martes, 26 de junio de 2012

Mons. Di Noia: “La reconciliación parece cercana pero necesita un pequeño empuje”

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En el momento en que la definición de la situación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X parece experimentar mayores dificultades, el Papa Benedicto XVI, entre varios importantes cambios en la Curia Romana, nombró hoy al Arzobispo Augustine Di Noia, hasta ahora secretario de la Congregación para el Culto Divino, como vice-presidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, creando esta nueva figura que lo convierte en el “número dos” del Cardenal Levada para los trabajos de esta Comisión. El Arzobispo considera que la misión encomendada por el Pontífice con este nombramiento es, precisamente, ayudar a resolver la cuestión, buscando la modalidad para una reconciliación, siguiendo la voluntad del Papa. Presentamos un artículo del Catholic News Service, que ha podido dialogar con el Arzobispo Di Noia luego de su nombramiento.

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En un esfuerzo para ayudar a los intentos de reconciliación con los católicos tradicionalistas, el Papa Benedicto XVI ha nombrado al arzobispo norteamericano Augustine Di Noia para el nuevo oficio de Vice-presidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei.


“El nombramiento de un prelado de alto rango en este puesto es un signo de la solicitud pastoral del Santo Padre por los católicos tradicionalistas en comunión con la Santa Sede y de su fuerte deseo de reconciliación con aquellas comunidades tradicionalistas que no están en comunión con la Sede de Pedro”, dijo el Vaticano en un comunicado del 26 de junio.


El comunicado, publicado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, que supervisa Ecclesia Dei, dijo que este dominico nacido en New York es un respetado teólogo que ha dedicado mucho tiempo y atención a las cuestiones doctrinales que se examinan en los actuales diálogos con la disidente sociedad tradicionalista de San Pío X, guiada por el Obispo Bernard Fellay. La Fraternidad rechaza algunas de las enseñanzas del Vaticano II, como también las reformas modernas especialmente en la liturgia, que vinieron luego.


El Arzobispo Di Noia dijo a Catholic News Service el 26 de junio que el Vaticano necesitaba ayudar a la gente que tiene fuertes objeciones al Concilio a ver que “estos desacuerdos no tienen que dividir o impedir la misma mesa de Comunión”. “Es posible tener desacuerdos teológicos permaneciendo en comunión con la Sede de Pedro”, dijo.


“Parte de lo que estamos diciendo es que cuando se leen los documentos (del Vaticano II), no pueden leerse desde el punto de vista de algunos obispos liberales que pueden haber participado (en el Concilio), deben ser leídos por su valor nominal”, dijo el Arzobispo Di Noia a CNS. “Dado que el Espíritu Santo guía a la Iglesia, los documentos no pueden estar en discontinuidad con la Tradición”.


La oficina doctrinal dice que la experiencia del arzobispo como Secretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos desde el 2009 “facilitará el desarrollo de determinadas disposiciones litúrgicas durante la celebración según el Missale Romanum de 1962”, comúnmente conocido como el rito Tridentino.


El Arzobispo Di Noia, quien dijo que su cambio de oficio después de sólo tres años en la Congregación de Culto lo había “asombrado”, será reemplazado en esa tarea por el Obispo Arthur Roche de Leeds, Inglaterra, anunció el Vaticano.


La Congregación para la Doctrina de la Fe acentuó también que el Arzobispo Di Noia “goza de amplio respeto” en la comunidad judía, lo cual “contribuirá a solucionar algunos problemas que han surgido en el ámbito de las relaciones católico-judías durante los progresos del camino hacia la reconciliación de las comunidades tradicionalistas”.


Además de la conocida toma de posición del Obispo Richard Williamson, un obispo tradicionalista que niega el Holocausto, algunas declaraciones del Obispo Fellay, superior general de la Fraternidad, pusieron en duda que la Fraternidad acepte enteramente Nostra Aetate, el documento del Vaticano II que afirma que el pueblo judío no puede ser culpado por la muerte de Cristo.


Ecclesia Dei supervisa el cuidado pastoral de los católicos que tienen una especial devoción por la antigua liturgia en latín. El Papa Benedicto ubicó la Comisión bajo la Congregación para la Doctrina de la Fe en el 2009 para abordar mejor las cuestiones doctrinales que surgían de los diálogos entre el Vaticano y la Fraternidad San Pío X.


El cardenal estadounidense William J. Levada sigue siendo el presidente de la Comisión y Mons. Guido Pozzo continúa siendo su secretario.


El nombramiento del arzobispo es significativo ya que ha dedicado mucha atención y esfuerzo a las cuestiones que aún están en estudio por la Fraternidad San Pío X.


El sacerdote jesuita Federico Lombardi, vocero vaticano, dijo a los periodistas que la nueva posición es un signo de “lo importante y delicado que son las dificultades” que la Comisión está afrontando y no debe ser visto como una indicación de cómo están avanzando las cosas con la Fraternidad.


Las cuestiones que fueron estudiadas cuando comenzaron los diálogos en el 2009 incluyeron el concepto de Tradición; el Misal Romano posterior al Vaticano II; la interpretación del Vaticano II en continuidad con la tradición doctrinal católica; los temas de la unidad de la Iglesia y los principios católicos del ecumenismo; las relaciones entre cristianos y las religiones no cristianas; y la libertad religiosa.


En una reunión de alto nivel en el Vaticano, que tuvo lugar el 13 de junio, oficiales vaticanos presentaron al Obispo Fellay el borrador de un documento con la propuesta de una prelatura personal como el instrumento más adecuado para el eventual reconocimiento canónico de la Fraternidad, en el caso de que se resuelvan las diferencias doctrinales. Los oficiales vaticanos dieron también al Obispo Fellay su evaluación de la última declaración de la Fraternidad sobre las diferencias doctrinales.


Tras la reunión, la Fraternidad dijo que las no resueltas dificultades doctrinales con el Vaticano II y la posterior reforma litúrgica podrían derivar en “una nueva fase de discusiones” sobre una posible reconciliación con Roma.


Las conversaciones se han centrado en la redacción de un “preámbulo doctrinal” que el Vaticano describe como “algunos principios doctrinales y criterios de interpretación de la doctrina católica, necesarios para garantizar la fidelidad” a la enseñanza formal de la Iglesia.


En una carta del 25 de junio a los obispos y sacerdotes de la FSSPX publicada en internet, el secretario general de la Fraternidad, Padre Christian Touvenot, escribió que el Obispo Fellay consideró la última versión vaticana del preámbulo “claramente inaceptable”.


El Arzobispo Di Noia dijo que su tarea será ayudar a resolver el impasse en torno a los términos de un acuerdo.


“El diálogo teológico se ha prologando por tres años pero ahora (el Papa) espera encontrar el lenguaje o la modalidad para la reconciliación”, dijo el Arzobispo Di Noia a CNS. “Nosotros estamos en una etapa de delicadeza, para ayudarles a encontrar una fórmula que respete su propia integridad teológica”.


“A todos parece que (la reconciliación) está cercana, pero ahora necesita un pequeño empuje”, dijo.


Cuando el Arzobispo Di Noia fue sub-secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, él estuvo involucrado con el establecimiento, en el 2009, por parte del Papa, de ordinariatos personales, estructuras especiales para ex-anglicanos que quieren entrar a la plena comunión con la Iglesia Católica, preservando aspectos de su herencia espiritual y litúrgica anglicana.


“Es posible que (el Papa Benedicto) haya tenido presente aquella experiencia” cuando lo seleccionó para este último trabajo, dijo el arzobispo.


El Beato Juan Pablo II nombró al entonces Padre Di Noia como número tres de la Congregación para la doctrina de la Fe en el 2002, cuando estaba encabeza por el entonces cardenal Joseph Ratzinger. El arzobispo trabajó extensamente con el Papa Benedicto, especialmente como miembro de la Comisión Teológica Internacional, de la que era presidente el actual Papa.


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Fuente: Catholic News Service


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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lunes, 25 de junio de 2012

Patriarca Moraglia: “Una pastoral pelagiana y una Iglesia autorreferencial: peligros siempre actuales”

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Presentamos nuestra traducción de una interesante entrevista que el nuevo Patriarca de Venecia, Mons. Francesco Moraglia, ha concedido a la revista 30Giorni.

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“No seremos capaces de dar respuestas adecuadas sin una nueva acogida del don de la Gracia; no sabremos conquistar a los hombres para el Evangelio a no ser que nosotros mismos seamos los primeros en volver a una profunda experiencia de Dios”. Así ha hablado Benedicto XVI a los obispos italianos reunidos en asamblea plenaria, el pasado 24 de mayo. Mientras se acerca el Año de la Fe, el Sucesor de Pedro no pierde ocasión de sugerir lo único que parece importarle fuertemente. Son tiempos confusos, que sin embargo deben mirarse con “una mirada de gratitud por el crecimiento del grano de trigo incluso en un terreno que se presenta a menudo árido”. Tiempos en que también la actualidad eclesiástica parece hacer más evidentes y luminosas las palabras de Jesús: “Sin mí nada podéis hacer” (Jn. 15, 5). “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20). En este marco monseñor Francesco Moraglia ha vivido los primeros pasos de su ministerio como nuevo Patriarca de Venecia. Sus respuestas, en la siguiente entrevista, son una ayuda sencilla para vivir como tiempo propicio el inminente Año de la Fe. Despejando el campo de cualquier riesgo de “auto-ocupación” eclesial.

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Benedicto XVI, durante su viaje a Portugal, había dicho: “Con frecuencia nos preocupamos afanosamente por las consecuencias sociales, culturales y políticas de la fe, dando por descontado que hay fe, lo cual, lamentablemente, es cada vez menos realista”. Luego ha convocado un Año de la Fe. ¿Qué ha querido sugerir de este modo el Papa?


Convocando el Año de la Fe, el Santo Padre ha querido indica lo que desde siempre – por lo tanto, también hoy – es la realidad fundante de la vida del creyente y de la Iglesia: la fe. Es precisamente la concepción que se tiene de la fe la que determina el consiguiente modo de entender el cristianismo. Y dado que la fe es el inicio de la vida cristiana, entonces, vale para la fe lo que el evangelista Marcos dice a propósito de la parábola del sembrador: si no comprendéis esta, ¿cómo podréis entender todas las otras parábolas? En pocas palabras: según la idea que tenemos de la fe se origina y se despliega un tipo de cristianismo u otro.

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Los periódicos escriben: este Año sirve para “revitalizar” la fe. ¿Pero esto está en nuestro poder? ¿Somos nosotros – la Iglesia, el Papa o los fieles – los artífices de nuestra fe?


La Iglesia, el Papa, los fieles, como también los teólogos, no están en el origen del acto de fe y de la vida del creyente. Por eso debemos prestar atención a nuestro modo de hablar. En el ámbito humano y eclesial, el lenguaje reviste una importancia fundamental. Ahora bien, hablar de la Iglesia sólo o principalmente en términos de programación, como también reducir la evangelización a una cuestión de lenguaje, lleva inevitablemente a pensar que, finalmente, son los hombres los que están al comienzo de la fe. Así todo es reducido a una operación humana. Pero esto – pensándolo bien – es la transposición, en términos pastorales, del pensamiento de Pelagio; en mi opinión, hoy, más que nunca, debe resonar el nombre de Agustín, a cuya escuela todos, pastores y fieles, debemos volver. Para volver a su pregunta: la Iglesia, el Papa y los fieles pueden – propiamente hablando – revitalizar la fe, sobre todo, poniéndola con renovada fuerza en el centro de la vida eclesial y proponiéndola como método de vida, como lo más importante del cristiano.

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¿Cómo comienza la fe? ¿Puede ser el resultado de un plan educativo que haga surgir el sentido religioso del hombre?


La fe, siendo el término de la gracia, ¡es puro don! No quisiera, de hecho, que, sobre todo en el contexto actual, suavizando el vigor de esta afirmación se terminase – como ya he dicho – por calificar la fe en términos demasiado humanos. Ciertamente, la expresión “la fe es pura gracia” debe entenderse en el sentido de que la fe siempre se nos ofrece en modo humano, es decir, interpelando nuestra libertad y nunca prescindiendo de ella como de nuestra responsabilidad.

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¿Cómo se mantiene, se nutre y crece la fe? ¿Cómo no se pierde? ¿Es cuestión de tenacidad?


La fe se mantiene sencillamente viviéndola en lo cotidiano en compañía de la Iglesia; día tras día, por lo tanto, se nutre y crece perteneciendo al mundo de la fe y renovando cada día la opción de la fe. En otras palabras, dejándose llevar por la fe y recordando que – en lo concreto de la vida – al final, para el cristiano, todo es don. Ciertamente descubrirse creatura y alegrarse de serlo, percibirse en las propias personas y en la propia historia como parte de un todo, de un proyecto que siempre nos precede y acompaña, esta es, podemos decir, la gracia en obra. Me parece particularmente eficaz la expresión usada por Benedicto XVI en Porta Fidei: “La fe crece cuando es vivida como experiencia de un amor recibido y cuando es comunicada como experiencia de gracia y de alegría…”.

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Cuando se habla de la fe, las referencias al Espíritu, a la Gracia, a Jesús, a veces parecen como fórmulas rituales, premisas obligatorias de la “jerga” eclesial, para luego pasar al “discurso real” donde el acento está puesto en la estrategia, en la fórmula a adoptar, en el plan educativo confiado a nosotros.


¡A veces sucede también que estas referencias están casi totalmente ausentes del lenguaje de quien se profesa cristiano! Así se descuidan los fundamentos de la vida bautismal. Esto es todavía más grave si pensamos que el lenguaje es la máxima forma expresiva de la cultura de una persona: en cierta catequesis, por ejemplo, se ha pasado de la confesión de Jesús salvador, a Jesús entendido como maestro, luego amigo, finalmente como fuerza espiritual. Pero si la fe, que en la vida de la persona y de la Iglesia es esencialmente don y realización, es disminuida a esta dimensión, y todo tiende a ser programación pastoral y construcción humana, deteniendo al Espíritu en opciones organizativas, entonces también la salvación se convierte en un hecho de pura proyección teológica y organización pastoral. Los ejemplos se pueden multiplicar, aquí me limito a indicar uno del ámbito celebrativo litúrgico: el hiper-activismo creativo y un cierto protagonismo frente a la asamblea.

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En muchos discursos, la fe es identificada “e contrario”, como si su afirmación fuese sobre todo una respuesta a tendencias y corrientes culturales de la modernidad en que vivimos. ¿Qué piensa de esta modalidad de acercamiento? ¿La fe tiene como primer movimiento expresivo la refutación cultural de la no- fe?


Sí, es cierto, el riesgo indicado existe realmente. La fe, antes que nada, debe ser fiel a sí misma, es decir, debe decir a Jesucristo, decirlo bien, decirlo a todos, decirlo de modo comprensible y partiendo – como enseña la Dei Verbum – de la Palabra de Dios transmitida por la Iglesia. La crítica que se dirigía a cierta “manualística” coincidía precisamente con el dejarse llevar por determinadas “cuestiones” que se querían refutar terminando, sin embargo, por reducir o incluso distorsionar, de manera inaceptable, las verdades de fe que, de por sí, se querían anunciar.

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Concretamente, para aprovechar la ocasión del Año fe la Fe, ¿qué hay que hacer? ¿Emprender iniciativas? ¿Hacer discursos?


La fe es respuesta a una persona – a la persona de Jesucristo -; entonces los discursos, las conferencias, los congresos, por sí solos son todavía insuficientes frente a la realidad humano-divina de la fe. Serían suficientes si la fe se colocase, únicamente, en el plano humano, si fuese una simple opción ética o una tesis filosófica. La fe, en cambio, pide ser acogida y vivida en su realidad sacramental, es decir, realidad humana y divina. Estoy convencido, luego, por dar un ejemplo, de que una más intensa participación y cuidada educación a la celebración litúrgica, por parte del pueblo de Dios – pastores y fieles -, en vistas de una renovada vida de caridad hacia Dios y el prójimo, es una propuesta oportuna, un correcto punto de partida, en vista del Año de la Fe. Se trata, lo repito, de involucrar a toda la comunidad eclesial en el evento de la Pascua – muerte/resurrección – de Cristo; de este modo somos conducidos al centro del evento salvífico que sólo puede ser acogido en la fe; el corazón del acto eucarístico se caracteriza, de hecho, como mysterium fidei.

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Si la fe es un don de gracia, al comienzo y en cada paso del camino, ¿qué implica esto para la Iglesia, para su forma y para sus dinámicas?


Implica innumerables cosas. Indico una que, sin embargo, pienso que nos ayuda a comprender: me refiero al uso del adjetivo posesivo “nuestra”, puesto frente al sustantivo Iglesia. Este es un modo de expresarse que indica cercanía, afecto, simpatía hacia la Iglesia. Pero si no se tiene la advertencia de mantenerlo unido a otra expresión, “Su” Iglesia, el riesgo es considerar a la Esposa de Cristo como una creatura nuestra, un producto nuestro, una realización humana que, finalmente, precisamente porque es “nuestra”, podemos siempre de nuevo reconstruir o deconstruir a gusto. En cambio, la Iglesia, sobre todo, es Suya, es decir, es de Cristo que, según la bella simbología patrística de los primeros siglos, retomada luego en la Edad Media, es el sol, mientras la Iglesia se presenta como mysterium lunae y es totalmente iluminada por el sol.

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A veces, también en nuestra reciente actualidad eclesial, esta percepción de la Iglesia parece ofuscarse para muchos cristianos, con una suerte de inversión: de reflejo de la presencia de Cristo se pasa a percibir la realidad eclesial como una realidad comprometida en atestiguar por sí misma la propia presencia relevante en la historia. Y tal afirmación de sí misma es presentada como un modo de “demostrar” la credibilidad” del cristianismo. ¿A qué pueden llevar estas dinámicas?


Si se pierde de vista que el evento cristiano es algo real e histórico, que concierne la carne y la sangre, entonces este hecho nos lleva a una visión “espiritualista” que ya no logra alcanzar al hombre concreto, hecho, precisamente, de carne y sangre. De este modo, si se pierde de vista que la Iglesia es cuerpo de Cristo, entonces, en cada situación, la Iglesia estará a la búsqueda de su legitimación y afirmación, volviéndose autorreferencial. Pensemos en los dos discípulos de Emaús que no se dan cuenta del Resucitado, continúan hablando de sus problemas, de sus tristezas y no logran abrir los ojos sobre Él y verlo. Es el drama siempre posible de la autorreferencialidad de la Iglesia, que quiere decir: pérdida de su identidad sacramental. La Iglesia, de hecho, nos recuerda el Vaticano II en la Lumen gentium, es sacramento de Cristo y, por eso, el empañarse de esta realidad no es algo de poca importancia.

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Análogamente, a veces parece que la intención de atestiguar la fe en el mundo deba confiarse a iniciativas extraordinarias o incluso espectaculares.


Pero encaminarse por esta senda quiere decir estar en contraste con lo que Jesús ha dicho y hecho en el Evangelio, y con la misma realidad del vivir humano, hecho de gestos cotidianos. La Iglesia, de este modo, se auto-liquidaría. No se puede vivir de cosas extraordinarias, sino ordinarias: las cosas de cada día. El Evangelio no es para pocos elegidos y no está hecho de cosas vividas una tantum. Por el contrario, es cuestión de salvación todos los días y para cada hombre.

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El comienzo del Año de la Fe coincide con los 50 años del comienzo del Concilio Vaticano II. Algunos atribuyen directamente a aquel evento la crisis de fe, llegando a interpretarlo como el origen del decaimiento del cristianismo o incluso como el instrumento de penetración de un pensamiento no católico en la Iglesia. ¿Usted qué piensa sobre esto?


Mi ordenación sacerdotal tuvo lugar en 1977, por lo tanto, puedo decir que he nacido teológicamente y como sacerdote después del gran evento eclesial del Concilio ecuménico Vaticano II. Si releemos los textos conciliares, si interpretamos su espíritu a partir de la letra y no contra la letra, si no nos lanzamos con afirmaciones del estilo “por fidelidad al Concilio es necesario ir más allá del Concilio” (frase en la que cada uno puede encontrar aquello que, de tanto en tanto, más le agrada), entonces no podemos más que considerar el Concilio como una verdadera gracia para la Iglesia de nuestro tiempo. También aquí, una vez más, Benedicto XVI nos ha indicado el camino maestro hablando de la hermenéutica de la reforma en la continuidad y tomando distancia de toda hermenéutica de la ruptura.

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El Año de la Fe tiene su precedente en aquel convocado por Pablo VI en 1967, que culminó en la proclamación del Credo del Pueblo de Dios. ¿Cómo vivió usted personalmente aquella etapa, cómo la recuerda?


Entonces era adolescente, tenía catorce años. Recuerdo bien, sin embargo, que se percibía en los medios, y consecuentemente en la sociedad, el crecimiento de un clima de sospecha y adverso al magisterio de la Iglesia. Aparecía con claridad el intento de dividir la realidad eclesial, contraponiendo el magisterio – sobre todo el del Papa – a los fieles, considerados el verdadero pueblo de dios. Se olvidaba, o tal vez no se quería recordar, que la Lumen gentium, hablando del pueblo de Dios como el titular del poder profético y carismático, afirma, citando a Agustín: “La totalidad de los fieles no puede equivocarse cuando cree… cuando «desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos» (cfr. San Agustín, De praedestinatione sanctorum 14, 27: PL 44, 980) presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres”. Eran años en los que, con una oportuna catequesis, se habría debido sostener y acompañar más la fe de los sencillos frente al abrumador poder de los especialistas.

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El Año de la Fe coincide con una crisis económica que está arrollando también la sociedad del bienestar. Alguno diría que se busca refugio en lo espiritual para soportar los problemas materiales. ¿Qué tiene que ver la fe, por ejemplo, con la pérdida del trabajo que está angustiando también en Italia a millones de personas?


Corresponde a una idea equivocada de fe aquella de quien se refugia en la fe sólo para no sucumbir a los problemas materiales. El creyente, de hecho, es aquel que adhiere al Señor Jesús prescindiendo del hecho que las cosas, humanamente, vayan bien o mal. La fe, “sobre todo”, no concierne a algo que es colateral al hombre. El hombre no está ya realizado en sí mismo, prescindiendo de su relación con Jesucristo. Por el contrario, la fe es lo que lleva a cumplimiento lo humano, respetándolo en su especificidad y autonomía. Dicho esto, ciertamente la fe sostiene de modo particular a aquellos que atraviesan situaciones difíciles, ayudándolos a vivir en un horizonte más amplio. Con esto, sin embargo, la fe no garantiza al creyente realizar todos los pasos que humanamente debe realizar y que está en sus manos hacer. En un chiste que circulaba en ámbito teológico, algunos años atrás, se cuenta que un barco que está por hundirse y entonces el capitán ordena: “¡Los ateos a las bombas, los creyentes a rezar!”.

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Usted ha nacido y crecido en Génova y ahora es Patriarca de Venecia. ¿Hay algún rasgo particular que identifica y caracteriza la fe de la gente de mar?


El amor a la propia historia y el vínculo con las propias raíces, el mantener vivos los recuerdos y las tradiciones, el valor dado a la religiosidad popular y el entender el sentido de la vida como viaje, el ir hacia una meta. Luego, en última instancia, una gran apertura al futuro y a los demás. Por otra parte, el mar une países y continentes diversos, el mar hace posibles la comunicación entre los hombres a través de encuentros e intercambios comerciales pero sobre todo culturales. Finalmente, el mar, precisamente en su inmensidad, se vuelve símbolo de Dios y de su infinidad.

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¿Y qué diría usted de su fe? ¿Cómo ha germinado? ¿Qué acontecimientos y encuentros la han nutrido?


Mi fe, como asentimiento a las realidades creídas, es ahora la misma de cuando muchos años atrás me preparaba para la primera Comunión y de cuando era monaguillo. Esto lo considero algo bellísimo porque habla una vez más de la verdad del Evangelio. Me refiero a la invitación de Jesús: dejad que los niños vengan a mí. La fe, de este modo, aparece – como es realmente – para todos: niños y adultos, sencillos y doctos, ricos y pobres. Aquí aparece, en un sentido auténtico, toda el “carácter democrático” de la fe. La modalidad de adhesión, por lo tanto, no afecta a la sustancia del acto de fe que es, en la gracia, adhesión al misterio y no elaboración cultural. Precisamente por esto, los diferentes y múltiples modos de adhesión, más o menos cultos, no afectan la fe misma, es decir, el sí que salva.

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¿Y qué indicaciones dará a todos para vivir el Año de la Fe?


La indicación es redescubrir la fe en sus características propias, superando toda posible reducción y distorsión. El riesgo es hacer de la fe una realidad intelectual o sentimental, no acogiéndola ya como evento salvífico que lleva a cumplimento la humanidad. El hombre, por sí solo, no puede hacerlo, y la fe le permite realizar su humanidad. La fe completa lo que mi creaturalidad sólo entrevé y preanuncia. Por eso, la indicación de método que Jesús da a los suyos, cuando los llama al apostolado, es fundamental. A la pregunta: “Maestro, ¿dónde vives?”, Jesús responde invitándolos a seguirlo. También nosotros, al comienzo de este Año de la Fe, en primer lugar, debemos redescubrir la vida eclesial como sequela Christi. Se trata de vivir no sólo en la Iglesia sino, como decía casi un siglo atrás Romano Guardini, la Iglesia. Y para hacer esto es fundamental volver a centrarse en una oración más auténtica – en especial la litúrgica – y también redescubrir el gesto humilde de la peregrinación, signo de un camino común hacia la meta, que es el Señor Jesús, principio y consumación de nuestra fe.

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El Papa Luciani, también él Patriarca, hizo como Papa sus primeras catequesis sobre fe, esperanza y caridad. ¿De qué modo esta figura puede ofrecer principios de edificación en la actividad pastoral?


Este año se cumple el centenario de su nacimiento, y trataremos de celebrarlo de modo digno. Por algunos ha sido considerado duro o incluso criticado por ser demasiado fiel al Papa y a su magisterio. En realidad, él ha tratado hasta el final de poder componer las cosas y encontrar solución a los problemas. Y, a más de treinta años de su muerte, en el pueblo y en las parroquias ha quedado un recuerdo vivísimo de Luciani. Los venecianos, tanto de tierra como de mar, conservan un recuerdo grato y afectuoso del paso de este Patriarca. Lo recuerdan como un hombre de Dios, un pastor que ha dejado un signo entre el pueblo, también con la concreción de su homilética y con su capacidad de escucha y de diálogo.


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Fuente: 30Giorni


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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domingo, 17 de junio de 2012

Benedicto XVI: “Queda mucho por hacer en el camino de la renovación litúrgica real”

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Hoy se ha clausurado, en Dublin, el 50º Congreso Eucarístico Internacional, con la Santa Misa celebrada por el Cardenal Marc Ouellet, Legado Pontificio. Al final de la celebración, se transmitió el siguiente video-mensaje del Santo Padre Benedicto XVI, en el cual hizo referencia a la reforma litúrgica, al Concilio Vaticano II así como también a la situación actual de la Iglesia en Irlanda. Además, el Papa anunció que el próximo Congreso Eucarístico Internacional se celebrará en Cebu, Filipinas, en el año 2016.

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Queridos hermanos y hermanas:

Con gran afecto en el Señor, saludo a todos los que os habéis reunido en Dublín para el 50 Congreso Eucarístico Internacional, en especial al Señor Cardenal Brady, al Señor Arzobispo Martin, al clero, a las personas consagradas, a los fieles de Irlanda y a todos los que habéis venido desde lejos para apoyar a la Iglesia en Irlanda con vuestra presencia y vuestras oraciones.


El tema del Congreso – «La Eucaristía: Comunión con Cristo y entre nosotros» – nos lleva a reflexionar sobre la Iglesia como misterio de comunión con el Señor y con todos los miembros de su cuerpo. Desde los primeros tiempos, la noción de koinonia o communio ha sido central en la comprensión que la Iglesia ha tenido de sí misma, de su relación con Cristo, su Fundador, y de los sacramentos que celebra, sobre todo la Eucaristía. Mediante el Bautismo, se nos incorpora a la muerte de Cristo, renaciendo en la gran familia de los hermanos y hermanas de Jesucristo; por la Confirmación recibimos el sello del Espíritu Santo y, por nuestra participación en la Eucaristía, entramos en comunión con Cristo y se hace visible en la tierra la comunión con los demás.


Recibimos también la prenda de la vida eterna futura.

El Congreso tiene lugar en un momento en el que la Iglesia se prepara en todo el mundo para celebrar el Año de la Fe, para conmemorar el quincuagésimo aniversario del inicio del Concilio Vaticano II, un acontecimiento que puso en marcha la más amplia renovación del rito romano que jamás se haya conocido. Basado en un examen profundo de las fuentes de la liturgia, el Concilio promovió la participación plena y activa de los fieles en el sacrificio eucarístico. Teniendo en cuenta el tiempo transcurrido, y a la luz de la experiencia de la Iglesia universal en este periodo, es evidente que los deseos de los Padres Conciliares sobre la renovación litúrgica se han logrado en gran parte, pero es igualmente claro que ha habido muchos malentendidos e irregularidades. La renovación de las formas externas querida por los Padres Conciliares se pensó para que fuera más fácil entrar en la profundidad interior del misterio. Su verdadero propósito era llevar a las personas a un encuentro personal con el Señor, presente en la Eucaristía, y por tanto con el Dios vivo, para que a través de este contacto con el amor de Cristo, pudiera crecer también el amor de sus hermanos y hermanas entre sí. Sin embargo, la revisión de las formas litúrgicas se ha quedado con cierta frecuencia en un nivel externo, y la «participación activa» se ha confundido con la mera actividad externa. Por tanto, queda todavía mucho por hacer en el camino de la renovación litúrgica real.


En un mundo que ha cambiado, y cada vez más obsesionado con las cosas materiales, debemos aprender a reconocer de nuevo la presencia misteriosa del Señor resucitado, el único que puede dar amplitud y profundidad a nuestra vida. La Eucaristía es el culto de toda la Iglesia, pero requiere igualmente el pleno compromiso de cada cristiano en la misión de la Iglesia; implica una llamada a ser pueblo santo de Dios, pero también a la santidad personal; se ha de celebrar con gran alegría y sencillez, pero también tan digna y reverentemente como sea posible; nos invita a arrepentirnos de nuestros pecados, pero también a perdonar a nuestros hermanos y hermanas; nos une en el Espíritu, pero también nos da el mandato del mismo Espíritu de llevar la Buena Nueva de la salvación a otros. Por otra parte, la Eucaristía es el memorial del sacrificio de Cristo en la cruz; su cuerpo y su sangre instauran la nueva y eterna Alianza para el perdón de los pecados y la transformación del mundo.


Durante siglos, Irlanda ha sido forjada en lo más hondo por la santa Misa y por la fuerza de su gracia, así como por las generaciones de monjes, mártires y misioneros que han vivido heroicamente la fe en el país y difundido la Buena Nueva del amor de Dios y el perdón más allá de sus costas. Sois los herederos de una Iglesia que ha sido una fuerza poderosa para el bien del mundo, y que ha llevado un amor profundo y duradero a Cristo y a su bienaventurada Madre a muchos, a muchos otros. Vuestros antepasados en la Iglesia en Irlanda supieron cómo esforzarse por la santidad y la constancia en su vida personal, cómo proclamar el gozo que proviene del Evangelio, cómo inculcar la importancia de pertenecer a la Iglesia universal, en comunión con la Sede de Pedro, y la forma de transmitir el amor a la fe y la virtud cristiana a otras generaciones. Nuestra fe católica, imbuida de un sentido radical de la presencia de Dios, fascinada por la belleza de su creación que nos rodea y purificada por la penitencia personal y la conciencia del perdón de Dios, es un legado que sin duda se perfecciona y se alimenta cuando se lleva regularmente al altar del Señor en el sacrificio de la Misa.


La gratitud y la alegría por una historia tan grande de fe y de amor se han visto recientemente conmocionados de una manera terrible al salir a la luz los pecados cometidos por sacerdotes y personas consagradas contra personas confiadas a sus cuidados. En lugar de mostrarles el camino hacia Cristo, hacia Dios, en lugar de dar testimonio de su bondad, abusaron de ellos, socavando la credibilidad del mensaje de la Iglesia. ¿Cómo se explica el que personas que reciben regularmente el cuerpo del Señor y confiesan sus pecados en el sacramento de la penitencia hayan pecado de esta manera? Sigue siendo un misterio. Pero, evidentemente, su cristianismo no estaba alimentado por el encuentro gozoso con Cristo: se había convertido en una mera cuestión de hábito. El esfuerzo del Concilio estaba orientado a superar esta forma de cristianismo y a redescubrir la fe como una amistad personal profunda con la bondad de Jesucristo. El Congreso Eucarístico tiene un objetivo similar. Aquí queremos encontrarnos con el Señor resucitado. Le pedimos que nos llegue hasta lo más hondo. Que al igual que sopló sobre los Apóstoles en la Pascua infundiéndoles su Espíritu, derrame también sobre nosotros su aliento, la fuerza del Espíritu Santo, y así nos ayude a ser verdaderos testigos de su amor, testigos de la verdad. Su verdad es su amor. El amor de Cristo es la verdad.


Mis queridos hermanos y hermanas, ruego que el Congreso sea para cada uno de vosotros una experiencia espiritualmente fecunda de comunión con Cristo y su Iglesia. Al mismo tiempo, me gustaría invitaros a uniros a mí en la oración, para que Dios bendiga el próximo Congreso Eucarístico Internacional, que tendrá lugar en 2016 en la ciudad de Cebú. Envío un caluroso saludo al pueblo de Filipinas, asegurando mi cercanía en la oración durante el periodo de preparación a este gran encuentro eclesial. Estoy seguro de que aportará una renovación espiritual duradera, no sólo a ellos, sino también a todos los participantes del mundo entero. Ahora, encomiendo a todos los participantes en este Congreso a la protección amorosa de María, Madre de Dios, y a san Patricio, el gran Patrón de Irlanda, a la vez que, como muestra de gozo y paz en el Señor, os imparto de corazón la Bendición Apostólica.


BENEDICTUS PP. XVI


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Fuente: Il Sismografo

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lunes, 11 de junio de 2012

Card. Ouellet, Legado Pontificio: “Una especial bendición en estos tiempos turbulentos”

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El Cardenal Marc Ouellet, Prefecto de la Congregación para los Obispos y Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, es el Legado que Benedicto XVI ha enviado a Dublín, Irlanda, para presidir en su nombre el 50º Congreso Eucarístico Internacional, que se celebra esta semana en esa nación. Presentamos nuestra traducción de la homilía pronunciada por el cardenal canadiense en la Solemne Misa de Apertura de este importante acontecimiento eclesial.

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Saludo con afecto a todos vosotros, aquí presentes: a mis hermanos obispos y sacerdotes, a los consagrados y consagradas, y a los muchos fieles de Irlanda y del mundo que han venido aquí para este Congreso Eucarístico Internacional. Como Legado de nuestro amado Santo Padre, Papa Benedicto XVI, quiero agradecer en forma especial al Arzobispo Diarmuid Martin y a sus muchos colaboradores, que han trabajado muy duro para organizar este importante evento, como también a las autoridades civiles por su valiosa cooperación. Yo agradezco especialmente a los sacerdotes por su amor y coraje en este difícil tiempo de purificación en la vida de la Iglesia.


Es muy oportuno que, en la Providencia de Dios, este encuentro tenga lugar aquí en Irlanda. Es un país conocido por su belleza natural, su hospitalidad y su rica cultura, pero muy especialmente por su larga tradición de fidelidad a la fe católica. La fuerte historia de fidelidad de Irlanda ha enriquecido no sólo estas tierras sino también, a través de sus hijos e hijas misioneros, ha ayudado a llevar el Evangelio a muchos otros, lejos de aquí.


Ahora la Iglesia en Irlanda está sufriendo y enfrentando muchos nuevos y serios desafíos para la fe. Siendo bien conscientes de estos desafíos, nosotros nos volvemos a Nuestro Señor, que renueva, sana y fortalece la fe de Su pueblo. Sé, por mi propia experiencia del último Congreso Eucarístico Internacional en la ciudad de Quebec, que un evento como éste trae muchas bendiciones a la Iglesia local y a todos los participantes, incluyendo a aquellos que lo sostienen a través de la oración, el trabajo voluntario y la solidaridad. Y por eso rezamos con confianza en el Señor Eucarístico para que esta 50º edición de este gran evento de la Iglesia universal traiga una muy especial bendición para Irlanda en estos tiempos turbulentos y para todos vosotros.


Hemos venido aquí como familia de Dios, llamada por Él a escuchar su Santa Palabra, a recordar lo que somos a la luz de historia de la salvación y a responder a Dios por medio de la mayor y más sublime oración que jamás se haya conocido en el mundo: la Sagrada Eucaristía. Que el Espíritu Santo nos ayude a ser plenamente conscientes de cuán bendecidos y privilegiados somos.


El libro del Éxodo nos recuerda la alianza de Dios con Su pueblo. La alianza estaba basada en la palabra proclamada por Moisés al pueblo y sellada con la sangre derramada sobre el altar y sobre el pueblo: “Esta es la sangre de la alianza que ahora el Señor hace con vosotros” (Ex. 24, 8). El pueblo formalmente prometió su obediencia diciendo: “Estamos resueltos a poner en práctica y a obedecer todo lo que el Señor ha dicho” (Ex. 24, 7).


La sangre es uno de los símbolos más importantes en la Biblia. La sangre significa vida, y la vida pertenece a Dios. Desde el principio, a los hombres les está prohibido derramar la sangre de otros hombres ya que tal acción los corrompe y los pone fuera de la presencia de Dios y de su amistad.


Conscientes del dominio de Dios sobre la vida, y muy especialmente sobre la vida humana, la gente de la mayor parte de las religiones ha ofrecido oraciones y sacrificios a Dios con el fin de obtener Su favor o compensar acciones de muerte. En el pueblo elegido de Israel, esta búsqueda de redención y purificación alcanza su culmen en Jesucristo, el Mediador de la nueva alianza.


Leemos en la Carta a los Hebreos: “¡cuánto más la sangre de Cristo, que por obra del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras que llevan a la muerte, para permitirnos tributar culto al Dios viviente!” (Hebreos 9, 14).


La sangre de Cristo tiene este poder de redención y purificación porque es una sangre derramada por perfecto amor por Dios y por la humanidad, una sangre divina que lleva la alianza a la perfección, no sólo para Israel sino para todos los pueblos.


En la última Cena, Jesús, después de consagrar el pan en Su Cuerpo, tomó el cáliz, volvió a dar gracias y se lo dio a sus discípulos diciendo: “Éste es el cáliz de mi sangre, la sangre de la nueva y eterna alianza, que será derramada por vosotros y por muchos” (Mc. 14, 24). “Derramada por muchos”, en lugar de “derramada por todos”, es una traducción más fiel del texto original, pero esto no quiere sugerir que el sacrificio de Jesús por todos los pueblos esté de alguna manera restringido. De hecho, el único sacrifico de Cristo ofrece salvación a todos y cada uno de los hombres. No sabemos, ni nos corresponde saber, si algunos o muchos rechazarán Su gracia al final. Sin embargo, nosotros rezamos para que la voluntad de Dios para la salvación de todos sea cumplida.


Queridos hermanos y hermanas, nosotros nos hemos reunido hoy aquí en esta Solemnidad del Corpus Domini como un símbolo de la Iglesia universal, venidos aquí desde todos los rincones de la tierra para celebrar el memorial de la nueva y eterna alianza en la sangre de Cristo.


Nuestra reunión es un acto de fe en la Sagrada Eucaristía, el tesoro de la Iglesia, que es esencial para su vida y para nuestra comunión como hermanos y hermanas en Cristo. La Iglesia vive de la Eucaristía, ella recibe su propia identidad del don del Cuerpo de Cristo. En comunión con Su Cuerpo, la Iglesia se convierte en lo que ella recibe: se convierte en un solo cuerpo con Él en el Espíritu de la nueva y eterna alianza. ¡Qué gran y maravilloso misterio! ¡Un misterio de amor!


El Señor resucitado ha desaparecido de nuestra vista pero Su amor está más cerca que nunca. Su Cuerpo resucitado ha adquirido nueva libertad y nuevas propiedades que hacen posible la maravilla de la Sagrada Eucaristía. Por el poder de Su divina palabra y Espíritu, Él convierte el pan y el vino realmente en Su Cuerpo y Sangre. Como nos enseña el Papa San León Magno: “La divina presencia de nuestro Redentor ha pasado a los sacramentos” (Sermo 2 de Ascensione 1- 4: PL 54, 397-399).


Cuando recibimos la Comunión, el Espíritu del Señor presente en el Cuerpo de Cristo pasa a nuestros corazones y a nuestros cuerpos, haciéndonos un nuevo cuerpo eclesial, el cuerpo místico del Señor. Este cuerpo eclesial es nuestra más profunda identidad. Cada domingo y cada día especial de fiesta nosotros vamos a la iglesia a encontrarnos con el Señor resucitado, a fortalecer nuestro vínculo de amor con Él por la participación en la Sagrada Eucaristía. Si bien a los ojos del mundo puede parecer que nos reunimos por razones sociales o según nuestras tradiciones religiosas y culturales, de hecho somos convocados juntos por el mismo Señor, el Señor de la alianza nueva y eterna, que quiere que seamos un solo cuerpo con Él en una real y fiel alianza de amor.


A estas reuniones nosotros venimos como somos, pobres pecadores, y es posible que no siempre tengamos la adecuada disposición para recibir la Comunión. Pero, como nos recuerda el documento preparatorio para este Congreso Eucarístico, todos son capaces de vivir lo que se llama “comunión espiritual”, en el sentido de un acto de alabanza en el que cada uno se une a la dinámica de entrega personal que se celebra en la Misa (cfr. The Eucharist: Communion with Christ and with one another, n. 121).


Incluso cuando no se recibe la Comunión sacramental, nosotros podemos compartir en la gracia que fluye del Cuerpo y Sangre de Cristo a Su cuerpo eclesial. Esta participación consciente y activa significa pertenecer a un solo cuerpo y recibir de él amor, paz, esperanza y coraje para seguir adelante, aceptando nuestra propia cuota de sufrimiento. El Papa Benedicto nos dice: “Aun cuando no es posible acercarse a la Comunión sacramental, la participación en la santa Misa sigue siendo necesaria, válida, significativa y fructuosa” (Sacramentum caritatis, n. 55).


Por lo tanto, abrámonos a la Palabra de Dios, que nos está llamando a ser más fieles colaboradores de la nueva alianza. Seamos más conscientes del inconmensurable don de la Sagrada Eucaristía. Dios merece mucha más adoración y gratitud por este regalo de amor.


Que nuestro testimonio de amor mutuo y servicio a nuestros hermanos y hermanas sea una humilde proclamación de la buena noticia de la Sagrada Eucaristía.

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Fuente:
Salt and light


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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martes, 5 de junio de 2012

El Papa vuelve de Milán “más consolado que cansado”: “es hermoso estar en una Iglesia viva”

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En medio de los dolorosos episodios de estos días en el Vaticano, el Santo Padre ha tenido un “respiro” durante los tres días en que visitó la arquidiócesis ambrosiana para presidir el VII Encuentro Mundial de las Familias, donde fue recibido por el Cardenal Angelo Scola, a quien confesó que se iba “más consolado que cansado”. De este acontecimiento, que superó las expectativas de los organizadores y donde el Papa pudo proclamar una vez más, con la claridad que lo caracteriza, la visión cristiana de la familia, habla el Cardenal Antonelli en esta entrevista al periódico Avvenire.

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Mucha satisfacción, mucha alegría, ciertamente. Pero también un hilo de preocupación. Son sentimientos ambivalentes, si no propiamente contradictorios, los que se entrecruzan el día después de la clausura del Encuentro Mundial de las Familias. Tal vez porque, sobre todo por parte de aquellos que, con fatiga y empeño, han organizado y conducido el evento en estos meses, existe una clara conciencia. La edición milanesa del EMF no ha sido sólo un éxito de números, de participación y de eficiencia ambrosiana, sino también un logro bajo el perfil de la riqueza y de la originalidad de los contenidos. Tanto que ya Milán 2012 – aunque “históricamente” tan joven – representa un punto de inflexión. De ahora en más, hablando de familia y de pastoral, no se podrá prescindir de todo lo dicho, visto, hecho, escuchado, en los pasados días en la capital lombarda. De esto es consciente el Cardenal Ennio Antonelli, presidente del Pontificio Consejo para la Familia. Ayer por la mañana, bajando del auto en el patio del arzobispado ambrosiano – donde estaba programada la conferencia de prensa conclusiva del EMF 2012 – tenía una sonrisa que era la síntesis más elocuente de su estado de ánimo.

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¿Misión cumplida, Eminencia?


Diría que sí. Hemos vivido realmente jornadas extraordinarias. Cada momento de este Encuentro Mundial ha sido notable. Pero el recuerdo de la Misa del domingo, con aquella participación tan atenta y tan coral, y sobre todo las palabras del Papa, representan una experiencia realmente única.

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La satisfacción de Benedicto XVI era evidente…


Ciertamente, al final nos ha dicho que “es hermoso estar en una Iglesia viva”. Me parece una síntesis eficaz de lo que representan las familias en la sociedad. Una presencia viva, que puede realmente incidir en la perspectiva del bien común. Me parece que también los contenidos de los tres días del congreso teológico-pastoral han ido en este sentido.

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¿Podemos indicar algunos puntos fuertes surgidos de las contribuciones de los expertos y de las mesas redondas?


Me parece que todas las ideas han contribuido a redescubrir la importancia de las buenas relaciones. Es decir, el hombre como sujeto relacional hecho para vivir, en armonía, con todos. Sólo a la luz de las buenas relaciones el momento de la fiesta adquiere su sentido profundo.

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¿Las relaciones son la clave también para leer el empeño de la familia en la sociedad?


Sin duda. En una red de buenas relaciones todos tienen la posibilidad de crecer. Y se ponen las bases para la cohesión de la sociedad. Para nosotros, cristianos, la bondad de las relaciones remite a la comunión con Dios. En clave civil ayuda a construir las virtudes como la gratuidad, la solidaridad, la cooperación, la disponibilidad, el sentido de sacrificio, que son importantísimas para la sociedad.

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Y aquí se enmarca también el tema del trabajo. En este caso, ¿cuál es el rol de las buenas relaciones?


Una vez más, fundamental. Diría que un valor agregado. Pero también una modalidad para comprender cómo el factor principal es siempre y de todos modos el hombre. La Iglesia no se cansa de subrayar la centralidad del capital humano. Y ahora también las empresas son conscientes de ello. Un trabajador satisfecho, que tiene detrás una situación familiar serena, estará también en la oficina más disponible al empeño y la productividad.

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En resumen, la familia que “funciona” o , como decía Juan Pablo II, la que logra “ser ella misma”, ¿puede marcar la diferencia también en la sociedad?


Pero no lo dice solamente la Iglesia. Existen investigaciones autorizadas de ámbito laico que lo demuestran con la fuerza de los datos. La familia feliz, la que representa un valor añadido para la sociedad, es aquella con dos o más hijos.

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Existe, sin embargo, un número creciente de familias que se disgregan. ¿Cómo será posible acompañar y sostener de modo más orgánico el sufrimiento de los divorciados y de los que están en una nueva unión, de acuerdo a las indicaciones de Benedicto XVI?


En primer lugar, es necesario reiterar que los divorciados en nueva unión no sólo son amados por la Iglesia, sino que deben ser valorizados en todos aquellos ámbitos en los cuales su participación es posible. Y luego también a ellos se les pide crecer en la fe.

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¿Hay una estrategia para lograrlo?


A mí me gusta indicar cinco puntos. En primer lugar, la humildad. Es decir, nadie debe pretender establecer por sí mismo lo que está bien y lo que está mal. El segundo punto es la oración para conocer la voluntad de Dios. El tercero es el compromiso: no dejar nunca de hacer el bien. El cuarto es la búsqueda, para comprender la verdad y la belleza del matrimonio. El quinto es la confianza en la Misericordia de Dios, que nunca debe perderse.

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Ahora la cita es dentro de tres años, en Filadelfia…


La elección ha sorprendido a todos. Entre las candidaturas había importantes ciudades europeas, pero el Papa ha indicado los Estados Unidos. Aquí la familia vive situaciones de fragilidad, pero también de gran vitalidad. Una vez más, será un bello desafío.

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Fuente: Avvenire


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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martes, 29 de mayo de 2012

La fuerza tranquila de Benedicto XVI

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Publicamos nuestra traducción de un artículo de Vittorio Messori sobre los lamentables eventos de los últimos días.

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Es el reflejo condicionado de la profesión. Comprensible, tal vez debido, pero que a veces parece un poco abusivo. Hablo del tamiz al que los periódicos someten los textos papales para encontrar alguna alusión a los eventos de la actualidad eclesial. Al respecto, he leído con atención el texto completo de la homilía pronunciada ayer por Benedicto XVI en la Misa de Pentecostés. Dicen que la ha escrito totalmente de su puño y letra, a diferencia de muchas otras cosas en las que se limita a revisar lo que preparan según sus instrucciones, orales o escritas.


He encontrado una página de alta espiritualidad, un apremiante llamado, no sólo a los fieles sino a la humanidad entera, a reencontrar comprensión y comunión, abandonando tantos contrastes, resueltos tal vez con la violencia. También la comparación entre Pentecostés, signo de unión, y Babel, signo de desunión, es un clásico del arte homilético. También la utilizó el maestro inalcanzable del género, el mítico Bossuet, predicador en la corte del Rey Sol.


Pero – y si soy desmentido no me quejaré – no me ha parecido encontrar ningún vínculo con la actual crónica negra eclesial. Y digo negra de manera intencional, porque me parece recordar que es una de las poquísimas veces, desde el final del poder temporal, que se habla de alguien, además un laico, encerrado por “sacerdotes” en su cárcel. No son las secretas del Palacio del Santo Oficio, donde el cardenal Ratzinger ha trabajado por un cuarto de siglo, pero, en definitiva, ha causado gran impresión.


La celda del ayudante de cámara, entre otras cosas, nos recuerda una realidad a menudo olvidada: el Vaticano, a pesar del escaso medio kilómetro cuadrado de superficie, es un Estado entre los Estados, se sienta en la ONU, tiene una bandera, un escudo, un himno, tiene un periódico y una gaceta oficial, tiene embajadas, policía, fuerzas armadas, tribunales, una radio, una estación ferroviaria. Tiene también la comentada banca central; y, de hecho, tiene una prisión. Importante, digo, no olvidarlo, porque (como ha sido observado también recientemente) se sigue confundiendo entre Ciudad del Vaticano e Iglesia, mientras que no son lo mismo. Así, por ejemplo, las cuestiones del IOR o del Osservatore Romano o de las embajadas en el mundo, las nunciaturas, conciernen al Estado, no a la Iglesia. También el episodio clamoroso del arresto de estos días y la filtración de documentos que la ha precedido no tienen ningúna relevancia religiosa, conciernen a la policía y los magistrados vaticanos, por lo tanto al Estado, no ciertamente a la Iglesia.


Pero, para volver a la homilía de ayer de Benedicto XVI. Probablemente había sido escrita tiempo atrás pero, incluso si su misma escritura hubiera sido recientísima, era muy improbable encontrarse referencias a esto. También porque, lo reiteramos, no se trata de eventos que conciernen a la enseñanza de aquel Custodio de la fe y de la moral que es el Sucesor de Pedro.


La ocasión litúrgica era la de Pentecostés que, lo recordó el mismo Papa, es como el “bautismo” de la Iglesia, nacida pocos días antes, es decir, después de la Ascensión al Cielo de Jesús. El profesor Ratzinger era, y es, un gran experto de teología dogmática y tenía – tiene – una óptima preparación en exegésis bíblica, como ha confirmado también en los dos libros hasta ahora publicados sobre el Jesús histórico. No es especialista en historia eclesiástica, pero es también esta una disciplina en la que se mueve con desenvoltura. Por lo tanto, sabe bien que es en gran parte abusivo aquel mito de la Igelsia primitiva, compuesta totalmente de santos, cultivado también hoy por quien se opone a la Santa Sede actual, invocando el retorno a los orígenes. El mito nace de algunos versículos de los Hechos de los Apóstoles que describen la idílica comunidad primitiva de Jerusalén, donde todos se aman y ponen todos sus bienes en común.


Por desgracia, duró poco, porque las comunidades iniciales, compuestas por judíos, se dividieron enseguida en su interior entre “helenistas” y “judaizantes”, sin exclusión de culpas. Tanto que hubo de inmediato un cisma, el de los judeo-cristianos. Las cartas de Pablo nos dan un panorama inesperado y un poco desalentador: las iglesias, a menudo fundadas por él mismo, por lo tanto recién nacidas, no estaban sólo ya divididas en el plano doctrinal sino que a menudo no brillaban tampoco por moralidad y el Apóstol debe reprender, exhortar, estigmatizar comportamientos pecaminosos.


Haciendo un salto temporal, no olvidemos que en muchas ciudades del África septentrional, donde el cristianismo se había implantado rápidamente, fueron con frecuencia cristianos quienes abrieron las puertas a los musulmanes, aclamándolos a su ingreso. Mejor ellos, decían, que los bizantinos que mandaban en aquellas tierras; y mejor también que las continuas luchas, a menudo bastante sangrientas, y que la inmoralidad, de las infinitas sectas y facciones que se enfrentaban dentro de la Iglesia. Vengan, por lo tanto, gritaban los bautizados cansados de aquellas violencias, vengan los discípulos de Mahoma a poner un poco de orden entre aquellos sedicentes seguidores del Evangelio y cargados en cambio de todo pecado.


¿Por qué recordar estas cosas? Porque la serenidad de Benedicto XVI nace de la conciencia que, desde los comienzos – precisamente en Pentecostés -, la institución eclesial ha estado raramente a la altura del ideal. La imperfección es la norma, allí donde hay hombres. Alguno ha llegado al punto de hablar de una suerte de apatía suya frente a los recientes graves episodios que no tocan, ciertamente, la teología, pero que hieren la máquina institucional, con el peligro de escándalo para los fieles y de pérdida de credibilidad del entero catolicismo. Está incluso quien, diciendo hablar como amigo al Papa y por el bien de la Iglesia, ha augurado la renuncia que lo lleve a retomar, finalmente, su verdadera vocación: la del estudioso, retirado en un monasterio, sólo con sus libros. Dejando a algún otro, más activo y atento a la vida concreta de la Iglesia, la gestión de las cosas. Pero estos amigos de Joseph Ratzinger de cuya buena fe no queremos dudar no se dan cuenta que, de este modo, hacen el juego precisamente a sus opositores, si realmente lo quieren inducir a irse con eventos como la filtración de los documentos privados. En cuanto a la apatía, quien habla de eso ignora que Benedicto XVI no ama el clamor sino el trabajo paciente, meditado, respetuoso de las personas y que cuanto ha hecho, y hace, escapa a menudo a los medios pero no es, de hecho, irrelevante. Y pronto, se dice, se tendrá una pueba que sorprenderá a quien lo acusa de distancia de los hechos.


Queda, de todos modos, el hecho de que un teólogo como él es totalmente consciente que la Iglesia ha sido, es, y será siempre, como decían los Padres, “immaculata ex maculatis”: sin mancha en su Misterio, que es Cristo mismo, y demasiado a menudo sucia en su envoltura institucional,compuesta por hombres que los sacramentos no han hecho a todos santos. El Papa sabe bien que la Persona de la Iglesia no debe ser confundida con su personal. Dolorido, ciertamente, y lo ha dicho sin vacilar frente a la pederastia de mucho clero y frente a otros hechos penosos. Pero es un dolor que no merma de ningún modo su convicción de que, por mucho que hagan los hombres de la Iglesia, por mucho que pequen los hombres de la institución, nunca lograrán afecta lo que importa. Es decir, la fe en el Inocente por antonomasia que precisamente el día de Pentecostés ha comenzado su marcha misionera por el mundo entero. Lo que importa, ha dicho una vez, es la perla, no el poco agraciado envoltorio.


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Fuente: Corriere della Sera


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 23 de mayo de 2012

La interpretación del Concilio y la renovación de Culto Divino: magistral conferencia de Mons. Ferrer Grenesche

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El sub-secretario de la Congregación para el Culto Divino, Mons. Juan Miguel Ferrer Grenesche, participó hace pocos días en una Conferencia sobre canto gregoriano, en la cual habló ampliamente de la interpretación del Concilio Vaticano II, de los verdaderos enemigos de dicha asamblea conciliar, de las causas de la crisis post-conciliar y la secularización intra-eclesial, así como también de los desafíos que su dicasterio tiene por delante luego del Motu proprio “Quaerit semper”, de Benedicto XVI, que ha pedido que la Congregación se dedique principalmente a la promoción de la Sagrada Liturgia. El sacerdote español ha afirmado que está en curso la renovación del dicasterio para poder ocuparse orgánicamente de las prioridades asignadas por el Santo Padre. Omitimos traducir la parte referida en particular al canto gregoriano, de la cual se ofrecen amplios pasajes en el sitio Chiesa, de Sandro Magister.

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Todos conocen la insistencia y la centralidad que el Santo Padre Benedicto XVI ha querido reservar durante todo su pontificado a la correcta y auténtica aplicación de las enseñanzas del Concilio Vaticano II.


¿Pero se trata realmente de una novedad? De hecho, no. Esta solicitud es, de hecho, manifestación de un natural y lógico interés por parte de los supremos pastores de la Iglesia, que se ha vuelto mucho más urgente cuando, transcurrido un lapso razonable de tiempo, se ha hecho posible hacer un balance de tal recepción, en cuyo surco Benedicto XVI prosigue el ejercicio de conducción del arado apostólico. Juan Pablo I, como es evidente por el nombre mismo por él elegido e inspirado en sus dos últimos predecesores – aquellos que habían convocado y concluido, respectivamente, el Concilio -, se había ya planteado tal objetivo, a pesar de que la brevedad de su pontificado no le haya concedido tiempo para proseguir ampliamente tal compromiso pastoral. Y Juan Pablo II no se ha limitado, de hecho, solamente a recoger el testimonio del nombre de su predecesor sino, sobre todo, a partir del Sínodo extraordinario de 1985, a 20 años del Concilio, ha asumido el objetivo prioritario de asegurar una recepción auténtica del Concilio Vaticano II.


El nombramiento por parte de Juan Pablo II del teólogo Cardenal Ratzinger a la cabeza de la Congregación para la Doctrina de la Fe tiene mucho que ver con tal desafío pastoral. Durante su acción como jefe de la Congregación, Ratzinger reveló y confirmó con los hechos hasta qué punto estaba convencido de que la interpretación y recepción auténtica del Concilio está estrechamente vinculada a la asunción de la continuidad respecto a todo el Magisterio anterior de la Iglesia, lo que él define “hermenéutica de la continuidad”, frente a una bastante frecuente “hermenéutica de la ruptura”, como clave hermenéutica de los documentos conciliares. Serán los documentos sobre la Teología de la libertación ("De theologia liberationis", del 6 agosto 1984: AAS 76 [1984], pp. 876-909) y la declaración “Dominus Iesus” del 6 de agosto de 2000 sobre la unicidad de la salvación ("Notitiae" 36 [2000], pp. 408-437) las piezas más explícitas para mostrar tal impostación. Corresponde, sin embargo, al Catecismo de la Iglesia Católica (1992 e 1997) el rol de documento-clave en este sentido, destinado a tener y a ejercer el mayor peso doctrinal y a suscitar las más amplias repercusiones.


En el libro-entrevista “Informe sobre la fe” (Ratzinger-Messori, 1985), el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, al preparar el Sínodo extraordinario, ya tocaba los puntos focales, señalando cómo se hacía particularmente urgente la correcta, es decir, auténtica, relectura de la extraordinaria riqueza de la enseñanza conciliar.


Cada Concilio, en materia de definiciones o afirmaciones de fe, está sujeto a los límites de lo humano y lo contingente. No toda enseñanza del Vaticano II puede, por lo tanto, ni pretende, tener el mismo valor o la misma validez con el pasar de los años. Es, por lo tanto, absolutamente legítimo leer los textos con sentido crítico, siempre que la garantía de una correcta acción pastoral, más allá de cualquier lícito juicio personal o de debate académico, garantice su “obediencia pastoral” al Papa y al Colegio Episcopal reunido en comunión con él, es decir, a la Tradición viviente de la Iglesia. Y para ser más exactos, la enseñanza de los Papas del post-Concilio y el fruto de los trabajos de los diversos Sínodos celebrados en el curso de los últimos cincuenta años nos colocan frente a la certeza que el Magisterio del Concilio Vaticano II continua siendo, en su organicidad, válido, oportuno y necesario para la Iglesia actual.


¿Quiénes son, por lo tanto, los enemigos de la doctrina y de la renovación promovida en la Iglesia por el Concilio Vaticano II? De hecho, la respuesta más clara e inmediata parecería tener que decir: aquellos que, desde el principio, lo han rechazado, considerando su enseñanza inoportuna e imprudente y, todavía más, incongruente y contradictoria con la enseñanza y la disciplina siempre vigentes. Detrás de esta posición se insinúa, de hecho, un juicio – en mi opinión – extremadamente genérico y excesivamente rigorista, que no se puede admitir sin poner seriamente en peligro las verdades de la asistencia del Espíritu y de la promesa de la Providencia, así como aquellas de la autoridad y la infalibilidad de Pedro y sus sucesores.


Sin embargo, la reivindicación de la facultad de ejecución de una lectura crítica sobre algunos puntos concretos de los documentos conciliares – como ya mencioné anteriormente – es plenamente compatible con la noción de obediente aceptación de la enseñanza conciliares, tal como es propuesto y proclamado por los legítimos Pastores de la Iglesia. Por lo tanto, sostengo con plena convicción que los auténticos y más concretos enemigos de la enseñanza del Vaticano II son aquellos que, teniéndolo siempre en los labios o en la mano como un arma pronta a ser lanzada – si bien refiriéndose más a su “espíritu” que a su efectiva y comprobada enseñanza y sin perder ocasión, probablemente para reforzar tal presunto “espíritu”, de reiterar que nos encontramos ya, de hecho, frente a la necesidad de un nuevo Concilio –, lo interpretan como antítesis o ruptura de la enseñanza y de la disciplina precedentes (tesis). Ellos afirman, además, la ilusoria pretensión, aunque astuta, de que tal manipulación o lectura “antitética” del Concilio permita volver a las fuentes de un cristianismo auténtico y primitivo, capaz de implicar mediante su comprensión genial de la realidad y no en virtud de los efectos de nuestra inserción, determinado por la obediencia de la fe, en la línea vital y vitalizante de la tradición eclesial. Son ellos, “neo-gnósticos” en ámbito doctrinal” y “neo-arqueologistas” en ámbito litúrgico, los más peligrosos enemigos del Concilio.


Volviendo, por lo tanto, a las preocupaciones del Magisterio post-conciliar, es necesario inevitablemente señalar la importancia dada al dramático fenómeno del ateísmo en masa, sobre todo práctico, pero en muchos sentidos teórico o doctrinal en su sutil laicismo militante cada vez más encendido.


Luego de las dos últimas guerras mundiales, en el preocupante clima de la así llamada guerra fría, se han afirmado en el mundo algunas poderosas tendencias de pensamiento: por un lado, un realismo materialista privado de esperanza, conocido como existencialismo ateo y centrado en la noción sartreana de “náusea”, y por el otro, la autoproyección consciente de una esperanza intra-mundana transmitida por utopías políticas, como el marxismo, o hedonistas, declinadas en las diversas modalidades del liberalismo radical ético y económico.


La conclusión del Concilio, y sobre todo su primera recepción y aplicación, tienen lugar en este específico clima cultural, prolongándose, con diversas modalidades, hasta nuestros días. Clave de comprensión de la lectura antitética del Concilio está en identificar hasta qué punto, para algunos, las ideologías dominantes, más que la tradición de la Iglesia, han constituido la clave hermenéutica para la interpretación de los documentos conciliares.


¿Cuál es la causa determinante de todo esto?


Probablemente, sobre algunos ha ejercido su peso, por falta de una seria y convicente formación, el deseo inquieto de novedades. Creo, sin embargo, que para la mayor parte se ha tratado de una búsqueda de respuestas a un problema real y urgente, si bien hecho – por decirlo en términos prestados de la medicina – a través de un diagnóstico equivocado y una terapia contraindicada. Ha sido sostenido con autoridad que entre los motivos del alejamiento respecto al cristianismo por parte del hombre contemporáneo están la división o el exceso de separacionismo con que se han explicado y vivido el orden natural y el sobrenatural. El remedio consistía en poner en evidencia la proximidad entre los dos planos y su “continuidad”. De este modo, el hombre contemporáneo habría visto la cercanía del mensaje cristiano y de su propuesta de vida con las propias aspiraciones y los propios proyectos. Pero la propuesta, en cambio, se ha traducido bien pronto en una “secularización” de la vida y de la enseñanza cristiana. Lo que buscaba, por lo tanto, evitar el avance del ateísmo de masa, ha terminado por alimentar el secularismo en la misma Iglesia; y lo que los adversarios consideraban poder introducir con lentitud y dificultad en el pueblo cristiano y frenar en las tierras de misión, ha terminado difundiéndose con inusitada rapidez, precisamente a través de la enseñanza teológica, la predicación, la catequesis, la misión e incluso la liturgia, secularizándolas. Una problemática aún persistente y cuyos nocivos efectos aún hoy sufrimos.


En este contexto debe enterse la llamada de Sínodo de 1985 para que la Iglesia viva de la Palabra de Dios y de la Liturgia y, partiendo de una teología de la Cruz, se esfuerce con dedicación, firmemente unida en la Comunión, en su esencial compromiso misionero. De aquí la insistencia en la importancia de recuperar en la Liturgia el sentido de lo sagrado, es decir, el primado de Dios y de su acción, y una catequesis mistagógica, es decir, inspirada y nutrida por la experiencia sobrenatural vivida en la Liturgia a través de la Palabra y los signos eficaces eclesialmente transmitidos, comprendidos y vitalizados.


En campo litúrgico, la Carta Apostólica “Vicesimus quintus annus” (diciembre de 1988) y la II parte del Catecismo de la Iglesia Católica (octubre de 1992 y agosto de 1997), titulada “La celebración del Misterio cristiano”, marcan la respuesta del Magisterio al respecto y la correcta recepción e interpretación del Concilio. La posibilidad concreta de afrontar y ofrecer una respuesta adecuada e inteligible al ser humano contemporáneo pasa exclusivamente a través de la reapropiación de una identidad cristiana clara y bien definida, que nazca y se alimente de la fuente de la Liturgia y que no ofrezca ni oro, ni plata, sino sólo lo que posee, la salvación de Jesucristo, único Redentor de la humanidad (cfr. Hechos 1, 6), don impredecible, pero que para quienquiera que lo reciba se vuelve respuesta imprescindible y suprema a todos sus angustias más profundas.


Como en el Concilio, tambien en el Magisterio post-conciliar, y en particular en el de Benedicto XVI, la Sagrada Liturgia – divina Liturgia, como se dice en Oriente – asume una importancia fundamental. La Liturgia, de hecho, “opus Dei”, estimula a los creyentes a una experiencia vital de Dios y de su acción a través de la experiencia de la Fe. La Liturgia es, además, operante en la Iglesia, en cuyo seno nacen los “testigos” (mártires) del Evangelio. En la perspectiva, además, de la nueva evangelización, la Liturgia muestra con claridad y fuerza cómo debe ser considerada fuente y culmen de la vida y de la acción de la Iglesia ("Sacrosanctum Concilium", n. 10). En cuanto culmen, está llamada a orientar y precisar el objetivo de la acción pastoral de la Iglesia, que es la santificación de la humanidad, la “gloria de Dios” y la vida eterna; en cuanto fuente, hace comprender la centralidad y el primado de la acción de Dios y el valor que la creación posee en la cooperación y participación en la acción divina, revelando de ese modo sus dimensiones cósmica, social y eclesial, juntamente con su valor apologético en vistas a la presentación de las “realidades” de los contenidos de la fe cristiana al hombre contemporáneo, tan dependiente de lo “concreto” en la línea del positivismo científico.


A partir de esta perspectica, asume una gran importancia el cuidado de la participación en la Liturgia por parte de los fieles (cfr. "Sacrosanctum Concilium", n. 14, y para las implicancias prácticas nn. 15-20). Tal insistencia del Concilio es ampliamente propuesta en el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1140, leído a la luz de la entera sección nn. 1136-1186, y en el contexto más amplio del capítulo II, nn. 1135-1206, de la I seccione de la II parte). Benedicto XVI vuelve a proponer el mismo tema fundamental en la expresión “ars celebrandi”, que aparece en la Exhortación Apostólica Post-sinodal “Sacramentum Caritatis”, en los nn. 38.42, que debe leerse en relación con los nn. 52-63 del mismo documento, poniendo en evidencia la extrema importancia e interés que el tema asume en la Iglesia actual.


En este contexto debe entender el Motu Proprio “Quaerit semper”, del pasado mes de agosto (2011), con el cual el Santo Padre Benedicto XVI ha querido ulteriormente concentrar el trabajo de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en sus competencias propiamente litúrgicas, afirmando:


“En las presentes circunstancias ha parecido conveniente que la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos se dedique principalmente a dar nuevo impulso a la promoción de la Sagrada Liturgia en la Iglesia, según la renovación querida por el Concilio Vaticano II a partir de la Constitución Sacrosanctum Concilium”.


Las palabras del Santo Padre son muy precisas:


1. Él se refiere a las “presentes circunstancias”, es decir, al amplio contexto cultural y eclesial al que hemos hecho referencia;


2. Dice “principalmente”, en cuanto la Congregación mantiene en sí todas las otras competencias, también de disciplina sacramental, si bien en este ámbito ha cedido amplio espacio al Tribunal de la Rota Romana;


3. Habla de “nuevo impulso” y cita expresamente al Concilio Vaticano II y la “Sacrosanctum Concilium”, poniendo en evidencia de ese modo cómo los nuevos objetivos de la Congregación no comportan ninguna dicotomía con la acción del Magisterio precedente, y en particular con las enseñanzas conciliares rectamente entendidas;


4. Usa el vocablo “renovación”, y no “reforma”, entendiéndolo según lo enseñado por el beato Juan Pablo II en la Carta Apostólica "Vicesimus quintus annus" (nn. 3-4, y en particular el n. 14), en la que afirmaba – citando “Dominicae Cenae”, n-9 – que “es muy conveniente y necesario que continúe poniéndose en práctica una nueva e intensa educación, para descubrir las riquezas de la liturgia” y que, al mismo tiempo, “no se puede seguir hablando de cambios como en el tiempo de la publicación del Documento [es decir, la 'Sacrosanctum Concilium'] pero sí de una profundización cada vez más intensa de la Liturgia de la Iglesia, celebrada según los libros vigentes y vivida, ante todo, como un hecho de orden espiritual” ("Vicesimus quintus annus", n. 14).


En este sentido, el trabajo de la Congregación debe, en este momento, tener como su prioridad hacer que el pueblo de Dios que vive la liturgia en la forma ordinaria del Rito Romano integre cada vez más la propia plena y fructuosa participación en las celebraciones con una intensa educación y su con su naturaleza de un hecho de orden espiritual. Esto se traduce en una particular atención en asegurar en su interior un correcto cuidado del “ars celebrandi”.


Así también, deberán tenerse bien presentes los parágrafos reservados a este tema por el Santo Padre en la II parte de la “Sacramentum Caritatis”, allí donde se habla de “ars celebrandi” (nn. 38-42) y de "actuosa participatio" (nn. 52-63):


n. 39: El Obispo, liturgo por excelencia. Esto implica una atención particular a la formación, a la consulta y al apoyo por parte de la Congregación en relación al compromiso de cada Obispo y de las Conferencias de Obispos en materia litúrgica.


n. 40: El respeto de los libros litúrgicos y la riqueza de los signos. Esto comprende una primera fase de renovado empeño en el tratamiento de las “ediciones típicas” y, en un segundo momento, de garantía respecto a su correcta traducción y a su correcto uso, junto a un esfuerzo tendiente a poner adecuadamente en sentido, luz y valor, los signos litúrgicos según las rúbricas, las Praenotanda de los diversos libros litúrgicos y el “Caeremoniale Episcoporum” en su calidad de libro que, asumiendo la liturgia episcopal como modelo, constituye la expresión más completa de la Liturgia romana.


n. 41: El arte al servicio de la celebración. Esto exige que la Congregación se dedique con un empeño cada vez mayor a la definición y a la promoción de aquellos aspectos que deben ser entendidos como parte integrante de la Liturgia, como el lugar, el espacio, los utensilios y los ornamentos para la celebración.


n. 42: El canto litúrgico. Una necesaria y particular atención debe reservarse a la música y al canto para la liturgia, parte privilegiada del arte litúrgico, en la óptica de una recuperación de la especial atención que ella merece por parte de la Congregación.


nn. 52-63: La participacion activa. Esta sección del documento pontificio obliga a la Congregación, en acuerdo con los otros Dicasterios de la Curia Romana, a proveer de modo especial en garantizar una correcta formación del clero y de los fieles en campo litúrgico, como elemento fundamnetal para una verdadera vida de cristianos y al desarrollo de la propia vocación específica en la Iglesia. Al mismo tiempo, implica una consideración cada vez más profunda de los temas urgentes de la traducción y, en particular, de la inculturación, partiendo de la perspectiva teológica y pastoral de facilitar la participación en la liturgia, más que de cualquier consideración de naturaleza socio-política o fundamentalmente intelectual, como aquella del “derecho de los pueblos”. Al mismo tiempo, la prioridad asignada a la pastoral litúrgica induce, siempre en una pesrpectiva inter-dicasterial, a tener presentes los importantes desafíos tanto ecuménicos (n. 56), como en el campo de la pastoral y de la caridad (n. 56) y de las pastoral general (nn. 57 y 61-63).


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Fuente: Chiesa


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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lunes, 21 de mayo de 2012

Mons. Marchetto: “Aún prevalece la hermenéutica de la ruptura: hay mucho trabajo por hacer”

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 VaticanoII

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“La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar”. Con estas palabras Benedicto XVI, en su discurso del 2005 a la Curia Romana, advertía sobre la confusión que podía nacer de una interpretación particular del Concilio Vaticano II. Hoy, cuando la Iglesia se prepara a celebrar los 50 años de aquella asamblea, inaugurada el 11 de octubre de 1962 por Juan XXIII, ha sido presentado en la Radio Vaticana el libro “Las claves de Benedicto XVI para interpretar el Vaticano II”, escrito por el cardenal Walter Brandmuller, por el arzobispo Agostino Marchetto y por mons. Nicola Bux. Presentamos nuestra traducción de una entrevista al Arzobispo Marchetto.

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¿Cuáles son las claves para interpretar el Vaticano II en la visión de Benedicto XVI?


La primera clave había sido ya delineada antes que el cardenal Ratzinger se convirtiera en Papa: estamos en la línea de la interpretación, de la hermenéutica de la reforma en la continuidad. El Papa, en su famoso discurso del 22 de diciembre de 2005, añade que la otra interpretación, es decir, la de la ruptura y la discontinuidad, ha creado confusión y dificultades. Entonces, el Santo Padre nos ha dado la clave de la correcta interpretación del Concilio, que había preocupado ya a Pablo VI. Otra clave que ahora se ha añadido – y estaba también implícita – es aquella de la visión a la luz del Año de la Fe. La otra clave de interpretación del Concilio, por lo tanto, es la fe: debemos tener presente que no se puede comprender la Iglesia si no se la mira con los ojos de la fe, si no aceptamos la presencia del Espíritu, de modo particular, por ejemplo, en un Concilio ecuménico. Nosotros, con este libro, tratamos de hacer ver que hay también una base científica que apoya esta interpretación del Santo Padre.

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Usted ha citado el Año de la Fe. En octubre de 1962, la apertura del Concilio Vaticano II: este año es el 50º aniversario. La celebración tiene lugar en coincidencia con el Año de la Fe y con el Sínodo para la nueva evangelización: ¿De qué coincidencia se trata?


La evangelización tiene varios significados: yo recuerdo, por ejemplo, que la primera evangelización – incluso en territorios en que no hay libertad religiosa – es la caridad. Precisamente hace poco he estudiado el Decreto “Ad gentes” y he quedado impresionado por la belleza, la bondad y la profundidad de este documento, precisamente en la línea de la evangelización entendida con diversos nombres. Está el testimonio, está la buena noticia. Este documento debe insertarse en los otros documentos de la Iglesia que dicen algo para la evangelización: por ejemplo, el diálogo interreligioso, la libertad religiosa. He encontrado un estudio muy hermoso de Joseph Ratzinger, de cuando aún no era cardenal, que afrontaba precisamente este tema, el de poner la evangelización junto a los otros documentos aprobados por el Concilio.

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Volvamos a la herméneutica de la discontinuidad, de la ruptura, y a la hermenéutica de la reforma: ¿cuál prevalece actualmente en la Iglesia?


Por desgracia, debo decir, prevalece la de la ruptura. Más aún, diría que se ha tomado conciencia de que no sólo la franja extrema – la que era la mayoría en el Concilio – sino también los movimientos tradicionalistas dicen lo mismo. También para ellos ha habido una ruptura. Por lo tanto, hay todavía mucho trabajo por hacer.

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¿Cuál es, entonces, la contribución de la lectura ofrecida por el Papa?


Por ejemplo, el cardenal Brandmuller presenta el Vaticano II con un background de todos los Concilios ecuménicos. Luego añade también lo específico del Vaticano II, ciertamente en la línea de la tradición. Por mi parte, subrayo la continuidad teniendo presente que la renovación ha ido hacia el consenso y el diálogo, por lo tanto, es una renovación en la continuidad. Es necesario tener juntos las dos claves, porque ésta es la Iglesia Católica y el Concilio es un ícono de la Iglesia católica: es necesario caminar juntos en la visión de nuestra realidad en el mundo actual, pero teniendo presente ambién nuestra fidelidad al patrimonio y al aspecto – que es fundamental – de la continuidad.

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Fuente: Il blog degli amici di Papa Ratzinger


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 16 de mayo de 2012

Para nuestros tiempos, el Papa señala a Santa Hildegarda

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hildegard

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Hace pocos días, el Papa Benedicto XVI hizo pública su importante decisión de extender a la Iglesia universal el culto litúrgico en honor de Santa Hildegarda de Bingen, en lo que se denomina “canonización equivalente”. Esta decisión pontificia abre las puertas a la posibilidad, mencionada hace algunos meses, de que la mística renana sea declarada doctora de la Iglesia por el Santo Padre. Presentamos nuestra traducción de una entrevista de Radio Vaticana al Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.

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En realidad, Hildegarda era considerada santa desde hace siglos. Recientemente, el mismo Papa Benedicto XVI había dedicado a la abadesa renana dos catequesis y había comenzado diciendo: “También en aquellos siglos de la historia que habitualmente llamamos Edad Media, muchas figuras femeninas destacaron por su santidad de vida y por la riqueza de su enseñanza. Hoy quiero comenzar a presentaros a una de ellas: santa Hildegarda de Bingen, que vivió en Alemania en el siglo XII”.

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Y entonces: ¿quién era Hildegarda de Bingen y por qué este reconocimento oficial de su santidad?


Digamos, en primer lugar, que el caso de Hildegarda de Bingen es muy singualr, al menos, por dos motivos. El primero concierne al momento histórico particular, en el que aún no se había concluido definitivamente el paso de la canonización episcopal a la pontificia. En consecuencia, los primeros pasos realizados para la canonización, inmediatamente después de la muerte de la abadesa renana (1179), se refieren todavía a un clima de transición.


El segundo motivo es dado por la enraizada y común convicción de la santidad de Hildegarda de Bingen, convicción que no se ha interrumpido prácticamente hasta nuestros días y que hace referencia a una canonización de facto de la mística renana, aún no habiendo sido nunca proclamada santa de iure. Las fuentes biográficas, tanto las contemporáneas como las sucesivas a su muerte, hablan claramente de ella como “sancta” o “beata”. La convicción de su santidad fue reforzada ulteriormente por la veneración reservada a su tumba y a sus reliquias, y también por el culto litúrgico a ella tributado, con la aprobación de las autoridades eclesiásticas, no sólo en Maguncia, sino también en Tréveris, Spira y Limburgo, y en toda la Orden Benedictina. Desde entonces, y hasta nuestros días, su nombre se encuentra reportado tanto en los martirologios locales, como en los oficiales de la Iglesia Romana, y siempre acompañado del apelativo de “santa”.


Por otra parte, además de los tres papas que tenían la clara intención de proceder a la canonización de Hildegarda de Bingen – es decir, Gregorio IX, Inocencio IV y Juan XXII -, no faltan Sumos Pontífices que la designan con el apelativo de “santa”, como Clemente XIII, Pío XII y, como ya hemos visto, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Tal convicción común y generalizada ha hecho considerar implícitamente no necesario o del todo superfluo, o bien ya adquirido, un procedimiento específico para la canonización de Hildegarda de Bingen, comúnmente considerada ya canonizada.

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¿Cómo se ha procedido para regularizar esta situación?


Benedicto XVI, constantando la existencia desde tiempo inmemorial de una sólida y constante fama sanctitatis et miraculorum, ha procedido a la así llamada canonización equivalente, según la legislación de Urbano VIII (1623-1644), luego definitivamente teorizada por Prospero Lambertini, luego Papa Benedicto XIV (1740-1758). En la canonización equivalente, “el Sumo Pontífice manda que un Siervo de Dios – que se encuentra en posesión antigua de culto y sobre cuyas virtudes heroicas o martirio y milagros es constante la común declaración de historiadores dignos de fe [...] – sea honrado en la Iglesia universal con el rezo del oficio y la celebración de la Misa en algún día particular, sin ninguna sentencia formal definitiva, sin ningún proceso jurídico previo, sin haber realizado las habituales ceremonias”.


Esta canonización equivalente de Hildegarda de Bingen ha tenido lugar con la decisión del Papa Benedicto XVI del 10 de mayo de 2012. Ejemplos de “canonizaciones equivalentes” son enumerados por Prospero Lambertini en el capítulo XLI del libro I de su opus magnum. Él cita, por ejemplo, los casos de los santos Romualdo, Norberto, Bruno, Pedro Nolasco, Ramón Nonato, Juan María de Mata, Felix de Valois, Margarita de Escocia, Esteban de Hungría, Wenceslao de Bohemia, Gregorio VII y Gertrudis la Grande.

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¿Qué nos puede decir de su vida?


Hildegarda de Bingen nació en el 1098 en Bermersheim, en una familia de nobles y ricos terratenientes. A la edad de ocho años fue aceptada en calidad de “oblata” en la clausura femenina vinculada a la abadía benedictina de San Disibodo, donde tomó el velo en torno al 1115, emitiendo su profesión monástica en manos del obispo Otón de Bamberg. En 1136, Hildegarda, ya con treinta y ocho años, fue nombrada “magistra”, orientando su espiritualidad sobre la raíz benedictina del equilibrio espiritual y la moderación ascética.


En torno al 1140 se intensificaron sus experiencias místicas y sus visiones, descritas e interpretadas luego con la ayuda del monje Volmar en el Scivias y en otros de sus escritos. En la incertidumbre inicial sobre el origen y el valor de sus experiencias y visiones, ella se dirigió en busca de consejo, en torno al 1146, a Bernardo de Claraval, de quien recibió plena aprobación, y entre noviembre de 1147 y febrero de 1148, por medio del obispo Enrique de Maguncia y el abad Kuno de San Disibodo, al Papa Eugenio III, entonces en Tréveris, del cual obtuvo prácticamente una confirmación pontificia de sus visiones y escritos.


Luego, ante el aumento numérico de las monjas, debido sobre todo a la gran consideración atribuida a su persona, y en presencia de algunos contrastes con los vecinos monjes benedictinos de San Disibodo, en torno al 1150 fue posible para Hildegarda fundar, también utilizando sus bienes familiares y el apoyo económico de la rica familia von Stade, un monasterio propio en San Ruperto, en la confluencia del río Nahe con el Rin, cerca de Bingen, donde se trasladó junto a veinte monjas, todas de extracción noble. En 1165, tanto a causa del gran número de solicitudes de ingreso como sobre todo para permitir también a las candidatas no nobles acceder a la vida monástica benedictina, Hildegarda fundó en Eibingen, en la orilla opuesta del Rin, un nuevo monasterio, utilizando y reestructurando un viejo edificio, que había pertenecido a los agustinos, e instaló allí una priora para la admistración común. De ambos monasterios, de San Ruperto y de Eibingen, ella era la única abadesa: aún residiendo normalmente en San Ruperto, iba dos veces por semana en barco al monasterio de Eibingen para asegurar a sus dos fundaciones unidad de dirección espiritual, de dirección administrativa y de gobierno.

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¿Qué decir de la santidad de Hildegarda?


En Hildegarda existe una extrema consonancia entre sus enseñanzas y su vida real. Al comienzo de su primera obra, el Scivias, Hildegarda ve el temor de Dios como sumo ideal monástico según la Regla Benedictina. El timor Domini se acompaña por las otras virtudes, particularmente importantes en la vida monástica, como la humildad, la obediencia, la castidad, junto a los pilares de todo creyente, que son la fe, la esperanza y la caridad. Después del timor Domini, está la discretio, la moderación, que no es fruto del esfuerzo humano sino de la acción divina en el hombre: “El hablar discreto consiste en que los monjes, en las principales consultas comunes, se expresen modice ac breviter y que en su convivencia fraterna se dirijan mutuamente palabras que quieren ser comprendidas como expresiones de amor que están orientadas al afecto fraterno”.


Como autora de los escritos sobre sus visiones, como abadesa de la comunidad de hermanas benedictinas, como personalidad destacada en contacto frecuente con los personajes de su tiempo, ella se convirtió cada vez más en un personaje público. Por lo cual todos, hermanas y personas externas, podían verificar la coherencia entre sus palabras y sus comportamientos. Fue esta virtuosidad concreta que impulsó a Teodorico de Echternach a componer la Vita Sanctae Hildegardis, que fue hecha precisamente para hacer conocida la vida ejemplar y santa de Hildegarda. Y en esta biografía aparece su edificante actitud sobre todo en el monasterio, con las virtudes de la caridad hacia todos, de la virginidad, de la humildad, de la modestia, del silencio, de la paciencia. Ella ardía de caridad y de celo. De modo particular practicó la virtud de la humildad, experimentada no sólo en la formas y en los grados del artículo 7 de la Regla Benedictina, sino también en la aceptación devota de la debilidad física y del sufrimiento, que la hicieron capaz de recibir los dones extraordinarios de la gracia. Antes aún que en el exterior, su vida era devota y agradable a Dios en lo escondido del monasterio de San Disibodo, primero, y luego en el propio de San Ruperto. El benedictino Guilberto de Gembloux (1124-1214), en una carta a su amigo Bovo, expresa sus impresiones sobre Hildegarda y sus monjas diciendo, entre otras cosas, que en el monasterio hay tal concentración de virtudes, entre la madre que abraza a sus hijas con tanta caridad y las hijas que se someten a la madre con tanta reverencia, que es difícil discernir si en este celo recíproco es la madre quien supera a las hijas o viceversa.

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Fuente: Il blog degli amici di Papa Ratzinger


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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