viernes, 13 de marzo de 2009

Cuando se debilita el sentido de pertenencia a la Iglesia...

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Santo Padre y Cardenal Ruini

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Ofrecemos nuestra traducción de un interesante artículo, aparecido hoy en L'Osservatore Romano, del cardenal Camillo Ruini, Vicario emérito de Su Santidad para la Diócesis de Roma. En el mismo, partiendo de la Carta del Papa Benedicto XVI a los Obispos de la Iglesia Católica, el cardenal Ruini habla de un tema particularmente actual: el sentido de Iglesia.

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Una auténtica novedad: así denominaría la carta que Benedicto XVI ha escrito a los “hermanos en el ministerio episcopal” sobre el levantamiento de las excomuniones a los cuatro obispos consagrados por monseñor Lefebvre en 1988. Novedad que se manifiesta, sobre todo, en el carácter fuertemente personal de esta carta que está dirigida a todos los obispos de la Iglesia Católica y de hecho, habiendo sido publicada, también a todos los fieles: una comunicación personal que supera los límites de la oficialidad y se ofrece al lector de manera transparente permitiéndole entrar, por así decir, en el ánimo del Papa y tomar parte desde dentro de su solicitud pastoral en las motivaciones fundamentales que guían sus opciones y también en la actitud interior con la que él vive su ministerio.


En esta misma clave, la carta no esconde ciertamente las dificultades del momento y sus causas inmediatas, más bien las señala pero para ir más en profundidad, a las raíces espirituales, culturales y eclesiales de aquellos obstáculos que hacen fatigoso el camino de la Iglesia y que nos exigen a cada uno de nosotros conversión y renovación. Si queremos encontrar alguna analogía para esta carta, debemos pensar en algunas cartas que, sobre todo en los primeros siglos del cristianismo, obispos de grandes sedes – en particular, los obispos de Roma – han enviado a sus hermanos sobre los problemas entonces más preocupantes.


Benedicto XVI ha aclarado, con aquella precisión de pensamiento que lo caracteriza, el significado positivo y los límites de la disposición de levantamiento de las excomuniones: sería inútil, por lo tanto, retornar sobre lo que está perfectamente claro en su carta. Mucho más útil puede ser, en cambio, reflexionar – para hacerlas íntimamente nuestras – sobre las grandes prioridades de su pontificado, que él había puesto en evidencia desde el inicio y que representa y profundiza, con sufrimiento y yo diría con dramática convicción, en esta carta.


La primera prioridad es confirmar a los hermanos en la fe: en concreto, en nuestro tiempo, “la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios”, al Dios que se ha manifestado plenamente en Jesucristo. Mirando a nuestros hermanos en la humanidad, mirando también dentro de la Iglesia y principalmente dentro de nosotros mismos, podemos darnos cuenta de que ésta es, verdaderamente, en lo concreto de la vida y de la historia, la cuestión decisiva: una cuestión frecuentemente ignorada o eliminada, o considerada ya superada, pero en realidad la cuestión de la que todo depende, la única llave que puede abrir al pensamiento del hombre todo su espacio legítimo y necesario, y que puede ofrecer una sólida esperanza al corazón del hombre.


Dentro de la suprema prioridad de Dios, encuentra lugar inmediatamente la prioridad del amor y de la comunión entre nosotros: en concreto, la prioridad de la unidad de los creyentes en Cristo y la prioridad de la paz entre todos los hombres. De aquí el sufrimiento que Benedicto XVI no esconde frente a la inclinación a “morderse y devorarse mutuamente”, por desgracia hoy presente entre nosotros como estaba presente entre los Gálatas a los que escribía san Pablo.


Tocamos aquí un nervio al descubierto del catolicismo de los últimos siglos, un punto de fragilidad y de sufrimiento del que debemos tomar conciencia cada vez más. Me refiero al debilitarse, y a veces prácticamente extinguirse, del sentido de pertenencia eclesial, de la alegría y de la gratitud por formar parte de la Iglesia Católica. No se trata de algo secundario o accesorio que debería dejar lugar a nuestra libertad individual o a nuestra relación personal con Dios o incluso a otras tantas pertenencias que aparecen más concretas y más gratificantes.


Es necesario, en cambio, reconstruir dentro de nosotros aquella convicción de fe que ha caracterizado al cristianismo desde su inicio, según la cual el sentido de la Iglesia es parte esencial de nuestra pertenencia a Cristo. Aquí tiene su raíz la acogida del magisterio de la Iglesia y el esfuerzo de conformar nuestra vida a sus enseñanzas, pero también una actitud que abarca la esfera de los sentimientos y que se traduce espontáneamente en el afecto por aquellos que son padres y hermanos nuestros en la fe. Si estos sentimientos están vivos en nosotros, permaneceremos lejos de aquel sabor amargo de sorprender en el error a nuestro presunto adversario, que en realidad es nuestro hermano, que lamentablemente aflora en muchas palabras, gestos o silencios, como nos ayuda a comprender, con honestidad y sufrimiento, la carta del Papa.

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Fuente: L’Osservatore Romano


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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jueves, 12 de marzo de 2009

La Fraternidad responde al Papa

Comunicado del Superior General de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X


El Papa Benedicto XVI ha enviado una carta a los obispos de la Iglesia Católica, con fecha de 10 de marzo de 2009, en la cual les dio a conocer las intenciones que lo guiaron en el importante paso que constituyó el Decreto del 21 de enero de 2009.


Después del reciente “desencadenamiento de una avalancha de protestas”, agradecemos profundamente al Santo Padre por haber puesto el debate en el nivel en el cual debe desarrollarse, el de la fe. Compartimos plenamente su preocupación prioritaria de la predicación “en nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento”.


La Iglesia atraviesa, en efecto, una gran crisis que sólo podrá ser resuelta con un retorno integral a la pureza de la fe. Con San Atanasio, profesamos que “todo el que quiera salvarse debe mantener, ante todo, la fe católica y el que no la observe íntegra y sin tacha, sin duda alguna perecerá eternamente” (Símbolo Quicumque).


Lejos de querer detener la Tradición en 1962, deseamos considerar el Concilio Vaticano II y el Magisterio post-conciliar a la luz de esta Tradición que san Vicente de Lérins ha definido como “lo que ha sido creído en todas partes, siempre y por todos” (Commonitorium), sin ruptura y en un desarrollo perfectamente homogéneo. Así es como podremos contribuir eficazmente a la evangelización pedida por el Salvador (cfr. Mateo 28, 19-20).


La Fraternidad Sacerdotal San Pío X asegura a Benedicto XVI su voluntad de abordar los debates doctrinales reconocidos como “necesarios” en el Decreto del 21 de enero, con el deseo de servir a la Verdad revelada que es la primera caridad que debe ser manifestada a todos los hombres, cristianos o no. La Fraternidad le asegura su oración a fin de que su fe no desfallezca y que pueda confirmar a sus hermanos (cf. Lucas 22,32).


Ponemos estas conversaciones doctrinales bajo la protección de Nuestra Señora de la Confianza, con la seguridad de que ella nos obtendrá la gracia de transmitir fielmente lo que hemos recibido, “tradidi quod et accepi” (1Cor 15, 3).


Menzingen, 12 de marzo de 2009


+ Bernard Fellay

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Fuente: DICI


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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Carta de Su Santidad Benedicto XVI a los Obispos de la Iglesia Católica

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Escudo Papal Grande

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CARTA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

A LOS OBISPOS DE LA IGLESIA CATÓLICA


sobre la remisión de la excomunión

de los cuatro Obispos consagrados por el Arzobispo Lefebvre


Queridos Hermanos en el ministerio episcopal

La remisión de la excomunión a los cuatro Obispos consagrados en el año 1988 por el Arzobispo Lefebvre sin mandato de la Santa Sede, ha suscitado por múltiples razones dentro y fuera de la Iglesia católica una discusión de una vehemencia como no se había visto desde hace mucho tiempo. Muchos Obispos se han sentido perplejos ante un acontecimiento sucedido inesperadamente y difícil de encuadrar positivamente en las cuestiones y tareas de la Iglesia de hoy. A pesar de que muchos Obispos y fieles estaban dispuestos en principio a considerar favorablemente la disposición del Papa a la reconciliación, a ello se contraponía sin embargo la cuestión sobre la conveniencia de dicho gesto ante las verdaderas urgencias de una vida de fe en nuestro tiempo. Algunos grupos, en cambio, acusaban abiertamente al Papa de querer volver atrás, hasta antes del Concilio. Se desencadenó así una avalancha de protestas, cuya amargura mostraba heridas que se remontaban más allá de este momento. Por eso, me siento impulsado a dirigiros a vosotros, queridos Hermanos, una palabra clarificadora, que debe ayudar a comprender las intenciones que me han guiado en esta iniciativa, a mí y a los organismos competentes de la Santa Sede. Espero contribuir de este modo a la paz en la Iglesia.


Una contrariedad para mí imprevisible fue el hecho de que el caso Williamson se sobrepusiera a la remisión de la excomunión. El gesto discreto de misericordia hacia los cuatro Obispos, ordenados válidamente pero no legítimamente, apareció de manera inesperada como algo totalmente diverso: como la negación de la reconciliación entre cristianos y judíos y, por tanto, como la revocación de lo que en esta materia el Concilio había aclarado para el camino de la Iglesia. Una invitación a la reconciliación con un grupo eclesial implicado en un proceso de separación, se transformó así en su contrario: un aparente volver atrás respecto a todos los pasos de reconciliación entre los cristianos y judíos que se han dado a partir del Concilio, pasos compartidos y promovidos desde el inicio como un objetivo de mi trabajo personal teológico. Que esta superposición de dos procesos contrapuestos haya sucedido y, durante un tiempo haya enturbiado la paz entre cristianos y judíos, así como también la paz dentro de la Iglesia, es algo que sólo puedo lamentar profundamente. Me han dicho que seguir con atención las noticias accesibles por Internet habría dado la posibilidad de conocer tempestivamente el problema. De ello saco la lección de que, en el futuro, en la Santa Sede deberemos prestar más atención a esta fuente de noticias. Me ha entristecido el hecho de que también los católicos, que en el fondo hubieran podido saber mejor cómo están las cosas, hayan pensado deberme herir con una hostilidad dispuesta al ataque. Justamente por esto doy gracias a los amigos judíos que han ayudado a deshacer rápidamente el malentendido y a restablecer la atmósfera de amistad y confianza que, como en el tiempo del Papa Juan Pablo II, también ha habido durante todo el período de mi Pontificado y, gracias a Dios, sigue habiendo.


Otro desacierto, del cual me lamento sinceramente, consiste en el hecho de que el alcance y los límites de la iniciativa del 21 de enero de 2009 no se hayan ilustrado de modo suficientemente claro en el momento de su publicación. La excomunión afecta a las personas, no a las instituciones. Una ordenación episcopal sin el mandato pontificio significa el peligro de un cisma, porque cuestiona la unidad del colegio episcopal con el Papa. Por esto, la Iglesia debe reaccionar con la sanción más dura, la excomunión, con el fin de llamar a las personas sancionadas de este modo al arrepentimiento y a la vuelta a la unidad. Por desgracia, veinte años después de la ordenación, este objetivo no se ha alcanzado todavía. La remisión de la excomunión tiende al mismo fin al que sirve la sanción: invitar una vez más a los cuatro Obispos al retorno. Este gesto era posible después de que los interesados reconocieran en línea de principio al Papa y su potestad de Pastor, a pesar de las reservas sobre la obediencia a su autoridad doctrinal y a la del Concilio. Con esto vuelvo a la distinción entre persona e institución. La remisión de la excomunión ha sido un procedimiento en el ámbito de la disciplina eclesiástica: las personas venían liberadas del peso de conciencia provocado por la sanción eclesiástica más grave. Hay que distinguir este ámbito disciplinar del ámbito doctrinal. El hecho de que la Fraternidad San Pío X no posea una posición canónica en la Iglesia, no se basa al fin y al cabo en razones disciplinares sino doctrinales. Hasta que la Fraternidad non tenga una posición canónica en la Iglesia, tampoco sus ministros ejercen ministerios legítimos en la Iglesia. Por tanto, es preciso distinguir entre el plano disciplinar, que concierne a las personas en cuanto tales, y el plano doctrinal, en el que entran en juego el ministerio y la institución. Para precisarlo una vez más: hasta que las cuestiones relativas a la doctrina no se aclaren, la Fraternidad no tiene ningún estado canónico en la Iglesia, y sus ministros, no obstante hayan sido liberados de la sanción eclesiástica, no ejercen legítimamente ministerio alguno en la Iglesia.


A la luz de esta situación, tengo la intención de asociar próximamente la Pontificia Comisión "Ecclesia Dei", institución competente desde 1988 para esas comunidades y personas que, proviniendo de la Fraternidad San Pío X o de agrupaciones similares, quieren regresar a la plena comunión con el Papa, con la Congregación para la Doctrina de la Fe. Con esto se aclara que los problemas que deben ser tratados ahora son de naturaleza esencialmente doctrinal, y se refieren sobre todo a la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar de los Papas. Los organismos colegiales con los cuales la Congregación estudia las cuestiones que se presentan (especialmente la habitual reunión de los Cardenales el miércoles y la Plenaria anual o bienal) garantizan la implicación de los Prefectos de varias Congregaciones romanas y de los representantes del Episcopado mundial en las decisiones que se hayan de tomar. No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962, lo cual debe quedar bien claro a la Fraternidad. Pero a algunos de los que se muestran como grandes defensores del Concilio se les debe recordar también que el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal de la Iglesia. Quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que el árbol vive.


Espero, queridos Hermanos, que con esto quede claro el significado positivo, como también sus límites, de la iniciativa del 21 de enero de 2009. Sin embargo, queda ahora la cuestión: ¿Era necesaria tal iniciativa? ¿Constituía realmente una prioridad? ¿No hay cosas mucho más importantes? Ciertamente hay cosas más importantes y urgentes. Creo haber señalado las prioridades de mi Pontificado en los discursos que pronuncié en sus comienzos. Lo que dije entonces sigue siendo de manera inalterable mi línea directiva. La primera prioridad para el Sucesor de Pedro fue fijada por el Señor en el Cenáculo de manera inequívoca: "Tú… confirma a tus hermanos" (Lc 22,32). El mismo Pedro formuló de modo nuevo esta prioridad en su primera Carta: "Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere" (1 Pe 3,15). En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado. El auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto.


Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la Biblia: Ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo. De esto se deriva, como consecuencia lógica, que debemos tener muy presente la unidad de los creyentes. En efecto, su discordia, su contraposición interna, pone en duda la credibilidad de su hablar de Dios. Por eso, el esfuerzo con miras al testimonio común de fe de los cristianos –al ecumenismo- está incluido en la prioridad suprema. A esto se añade la necesidad de que todos los que creen en Dios busquen juntos la paz, intenten acercarse unos a otros, para caminar juntos, incluso en la diversidad de su imagen de Dios, hacia la fuente de la Luz. En esto consiste el diálogo interreligioso. Quien anuncia a Dios como Amor "hasta el extremo" debe dar testimonio del amor. Dedicarse con amor a los que sufren, rechazar el odio y la enemistad, es la dimensión social de la fe cristiana, de la que hablé en la Encíclica Deus caritas est.


Por tanto, si el compromiso laborioso por la fe, por la esperanza y el amor en el mundo es en estos momentos (y, de modos diversos, siempre) la auténtica prioridad para la Iglesia, entonces también forman parte de ella las reconciliaciones pequeñas y medianas. Que el humilde gesto de una mano tendida haya dado lugar a un revuelo tan grande, convirtiéndose precisamente así en lo contrario de una reconciliación, es un hecho del que debemos tomar nota. Pero ahora me pregunto: ¿Era y es realmente una equivocación, también en este caso, salir al encuentro del hermano que "tiene quejas contra ti" (cf. Mt 5,23s) y buscar la reconciliación? ¿Acaso la sociedad civil no debe intentar también prevenir las radicalizaciones y reintegrar a sus eventuales partidarios –en la medida de lo posible- en las grandes fuerzas que plasman la vida social, para evitar su segregación con todas sus consecuencias? ¿Puede ser totalmente desacertado el comprometerse en la disolución de las rigideces y restricciones, para dar espacio a lo que haya de positivo y recuperable para el conjunto? Yo mismo he visto en los años posteriores a 1988 cómo, mediante el regreso de comunidades separadas anteriormente de Roma, ha cambiado su clima interior; cómo el regreso a la gran y amplia Iglesia común ha hecho superar posiciones unilaterales y ablandado rigideces, de modo que luego han surgido fuerzas positivas para el conjunto. ¿Puede dejarnos totalmente indiferentes una comunidad en la cual hay 491 sacerdotes, 215 seminaristas, 6 seminarios, 88 escuelas, 2 institutos universitarios, 117 hermanos, 164 hermanas y millares de fieles? ¿Debemos realmente dejarlos tranquilamente ir a la deriva lejos de la Iglesia? Pienso por ejemplo en los 491 sacerdotes. No podemos conocer la trama de sus motivaciones. Sin embargo, creo que no se hubieran decidido por el sacerdocio si, junto a varios elementos distorsionados y enfermos, no existiera el amor por Cristo y la voluntad de anunciarlo y, con Él, al Dios vivo. ¿Podemos simplemente excluirlos, como representantes de un grupo marginal radical, de la búsqueda de la reconciliación y de la unidad? ¿Qué será de ellos luego?


Ciertamente, desde hace mucho tiempo y después una y otra vez, en esta ocasión concreta hemos escuchado de representantes de esa comunidad muchas cosas fuera de tono: soberbia y presunción, obcecaciones sobre unilateralismos, etc. Por amor a la verdad, debo añadir que he recibido también una serie de impresionantes testimonios de gratitud, en los cuales se percibía una apertura de los corazones. ¿Acaso no debe la gran Iglesia permitirse ser también generosa, siendo consciente de la envergadura que posee; en la certeza de la promesa que le ha sido confiada? ¿No debemos como buenos educadores ser capaces también de dejar de fijarnos en diversas cosas no buenas y apresurarnos a salir fuera de las estrecheces? ¿Y acaso no debemos admitir que también en el ámbito eclesial se ha dado alguna salida de tono? A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele –en este caso el Papa- también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni reservas.


Queridos Hermanos, por circunstancias fortuitas, en los días en que me vino a la mente escribir esta carta, tuve que interpretar y comentar en el Seminario Romano el texto de Ga 5,13-15. Percibí con sorpresa la inmediatez con que estas frases nos hablan del momento actual: «No una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: "Amarás al prójimo como a ti mismo". Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente». Siempre fui propenso a considerar esta frase como una de las exageraciones retóricas que a menudo se encuentran en San Pablo. Bajo ciertos aspectos puede ser también así. Pero desgraciadamente este "morder y devorar" existe también hoy en la Iglesia como expresión de una libertad mal interpretada. ¿Sorprende acaso que tampoco nosotros seamos mejores que los Gálatas? Que ¿quizás estemos amenazados por las mismas tentaciones? ¿Que debamos aprender nuevamente el justo uso de la libertad? ¿Y que una y otra vez debamos aprender la prioridad suprema: el amor? En el día en que hablé de esto en el Seminario Mayor, en Roma se celebraba la fiesta de la Virgen de la Confianza. En efecto, María nos enseña la confianza. Ella nos conduce al Hijo, del cual todos nosotros podemos fiarnos. Él nos guiará, incluso en tiempos turbulentos. De este modo, quisiera dar las gracias de corazón a todos los numerosos Obispos que en este tiempo me han dado pruebas conmovedoras de confianza y de afecto y, sobre todo, me han asegurado sus oraciones. Este agradecimiento sirve también para todos los fieles que en este tiempo me han dado prueba de su fidelidad intacta al Sucesor de San Pedro. El Señor nos proteja a todos nosotros y nos conduzca por la vía de la paz. Es un deseo que me brota espontáneo del corazón al comienzo de esta Cuaresma, que es un tiempo litúrgico particularmente favorable a la purificación interior y que nos invita a todos a mirar con esperanza renovada al horizonte luminoso de la Pascua.


Con una especial Bendición Apostólica me confirmo


Vuestro en el Señor


BENEDICTUS  PP. XVI


Vaticano, 10 de marzo de 2009.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Más sobre la carta del Papa

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La “Carta de Su Santidad Benedicto XVI a los Obispos de la Iglesia Católica sobre el levantamiento de las excomuniones a los cuatro obispos consagrados por el Arzobispo Lefebvre” será publicada mañana, al mediodía de Roma, en la versión oficial en lengua española. Por lo tanto, y ante la aparición de varios extractos de la misma en diversos medios, presentamos la traducción de un interesante párrafo que hemos tomado de The New Liturgical Movement.


“Dada esta situación, he resuelto conectar en el futuro a la Pontificia Comisión Ecclesia Dei - que desde 1988 es responsable de aquellas comunidades e individuos que, viniendo de la Fraternidad de Pío X o grupos similares, quieren retornar a la plena comunión con el Papa – con la Congregación para la Doctrina de la Fe. Esto dejará claro que los problemas que ahora sean tratados son esencialmente doctrinales en naturaleza, especialmente los que conciernen a la aceptación del Concilio Vaticano II y al magisterio post-conciliar de los Papas. Los órganos colegiales a través de los cuales trabaja la Congregación sobre las cuestiones que surgen (especialmente la asamblea regular de los Cardenales los días miércoles y la Asamblea General, cada uno o dos años) garantizan la participación de los prefectos de distintas congregaciones romanas y del episcopado mundial en las decisiones a ser tomadas. Uno no puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia en 1962, y esto debe ser claro para la Fraternidad. Pero a algunos de aquellos que se presentan como los grandes defensores del Concilio, se les debe recordar que el Vaticano II lleva consigo la completa historia doctrinal de la Iglesia. Quien quiere ser obediente al mismo, debe aceptar la fe de los siglos, y no debe cortar las raíces de las cuales el árbol vive”.

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martes, 10 de marzo de 2009

Importante: el Papa enviará una carta "humilde y fuerte" a todos los Obispos

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Sin quitar importancia a la interesante entrevista al Cardenal Cañizares, que hemos publicado en la entrada anterior y cuya lectura recomendamos, nos hacemos eco de una muy importante noticia que el vaticanista Andrea Tornielli acaba de publicar en su blog:


“Será hecha pública, a mediodía del jueves, una carta de siete páginas que Benedicto XVI envía a todos los obispos de la Iglesia Católica para afrontar el caso del levantamiento de las excomuniones a los obispos lefebvristas y las polémicas por la entrevista negacionista de las cámaras de gas lanzada por el obispo Williamson”.

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Cañizares responde a todo

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Card_Cañizares

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Ofrecemos nuestra traducción de la entrevista que el Cardenal Antonio Cañizares, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, ha concedido a la revista 30Giorni y en la que se refiere a varios temas de gran interés como, por ejemplo, la Sagrada Liturgia, su nueva misión en la Curia, la reforma litúrgica de 1970, la crisis post-conciliar, la situación actual de España, la obligación de los obispos de proclamar la Verdad, el motu proprio Summorum Pontificum y el reciente decreto de levantamiento de excomuniones, así como su relación con “nuestro gran Benedicto XVI”.

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El cardenal Antonio Cañizares Llovera, español originario de la región valenciana, que cumplirá 64 años en octubre, es el nuevo prefecto de la Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los sacramentos. Con él, España vuelve a tener un jefe de dicasterio en la Curia Romana. De carácter jovial, aún teniendo fama de ser un “duro”, el purpurado nos recibe en las oficinas que dan a la Plaza de San Pedro. Antes de venir a Roma, el cardenal ha sido obispo de Ávila, luego de Granada y, por último, de Toledo. Ha sido también vicepresidente de la Conferencia episcopal española. El hecho de que ahora su residencia se encuentre en la Urbe no le impide mantener un vínculo con su país. También por esto ha aceptado escribir semanalmente para el periódico madrileño La Razón.

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Eminencia, usted ha sido nombrado por el Papa prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos el pasado 9 de diciembre. De esta llamada a Roma se hablaba desde algún tiempo atrás…


En efecto, era así. Se había convertido casi en una persecución. No podía aparecer en público que los periodistas, pero no sólo ellos, me preguntaban: ¿cuándo parte para Roma? Pero eran “rumores”. Y así ha sido hasta que el Papa me comunicó su decisión en el curso de la audiencia que me concedió el 20 de noviembre de 2008.

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El nombramiento fue publicado el día en que la Iglesia hace memoria también de santa Leocadia de Toledo. No es casualidad…


Obviamente no, ha sido un homenaje a esta niña mártir del siglo IV, que es también protectora de la juventud toledana, caída bajo la terrible persecución de Diocleciano. Ha sido bello para Toledo que el nombramiento haya sido anunciado ese día: porque era una joven testigo de la oración y de la caridad. Pero el 9 de diciembre se festeja también a san Juan Diego, a quien se apareció la Virgen de Guadalupe. ¡Es un día importante para toda América Latina y, por tanto, también para España!

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¿Cómo afronta este nuevo cargo? ¿Ha realizado estudios de Liturgia?


Desde los inicios de mi formación sacerdotal, siempre me ha apasionado la liturgia. Antes de la tesis doctoral en Teología pastoral y catequética, he estudiado las lecturas en el Triduo pascual de la liturgia hispánica. Como sacerdote, he enseñado Liturgia y Catequesis. Como obispo, primero en Ávila, luego en Granada, y después en Toledo, una de mis principales preocupaciones ha sido que en las diócesis que el Señor me había confiado la Liturgia eucarística fuera celebrada en todas partes con sobriedad y belleza, y siempre en el respeto de las normas establecidas por la Iglesia. La Misa, de hecho, es realmente fuente y culmen de la vida cristiana – como nos ha recordado el Concilio Vaticano II -, y por eso no puede ser celebrada de modo indigno. La Eucaristía es verdaderamente el corazón de la Iglesia y, por eso, la adoración eucarística, en el interior de la celebración litúrgica pero no sólo allí, es una acción decisiva para la vida de nuestras comunidades.

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Su formación sacerdotal ha madurado durante la transición del pre al post Concilio…


En efecto, he ingresado en el seminario diocesano de Valencia en 1961, a los 16 años. Luego, desde 1964 a 1968 he estudiado en la Pontificia Universidad de Salamanca donde he conseguido la licenciatura en Teología. En 1970 he sido ordenado sacerdote y al siguiente año he conseguido, en el mismo Ateneo, el doctorado con la especialización en Catequesis.

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Por lo tanto, usted es el primer prefecto de la Congregación para el Culto Divino que ha celebrado directamente con el Novus Ordo postconciliar…


Evidentemente es así. He celebrado con el Misal de 1962 sólo recientemente, en el 2007, cuando ordené dos sacerdotes del Instituto Cristo Rey en Gicigliano, cerca de Florencia.

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¿Qué recuerdo tiene de aquella fase de reforma litúrgica?


Creo que una profundización y una renovación de la Liturgia eran necesarias. Pero, por como yo la he vivido, no ha sido una operación perfectamente lograda. La primera parte de la constitución Sacrosanctum Concilium no ha entrado en el corazón del pueblo cristiano. Ha sido un cambio en las formas, una reforma, pero no una verdadera renovación como pidió la Sacrosanctum Concilium. A veces se ha cambiado por el simple gusto de cambiar respecto a un pasado percibido como todo negativo y superado. A veces se ha concebido la reforma como una ruptura y no como un desarrollo orgánico de la Tradición. De aquí todos los problemas suscitados por los tradicionalistas ligados al rito de 1962.

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Por lo tanto, ¿se ha tratado de una reforma que, en los hechos, no ha respetado plenamente el mandato conciliar?


Más que otra cosa, diría que ha sido una reforma que ha sido aplicada y principalmente ha sido vivida como un cambio absoluto, como si se debiera crear un abismo entre el pre y el post Concilio, en un contexto en el que “preconciliar” era usado como un insulto.

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A decir verdad, incluso hoy en día normalmente es así. Sin embargo, cuando fue publicado su nombramiento, hubo quien describió su evolución teológica como una parábola que ha partido de posiciones más bien progresistas para arribar luego en posiciones conservadoras. En la práctica, es el mismo itinerario “imputado” al Papa Benedicto. ¿Usted lo reconoce?


En 1967, cuando estudiaba para sacerdote, leí un artículo del entonces profesor Joseph Ratzinger sobre la renovación de la Iglesia después del Concilio, artículo que ponía en guardia sobre algunos desvíos que ya estaban en acto. Lo compartí plenamente. El Concilio ha sido una bendición para la Iglesia. Yo lo he vivido siempre no como una ruptura con la Tradición sino como una confirmación de la Tradición, actualizada para poder ser ofrecida al hombre de hoy. En esto, no creo haber cambiado. Quien me conoce, sabe bien que, en mi vida, no ha habido “vueltas en u”. Basta leer lo que ha escrito Juan Martín Velasco en el País después de mi nombramiento.

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Usted, en los medios de comunicación, es conocido como “el pequeño Ratzinger”. ¿Qué efecto le produce este epíteto?


Bah… [sonríe, ndr], será porque ambos tenemos el cabello completamente blanco… Tal vez el sobrenombre ha nacido cuando, entre 1985 y 1992, he sido secretario de la Comisión episcopal para la Doctrina de la fe. Para mí, obviamente, ha sido un grandísimo honor ser comparado con el cardenal Ratzinger, con mayor razón hoy. Pero, que quede claro, no me considero digno. Non sum dignus. Sinceramente.

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¿Cuándo lo ha conocido personalmente?


En 1987, durante una reunión de los presidentes de las Comisiones episcopales europeas para la Doctrina de la fe. Luego este conocimiento pudo profundizarse también por mi colaboración en la preparación del Catecismo de la Iglesia Católica publicado en 1992 y en su traducción a la lengua española. Y, por último, con mi nombramiento como miembro de la Congregación para la Doctrina de la fe.

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Otro aspecto que la prensa destacó ha sido el de su actitud hacia el actual gobierno español. Lo han definido un “anti-Zapatero de hierro”…


Por caridad… Yo no soy “anti” nadie. Por definición. No pertenece a mi ADN. Pienso que pocos obispos tienen una relación más cercana que yo con el gobierno de España. Lo demuestran, por ejemplo, las relaciones cordiales con la vicepresidente socialista, María Teresa Fernández de la Vega, y con el responsable del gobierno socialista de Castilla-La Mancha, donde se encuentra Toledo. Y también con los gobiernos socialistas de Andalucía, cuando era arzobispo de Granada, las relaciones han sido siempre buenas. Al mismo tiempo, soy muy amigo de muchos exponentes del Partido popular, ya desde cuando era obispo de Ávila – cuyo alcalde, Ángel Acebes, era de aquel Partido – o cuando era sacerdote en Valencia [fortaleza del Pp, ndr]. No soy un hombre de oposición por partido a quien le gusta hacer la “guerra”. Busco siempre el encuentro y el diálogo. Esto no me impide, repito, decir abiertamente lo que mi conciencia de cristiano y mi deber de pastor de la Iglesia me obligan a decir.

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En efecto, su voz se ha elevado no pocas veces para criticar las iniciativas del gobierno…


Como obispo, tengo un deber particular para con los fieles y todos los españoles. Tengo el deber de defender los derechos de los más débiles, como son los no nacidos; tengo el deber de defender el matrimonio así como es querido por la ley natural; tengo el deber de defender la libertad religiosa, la libertad de los padres de educar a los hijos en base a los propios principios, la libertad de la Iglesia. Como se ve, se trata de promover los grandes “sí” a la vida y a la familia como nos exige el Evangelio de Jesús. Por el bien del hombre y de toda la sociedad. Nosotros no queremos imponer nada. Queremos tener la libertad de proponer. Nosotros amamos la libertad. Sin la libertad, una sociedad no tiene futuro. El peligro, actualmente, es que esta libertad sea anulada.

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¿En qué sentido?


La libertad no es posible sin la verdad y sin la razón. El peligro de hoy es el de querer separar la libertad de la verdad. En este sentido, puede ocurrir que algunas de mis afirmaciones sean percibidas como críticas a algunas medidas del gobierno. Pero sobre estas cuestiones, la Iglesia no puede callar. Traicionaría a Jesús. Somos Su Iglesia y no podemos ir contra aquello que Él ha dicho y contra los mandamientos de Dios. Nosotros somos respetuosos del poder constituido. Debemos serlo, nos lo recuerdan varias veces las Cartas de san Pedro y san Pablo, pero no por esto nuestra palabra – sobre cuestiones centrales que conciernen a la fe y la moral – puede ser encadenada. Espero haber sido claro.

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Por lo tanto, no es cierto – como también se ha escrito - que usted ha sido transferido a Roma para hacer un favor al gobierno español, molesto por su actitud crítica…


Fanta-política. No tiene nada que ver con la realidad. Tal es así que luego se ha escrito lo contrario. Mi venida aquí, a Roma, no tiene nada que ver con las cuestiones de las relaciones Estado-Iglesia en España. Absolutamente.

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Usted es también miembro de la Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”. ¿Cómo valora el motu proprio Summorum Pontificum?


Aún si alguno lo ha acogido con mal humor, ha sido un gesto de extraordinario sentido común eclesial. Con el que se ha reconocido plenamente válido un rito que ha nutrido espiritualmente a la Iglesia latina por más de cuatro siglos. Creo que este motu proprio es una gracia que fortificará la fe de grupos tradicionalistas que ya están orgánicamente presentes en la Iglesia y que ayudará al retorno de los llamados lefebvristas… Será también una ayuda para todos.

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Usted ha tenido contactos con los lefebvristas, ¿qué piensa del levantamiento de las excomuniones a los obispos y las polémicas que siguieron?


No he tenido contactos con el mundo llamado “lefebvrista”. Con respecto al levantamiento de las excomuniones, mi pensamiento es sencillo. Ha sido un gesto de misericordia gratuita del Santo Padre para ayudar a su plena inserción en la Iglesia Católica. Es evidente que esto podrá ocurrir sólo después de que ellos reconozcan todo el Magisterio de la Iglesia, incluido el expresado por el Concilio Vaticano II y por los últimos pontífices. Pero debemos reconocer que la unidad es inseparable de la cruz.

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¿Y respecto a las afirmaciones negacionistas o reduccionistas de la Shoah del obispo Williamson?


Se trata de insensateces que el Papa y la Santa Sede han rechazado con firmeza en reiteradas ocasiones. Espero y rezo para que, cuanto antes, el interesado se retracte oficial y claramente. Añado, sin embargo, que no ha sido un bello espectáculo el modo en que el Papa ha sido tratado, también por quienes están dentro de la Iglesia, en todo este asunto. Afortunadamente, al menos, la Iglesia española ha emitido un bello comunicado de filial apoyo a nuestro gran Benedicto XVI.

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Volvamos a la Liturgia. Usted, como arzobispo de Toledo, ha celebrado también el antiquísimo rito mozárabe…


En efecto, cada día en la Catedral de Toledo se celebra la Misa y se recitan las laudes, también según este antiquísimo rito que sobrevivió a la reforma tridentina. Es necesario recordar, de hecho – y a algunos tal vez no les gusta hacerlo -, que el así llamado Misal de san Pío V no abolió todos los ritos precedentes. Fueron, de hecho, “preservados” aquellos ritos que tenían, por lo menos, dos siglos de historia. Y el rito mozárabe – junto, por ejemplo, al rito propio de la orden dominica – estaba entre éstos. De este modo, después del Concilio de Trento no hubo una absoluta uniformidad en la Liturgia de la Iglesia latina.

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¿Cuáles son, además de las que ya hemos mencionado, las cuestiones que deberá afrontar al desempeñar esta nueva misión?


Ayudar a toda la Iglesia a seguir plenamente lo que ha indicado el Concilio Vaticano II en la constitución Sacrosanctum Concilium. Ayudar a comprender plenamente lo que el Catecismo de la Iglesia Católica dice sobre la Liturgia. Atesorar lo que el Santo Padre - cuando era el cardenal Joseph Ratzinger – ha escrito sobre el argumento, especialmente en el bellísimo libro “Introducción al espíritu de la liturgia”. Atesorar cómo el Santo Padre – asistido por la Oficina de las celebraciones litúrgicas que preside monseñor Guido Marini – celebra la Liturgia. Las liturgias pontificias, de hecho, han sido siempre, y siguen siendo, ejemplares para todo el orbe católico.

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En una entrevista concedida en España, usted ha elogiado la decisión del Papa de distribuir la Eucaristía, en las liturgias que preside, sólo de rodillas y en la boca. ¿Están previstos cambios, al respecto, en la disciplina universal de la Iglesia?


Como es sabido, la actual disciplina universal de la Iglesia dispone que, por norma, la Comunión sea distribuida en la boca de los fieles. Hay, luego, un indulto que permite, a petición de los episcopados, distribuir la Comunión también sobre la palma de la mano. Es bueno recordar esto. El Papa, entonces, para dar mayor importancia a la debida reverencia con que debemos acercarnos al Cuerpo de Jesús, ha querido que los fieles que toman la Comunión de sus manos lo hagan de rodillas. Me ha parecido una hermosa y edificante iniciativa del obispo de Roma. Las normas actuales no obligan a nadie a hacer lo mismo. Pero tampoco lo impiden.

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¿Usted ya conoce Italia y la Curia romana?


Conozco estas dos realidades menos de cuanto debería. Espero hacerlo pronto.

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Desde España, ¿qué impresión ha tenido de la Iglesia italiana?


Muy buena. La Iglesia italiana nos ha servido de ejemplo. Y lo ha sido también para mí personalmente. Es una Iglesia de pueblo que sabe hablar con claridad y respeto y que, al mismo tiempo, desempeña una gran obra de ayuda a los más necesitados de la sociedad italiana.

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Usted ha tomado posesión de su oficio pocos días después del nombramiento. Pero antes de establecerse aquí, en Roma, ha vuelto algunas veces a España: ha tenido diálogos con el Rey y con el premier Zapatero, y ha acompañado al secretario de Estado, cardenal Tarcisio Bertone, en su visita a Madrid a comienzos de febrero. ¿Cuáles son los temores y las esperanzas respecto a su país?


Mi temor es que la oleada laicista y relativista que embiste a la sociedad continúe erosionando principios y valores fundamentales sobre los que está construida nuestra nación: la fe católica, la vida, la familia, la educación. Espero y rezo para que la Iglesia sea capaz de presentar a los españoles el rostro auténtico de Jesús, que los españoles abran o vuelvan a abrir el propio corazón a Jesús que ofrece a todos la esperanza de una vida nueva, más bella y digna de ser vivida. Espero y rezo para que mis compatriotas abran el corazón y la mente a Jesús y no corten las raíces cristianas que están en la base de nuestra historia y de la unidad de nuestro país.

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Como arzobispo de Granada ha podido ver de cerca cuál ha sido la influencia y la herencia árabe-musulmán en la historia de España. ¿Qué reflexiones ha hecho al respecto?


La dominación musulmana ha durado siglos. Y parecía una cuestión terminada. Admito que no falta una cierta preocupación porque, en el mundo islámico, están quienes actualmente querrían recuperar nuestras tierras para el Islam. Permaneciendo firme en que nosotros, los católicos, queremos tener buenas relaciones con todos, musulmanes incluidos, estos proyectos – que no parecen ser sólo teóricos – no pueden no perturbarnos.

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¿Teme por la unidad de su país?


La unidad de España es un bien moral, político, constitutivo de nuestra identidad. No es sólo una cuestión política. Esta unidad tiene origen en el tercer Concilio de Toledo del 589, cuando el rey visigodo Recaredo se convirtió a la fe verdadera y abandonó el arrianismo, favoreciendo de este modo una plena fusión entre los componentes latinos y germánicos de la población. El cardenal Ratzinger lo recordó en una conferencia en la que dijo que el Concilio de Toledo fue, de algún modo, también el acto fundacional de Europa. Por eso, considero que la unidad de España es un bien no negociable.

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Sin embargo, en el cuerpo episcopal español hay, al respecto, sensibilidades diversas de parte de los obispos de las regiones más autonomistas…


La Conferencia episcopal española ha aprobado un documento en el que la unidad del país es considerada un bien moral. Y lo ha hecho con un voto clarísimo.

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¿Qué piensa de la causa de beatificación de Isabel de Castilla?


Isabel era una mujer de gran fe, una esposa ejemplar, una reina con un celo apostólico único, una gran cristiana. Dio permiso a Colón para cruzar el océano sólo a condición de que su primer fin fuera el de evangelizar las tierras que había descubierto. Creo y espero que, cuanto antes, pueda ser elevada al honor de los altares. Confieso que frecuentemente, como arzobispo de Granada, especialmente cuando tenía que afrontar algún problema importante, iba a rezar delante de la tumba de Isabel que se encuentra en la Catedral, y siempre he experimentado su ayuda.

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En una entrevista a La Razón, ha dicho que el último film que ha visto fue “La vita é bella” de Roberto Begnini.


Es una película bellísima, abierta a la vida y a la esperanza. A decir verdad, es la cuarta vez que la veo. Y cada vez que lo hago, me conmueve más. La vida es realmente bella porque es un don de Dios.

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Texto original: 30Giorni


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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lunes, 9 de marzo de 2009

Mirarán a Aquel que traspasaron

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Altar Papal

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Ofrecemos nuestra traducción de un interesante artículo, publicado hoy por L’Osservatore Romano, sobre la centralidad del crucifijo en la celebración litúrgica. Su autor es el Padre Mauro Gagliardi, uno de los nuevos consultores (nombrado por el Papa en septiembre de 2008) de la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice.

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En este tiempo de Cuaresma, no podemos dejar de pensar en el gran misterio del Sacro Triduo que, al término de estos cuarenta días, nos hará volver a meditar y revivir, en el hoy de la Liturgia, la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Una ayuda para este proceso de conversión proviene de la meditación sobre la centralidad de la Cruz en el culto y, en consecuencia, en la vida del cristiano. Las lecturas bíblicas de la Misa de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre) presentan, entre otros, el tema de "mirar a". Los israelitas deben mirar a la serpiente de bronce levantada sobre un asta para ser sanados del veneno de las serpientes (cfr. Números 21, 4b-9). Jesús, en la página evangélica de esa fiesta litúrgica, dice que Él debe ser levantado en alto como la serpiente mosaica para que quien cree en Él no muera sino que tenga vida eterna (cfr. Juan 3, 13-17). Los israelitas miraban a la serpiente de bronce pero debían realizar un acto de fe en el Dios que sana; para los discípulos de Jesús, en cambio, hay una perfecta convergencia entre “mirar a” y creer: para obtener la salvación, se debe creer en Aquel al cual se mira, el Crucificado Resucitado, y vivir de un modo coherente con esta mirada fundamental.


Ésta es la intuición fundamental del uso litúrgico tradicional según el cual el ministro y los fieles dirigen juntos su mirada hacia el crucifijo. En el momento en que entró en uso la práctica de celebrar versus populum, surgió el problema de la posición del sacerdote en el altar, ya que ahora estaba de espaldas al tabernáculo y al crucifijo. Inicialmente, en diversos lugares, fue establecido el tabernáculo (a cassetta) puesto sobre el altar separado de la pared: el tabernáculo se encontraba así entre el sacerdote y los fieles de modo que, aún encontrándose uno frente a otros, tanto el ministro como los fieles podían mirar hacia el Señor durante la liturgia eucarística. Este recurso, sin embargo, fue superado pronto, sobre todo en base a la convicción de que esta ubicación del tabernáculo generaría un conflicto de presencias: no se podría reservar el Santísimo Sacramento sobre el altar de la celebración porque contrastaría con las diversas formas de presencia de Cristo en la liturgia. Finalmente se resolvió colocar el tabernáculo en una capilla lateral. Quedaba aún el crucifijo, al cual el sacerdote seguía dando la espalda, dado que por norma aún permanecía en el centro. Se resolvió aún mas fácilmente estableciendo que podía ser colocado también a un lado del altar. De este modo, ciertamente, el ministro no le daba más la espalda pero la representación del Señor crucificado perdía su centralidad y, de todos modos, no se resolvía el problema consistente en el hecho de que el sacerdote continuaba sin poder “mirar al Crucificado” durante la liturgia.


Las normas litúrgicas establecidas para la actual forma ordinaria del rito romano permiten colocar el crucifijo y el tabernáculo en posiciones alejadas; sin embargo, esto no impide que se continúe discutiendo sobre la mayor oportunidad de que sean colocados al centro, como se indica para el altar. Esto vale principalmente para la representación del Crucificado. La instrucción “Eucharisticum mysterium”, de hecho, afirma que “en razón del signo” (ratione signi, n. 55), conviene que sobre el altar en el que se celebra la Misa no sea colocado el tabernáculo porque la presencia real del Señor es el fruto de la consagración y como tal debe aparecer. Esto no excluye que el tabernáculo puede normalmente permanecer en el centro del edificio litúrgico, sobre todo donde se cuente con la presencia de un altar más antiguo que ahora se encuentra detrás del nuevo el altar (véase el n. 54, que afirma que es lícita la colocación del tabernáculo sobre el altar dirigido al pueblo). Si bien se trata de una cuestión compleja y que requeriría profundizaciones, se puede reconocer que el desplazamiento del tabernáculo fuera del altar de la celebración versus populum (o nuevo altar) tiene más argumentos a su favor ya que no se basa sólo en el argumento del conflicto de presencias sino también en el de la verdad de los signos litúrgicos. Sin embargo, no puede decirse lo mismo respecto al crucifijo. Eliminada la centralidad del crucifijo, la comprensión común del sentido de la liturgia corre el riesgo de ser trastocada.


Es evidente que el mirar no puede ser reducido a un mero gesto exterior, realizado con la simple orientación de los ojos. Se trata principalmente de una actitud del corazón que puede y debe ser mantenida, cualquiera sea la orientación asumida por el cuerpo del orante y la dirección dada a la mirada durante la oración. Sin embargo, en el Canon romano, también en el misal de Pablo VI, está la rúbrica que prescribe al sacerdote elevar los ojos al cielo poco antes de pronunciar las palabras consecratorias sobre el pan. La orientación del espíritu es más importante pero la expresión corpórea acompaña y sostiene el movimiento interior. Si es cierto, entonces, que mirar al Crucificado es un acto del espíritu, un acto de fe y adoración, sigue siendo cierto que mirar la imagen del Crucificado durante la liturgia ayuda y sostiene muchísimo el movimiento del corazón. Tenemos necesidad de signos y gestos sagrados que sostengan, sin sustituirlo, el movimiento del corazón que anhela la santificación: también esto significa obrar litúrgicamente ratione signi. Sacralidad del gesto y santificación del orante no son elementos contrarios sino dos aspectos de una única realidad.


Por lo tanto, si el uso de celebrar versus populum tiene aspectos positivos, es necesario, sin embargo, reconocer también sus límites: en particular el riesgo de que se cree un círculo cerrado entre el ministro y los fieles que ponga en segundo plano precisamente a Aquel al cual todos deben mirar con fe durante el culto litúrgico. Es posible evitar estos riesgos restituyendo a la oración litúrgica su orientación, en particular en lo referente a la liturgia eucarística. Mientras la liturgia de la Palabra tiene su desarrollo más adecuado si el sacerdote está dirigido hacia el pueblo, parece teológica y pastoralmente más oportuno aplicar la posibilidad – reconocida por el misal de Pablo VI en sus diversas ediciones - de continuar celebrando la Eucaristía hacia el crucifijo; esto puede realizarse concretamente en diversos modos, también colocando la representación del Crucificado en el centro del altar en la celebración versus populum, de modo tal que todos, sacerdotes y fieles, puedan mirar al Señor durante la celebración de su santo Sacrificio. En el prefacio al primer volumen de su Opera Omnia, Benedicto XVI se ha mostrado feliz por el hecho de que se esté siguiendo cada vez más una propuesta que él había realizado en su Introducción al espíritu de la liturgia. Ésta, como ha escrito el Papa, consistía en la sugerencia de “no proceder a nuevas transformaciones sino poner simplemente la cruz en el centro del altar, a la que miran juntos el sacerdote y los fieles, para dejarse así conducir hacia el Señor, al cual todos juntos oramos”.

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Fuente: L’Osservatore Romano


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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viernes, 6 de marzo de 2009

Un misterio de Misericordia

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Misa en la Forma Extraordinaria MIC

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Ofrecemos el testimonio de un seminarista norteamericano que ha participado, por primera vez, en la celebración de la Santa Misa según la forma extraordinaria del Rito romano. Se trata del Hermano Thaddeus Lancton MIC, un seminarista residente en Steubenville, Ohio.

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Recuerdo la voz de mi padre cuando conversando, varios años atrás, me dijo: “Et cum spiritu tuo le decíamos a los sacerdotes en latín”. Es decir: “Y con tu espíritu”.


Él usaría estas palabras en su rol de acólito. Hoy soy, como él, un acólito. Pero a diferencia de mi padre, nunca había acolitado en una Misa Tridentina, la Misa que fue codificada en el Concilio de Trento y que tuvo muy pocos cambios en la forma en que fue celebrada hasta el Vaticano II, cuando fue introducida una nueva forma del Rito Latino.


Gracias al Papa Benedicto XVI, sin embargo, la forma extraordinaria del Rito Latino está ahora al alcance de todos.


Mientras me preparaba con mis hermanos Marianos para la celebración de la forma extraordinaria el día de los Fieles Difuntos en nuestra capilla de Steubenville, Ohio, recuerdo que presté atención a las muchas pinturas en las paredes de la capilla. Estaban el Beato Estanislao Papczynski (1631-1701), fundador de la Congregación de los Padres Marianos de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María. El Beato Jorge Matulaitis-Matulewicz (1871-1927), renovador Mariano. Y los mártires marianos de Rosica, Bielorrusia, el Beato Jorge Kaszyra (1904-1943) y el Beato Antonio Leszczewicz (1890-1943).


“Ésta es la forma de la Misa que todos ellos celebraron”, destacó el Padre John Larson, MIC.


En nuestra casa en Steubenville he tenido el privilegio de acolitar en algunas misas “no solemnes”. Pero el 1º de febrero, tuve el don de ser el acólito “del lado de la epístola” para una Misa solemne. La Universidad Franciscana de Steubenville pide a un sacerdote que celebre la forma extraordinaria una vez al mes en la Misa de las 4:00 de la tarde de domingo.


Mientras acolitaba, me sentí paralizado ante la Cruz de San Damián y la imagen de María, nuestra Madre. Me di cuenta de la dignidad del sacerdote: el mismo Padre John, con quien como, rezo, y juego al Uno y al Scrabble. Allí estaba, ofreciendo el Sagrado Cuerpo y la Preciosa Sangre de Jesús. Me sentí tocado por la reverencia, la atención y la devoción de aquellos que participaban. Todos tuvieron paciencia para aguardar al Padre John que distribuía la Santa Comunión a alrededor de 200 estudiantes.


Durante la Misa, hay oportunidad para el silencio. Aunque amo el Novus Ordo – la Misa regular –, este silencio me ha enseñado cómo rezar verdaderamente en la Misa. Me ha enseñado cómo experimentó la Misa Santa Faustina, y cómo comenzó originalmente [el mensaje de] la Divina Misericordia. He buscado la palabra Misa en el glosario del Diario de Santa Faustina, y me he dado cuenta que muchas de sus visiones de Jesús ocurrieron durante la Sagrada Liturgia:


4 de junio de 1937: Hoy es la Fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús. Durante la Santa Misa, me fue dado el conocimiento del Corazón de Jesús y de la naturaleza del fuego de amor en el que Él arde por nosotros, y cómo Él es un océano de Misericordia.


22 de marzo de 1937: Durante la Santa Misa, vi al Señor Jesús clavado en la Cruz, en medio de grandes tormentos. Un suave gemido brotaba de Su Corazón. Después de un tiempo, Él dijo: “Tengo sed. Tengo sed de la salvación de las almas. Ayúdame, hija Mía, a salvar almas. Une tus sufrimientos a Mi Pasión, y ofrécelos al Padre Celestial por los pecadores”.


El lenguaje de esta forma extraordinaria habla de un misterio, de un misterio de misericordia. Mientras hay menos “participación” de los laicos, hay mucho más silencio. En Is 30, 15, leemos: “Porque así habla el Señor, el Santo de Israel: en la conversión y en la calma está la salvación de ustedes, en la serenidad y la confianza está su fuerza”.


Estoy aprendiendo que durante esos momentos de calma, debo rezar con el Espíritu Santo, uniendo mi oración a la oración del sacerdote. Rom 8, 26: “Igualmente el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables…”.


De esta forma he aprendido a suplicar verdaderamente al amoroso Salvador por la salvación del mundo. Cuando veo al Jesús escondido, elevado por el P. John, contemplo lo que está sucediendo realmente: el Calvario se está haciendo presente. El amor de Cristo, Su Sagrado Corazón, está siendo ofrecido por el P. John a Dios Padre por mi propia salvación, y por la salvación del mundo entero.


El cambio del Novus Ordo a la forma extraordinaria es bastante difícil, pero estoy aprendiendo a combinar esta calma con los gemidos del Espíritu Santo, para experimentar verdaderamente la salvación ganada para mí en el Calvario. Estoy agradecido de que el P. John esté tan interesado en aprender esta forma de la Misa, porque estoy aprendiendo a apreciar la Misa en una forma nueva – como un Sacrificio. Ciertamente es un Sacrificio por parte de Cristo, pero es también un sacrificio por mi parte. Cuando asisto a la forma extraordinaria, aprendo a dejar de lado mi propio tiempo y mis propias preocupaciones. Verdaderamente aprendo a hacer una pausa mientras el sacerdote reza sus oraciones en silencio, y soy capaz de contemplar a Jesús en la Cruz. No es un tiempo para la prisa sino un tiempo para rezar, para suplicar a Dios que tenga Misericordia de nosotros, pecadores.


¿Por qué?, me pregunto a mí mismo durante la Misa. El cambio es enorme a nivel exterior, pero en un nivel interior, Cristo es el Mismo “ayer, hoy y siempre”. Al experimentar la forma extraordinaria, aprendo acerca de la forma ordinaria, y el cambio de una a otra me ayuda a nunca dar por sentado el maravilloso don de cada Misa: la Misericordia Divina misma, para nosotros pecadores.

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Fuente: The Divine Mercy


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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jueves, 5 de marzo de 2009

El gobierno de la Curia Romana en tiempos de Ratzinger (III)

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Vaticano

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Ofrecemos nuestra traducción de la última entrega del análisis que ha realizado el vaticanista Paolo Rodari sobre la realidad de la Curia Romana en el Pontificado actual. En anteriores entradas pueden leerse la primera y la segunda parte.

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Para que el gobierno de la curia romana funcione correctamente es necesario que todos los canales del poder estén bien aceitados, se comuniquen entre ellos sin dificultades y, principalmente, sin que ninguno reme en la parte equivocada. En los recientes casos de mal gobierno vaticano, por el contrario - desde el caso Ratisbona al caso Williamson, por citar dos situaciones conocidas para todos -, se ha tenido la impresión de que fueran muchas mónadas separadas y, al mismo tiempo, incapaces de trabajar en equipo y explicar al mundo, y sobre todo a la Iglesia, la racionalidad de las decisiones tomadas.


Aquellos que, en la curia romana, están llamados a apoyar al Papa en la difícil gestión del poder son principalmente los prefectos de las nueve congregaciones vaticanas. En un tiempo, hasta la reforma realizada por Pablo VI, la congregación de la curia con más poder era sin duda la que, en el anuario pontificio, era llamada “La Suprema”. Es decir, la Congregación para la Doctrina de la Fe. El prefecto era directamente el Pontífice, aquel que cuando afirma una doctrina o un dogma goza del principio de la infalibilidad. Hoy el Papa ha conservado sobre la congregación una actividad de supervisión, si bien la responsabilidad de la congregación es confiada a un prefecto que, cada semana, se encuentra con el Pontífice para tratar las cuestiones más importantes. Y probablemente por el hecho de que con esta congregación Benedicto XVI puede dialogar con más frecuencia que con otras es que ha decidido nombrar prefecto al estadounidense William Joseph Levada: no es brillantísimo pero, sin embargo, es un purpurado fiel.


Actualmente, la Congregación estratégicamente más importante y que necesariamente debe proceder en perfecta sintonía con el Pontífice y con el secretario de Estado es la de los Obispos. El cardenal Giovanni Battista Re, prefecto de la Congregación, tiene desde hace tiempo el poder de nombrar a los obispos. Es él, de hecho, quien propone al Papa una terna de nombres para los cargos vacantes decidiendo quién y en qué orden es digno de ocuparlos. Decide los traslados y las promociones de los obispos así como las renuncias por límites de edad. E incluso decide sobre cardenales: en el sentido de que, cuando promueve un obispo a una diócesis que prevé la birreta cardenalicia, lo está promoviendo al cardenalato.


¿Quién es el cardenal Re? Bresciano, tuvo la escalada más importante de su carrera cuando en 1989 Juan Pablo II lo nombró Sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría de Estado. En sustancia, el puesto perfecto para suceder a Angelo Sodano cuando éste hubiese dejado la conducción de la misma Secretaría. Sin embargo, cuando el cardenal Lucas Moreira Neves dejó la guía de la Congregación para los Obispos, Re no lo pensó dos veces y aceptó la propuesta de ser su sucesor. En la Congregación para los Obispos, Re adoptó inicialmente una política filo-wojtyliana. Ante el contrapoder respecto al Papa representado por Sodano, él emprendió una política de nombramientos filo-papales, en perfecta sintonía (al menos inicialmente) con Stanislaw Dziwisz y con Camillo Ruini, presidente de la conferencia episcopal italiana. Luego algo cambió. Re, que de por sí ha conservado siempre los números necesarios para sustituir a Sodano en el momento oportuno, una vez que Joseph Ratzinger fue elevado a la Sede de Pedro, comprendió que nunca le sería confiada la Secretaría de Estado. Y aquí, salido de escena Dziwisz y, poco después, Ruini, ha virado hacia una política de mayor disposición con las demandas provenientes de las diversas conferencias episcopales. Expliquemos mejor: en el mundo, más que en Italia, las conferencias episcopales buscan tener un poder real. Las cúpulas de las conferencias y los nuncios vaticanos que se remiten a las conferencias, de hecho, desarrollan una constante política de presión sobre la curia romana para que los obispos de las respectivas diócesis sean nombrados teniendo en cuenta el propio índice de agrado. Y si las conferencias episcopales encuentran un prefecto de los Obispos dispuesto a escucharlas, el juego está hecho.


Si hay un defecto en la larga, y a su modo eficiente, gestión de la Congregación para los Obispos de parte de Re, reside precisamente aquí: en la demasiada condescendencia con las demandas de las diversas conferencias episcopales. Una condescendencia por la que hoy Benedicto XVI paga un precio muy alto. ¿No es por las presiones de la conferencia episcopal austríaca, guiada por el cardenal Christoph Schönborn, que el Papa se ha visto obligado a aceptar la renuncia del obispo auxiliar de Linz, Gehard Wagner? ¿No ha sucedido lo mismo con Stanislaw Wielgus en el 2006, obligado a renunciar 36 horas después de que el Papa lo había nombrado arzobispo de Varsovia? Y, por otro lado, ¿no es por las presiones de los obispos de diversos países del mundo que en los puestos de mando de la Iglesia a menudo no son nombrados los mejores sino aquellos que son más gratos a los líderes de los respectivos episcopados?


El cardenal Re tiene su parte de responsabilidad también en el caso Williamson. Si es cierto que el decreto de levantamiento de las excomuniones a los cuatro obispos lefebvristas lleva su firma, es necesario que asuma la responsabilidad hasta el final, tal vez admitiendo que no se ha hecho una correcta valoración de la criticidad en juego. E incluso sosteniendo con más fuerza los motivos del decreto por él firmado: no la voluntad de reintroducir en la Iglesia una facción anti-judía sino el deseo de derribar una primera barrera en el camino todavía largo que lleva a los lefebvristas a la comunión plena con Roma.


Re ha cumplido 75 años el pasado 30 de enero. En la curia algunos esperaban que hubiera adoptado la misma política hecha propia por su predecesor: se retiró en el 2000, el día en que cumplió 75 años. Si se hubiera hecho así, ya en estas semanas habría sido más fácil hacer renunciar a aquellos jefes de dicasterio llegados a la edad de renuncia: con un prefecto de los Obispos aún en el poder a los 75 años, todo es más difícil. Y lo es aún más con un secretario de la Congregación para los Obispos, el arzobispo Francesco Monterisi, que también tiene 75 años.


La crisis que está atravesando la curia romana está principalmente aquí, a nivel de una gestión de poder poco adecuada a los tiempos y al espíritu del actual pontificado. Luego, es cierto, hay también un problema de comunicación. Existe la dificultad del Padre Federico Lombardi para administrar conjuntamente la Sala de Prensa (Joaquín Navarro-Valls tenía sólo esta responsabilidad), Radio Vaticana, el Centro Televisivo Vaticano y la tarea de asistente del Prepósito general de los jesuitas: demasiados cargos para una sola persona. Pero es un problema que, aunque no es desdeñable – en breve el Papa se encargará de repararlo –, viene después del asunto de mal gobierno.


Partiendo de la Congregación para los Obispos, Benedicto XVI tiene la posibilidad en este 2009 de sustituir a varias personas en la curia romana y de crear así un sistema que sepa seguirlo con mayor lucidez en sus opciones. El 23 de septiembre cumple 75 años el prefecto de la Congregación para los religiosos, cardenal Franc Rodé, y el 8 de agosto los cumple el prefecto de la Congregación para el Clero, cardenal Claudio Hummes. […] Pero ya han cumplido 75 años otros importantes exponentes de la curia. En primer lugar, el estadounidense James Francis Stafford, penitenciario mayor de la Penitenciaría Apostólica. Luego, el cardenal Javier Lozano Barragán, presidente del Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud. Y también el cardenal Renato Raffaele Marino, presidente de Iustitia et Pax. Y, por último, el cardenal Walter Kasper, presidente del Pontificio Consejo para la promoción de la Unidad de los Cristiano, que hoy cumple 76 años.


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Fuente: Palazzo Apostolico


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 4 de marzo de 2009

El gobierno de la Curia Romana en tiempos de Ratzinger (II)

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Vaticano

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Ofrecemos nuestra traducción de la segunda entrega de este interesante análisis realizado por el vaticanista Paolo Rodari. En esta ocasión, se centra especialmente en la Secretaría de Estado y su forma de gobierno en los últimos años así como en los probables cambios que se realicen en su interior próximamente. La primera parte puede leerse aquí.

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En tiempos de Juan Pablo II gobernar la curia romana era, al menos, tan difícil como hoy. En la primera parte de su pontificado, Wojtyla debió trabajar con Agostino Casaroli, el cardenal secretario de Estado y eminente representante en el Vaticano de la Ostpolitik de brandtiana memoria. Una línea luego llevada adelante por el cardenal Achille Silvestrini, por muchos años secretario del Consejo para los Asuntos Públicos y su segundo, hoy arzobispo de Vilnius, el cardenal Audrys Juozas Backis. En sustancia, el Papa de la resistencia al régimen comunista, así como le había enseñado el primado de Polonia Sthepan Wyszyński, tuvo que colaborar con el principal partidario, en la Santa Sede, de acuerdos, concesiones y aperturas hacia países del bloque soviético. Fueron dos visiones político-eclesiológicas diversas y divergentes las que se encontraron y, con frecuencia, desencontraron.


Incluso con el sucesor de Casaroli, el cardenal Angelo Sodano, el trabajo no fue simple. Por una parte, el Papa era ayudado en el gobierno, cada día más pesado, por su secretario particular don Stanislaw Dziwisz. Por otra, un contrapoder respecto a esta unión estaba representado precisamente por Sodano, quien con el dúo Wojtyla-Dziwisz buscaba negociar más que colaborar. Sobre todo en los últimos años de la era Wojtyla, cuando el Pontífice cada vez más enfermo se fatigaba por mantener el orden de todo, era también la habilidad del portavoz Joaquín Navarro Valls la que disimulaba muchas dificultades. Una habilidad de la cual hoy se siente fuertemente la ausencia. Hoy, en efecto, las cosas no son como antes. El dúo Ratzinger-Bertone es muy unido. Por mucho tiempo han trabajado juntos cuando Ratzinger era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y Bertone era el secretario. Y hoy nadie puede decir que el secretario de Estado no es totalmente fiel al Papa.


Sin embargo, las críticas no faltan. Sin embargo, hay algún evidente problema de gobierno. Y es principalmente a causa de un gobierno no plenamente eficiente, antes que por mala comunicación, que la Iglesia patinó varias veces y en modo peligroso. En primer lugar tres años atrás con la crisis diplomática que se produjo con el mundo islámico después de la lectio de Ratisbona. Y luego este año con el caso Richard Williamson que ha afectado las relaciones, para ser sinceros históricamente endurecidas, con los judíos.


El problema de gobierno puede atribuirse, por una parte, a la Secretaría de Estado y, por otra, a todos aquellos jefes de dicasterio que, estando ya en edad de jubilación, están llamados a responsabilidades probablemente demasiado pesadas para sus energías. De los jefes de dicasterio en edad de renuncia y de la nueva curia que el Papa podría diseñar en el 2009 hablaremos mañana, en la última entrega de este análisis. Ahora hablaremos de la Secretaría de Estado de la cual, como han señalado con razón diversos observadores, Benedicto XVI debería iniciar su personal tratamiento después del caso Williamson.


Ratzinger ha elegido a Bertone porque es una persona en la que sabe que se puede confiar. Y en el futuro no dejará de serlo. También porque el mismo Pontífice es consciente de que muchas malas gestiones de la actual Secretaría de Estado no son atribuibles a aquellos que tienen la responsabilidad sino también y sobre todo a problemáticas estructurales. ¿Cuáles? Es necesario partir de Sixto V. El Papa Felice Peretti, a finales del 1500, tuvo la brillante intuición de establecer una gestión del gobierno de la curia romana altamente democrática, diríamos horizontal. La Secretaría de Estado no era, como en cambio es hoy, un súper-ministerio. Cada jefe de dicasterio daba cuentas del propio trabajo directamente al Papa y todos estaban en igual grado. Y así hasta Juan XXIII. Pablo VI, en cambio, reforzado por varios años de trabajo transcurridos en la Secretaría de Estado antes de partir a Milán, una vez que estuvo en la Sede de Pedro, consideró oportuno, para una mayor practicidad, interrumpir este sistema de gobierno: hizo que a la Secretaría de Estado se le concediera mayor poder y, en particular, que funcionara como vértice para los pedidos que los distintos jefes de dicasterio de la curia querían hacerle llegar. Y de esta manera, se introducía una nueva modalidad de gobierno de la curia romana, una modalidad que ha llevado al secretario de Estado a tener cada vez más peso y poder.


Hoy Bertone padece este peso y este poder. Porque una cosa era ser secretario de Estado veinte años atrás cuando el mundo era diverso y las problemáticas que la Iglesia tenía que afrontar no debían ser resueltas con la velocidad y la prontitud que se requieren ahora. Una cosa era ser secretario de Estado en el último decenio de pontificado de Wojtyla cuando todo lo que el Papa había hecho y todo lo que estaba viviendo ponían en segundo plano eventuales errores de gobierno. Otra cosa es ser el primer colaborador del Papa hoy, durante un Pontificado particularmente detestado por los medios y los sectores más progresistas de la Iglesia que continúan viendo una voluntad de cierre y de retorno al pasado en el anclaje de Benedicto XVI en el primado de la verdad. Bertone, luego, no es propiamente un diplomático. Tiene un perfil menos experimentado en cuanto a la gestión del poder. Es un salesiano más acostumbrado al contacto con la gente, con los fieles. Y esta característica suya sin duda no lo ayuda.


Además de una cuestión estructural y, por lo tanto, del rol que la Secretaría de Estado tiene en una organización de la curia de tipo vertical, hay un problema de hombres y, por consiguiente, de los más cercanos colaboradores de Bertone. Muchos han crecido en la Secretaría de Estado en los tiempos de Sodano y, por lo tanto, no están propiamente unidos con él. Y es probablemente aquí, a nivel del staff de Bertone, donde Benedicto XVI deberá intervenir necesariamente para asegurar que su principal colaborador pueda estar apoyado como se debe.


Los primeros en partir deberían ser cuatro de igual grado. Para Paolo Sardi, el arzobispo que durante años ha escrito los textos de los discursos de Wojtyla, el destino está marcado y es además prestigioso: se convertirá en patrono de la Orden de Malta y, por consiguiente, alcanzará pronto la birreta cardenalicia. Para el jefe de la “oficina de personal”, monseñor Carlo María Viganó, se habla en cambio de una importante nunciatura en el exterior. Luego están los segundos del Sustituto para los Asuntos generales Fernando Filoni y del Secretario para las Relaciones con los Estados Dominique Mamberti, que son Gabriele Giordano Caccia y Pietro Parolin respectivamente. También para ellos se habla de promociones en otras costas. Un discurso aparte merece el turinés Gianfranco Piovano: indiscutible soberano de todas las finanzas de la Secretaría de Estado, domina la escena desde hace más de treinta años y hace cinco años que debería haber dejado por límites de edad. No ha habido contratación del otro lado del Tíber que no haya pasado por sus manos. Pero parece que, después de tantos años, también se irá. Por último, Fernando Filoni. Éste ha sido traído a la Secretaría de Estado por Bertone, el 9 de junio de 2007, cuando Leonardo Sandri se convirtió en Prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales. Y ahora que a ambos – Bertone y Filoni – les resulta difícil trabajar en equipo, se necesita una nueva solución. Y éste es, posiblemente, el ovillo más difícil de desenredar.

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Fuente: Palazzo Apostolico


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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martes, 3 de marzo de 2009

El gobierno de la Curia Romana en tiempos de Ratzinger (I)

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Vaticano

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Ofrecemos nuestra traducción de la primera parte de un interesante análisis titulado “El gobierno de la curia romana en tiempos de Ratzinger” que ha sido realizado por el reconocido vaticanista Paolo Rodari. Una vez que sea publicada, esperamos poder ofrecer también la siguiente entrega.

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La crisis que, en las últimas semanas, ha embestido violentamente al gobierno de la curia romana (además de las críticas judías por la oración del Viernes Santo reintroducida con el Motu Proprio Summorum Pontificum y las polémicas austríacas por la renuncia que se vio obligado a presentar el obispo auxiliar de Linz Gerhard Maria Wagner y que ayer ha sido aceptada por el Papa, son importantes los malhumores por el levantamiento de las excomuniones a los lefebvristas y al obispo negacionista de la Shoah Richard Williamson - parece no haber afectado mucho a Joseph Ratzinger. Una demostración de esto ha tenido lugar el sábado pasado. Mientras la mayoría de los obispos y purpurados hablaba de la necesidad de “explotar” el caso Williamson para poner en marcha aquella reforma de la curia que lleve a los puestos de mando a personas más capaces de traducir la mente iluminada del Pontífice en acciones de gobierno, él, Benedicto XVI, ha tomado una decisión que ha parecido ir en la dirección opuesta. En lugar de mantener la unificación de dos dicasterios de cuya utilidad muchos dudan – el Pontificio Consejo Justicia y Paz y el Pontificio Consejo para la Pastoral de Migrantes e Itinerantes – los ha desmembrado de nuevo, dejando Justicia y Paz al cardenal Renato Raffaele Martino (aunque por poco tiempo) y confiando Migrantes e Itinerantes al secretario de la Congregación para las Iglesias Orientales, monseñor Antonio María Veglió, obispo de 71 años.


Un contrasentido, dicen muchos. ¿Es posible? ¿Es posible que el Papa no se de cuenta que la macchina de la Iglesia necesita de otras intervenciones? ¿Es posible que no entienda que es hora de barrer con actos fuertes de mando aquella “suciedad” que en el 2005 (en el Vía Crucis que precedió por pocos días al cónclave que lo eligió para la sede de Pedro) había denunciado estar presente en la Iglesia? ¿Es posible que no comprenda que, sin un gobierno capaz y competente, acciones como la lectio de Ratisbona, el nombramiento del polaco Stanislaw Wielgus como arzobispo de Varsovia, el levantamiento de las excomuniones a los lefebvristas, e incluso (como para dar un ejemplo significativo) la puntualización de las diferencias existentes entre las “iglesias” católicas y ortodoxas y las “comunidades” protestantes (¡cuántas polémicas siguieron al documento “Respuestas a preguntas relativas a algunos aspectos acerca de la Doctrina sobre la Iglesia” redactado en el 2007 por la Congregación para la Doctrina de la Fe!), están destinadas a sufrir fuertes críticas que, precisamente porque provienen del interior de la Iglesia, socavan su valor e importancia?


No se puede responder a estas preguntas sin entender cómo concibe Benedicto XVI el gobierno de la Iglesia, él que conoce sus mecanismos y engranajes más que cualquier otro cardenal. Y, para hacerlo, debemos remontarnos necesariamente a 1968, a aquella Introducción al cristianismo en la cual, en cierto punto, escribió estas palabras: “Los verdaderos creyentes no dan mucha importancia a la lucha por la reorganización de las formas cristianas. Viven de lo que la Iglesia siempre fue. Y si uno quiere conocer lo que es la Iglesia, que entre en ella. La Iglesia no existe principalmente donde está organizada, donde se reforma o se gobierna, sino en los que creen sencillamente y reciben en ella el don de la fe que para ellos es vida. [...]Esto no quiere decir que hemos de quedarnos en el pasado y que hemos de soportarlo tal y como es. El sobrellevar puede ser también un proceso altamente activo…”.


Lo de Ratzinger no es una excomunión de la actividad gobernativa de la Iglesia. Pero, en el mejor de los casos, es una toma de conciencia de que no es principalmente allí, en la actividad de mando, donde la Iglesia juega su partida más decisiva. El Papa Ratzinger, el hombre de las grandes ideas, de una visión de la modernidad filosófica pero a la vez religiosa y pneumática, del anclaje en la revelación, en los padres de la Iglesia, el sacerdote que ha vivido el Vaticano II en la plenitud de la efervescencia y que goza de una preparación teológica sinfónica como pocos en el interior del actual colegio cardenalicio, es muy consciente de que deben servirle los justos canales para traducir el pensamiento propio en acciones de gobierno, pero también es consciente de que el gobierno, el mando, no lo es todo y principalmente no es el todo de su pontificado. Sin embargo, hay quienes creen que ahora, en las decisiones que Ratzinger deberá tomar en el post “caso Williamson” – porque algunas decisiones importantes serán tomadas: son varios los jefes de dicasterio en edad de renuncia y de ellos hablaremos en las próximas entregas de este análisis – se juega la credibilidad de todo el pontificado. En cambio, Benedicto XVI es consciente de que la partida más importante se juega en otro lugar, en el pueblo que cree, que vive la fe con sencillez. Esto no significa que, para el Papa, el “trabajo sucio”, el de gobierno, deba ser despreciado pero sí significa que este último ocupa un plano inferior respecto a la primera atención que todos (cardenales, obispos y simples fieles) deben tener: el cuidado de la fe, el único don que trae la vida regenerando y reformando, desde dentro y necesariamente, a la Iglesia misma.


No se puede comprender a Benedicto XVI y su pontificado sin volver aquí. Todo análisis sobre el gobierno de la Iglesia de Ratzinger no puede no tener esta premisa. No es casualidad que, en cuanto al gobierno y al cambio de hombres de un puesto a otro, la paciencia de Ratzinger es proverbial, a veces hasta excesiva: “paciencia activa” es la expresión que él usa en Introducción al Cristianismo. Así lo ha hecho. Él, que desde el 25 de noviembre de 1981 al 19 de abril de 2005, ha sido prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el dicasterio donde se custodian páginas y páginas detalladas sobre todos los hombres del gobierno del Vaticano, sobre los nombramientos, sobre aquella reforma de la curia esperada y deseada por todos y que él, más que ninguno, podría poner en marcha con conocimiento de causa, ha decidido ser magnánimo. Ha decidido dejar en puestos cruciales a hombres probablemente menos competentes que otros con el fin de salvaguardar la sensibilidad de cada uno y, al mismo tiempo, el deseo de todos de ser, más o menos, útiles.


Es cierto, a veces sería necesaria otra cosa. Y Ratzinger lo sabe, tanto es así que en las próximas semanas finalmente algo se moverá. También él ha sido y es consciente de cuánta necesidad habría de un hacha para cortar con lo podrido y hacer crecer un nuevo brote. Pero con frecuencia no ha querido hacerlo. Porque él, Benedicto XVI, prefiere tener paciencia, consciente – aquí está el punto – de que el gobierno no es todo y de que soportar puede ser, a pesar de todo, una acción que produce frutos positivos.


Y posiblemente, hoy, muchos de aquellos que acusan al Papa y a su más cercano colaborador, el secretario de Estado Tarcisio Bertone, de una cierta ineficiencia y, al mismo tiempo, añoran el pontificado precedente, harían bien en recordar. Muchos de aquellos que hoy echan de menos el gobierno wojtyliano (sea la primera etapa con Agostino Casaroli como la segunda con Angelo Sodano) son, de hecho, los mismos que con Juan Pablo II al mando añoraban a Pablo VI, Juan XXIII y hasta a Albino Luciani: “Cuánto habría podido ocurrir – decían – si Luciani hubiese vivido más tiempo…”. Pero olvidan que también el gobierno de Wojtyla tenía sus puntos débiles. También Juan Pablo II, “el Grande” (por usar una definición acuñada por el cardenal Angelo Sodano en la Misa de sufragio celebrada el 4 de abril de 2005), también el Papa de un carisma indiscutible y mirada profética, tuvo que lidiar con una gestión del poder no siempre fácil, una gestión que, después de veintiséis años y medio de pontificado, representa un pesado legado para las espaldas, también amplias, de su sucesor.


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Fuente: Palazzo Apostolico


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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