martes, 5 de mayo de 2009

Una edición esperada

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Portada en español del libro de Mons Bux

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Ya hemos hablado, en esta Buhardilla, del recomendable libro “La reforma de Benedicto XVI”, escrito por Monseñor Nicola Bux. De hecho, hace algunos meses, publicábamos nuestra traducción del prólogo de Vittorio Messori a la edición italiana y de la conclusión presentada por el autor.


Ahora, gracias a la gentileza de nuestros amigos de Una Voce Sevilla, informamos el lanzamiento de la edición española cuyo prólogo, de gran interés, ha sido escrito por el Cardenal Antonio Cañizares, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, y puede leerse aquí.

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La Revelación se hace Liturgia

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 Misal

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Estar inmersos en Él, en la Verdad

Por Don Nicola Bux


Quien lee la introducción del Papa a sus escritos sobre la Liturgia, editados por ahora en lengua alemana, encuentra este pasaje: “No me interesaban los problemas específicos de la ciencia litúrgica sino siempre el anclaje de la Liturgia en el acto fundamental de nuestra fe y, por tanto, también su puesto en nuestra entera existencia humana”.


Tal vez esta franqueza confirmará a algunos liturgistas en aquello que ya piensan: Joseph Ratzinger no es un verdadero experto en liturgia. El problema es que la Liturgia, después del Concilio, ha sido desvinculada del dogma por muchos estudiosos; por lo tanto, era difícil para un liturgista postconciliar leer, por ejemplo, el libro “Das Fest des Glaugens” (“La fiesta de la fe”) de Ratzinger. Hasta la elección pontificia, se escuchaba a los obispos desaconsejar la lectura de “Einführung in den Geist der Liturgie” (“Introducción al espíritu de la Liturgia”). Algunos se preguntaban: ¿cómo puede un dogmático como Ratzinger escribir sobre Liturgia?


Poco a poco, comenzamos a darnos cuenta de que hemos perdido, en el acercamiento a la liturgia, lo esencial, perdiéndonos tras tecnicismos extenuantes y esteticismos evanescentes. ¿No se oye decir, con frecuencia, al final de una liturgia: “ha sido una celebración lograda”?


La clave para entender el pensamiento litúrgico de Ratzinger está, por el contrario, en la mirada orientada a la Cruz y a Aquel que de allí pende: mirada a la vez real y simbólica, artística y mistagógica; en una palabra, litúrgica.


La homilía de la Misa Crismal del Jueves Santo de este año nos lleva de nuevo al “espíritu de la liturgia” como lo advierte el Santo Padre. También porque trata aquella relación esencial entre Ordenación sacerdotal y culto –el sacerdote es ordenado esencialmente para el culto, entendido como ofrenda a Dios-, sobre todo porque pone de nuevo en auge el concepto de consagración como sacrificio por Jesucristo y, en consecuencia, para quien quiera hacer otro tanto con su cuerpo, como culto lógico (cfr. Rom. 12, 1-2). Es más, diría que esto precisamente depende de la “consagración en la verdad”.


De este modo, “me consagro” es igual a “me sacrifico”; el sacerdote es al mismo tiempo la víctima – “una palabra abismal” que permite mirar a Jesucristo en lo más íntimo para que alcanzar el misterio de la redención, del sacerdocio de la Iglesia, es decir, lo que principalmente tiene que hacer en el mundo y del mundo: una consagración.


Otra que diálogo con el mundo: el sacerdote es un “cambio de propiedad” del mundo a Dios; pero esto es cierto en la raíz para todos los cristianos. ¿No es la liturgia un sacrificio, un “privarse de algo para entregarlo a Dios”? Ella no es nuestra propiedad: es “un ser puestos aparte”. De aquí sigue la función de representar a los otros ante de Él.


Pero la liturgia es una consagración en la verdad porque la Palabra de Dios es la Verdad. Como dice más adelante, la Verdad es Cristo mismo. La liturgia de la Palabra debe ser una consagración en la verdad porque tiene una vis (fuerza), vis evangelii – destructora del demonio y purificadora como agua y fuego del Espíritu, y finalmente creadora porque “transforma en el ser de Dios”. ¿Seremos capaces de presentar así la primera parte de la Santa Misa?


“Y entonces, ¿cómo están las cosas en nuestra vida?” – pregunta el Papa a sí mismo, a todos nosotros y a sus colaboradores – e indaga con un examen de conciencia a doble filo que nos escruta. ¿Seguimos al mundo con sus modas y pensamientos o más bien a Él? De lo contrario, no nos debería asombrar la existencia de la “soberbia destructiva y la presunción, que disgregan toda comunidad y acaban en la violencia. ¿Sabemos aprender de Cristo la recta humildad, que corresponde a la verdad de nuestro ser, y esa obediencia que se somete a la verdad, a la voluntad de Dios?”.


Así, desde la Palabra de Dios se abre el acceso a la verdad de la que es necesario ser siempre nuevamente discípulos. Más aún, en Cristo que es la Verdad ocurre el “hazlos una sola cosa conmigo... Sujétalos a mí. Ponlos dentro de mí” – y he aquí el paso a la liturgia eucarística, al sacrificio. Ésta es la verdadera unidad, ecuménica y no; ésta es la comunión: unificarse a Él. “Sustancialmente se nos ha dado para siempre en el Sacramento”. En particular para el sacerdote – con mayor razón cuando celebra – “unirse a Cristo supone la renuncia. Comporta que no queremos imponer nuestro rumbo y nuestra voluntad; que no deseamos llegar a ser esto o lo otro, sino que nos abandonamos a Él, donde sea y del modo que Él quiera servirse de nosotros… En el «sí» de la Ordenación sacerdotal hemos hecho esta renuncia fundamental al deseo de ser autónomos, a la «autorrealización»”. ¡Sólo así la liturgia se convierte en servicio a Dios, más aún, en oración! Orar “es un sencillo presentarnos a nosotros mismos delante de Él”. Ser admitidos a Su presencia, es decir, a realizar el servicio sacerdotal.


Y aquí está el paso de la oración personal a la pública: “Pero para que eso no se convierta en una autocontemplación, - cuántas liturgia son así (Cfr. Meditación de la IX estación del Vía Crucis 2005)- es importante aprender continuamente a orar rezando con la Iglesia. Celebrar la Eucaristía quiere decir orar. Celebramos correctamente la Eucaristía cuando entramos con nuestro pensamiento y nuestro ser en las palabras que la Iglesia nos propone”: aquí está todo el juicio sobre la así llamada creatividad que es, en cambio, salir de las palabras de la liturgia para preferir nuestras palabras. En las palabras de la liturgia, “está presente la oración de todas las generaciones, que nos llevan consigo por el camino hacia el Señor”: la liturgia pertenece a la Tradición con T mayúscula.


“Y, como sacerdotes, en la celebración eucarística somos aquellos que, con su oración, abren paso a la plegaria de los fieles de hoy”. Y aquí está el toque ascético: “Si estamos unidos interiormente a las palabras de la oración, si nos dejamos guiar y transformar por ellas, también los fieles tienen al alcance esas palabras. Y, entonces, todos nos hacemos realmente «un cuerpo solo y una sola alma» con Cristo”. Y se realizará la unidad de los cristianos. Aquí la liturgia del Sacrificio se convierte en Comunión santa del Cuerpo y la Sangre.



No termina aquí: la inmersión en la verdad y santidad de Dios quiere decir “aceptar el carácter exigente de la verdad; contraponerse tanto en las cosas grandes como en las pequeñas a la mentira que hay en el mundo en tantas formas diferentes…, tampoco hemos de olvidar que, en Jesucristo, verdad y amor son una misma cosa. Estar inmersos en Él significa afondar en su bondad, en el amor verdadero”. Y volvemos a la característica que hace del culto cristiano un culto lógico: ser ofrenda racional de sí mismos: “Cristo pide para los discípulos la verdadera santificación, que transforma su ser, a ellos mismos; que no se quede en una forma ritual, sino que sea un verdadero convertirse en propiedad del mismo Dios. También podríamos decir: Cristo ha pedido para nosotros el Sacramento que nos toca en la profundidad de nuestro ser”. Esto debe convertirse en vida cada día. Por eso, “la Revelación se convierte en liturgia” (Joseph Ratzinger; “Jesús de Nazareth”).


En la liturgia, el Señor nos sumerge en sí mismo y nos convierte en “hombres de verdad, hombres de amor, hombres de Dios”.


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Esta es una contribución de Monseñor Nicola Bux a la columna litúrgica que el Padre Mauro Gagliardi escribe para la edición italiana de Zenit. Según el Padre Gagliardi, “las reflexiones de Don Bux ofrecen interesantes aportes para comprender la mens litúrgica de Benedicto XVI”.


Fuente: Papa Ratzinger Blog


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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lunes, 4 de mayo de 2009

Dar a Dios el puesto que le corresponde

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turibulo

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Entrevista de Fides et Forma a don Nicola Bux

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Don Bux, ¿cómo explica este éxito de la “reforma” del Papa Benedicto, como usted mismo ha definido autorizadamente? ¿Y por qué este término de “reforma”?


El Santo Padre, explicando en la carta a los obispos por qué ha considerado una “prioridad” el levantamiento de las excomuniones, escribe: “en nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios”. Un canto atribuido a san Paulino de Nola dice: Ubi charitas et amor Deus ibi est. ¿No deberíamos, por lo tanto, dilatar los espacios del amor para que Dios esté presente en el mundo? Éste es el sentido del gesto del Pontífice. Pero él añade que se debe abrir al acceso “no a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado”. Ahora bien, ¿no es éste el sentido verdadero de la Liturgia: hacer encontrar la presencia de Dios al hombre que busca la Verdad, su Misterio presente que precede siempre nuestra existencia en el mundo? El Concilio aprobó en primer lugar la Constitución litúrgica por esta razón: la Iglesia debe hablar de Dios al hombre, hacerlo encontrar. El hombre busca la Belleza, “Veritatis splendor”: la reforma, si no sirviera para esto, sería un inútil maquillaje para exhibirnos mejor a nosotros mismos. Pero la verdadera reforma busca dar a Dios el puesto que le corresponde antes que todo y en el centro de todo. En realidad, reforma significa re-forma (“retorno a la belleza”), sin tradicionalismos inútiles o ideas de restauración.

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¿Tradición e innovación son, por lo tanto, expresiones a olvidar?


Todo lo contrario. La mejor definición de la tradición la ha dado San Pablo: “Lo que yo recibí del Señor y a mi vez les he transmitido” (1 Cor 11, 23). El Apóstol se refiere a la fractio panis, la Eucaristía, que es el centro de la sagrada Liturgia. Por eso, la Liturgia se recibe de la Tradición, que es fuente de la Revelación junto a la Escritura. Ahora bien, traditio viene de tradere, un verbo de movimiento que, como tal, implica cambio y vida, transmisión de cosas antiguas y nuevas, porque el Verbo eterno hace nuevas todas las cosas (Ap. 21). Aquí la Tradición se convierte en innovación que no es una cosa diferente que viene del mundo, de fuera, sino desde dentro, por eso in-novación, por Aquel que es el Viviente. Monseñor Piero Marini ha afirmado recientemente, en una conferencia, que sobre la tradición hay mucha confusión. Le doy la razón, es más, me gustaría que un día pudiéramos dialogar sobre esto precisamente para contribuir a pacificar los espíritus, con verdad y amor. Nosotros, los sacerdotes, que servimos en el Cuerpo místico de Jesucristo, estamos llamados a dar el ejemplo principalmente practicando la reconciliación.

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En los últimos meses, la celebración de la Misa en la forma extraordinaria parece haberse extendido y no está más reservada a pocos apasionados sino que es promovida por personalidades de alto perfil. Solamente en las últimas semanas, hemos tenido los espléndidos ejemplos del Cardenal Cañizares Llovera y del Cardenal Zen que han querido remarcar la fuerza litúrgica del rito antiguo. Por lo tanto, ¿verdaderamente, como decía el entonces Cardenal Ratzinger, “en la relación con la Liturgia se decide el destino de la fe y de la Iglesia”?


La razón de ser del episcopado está en ser uno con la Cabeza del colegio, el Santo Padre. Un obispo que desobedece – como un sacerdote que lo hiciera con el obispo – es como un miembro desarticulado del cuerpo y causa escándalo a los fieles. Por eso, el Prefecto de Culto Divino – al cual va mi pensamiento y mi constante oración en estas horas en las que está internado en el Policlínico Gemelli – y otros eclesiásticos no hacen más que cumplir con su deber dando el ejemplo. Para edificar el Reino y la Iglesia, ¿es más importante la obediencia humilde o mi opinión, aún si ésta fuese teológicamente preparada? El hecho de que el Santo Padre no haya impuesto sino propuesto el restablecimiento de la Misa gregoriana – así me gusta llamarla con Martin Mosebach porque se remonta a Gregorio Magno – está teniendo y tendrá un efecto arrastrante aún más grande. ¿Por qué los obispos tienen miedo de volver atrás? ¿No quería la reforma litúrgica restaurar también lo antiguo? ¿Qué cosa más venerable que la Misa de san Gregorio? ¿No deberíamos imitar al escriba evangélico que saca del tesoro cosas antiguas y cosas nuevas? Hemos incentivado museos diocesanos donde admirar las bellezas que antes estaban en las iglesias y los conciertos para escuchar la música sagrada que antes se ejecutaba en los ritos. A los museos y a los conciertos sólo van los apasionados, mientras que a la Liturgia van todos. ¿Tiene sentido privar al pueblo de lo que le pertenece, favoreciendo casi una Iglesia de élite? Más bien, obispos y clero miremos el gran movimiento de jóvenes que se ha creado en torno a la Misa gregoriana; en continuo crecimiento – basta ver en internet – están los jóvenes y no nostálgicos. Pretender no verlo es algo grave para quien debe episcopein, observar alrededor, monitorear. ¿Lo rechazaremos sólo porque no ha nacido de mí o no corresponde a mi sensibilidad? Quien me conoce, sabe que como joven laico y luego como clérigo, he estado, en la diócesis, entre los promotores de la reforma litúrgica: ésta continúa actualmente uniendo lo antiguo y lo nuevo, conectándose mejor al dogma: es conocida la relación de dependencia entre liturgia y regla de fe. No por casualidad un aspecto casi siempre descuidado en la polémica es el referido a las Misas privadas. El Motu Proprio, de hecho, contempla el uso del misal del Beato Juan XXIII también para las Misas “sin pueblo”, es decir, aquellas en las que los sacerdotes celebran privadamente. Esto demuestra que el uso del misal antiguo no está sólo relacionado con un discutible amor por los formalismos y el aspecto exterior de la celebración sino que restablece la comunión de cada sacerdote con todos los cristianos en espacio y tiempo, poniéndolo en comunicación con el pasado, con los santos y con los mártires. De aquí, por ejemplo, la decisión del cardenal Zen de celebrar la última Misa como Arzobispo de Hong Kong, según la forma extraordinaria. Es una exigencia profundamente espiritual. Por otra parte, la universalidad de la lengua latina debería servir de estímulo en un mundo globalizado a fin de que la Iglesia, al menos en el rito, se exprese con una sola lengua.

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Todavía son muchos, sin embargo, quienes leen en esta promoción del rito antiguo una suerte de traición al espíritu del Concilio. ¿Cree que el diálogo es un camino transitable para sanar las fracturas y las desconfianzas recíprocas?


Dado que el espíritu del Concilio no puede ser diverso del Espíritu Santo – si lo fuera, sería espíritu de error y no de verdad, como escribe la primera carta de Juan – no se puede pensar en ninguna fractura y discontinuidad entre la Misa celebrada en aquella asamblea y en la que luego fue reformada por Pablo VI. Por lo tanto, ninguna traición sino todo tradición. Aunque, si lo estudiamos, no todo lo que Pablo VI había prescrito fue aplicado y, por tanto, espera serlo para llevar a cumplimiento la reforma litúrgica. Por ejemplo, él había establecido que los misales nacionales llevaran siempre el texto latino para impedir las traducciones libres que han producido y aún producen no poco desconcierto.


A quien se preocupa y ve en esta reforma un intento de erosión del Concilio, sería necesario recordarle el monumental discurso del Papa a la Curia Romana de diciembre de 2005 que ha superado firmemente esta contraposición introduciendo la hermenéutica de la continuidad. De todos modos, siempre es bueno recordar que en la Iglesia hay libertad de crítica si se hace con verdad y amor con tal que no se quiera censurar o demonizar a quien no piensa como yo. Por este motivo, el Papa ha mostrado un vez más su clarividencia para demostrar que “nadie está de más en la Iglesia”. Yo deseo siempre una discusión serena y un profundo y respetuoso debate. “Pax et concordia sit convivio nostro”, dice san Agustín.

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Usted ha afirmado: “El uso de la lengua hablada no es necesariamente sinónimo de comprensión. Además de la inteligencia y el corazón, para entrar en ella se necesita también imaginación, memoria y los cinco sentidos todos”. ¿Cree que el redescubrimiento del rito antiguo puede ayudar a vivir con mayor participación también la Misa celebrada en la forma ordinaria?


Para entendernos, la sagrada Liturgia es el atractivo de la Belleza que, a su vez, es el camino razonable de la Verdad. La Belleza es el esplendor de la Verdad. Como ya he dicho en otro sitio, probemos con un silogismo: así como la sagrada y divina Liturgia – que incluye al arte y la música sagrada - es Belleza, así también, sin Verdad no hay Liturgia, culto a Dios. Es precisamente Jesús quien lo recuerda en el Evangelio de san Juan: “los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad”. Pero para encontrar la Verdad, es necesario conocer a las creaturas. Esto solo cambia mi vida y la suya. Lo he constatado nuevamente en tanta gente que ha participado conmigo en las celebraciones pascuales. El rito, sea el antiguo o el nuevo, debe mirar en la única dirección posible, debe estar dirigido al Señor, interior y exteriormente. Si actualmente los sacerdotes concelebrantes se orientan en dirección al ambón para escuchar el Evangelio, ¿por qué no podrían hacerlo hacia el altar y la cruz para ofrecer la Eucaristía? Hacer esto ayuda a convertirnos. Siguiendo la sagrada Liturgia, en un cierto punto los ritos y los símbolos desaparecerán, revelando el significado; el Misterio penetrará entonces en todas las direcciones: será el cielo sobre la tierra, la representación del Paraíso.

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Fuente: Fides et Forma

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo


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sábado, 2 de mayo de 2009

A ver si queda claro

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organ

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La principal objeción a la música sacra

Por Jeffrey Tucker


Los argumentos en favor de la música sacra en la liturgia católica siempre me han dado la impresión de ser irresistiblemente obvios desde un plano estético y teológico. Después de todo, se trata de la liturgia, de la obra de comunicación entre la eternidad y el tiempo, que permite enclaves de santidad y de perfecta belleza en este valle de lágrimas. Por supuesto que la música debe ser diferente. Debe tener ciertos rasgos propios. Debe ajustarse al ritual; servirse de las tradiciones que nos llevan fuera de nuestro propio tiempo, y nos tienden un puente hacia la anchura de la experiencia humana y la entera historia de nuestra fe. Sobre todo, debe tener una belleza que se esfuerce por hacer audible la belleza de las cosas eternas.


Pero lo que es obvio para mí, no es obvio para el aplastante número de editoriales y expertos que escriben sobre música católica. Trato de seguir sus argumentos lo mejor que puedo, siquiera, al menos, para revisar mis premisas, y me esfuerzo por ver sus puntos de vista. Me intriga saber qué tan fuerte es realmente una opinión contraria, o si es vulnerable en sus fundamentos. Esto es importante porque un argumento en contra de la música sacra que sea vulnerable no soportará la prueba del tiempo. Podemos saber algo probable de nuestro futuro si podemos evaluar los méritos de los argumentos de ambos lados.


Entonces: ¿cuál es el principal argumento que se esgrime contra la aplicación consistente del ideal de la música sacra en nuestras parroquias? Éste ha cambiado con el tiempo. Solía versar sobre la necesidad de salir al encuentro de los jóvenes, que supuestamente estaban atascados del otro lado de una brecha generacional. Se suponía que usásemos una música que llegase a este grupo de gente en un modo especial, porque estamos en la era de acuario, y todo eso. Eventualmente, este argumento decayó por motivos divertidos pero inevitables: los jóvenes se hicieron viejos, aunque sus gustos musicales nunca maduraron realmente. Hoy es el joven quien, con más probabilidad, mira con ojos desorbitados al material de los ’70 en la Misa.


Hay otros argumentos que uno escucha, acerca de las intenciones del Vaticano II, pero tampoco se sostienen. Tanto los documentos como la investigación histórica detallada que está surgiendo ahora sobre este período, apuntan a una creciente comprensión de que la implementación del Concilio se apartó en modo alarmante de las intenciones de los Padres Conciliares.


Lo que es más probable que oigamos hoy es el argumento en favor de la diversidad de estilos. Es algo así: Necesitamos una amplia variedad de música en la Misa, porque hay una amplia variedad de personalidades y de grupos en el mundo. Las personas tienen distintas formas de dar culto a Dios. No existe un tipo de sonido característico del Cielo, por lo que no existe un sonido característico del Pueblo de Dios en la tierra. Existen muchos modos de ser “elevado”, y no hay manera de decir con certeza qué tipo de música conseguirá ese fin. Podría ser el canto gregoriano. Para muchos lo es. Pero para otros es el rock o el calypso, el fuerte repiqueteo de tambores o el ritmo electrónico, o quizá la composición serial, los himnos tradicionales, la música popular o la música country. Las opciones son tan amplias como la banda de radio. Y si negamos esto, estamos cuestionando la inmensidad del Amor de Dios. Podemos descubrir a Cristo en muchas formas, a través de muchos caminos.


Es un párrafo largo, pero ni de cerca tan largo como podría haberlo sido si hubiera seguido multiplicando obviedades tanto como me fuera posible. Seguro que pueden agregar aquí las suyas propias. Y es que la diversidad, enraizada en el relativismo, es la fe de nuestros tiempos, y no es difícil contagiarse de su espíritu. Es parte integral de una mentalidad cultural consumista, que dice que todos tenemos derecho a conseguir lo que queremos sin importar lo que esto sea, y que a nadie le está permitido interponerse en nuestro camino, sin importar el contexto. Se cree que los mejores fabricantes son aquellos que arrojan sus principios al viento y satisfacen todas nuestras necesidades. Efectivamente, no sorprende que los que más probablemente dicen estas cosas con respecto a la liturgia son las compañías editoriales, que quieren llenar cada hueco posible del mercado.


Suena tan razonable, tan inclusivo, tan tolerante, tan abierto de mente. ¿A quién no le va a gustar? Bueno: primero debemos observar que uno puede rastrear los escritos de todos los Papas desde el comienzo de la vida de la Iglesia hasta el día de hoy, y no encontrar una sola declaración diciendo que una amplia diversidad de música debe estar disponible en la liturgia, según las preferencias de la gente.
Ese solo hecho debiera hacer sonar alguna alarma. Si la diversidad y la preferencia personal fueran realmente los principios centrales de la vida litúrgica católica, podríamos esperar una extensa elaboración de este tema emanando de la Sede de San Pedro. Pero lo que encontramos es lo opuesto. Desde los primeros siglos, la meta de todos los escritos sobre música sacra se centra en decir qué constituye una música apropiada para la vida litúrgica de la fe.


Esta preocupación empieza bien temprano en la historia de la fe. Hubiera sido enteramente posible que los primeros cristianos tomaran la música de la cultura pagana en su elección de la música para la Misa. Podrían haber usado ritmos de baile, poesía métrica, o rimas. Pero no lo hicieron. En su lugar, la primer música que sirvió para la liturgia fueron los Salmos. Los Salmos son prosa. Eran tradicionales, en el sentido de que estaban enraizados en una larga historia. Los instrumentos no tenían ningún rol en el culto. No hay duda de cuál es la idea que estaba detrás de esto. Ellos veían que la música litúrgica tenía características especiales que eran apropiadas para los eventos sagrados. La otra música era excluida.


Esta idea fue articulada en el año 95 por el Papa San Clemente, quien prohibió la música profana en la Iglesia. Y así se enseñó durante 1900 años. A comienzos del siglo XX, el Papa San Pío X confrontó directamente la cuestión de lo que llamamos “música moderna”: se permite en la Iglesia músicas nuevas, siempre y cuando “no contengan cosa ninguna profana ni ofrezcan reminiscencias de motivos teatrales, y no estén compuestas tampoco en su forma externa imitando la factura de las composiciones profanas” (Motu proprio Tra le Sollecitudini).


Juan Pablo II escribió que “no todas las formas musicales pueden considerarse aptas para las celebraciones litúrgicas”, y habló de la necesidad de “purificar el culto de impropiedades de estilo, de formas de expresión descuidadas, de músicas y textos desaliñados, y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra” (Quirógrafo del Sumo Pontífice Juan Pablo II sobre la Música Sagrada).
Alguien puede decir que no es suficiente el citar a los Papas. Quizá ellos no comprenden el espíritu y las necesidades de nuestros tiempos. Tal vez debiéramos observar, junto con el documento “La Música en el Culto Católico” (USCCB, 1982) que “buena música de nuevos estilos está hallando hoy un feliz lugar en las celebraciones”. Y tal vez debiéramos saber que no se puede juzgar el valor de la música solamente por su estilo. Que debe juzgarse su valor dentro de cada estilo, pero que no hay modo de juzgar un estilo en cuanto tal.


Ahora bien, eso suena como una regla razonable hasta que uno considera que no sirve para descartar nada. Si es correcta, entonces el punk rock y el rockabilly pueden ser tan apropiados como el canto gregoriano. Pero esta es la realidad: el documento que promueve esta teoría particular fue escrito por un comité, nunca fue votado por el cuerpo de los Obispos norteamericanos y, más importante aún, ha sido sabiamente reemplazado y declarado nulo y sin efecto. El nuevo documento “Cantar al Señor” no contiene nada de este lenguaje abierto, e intenta cuidadosamente tomar las riendas del asunto: la música debe satisfacer “las demandas rituales y espirituales de la liturgia. Al discernir la cualidad sacra de la música litúrgica, los músicos litúrgicos encontrarán la guía en el tesoro de música sacra de la Iglesia, música que es de un valor inestimable, y a la que las pasadas generaciones han hallado como apropiada para el culto”.


¡Se agradece la claridad!


Lo que intento aquí no es decir precisamente qué es lo que debiera y lo que no debiera oírse en la liturgia, sino subrayar algo que a menudo se niega: hay una larga tradición de pensamiento en el mundo católico que dice claramente que sí existe una música apropiada para la Misa; que no se trata de lo que queramos o no queramos, que el estilo sí importa, y que la sola diversidad no es un principio decisivo para seleccionar lo que es correcto y lo que no lo es para la música de la Misa.


El slogan de la diversidad es bueno para poner productos en el mercado dentro de un variado catálogo, pero es una idea demasiado débil como para anular las palabras claras del Concilio Vaticano II. Aclaro: no hay nada de malo en escuchar en el propio tiempo o en alguna ocasión social cualquier estilo de música con palabras religiosas, y con fines religiosos. Nuestros deseos musicales pueden verse satisfechos de esta forma, y en el ámbito no-litúrgico, puede haber muchos estilos que, de hecho, nos “eleven”.


Pocas piezas musicales me emocionan como la 5º sinfonía de Mahler. Hay un sentido en el que todas las cosas bellas, finalmente apuntan hacia Dios, y esta sinfonía lo hace para mí. Pero la liturgia no es ni el tiempo ni el espacio para una sinfonía de Mahler.


Más aún: debe hacerse una distinción entre la música religiosa en general y la música litúrgica en particular. La música de la liturgia no es algo completamente distinto del texto litúrgico: está para instruirnos, enseñarnos, guiarnos, ayudarnos a madurar en la fe, y para asistirnos en la salvación de nuestras almas. No cualquier texto hará esto. Tampoco lo hará cualquier música.

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Fuente: New Liturgical Movement

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo


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viernes, 1 de mayo de 2009

Sanctus


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Glorioso San José: ruega por nosotros

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san jose murillo

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Si una paloma llevase en su pico un dátil y le dejase caer en un jardín, la palma que produjese pertenecería al dueño del jardín. Siendo, pues, esto así ¿quién podrá dudar de que habiendo el Espíritu Santo dejado caer este divino dátil, como divina paloma, dentro del jardín firme y cerrado de la Santísima Virgen, jardín sellado y rodeado por todas partes del seto del voto de virginidad y castidad inmaculado, el cual pertenecía a San José, como la mujer o esposa al esposo; quién dudaría, digo yo, o quién podrá decir, que esta divina palma que lleva el fruto que sustenta para la inmortalidad, no pertenecía por lo tanto bajo este respecto, a este grande José, el cual por esto no se ensoberbecía, antes siempre se hacía más humilde?


¡Oh Dios! Cómo daba bien a entender ésta la reverencia y respeto con que trataba tanto a la Madre como al Hijo, que aunque quiso dejar a la Madre no sabiendo aún del todo la grandeza de su dignidad, ¿en qué admiración y profundo aniquilamiento vivió después cuando se vio tan honrado, que Nuestro Señor y Nuestra Señora se rendían obedientes a su voluntad y no hacían cosa fuera de su precepto?


No hay duda alguna que San José fue más valiente que David y tuvo más sabiduría que Salomón. No obstante, viéndole reducido al ejercicio de carpintero, ¿quién hubiera juzgado esto, si no fuera alumbrado por la luz celestial? tan encubiertos tenía los dones singulares de que Dios le había hecho merced. Pero ¿qué sabiduría no tuvo, pues Dios le dio el cargo de su Hijo gloriosísimo, y le escogió para que le gobernase? Si los príncipes de la tierra ponen tanto cuidado, como cosa importantísima, en dar un ayo de los más capaces a sus hijos, ya que Dios podía hacer que el ayo de su Hijo fuese el hombre más cabal del mundo en toda clase de perfecciones, según la dignidad y excelencia de la persona gobernada que era su Hijo gloriosísimo, Príncipe universal de cielo y tierra, ¿cómo podía ser, que habiendo podido, no lo hubiese querido y no lo hubiera hecho?


No hay, pues, duda alguna de que San José no fuese dotado de todas las gracias y de todos los dones que merecía el cargo que el Padre eterno le quería dar […] Con esto, pues, entenderéis cuán relevante fue la dignidad de San José y cuán adornado estuvo de toda suerte de virtudes […]


¡Oh cuán dichosos seremos si podemos merecer tener parte en sus santas intercesiones! Porque nada que pidiere le será negado, ni por Nuestra Señora, ni por su Hijo glorioso; nos alcanzará, si tenemos confianza en él, un aumento santo en todas las virtudes, pero especialmente en aquellas que tuvo en más alto grado que los otros Santos, que son la santísima pureza de cuerpo y de espíritu, la amabilísima virtud de la humildad, la constancia, valentía y perseverancia, virtudes que nos sacarán victoriosos, en esta vida, de nuestros enemigos, y que nos harán merecer la gracia de ir a gozar, en la vida eterna, de las recompensas que están prevenidas a aquellos que imitaren el ejemplo que él les dio, estando en esta vida. Recompensa que no será menos que la felicidad eterna, en la que gozaremos de la clara visión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Dios sea bendito.


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Fuente:

San Francisco de Sales

“Las virtudes de San José” (passim)

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jueves, 30 de abril de 2009

Decisión tomada: Ranjith a Sri Lanka

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ARzobispo Ranjith

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Ya está decidido y la publicación del nombramiento podría ser hecha pública ya el sábado próximo: monseñor Albert Malcolm Ranjith Patabendige Don, actual secretario de la Congregación para el Culto Divino, deja por segunda vez la Curia romana para volver a Sri Lanka. Será nombrado arzobispo de Colombo y no se excluye, para él, la birreta cardenalicia en un próximo consistorio.


Obispo auxiliar de Colombo en 1991, en noviembre de 1995 se le asignó la diócesis de Ratnapura. Seis años después, en octubre de 2001, el Papa Wojtyla lo nombró secretario adjunto de la Congregación de Propaganda Fide, guiada por el cardenal Crescenzio Sepe. Los dos no estuvieron muy de acuerdo y así, de sorpresa, en abril de 2004, Ranjith – que no pertenecía al servicio diplomático de la Santa Sede – fue nombrado nuncio apostólico en Indonesia y Timor Oriental. El prelado, bien conocido por el entonces cardenal Ratzinger, consideró el alejamiento como un injusto castigo. Por eso, nadie se sorprendió de que Benedicto XVI, pocos meses después de la elección, en diciembre de 2005, lo volviese a llamar a Roma como secretario de Culto Divino.


Todos pensaban que, al momento de la renuncia del entonces Prefecto, el cardenal nigeriano Francis Arinze, le habría tocado tomar el puesto a su segundo. Considerado por sus adversarios demasiado cercano a los tradicionalistas y a los lefebvristas, también a causa de alguna entrevista con tonos poco medidos, Ranjith ha visto irse la posibilidad de la sucesión de Arinze (aún si el nombre del actual Prefecto, el purpurado español Antonio Cañizares Llovera, estaba entre aquellos sugeridos por él), y ahora es alejado por segunda vez de la Curia romana. Su presencia en la primera línea de la frontera asiática será importante porque allí se juega un desafío decisivo para la Iglesia. Pero es difícil no considerar el nombramiento un promoveatur ut amoveatur.


Se confirma, de este modo, que la liturgia es un ámbito delicadísimo, escenario de “batallas” entre diversos enfoques. Y es significativo que el Papa Ratzinger haya decidido confiar el diálogo con los lefebvristas no a la Congregación para el Culto sino a la de Doctrina de la Fe. Desde el final de la semana pasada, el Cardenal Cañizares está internado en el Policlínico Gemelli por una tromboflebitis (el diario español ABC ha dado la noticia). El stress de las últimas semanas, ligado a la designación del sucesor de Ranjith, ha agravado las consecuencias. El purpurado, que se está recuperando bien, deberá permanecer en el hospital por dos semanas más y, por lo tanto - si bien el nombramiento de Ranjith a Colombo se hará público el sábado -, difícilmente será anunciado al mismo tiempo su sucesor, sobre cuyo nombre se juega una difícil partida en los sagrados palacios. Será, con toda probabilidad, un obispo anglófono. Se trata de un nombramiento delicadísimo y bien ponderado: el nuevo secretario tendrá, de hecho, un papel clave para poder contribuir a pacificar finalmente el “campo de batalla” litúrgico, realizando a pequeños pasos, con moderación pero también con determinación, aquella “reforma de la reforma” litúrgica tan deseada por Benedicto XVI: sin inútiles nostalgias por el pasado ni estériles formalismos, mirando al futuro en el surco trazado por el Concilio Vaticano II y corrigiendo con paciencia, al mismo tiempo, las deformaciones y abusos litúrgicos. En los últimos años, los secretarios de Culto se han alternado con una frecuencia que no tiene precedentes en los otros dicasterios curiales. Muchos desean que, esta vez, la elección sea bien ponderada y el elegido tenga frente a sí un tiempo suficiente para ambientarse y colaborar eficazmente con el Prefecto Cañizares y con el Papa.

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Texto original: Sacri Palazzi


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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martes, 28 de abril de 2009

Relevante visita papal a Tierra Santa

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santo-sepulcro

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José Luis Restan analiza algunos aspectos del próximo viaje apostólico del Papa Benedicto XVI.

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A menos de dos semanas del histórico viaje de Benedicto XVI a Tierra santa, es bueno observar los desafíos y las dificultades que plantea esta larga visita, profundamente querida por el Papa.


Desafíos y dificultades que el Patriarca latino de Jerusalén, Fouad Twal, explica en una entrevista publicada en el sitio de la Custodia de Tierra Santa.


Monseñor Twal es árabe y pertenece a una familia que es cristiana desde hace siglos. Si bien proviene del cuerpo diplomático, es conocido por la franqueza de sus declaraciones y por la profunda experiencia que ha acumulado con las vicisitudes de las pequeñas comunidades cristianas en territorios islámicos.


En su primera respuesta, el Patriarca no esconde la inquietud que ha surgido en los líderes cristianos de Tierra Santa al confirmarse la fecha de esta visita.


A diferencia de lo sucedido en el 2000 con la visita de Juan Pablo II, ahora no se nutren esperanzas sobre la inminencia de la paz (cosa que se reveló ilusoria poco después de aquella visita), también porque aún están abiertas las heridas de la reciente guerra en Gaza. Además, el ascenso de Netanyahu al gobierno de Israel parece cerrar el ciclo inaugurado por los acuerdos de Oslo. Ahora no hay un camino para la negociación y cada paso del Papa debe ser calibrado al milímetro por sus delicadas repercusiones políticas.


Pero hay otro aspecto que preocupa a los líderes cristianos. Los últimos meses han sido tormentosos en lo referente a las relaciones entre la Iglesia y el mundo judío. Cuestiones como la valorización del pontificado de Pío XII, las oraciones del Misal de Pablo VI o el reciente huracán provocado por las declaraciones negacionistas del obispo lefebvrista Williamson, han agitado el clima de las relaciones judeo-cristianas, que para Benedicto XVI son un capítulo fundamental de su pontificado.


El temor evidente es que la Santa Sede, movida por su mismo deseo de desarmar a los malintencionados, se deje atrapar en una telaraña y el viaje sea visto más allá de lo debido como orientado a los intereses de Israel.


Twal admite la existencia de esta dificultad si bien agrega que, una vez conocido el programa del viaje (los momentos dedicados a Jordania, a los territorios palestinos y a Israel), no se puede más que reconocer que este viaje será una bendición para todos. Es evidente que, en estas semanas, el Papa ha tomado nota de la inquietud de aquellos que son los principales destinatarios de su visita (los cristianos de Tierra Santa) y ha dialogado intensamente con los pastores de esas Iglesias.


Con la misma franqueza con que reconoce los temores, Twal se esfuerza a fondo por desmontarlos. El Papa ya había sido invitado y había mostrado desde el principio su deseo de visitar la tierra de Jesús. Esperar un momento mejor para programar la visita sería una solución falsa porque la región no tiene perspectivas claras de paz; esperar a que se resuelva la situación palestina, significaría postergar el viaje sine die.


Precisamente porque los tiempos son difíciles, concluye el Patriarca, “espero que el Santo Padre venga para ayudarnos a superar las dificultades, a mirar con mayor perspectiva; nos animará a permanecer fieles a nuestra misión, a nuestra fe y a nuestro sentido de pertenencia a esta tierra”. En efecto, poco tiempo atrás, el Custodio de Tierra Santa, padre Pizzaballa, explicaba que los cristianos de la región tienen necesidad del contacto con la presencia de la Iglesia universal para no quedar encerrados en el estrecho horizonte de los duros problemas cotidianos. El carisma del sucesor de Pedro, encarnado en la genialidad propia de Benedicto XVI, será sin duda una preciosa ayuda en esta dirección.


No es difícil comprender las inquietudes y las angustias de nuestros hermanos en aquella tierra, que se encuentran en un brete entre un ambiente islámico cada vez más radicalizado y sofocante y un Israel cerrado en sí mismo que no se libera de los viejos clichés sobre los cristianos. Sin embargo, es razonable conceder, como ha dicho el Patriarca Twal, amplio crédito a la sabiduría y a la libertad del Papa. Sin duda, Benedicto XVI quiere remarcar el vínculo indisoluble entre la fe cristiana y sus raíces judías, y sabrá hacerlo con palabras libres, llenas de amistad pero de ninguna manera políticamente correctas.


Como también ha reconocido Twal, “cuanto más amigables sean las relaciones de la Santa Sede con Israel, mejor podrá intervenir en favor de todos los habitantes de Tierra Santa: judíos, musulmanes y cristianos”.


Por otra parte, no faltará la cercanía del Papa a los sufrimientos de las poblaciones palestinas ni la defensa de sus justas aspiraciones, aspectos que han sido constantes en la acción internacional de la Santa Sede.


Pero sobre todo, en el corazón del Papa está vivo el sufrimiento y la debilidad de las comunidades cristianas, amenazadas por la sensación del aislamiento, de la posibilidad de la emigración masiva o de recluirse en los propios problemas cotidianos. Son la carne de una historia que nos vincula directamente a aquel Jesús de quien Benedicto XVI sabe explicar como ningún otro su divina-humanidad. Ellos tienen la gran misión de mostrar la novedad que introduce en la historia la misericordia y el perdón aprendidos de Jesús, muerto y resucitado. Una novedad que es semilla de paz y comprensión en una tierra atormentada por el rencor recíproco. En definitiva, no es extraño que este viaje cree preocupaciones entre los colaboradores del Papa, pero él no podía faltar a esta cita.


Demasiados hijos se unen en aquella bendita y martirizada región. Verlo allí y escucharlo explicar el Evangelio en la tierra sobre la que ha caminado el Señor, será un bien para toda la humanidad.


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Fuente: Papa Ratzinger Blog

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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domingo, 26 de abril de 2009

Nuevos testimonios de santidad

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canonizaciones

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Desde hoy, la Iglesia cuenta con cinco nuevos santos canonizados por el Papa Benedicto XVI. Se trata de Arcángel Tadini, Bernardo Tolomei, Nuño de Santa María, Gertrudis Comensoli y Catalina Volpicelli. Sobre los nuevos santos y sobre los otros asuntos de actualidad del dicasterio competente, habla en esta entrevista Monseñor Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.

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¿Cuál es la característica de estos cinco nuevos santos?


Una característica común a los cuatro santos italianos es la de ser fundadores, es decir, han dado vida a congregaciones religiosas. Se trata de dos hombres y dos mujeres pertenecientes a diversas clases sociales y con caminos de vida originales. En cuanto fundadores, su santidad es también un incentivo para la santificación de sus hijos e hijas espirituales.


Comencemos con el más antiguo en orden cronológico, Bernardo Tolomei, fundador de la Congregación benedictina de Santa María del Monte Oliveto. Su característica peculiar es la conversión a la oración. Era un laico noble, que vivió entre los siglos XIII y XV, que se retiró a la soledad. A pesar de la elección de una vida ascética y solitaria, no fue indiferente a las necesidades de los hermanos. De hecho, se comprometió en la asistencia a los enfermos, tal es así que murió precisamente ayudando a las víctimas de la peste de Siena en 1348.


El segundo es un héroe, un noble soldado, Nuño de Santa María, el único portugués del grupo de los cinco. Abandonó la vida militar y se dedicó a la oración y a la penitencia entre los carmelitas. Su característica es haber vivido la primera parte de la vida de modo aventurero mientras que la segunda la pasó en contemplación y en oración.


Arcángel Tadini, en cambio, era un sacerdote diocesano, fundador de la Congregación de las Hermanas operarias de la Santa Casa de Nazareth. El nombre elegido indica ya el carisma particular de esta Congregación.


Sigue en orden de nacimiento Gertrudis Comensoli, fundadora de las Hermanas del Santísimo Sacramento, llamadas sacramentinas: también aquí está la síntesis de su carisma.


Finalmente, tenemos a Catalina Volpicelli, fundadora de las Esclavas del Sagrado Corazón. Es famosa en Nápoles y en otros lugares por sus instituciones educativas. También ella, mujer noble, tuvo una progresiva conversión. Su espiritualidad estaba basada, principalmente, en la reparación de las ofensas al Sagrado Corazón de Jesús y fundó una congregación que, partiendo del amor a Dios, se abriese al apostolado con los necesitados de todo tipo.

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¿Qué aspecto de los nuevos santos es más actual para la Iglesia y la sociedad?


Todos, porque la santidad es siempre actual. El capítulo V de la Lumen gentium subraya la vocación universal a la santidad de todos los bautizados. Por lo tanto, todo santo es siempre actual. ¿Por qué? Por dos características: por la sequela Christi en la heroicidad de las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, y por el apostolado que viene en consecuencia. La heroicidad de la fe, de la esperanza y de la caridad, modelos que nunca caen.

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¿Por qué recién ahora son canonizadas figuras que han vivido entre los siglos XIII y XV?


Los retrasos se deben esencialmente a complicaciones históricas. En aquel tiempo, había continuos conflictos locales, regionales, nacionales, que hacían difícil mantener una continuidad en las prácticas procesales. Tomemos al más antiguo de los canonizados, Tolomei. A tres meses de la muerte, un acto jurídico público ya lo llama beato. Por lo tanto, su culto se difundió rápidamente después de su muerte. Las vicisitudes históricas que afectaron a las Órdenes religiosas y, por tanto, también a los olivetanos desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta el XIX, no permitieron llevar a término el proceso de canonización. Se debió esperar la restauración de la Congregación benedictina olivetana en la segunda mitad del siglo XIX para poder recomenzar la causa.


Lo mismo puede decirse de Nuño Alvarez Pereira: inmediatamente después de su muerte, el rey de Portugal don Duarte y su hermano don Pedro promovieron su canonización. De un documento de 1437, resulta que Eugenio IV dio su permiso al inicio del proceso que, por causas desconocidas, no llegó a concluirse. Pero desde la primera mitad del siglo XVI, su culto ya estaba difundido. Sólo en 1894, por iniciativa del entonces postulador de los carmelitas, la curia diocesana de Lisboa se encargó de dar inicio al proceso para el reconocimiento del culto ab immemorabili, concedido en 1918 por Benedicto XV.


Debemos recordar también que, en aquel tiempo, no estaban las instrucciones procesales que tenemos ahora. En 1558, Sixto V instituyó la Congregación de Ritos que tenía competencia en la beatificación y canonización con procedimientos particulares confirmados por Benedicto XIV y luego precisados varias veces en el curso del pasado siglo. Basta recordar las de Juan Pablo II en 1983 y las de dos años atrás, con la publicación de la instrucción Sanctorum mater, en la que se precisa el procedimiento para la investigación diocesana, que debe seguir unos pasos particulares y minuciosos para luego ser transferida a Roma.

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¿Esto significa que los procedimientos de aquel tiempo eran menos rigurosos?


No debemos olvidar que la documentación antigua es muy exhaustiva porque antes no había la cantidad de causas que hay ahora, y existen milagros bien documentados. Por otra parte, debemos atenernos a la documentación y a la ciencia de aquel tiempo, no podemos ver con los ojos y la mentalidad de ahora. Para confirmar qué puntuales y precisos eran los procedimientos de la época, basta recordar cómo fue reconocido el famoso milagro de Calanda, ocurrido por intercesión de la Virgen del Pilar de Zaragoza. Calanda es un pueblo que está cerca de 100 kilómetros al sur de Zaragoza. Allí vivía un joven que, mientras trabajaba, se había cortado una pierna bajo un carro. No pudiendo trabajar más, se había reducido a mendigo con el permiso oficial de la catedral de Zaragoza. Por años fue mendigo hasta que, un día, regresó a Calanda y se quedó dormido. A la mañana siguiente, su madre lo despertó y con asombro vio que la pierna cortada estaba íntegra. Inmediatamente se llamó al obispo, que convocó al notario para que tomara nota de todos los testimonios. La documentación relativa al milagro fue, por lo tanto, muy exhaustiva porque entonces estaba la amenaza de la Inquisición.

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¿Por qué, algunas veces, la Congregación para la Doctrina de la Fe ha bloqueado algunas causas de canonización y luego, a distancia de años, ha quitado ese vínculo?


La Congregación para la Doctrina de la Fe tiene como tarea verificar que en un candidato a la canonización no haya, por ejemplo, falso misticismo. En el caso de que sea constatado, la causa es bloqueda. A veces, a distancia de años, hay suplementos de investigación que permiten aclarar y superar los impedimentos que habían llevado a un determinado bloqueo. Mientras era secretario del dicasterio, se liberaron algunos casos. Si hay obstare de la Congregación para la Doctrina de la Fe, no se puede seguir adelante.

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En esta jornada de canonizaciones faltan figuras cercanas a nosotros en el tiempo, ¿por qué?


No lo hacemos por programaciones. Depende de las situaciones que han permitido a estas causas madurar. Le anticipo que, en octubre, tendremos en Milán la beatificación de don Gnocchi, un contemporáneo nuestro. Quisiera hacer notar además un factor que durante siglos ha retardado la beatificación de los candidatos. Antes, había cincuenta años de espera desde la muerte de la persona en olor de santidad para poder dar comienzo a la causa; ahora han sido reducidos a cinco. Hay muchas causas de contemporáneos que esperan la conclusión pero precisamente porque son de contemporáneos debemos actuar con una exactitud procesal mayor porque no podemos exasperar las situaciones. El Papa puede conceder la dispensa a la espera de los cinco años desde la muerte del candidato para dar comienzo al proceso, como ha hecho Benedicto XVI con la de Juan Pablo II. De hecho, ha puesto su procedimiento en un carril preferencial, libre. En este carril, sin embargo, es necesario seguir las diversas etapas del procedimiento. De todos modos, creo que se llegará a una conclusión con bastante rapidez. Están en estudio también presuntos milagros atribuidos al siervo de Dios, pero primero es necesario concluir el procedimiento para la declaración de la heroicidad de las virtudes.

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¿Cuánto incide el problema económico?


El problema no es a nivel económico porque si hay dificultades en ese sentido, nosotros nos ocupamos. El problema es que hay necesidad de recoger la documentación y sin la intervención de la diócesis y de la parroquia, es muy difícil. La comunidad eclesial debería hacerse cargo, de todos modos, de llevar adelante el procedimiento, también de los candidatos laicos. No creo que sea cuestión de falta de fondos. El problema es que muchas veces, mientras que para un fundador están los hijos espirituales que se interesan de llevar adelante la causa de canonización, para los laicos frecuentemente falta esta solicitud.

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¿Las nuevas instrucciones de la Sanctorum mater pueden facilitar una mayor atención a la santidad laical?


De por sí, la nueva instrucción Sanctorum mater trata del procedimiento de la investigación diocesana. Obviamente, la atención al laicado, el discernimiento y la valoración de la santidad laical corresponden principalmente a los obispos y a los párrocos.

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¿Cuánto influye la fama de santidad?


Mucho. La fama de santidad es importante. Hay figuras ejemplares que son notadas enseguida por el pueblo, por los fieles, por los párrocos. También los obispos proponen figuras muy bellas. Con frecuencia, hay causas que no siguen adelante porque falta el milagro. Por eso, quisiera invitar a orar y a invocar a los candidatos muertos en olor de santidad para que intercedan a nuestro favor. Esta petición nuestra es muy importante.

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Fuente: L’Osservatore Romano


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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viernes, 24 de abril de 2009

El 13 de mayo, en el Valle de Josafat...

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Valle de Josafat

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Una Misa al aire libre bajo los muros de Jerusalén. En aquel trecho del valle del Cedrón que – según la tradición – es el valle de Josafat (foto), es decir, el lugar donde al final de los tiempos Dios “congregará a todas las naciones y entrará en juicio con ellas” (cfr. Joel 4, 2). Este momento es, probablemente, la novedad más significativa del programa del viaje de Benedicto XVI en Tierra Santa, oficializado por la Sala de Prensa vaticana.


El martes 13 de mayo a las 16.30, el Papa presidirá su única Misa pública en Jerusalén. Y lo hará – de hecho - en este lugar muy lleno de significados. El Valle del Cedrón se extiende al abrigo de la Ciudad Antigua y toma el nombre del torrente homónimo que en un tiempo corría allí. El valle desciende hasta el desierto de Judá en lo que políticamente es hoy Jerusalén Este; pero el trecho en el que se encuentra el área donde Benedicto XVI presidirá la Misa es precisamente el central, entre el Monte del Templo y el Monte de los Olivos.


Es la zona que, quien haya estado en Jerusalén, recuerda por los grandes cementerios: el judío, con las tumbas blancas sin flores sino sólo piedras, según la tradición hebrea; pero, a poca distancia, están también las tumbas musulmanas y el pequeño cementerio cristiano. Se trata de una colocación ligada precisamente al pasaje del profeta Joel: los habitantes de Jerusalén se hacen sepultar allí porque éste será el lugar del juicio final. Para la tradición cristiana, sin embargo, este lugar es importante también por otro motivo: ciertamente, por allí ha pasado Jesús en la noche de la Pasión. Para ir desde el Cenáculo, lugar de la Última Cena, hasta Getsemaní, lugar donde oró al Padre antes de ser entregado en las manos de aquellos que habrían de crucificarlo, el Maestro y los discípulos debieron haber recorrido forzosamente este tramo del valle del Cedrón.


La Misa que el Papa celebrará allí, por lo tanto, será el momento del viaje en el que se hará memoria de la Pasión. El lugar donde se realizará la celebración es, en realidad, un terreno bastante pequeño que será arreglado para la ocasión. No se tratará de un evento masivo: los lugares disponibles serán solamente cinco mil. Por lo tanto, participarán muchas menos personas que las cincuenta mil esperadas el jueves 14 en Nazaret, para la Misa en el Monte del Precipicio. Pero la celebración eucarística de Benedicto XVI en el valle de Josafat será, de todos modos, uno de los momentos más sugestivos de la peregrinación en Tierra Santa. De hecho, será la primera vez que un Papa celebrará una Misa en un espacio abierto en Jerusalén: tanto Pablo VI en 1964 como Juan Pablo II en 2000 habían presidido sus solemnes concelebraciones en el interior de la Basílica del Santo Sepulcro.


Por lo tanto, se tratará de un momento de particular significado para la comunidad cristiana de la Ciudad Santa. Además, será también un rito que quedará impreso en la memoria debido a las imágenes: el Papa celebrará teniendo a sus espaldas la forma dorada de la Cúpula de la Roca – musulmana-, las piedras blancas de las tumbas del cementerio hebreo y la basílica cristiana de Getsemaní. Junto al espectáculo inigualable de los muros de Jerusalén a la puesta del sol.

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Fuente: La Vigna del Signore


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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Carta de Monseñor Bernard Fellay

Transcribimos el mensaje de Monseñor Fellay, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X publicado por la FSSPX Sudamérica.

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Carta del Superior General Nº 74 a los amigos y benefactores


Queridos amigos y benefactores:


Cuando lanzamos una nueva cruzada del Rosario con ocasión de nuestra peregrinación a Lourdes en octubre pasado, no contábamos, por cierto, con una respuesta tan rápida del Cielo a nuestra petición. En efecto, así como sucedió con nuestra primera petición, a la cual Nuestra Señora había respondido tan eficazmente por intermedio del Vicario de Cristo y su Motu Proprio sobre la Misa tradicional, plugo a la Virgen María concedernos una segunda gracia aún más rápidamente: en el transcurso de una visita a Roma en enero, cuando entregué el ramillete de 1.703.000 rosarios rezados por las intenciones del Sumo Pontífice, recibía de manos del Cardenal Castrillón Hoyos el decreto de remisión de las “excomuniones”.

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Lo habíamos pedido desde el año 2001 como signo de buena voluntad de parte del Vaticano hacia el movimiento tradicional; porque desde el Concilio todo lo que es y quiere ser tradicional en la Santa Iglesia sufre persecución tras persecución, hasta el punto de negársele derecho de ciudadanía. Eso, obviamente, destruyó en parte o aún completamente la confianza para con las autoridades romanas. Mientras esa confianza no sea restablecida parcialmente —decía entonces— nuestras relaciones seguirían siendo mínimas.

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La confianza no es solamente un buen sentimiento; es un fruto que nace naturalmente cuando en estas autoridades vemos a pastores que tienen en cuenta el bien de todo lo que llamamos “la Tradición”. Y nuestros prerrequisitos se formularon en ese sentido.

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Es imposible, de hecho, comprender nuestra posición y nuestra actitud frente a la Santa Sede si no se quiere incluir la percepción del estado de crisis en que se encuentra la Iglesia. No se trata de algo superficial, ni de una visión personal. Estamos ante una realidad independiente de nuestra percepción, admitida de tiempo en tiempo por estas mismas autoridades, y comprobada muchas veces en los hechos. Esta crisis tiene aspectos múltiples, variados, en ocasiones profundos, otras veces circunstanciales, y todos la sufrimos.

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Los fieles se sienten mal impresionados por las ceremonias de la nueva liturgia —que con frecuencia son escandalosas—, y por la predicación habitual, en la que, en el campo moral, se enseñan cosas en completa contradicción con la doctrina multisecular de la Iglesia y el ejemplo de los Santos. Muy a menudo los padres de familia tuvieron que comprobar, con inmenso dolor, la pérdida de la fe de sus hijos confiados a institutos católicos de formación, o lamentar su casi total ignorancia de la doctrina católica por falta de un catecismo serio. Un número incalculable de religiosos, tras las revisiones de sus constituciones y el reciclado posconciliar, manifiesta una pérdida del espíritu evangélico, en particular el de la renuncia, la pobreza y el sacrificio; pérdida que tuvo por consecuencia casi inmediata una disminución tal de vocaciones, que muchas órdenes y congregaciones cierran sus conventos uno tras otro, o bien pura y simplemente desaparecen. En muchas diócesis la situación es igualmente dramática.

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Lo dicho conforma un todo coherente y no sucedió por casualidad sino después de un concilio que quiso ser reformador, adaptando la Iglesia al gusto de la época. Se nos acusa de ver una crisis allí donde no la habría o de atribuir falsamente a este concilio consecuencias que, con todo, son desastrosas, extremadamente graves y que cualquiera puede comprobarlas, o aún de aprovechar esta situación para justificar una actitud incorrecta de rebelión o de independencia.

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Sin embargo, tómense los textos de los Padres de la Iglesia, del Magisterio, de la liturgia, de la teología, a lo largo de todos los tiempos: hallamos una unidad a la cual adherimos de todo corazón. Y las líneas de conducta actuales contestan fuertemente, lesionan y amenguan en la práctica esta unidad doctrinal. Nosotros no inventamos una ruptura; infelizmente existe con claridad. Basta ver la manera cómo nos tratan algunos episcopados, incluso después de que se retiraron las excomuniones, para comprobar cuán profundo es el rechazo de los modernistas ante todo lo que sabe a Tradición, al punto que es imposible no dar a este rechazo el nombre de ruptura con el pasado.

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Sí, tal como nos sorprendimos por la publicación del decreto del 21 de enero, lo hemos sido por la violencia de la reacción de los progresistas y de la izquierda en general en contra de nosotros. Es verdad que encontraron la acariciada oportunidad en las desgraciadas declaraciones de Monseñor Williamson, y a través de una injusta amalgama, pudieron vilipendiar nuestra Fraternidad como chivo expiatorio. En realidad, hemos sido instrumentalizados en una lucha mucho más importante: la de la Iglesia, que con razón lleva el título de “militante”, contra los espíritus malvados que pululan en los aires, como dice San Pablo.

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Por cierto, no dudamos en asentar nuestra historia en la gran historia de la Iglesia, en la de esa lucha titánica por la salvación de las almas anunciada desde el Génesis y descripta de manera cautivante en el Apocalipsis de San Juan. Con frecuencia esta lucha se mantiene a nivel espiritual; de tanto en tanto, pasa de la esfera de los espíritus y de las almas a la de los cuerpos y se transforma en visible, como en las persecuciones abiertas.

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A través de lo que ha pasado en estos últimos meses es preciso saber reconocer un momento más intenso de esta lucha. Y es muy claro que aquel que está en la mira es el Vicario de Cristo, en su empeño de iniciar cierta restauración de la Iglesia. Se teme por el acercamiento entre la cabeza de la Iglesia y nuestro movimiento, se teme una pérdida de los logros del Vaticano II, y se pone todo en movimiento para neutralizarlo. ¿Qué piensa verdaderamente el Papa al respecto? ¿Dónde se sitúa? Los judíos y los progresistas le exigen que elija entre el Vaticano II y nosotros… al punto que la Secretaría de Estado no tuvo mejor idea que poner como condición necesaria para nuestro reconocimiento canónico la aceptación completa de lo que consideramos como la fuente principal de los problemas actuales, y a los cuales nos oponemos desde siempre…

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Sin embargo, tanto ellos como nosotros estamos obligados ante juramento antimodernista y ante las demás condenaciones de la Iglesia. Por eso no aceptamos abordar el Concilio Vaticano II sino a la luz de estas declaraciones solemnes (profesiones de fe y juramento antimodernista) hechas delante de Dios y de la Iglesia. Y si aparece una incompatibilidad, entonces y por fuerza lo errado son las novedades. Contamos con las discusiones doctrinales anunciadas para poner estos puntos en evidencia tan profundamente como sea posible.

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Aprovechándose del nuevo estado de cosas tras el decreto sobre la excomunión, que en nada cambió la situación canónica de la Fraternidad, muchos obispos intentan imponernos un círculo cuadrado, exigiendo que obedezcamos a pies juntillas y en todos sus puntos al Derecho Canónico, como si estuviésemos perfectamente regularizados, cuando, al mismo tiempo, ¡nos declaran canónicamente inexistentes! Un obispo alemán ya ha anunciado que antes de fin de año la Fraternidad volverá a estar fuera de la Iglesia… ¡Encantadora perspectiva!  La única solución viable, que por otra parte es la que habíamos pedido, es la de una situación intermedia, inevitablemente incompleta e imperfecta a nivel canónico, pero que sea aceptada como tal, sin arrojarnos a la cara la acusación constante de desobediencia y rebelión, y sin imponernos prohibiciones intolerables; porque, al fin y al cabo, el estado anormal en el que se encuentra la Iglesia y que llamamos “estado de necesidad”, vuelve a ser demostrado por la actitud y las palabras de ciertos obispos en relación al Papa y a la Tradición.

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¿Cómo evolucionarán las cosas? No lo sabemos. Mantenemos nuestra propuesta de que se acepte nuestra situación actual imperfecta como provisoria, abordando finalmente las discusiones doctrinales anunciadas y esperando que reporten buenos frutos.

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En un camino tan difícil, ante oposiciones tan violentas, os pedimos, queridos fieles, recurrir a la oración una vez más. Nos parece que es el momento indicado para lanzar una ofensiva de envergadura, profundamente enraizada en el mensaje de Nuestra Señora de Fátima, en el que Ella misma ha prometido un resultado exitoso, ya que ha anunciado que al final su Corazón Inmaculado triunfará. Nosotros le pedimos este triunfo a través de los medios que ella misma ha pedido: la consagración, por el Pastor Supremo y todos los obispos del mundo católico, de Rusia a su Corazón Inmaculado, y la propagación de la devoción a su Corazón doloroso e inmaculado.

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De allí que, con ese fin, queremos ofrecerle, a contar desde ahora hasta el 25 de marzo de 2010, un ramillete de doce millones de rosarios, como una corona correspondiente a tantas estrellas que enjoyan su persona, acompañada de una suma equivalentemente importante de sacrificios cotidianos, que nos daremos el cuidado de procurarlos, ante todo, en el cumplimiento fiel de nuestro deber de estado, y con la promesa de propagar la devoción a su Corazón Inmaculado. Ella misma presenta eso como el fin de sus apariciones en Fátima. Estamos íntimamente persuadidos que si cumplimos atentamente lo que Ella nos pide, obtendremos mucho más de lo que nunca esperaríamos, y sobre todo, nos aseguraremos nuestra salvación al beneficiarnos con las gracias que nos ha prometido.

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Pedimos, por tanto, que nuestros sacerdotes hagan un esfuerzo especial para facilitar a los fieles esta devoción, colocando el acento no sólo en la comunión reparadora de los primeros sábados de mes, sino también incitando a los fieles a vivir una intimidad más profunda con Nuestra Señora, consagrándose a su Corazón Inmaculado. Convendría también conocer mejor y profundizar en la espiritualidad del gran heraldo de la Inmaculada, el Padre Maximiliano Kolbe.

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Este año se cumplen el XXVº aniversario de la consagración de nuestra Fraternidad al Corazón Inmaculado. Queremos renovar esta feliz iniciativa del Padre Schmidberger comprometiendo toda nuestra alma y reavivando nuestros corazones en este espíritu. Es evidente que no tenemos la intención de indicar a la Divina Providencia lo que ella debería hacer; pero en los ejemplos de los Santos y de la propia Sagrada Escritura hemos aprendido que los grandes deseos pueden precipitar de manera impresionante los designios de Dios. Es con esta audacia que hoy confiamos esta intención al Corazón Inmaculado de María, pidiéndole que nos reciba a todos bajo su maternal protección. ¡Dios los bendiga abundantemente! En la fiesta de la gloriosa resurrección de Nuestro Señor Jesucristo,


+ Bernard Fellay

Winona, 15 de abril de 2009

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Fuente: FSSPX Sudamérica

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jueves, 23 de abril de 2009

Aquí se sufre, señores

Ataques, hay de todo tipo. Ataques por todos lados. Los hay descarados y también sutiles. Los hay planeados con estrategias de largo plazo y están también las incursiones de quienes no pierden oportunidad para zaherir. Hay quienes arremeten desde fuera y quienes se han metido dentro para hacer lo mismo que hacen los enemigos foráneos. Confundiendo. Escandalizando. Corroyendo. Ahuyentando.


Porque una cosa es el pecado que se comete por debilidad, y otra cosa muy distinta es querer dinamitar los cimientos sobre los que se apoya todo el edificio. Que quieran derrumbarlo los enemigos de siempre, alineados detrás de “el” enemigo, es algo de esperar, y contra eso habrá que defenderse hasta el final de los tiempos. Pero que busquen que se hunda la barca los que viajan en ella, es algo inaceptable. O son estúpidos, o trabajan para el enemigo, lo cual viene a ser lo mismo.


Sabemos que el trigo y la cizaña crecen juntos. Y que no es bueno querer arrancar la maleza porque se pueden cometer errores graves. Pero no por eso se debe permitir que estos señores perforen a gusto y todo cuanto quieran el piso de la barca. Y eso sin que nadie se inmute. Mientras tanto el agua entra y entra, haciendo pesado y sufrido el avance.


Vamos, que la barca no se hundirá, lo sabemos. Pero no es cuestión de que alguien haga sufrir a tus hijos y tú no hagas nada. Aquí se sufre, señores. Y no hay quien haga lo previsto en estos casos. Viajar en la barca tiene sus condiciones, sus leyes, su reglamento. Si no quieres cumplir, eres libre de abordar otra. Pero no, estos tipos se quedan para hacerles la vida más dura a los demás, y para fruición del mundo. Total, nadie se les opone. O quienes se les oponen no pueden nada contra ellos, lo cual al parecer les causa satisfacción.


Que la cizaña no ha de arrancarse es ley. Pero también es ley que no puedes cargar contra el credo, ni contra los dogmas, ni contra los preceptos, ni contra los compromisos asumidos, ni tampoco contra la potestad de las autoridades legítimas. Y si lo haces, es ley también que te ganes una sanción, para que recapacites y te encarriles. Lo triste es que quienes deben aplicar la sanción miren a otro lado. En algunos casos no es que miren a otro lado, sino que están del otro lado. Lamentable. Más que lamentable es que haya dinamiteros de cimientos, lobos con piel de cordero, entre los que deben cuidar el rebaño. Reconocedlos, no es tan difícil, aún con la piel de cordero puesta. Son los que permiten todo, los que no corrigen nada, los que observan insensibles cómo sangran las ovejas que dicen apacentar. Son los que bajo pretexto de ser servidores de la reina de las virtudes, jamás toman una decisión que pueda resultar irritante a los transgresores y sus simpatizantes. Son los que se muestran exigentes y duros con los que siempre han sido obedientes y sumisos. Pero les tiemblan las piernas de sólo pensar en tener que amonestar al rebelde y levantisco.


Ataques, hay de todo tipo.

Hay de dentro y hay de fuera.

Pero no nos digas, pastor,

“que aquí se salve quien pueda”.

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