reviste una importancia particular y es un encuentro diverso de aquellos que tienen lugar a veces en otras circunstancias. En el caso de la visita ad limina, el encuentro oficial es entre el obispo de una Iglesia particular y el obispo de Roma, sucesor de Pedro. Cada uno – como dice la Pastor Bonus – con su responsabilidad inderogable, cada uno representa a su modo el nosotros de la Iglesia, el nosotros de los fieles, el nosotros de los obispos, que en cierto sentido constituyen el único nosotros en el Cuerpo de Cristo. Se comprende, entonces, que las visitas ad limina tienen una importancia particular en lo que respecta a la Iglesia como comunión, donde todos los miembros según sus propias funciones, carismas y ministerios, participan e interactúan y edifican el Cuerpo vivificado por el Espíritu Santo.


La visita ad limina se presenta como expresión de la solicitud pastoral de cada uno y de todos los obispos unidos con el Papa, y es uno de los momentos privilegiados de comunión, como un intercambio de dones, un crecimiento y una consolidación de la colegialidad. No se trata, por lo tanto, de un simple acto jurídico-administrativo, protocolar, sino de un enriquecimiento y de una experiencia de comunión pastoral, de participación en las ansias y en las esperanzas que viven las Iglesias, una actitud de escucha recíproca con la guía del Espíritu para cumplir y llevar a cabo el mandato de evangelizar según las exigencias del momento histórico en que la Iglesia vive.

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En una entrevista concedida a una radio alemana en el 2009, Benedicto XVI dijo: “Yo hablo personalmente con cada obispo. En estos encuentros, en los que centro y periferia se encuentran en un intercambio franco, crece la correcta relación recíproca en una tensión equilibrada”. ¿Éste es el sentido de las visitas ad limina?


Usted ha recordado las palabras de Benedicto XVI que ilustran el significado y el contenido de las visitas ad limina. Se trata de valorizar este instrumento de comunión y de acción pastoral y apostólica en el mundo. Los obispos son profundamente tocados por la experiencia de las visitas a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo y por el encuentro personal con el Papa. La visita se amplía a los diversos dicasterios romanos, con un calendario establecido, que permite un intercambio fructífero de informaciones, reflexiones sobre temas específicos de la pastoral y de la vida de la Iglesia en sus diversos aspectos, a fin de resolver eventuales problemas, solicitar intervenciones necesarias en los diversos campos, mejorar, a veces corregir, y avanzar en los proyectos comunes de evangelización en una sinfonía de notas y de sonidos armónicamente vinculados y fructuosos. Entre un encuentro y otro con los diversos dicasterios de la Curia Romana, los obispos se reúnen a rezar en cada una de las cuatro basílicas papales, concelebrando la Eucaristía o rezando una parte de la Liturgia de las Horas. Con este objetivo ha sido redactado un opúsculo sobre la liturgia en las visitas ad limina, con formularios para cada basílica.

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En realidad, de la visita permanece sobre todo la audiencia papal. Y, sin embargo, ésta se desarrolla de un modo mucho más complejo que el simple encuentro con el Pontífice. ¿Nos puede describir en síntesis cómo tiene lugar en su totalidad?


La visita es organizada por la Congregación para los Obispos en colaboración con la Prefectura de la Casa Pontificia en lo que concierne a las audiencias de los obispos con el Papa; con la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas y las oficinas para las celebraciones en las basílicas de San Pedro y en las otras basílicas; así como con los dicasterios, que usualmente se encuentran con los obispos. Son divididos en regiones de la Conferencia Episcopal. En el encuentro colectivo, el Pontífice pronuncia un discurso, que concierne a ese determinado grupo de obispos o a toda la Conferencia episcopal, con una mirada dirigida a los países de los cuales provienen.

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La documentación – presumiblemente amplia – que los obispos llevan con ellos constituye indudablemente una mina de información sobre el estado no sólo de la Iglesia sino también de la sociedad civil local. ¿Cómo es utilizada?


Los obispos deben presentar al Papa una relación sobre el estado de su diócesis. Es redactada según un formulario elaborado por la Congregación para los Obispos. El último es de 1997 y comprende todos los ámbitos que conciernen a la vida de la diócesis y la misión del obispo: desde la descripción territorial de la diócesis a la organización de la Curia y de la misma diócesis, hasta la población, al estado de la vida cristiana de los fieles, hasta el número de los sacerdotes, a la vida del presbiterio, del seminario, de las parroquias y de las escuelas católicas. No falta la pastoral familiar, la sanitaria, la doctrina social de la Iglesia, la caridad y la relación del obispo con las autoridades civiles, el estado de las obras de arte y los medios de comunicación social. El conjunto se concluye con una mirada general sobre la diócesis, con una mirada al futuro de la Iglesia particular. Es el medio más seguro e inmediato para conocer la vida, el crecimiento y las potencialidades, como también las dificultades de una Iglesia particular. Y es la base para los coloquios de los obispos con el Papa y los dicasterios de la Curia Romana. La relación sobre el estado de la diócesis representa también una notable fuente para la historia. Son muchos los que sacan noticias de tales documentos para estudiar la vida de las Iglesias particulares en un determinado período histórico o para profundizar el episcopado de un obispo.

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En el período que transcurre entre una visita y la otra, ¿cuál es el camino que siguen los obispos para informar sobre problemas particulares o para pedir indicaciones pastorales sobre el modo de afrontar casos urgentes que se deban presentar?


Entre una visita ad limina y otra, no se interrumpe la relación entre los obispos y la Santa Sede. En primer lugar, tal relación tiene lugar localmente a través de las representaciones pontificias. Los nuncios apostólicos representan al Papa en una determinada nación y están presentes allí para ayudar y sostener a los obispos en su servicio pastoral y a los mismos fieles que se dirigen a ellos.


Debemos tener siempre presente que cada obispo puede dirigirse al Papa, cuando lo considere necesario, para exponer las propias necesidades, pedir ayuda o consejo sobre todo aquello que concierne a la vida pastoral y a su mismo ministerio episcopal. Los mismos viajes apostólicos, que son normalmente de carácter pastoral, se insertan en esta continua relación entre los obispos y el Papa: es la relación de comunión entre los miembros del mismo colegio episcopal, vinculados por el sagrado vínculo del sacramento y de la misma misión de edificar la Iglesia. Además, son continuas las relaciones con los diversos dicasterios de la Curia Romana. Desde la experiencia de esta Congregación para los Obispos se puede realmente atestiguar que las relaciones con los obispos del mundo son cotidianas y son muchos aquellos que vienen para tratar las cuestiones de sus diócesis, pidiendo consejo o afrontando problemas. Estos encuentros son una verdadera riqueza tanto para los obispos como para el dicasterio, que acoge siempre fraternalmente a cada obispo para sostenerlo y ayudarlo. Así, por otra parte, se enriquece por la experiencia y por la vida de las Iglesias particulares. Así se da, podemos decir, un recíproco intercambio de dones.

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En el Directorio de la Congregación para los Obispos, publicado en 1988, se afirma que estas visitas no son un “simple acto jurídico-administrativo consistente en la realización de una obligación ritual, protocolar y jurídica”. ¿De dónde nace, entonces, la exigencia de regularlas con normas en en el Código de Derecho Canónico?


Su regulación canónica no prejuzga la importancia comunional o la inmediatez de las relaciones de los obispos con el Sucesor de Pedro. El hecho de su reglamentación en el Código de Derecho Canónico es el signo de la importancia que la Iglesia atribuye a la relación entre el obispo de Roma y los otros obispos. Una relación que no puede ser sólo espontánea o esporádica, sino regular y ordenada, porque se trata, en último término, de la vida de la Iglesia en su dimensión universal y particular. El concilio Vaticano II nos ha recordado que las Iglesias particulares están formadas a imagen de la Iglesia universal, y en ellas y por ellas existe la Iglesia universal una y única. Esta relación fundamental es la fuente teológica de la reglamentación canónica.

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¿Cuándo y de qué modo se retomará el nuevo ciclo de las visitas ad limina apostolorum?

En este 2013 serán los obispos italianos quienes irán en peregrinación a las tumbas de los apóstoles y a encontrarse con el sucesor de Pedro. La de ellos es una visita muy significativa porque el Papa es el Obispo de Roma, por lo tanto, tiene un vínculo muy estrecho con los obispos de Italia: podríamos decir que el Papa es “obispo italiano”. El desarrollo del Año de la Fe no permitirá la visita de otras Conferencias episcopales, considerando también la amplitud de la Conferencia episcopal italiana.


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Fuente: L’Osservatore Romano


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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martes, 8 de enero de 2013

Mons. Marchetto: “El drama del post-Concilio ha sido separar fidelidad y renovación”

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Presentamos nuestra traducción de la interesante entrevista que el Arzobispo Agostino Marchetto ha concedido a Korazym sobre el Concilio Vaticano II, su historia, su interpretación y la relación con la crisis del post-Concilio, temas a los cuales ha dedicado su labor como historiador de la Iglesia.

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Excelencia, en los tiempos del Concilio usted tenía veinte años o poco más. ¿Cuál es su recuerdo directo de ese acontecimiento?


Ingresé al seminario a los 19 años. He podido seguir algo en televisión y la misma lectura de los periódicos estaba regulada. Un profesor nos llevaba todos los libros que salían con ocasión del Concilio, nos los prestaba y los leíamos con mucho interés. Cada profesor en clase daba luego su versión. En el ’64 vine a Roma y participé en alguna ceremonia pública, quedando muy impresionado por el esplendor del mundo eclesiástico. Es cierto que en esta universalidad ha habido una explosión de presencia del mundo entero, y creo que para el mundo ha sido un signo: la unidad de la familia humana. De Gaulle dijo que la celebración del Concilio era el acontecimiento más grande del siglo no sólo para la Iglesia católica sino también para el mundo, y no era el único que sostenía esto.

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¿De dónde se deriva el bipolarismo interno entre una lectura progresista y una lectura conservadora del Concilio?


Sin adaptarnos a la jerga parlamentaria, creo que se puede aceptar una categoría más neutral: mayoría y minoría, que en el Concilio eran variables. Se puede decir que la mayoría estaba en general a favor de la renovación, mientras la minoría era más sensible al aspecto de fidelidad a la Tradición. Son, además, las dos grandes almas del catolicismo, que deben colaborar y estar juntas. En el Concilio, Tradición y renovación se han abrazado y esta ha sido, en mi opinión, su grandeza, como expresión de un Concilio ecuménico y de una Iglesia católica en comunión con Roma.

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¿El Vaticano II no podía desarrollarse de otra manera?


El medio usado para llegar a conclusiones en las que todos podían reconocerse ha sido el diálogo, el voto, la aceptación del otro. “Audiatur et altera pars”, “escúchese también la otra parte”. Esto no es compromiso, término que se usa para degradar los documentos conciliares. Para mí, en cambio, es el signo de la catolicidad: las dos partes deben tener en cuenta la una a la otra. Como decía el cardenal Frings: no son compromisos sino encontrar una formulación sobre la cual todos puedan asentir. La característica principal del catolicismo es poner juntos: fidelidad a la Tradición en la renovación, aquello que Benedicto XVI llama reforma, o, usando un término de Juan XXIII, aggiornamento. Existían sin embargo dos extremos, importantes por las consecuencias que han tenido en el post-Concilio: por una parte, Lefebvre y sus seguidores; por otra, cuantos en la mayoría sostenían que el Concilio se había opuesto a la obra de Pablo VI, que habría sido, según ellos, quien enterró el Concilio, visión predominante en el post-Concilio.

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Su hermenéutica, en cambio, se ubica desde siempre en la línea de la reforma en la continuidad, teorizada por el Papa en un pasaje del discurso a la Curia Romana del 2005. ¿Usted estaba detrás?


No, yo no he sabido nada de ese discurso hasta que fue pronunciado. Pero evidentemente mi libro (“El Concilio Ecuménico Vaticano II. Contrapunto para la historia”) había ya aparecido, en junio de 2005. Y, de todos modos, en “Informe sobre la Fe”, el Papa ya estaba en aquella línea, como cardenal.

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En su libro, usted identifica tres aspectos de la hermenéutica conciliar.


Benedicto XVI habla de “reforma en la continuidad del único sujeto Iglesia”, porque el mismo Papa dice que a diversos niveles puede haber continuidad o discontinuidad. Yo, aún siendo obispo, no hablo como obispo, sino como historiador que adopta el método histórico-crítico y sostengo, desde 1990, que esta posición encuentra su fundamento en la historia verídica. Es la historia la que me dice que en el Vaticano II ha estado este poner juntos, este deseo de renovación en la continuidad, este “et, et”, no romper sino construir y hacer una reforma. Desde hace algún tiempo ha habido una un juicio de ruptura no sólo por parte de aquellos que era la franja extrema de la mayoría conciliar y sus sucesores, sino también en el otro extremo. Unos dicen que ha estado el Concilio y que es necesario seguir adelante, casi como si hubiera un Concilio permanente, como si el Vaticano II sólo hubiese puesto algunas semillas, pero ahora fuera necesario tener los frutos. Los otros afirman, en cambio, que es precisamente una ruptura, por lo cual se debe volver a antes del Concilio. Estas dos posiciones no son buenas, hay como una ceguera: las convicciones que se tienen impiden ver aquello que se puede ver.

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Un acontecimiento que, de todos modos, no deja a nadie indiferente…


Pienso que está bien que no nos deje indiferentes, porque es un gran acontecimiento; para la Iglesia católica es un faro o, como dice el Papa, una brújula. Pero para que la brújula funcione es necesario asegurarle ciertas condiciones, respecto a la historia y al estudio de la hermenéutica.

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¿Puede explicarnos estas condiciones?


Yo siempre identifico tres etapas, a las que añado adjetivos. In primis una historia verídica – un adjetivo que usaba mucho don Giuseppe De Luca -, y no ideológica, en la que entra una interpretación que no está en la línea de la objetividad sino de la persona que tiene pre-conceptos, prejuicios y quiere unir el acontecimiento a lo que según ella debía ser el Concilio. Todavía no hay una historia verídica también porque muchos, como fuentes, han ido a los diarios personales de los Padres en lugar de inspirarse en las Acta Sinodalia. La segunda etapa es la hermenéutica, es decir, la interpretación, que debe basarse en una historia verídica. La última es la recepción. Un Concilio no es que sea Concilio porque hay una recepción, pero para que incida en la vida de la Iglesia se requiere una recepción. Esta debe ser adecuada, fiel, pero la fase de la recepción no es otro Concilio, no es una creatividad casi sin referencia al Concilio. Se necesita una interpretación correcta para tener una recepción correcta y todavía tenemos un camino por hacer.

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¿Es aquí donde se esconden los riesgos?


Pienso que la fascinación de lo nuevo ha tenido mucho que ver. Para muchos el Concilio es todo lo nuevo que se ha dicho, por lo cual la trama, que es fidelidad y renovación, se ha deshecho y se han vuelto parciales, no teniendo en cuenta la complejidad. En el Concilio ambos elementos estuvieron juntos; luego cada uno tomó de aquel conjunto su contribución y no ha habido más Concilio. Y éste es, en mi opinión, el drama del post-Concilio. Pero no debemos acusar al Concilio, como hacen algunos que dicen que hay en él elementos ambiguos. El post-Concilio no es Concilio. El Concilio es una enseñanza extraordinaria del Papa unido a todos los obispos. Después del Concilio puede estar el magisterio ordinario, que debemos respetar y acoger. Sin embargo, se debe distinguir entre Concilio y post-Concilio.

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¿Ha habido una influencia del ’68?


En el post-Concilio ha habido una crisis de la aceptación del Magisterio, una crisis del laicado organizado; yo pienso que ha habido una crisis teológica, una crisis sacerdotal y en la vida religiosa. Esta crisis católica ha coincidido con la crisis de la sociedad occidental. ¿Cuál es la relación entre estas dos crisis? El movimiento del ’68 ha influido sobre el movimiento de contestación en la Iglesia. Pienso que esta hostilidad a las instituciones se ha trasladado al interior de la Iglesia respecto a las instituciones eclesiales. Sin embargo, el disenso católico era anterior, había aspectos precedentes a la crisis del ’68 y a la crisis de la Iglesia ocurrida después del Vaticano II.

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Usted definió el Concilio como su “segundo amor histórico”. ¿Cuánto esfuerzo le cuesta estos estudios que, por otro lado, ha llevado adelante también durante su ministerio alrededor del mundo?


Yo he sido medievalista hasta 1990; luego mi profesor, monseñor Maccarrone, me invitó a indagar la edad contemporánea, porque es una edad importantísima, en la que se juega el presente, fruto de 2000 años de historia, y el futuro. El binomio fundamental de mis investigaciones es episcopado y primado pontificio, y la historia ha sido una ayuda para mi misión. Recuerdo el examen de historia que me tomó Juan Pablo II cuando me envió a Bielorrusia, antes de partir… A veces, sin embargo, faltaba el tiempo, porque era necesario dar lugar a la pastoral. He estado 20 años en África y he sido también yo un obispo africano: administraba los sacramentos, predicaba la Palabra de Dios, visitaba las comunidades como los otros obispos. Y luego, como nuncio, debía encargarme del aspecto diplomático, como instrumento al servicio de la paz, de la comprensión, de la libertad de conciencia, de religión. La permanencia en África explica el género literario de mi ser historiador. Como se ve por mis libros, son notas, recensiones incluso bastante importantes: un género no menor, decía el cardenal Bea que de esto entendía, porque no hay auténtica recensión si no ayuda el proceder de la investigación científica. Era también, un poco, un refugio. Por lo tanto, no sólo fatiga sino también alegría y la posibilidad de tener una rendija hacia lo universal incluso cuando uno está inmerso en una localidad que a veces es de guerra, contrastes, tribalismo, hambre, enfermedades.

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Hablando del Concilio, usted no usa el término evento…


Si con “evento” se entiende gran acontecimiento, no tengo dificultad. Yo siempre he escrito Magno Concilio Vaticano, y mi admiración, que es también fruto de fe, es precisamente por esta realidad que nosotros tenemos: este hilo conductor que se encuentra en la historia de la Iglesia, y son los Concilios ecuménicos, y el otro gran hilo conductor que es el primado del Obispo de Roma. Pero cuando los teólogos hablan en contexto histórico, “evento” significa otra cosa, que no está ya en la línea de la teología. Después del prevalecer en la historiografía civil de la historia del largo período, a partir de 1950 nace l’histoire événementielle...Para que haya un evento, se requiere la repercusión mediática, que facilita la explosión y la aceptación de este tipo de historia. Pero una característica del evento es la ruptura. Si los historiadores de la Iglesia asumen esta palabra, es ya una interpretación en el sentido de la ruptura o de la revolución.

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¿Cuánta atención se presta hoy al espíritu del Concilio y cuánta al cuerpo (los documentos)?


Digo siempre que el espíritu, que es el alma, es el alma de este cuerpo, y el cuerpo es cuerpo de esta alma. También el Papa ha repetido que no puede haber una contradicción entre espíritu y cuerpo conciliar, y el espíritu se deriva de este cuerpo conciliar. Mucho se ha apuntado sobre esto, con el fin de introducir lo que se quería, es decir, lo que el autor pensaba que debía ser el espíritu del Concilio, limitando su interpretación. Es el aspecto ideológico de la interpretación…

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¿Qué tan inequívocos son los diarios de los diversos Padres Conciliares? ¿Qué tan atendibles?


Inequívocos no; atendibles en cuanto diario. Evidentemente cada Padre reacciona y escribe precipitadamente, y a veces al siguiente día se corrige a sí mismo o pide perdón, como por ejemplo hizo el Cardenal Siri, y para mí ésta es también la grandeza de un hombre. Confrontando con las Acta Sinodalia, que son las actas oficiales, nos damos cuenta de que quien escribía el diario no sabía diversas cosas. Muchos referían los rumores, y hay muchos juicios también apresurados o parciales. Por lo cual la comparación entre los diarios privados es fundamental y entre ellos hay una gradualidad. ¿Por qué un autor elige algunos diarios sobre los cuales basar sus estudios, y no otros? Este filtro que cada uno realiza revela a quien usa el filtro. Las fuentes deben tener su jerarquía: primero deben estar las oficiales – en las Actas están contenidas todas las intervenciones, orales y escritas, pero, con alguna excepción, no están publicados los trabajos internos de las diversas comisiones – y luego las diversas fuentes privadas.

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¿Qué hace el historiador con estos diarios?


Primero debe tratar de interpretarlos. Leerlos es ya una gran dificultad. Incluso escuchando las grabaciones en latín, es muy difícil tener el texto. Y luego hay que predisponer el aparato crítico, ponerlos en la arena de los estudios, consultar las diversas fuentes. En el fondo, ¿qué hacemos nosotros con los periódicos? Yo, al menos, trato de leer las diversas tendencias para hacerme un juicio. Pero si puedo ir al origen, a la fuente de los diversos hechos, tal vez soy un afortunado. Y somos afortunados de tener 62 grandes volúmenes, escritos en latín, aún si esto es un problema para muchísima gente…

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¿Cuáles son, en su opinión, los textos realmente de referencia para quien quisiera conocer mejor el Concilio?


Excluyo los últimos libros publicados, cuya lectura no he completado aún. Para quien quisiese introducirse al Vaticano II, el libro de Zambarbieri (“Los concilios del Vaticano”) podría servir. En mis libros, de todos modos, surge a partir de la crítica cuáles con aquellos que considero más y aquellos que considero menos, porque los juicios no son todos iguales. En general, indico los aspectos positivos y también las críticas.

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¿Cuál ha sido la importancia del Concilio para la Iglesia y para el mundo?


El Concilio es un “ícono” de la Iglesia. La gran cuestión es que la Iglesia ha dado un cierto paso, pero la otra parte ha desilusionado en la respuesta. Es decir: yo creo que la Iglesia se ha puesto en disposición de diálogo con el mundo contemporáneo, ha hecho una conversión, pero diría que no se ha encontrado con la otra parte, ha desaparecido, sea por la cuestión filosófica, sea por la materialista, el individualismo, las rupturas, las violencias, por las cuales la cuestión de la evangelización se vuelve a proponer. ¿Cuál era la finalidad del Concilio? Presentar la buena noticia por parte de una Iglesia que buscaba estar menos desfigurada respecto a aquello que era el pensamiento del Señor. Por fortuna la Iglesia es universal, y esto nos consuela, pero el secularismo es un gran fenómeno. El pensamiento de Dios desaparece y también nosotros estamos insertos en el mundo actual y tenemos nuestros problemas.

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¿Éste es el futuro del Concilio?


Estaba quien proponía hacer un tercer Concilio para superar las “incongruencias” del segundo… ¡Ilusión! Dado que la Iglesia es católica, debe considerar el aspecto Tradición, que se desarrolla, homogéneamente, pero en absoluto se la puede anular, de otra manera ya no se e católico. Y en la Tradición hay temas difíciles para el hombre contemporáneo…

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En la presentación de su libro en los Museos Capitolinos, el cardenal Farina lo ha definido un “histórico de raza”, deseando que nos regale “una obra sistemática, completa y exhaustiva” de la historia del Concilio Vaticano II. ¿Tiene en mente proyectos para nuevos trabajos editoriales?


El año próximo debería salir, con ocasión de mis 70 años, el libro “Episcopado y primado pontificio”, que podrá ser útil para el diálogo ecuménico. En cuanto al Concilio, tengo el deseo, pero tengo 72 años y una obra tan amplia no es fácil para una sola persona. He enseñado cuando estaba en Mozambique, pero no he tenido una cátedra y por lo tanto no tengo un equipe, ¡veremos! Mientras tanto leo mucho, y es fundamental. Ahora, con todos los libros sobre el Concilio que se publican, es difícil estar al día, pero debo hacerlo, ésta es la tarea. El Año de la Fe ha sido ocasión para muchos de volver a poner las manos en el arado. A veces hay también una inflación, pero es normal y atestigua un interés que permanece, porque es un gran acontecimiento y la Iglesia ha demostrado querer retomar un diálogo de salvación con el hombre contemporáneo.

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Fuente: Korazym


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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sábado, 5 de enero de 2013

En la Epifanía, una anticipación de la Pascua

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Presentamos un breve pero interesante texto, publicado en el periódico Avvenire, sobre el Anuncio de la fecha de la Pascua, previsto por la Liturgia para la Solemnidad de la Epifanía. Además, ofrecemos nuestra traducción del mismo Anuncio, cuyo texto original hemos tomado del libreto que la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice ha preparado para la Santa Misa que el Papa Benedicto XVI celebrará mañana.

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En la Epifanía, la plenitud de la Navidad. Y en la alegría de Cristo que se manifiesta luz para todos los pueblos – simbolizados por los Magos – ya resplandece una primicia de la Resurrección. Hay un elemento, en la liturgia de esta solemnidad, que presenta de modo explícito el segundo aspecto puesto en evidencia: es el “Anuncio del día de la Pascua”, aquella proclamación que se puede insertar entre el Evangelio y la homilía. En el corazón de la Misa, por así decirlo.


De cada Misa que se celebra entre la el ocaso de la víspera y la tarde del 6 de enero. Su origen se pierde en la noche de los tiempos. En Milán recuerdan que San Ambrosio, en este día, además de anunciar la Pascua, anotaba el nombre de aquellos que habrían de ser bautizados en la vigilia de la Resurrección. Y se cuenta de una vez en que el futuro patrono afirmó desconsolado: “he echado las redes desde la Epifanía, pero estas han permanecido vacías”.


Todavía hoy el Anuncio está previsto tanto por el rito romano como por el ambrosiano, pero las dos tradiciones presentan textos diversos. Lo explica monseñor Claudio Magnoli, responsable del Servicio para la pastoral litúrgica en la Arquidiócesis de Milán. “La diferencia más evidente - indica el prelado – es que, en la versión ambrosiana, es indicada solamente la fecha de la Pascua, mientras en la romana se presentan también los días de algunas otras fiestas movibles: las Cenizas, la Ascensión, Pentecostés, el primer domingo de Adviento”. Pero no es sólo cuestión de números.


El Anuncio ambrosiano - prosigue el liturgista – de la Pascua subraya de modo específico dos dimensiones: misericordia y alegría. La primera nos hace conscientes del hecho de que, si llegamos a celebrar la Resurrección, será por bondad de Dios. La segunda, en cambio, retoma el tema típico de aquella gran solemnidad”. La perspectiva es un poco diversa en el rito romano: “aquí el día de Pascua es presentado como el centro de todo el año litúrgico, una suerte de fecha cero de la cual brotan las otras festividades variables”. Pero es un elemento común a los dos ritos la solemnidad del texto: “Por eso – recomienda el liturgista -, donde sea posible es bueno que sea cantado. Por el diácono, más que por el mismo sacerdote. O incluso por un solista laico”. El texto es así elevado a un auténtico elemento ritual, adquiere una resonancia mucho más amplia respecto a la de una simple lectura.


En común un elemento simbólico de importancia: ambos hacen referencia al anuncio de la Resurrección previsto por el respectivo rito. Aquel que es entonado en la noche de Pascua. Pero no sólo. La estructura misma del Anuncio pascual (que en el rito ambrosiano canta sencillamente “Cristo ha resucitado”, mientras que en el romano se articula en una extensa relectura de la historia salvífica culminando con la alabanza del cirio, imagen del Señor victorioso sobre el pecado y sobre la muerte) recalca fielmente la estructura formal del que es proclamado el 6 de enero. Conciso en Milán, más elaborado en Roma y en la Iglesia universal. Sin embargo, se lo decía al comienzo, en ambas tradiciones eclesiales, la Epifanía es plenitud de Navidad. Y anticipación de la gloria que irradia Cristo Resucitado.


Anuncio del día de la Pascua

(traducción de la versión ofrecida por la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice)


Queridísimos hermanos,

con el favor de la misericordia de Dios,

así como nos hemos alegrado

por el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo,

les anunciamos la alegría de la Resurrección de nuestro Salvador.


El día 13 de febrero será el día de las Cenizas, comienzo del ayuno de la Sagrada Cuaresma.


El día 31 de marzo celebraremos con alegría la Santa Pascua de Nuestro Señor Jesucristo


El día 12 de mayo, la Ascensión del Señor.


El día 19 de mayo, la fiesta de Pentecostés.


El día 2 de junio, la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.


El día 1º de diciembre será el primer Domingo del Adviento de Nuestro Señor Jesucristo, a Quien sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos.


R. Amén.

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Fuentes: Avvenire y Sitio web de la Santa Sede

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 2 de enero de 2013

Mons. Negri: “El Papa es un gigante pero la Iglesia es débil”

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Pope Benedict XVI attends a meeting with members of the Taize Community in St Peter's Square at the Vatican

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Por Salvatore Izzo

“El primer agradecimiento a Dios es por la presencia de Benedicto XVI, este gigante manso y fortísimo que sostiene el camino de la Iglesia infundiéndole luz y energía y aquella novedad que hace al cristiano un hombre grande”. Lo escribe el nuevo arzobispo de Ferrara (e histórico colaborador del fundador de Comunión y Liberación, don Giussani), monseñor Luigi Negri, que publica en Tempi un personalísimo “Te Deum” de fin de año. Según el obispo, sin embargo, “la grandeza testimoniada por el Papa encuentra una Iglesia que en varias ocasiones ha demostrado una debilidad que no es en primer lugar de carácter moral (debilidad que también existe, y de la cual hablan los medios de comunicación social)”, sino que está originada “en el rechazo de razonar y vivir según la cultura que nace de la fe”.


Al respecto, el obispo cielino cita a Jacques Maritain, el cual había dicho después del Concilio Vaticano II que el peligro de la Iglesia era el arrodillarse frente al mundo. “Somos débiles – explica monseñor Negri – porque el fundamento de nuestro actuar y conocer no es ya la fe sino el criterio del mundo”.


Según el arzobispo de Ferrara, “esta falta de una cultura cristiana humilde y cierta es también la razón de la falta de aquel coraje que nos ha sido testimoniado por mártires cristianos que en Asia, África, y Oriente Medio han podido decir, como Asia Bibi, «si me condenas porque soy cristiana, estoy contenta». Una debilidad, la de la Iglesia, que, subraya monseñor Negri, “encuentra aquella situación de inconsistencia que caracteriza la vida de la sociedad: el individualismo consumista, el desprecio de sí y del otro si no se lo puede reducir a nuestra posesión, la tendencia a obtener siempre el máximo bienestar posible”.


“Todo esto – afirma el prelado – hace de la sociedad un campo de violencia al que nos estamos acostumbrando sin darnos cuenta. La violencia, que va desde la disgregación de la familia hasta la de la sociedad, desde los suicidios y los homicidios como solución a los problemas, hasta la manipulación de la vida desde la concepción”.


En Tempi, monseñor Negri confía haber vivido una experiencia extraordinaria “de la grandeza del Papa” el pasado octubre, habiendo tenido la oportunidad extraordinaria de estar a su lado durante el reciente Sínodo en el cual “su presencia, testimonio y enseñanza nos han garantizado la acción del Espíritu Santo en aquellos días”. “Este gigantesco testimonio suyo – concluye el nuevo arzobispo acercando la figura de Benedicto XVI a la de su predecesor elevado al honor de los altares por él mismo, el 1º de mayo de 2010 – se convierte en un don para el Año de la Fe en el que será posible, siguiendo al Papa, volver a la fe”, en el “asombro de una vida renovada, de la que el Beato Juan Pablo II sigue siendo imagen para el cristianismo de todo tiempo y, por eso, también para el nuestro”.


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Fuente: Il blog degli amici di Papa Ratzinger


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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