martes, 5 de octubre de 2010

P. Claude Barthé: “La crítica de la reforma”

El Padre Claude Barthé ha concedido una entrevista al periodista Daniel Hamiche. La misma fue traducida al inglés por un sacerdote anglicano, Anthony Chadwick. Presentamos nuestra traducción de la versión inglesa.

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El Padre Barthe acaba de publicar una pequeña “bomba” llamadaLa Messe à l’endroit”. En 1955, el autor Paul Claudel escribió un notable artículo “La Misa en reversa”, para estigmatizar lo que en la época eran solamente experimentos litúrgicos. Ahora el Padre Barthe quiere poner “la Misa en la dirección correcta”. Cree que lo apoya toda una corriente, descripta en la Iglesia como “la reforma de la reforma”.

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Su libro más reciente (Claude Barthe, “La Messe à l’endroit. Un Nouveau mouvement liturgique”) nos tomó por sorpresa, porque usted es conocido como defensor de la Misa tradicional y ahora se está ocupando de la llamada Misa de Pablo VI. ¿Por qué su interés?


Defender una nunca me ha impedido, sino al contrario, estar interesado en la transformación de la otra, es decir, la de Pablo VI. En 1997, diez años antes del Motu Proprio, publiqué un libro de entrevistas, “Reconstruyendo la Liturgia”. Entrevistas todas acerca de la situación de la Liturgia en las parroquias. El mismo tema que en este libro. Claro que el Motu Proprio del 2007 dio nueva vida a estas ideas. La idea fundamental es que las dos líneas de crítica a los cambios producidos bajo Pablo VI – es decir, la crítica frontal que quiere promover la amplia difusión de la anterior Liturgia, de San Pío V; y la crítica de reforma, que llama a una “reforma de la reforma” y busca producir un cambio dentro de la Liturgia de Pablo VI – están cada vez más conectadas. La “reforma de la reforma” propuesta no puede lograrse sin el soporte de una celebración tan difundida como sea posible de la Misa tradicional. La liturgia tradicional no puede esperar ser rehabilitada masivamente en las parroquias sin recrear un entorno vivo, que sería la obra de la “reforma de la reforma”.

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Los tradicionalistas de la Forma Extraordinaria piensan que el Misal de Pablo VI no puede ser salvado y que tendría que ser descartado. Ahora bien, usted piensa que puede ser reformado e incluso “enriquecido”. ¿Cómo?


En primer lugar, creo que no es para nada realista creer que podemos utilizar una varita mágica y hacer que todas las Misas sean celebradas según la Forma antigua en todas las parroquias del mundo. Sin embargo, noto – con muchos otros, algunos de ellos en muy altas posiciones – que el Misal de Pablo VI contiene una posibilidad casi infinita de opciones, adaptaciones e interpretaciones, y que una elección progresiva y sistemática (o sistemáticamente progresiva) de las posibilidades tradicionales que ofrece hace posible su “re-tradicionalización” en las parroquias, y esto lícitamente (según la letra de la ley y su espíritu). Es un hecho simple: de los muchos párrocos (he compilado una lista rápida en Francia, que obviamente no debo publicar, pero es impresionante) que están practicando, a menudo paso a paso, esta “reforma de la reforma”, la mayoría de ellos también celebra la Misa tradicional. Para responder a su pregunta, diría que creo que la liturgia romana puede ser salvada, y esto ya se está dando en la práctica, por medio de una acción doble: hacer cada vez más conocido el rito de San Pío V, y la “reforma de la reforma”. Esto hará posible, citando un famoso discurso de Pablo VI, el quitar de la reforma todo lo que es viejo y obsoleto, porque no es tradicional. Veremos lo que se salva luego de esta operación…

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Usted nos hace descubrir mucho de la relativamente desconocida historia litúrgica de los últimos cuarenta años. Mientras que los que apoyan la Misa antigua no se interesan por una reforma del nuevo Misal, sus seguidores “moderados”, una pequeña minoría, promueven continuamente su reforma. ¿Podría explicar brevemente esta posición?


Se trata de lo que podríamos llamar “la crítica de la reforma” del nuevo Misal. En breve, y por hablar sólo de Francia, podemos recordar a teólogos como Louis Bouyer, que participaron activamente en la reforma conciliar pero que rápidamente entraron en conflicto con algunos de sus aspectos (el significado de la celebración, por ejemplo). La Abadía de Solesmes, y en distintos grados algunas de las casas que dependen de ella, han aceptado la reforma, pero enteramente en latín y con canto gregoriano. La comunidad de San Martín, de Mons. Guerin, también optó por el Misal de Pablo VI, pero en una interpretación muy tradicional. Mons. Maxime Charles, rector de la Basílica de Montmartre, y luego el Padre Michel Gitton, quien fuera párroco de Saint Germain l’Auxerrois en París, han trabajado por preservar lo que podía salvarse de la ruina. Y, más importante aún, está el fenómeno Ratzinger.


Ya en 1966 Joseph Ratzinger había intervenido muy severamente en el Katholikentag en Bamberg acerca de la reforma que estaba en marcha. La pelea contra lo que cree es un “falso espíritu del Concilio” ha sido sustancial para quien fue nombrado Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1981, y luego se convirtió en Papa en el 2005. En temas relativos a la liturgia, Joseph Ratzinger fue mucho más lejos que los demás reformadores. Ahora sabemos que organizó una reunión de cardenales en Roma, el 16 de noviembre de 1982, “acerca de cuestiones litúrgicas”, e hizo que todos los prefectos de las Congregaciones que participaron en la reunión afirmaran que el “antiguo” Misal Romano debía ser “aceptado por la Santa Sede en toda la Iglesia para las Misas celebradas en latín”. Era 1982, exactamente un cuarto de siglo antes del Motu Proprio Summorum Pontificum.

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Su libro lleva el subtítulo “Un nuevo movimiento litúrgico”. ¿Se trata de un deseo o de un hecho – que en torno a Benedicto XVI, que parece ser quien encabeza esta “reforma de la reforma”, se está juntando un grupo de influyentes prelados y sacerdotes que intentan promoverla para bien?


Precisamente, basada en las obras de Joseph Ratzinger (“Informe Ratzinger”, “Mi vida”, “El espíritu de la Liturgia”, “Un canto nuevo para el Señor”, “La fiesta de la fe”), se ha construido una nueva generación de teólogos, historiadores del culto, oficiales de alto rango. Ahora forman un círculo de pensadores de la “reforma de la reforma” – un nuevo movimiento litúrgico como lo llama el Papa – y apoyan el Motu Proprio. Ninguno de ellos – y especialmente el primero de ellos, el Papa, tampoco – intentan promover la “reforma de la reforma” con textos, decretos, o con un nuevo Misal que uniera los dos ritos, un Misal de Benedicto XVI que se agregase a los misales de San Pío V y de Pablo VI.


No, ellos quieren proceder por el ejemplo, la exhortación, la educación, y más importantemente aún, evocando el tema de la Carta de San Pablo a los romanos: causando una “saludable tensión” entre la forma hoy conocida como “ordinaria” y la forma conocida como “extraordinaria”. Esto es una meta de la restauración ratzingeriana desde 1985: busca influir en el curso de los eventos conciliares, pero en una forma exhortativa, no coercitiva. La “reforma de la reforma” ya existe en muchas parroquias. Lo suficiente como para animar, expandirse y, especialmente, alcanzar el nivel diocesano. Sería más apropiado que, en lugar de ser realizada por los sacerdotes y el Papa, fuera trabajo de los obispos. Imagínese el maravilloso efecto de restauración, no sólo litúrgica sino de todo lo que viene con la Liturgia: las vocaciones, la doctrina, la catequesis, la práctica religiosa; todo esto producido por un obispo, luego dos, luego tres, etc., que llevasen el altar hacia la parte trasera de las catedrales, que restauraran los comulgatorios, reintrodujeran el latín y el canto gregoriano, y que celebrasen regularmente la Misa Tradicional. Vuelvo a enfatizar en lo mismo: esta “reforma de la reforma” no puede lograrse sin una más amplia celebración de la Misa según el Misal tradicional. E, inversamente, para que la liturgia tradicional exista en las parroquias ordinarias, se necesita un retorno a las fuentes tradicionales, representado por la “reforma de la reforma”.


Importantes oficiales que están a favor de este nuevo movimiento litúrgico también animan a la reducción del número de los concelebrantes y de las concelebraciones; la reducción del número de las plegarias eucarísticas; la reintroducción de elementos de la Misa tradicional en los muchos “agujeros” de la Forma de Pablo VI (genuflexiones, besos al altar, antiquísimas señales de la Cruz durante el Canon); el reemplazo de las Misas con enorme número de asistentes – en las que el culto se transforma en una demostración – por Horas Santas, la bendición con el Santísimo Sacramento; y la restauración del signo de paz como una acción sagrada y no como una signo de cortesía social; etc.


Este libro me trajo también muchas reacciones positivas de sacerdotes. Toda idea correctiva es útil si se pone en la práctica y no queda como un mero buen deseo. La mayoría provienen de párrocos que celebran tanto la antigua como la nueva Forma de la Misa. 40 años después de esta agitación sin precedentes en la historia del Rito Romano representada por la reforma de Pablo VI, y entre las ruinas de la secularización en el mundo católico que dicha reforma – al menos – no previno, es claro que hay un clima de “retorno”, en una minoría, pero que espera crecer. Por supuesto, la Liturgia es sólo uno de estos aspectos, pero dada la naturaleza de la Liturgia, se trata de un aspecto muy significativo.

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Fuente: English Catholic


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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lunes, 4 de octubre de 2010

Escocia y el Santo Padre

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En Escocia: Notable aumento de participación en las Misas desde la visita del Santo Padre


El “Edinburgh Evening News” informa que desde el día en que el Papa arribó a Escocia, ha habido un dramático aumento en la participación en las Misas dominicales.


Distintos sacerdotes hablaron con el periódico local contando que en algunas Misas del fin de semana luego que el Santo Padre concluyó la visita, hubo gente que debió permanecer de pie, e incluso personas fuera de los templos.


El Padre Michael Henesy, párroco de San Patricio en Old Town, dijo que cree que este nuevo vigor continuará más allá del impacto inmediato de la visita. “La gente comenta sobre el aumento de nuestra congregación el fin de semana”, dijo. “La visita ha sido un tremendo empujón para nosotros, y tendrá un efecto duradero”.


El “Evening News” informa que “cientos” de nuevos parroquianos han participado en las Misas en las Iglesias Católicas alrededor de Edinburgh.


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Fuente: Protect the Pope

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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viernes, 1 de octubre de 2010

Sobre el futuro de la Fraternidad San Pío X

 

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Mons. Brunero Gherardini, canónigo de la Basílica de San Pedro y autor del libro “Concilio Ecumenico Vaticano II. Un discorso da fare”, ha escrito un artículo sobre el futuro de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, publicado en el blog Fides et Forma. Ofrecemos nuestra traducción en lengua española.

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Durante un amigable encuentro, algunos amigos me han preguntado cuál podría ser el futuro de la Fraternidad San Pío X como conclusión de los diálogos en curso entre la misma y la Santa Sede. Hemos hablado mucho de ello y las opiniones eran discordes. Por eso, expreso la mía también por escrito, en la esperanza – si no es presunción, ¡y Dios me guarde de ello! – de que pueda ser útil no sólo para los amigos sino también para las partes en diálogo.


Advierto, en primer lugar, que nadie es profeta ni hijo de profetas. El futuro está en las manos de Dios. Algunas veces es posible preordenarlo, al menos en parte; otras veces, se nos escapa del todo. Es necesario, además, dar acto a las dos partes, finalmente trabajando para una solución del ya antiguo problema de los “lefebvristas”, quienes hasta ahora han mantenido de forma laudable y ejemplar el debido silencio sobre sus diálogos. Tal silencio, sin embargo, no ayudar a prever los posibles desarrollos.


“Rumores”, sin embargo, sí se escuchan; y no pocos. Cuál es su fundamento es un misterio. Examinaré, por lo tanto, alguna des las opiniones expresadas en la ocasión antes mencionada, para luego decir la mía en forma articulada.


1. Algunos juzgaban positiva una reciente invitación a la Fraternidad a “salir del bunker en el cual se encerró durante el post-concilio para defender la Fe de los ataques del neomodernismo”. Fue fácil advertir la dificultad de un juicio a este respecto. Que la Fraternidad haya estado por algunas décadas en el bunker, es evidente; lamentablemente lo está todavía. En cambio, es menos evidente el saber si ha entrado por sí misma, o por alguien, o si ha sido impulsada por los acontecimientos. Me parece que, si queremos hablar propiamente de bunker, ha sido Mons. Lefebvre quien ha aprisionado a su Fraternidad aquel 30 de junio de 1988 cuando, después de dos advertencias oficiales y una admonición formal para que renunciara al proyectado acto “cismático”, ordenó obispos a cuatro de sus sacerdotes. Ese fue el bunker: no de un cisma formalmente entendido, porque aún siendo “rechazo de la sumisión al Sumo Pontífice” (CIC 751), faltó el dolo y la intención de crear una anti-iglesia; estuvo más bien determinado por el amor a la Iglesia y por una suerte de “necesidad” para la continuidad de la genuina Tradición católica, seriamente comprometida por el neomodernismo postconciliar. Pero bunker fue: el de una desobediencia en los límites del desafío, del callejón sin salida, y sin perspectivas de una posible apertura. Y no el de la salvaguardia de los valores comprometidos.


Es difícil entender en qué sentido, “para defender la Fe de los ataques del neomodernismo”, fuese precisamente necesario “encerrarse en un bunker”. Es decir, dejar libre el paso a la irrupción de la herejía modernista. Y, de hecho, el paso fue ininterrumpidamente obstaculizado. Aún estando en una posición de condena canónica, y por lo tanto fuera de las filas de la oficialidad pero con la conciencia de trabajar para Cristo y su Iglesia, una, santa católica, apostólica y romana, la Fraternidad atendió sobre todo a la formación del clero, siendo esta su tarea específica; fundó y dirigió seminarios; promovió y sostuvo debates teológicos a veces de alto perfil; publicó libros de relevante valor eclesiológico; dio cuentas de sí misma mediante folletos de información interna y externa; y todo al descubierto, demostrando de qué fuerzas – dejadas lamentablemente al margen – podría valerse la Iglesia para su finalidad de evangelización universal. Que los efectos de la activa presencia lefebvrista puedan ser juzgados modestos o que, de hecho, no sean muy llamativos, puede depender de dos razones:

- de la condición canónicamente anómala en la que trabaja,

- y de sus dimensiones; se sabe que “la mosca da el puntapié que puede”.


Pero yo estoy profundamente convencido de que precisamente por eso se debería agradecer a la Fraternidad, la cual, en un contexto de secularización ya en los márgenes de una era post-cristiana, y también de antipatía no disimulada hacia ella, ha tenido y tiene bien alta la antorcha de la Fe y de la Tradición.


2. En la ocasión mencionada al comienzo, alguno hizo referencia a una conferencia durante la cual la Fraternidad fue invitada a tener mayor confianza en el mundo eclesial contemporáneo, recurriendo si es necesario a algún compromiso, porque la “salus animarum” exige – lo habría dicho un lefebvrista – que se corra también este riesgo. Sí, pero no ciertamente el riesgo de “comprometer” la salvación eterna propia y de los otros.


Es probable que las palabras traicionen las intenciones. O que no se conozca el valor de las palabras. Si hay algo que, en materia de Fe, es obligado evitar, es el compromiso. Y el apelo de la Fraternidad – así como de todo auténtico seguidor de Cristo – al “sí, sí, no, no” de Mateo 5, 37 (Santiago 5, 12) es la única respuesta a la perspectiva del compromiso. El texto citado continúa diciendo: “todo lo demás viene del maligno”; por lo tanto, también, y especialmente, el compromiso. Al menos en su acepción de renuncia a los propios principios morales y a las propias razones de vida.


A decir verdad, también a mí, desde que comenzaron los diálogos entre la Santa Sede y la Fraternidad, me había llegado el rumor de un posible compromiso. Es decir, de un comportamiento indigno, del cual imagino que la misma Santa Sede es la primera en huir. Un compromiso sobre lo que no compromete la confesión de la auténtica Fe, es posible y a veces plausible; nunca lo es a expensas de los valores no negociables. Sería además una contradicción in terminis porque también el compromiso es un negotium. Y un negocio con riesgo: el naufragio de la Fe. Me repugna, por lo tanto, el solo pensar que la Santa Sede lo proponga o lo acepte: obtendría mucho menos que un plato de lentejas y cargaría con la responsabilidad de un delito gravísimo. Me repugna también pensar en una Fraternidad que, después de haber hecho de la Fe sin rebajas la bandera de su misma existencia, resbalara sobre la cáscara de plátano deslizándose al rechazo de su misma razón de ser.


Añado que, a juzgar por algún indicio tal vez no del todo infundado, la metodología bilateralmente desarrollada no parece abrir grandes perspectivas. Es la metodología del punto contra punto: Vaticano II sí, Vaticano II no, o si. Es decir, a condición de que de una o de otra parte, o de ambas, se baje la guardia. ¿Una rendición incondicional? Para la Fraternidad, el ponerse en las manos de la Iglesia sería el único comportamiento realmente cristiano, si no estuviese la razón por la que nació y por la que dio vida a su Aventino. Es decir, aquel Vaticano II que, especialmente con algunos de sus documentos, está literalmente en el lado opuesto de lo que ella cree y por lo que ella obra. Con tal metodología, no se vislumbra una vía media: o la capitulación, o el compromiso.


Un resultado tan funesto podría ser evitado siguiendo una metodología diversa. El puntum dolens de todo el conflicto se llama Tradición. A ella es constante el apelo de una o de otra parte, que, por otro lado, tienen de la Tradición un concepto netamente diferente. El Papa Wojtyla declaró oficialmente “incompleta y contradictoria” la Tradición defendida por la Fraternidad. Se debería, por lo tanto, demostrar el porqué del carácter incompleto y contradictorio, pero todavía más urgente es la necesidad de que las partes lleguen a un concepto común, es decir, bilateralmente compartido. Tal concepto se convierte, entonces, en el famoso punto al que llegan todos los problemas. No hay problema teológico y de vida eclesial que no tenga en dicho concepto su solución. Si, por lo tanto, se continúa con el diálogo manteniendo, una y otra parte, el propio punto de partida, o se dará vida a un diálogo entre sordos, o, para demostrar que no se ha dialogado en vano, se dará libre acceso al compromiso. En particular, si aceptara la tesis de los “contrastes aparentes”, según la cual no están determinados por disensos de carácter dogmático sino por las siempre nuevas interpretaciones de los hechos históricos, la Fraternidad declararía su fin, sustituyendo míseramente su Tradición, que es la apostólica, con la vaporosa, inconsistente y heterogénea Tradición viviente de los neomodernistas.


3. Una última cuestión tratamos en nuestro amigable encuentro, expresando más esperanzas que previsiones concretamente fundadas: el futuro de la Fraternidad. Sobre el tema ha hablado también, recientemente, el sitio cordialiter.blogspot.com con una idílica anticipación del feliz futuro que podría esperar a la Fraternidad: un nuevo - ¿nuevo? por ahora, no ha tenido uno – “status” canónico, comienzo del fin del modernismo, prioratos abarrotados de fieles, Fraternidad transformada en “super-diócesis autónoma”. También yo espero mucho de la anhelada recomposición para la cual se está trabajando, pero con los pies un poco más sobre la tierra.


Trato de agudizar la mirada y ver qué podría ocurrir mañana. Lo específico de la Fraternidad, ya lo he recordado, es la preparación al sacerdocio y el cuidado de las vocaciones sacerdotales. No debería abrirse para ella un campo diverso del de los Seminarios, siendo este su verdadero campo de batalla: propios y no propios, en los Seminarios, más que en otro lugar o que de otra manera, podría expresarse la naturaleza y las finalidades de la Fraternidad.


¿Bajo qué perfil canónico? No es fácil preverlo. Me parece, de todos modos, que el ser una Fraternidad sacerdotal debería sugerir la estructura canónica en una forma de “Sociedad Sacerdotal”, bajo el supremo gobierno de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. Por otra parte, el tener ya cuatro Obispos podría sugerir, como solución, una “Prelatura” de la que la Santa Sede, en el momento oportuno, podrá precisar la exacta configuración jurídica. Este no me parece, sin embargo, el problema principal. Más importante es, sin duda, tanto la resolución dentro de la Iglesia de un conflicto poco comprensible en tiempos del diálogo con todos, como la liberalización de una fuerza compacta en torno a la idea y al ideal de la Tradición, para que pueda obrar no desde el bunker sino a la luz del sol y como expresión viva y auténtica de la Iglesia.


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Fuente: Fides et Forma


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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sábado, 25 de septiembre de 2010

Católicos y ortodoxos: “ser plenamente Iglesias hermanas”

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La Comisión mixta para el diálogo entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas está reunida en Viena desde el 20 hasta el 27 de septiembre. El tema que están tratando es el primado del Obispo de Roma en la comunión de la Iglesia del primer milenio. Ofrecemos este interesante artículo sobre el tema, que contiene algunas declaraciones del arzobispo Koch y del metropolita Ioannis, ambos co-presidentes de la Comisión. Aprovechamos la ocasión para unirnos en la oración por el descanso eterno de Mons. Eleuterio Fortino, sub-secretario del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, fallecido esta semana en Roma a los 72 años de edad.

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La Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas están haciendo progresos en vista de un “completo” reconocimiento recíproco como “Iglesias hermanas que les permita alcanzar la unidad en la “diversidad”, según un modelo ya esbozado por el Papa Benedicto XVI con su decisión de acoger “en bloque” a comunidades anglicanas que podrán mantener su identidad y tradiciones.


Es cuanto surge en estos días del encuentro, en Viena, de la Comisión teológica mixta para el diálogo entre católicos y ortodoxos, sobre el tema del “Primado del Obispo de Roma en el primer milenio”. Las dos delegaciones de teólogos estaban guiadas respectivamente por el metropolita Ioannis de Pérgamo, representante del Patriarcado ecuménico de Constantinopla, y por mons. Kurt Koch, desde este verano presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos. Estaban presentes también el metropolita Hilarion, “ministerio de Exteriores” del Patriarcado de Moscú – la más populosa entre las Iglesias ortodoxas – y el arzobispo de Viena, cardenal Christoph Schonborn, anfitrión del encuentro.


En una conferencia de prensa conjunta con el metropolita Ioannis, mons. Koch explicó que el modelo de unidad futura entre las Iglesias es “la gran pregunta” que deberá ser afrontada en el futuro del diálogo, y que el camino a seguir para el futuro es uno que sepa acoger la “diversidad” en la unidad: “Creo que también el pensamiento del Papa va en esta dirección”, dijo el arzobispo. “Hemos visto los temas que deberíamos discutir – explicó mons. Koch, según refiere el blog FaithWorld -: el primado papal y la sinodalidad. La Iglesia católica tiene un fuerte primado pero probablemente no ha desarrollado la sinodalidad como la Iglesia ortodoxa. La fuerza de la Iglesia ortodoxa está en su sinodalidad pero la doctrina del primado no es tan fuerte. Podemos enriquecernos unos a otros”, porque “el principio base del ecumenismo es el intercambio de los dones”. “Unidad – dijo luego Koch – significa considerar ambos como Iglesias plenamente hermanas. Así como la Iglesia (católica) de Viena es hermana de la Iglesia de Basilea, la Iglesia ortodoxa será una Iglesia hermana para nosotros”. “Creo que también el pensamiento del Papa va en esta dirección – agregó -. Ha dicho a los anglicanos que quieren volver que podrán conservar su tradición y celebrar su liturgia. Por lo tanto, ha dicho que debería haber diversidad. Esto será un segundo paso, si bien es demasiado pronto para preguntarnos cuándo lo podremos dar juntos”.


El metropolita Ioannis, después de haber considerado que “no hay nubes de desconfianza entre nuestras dos Iglesias”, indicó que en el futuro el diálogo católico-ortodoxo asumirá un carácter más “teológico”, alejándose de la indagación histórica sobre la Iglesia del primer milenio – antes, por lo tanto, del cisma entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente del 1054 – que lo ha caracterizado hasta ahora. “Lo que hemos decidido en Ravena (sede del encuentro que, en el 2007, ha llevado a la firma de un documento común que reconoce la necesidad de un “primado” en la Iglesia a sus diversos niveles, local, nacional, universal), parece ser confirmado por la historia del primer milenio”.


En cuanto al futuro, Ioannis ha explicado que no hay ningún “modelo preconstituido”: el resultado “será el fruto de un cierto... – no lo llamaría reforma, es demasiado fuerte – sino de una adaptación de ambas partes”. Si los ortodoxos, por una parte, refuerzan “su unidad universal y su concepto de primado” y los católicos, por otra, su “dimensión sinodal”, “el resultado – para el metropolita – se acercará a una concepción de la Iglesia que está unificada del modo correcto en su estructura fundamental”. “Ciertamente – prosiguió – debemos estar unidos en la fe. Hay ciertas cosas fundamentales en materia de fe que deben ser aclaradas. Pero el resto puede ser dejado a la diversidad. Hay costumbres, costumbres litúrgicas y otras costumbres, que pueden ser dejadas a cada Iglesia para que las organice libremente”.


Difícilmente, sin embargo, del encuentro del Viena que se concluirá mañana saldrá un documento como el de Ravena: “El papel es paciente”, dijo mons. Koch. La próxima plenaria de la Comisión podría reunirse dentro de uno o dos años.

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Fuente: Il blog degli amici di Papa Ratzinger


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 22 de septiembre de 2010

Una interesante carta inédita del Cardenal Ratzinger

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Ofrecemos nuestra traducción de un interesante intercambio epistolar entre el Padre Matías Augé, liturgista español, y el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. El Padre Augé había escrito al Cardenal Ratzinger en 1998 exponiéndole una serie de críticas a la conferencia que el prelado había pronunciado con ocasión del 10º aniversario del Motu proprio “Ecclesia Dei”. Pocos meses después, el Cardenal Ratzinger respondía la carta, defendiendo los argumentos que había expuesto en su conferencia y presentando su visión de la cuestión litúrgica. Un interesante intercambio, que podemos leer gracias a la gentileza del mismo Padre Augé, que ha publicado ambas cartas en su blog,  las cuales luego han sido retomadas por el blog Messainlatino.

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Carta del Padre Augé al Cardenal Ratzinger


Roma, 16 de noviembre de 1998


Eminencia Reverendísima,


Perdóneme si me atrevo a escribir esta carta. Lo hago con sencillez, y también con gran sinceridad. Soy profesor de liturgia en el Pontificio Instituto Litúrgico de San Anselmo y en la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Lateranense así como también Consultor de la Congregación para el Culto Divino. He leído la conferencia que usted ha tenido poco tiempo atrás con ocasión de los “Dix ans du Motu Proprio Ecclesia Dei”. Confieso que su contenido me ha dejado profundamente perplejo. Me han impresionado, particularmente, las respuestas que usted da a las objeciones hechas por aquellos que no aprueban “el apego a la antigua liturgia”. Y sobre estas quisiera detenerme en esta carta que le envío.


La acusación de desobediencia al Vaticano II es rechazada diciendo que el Concilio no ha reformado los libros litúrgicos, sino que simplemente ha ordenado su revisión. ¡Muy cierto!, y la afirmación no puede ser contradicha. Le hago notar, sin embargo, que tampoco el Concilio de Trento ha reformado los libros litúrgicos, habiendo dado sólo principios muy generales al respecto. La reforma como tal, el Concilio la ha pedido al Papa, y Pío V y sus sucesores la han llevado a cabo fielmente.


No logro entender, luego, cómo los principios del Concilio Vaticano II concernientes a la reforma de la Misa presentes en la Sacrosanctum Concilium, nn. 47-58 (por lo tanto, no sólo los nn. 34-35 citados por usted) pueden estar de acuerdo con la restauración de la así llamada misa tridentina. Además, si tomamos por buena la afirmación del Cardenal Newman por usted recordada, es decir que la Iglesia nunca ha abolido o prohibido “formas litúrgicas ortodoxas”, entonces me pregunto si, por ejemplo, los notables cambios introducidos por Pío X en el Salterio romano o por Pío XII en la Semana Santa han abolido o no los antiguos ordenamientos tridentinos. Este principio podría inducir a algunos, por ejemplo en España, a pensar que está permitido celebrar el antiguo rito hispánico-visigodo, ortodoxo y reacondicionado después del Vaticano II. Hablar del rito tridentino como diverso del rito del Vaticano II no me parece exacto, más bien diría que es contrario a la noción misma de lo que se entiende aquí por rito. Tanto el rito tridentino como el actual son un solo rito: el rito romano, en dos diversas fases de su historia.


La segunda objeción que se hace es que el retorno a la antigua liturgia corre el riesgo de romper la unidad de la Iglesia. Esta objeción es afrontada por usted distinguiendo entre el aspecto teológico y práctico del problema. Puedo compartir muchas de las consideraciones que usted hace al respecto, excepto algunos datos históricamente no sostenibles, como por ejemplo la afirmación de que hasta el Concilio de Trento existían los ritos mozárabes de Toledo y otros, suspendidos por el Concilio. El rito mozárabe, de hecho, había sido suprimido ya por Gregorio VII con exclusión de Toledo, donde permanece en vigor. El rito ambrosiano, por su parte, no ha sido nunca suprimido. Lo que al respecto no llego a comprender es que se olvide lo que Pablo VI afirma en la Constitución Apostólica del 3 de abril de 1969 con la que promulga el nuevo Misal, y es esto: “… confiamos que este Misal será acogido por los fieles como medio para testimoniar y afirmar la unidad de todos, y que por medio de él, en tanta variedad de lenguas, subirá al Padre celestial… una sola e idéntica oración”. Pablo VI quiso, por lo tanto, que el uso del nuevo Misal sea expresión de unidad de la Iglesia; y añade luego para concluir: “Queremos que cuanto hemos establecido y prescrito tenga fuerza y eficacia ahora y en el futuro, no obstante, si fuere el caso, las Constituciones y Ordenaciones Apostólicas de Nuestros Predecesores y cualquiera otra prescripción, incluso las dignas de especial mención y con poder de derogar la ley”.


Conozco las sutiles distinciones hechas por algunos juristas o los que se consideran tales. Creo, sin embargo, que se trata simplemente de “sutilezas” que, en cuanto tales, no merecen gran atención. Se podrían citar diversos documentos en los que se demuestra claramente la voluntad de Pablo VI al respecto. Sólo recuerdo la carta que el 11 de octubre de 1975 el cardenal J. Villot escribía a Mons. Coffy, presidente de la Comisión episcopal francesa de liturgia y pastoral sacramental (Secretaría de Estado n.287608), en la que decía entre otras cosas: ““Par la Constitution Missale Romanum, le Pape prescrit, comme vous le savez, que le nouveau Missel doit remplacer l’ancien, nonobstant les Constitutions et Ordonnances apostoliques de ses prédécesseurs, y compris par conséquent toutes les dispostions figurant dans la Constitution Quo Primum et qui permettrait de conserver l’ancien missel [...] Bref, comme dit la Constitution Missale Romanum, c’est dans le nouveau Missel romain et nulle part ailleurs que les catholiques de rite romain doivent chercher le signe et l’instrument de l’unité mutuelle de tous...”.


Eminencia, como profesor de liturgia yo me encuentro enseñando cosas que me parecen diversas a las que usted ha expresado en la mencionada conferencia. Y creo que debo continuar por este camino en obediencia al magisterio pontificio. También yo lamento los excesos con los que algunos, después del Concilio, han celebrado o celebran todavía la liturgia reformada. Pero no logro comprender por qué algunos Eminentísimos Cardenales, no sólo usted, han creído oportuno poner remedio a ello poniendo “de hecho” en discusión una reforma aprobada, después de todo, por el Sumo Pontífice Pablo VI y abriendo cada vez más las puertas al uso del antiguo Misal de Pío V. Con humildad, pero también con parresia apostólica, siento la necesidad de afirmar mi oposición a similares orientaciones. He preferido decir abiertamente lo que muchos liturgistas y no liturgistas, que nos sentimos hijos obedientes de la Iglesia, decimos en los pasillos de los Ateneos romanos.


Suyo devotísimo en Cristo,


Matías Augé cmf


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Respuesta del Cardenal Ratzinger al Padre Augé


18 de febrero de 1999


Reverendo Padre,


He leído con atención su carta del 16 de noviembre, en la cual usted ha formulado algunas críticas a la Conferencia dada por mí el día 24 de octubre de 1998, con ocasión del 10º aniversario del Motu Proprio Ecclesia Dei.


Comprendo que usted no comparte mis opiniones sobre la reforma litúrgica, su aplicación, y la crisis que se deriva de algunas tendencias en ella escondidas, como la desacralización.


Me parece, sin embargo, que su crítica no toma en consideración dos puntos:


1. Es el Sumo Pontífice Juan Pablo II quien ha concedido, con el Indulto de 1984, el uso de la liturgia anterior a la reforma paulina, bajo ciertas condiciones; luego, el mismo Pontífice publicó, en 1988, el Motu Proprio Ecclesia Dei, que manifiesta su voluntad de ir al encuentro de los fieles que se sienten vinculados a ciertas formas de la liturgia latina anterior, y por lo tanto pide a los obispos conceder “de modo amplio y generoso” el uso de los libros litúrgicos de 1962.


2. Una parte no pequeña de los fieles católicos, sobre todo de lengua francesa, inglesa y alemana, permanecen fuertemente vinculados a la liturgia antigua, y el Sumo Pontífice no quiere repetir para con ellos lo que ya había ocurrido en 1970, donde se imponía la nueva liturgia de manera extremadamente brusca, con un tiempo de paso de sólo 6 meses, mientras el prestigioso Instituto litúrgico de Tréveris, de hecho, para tal cuestión, que toca de manera tan viva el nervio de la fe, justamente había pensado en un tiempo de 10 años, si no me equivoco.


Por lo tanto, son estos dos puntos – es decir, la autoridad del Sumo Pontífice reinante y su actitud pastoral y respetuosa hacia los fieles tradicionalistas – que deberían ser tomados en consideración.


Permítame, entonces, añadir algunas respuestas a sus críticas sobre mi intervención.


1. En cuanto al Concilio de Trento, nunca dije que éste habría reformado los libros litúrgicos. Por el contrario, siempre he subrayado que la reforma post-tridentina, ubicándose plenamente en la continuidad de la historia de la liturgia, no quiso abolir las otras liturgias latinas ortodoxas (cuyos textos existían desde hacía más de 200 años) y tampoco imponer una uniformidad litúrgica.


Cuando dije que también los fieles que hacen uso del Indulto de 1984 deben seguir los ordenamientos del Concilio, quería mostrar que las decisiones fundamentales del Vaticano II son el punto de encuentro de todas las tendencias litúrgicas y que, por lo tanto, son también el puente para la reconciliación en el ámbito litúrgico. Los oyentes presentes, en realidad, han comprendido mis palabras como una invitación a la apertura al Concilio, al encuentro con la reforma litúrgica. Pienso que quien defiende la necesidad y el valor de la reforma, debería estar plenamente de acuerdo con este modo de acercar los “tradicionalistas” al Concilio.


2. La cita de Newman quiere significar que la autoridad de la Iglesia nunca ha abolido en su historia, con un mandato jurídico, una liturgia ortodoxa. Se ha verificado, en cambio, el fenómeno de una liturgia que desaparece, y entonces pertenece a la historia, no al presente.


3. No quisiera entrar en todos los detalles de su carta, aunque no sería difícil responder a sus diversas críticas de mis argumentos. Sin embargo, considero muy importante lo que respecta a la unidad del Rito Romano. Esta unidad no está amenazada hoy por las pequeñas comunidades que hacen uso del Indulto y son con frecuencia tratados como leprosos, como personas que hacen algo indecoroso, más aún, inmoral; no, la unidad del Rito Romano está amenazada por la creatividad litúrgica salvaje, con frecuencia animada por liturgistas (por ejemplo, en Alemania se hace la propaganda del proyecto “Misal 2000”, diciendo que el Misal de Pablo VI estaría ya superado). Repito lo que he dicho en mi intervención: que la diferencia entre el Misal de 1962 y la misa fielmente celebrada según el Misal de Pablo VI es mucho menor que la diferencia entre las diversas aplicaciones denominadas “creativas” del Misal de Pablo VI. En esta situación, la presencia del Misal precedente puede convertirse en un baluarte contra las alteraciones de la liturgia lamentablemente frecuentes, y ser de este modo un apoyo de la reforma auténtica. Oponerse al uso del Indulto de 1984 (1988) en nombre de la unidad del Rito Romano es, según mi experiencia, una actitud muy lejana de la realidad. Por otro lado, lamento un poco que usted no haya percibido, en mi intervención, la invitación dirigida a los “tradicionalistas” a abrirse al Concilio, a venir al encuentro hacia la reconciliación, en la esperanza de superar, con el tiempo, la brecha entre los dos Misales.


Sin embargo, le agradezco por su parresia, que me ha permitido discutir francamente sobre una realidad que nos resulta igualmente importante.


Con sentimientos de gratitud por el trabajo que usted desarrolla en la formación de los futuros sacerdotes, lo saludo


Suyo en el Señor,


+ Joseph Card. Ratzinger


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Fuente: Mesainlatino


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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Mons. Koch: “El diálogo con los anglicanos tiene ahora dos caminos: uno es el de Anglicanorum coetibus”

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Ofrecemos nuestra traducción de una entrevista al Arzobispo Koch, presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, publicada hoy en L’Osservatore Romano, en la que hace un balance del viaje papal al Reino Unido, habla sobre la aplicación de la Constitución Apostólica Anglicanorum Coetibus, y menciona la sesión plenaria del diálogo teológico con los ortodoxos, que ha comenzado ayer en la ciudad de Viena y que estudia el tema del primado del Obispo de Roma en el primer milenio.

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Antes de partir para Gran Bretaña, usted había deseado que los aspectos más auténticos de la visita del Papa no fueran oscurecidos por polémicas y prejuicios. ¿Cómo ha ido finalmente?


Pienso que muy bien. Los otros miembros del séquito y yo hemos tenido la impresión de que los pueblos del Reino Unido han percibido realmente cómo es en verdad el Pontífice, en su sencillez, en su profundidad. La sensación es que ha sido recibido con afecto por todos y que finalmente este viaje se ha revelado como un gran éxito. Desde todo punto de vista.

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¿Cómo ha afrontado esta experiencia, para usted inédita?


En realidad, ya había vivido en primera persona un viaje internacional del Papa cuando, el 13 de mayo de dos años atrás, recibí a Benedicto XVI en el Caritas Baby Hospital de Belén, como obispo de Basilea y presidente de la Conferencia episcopal suiza, que está entre los mayores sostenedores del hospital pediátrico. En aquella ocasión, me impresionó el hecho de que el Papa no viviera aquellos momentos con la mirada puesta en el reloj. Recuerdo que se entretuvo largo rato con los niños enfermos, sobre todo con los prematuros. Aquella fue una experiencia maravillosa. Pero esta vez mi alegría es todavía mayor: participé en cada evento en Edimburgo, Glasgow, Londres y Birmingham; y en todas partes tuve la impresión de que el Papa logró siempre mostrarse tal como es y que la gente lo recibió con afecto.

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¿Cuál ha sido, en su opinión, el momento más significativo desde el punto de vista ecuménico?


Todo el viaje ha tenido una dimensión ecuménica porque en cada uno de los dieciocho discursos pronunciados, el Papa hizo referencia al rol de la comunidad de los creyentes en las sociedades europeas, hablando continuamente de las raíces cristianas del continente. Pero para responder a su pregunta, es evidente que la tarde del viernes 17 ha representado, desde nuestro punto de vista, la jornada más importante.

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¿Está hablando de la primera visita de un Papa a la residencia londinense del arzobispo de Canterbury o de la sucesiva celebración, también una primera vez histórica, en la abadía de Westminster?


Ambos eventos han tenido una relevancia sin precedentes. En el Lambeth Palace, los dos encuentros con el arzobispo Rowan Williams – el público y el otro más reservado – han sido muy amables y fraternos. El comunicado difundido conjuntamente al final del cordial diálogo ha subrayado cómo Benedicto XVI y el primado de la Comunión anglicana han reafirmado, entre otras cosas, la importancia de incrementar las relaciones ecuménicas y de profundizar el diálogo teológico, en particular sobre el tema de la Iglesia como comunión.

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Y luego han estado las Vísperas ecuménicas en la Abadía de Westminster. ¿Qué es lo que más le ha impresionado en este rito tan sugestivo?


Sobre todo, la oración común frente a la tumba de Eduardo el Confesor, el rey inglés venerado como santo en ambas tradiciones. Pero quisiera detenerme también en algunos gestos: el abrazo y el beso entre el Papa y el arzobispo Williams, que han sellado el intercambio de la paz, en sencillez y amistad; y también, al final de la celebración, la bendición impartida conjuntamente. Han sido momentos muy emotivos y en los diversos discursos tuve la sensación de que los dos se encuentran en sintonía en muchos puntos, proponiendo un mensaje compartido: es decir, que en una sociedad secularizada es absolutamente necesario un testimonio común. Jesucristo ha estado en el centro de todas las intervenciones. Estos encuentros han ofrecido un verdadero testimonio para la fe cristiana en la sociedad de Inglaterra y Escocia, los dos países visitados por el Papa en su viaje.

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Analizados los progresos, tal vez es el momento de hablar también de los problemas. ¿O se han borrado de golpe?


Existen, por supuesto, pero con la conciencia viva de que es absolutamente necesario trabajar en el futuro y continuar el diálogo, que ya ha dado frutos. En más de una circunstancia, algunos obispos anglicanos me han saludado diciéndome que están contentos por cómo este diálogo continúa y se busca realmente la unidad entre las dos comunidades.

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Aunque, en los últimos tiempos, la Constitución Apostólica “Anglicanorum coetibus” parece haber creado algunas dificultades.


Debe ser aclarado, en primer lugar, que la oferta pastoral del ordinariato para anglicanos que quieran entrar en plena comunión con la Iglesia católica ha sido una respuesta del Papa a explícitos pedidos en este sentido. Lo repito: ha habido peticiones de anglicanos de reencontrar a la Iglesia católica y el Pontífice no podía decir no. La diferencia con otros tiempos es que siempre ha habido conversiones individuales, y el ejemplo del cardenal Newman es iluminador; pero ahora se trata de grupos que quieren entrar en la Iglesia católica con sus pastores y tal vez con los obispos. Es un gran gesto por parte de Benedicto XVI, que abre las puertas a quien llama. Pero esto no cambia nada en el diálogo, que debe continuar. Quisiera además precisar que todo lo que respecta al diálogo entra en la responsabilidad del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. Mientras que la aplicación de la Anglicanorum coetibus se ubica en la esfera de competencia de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Y esto es un bien, porque tenemos dos caminos para continuar la búsqueda de la comunión con los anglicanos.

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En el discurso a los obispos de Inglaterra, Gales y Escocia, el Papa les ha pedido nuevamente que sean generosos en la aplicación de la Constitución apostólica. ¿Es signo de que todavía hay problemas?


Pienso que se trata, sobre todo, de problemas prácticos. Por ejemplo: ¿cómo se debe proceder en el caso de que una entera comunidad anglicana quiera entrar en la Iglesia católica con su obispo? ¿Cómo integrar a estos grupos y a los obispos a través de la institución de un ordinariato personal? Hasta hoy, no tenemos experiencias en este sentido. Pienso que siempre es un poco así cuando se introducen novedades, pero con sentido común se pueden superar también tales temores.

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¿Es en este espíritu que se prepara para afrontar también la cita de Viena?


Diría que sí. La duodécima sesión plenaria de la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto se reúne durante una semana entera, hasta el 27 de septiembre, y espero que se den pasos adelante en la profundización del tema en agenda: el primado del Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, en el primer milenio. Se trata de un nudo crucial en las cuestiones históricas y doctrinales entre Oriente y Occidente. Dado que hay diferencias de interpretación sobre los testimonios y los fundamentos escriturísticos y teológicos, es muy interesante que las dos partes se esfuercen en leer los textos de otro modo, a través de un análisis común y una hermenéutica compartida. Sólo de este modo se puede cambiar la visión de las cosas y retomar un viaje fructífero hacia el futuro.

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Fuente: L’Osservatore Romano


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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lunes, 20 de septiembre de 2010

El corazón habló al corazón

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Uno de los viajes pontificios más esperados (y también más combatidos) de este año ha concluido hace apenas un día. Es un buen momento para hacer un balance, necesariamente provisional, de lo que han significado estas cuatro jornadas que Benedicto XVI ha transcurrido en Escocia e Inglaterra.


Que una vez más la realidad ha desmentido las previsiones de fracaso, que tanta repercusión habían tenido a través de los medios de comunicación, es algo que está a la vista de todos. Las tan anunciadas protestas públicas contra el Sucesor de Pedro, caracterizadas por la falta de respeto y el odio irracional, se han realizado, sí, pero la participación ha sido mucho menor a la prevista. Por el contrario, en las celebraciones litúrgicas y los actos presididos por el Pontífice, para los cuales pocos días atrás se anunciaba un número de asistentes menor al esperado, se ha registrado una superación de las expectativas. Sin contar los miles de fieles que han saludado al Papa, tanto en Edimburgo como en Londres, cuando el papamóvil lo trasladaba de un sitio a otro. La misma prensa británica, que durante meses trató la visita papal con una creciente hostilidad, terminó dando un sorprendente giro al decidirse a asumir la realidad: “¿Rottweiller? No, es un abuelo santo” y “"El Papa de la gente deja Gran Bretaña con una sonrisa en su rostro" son algunos de los titulares de los más importantes periódicos que demuestran el éxito de este décimo séptimo viaje internacional del Papa Ratzinger.


El Pontífice, que ya en la entrevista con los periodistas en el avión afirmó claramente que “donde existe anticatolicismo, voy adelante con gran valentía y alegría”, recordó poco después, en el discurso pronunciado durante la audiencia con la Reina Isabel II, las raíces cristianas de Gran Bretaña: “el mensaje cristiano ha sido una parte integral de la lengua, el pensamiento y la cultura de los pueblos de estas islas durante más de mil años. El respeto de sus antepasados por la verdad y la justicia, la misericordia y la caridad, os llegan desde una fe que sigue siendo una fuerza poderosa para el bien de vuestro reino y el mayor beneficio de cristianos y no cristianos por igual”. En este contexto, el Papa recordó y elogió la oposición británica al régimen nazi, “que deseaba erradicar a Dios y negaba nuestra común humanidad a muchos”, una experiencia histórica que recuerda “cómo la exclusión de Dios, la religión y la virtud de la vida pública conduce finalmente a una visión sesgada del hombre y de la sociedad y por lo tanto a una visión restringida de la persona y su destino”.


La jornada del Papa en Escocia tuvo su culmen en la Santa Misa, con una participación multitudinaria, que presidió en Glasgow. En su homilía, el Vicario de Cristo recordó la gran importancia de la evangelización de la cultura en estos tiempos, “cuando la dictadura del relativismo amenaza con oscurecer la verdad inmutable sobre la naturaleza del hombre, sobre su destino y su bien último”. Y avanzando un poco más en uno de los grandes temas de su visita, frente a “algunos que buscan excluir de la esfera pública las creencias religiosas, objetando que son una amenaza para la igualdad y la libertad, recordó a los católicos que “la sociedad actual necesita voces claras que propongan nuestro derecho a vivir, no en una selva de libertades autodestructivas y arbitrarias, sino en una sociedad que trabaje por el verdadero bienestar de sus ciudadanos y les ofrezca guía y protección en su debilidad y fragilidad”. A los obispos, los llamó a ser un alter Christus especialmente para sus sacerdotes. A los presbíteros, les pidió dedicarse sólo a Dios y así ser “ejemplo luminoso de santidad, de vida sencilla y alegre para los jóvenes”. A los jóvenes, finalmente, les advirtió: “Hay muchas tentaciones que debéis afrontar cada día —droga, dinero, sexo, pornografía, alcohol— y que el mundo os dice que os darán felicidad, cuando, en verdad, estas cosas son destructivas y crean división. Sólo una cosa permanece: el amor personal de Jesús por cada uno de vosotros”.


En la segunda e intensa jornada del viaje apostólico, ya en Londres, Benedicto XVI se encontró con el mundo de la educación católica en el campo de deportes del St Mary’s University College donde pudo hablar, entre quienes estaban presentes y quienes lo seguían por internet, a todos los alumnos de todas las escuelas católicas de Inglaterra, Escocia y Gales. El mensaje del Papa, en un discurso a la vez sencillo y profundo, fue muy claro: “Espero que, entre quienes me escucháis hoy, esté alguno de los futuros santos del siglo XXI. Lo que Dios desea más de cada uno de vosotros es que seáis santos. Él os ama mucho más de lo que jamás podríais imaginar y quiere lo mejor para vosotros. Y, sin duda, lo mejor para vosotros es que crezcáis en santidad”. Y añadió: “La felicidad es algo que todos quieren, pero una de las mayores tragedias de este mundo es que muchísima gente jamás la encuentra, porque la busca en los lugares equivocados. La clave para esto es muy sencilla: la verdadera felicidad se encuentra en Dios”.


Más tarde, frente a los representantes de otras religiones, el Papa pronunció unas palabras sobre la necesidad de la reciprocidad para alcanzar un diálogo fecundo, pensando especialmente en “en la situación de algunas partes del mundo donde la colaboración y el diálogo interreligioso necesita del respeto recíproco, la libertad para poder practicar la propia religión y participar en actos públicos de culto, así como la libertad de seguir la propia conciencia sin sufrir ostracismo o persecución, incluso después de la conversión de una religión a otra”. Por otro lado, en visita de cortesía al arzobispo de Canterbury Rowan Williams, primado de la Comunión Anglicana, el Sucesor de Pedro, no queriendo hacer referencia a las dificultades del diálogo que son “bien conocidas por todos los presentes”, quiso dar gracias a Dios por la creciente amistad entre anglicanos y católicos y por el progreso en muchos ámbitos del diálogo. Al líder de una cada vez más dividida Comunión Anglicana, Benedicto XVI recordó que “fieles a la voluntad del Señor reconocemos que la Iglesia está llamada a ser inclusiva, pero nunca a expensas de la verdad cristiana. En esto radica el dilema que afrontan cuantos están sinceramente comprometidos con el camino ecuménico”. Era la primera vez que un Obispo de Roma visitaba el Lambeth Palace y se dirigía desde allí a los obispos anglicanos.


Uno de los eventos más esperados, mencionado recientemente en esta Buhardilla, fue el histórico discurso que Benedicto XVI pronunció en su encuentro con representantes de la sociedad británica en el Westminster Hall, el lugar donde santo Tomás Moro fue condenado a muerte. Allí, el Papa afirmó que “si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil. Aquí reside el verdadero desafío para la democracia”. Acercándose más al tema central de su discurso, “el lugar apropiado de las creencias religiosas en el proceso político”, explicó que el papel de la religión en el debate político consiste en “ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos”. En efecto, recordó el Pontífice, “sin la ayuda correctora de la religión, la razón puede ser también presa de distorsiones, como cuando es manipulada por las ideologías o se aplica de forma parcial en detrimento de la consideración plena de la dignidad de la persona humana”. Finalmente, el Vicario de Cristo, al manifestar su preocupación por “la creciente marginación de la religión, especialmente del cristianismo, incluso en algunas naciones que otorgan un gran énfasis a la tolerancia”, afirmó que “la religión no es un problema que los legisladores deban solucionar sino una contribución vital al debate nacional”.

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La segunda jornada del viaje apostólico concluyó con la celebración ecuménica de las Vísperas en la Abadía de Westminster, que por primera vez recibía la visita de un Romano Pontífice. Allí, el Santo Padre, presentándose como “Sucesor de San Pedro en la Sede de Roma” y utilizando una bellísima estola perteneciente al Papa León XIII, se arrodilló para orar frente a la tumba de san Eduardo, el Confesor, “un modelo de verdadero cristiano y un ejemplo de la verdadera grandeza a la que el Señor llama a sus discípulos”. En sus palabras, el Papa Benedicto afirmó que “la unidad de la Iglesia jamás puede ser otra cosa que la unidad en la fe apostólica”, añadiendo luego que “todos somos conscientes de los retos, las bendiciones, las decepciones y los signos de esperanza que han marcado nuestro camino ecuménico”, animando a encomendar todo ello al Señor. Finalmente, recordó que la obediencia a la Palabra de Dios “debe estar libre de conformismo intelectual o acomodación fácil a las modas del momento. Ésta es la palabra de aliento que deseo dejaros esta noche, y lo hago con fidelidad a mi ministerio de Obispo de Roma y Sucesor de San Pedro, encargado de cuidar especialmente de la unidad del rebaño de Cristo”.


La Santa Misa que el Santo Padre celebró, el sábado por la mañana, en la Catedral de Westminster, dedicada a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, se caracterizó por la belleza, el decoro y la dignidad en la liturgia. En su homilía, el Papa quiso hablar sobre “la unidad entre el sacrificio de Cristo en la cruz, el sacrificio eucarístico que ha entregado a su Iglesia y su sacerdocio eterno”. En ese contexto, recordó que “la realidad del sacrificio eucarístico ha estado siempre en el corazón de la fe católica; cuestionada en el siglo XVI, fue solemnemente reafirmada en el Concilio de Trento en el contexto de nuestra justificación en Cristo. Aquí en Inglaterra, como sabemos, hubo muchos que defendieron incondicionalmente la Misa, a menudo a un precio costoso, incrementando la devoción a la Santísima Eucaristía, que ha sido un sello distintivo del catolicismo en estas tierras”. Benedicto XVI, citando algunos documentos del concilio Vaticano II, habló del indispensable papel que los laicos deben desempeñar en la misión de la Iglesia, recordando sin embargo que “cuanto más crece el apostolado seglar, con mayor urgencia se percibe la necesidad de sacerdotes; y cuanto más profundizan los laicos en la propia vocación, más se subraya lo que es propio del sacerdote”. Al final de la celebración, el Papa se dirigió hacia la entrada del templo donde lo esperaban miles de jóvenes, a los que dirigió un breve pero profundo mensaje. Luego volvió a entrar en la catedral para bendecir un mosaico de san David, patrono del pueblo galés, y encender la lámpara de la imagen de Nuestra Señora de Cardigan, dirigiendo además un saludo a los fieles galeses, a quienes no pudo visitar en esta ocasión.


Por la tarde, antes de dirigirse al Hyde Park para presidir una Vigilia de Oración, el Peregrino Apostólico visitó una residencia de ancianos donde pronunció un breve discurso en el que puso como ejemplo al Papa Juan Pablo II, quien “sufrió de forma muy notoria en los últimos años de su vida. Todos teníamos claro que lo hizo en unión con los sufrimientos de nuestro Salvador. Su buen humor y paciencia cuando afrontó sus últimos días fueron un ejemplo extraordinario y conmovedor para todos los que debemos cargar con el peso de la avanzada edad”. Finalmente, habiéndose presentado “no sólo como un padre, sino también como un hermano que conoce bien las alegrías y fatigas que llegan con la edad”, les pidió que oraran por él y aseguró su oración por ellos para que la Santísima Virgen y su esposo San José “intercedan por nuestra felicidad en esta vida y nos obtengan la bendición de un tránsito tranquilo a la venidera”.


Una mención aparte merece el tratamiento que el Papa ha dado, en este viaje, a la dolorosa cuestión del escándalo por los abusos sexuales de algunos miembros del clero. Una vez más, en forma privada el sábado por la tarde, se reunió con algunas víctimas, escuchó sus historias, les expresó su dolor y vergüenza y rezó con y por ellos. Ya esa mañana, durante la homilía, Benedicto XVI había manifestado su profundo pesar junto con su esperanza de que “el poder de la gracia de Cristo, su sacrificio de reconciliación, traerá la curación profunda y la paz a sus vidas”. También reconoció “la vergüenza y la humillación que todos hemos sufrido a causa de estos pecados” e invitó a presentarlas al Señor, “confiando que este castigo contribuirá a la sanación de las víctimas, a la purificación de la Iglesia y a la renovación de su inveterado compromiso con la educación y la atención de los jóvenes”. Luego de hablar con las víctimas, el Papa se reunió también con algunos profesionales dedicados a la protección de los niños en el ambiente eclesiástico, frente a los cuales reconoció que “es deplorable que, en neta contradicción con la larga tradición de la Iglesia de cuidar a los niños, éstos hayan sufrido abusos y malos tratos por parte de algunos sacerdotes y religiosos” pero también afirmó que “aunque nunca podremos estar satisfechos del todo, el crédito se debe dar cuando es merecido: hay que reconocer los esfuerzos de la Iglesia en este país y en otros lugares, especialmente en los últimos diez años, para garantizar la seguridad de niños y jóvenes y para mostrarles respeto a medida que se encaminan a la madurez”. En este sentido, al encontrarse con los obispos británicos, también los animó a compartir las lecciones aprendidas con la comunidad en general ya que – se preguntó – “¿qué mejor manera podría haber de reparar estos pecados que acercarse, con un espíritu humilde de compasión, a los niños que siguen sufriendo abusos en otros lugares?”.

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El resto del viaje apostólico tuvo como protagonista al cardenal John Henry Newman. En la Vigilia de Oración del sábado por la noche, el Sumo Pontífice expresó la importancia de la beatificación con estas palabras: “Cuántas personas han anhelado este momento, en Inglaterra y en todo el mundo. También es una gran alegría para mí, personalmente, compartir con vosotros esta experiencia. Como sabéis, durante mucho tiempo, Newman ha ejercido una importante influencia en mi vida y pensamiento, como también en otras muchas personas más allá de estas islas”. De la vida del gran cardenal inglés, Benedicto XVI mencionó tres enseñanzas que considera relevantes para nuestros tiempos. En primer lugar, “Newman nos recuerda que…fuimos creados para conocer la verdad, y encontrar en esta verdad nuestra libertad última y el cumplimiento de nuestras aspiraciones humanas más profundas. En una palabra, estamos destinados a conocer a Cristo”. En segundo lugar, nos enseña que “la pasión por la verdad, la honestidad intelectual y la auténtica conversión son costosas”, y puso como ejemplo a los mártires de Tyburn, añadiendo luego: “en nuestro tiempo, el precio que hay que pagar por la fidelidad al Evangelio ya no es ser ahorcado, descoyuntado y descuartizado, pero a menudo implica ser excluido, ridiculizado o parodiado. Y, sin embargo, la Iglesia no puede sustraerse a la misión de anunciar a Cristo y su Evangelio como verdad salvadora…”. Finalmente, “nos enseña que si hemos aceptado la verdad de Cristo y nos hemos comprometido con él, no puede haber separación entre lo que creemos y lo que vivimos”.


En uno de los pasajes más importantes de su discurso, y retomando uno de los grandes temas del viaje apostólico, el Santo Padre dijo: “Nadie que contemple con realismo nuestro mundo de hoy podría pensar que los cristianos pueden permitirse el lujo de continuar como si no pasara nada, haciendo caso omiso de la profunda crisis de fe que impregna nuestra sociedad, o confiando sencillamente en que el patrimonio de valores transmitido durante siglos de cristianismo seguirá inspirando y configurando el futuro de nuestra sociedad. Sabemos que en tiempos de crisis y turbación Dios ha suscitado grandes santos y profetas para la renovación de la Iglesia y la sociedad cristiana; confiamos en su providencia y pedimos que nos guíe constantemente. Pero cada uno de nosotros, de acuerdo con su estado de vida, está llamado a trabajar por el progreso del Reino de Dios, infundiendo en la vida temporal los valores del Evangelio”.


El momento culminante de estas cuatro jornadas del Papa Ratzinger en el Reino Unido fue, como se esperaba, la Santa Misa que presidió el domingo por la mañana en Birmingham, en la cual beatificó al Cardenal John Henry Newman. La última ceremonia de beatificación presidida por un Pontífice había sido en el año 2004, con el Papa Juan Pablo II, dado que Benedicto XVI, al ser elegido Sucesor de Pedro, decidió que las beatificaciones se celebrarían en los lugares de proveniencia de los nuevos beatos y que serían presididas, en nombre del Romano Pontífice, por el Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. En este caso, como se sabe, el Papa ha hecho una excepción a la regla que él mismo estableció. En su homilía, Benedicto XVI señaló que “el lema del Cardenal Newman, cor ad cor loquitur, nos da la perspectiva de su comprensión de la vida cristiana como una llamada a la santidad, experimentada como el deseo profundo del corazón humano de entrar en comunión íntima con el Corazón de Dios”. Además de recordar algunas enseñanzas del Beato John Newman sobre la oración y sobre la vocación, recordó que “el servicio concreto al que fue llamado incluía la aplicación entusiasta de su inteligencia y su prolífica pluma a muchas de las más urgentes cuestiones del día. Sus intuiciones sobre la relación entre fe y razón, sobre el lugar vital de la religión revelada en la sociedad civilizada, y sobre la necesidad de una educación esmerada y amplia fueron de gran importancia, no sólo para la Inglaterra victoriana. Hoy también siguen inspirando e iluminando a muchos en todo el mundo”. Recordó también, como una deseable meta para los profesores de religión, una frase del nuevo Beato: “Quiero un laicado que no sea arrogante ni imprudente a la hora de hablar, ni alborotador, sino hombres que conozcan bien su religión, que profundicen en ella, que sepan bien dónde están, que sepan qué tienen y qué no tienen, que conozcan su credo a tal punto que puedan dar cuentas de él, que conozcan tan bien la historia que puedan defenderla”. Finalmente, Benedicto XVI explicó que la visión que el Beato John Henry tenía del ministerio pastoral estaba planteada “bajo el prisma de la calidez y la humanidad”, una visión que él mismo vivió “en sus desvelos pastorales por el pueblo de Birmingham, durante los años dedicados al Oratorio que él mismo fundó, visitando a los enfermos y a los pobres, consolando al triste, o atendiendo a los encarcelados”.


Antes de partir hacia Roma, el Vicario de Cristo se encontró con todos los obispos de Inglaterra, Gales y Escocia, a quienes dirigió un amplio discurso, en el que les confesó que durante su visita había “percibido con claridad la sed profunda que el pueblo británico tiene de la Buena Noticia de Jesucristo” y les pidió que se aseguraran “de presentar en su plenitud el mensaje del Evangelio que da vida, incluso aquellos elementos que ponen en tela de juicio las opiniones corrientes de la cultura actual”, al mismo tiempo que los animó a hacer uso de los servicios del recientemente creado Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización. Quiso también referirse a dos cuestiones concretas: en primer lugar, a la nueva traducción en lengua inglesa del Misal Romano, animándolos a “aprovechar la oportunidad que ofrece la nueva traducción para una catequesis más profunda sobre la Eucaristía y una renovada devoción en la forma de su celebración”; en segundo lugar, a su reciente Constitución Apostólica Anglicanorum Coetibus, la cual “debería contemplarse – afirmó – como un gesto profético que puede contribuir positivamente al desarrollo de las relaciones entre anglicanos y católicos”, ya que “nos ayuda a fijar nuestra atención en el objetivo último de toda actividad ecuménica: la restauración de la plena comunión eclesial en un contexto en el que el intercambio recíproco de dones de nuestros respectivos patrimonios espirituales nos enriquezca a todos”.


Ya en el aeropuerto, al pronunciar su último discurso, el Peregrino Apostólico, además de agradecer todo el intenso trabajo de preparación de su visita, volvió a mostrar su alegría por la beatificación del Cardenal Newman (del cual, mientras tanto, se está estudiando otro presunto milagro, que podría ser el necesario para su canonización) y se mostró “convencido de que, con su vasto legado de escritos académicos y espirituales, tiene todavía mucho que enseñarnos sobre la vida y el testimonio cristiano en medio de los desafíos del mundo actual, desafíos que él previó con sorprendente claridad”.


“El corazón habla al corazón” era el lema de esta visita, tomado a su vez del lema del Beato John Newman. También en este viaje apostólico, que ha sido un éxito desde todo punto de vista, el corazón ha hablado al corazón. El corazón de Benedicto XVI, el Pastor sabio y humilde, al corazón de todos los británicos, creyentes y no creyentes.


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La Buhardilla de Jerónimo

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domingo, 19 de septiembre de 2010

Beato John Henry Newman, ¡ruega por nosotros!

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“Acogiendo el deseo de nuestro hermano Bernard Longley, Arzobispo de Birmingham, así como de otros muchos hermanos en el episcopado y de numerosos fieles, después de haber escuchado el parecer de la Congregación para las Causas de los Santos, con nuestra autoridad apostólica concedemos que el Venerable Siervo de Dios Cardenal John Henry Newman, sacerdote de la Congregación del Oratorio, de ahora en adelante sea llamado Beato y se pueda celebrar su fiesta en los lugares y según las reglas establecidas por el derecho, cada año, el 9 de octubre. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.”


(Fórmula de beatificación pronunciada por el Santo Padre Benedicto XVI)

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Homilía del Papa Benedicto XVI en la Santa Misa de Beatificación del Cardenal John Henry Newman


Queridos hermanos y hermanas en Cristo


Nos encontramos aquí en Birmingham en un día realmente feliz. En primer lugar, porque es el día del Señor, el Domingo, el día en que el Señor Jesucristo resucitó de entre los muertos y cambió para siempre el curso de la historia humana, ofreciendo nueva vida y esperanza a todos los que viven en la oscuridad y en sombras de muerte. Es la razón por la que los cristianos de todo el mundo se reúnen en este día para alabar y dar gracias a Dios por las maravillas que ha hecho por nosotros. Este domingo en particular representa también un momento significativo en la vida de la nación británica, al ser el día elegido para conmemorar el setenta aniversario de la Batalla de Bretaña. Para mí, que estuve entre quienes vivieron y sufrieron los oscuros días del régimen nazi en Alemania, es profundamente conmovedor estar con vosotros en esta ocasión, y poder recordar a tantos conciudadanos vuestros que sacrificaron sus vidas, resistiendo con tesón a las fuerzas de esta ideología demoníaca. Pienso en particular en la vecina Coventry, que sufrió durísimos bombardeos, con numerosas víctimas en noviembre de 1940. Setenta años después recordamos con vergüenza y horror el espantoso precio de muerte y destrucción que la guerra trae consigo, y renovamos nuestra determinación de trabajar por la paz y la reconciliación, donde quiera que amenace un conflicto. Pero existe otra razón, más alegre, por la cual este día es especial para Gran Bretaña, para el centro de Inglaterra, para Birmingham. Éste es el día en que formalmente el Cardenal John Henry Newman ha sido elevado a los altares y declarado beato.


Agradezco al Arzobispo Bernard Longley su amable acogida al comenzar la Misa en esta mañana. Agradezco a cuantos habéis trabajado tan duramente durante tantos años en la promoción de la causa del Cardenal Newman, incluyendo a los Padres del Oratorio de Birminghan y a los miembros de la Familia Espiritual Das Werk. Y os saludo a todos los que habéis venido desde diversas partes de Gran Bretaña, Irlanda y otros puntos más lejanos; gracias por vuestra presencia en esta celebración, en la que alabamos y damos gloria a Dios por las virtudes heroicas de este santo inglés.


Inglaterra tiene un larga tradición de santos mártires, cuyo valiente testimonio ha sostenido e inspirado a la comunidad católica local durante siglos. Es justo y conveniente reconocer hoy la santidad de un confesor, un hijo de esta nación que, si bien no fue llamado a derramar la sangre por el Señor, jamás se cansó de dar un testimonio elocuente de Él a lo largo de una vida entregada al ministerio sacerdotal, y especialmente a predicar, enseñar y escribir. Es digno de formar parte de la larga hilera de santos y eruditos de estas islas, San Beda, Santa Hilda, San Aelred, el Beato Duns Scoto, por nombrar sólo a algunos. En el Beato John Newman, esta tradición de delicada erudición, profunda sabiduría humana y amor intenso por el Señor ha dado grandes frutos, como signo de la presencia constante del Espíritu Santo en el corazón del Pueblo de Dios, suscitando copiosos dones de santidad.


El lema del Cardenal Newman, cor ad cor loquitur, “el corazón habla al corazón”, nos da la perspectiva de su comprensión de la vida cristiana como una llamada a la santidad, experimentada como el deseo profundo del corazón humano de entrar en comunión íntima con el Corazón de Dios. Nos recuerda que la fidelidad a la oración nos va transformando gradualmente a semejanza de Dios. Como escribió en uno de sus muchos hermosos sermones, «el hábito de oración, la práctica de buscar a Dios y el mundo invisible en cada momento, en cada lugar, en cada emergencia –os digo que la oración tiene lo que se puede llamar un efecto natural en el alma, espiritualizándola y elevándola. Un hombre ya no es lo que era antes; gradualmente... se ve imbuido de una serie de ideas nuevas, y se ve impregnado de principios diferentes» (Sermones Parroquiales y Comunes, IV, 230-231). El Evangelio de hoy afirma que nadie puede servir a dos señores (cf. Lc 16,13), y el Beato John Henry, en sus enseñanzas sobre la oración, aclara cómo el fiel cristiano toma partido por servir a su único y verdadero Maestro, que pide sólo para sí nuestra devoción incondicional (cf. Mt 23,10). Newman nos ayuda a entender en qué consiste esto para nuestra vida cotidiana: nos dice que nuestro divino Maestro nos ha asignado una tarea específica a cada uno de nosotros, un “servicio concreto”, confiado de manera única a cada persona concreta: «Tengo mi misión», escribe, «soy un eslabón en una cadena, un vínculo de unión entre personas. No me ha creado para la nada. Haré el bien, haré su trabajo; seré un ángel de paz, un predicador de la verdad en el lugar que me es propio... si lo hago, me mantendré en sus mandamientos y le serviré a Él en mis quehaceres» (Meditación y Devoción, 301-2).


El servicio concreto al que fue llamado el Beato John Henry incluía la aplicación entusiasta de su inteligencia y su prolífica pluma a muchas de las más urgentes “cuestiones del día”. Sus intuiciones sobre la relación entre fe y razón, sobre el lugar vital de la religión revelada en la sociedad civilizada, y sobre la necesidad de un educación esmerada y amplia fueron de gran importancia, no sólo para la Inglaterra victoriana. Hoy también siguen inspirando e iluminando a muchos en todo el mundo. Me gustaría rendir especial homenaje a su visión de la educación, que ha hecho tanto por formar el ethos que es la fuerza motriz de las escuelas y facultades católicas actuales. Firmemente contrario a cualquier enfoque reductivo o utilitarista, buscó lograr unas condiciones educativas en las que se unificara el esfuerzo intelectual, la disciplina moral y el compromiso religioso. El proyecto de fundar una Universidad Católica en Irlanda le brindó la oportunidad de desarrollar sus ideas al respecto, y la colección de discursos que publicó con el título La Idea de una Universidad sostiene un ideal mediante el cual todos los que están inmersos en la formación académica pueden seguir aprendiendo. Más aún, qué mejor meta pueden fijarse los profesores de religión que la famosa llamada del Beato John Henry por unos laicos inteligentes y bien formados: «Quiero un laicado que no sea arrogante ni imprudente a la hora de hablar, ni alborotador, sino hombres que conozcan bien su religión, que profundicen en ella, que sepan bien dónde están, que sepan qué tienen y qué no tienen, que conozcan su credo a tal punto que puedan dar cuentas de él, que conozcan tan bien la historia que puedan defenderla» (La Posición Actual de los Católicos en Inglaterra, IX, 390). Hoy, cuando el autor de estas palabras ha sido elevado a los altares, pido para que, a través de su intercesión y ejemplo, todos los que trabajan en el campo de la enseñanza y de la catequesis se inspiren con mayor ardor en la visión tan clara que el nos dejó.


Aunque la extensa producción literaria sobre su vida y obras ha prestado comprensiblemente mayor atención al legado intelectual de John Henry Newman, en esta ocasión prefiero concluir con una breve reflexión sobre su vida sacerdotal, como pastor de almas. Su visión del ministerio pastoral bajo el prisma de la calidez y la humanidad está expresado de manera maravillosa en otro de sus famosos sermones: «Si vuestros sacerdotes fueran ángeles, hermanos míos, ellos no podrían compartir con vosotros el dolor, sintonizar con vosotros, no podrían haber tenido compasión de vosotros, sentir ternura por vosotros y ser indulgentes con vosotros, como nosotros podemos; ellos no podrían ser ni modelos ni guías, y no te habrían llevado de tu hombre viejo a la vida nueva, como ellos, que vienen de entre nosotros (“Hombres, no ángeles: los Sacerdotes del evangelio”, Discursos a las Congregaciones Mixtas, 3). Él vivió profundamente esta visión tan humana del ministerio sacerdotal en sus desvelos pastoral por el pueblo de Birmingham, durante los años dedicados al Oratorio que él mismo fundó, visitando a los enfermos y a los pobres, consolando al triste, o atendiendo a los encarcelados. No sorprende que a su muerte, tantos miles de personas se agolparan en las calles mientras su cuerpo era trasladado al lugar de su sepultura, a no más de media milla de aquí. Ciento veinte años después, una gran multitud se ha congregado de nuevo para celebrar el solemne reconocimiento eclesial de la excepcional santidad de este padre de almas tan amado. Qué mejor que expresar nuestra alegría de este momento que dirigiéndonos a nuestro Padre del cielo con sincera gratitud, rezando con las mismas palabras que el Beato John Henry Newman puso en labios del coro celestial de los ángeles:


“Sea alabado el Santísimo en el cielo,

sea alabado en el abismo;

en todas sus palabras el más maravilloso,

el más seguro en todos sus caminos”.


(El Sueño de Gerontius)

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sábado, 18 de septiembre de 2010

En Londres, el Papa aclara los términos

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El vaticanista Paolo Rodari, que está acompañando al Santo Padre en su viaje al Reino Unido, ha escrito este intersante artículo sobre la jornada de ayer en la que el Papa Benedicto XVI pronunció un histórico discurso en el lugar donde santo Tomás Moro fue condenado a muerte.

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Cinco siglos después de la condena a muerte de Tomás Moro, debida al rechazo del político e intelectual inglés a aceptar el Acto de supremacía del Rey sobre la Iglesia católica, un Papa ha entrado por primera vez en el Westminster Hall, el gran salón dentro del Palacio del Parlamento inglés utilizado, además de para celebrar banquetes de coronación, exequias solemnes y ceremoniales de la Corona, también para decidir y deliberar la condena de Moro. Y a las 1800 personalidades políticas, académicas, religiosas y diplomáticas, el jefe de la Iglesia católica recordó lo que Moro ha significado para el Reino Unido, el hombre que en nombre de la fidelidad a la “propia conciencia” no tuvo miedo de “contrariar al soberano”, a Enrique VIII, que fundó la Iglesia anglicana después del divorcio con la reina Catalina: servía al soberano porque servía a Dios y lo que la conciencia le sugería.


Benedicto XVI llegó bajo las dos torres del Parlamento, en la orilla norte del río Támesis, en las primeras horas de la tarde. Estaba cansado después de un día “a la Wojtyla”: no es usual para el Papa alemán pronunciar en pocas horas seis discursos diversos. El eco del arresto de los cinco potenciales terroristas argelinos (por la tarde se convirtieron en seis) no se había apagado aún entre la gente. Muchos policías por la calle. En el aire un poco de tensión. Pero no se podía hablar de miedo. Muchos londinenses llegados para saludar al Pontífice, en esta histórica etapa de su viaje. Muchos lo siguieron durante horas tumultuosas: el retraso de media hora en el programa de la mañana; las palabras dedicadas al concepto de reciprocidad para que el diálogo entre las religiones sea fructífero, pronunciadas mientras las agencias de prensa publicaban las noticias de los arrestos; las palabras de Federico Lombardi para explicar que el Vaticano confía en Scotland Yard y asegurar que “era más riesgoso cuando estábamos en Sarajevo”, refiriéndose al viaje de Juan Pablo II en 1997 cuando se encontró dinamita bajo un puente por donde debía pasar el cortejo papal. Finalmente, el encuentro con el primado anglicano Rowan Williams, antes de la llegada a las Houses of Parliament.


Ha sido el arzobispo Cormack Murphy O’Connor, arzobispo emérito de Westminster, quien insistió en la importancia de la llegada del Papa a la sede del Parlamento, símbolo de un país, dijo, donde “la fe está en diálogo con la secularización”. Y precisamente de esto Ratzinger quiso hablar, de la relación entre fe y política: “la religión no es un problema que los legisladores deban solucionar, sino una contribución vital al debate nacional”.


El Papa, sentado a la mitad de la antigua escalera del Westminster Hall donde una placa recuerda a Moro, habló frente al viceprimer ministro inglés Nick Clegg y a cuatro predecesores de David Cameron: Gordon Brown, Tony Blair, John Major y Margaret Thatcher. Y a dos días de la histórica beatificación del cardenal John Henry Newman, que hizo del “primado de la conciencia” el sentido de su existencia, recordó que la Iglesia no quiere imponer a los gobiernos los principios a los cuales atenerse. Ella simplemente quiere recordar que los principios morales tienen su propio fundamento en la razón. Todo hombre, en conciencia, puede reconocerlos como verdaderos. También en el Reino Unido, en el país que quiere hacer de la tolerancia el corazón de su vida pública, “hay algunos que desean que la voz de la religión se silencie, o al menos que se relegue a la esfera meramente privada. Hay quienes esgrimen que la celebración pública de fiestas como la Navidad deberían suprimirse según la discutible convicción de que ésta ofende a los miembros de otras religiones o de ninguna”.


Son conocidas las reservas que el Vaticano tiene sobre ciertas políticas inglesas, comenzando por la obligación, también para las ONG católicas, de conceder la adopción de niños a parejas homosexuales. Pero, de todos modos, el Papa ha querido ir más allá del particular: una sociedad que no reconoce el primado de la conciencia, y por lo tanto de lo que Dios ha inscrito dentro del corazón del hombre, se vuelve intolerante hacia los creyentes. Mientras, ha dicho, “Dios vela constantemente para guiarnos y protegernos”.


Westminster Hall está lleno de referencia a Dios, al Trascendente. Antes de despedirse, el Papa celebró las vísperas con los anglicanos dentro de la Abadía adyacente. La liturgia era solemne. Rowan Williams y Benedicto XVI uno al lado del otro. Parecían conmovidos. La entera Abadía entonó el canto introductorio. El Papa tomó la palabra: “Doy gracias al Señor por permitirme, como Sucesor de San Pedro en la Sede de Roma, realizar esta peregrinación a la tumba de San Eduardo, el Confesor. Eduardo, rey de Inglaterra, sigue siendo un modelo de testimonio cristiano”. El Papa no escondió las dificultades ecuménicas: “Todos somos conscientes de los retos, las bendiciones, las decepciones y los signos de esperanza que han marcado nuestro camino ecuménico”, dijo. Pero, entre tanto, ha sido el primer Pontífice Romano en entrar a Westminster. Con él, políticos y diplomáticos. Y el primado anglicano.

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Fuente: Il blog degli amici di Papa Ratzinger


Traducción : La Buhardilla de Jerónimo

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