viernes, 18 de noviembre de 2011

El Card. Ouellet explica su difícil misión: encontrar obispos dignos para la Iglesia

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Presentamos nuestra traducción de esta interesante entrevista que el periódico Avvenire ha realizado al Cardenal Marc Ouellet, Prefecto de la Congregación para los Obispos desde hace poco más de un año, en la cual el purpurado explica detalladamente la difícil misión que se le ha encomendado: ayudar al Santo Padre en el nombramiento de obispos en gran parte de la Iglesia Católica.

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El Cardenal Marc Ouellet ha pasado ya su primer año como prefecto de la Congregación para los Obispos. Una tarea de gran importancia y delicadeza que le ha confiado Benedicto XVI. Porque es él quien guía el dicasterio que colabora más de cerca con el Papa en la elección de la mayoría de los obispos de la Iglesia Católica, en la práctica casi todos los de Europa y América, así como los de Australia y Filipinas. El purpurado canadiense, teólogo refinado, alumno de Hans Urs Von Baltasar, políglota, con un pasado de actividad académica y pastoral en su patria, en Colombia y en Roma (donde ha tenido también una breve experiencia curial), ha aceptado hacer con Avvenire un primer balance, obviamente provisional, en este nuevo “oficio”.

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Eminencia, ¿cómo ha sido pasar de ser Arzobispo de Québec a este cargo?


La transición ha sido difícil, sobre todo en los primeros meses. Me faltaba el contacto humano y afectivo con la gente que es constitutivo de la misión de un obispo diocesano.

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Sin embargo, usted ya había estado en la Curia como secretario del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos…


Sí, pero cuando fui a Québec para mí se trataba de un traslado definitivo… Me sumergí en aquella realidad. No pensaba volver. El Santo Padre decidió llamarme aquí y he venido con alegría. Sin embargo, la transición ha sido subjetivamente difícil.

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¿Es tan difícil el “oficio” de prefecto de la Congregación para los Obispos?


No es poca cosa. Es necesario escuchar mucho. Es necesario conocer bien las muchas Iglesias locales en los diversos continentes. Es necesario estudiar muchos expedientes. Y, no habiendo tenido experiencias previas en el dicasterio, a veces podían surgir algunas inseguridades en la praxis a seguir en las diversas situaciones. Gracias a Dios he podido consultar y apoyarme en la experiencia de quienes trabajaban aquí desde hace tiempo. De todos modos, ahora me siento seguro en la comprensión de los mecanismos y, por lo tanto, en el gobierno de la Congregación.

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Imagino que los encuentros regulares con el Papa, por lo general todos los sábados, lo han ayudado…


Esta posibilidad de reunirme con él frecuentemente ha sido para mí lo más positivo, en el sentido de confirmarme, de acoger lo que le iba proponiendo, después de todos los mecanismos de consulta y la escucha de las opiniones de los diversos miembros de la Congregación durante las reuniones de los jueves. En pocas palabras, este primer año ha sido una escuela. Un poco dura y muy exigente.

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¿Es difícil encontrar un obispo para la Iglesia Católica?


La Iglesia tiene una praxis consolidada de consulta para los nombramientos de los obispos. Para tomar esta decisión se escuchan los pareceres de una lista de personas que pueden variar de situación a situación, pero que generalmente comprende una red bastante precisa de figuras para ser escuchadas, junto a otras. Esta investigación ofrece bastantes elementos para descartar a algunos candidatos y aceptar y proponer a otros. En algunos casos se necesita esperar y llevar a cabo investigaciones adicionales. En su conjunto se trata de un proceso serio, normalmente bien hecho. A veces, sin embargo, no todo llega a buen puerto.

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¿En qué sentido?


Puede ocurrir que el candidato seleccionado no acepte.

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¿Cuántas veces ha sucedido este año?


Ha ocurrido un poco más de lo que me podía imaginar.

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¿Por qué, en su opinión?


En estos últimos años el rol del obispo y de las autoridades en general, religiosas y políticas, no ha resultado sencillo. También en consecuencia de los escándalos, de las campañas periodísticas y de las denuncias concernientes a la cuestión de los abusos sexuales sobre menores perpetrados por sacerdotes y religiosos. Se comprende que no todos se sientan capaces de afrontar estas situaciones. De todos modos, si alguno tiene razones también personales para no aceptar, esta decisión es respetada.

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¿Le ha sucedido cruzarse con casos de carrerismo eclesiástico?


Sucede que se ven sacerdotes que esperan ser promovidos. Puede ocurrir también que hay movimientos y presiones para sugerir e insistir por esta promoción. Por eso es muy importante valorar no sólo la madurez humana y afectiva, sino también la madurez espiritual de los candidatos al episcopado. Un obispo, de hecho, debe saber para Quién trabaja, es decir, para el Señor y para la Iglesia. Y no para sí mismo. Cuando esto ocurre se percibe por el modo en que la personalidad se manifiesta. En aquel que busca hacer carrera es el propio interés lo que domina o tiende a dominar.

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Pero todos podemos sufrir la tentación de la ambición…


En efecto, agrada ser apreciados o promovidos. Y esto es legítimo. Pero ser obispo de una diócesis – sea pequeña, mediana o grande, esto no importa, en todos se sirve igualmente al Señor y a Su Iglesia – es otra cosa. Todas las mañanas, cada obispo debe recomenzar preguntándose a sí mismo: ¿para Quién trabajo? ¿A Quién he entregado mi vida? Y debe permanecer auto-crítico hacia sus motivaciones, deseos y ambiciones personales.

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En el procedimiento para la elección de los obispos, ¿hay algo por perfeccionar?


Actualmente, también en la estela del Vaticano II que ha desarrollado el sentido de la colegialidad episcopal, para la elección de nuevos sucesores de los apóstoles son consultados aquellos que ya son obispos y otros eclesiásticos y laicos de juicio seguro y de reconocido sensus Ecclesiae. El fin del mecanismo que lleva a la elección de un obispo es verificar la idoneidad de un eclesiástico para esta misión. Pero las reglas no son absolutas. Puede ocurrir que el Papa, conociendo muy bien una personalidad y una situación, pueda tener claro cómo se debe satisfacer la provisión de una diócesis. En este caso las consultas son menos necesarias. Pero fuera de este caso específico, se trata de respetar las reglas y los procedimientos vigentes que, de por sí, me parecen válidos.

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Algunos años atrás, un predecesor suyo, el difunto cardenal Bernandin Gantin, auspició, también como antídoto contra el carrerismo, el retorno a la vieja disciplina de la Iglesia que impedía el traslado desde una diócesis a otra. ¿Qué piensa al respecto?


Siento que no tengo todavía experiencia suficiente para responder ahora esta pregunta. Puedo agregar, sin embargo, que cuando un obispo es nombrado debería decir: “he aquí mi puesto, que recibo del Señor al servicio de Su Iglesia, que es Su Cuerpo y Su Esposa, y me entrego totalmente a esta Iglesia particular”. Un obispo no debería tener personalmente otras preocupaciones. Cuando es necesario proveer a alguna arquidiócesis importante y grande es razonable, sin embargo, que se busque entre los obispos que ya han dado una buena prueba de sí mismos y podrían ser llamados a una responsabilidad mayor. Ciertamente esta práctica, en sí razonable, puede generar en alguno la expectativa de alguna promoción. Pero en este caso el problema no es el traslado desde una sede a la otra sino la madurez espiritual del prelado, el cual, si cultiva este tipo de expectativas, está bien que permanezca donde está.

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El Catholic News Service ha hecho notar que las visitas ad limina ya no son más cada cinco años sino cada siete, y que los obispos que participan en ellas ya no son recibidos todos en forma individual. ¿Por qué?


Al final del pontificado de Juan Pablo II, por motivos obvios, ya no se podía respetar los tiempos de estas visitas. Por lo tanto se creó, de hecho, este cambio. Permanece, de todos modos, la norma según la cual las visitas se llevan a cabo cada cinco años. Y estamos tratando de recuperar los tiempos para restablecer esta frecuencia. Si bien es difícil porque los obispos son ya cinco mil, el doble de aquellos que participaron en el Concilio Vaticano II.

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¿Y las audiencias individuales?


Es una cuestión que no concierne a la Congregación sino directamente al Palacio Apostólico. Tampoco en este caso la regla ha cambiado, pero la praxis sí, por varias causas. De todos modos, no tengo ninguna razón para dudar que si un obispo pide justificadamente poder ser recibido individualmente en audiencia, se hará todo lo posible para cumplir este pedido.

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Hasta pocos años atrás, en los vértices de la Congregación había tres italianos, ahora no hay ni uno solo. ¿Es sólo coincidencia?


No creo que haya un diseño. Pero el nombramiento de los obispos es algo que concierne a todo el mundo. Y tal vez se ha tratado de restablecer un equilibrio. No era ideal que todos fuesen italianos. La internacionalización de la Curia Romana ha sido un progreso positivo en la Iglesia. Pero en la Congregación hay todavía muchos italianos y esto tiene sentido porque la Curia está en Roma y porque la mayoría de las comunicaciones con los nuncios es en italiano.

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Eminencia, ¿pero cómo debe ser un obispo católico?


Hoy, sobre todo en el contexto de nuestras sociedades secularizadas, tenemos necesidad de obispos que sean los primeros evangelizadores y no simples administradores de diócesis. Que sean capaces de proclamar el Evangelio. Que sean no sólo teológicamente fieles al Magisterio y al Papa sino que sean también capaces de exponer y, si es el caso, de defender la fe públicamente. Además de todas las virtudes que normalmente se piden a los obispos, esta capacidad es en la actualidad particularmente necesaria.

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Fuente: Avvenire


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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jueves, 17 de noviembre de 2011

El Papa vuelve a África, a la nación que tiene como “padre” a un cardenal

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Mientras el mundo está ya en espera de los viajes a México y a Cuba que el Papa Benedicto XVI tiene todavía en preparación, Ratzinger parte por segunda vez con destino a África. Esta vez es Benín quien lo acoge. Juan Pablo II había estado en el país africano en 1993, mientras todavía estaba en marcha el paso a la democracia después del colonialismo y la fase marxista. Del 18 al 20 de noviembre el Papa Benedicto estará en una nación que puede ser considerada un modelo para todo el continente. Y esto también gracias a la Iglesia católica.


Una iglesia fresca de anuncio: el cristianismo llegó a Benín sólo 150 años atrás gracias a los misioneros. Es una iglesia extraordinariamente viva, que siempre ha sabido interpretar un rol de primer plano en los momentos más significativos de la historia del país. Cuando en el 2009 Benedicto XVI visitó Camerún y Angola, había entregado a los obispos del continente el Instrumentum laboris de la Segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos, celebrada en el Vaticano del 4 al 25 de octubre de 2009. Ahora vuelve para llevar el fruto del Sínodo, la Exhortación que es también el compromiso de África: “Africae munus”.


Las etapas son pocas pero significativas: el Papa parte el viernes 18 de noviembre y llega al Aeropuerto Internacional “Bernardin Gantin” de Cotonou en seis horas de vuelo. No es casualidad que el aeropuerto esté dedicado a este cardenal beninés, fallecido en el año 2008 después de muchos años de servicio a la Curia Romana. Para Benín es un verdadero héroe nacional. Fue él quien insistió desde Roma para que se le permitiera a su sucesor como obispo de Cotonou, Isidore de Souza, asumir el rol de guía para la conferencia de la reconciliación del país. El Papa rezará frente a las tumbas de ambos y también de todos los otros obispos que han hecho tanto por el país. Benedicto llevará, por lo tanto, un agradecimiento para la Iglesia de este Estado, que es un don para todo el continente, y firmará simbólicamente el documento del Sínodo en la Basílica histórica de la Región del África Occidental, la de la Inmaculada Concepción de María de Ouidah.


En 1993 Juan Pablo II se dirigió al país que desde hacía poco tiempo había emprendido una nueva fase política. Salía del marxismo para ir hacia el capitalismo. Respondiendo a un periodista en el avión que lo llevaba a Cotonou, en febrero de 1993, dijo: “Se debe abandonar el modo de pensar europeo, sobre todo porque Benín es un país africano. Pienso que el marxismo fue algo importado y superficial, que no afectó profundamente la estructura nacional, social y económica. Y luego, también el capitalismo. Ciertamente una diferencia debe haber, pero siempre con una referencia sustancial, no accidental, a África, a la mentalidad, a la tradición y a las realidades africanas. Vemos que todos estos proyectos, todos estos conceptos, que surgen de la tradición occidental, euro-americana, como también el marxismo, son aplicados, impuestos a la realidad africana. Es equivocado. Pienso que en África el marxismo ha sido sobre todo un método para llegar al poder y mantenerlo. Ha funcionado hasta un cierto momento pero ahora no funciona más. Por otra parte, tampoco se deben imponer demasiado pronto, demasiado rápidamente, brutalmente, los modelos occidentales, democráticos. Los pueblos africanos son democráticos, entre otras cosas, y esta democracia conserva en sí todavía muy fuerte la realidad tradicional: familia y tribu. Y éstas no son cosas retrógradas, tienen valor todavía hoy. Tal vez tienen aquellos valores que nosotros, occidentales, hemos perdido, y es una verdadera pérdida, no un progreso”.


Dieciocho años después Benedicto XVI lleva a África una nueva esperanza de paz. La segunda asamblea sinodal para el continente ha puesto de relieve las dificultades de la paz, pero también la gran riqueza espiritual que debe ser conservada y redescubierta por un Occidente cada vez más secularizado. África es “un pulmón espiritual para una humanidad en crisis de esperanza y de fe”, recordó el Papa. Dos serán los grandes discursos de Benedicto XVI. Uno a la comunidad civil y a las otras religiones en el Palacio presidencial el sábado por la mañana, y la homilía de la Misa para la entrega del documento sinodal. En el programa hay también muchos encuentros, con los niños, con los enfermos, con los religiosos en una región rica en vocaciones. Y a la llegada un gesto simbólico: el canto del Te Deum en la catedral Notre Dame de Miséricorde de Cotonou, primer momento mariano del viaje. El sábado 19 de noviembre de inicia con la visita al presidente de la República y a todas las autoridades del gobierno beninés. Se llevará a cabo en el palacio presidencial, en presencia también de los miembros del cuerpo diplomático y de los líderes de las religiones más importantes. Hay mucha expectativa por el discurso que Benedicto XVI pronunciará en esta circunstancia. La presencia de personalidades políticas de las naciones africanas y otras, de hecho, permitirá al Pontífice afrontar una serie de temáticas que, partiendo de África, concernirán a toda la comunidad internacional.


Luego la etapa en Ouidah, ciudad costera a 45 kilómetros de Cotonou, cuna de la evangelización no sólo de Benín sino también de gran parte de la región africana. Es la sede del seminario San Gall, el más importante de toda el área. Lleva el nombre del cantón suizo que financió su construcción. El seminario San Gall, fundado en 1914, es el más antiguo del África occidental y ha acogido estudiantes de Togo, Nigeria, Costa de Marfil, República Centroafricana, el Congo y Camerún. Desde entonces contribuye a la formación del clero para toda la región. Formas actualmente a 142 seminaristas. Aquí está sepultado el “padre de la nación” Bernardin Gantin, colaborador cercano de tres Papas (Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II), en el mismo período que el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, del cual fue gran amigo.


Estará luego la firma de la Exhortación Apostólica Post-sinodal Africae munus: en francés, inglés, portugués e italiano. La expectativa es grande. Entre los temas surgidos de la Asamblea está el compromiso político por el bien común, pero se trata de entender cuáles son los lugares y modos de la reconciliación en tierra africana y cuál es el rol apostólico de la Iglesia hoy. En la tarde del sábado 19 de noviembre el Papa visita una parroquia y un centro de asistencia a los niños enfermos. Un momento especialísimo dedicado a todos los niños de África. Es, en cierto sentido, una novedad en el curso del pontificado de Benedicto XVI. La atención del Papa a los niños toca uno de los puntos clave de la historia de las luchas emprendidas por los africanos por la independencia y el desarrollo de sus países. El deseo es que la visita pueda dar nuevamente sentido, vigor y medida al compromiso de hoy e invitar a los africanos a mirar al mañana con más conocimiento de causa, con más sentido de responsabilidad y con mayor esperanza.


Está previsto también un encuentro con un grupo de leprosos, por la mañana, en la Capilla del Seminario. Según la Organización mundial de la Salud, Benín estaba en el elenco de los países en que la lepra era un problema muy serio. Hoy la lepra ha casi desaparecido de todo el territorio de Benín. Lo ha anunciado, el 4 de febrero de 2010, el representante de la Organización mundial de la Salud (OMS), Akpa Raphael Gbary, que ha explicado los buenos resultados de la lucha contra esta enfermedad infecciosa por la competencia con la cual se han movido los dirigentes de la política sanitaria de Benín.


El domingo, la gran celebración en el Stade de l’Amitié, en Cotonou, con la entrega oficial a los representantes de la Iglesia africana de la Exhortación Apostólica Post-Sinodal Africae munus al final de la Concelebración Eucarística. Para no olvidar el logo elegido para este viaje: el continente africano representado bajo forma de paloma, símbolo de la paz, que mira hacia oriente; sobre el fondo azul, color referido a María Santísima, resalta, en blanco, Benín; la cruz de color amarillo simboliza el color de la bandera pontificia; sobre los colores de la bandera beninesa dispuestos en arco están escritas en francés las tres palabras “Reconciliación, justicia y paz”, que se refieren a la primera parte del tema de la Segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos (4 al 25 de octubre de 2009): “La Iglesia en África al servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz”.


Acompañando al Papa estarán los cardenales africanos. Desde el nigeriano Francis Arinze, presidente emérito de la Congregación para el Culto Divino, al ghanés Peter Turkson, presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, y Robert Sarah, presidente del Pontificio Consejo Cor Unum. Estará también Giuseppe Bertello, por años nuncio en Benín, y Barthélemy Adoukonou, secretario del Pontificio Consejo para la Cultura. El regreso a Roma está previsto para el domingo por la tarde, al final del vigésimo segundo viaje internacional de un pontificado que todavía no deja de sorprendernos.


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Fuente: Tempi.it (artículo de Angela Ambrogetti)


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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martes, 15 de noviembre de 2011

El 1º de enero se creará el segundo Ordinariato Personal para ex-anglicanos

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Será en los Estados Unidos y se convertirá en el segundo Ordinariato, luego del erigido en el territorio de Inglaterra y Gales en enero de este año. Así lo anunció esta tarde el Cardenal Wuerl, Arzobispo de Washington.

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El Cardenal Donald Wuerl, Arzobispo de Washington, anunció hoy que el nuevo Ordinariato para ex-anglicanos en los Estados Unidos, conforme a las disposiciones de la Constitución Apostólica Anglicanorum Coetibus de Benedicto XVI, se establecerá el 1º de enero de 2012, Solemnidad de Santa María Madre De Dios. Ese mismo día se nombrará su primer Ordinario.


Al mismo tiempo, confirmó que el obispo Kevin Vann de Fort Worth, Texas, sucederá al Arzobispo John Myers como Delegado Eclesiástico para la Provisión pastoral, a través de la cual sacerdotes casados anglicanos se convierten en sacerdotes diocesanos en la Iglesia Católica.


El Cardenal Wuerl, delegado de la Congregación para la Doctrina de la Fe para la implementación de la Anglicanorum Coetibus, hizo este anuncio durante la asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos (USCCB), celebrada esta semana en Baltimore.


Durante su discurso, informó que se prepararon y enviaron a la Congregación para la Doctrina de la Fe un total de 67 expedientes de clérigos anglicanos que quieren ser ordenados sacerdotes en la Iglesia Católica, de los cuales 35 han recibido ya el nihil obstat del dicasterio romano que les permite pasar a la segunda etapa, que incluye una verificación de antecedentes penales, una evaluación psicológica y la obtención de un votum del obispo católico donde el candidato reside y de su autoridad eclesiástica anglicana, si fuera posible.


El Cardenal Wuerl explicó también a los obispos que “si el ordinario del nuevo Ordinariato está casado, puede ser ordenado sacerdote, pero no obispo. Por lo tanto, la ordenación de sacerdotes del Ordinariato tendrá que ser realizada por uno de nosotros. Mi esperanza y mi recomendación es que dado que el ex-anglicano que ahora se convertirá en sacerdote católico vivirá y servirá en la diócesis de uno de nosotros, a pesar de que pertenezca al Ordinariato, cada uno de nosotros se ofrezca, respectivamente, para ordenar al nuevo sacerdote”.


Respecto a las disposiciones litúrgicas de los ordinariatos personales, el Arzobispo de Washington informó que “la Congregación para la Doctrina de la Fe y la Congregación para el Culto Divino han establecido un órgano interdicasterial que se encargará de establecer disposiciones para las celebraciones litúrgicas de los ordinariatos personales. Sin embargo, desde su erección, un ordinariato tendrá la opción de usar el Misal Romano o el Libro de Culto Divino que ya es utilizado por la Provisión Pastoral o por las parroquias de Uso Anglicano”.


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La Buhardilla de Jerónimo

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jueves, 10 de noviembre de 2011

Mons. Müller: “Si se sigue en esta línea, sería la muerte del ecumenismo”

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El Obispo de Ratisbona, Mons. Gerhard Ludwig Müller, acusó a los representantes de la iglesia protestante alemana de “dividir” a la Iglesia Católica. En una entrevista a PNP, el Obispo responsable del movimiento ecuménico en la Conferencia Episcopal Alemana atacó las “declaraciones controvertidas” durante la visita del Papa a Alemania y cuestionó el ecumenismo católico-protestante.


Müller fue particularmente crítico con el obispo protestante de Berlín, Markus Dröge, quien escribió que Benedicto XVI “no tiene ni idea del ecumenismo”. Tales declaraciones sólo deben “ser descartadas como totalmente sin fundamento”, dijo el obispo de Ratisbona, afirmando: “Si se continúa en esta línea, sería la muerte del ecumenismo”.


También en el sínodo de la Iglesia protestante de Alemania, durante el fin de semana, hubo críticas a la visita del Papa. El Obispo de Ratisbona desestimó las observaciones de que Benedicto XVI hizo comentarios de aprecio sobre el reformador Martin Lutero privadamente en Erfurt pero no en su sermón. “Eso también habría sido totalmente anti-luterano”, dijo Müller. “En un sermón interpretando Juan 17, el contenido debe ser sobre Cristo y la unidad de sus discípulos, pero no una valoración histórico-teológica de Martin Lutero”. En la conversación precedente, sin embargo, “el Papa eligió un propósito que es también fructuoso ecuménicamente: la centralidad radical de Dios para Lutero”.


Müller explicó que antes de la visita del Papa se realizó “un juego traicionero con grandes expectativas”: “No sólo de que el Papa debiera dar un dramático paso ecuménico sino de que debiera diluir en agua la doctrina católica”. Después de la visita del Papa hubo ya intentos “dispersos” por parte protestante de insertar una “bacteria” (literalmente, un hongo que al fin quiebra el tronco de un árbol) en la Iglesia Católica “con la cual poner al Papa y los obispos contra la supuesta mayoría de la población católica”. Para Müller, “ellos quieren llevar a una parte de los fieles católicos para su lado o, alternativamente, protestantizar a la Iglesia Católica”.


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Fuente: Frates in unum


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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viernes, 4 de noviembre de 2011

El Papa busca un nuevo Prefecto para Doctrina de la Fe

 

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Presentamos la traducción de un artículo de Vatican Insider sobre la sucesión del Cardenal Levada en el cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

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El Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal estadounidense William Levada, habla abiertamente de dejar su puesto inmediatamente después de la conclusión de las fiestas navideñas, en enero de 2012 (como ha escrito Vatican Insider). Levada nació el 15 de junio de 1936; ha cumplido 75 años en junio de este año y, por lo tanto, se encamina al primer año de “prorogatio” en el rol que fue de Joseph Ratzinger hasta la elección de abril de 2005. Ciertamente podría permanecer pero parece que en el origen de su decisión hay problemas de salud física, vinculados tanto al estado de los pulmones como de la columna. No se sabe qué hará después de haber dejado: si permanecerá en Roma o si decidirá volver a los Estados Unidos.


Si la decisión de dejar se confirma, Benedicto XVI se encontrará frente a una opción no sencilla. La Congregación para la Doctrina de la Fe, “la Suprema”, como era llamada en un tiempo, es ciertamente el dicasterio de mayor relieve, prestigio e importancia en el panorama de la Curia Romana. Aún cuando el hecho de que el Pontífice sea un teólogo de profesión y la haya guiado por veinticinco años ciertamente reduce, en cierta medida, el rol y la figura del Prefecto. Pero de todos modos sigue siendo un cargo muy delicado; tanto más ahora que el escándalo de los abusos sexuales ha hecho que la Congregación deba ocuparse de él en primera persona de un modo mucho más profundo que en el pasado.


El nombre del candidato más probable (como fue anticipado por Vatican Insider) es el de Gerhard Ludwig Müller, de la diócesis de Ratisbona. Es bien conocido por el Pontífice y, de acuerdo a lo que se dice en el Vaticano, no sería contrario a soportar la carga de Prefecto de la Fe, y no pierde ocasión de manifestar su voluntariosa disponibilidad a Benedicto XVI. Que, como es conocido, por su carácter manso bien puede ser que no logre decir no. Parece que recientemente Müller ha tomado un breve período sabático para dedicarse al estudio de la lengua italiana, y no sólo, tal vez, por amor al idioma de Dante.


Un nombre que sería bien valorado es el del cardenal húngaro Peter Erdo. Y es un nombre que ya ha surgido, en el pasado reciente, cuando alguno lo propuso al Papa como candidato a puestos importantes en Roma. Parece que del Apartamento ha llegado una respuesta del género: “Es una buena sugerencia, pero si lo traemos a Roma, ¿quién queda en Europa del este?”. Lo que, si fuese cierto, daría una idea no consoladora del estado de liderazgo de la Iglesia al este de Viena.


Y finalmente está quien piensa en un obispo latinoamericano: Héctor Rubén Aguer, obispo de La Plata, en Argentina. Es obispo de La Plata desde el 2000, tiene 68 años – una edad que podría considerarse adecuada - y es un protagonista de la batalla “pro-life” en curso en el país. El problema de la edad es importante. Es cierto que algunos cardenales, como Carlo Caffarra o Rouco Varela, son muy estimados por Benedicto XVI; pero se acercan al surco de los 75 años. Y, por otro lado, un Pontífice de 84 años no puede nombrar Secretario de Estado o Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe a alguno demasiado joven, para no correr el riesgo de dejar en los brazos de un eventual sucesor (ad multos annos, naturalmente), el problema de dónde y cómo reubicar a alguien que está ya prácticamente en la cima de la jerarquía de la Iglesia y que, sin embargo, es demasiado joven para la jubilación.


Un problema análogo se presentará en breve para el Prefecto de la Casa Pontificia, el estadounidense James Michael Harvey, nacido en Milwaukee en 1949, y por lo tanto de 62 años. No parece que aprecie la posibilidad de volver a una diócesis americana, después de 23 años de leal servicio a la Casa Pontificia (Juan Pablo II lo nombró en 1998), y probablemente preferiría permanecer en Roma, con un cargo cardenalicio. Tal vez en Santa María la Mayor, como arcipreste, un puesto que otro americano, el cardenal Bernard Francis Law, arzobispo emérito de Boston, está por dejar. Pero para “la madre de todas las iglesias“ [sic] hay otros nombres que circulan; entre ellos, el del cardenal Giovanni Lajolo, que ha dejado recientemente al ex-nuncio en Italia, Giuseppe Bertello, el cargo de Presidente de la Pontificia Comisión para la Ciudad del Vaticano, el ente que guía y administra la pequeña ciudad-Estado, incluidos los museos vaticanos.


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Fuente: Vatican Insider


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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jueves, 3 de noviembre de 2011

Un obispo católico para Ginebra

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El Papa ha nombrado hoy obispo de Lausana, Ginebra y Friburgo, en Suiza, al sacerdote dominico Charles Morerod, de 50 años de edad y originario de la misma sede diocesana. La realidad eclesial de Suiza no es nada alentadora, como pudo observarse con ocasión del especial encuentro del Papa Benedicto XVI con los obispos de esa nación, en noviembre de 2006, realizado para completar la visita ad limina, inconclusa por la muerte del Beato Juan Pablo II. El mismo Padre Morerod ha definido a la Iglesia de su país “un poco somnolienta y no particularmente vivaz”.


El obispo electo era, desde el año 2009, Rector Magnífico de la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino y secretario de la Comisión Teológica Internacional. Además, ha sido uno de los tres teólogos que han representado a la Santa Sede en los diálogos doctrinales con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. “Su elección para ese delicado cargo – escribía Messainlatino – estaba determinada, junto a sus capacidades de teólogo, por su sensibilidad cercana al sector tradicionalista. En efecto, el P. Morerod es autor de una tesis de doctorado, presentada en la facultad de teología de la Universidad de Friburgo, sobre Cayetano, maestro general de los dominicos y comentador de Santo Tomás, en su polémica contra Lutero. Pero el P. Morerod se ha hecho conocer sobre todo por su obra “Tradition et unité des chrètiens. Le dogme comme condition de possibilité l’œcuménisme”, en la cual de modo radical enfrenta al ecumenismo más liberal, como el de los teólogos Fries, Rahner o Tillard, insistiendo en el carácter esencial de un verdadero pensamiento católico, indisolublemente teológico y filosófico”.


Morerod, consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe desde el año 2009, es también miembro de la Comisión para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa desde el 2005, y está trabajando, por lo tanto, en el estudio del rol del Obispo de Roma en la comunión de la Iglesia en el primer milenio, como ponía de relieve el año pasado en una entrevista cuya traducción publicamos en esta Buhardilla.


En pocas palabras, como han escrito los amigos de Messainlatino, “¡un católico en la cátedra que fue de San Francisco de Sales!”.


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La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 26 de octubre de 2011

Benedicto XVI, en vísperas de Asís III: “Cristo es el Rey de la Paz”

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En vísperas de la Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo, que se celebrará mañana en la ciudad de Asís, el Papa Benedicto XVI ha presidido hoy un momento de oración con la diócesis de Roma para pedir a Dios el don de la paz. Durante este encuentro, el Santo Padre pronuncio la homilía que aquí presentamos.

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Queridos hermanos y hermanas:


Hoy la acostumbrada cita de la Audiencia general asume un carácter particular, puesto que estamos en la víspera de la Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo, que tendrá lugar mañana en Asís, veinticinco años después del primer histórico encuentro convocado por el Beato Juan Pablo II. He querido dar a esta jornada el título de “Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz”, para manifestar el compromiso que queremos renovar solemnemente, junto con los miembros de diversas religiones, así como con personas no creyentes, pero que buscan sinceramente la verdad, para la promoción del verdadero bien de la humanidad y para la construcción de la paz. Como ya tuve la oportunidad de recordar, “el que está en camino hacia Dios no puede no trasmitir paz, el que construye la paz no puede no acercarse a Dios”.


Como cristianos, estamos convencidos de que la contribución más preciosa que podemos dar a la causa de la paz es la de la oración. Por este motivo nos encontramos hoy, como Iglesia de Roma, junto con los peregrinos presentes en la ciudad, en la escucha de la Palabra de Dios, para invocar con fe el don de la paz. El Señor puede iluminar nuestra mente y nuestros corazones y guiarnos a ser constructores de justicia y de reconciliación, en nuestras realidades cotidianas y en el mundo.


En el trozo del profeta Zacarías, que acabamos de escuchar, ha resonado un anuncio lleno de esperanza y de luz (cfr Zc 9,10). Dios promete la salvación, invita a “alegrarse mucho” porque esta salvación está por concretizarse. Se habla de un rey: “Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso” (v. 9), pero el que se anuncia no es un rey que se presenta con la potencia humana, la fuerza de las armas; no es un rey que domina con el poder político y militare; es un rey manso, que reina con la humildad y la mansedumbre ante Dios y ante los hombres, un rey distinto con respecto a los grandes soberanos del mundo: “está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna”, dice el profeta (ibidem). Él se manifiesta cabalgando el animal de la gente común, del pobre, en contraste con los carros de guerra de los ejércitos de los poderosos de la tierra. Aún más, es un rey que hará desaparecer estos carros, suprimirá los arcos de guerra y proclamará la paz a las naciones (cfr v. 10).


Pero ¿quién es este rey del que habla el profeta Zacarías? Vayamos, por un momento a Belén y volvamos a escuchar lo que el Ángel les dice a los pastores que estaban velando de noche para custodiar a sus rebaños. Él anuncia una alegría que será de todo el pueblo, ligada a una señal pobre: un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre (cfr Lc 2,8-12). Y la multitud celeste canta “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él” (v. 14). El nacimiento de ese niño, que es Jesús, trae un anuncio de paz para todo el mundo. Pero, vayamos también a los momentos finales de la vida de Cristo, cuando entra a Jerusalén acogido por una multitud en fiesta. El anuncio del profeta Zacarías de la llegada de un rey humilde y manso volvió al recuerdo de los discípulos de Jesús, en particular después de los eventos de la pasión, muerte y resurrección, del Misterio pascual, cuando volvieron con los ojos de la fe a ese gozoso ingreso del Maestro en la Ciudad Santa. Él cabalga un asna, prestada (cfr Mt 21,2-7): no está sobre una rica carroza, no está montado en un caballo como los grandes. No entra a Jerusalén acompañado por un poderoso ejército de carros y de caballeros. Es un rey pobre, el rey de aquellos que son los pobres de Dios. En el texto griego se emplea el término ‘praeîs’, que significa los mansos; Jesús es el rey de los ‘anawim’, de aquellos que tienen el corazón libre del frenesí de poder y de riqueza material, de la voluntad y del afán de dominio sobre los demás. Jesús es el rey de cuantos tienen esa libertad interior que hace capaces de superar la avidez y el egoísmo que hay en el mundo, y saben que solo Dios es su riqueza. Jesús es el rey pobre entre los pobres, manso entre los que quieren ser mansos. De este modo, Él es el rey de la paz, gracias a la potencia de Dios, que es la potencia del bien, la potencia del amor. Es un rey que hará desaparecer los carros y los caballos de batalla, que destruirá los arcos de guerra; un rey que realiza la paz sobre la Cruz, uniendo la tierra y el cielo y echando un puente fraterno entre todos los hombres. La Cruz es el nuevo arco de paz, signo e instrumento de reconciliación, de perdón, de comprensión, signo de que el amor es más fuerte que toda violencia y toda opresión, más fuerte que la muerte: el mal se vence con el bien y con el amor.
Es este el nuevo reino de paz en el que Cristo es el rey; y es un reino que se extiende sobre toda la tierra. El profeta Zacarías anuncia que este rey humilde, pacífico, dominará “de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra” (Zc 9,10). El reino que Cristo inaugura tiene dimensiones universales. El horizonte de este rey pobre, pacífico no es aquel de un territorio, o de un Estado, sino que son los confines del mundo; más allá de toda barrera de raza, de lengua, de cultura, Él crea comunión, crea unidad. ¿Y donde vemos realizarse en el hoy este anuncio? En la gran red de las comunidades eucarísticas que se extiende sobre toda la tierra reemerge luminosa la profecía de Zacarías. Es un gran mosaico de comunidades en las cuales se hace presente el sacrificio de amor de este rey bueno y pacífico; es el gran mosaico que constituye el “Reino de paz” de Jesús de mar a mar hasta los confines del mundo; es una multitud de “islas de la paz”, que irradian paz. Por doquier, en cada realidad, en cada cultura, desde las grandes ciudades con sus edificios, hasta las pequeñas aldeas con las humildes moradas, desde las imponentes catedrales hasta las pequeñas capillas, Él viene, se hace presente; y en el entrar en comunión con Él también los hombres están unidos entre ellos en un único cuerpo, superando divisiones, rivalidades, rencores. El Señor viene en la Eucaristía para arrebatarnos de nuestro individualismo, de nuestros particularismos que excluyen a los demás, para formar de nosotros un solo cuerpo, un solo reino de paz en un mundo dividido.


¿Pero cómo podemos construir este reino de paz del cual Cristo es el rey? El mandamiento que Él deja a sus Apóstoles y, a través de ellos, a todos nosotros es: “Vayan, entonces, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos... Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo" (Mt 28,19). Como Jesús, los mensajeros de paz de su reino deben ponerse en camino, deben responder a su invitación. Deben caminar, pero no con la potencia de la guerra o con la fuerza del poder. En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado Jesús envía setenta y dos discípulos a la grande mies que es el mundo, invitándolos a orar al Señor de la mies para que no falten obreros en su mies; pero no los envía con medios potentes, sino como “como corderos en medio de lobos”, sin bolsa, ni alforja, ni calzado. San Juan Crisóstomo, en una de sus Homilías, comenta “Hasta cuando seamos corderos, venceremos y, también si estaremos circundados por numerosos lobos lograremos superarlos. Pero si nos hacemos lobos, seremos derrotados, porque seremos privados de la ayuda del pastor”. Los cristianos no deben nunca caer en la tentación de ser lobos entre los lobos; no es con el poder, con la fuerza, con la violencia que el reino de paz de Cristo se extiende, sino con el don de sí, con el amor llevado hasta el extremo, aún hacia los enemigos. Jesús no vence el mundo con la fuerza de las armas, sino con la fuerza de la Cruz, que es la verdadera garantía de la victoria. Y esto tiene como consecuencia para quien quiere ser discípulo del Señor, su invitado, el estar también preparado a la pasión y al martirio, a perder la propia vida por El, para que en el mundo triunfen el bien, el amor, la paz. Es esta la condición para poder decir entrando en cada realidad “Paz sea a esta casa” (Lc 10,5).


Frente a la Basílica de San Pedro, se encuentran dos grandes estatuas de los santos Pedro y Pablo, fácilmente identificables: san Pedro tiene en mano las llaves, san Pablo en cambio tiene en las manos una espada. Para quien no conoce la historia de este último podría pensar que se trate de un gran caudillo que ha guiado potentes ejércitos y con la espada ha sometido pueblos y naciones, procurándose fama y riqueza con la sangre de otros. En cambio es exactamente al contrario: la espada que tiene entre las manos es el instrumento con el que Pablo es sometido a muerte, con que sufrió el martirio y derramó su sangre. Su batalla no fue aquella de la violencia de la guerra, sino aquella del martirio por Cristo. Su única arma fue justamente el anuncio de Jesucristo y Cristo crucificado. Su predicación no se basó en palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder. Dedicó su vida a llevar el mensaje de reconciliación y de paz del Evangelio, gastando toda su energía para hacerlo resonar hasta los confines de la tierra. Y esta ha sido su fuerza: no buscó una vida tranquila, cómoda, lejana de las dificultades, de las contrariedades, sino que se gastó por el Evangelio, dio todo sí mismo sin reservas, y así se convirtió en el gran mensajero de la paz y de la reconciliación de Cristo. La espada que san Pablo tiene en las manos evoca también la potencia de la verdad, que muchas veces puede herir, puede hacer mal; el Apóstol permaneció fiel hasta el fondo en esta verdad, la sirvió, sufrió por ella, entregó su vida por ella. Esta misma lógica vale también para nosotros, si queremos ser portadores del reino de paz anunciado por el profeta Zacarías y realizado por Cristo: debemos estar dispuestos a pagar de persona, a sufrir en primera persona la incomprensión, el rechazo, la persecución. No es la espada del conquistador que construye la paz, sino la espada del sufriente, de quien sabe donar la propia vida.


Queridos hermanos y hermanas, como cristianos queremos invocar de Dios el don de la paz, queremos rogarle que nos haga instrumentos de su paz en un mundo todavía lacerado por el odio, por divisiones, por egoísmos, por guerras, queremos pedirle que el encuentro de mañana en Asís favorezca el diálogo entre personas de diversa pertenencia religiosa y traiga un rayo de luz capaz de iluminar la mente y el corazón de todos los hombres, para que el rencor ceda lugar al perdón, la división a la reconciliación, el odio al amor, la violencia a la mansedumbre, y en el mundo reine la paz. Amén.


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Traducción de Radio Vaticana


La Buhardilla de Jerónimo

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jueves, 20 de octubre de 2011

En la Universidad del Papa, se discute sobre el Concilio

 

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Con ocasión del 50º aniversario del Concilio Vaticano II, la Pontificia Universidad Lateranense ha organizado un Congreso y una profunda investigación que se prolongará hasta el 2015 sobre todo lo relacionado con el último concilio (no sólo los documentos sino también los mismos diarios de padres y peritos) para poder llegar, luego de una investigación sin prejuicios, a conclusiones ciertas sobre la hermenéutica correcta. Un trabajo que, sin duda, será de interés para toda la Iglesia.

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Personalmente comparte la lectura del Concilio propuesta por el Papa Ratzinger el 20 de diciembre de 2005, cuando prefirió la línea de la continuidad a aquella del Vaticano II como ruptura de la Tradición. Pero monseñor Enrico Dal Covolo aclara que la Pontificia Universidad Lateranense, de la cual es rector desde hace poco más de un año, quiere examinar “sin prejuicios ni conclusiones predeterminadas todas las cartas disponibles sobre los trabajos del Concilio, comenzando por los apuntes y diarios de los padres y de los peritos teológicos que participaron en la elaboración de las declaraciones y de los otros documentos aprobados”.


“Sólo así, es decir, con un trabajo realmente científico e imparcial, será posible verificar cuál de las dos hermenéuticas es, efectivamente, la más correcta”, afirmar monseñor Dal Covolo, anunciando para el año próximo (del 3 al 6 de octubre de 2012) un primer Congreso Internacional en colaboración con la Pontificia Comisión para las Ciencias Históricas sobre el tema de la interpretación del Concilio, en el cual serán fijados los criterios para esta investigación, y para el 2015 la presentación – en otra asamblea internacional – de los resultados alcanzados, “sean los que sean”. “Para sacar todo a la luz como nos hemos propuesto – explica el rector – el trabajo de investigación deberá ser absolutamente imparcial”.


Para el obispo salesiano, la reflexión concerniente a la vexata quaestio de la hermenéutica del Concilio es emblemática en la misión de una Universidad como la Lateranense. De hecho, se trata – explica monseñor Dal Covolo a la Agi, con ocasión del comienzo de las actividades académicas – de tener fe en la cientificidad de esta institución sin renunciar obviamente a la especificidad que le viene de la relación con el Papa y la Santa Sede.


Entra en juego así una reflexión considerada – por la Lateranense – cada vez más urgente sobre la “crisis” de la teología actual, que pierde demasiado a menudo su referencia a la “fe creída”. Al respecto, monseñor Dal Covolo cita algunos interrogantes que el Papa ha enumerado en un reciente discurso a la Fundación Joseph Ratzinger: “¿Acaso ciencia no es lo contrario de fe? ¿No cesa la fe de ser fe cuando se convierte en ciencia? Y ¿no cesa la ciencia de ser ciencia cuando se ordena o incluso se subordina a la fe?”. Cuestiones que, como ha dicho el mismo Pontífice en aquella ocasión, “constituían un serio problema ya para la teología medieval, y con el concepto moderno de ciencia se han vuelto aún más apremiantes, a primera vista incluso sin solución”.


Benedicto XVI, sin embargo, ha subrayado “la grandeza del desafío frente a las otras ciencias, hoy cada vez más especializadas en el método y en los contenidos, mientras la teología, si es verdadera teología, es decir, fiel a su epistemología auténtica, posee una instancia ulterior de verdad, transversal a las otras ciencias, y decisiva en su objetivo propio”. Al respecto, monseñor Dal Covolo destaca la línea de coherencia y equilibrio encarnada siempre por la Lateranense, con personalidades ilustres como Pietro Pavan y Umberto Betti, que después de su rectorado han recibido la púrpura cardenalicia, y también el aporte del profesor Antonio Piolanti, también él en el siglo pasado rector de la Universidad, que en el pasado mes de mayo lo ha celebrado en el centenario de su nacimiento como conclusión de las actividades de la Cátedra “Santo Tomás y el pensamiento contemporáneo”. Personajes que con sus estudios han preparado e iluminado el Concilio.


Precisamente la calidad de la enseñanza y la disponibilidad de los profesores son, para monseñor Dal Covolo, dos temas decisivos. Al punto de no escatimar los recursos necesarios para garantizar la estabilidad de los docentes y los procesos de verificación (por otro lado, requeridos por la Santa Sede) sobre las prestaciones que ofrecen. Es necesario tener fe, explica, “en las indicaciones ofrecidas por el Papa en el discurso del 20 de agosto a los profesores en la basílica del monasterio de San Lorenzo, en El Escorial de Madrid, durante la Jornada Mundial de la Juventud, cuando nos pidió encarnar un ideal que no debe desvirtuarse, ni a causa de ideologías cerradas al diálogo racional, ni por servilismos a una lógica utilitarista de simple mercado”. En aquella ocasión, concluye Dal Covolo, “el Pontífice nos ha recordado que los jóvenes tienen necesidad de auténticos maestros, personas abiertas a la verdad total en las diferentes ramas del saber, sabiendo escuchar y viviendo en su propio interior ese diálogo interdisciplinar; personas convencidas, sobre todo, de la capacidad humana de avanzar en el camino hacia la verdad.”.


Una “aspiración alta” que debería ser transmitida “de modo personal y vital a nuestros estudiantes”, sin olvidar nunca que “si verdad y bien están unidos, como explicó el Papa, lo están también conocimiento y amor, y de esta unidad deriva la coherencia de vida y de pensamiento, la ejemplaridad que se exige de todo buen educador”.


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Fuente: Il blog degli amici di Papa Ratzinger


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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lunes, 17 de octubre de 2011

Encuentros de Asís: ¿en espíritu y en verdad?

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Presentamos un resumen de la intervención de Mons. Nicola Bux en el Congreso realizado en Italia sobre la próxima Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia, que se celebrará en Asís el próximo 27 de octubre.

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La interesante intervención de Mons. Nicola Bux ha abierto una ventana sobre cómo los encuentros de Asís han sido erróneamente recibidos por el mundo católico. Es emblemático, al respecto, el ejemplo asombroso del cual habla: “una placa de bronce en el pórtico frente a la basílica inferior de San Francisco de Asís dice: «Joannes Paulus II cunctis in orbis Dei cultoribus in spiritu et veritate convocatis…»; pensaba que conmemoraba una reunión mundial de cristianos. El culto «en espíritu y en verdad» debería ser el que está fundado en el reconocimiento de Jesucristo, el Hijo en el cual Dios se ha revelado plenamente, ha hecho conocer su rostro… En cambio, la placa de Asís no se refiere a los cristianos sino a los representantes de las religiones reunidos en el 2002 para la oración por la paz. Algo ha cambiado. Esa placa muestra una opinión muy difundida entre los católicos: que todas las religiones reconocen, en el fondo, al mismo Dios, y lo adoran en espíritu y en verdad”.


Tal interpretación de los encuentros de Asís no deja dudas sobre la deriva sincretista que afecta al mundo católico: “los cristianos que adoran un Dios personal, reconocido presente, especialmente en el Sacramento del altar, terminan por retroceder a la adoración de un Dios impersonal o incluso de otros dioses. Este pensamiento no católico se ha difundido y confunde a muchos en la Iglesia”.


Las palabras de Mons. Bux muestran no sólo la gran confusión que reina lamentablemente en las mentes de muchos católicos, sino también el hecho de que tal confusión es por desgracia extendida por aquellos que deberían apacentar la grey de Cristo y velar por ella.


Es por eso que se vuelve cada vez más urgente aclarar el significado auténtico de los encuentros de Asís, el único que puede ser compatible con la confesión esencial para todo católico de que Jesucristo es el Hijo de Dios, el único Salvador, fundador de la única Iglesia católica, necesaria para la salvación.


¿Y cuál es este significado? Mons. Bux lo explica con claridad: “El encuentro de las religiones puede tener lugar en el punto originario identificado como el sentido religioso…, el desiderium naturale videndi Deum que la Iglesia reconoce… Sin embargo, se debe convenir con la reflexión del entonces cardenal Ratzinger cuando, refiriéndose al episodio de San Pablo en el Areópago (Hechos 17, 16-34), pone en guardia respecto al optimismo, porque por parte de las religiones también ha venido una negación decidida, cuando no han querido aceptar proseguir el camino o hasta querer volver atrás en la idea de Dios”.


Por lo tanto, no son las religiones las que están en el centro del encuentro de Asís sino el hombre religioso, que manifiesta y encarna la propia religiosidad en formas concretas, formas que ciertamente no son caminos de salvación para aquellos que las practican.


Mons. Bux ha confirmado varias veces su total confianza en el hecho de que el Papa Benedicto XVI, en la modalidad con la cual dirigirá la organización de tal jornada, dará señales claras sobre su cercanía al hombre religioso y sobre la confianza de que pueda colaborar para alcanzar objetivos para una convivencia civil, pero al mismo tiempo de su distancia de toda confusión sincretista o de actos cultuales que sean contrarios al primer Mandamiento.


Mons. Bux precisó también que tampoco “Juan Pablo II, con la reunión de Asís de 1986, quería de hecho difundir el indiferentismo relativista: precisamente él, cuatro años después, en 1990, escribió la Encíclica Redemptoris missio, en la que afirma que una religión no vale la otra (cfr. Redemptoris missio n. 36). Por lo tanto, ni la Onu de las naciones ni una «Onu de las religiones» podrá realizar una unidad más verdadera que aquella que la Iglesia manifiesta, no por virtud propia sino por el misterio de Cristo que se refleja sobre ella: Lumen gentium cum esset Christus (LG n 1)”.


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Fuente: Verum peregrinantes


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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Carta Apostólica en forma de Motu Proprio “Porta Fidei”

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CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO

PORTA FIDEI

DEL SUMO PONTÍFICE

BENEDICTO XVI

CON LA QUE SE CONVOCA EL AÑO DE LA FE


1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo –equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.


2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud». Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.


3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.
4. A la luz de todo esto, he decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. En la fecha del 11 de octubre de 2012, se celebrarán también los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por mi Predecesor, el beato Papa Juan Pablo II, con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe. Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue querido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis, realizándose mediante la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica. Y precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe. No es la primera vez que la Iglesia está llamada a celebrar un Año de la fe. Mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI, proclamó uno parecido en 1967, para conmemorar el martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en el décimo noveno centenario de su supremo testimonio. Lo concibió como un momento solemne para que en toda la Iglesia se diese «una auténtica y sincera profesión de la misma fe»; además, quiso que ésta fuera confirmada de manera «individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca». Pensaba que de esa manera toda la Iglesia podría adquirir una «exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla». Las grandes transformaciones que tuvieron lugar en aquel Año, hicieron que la necesidad de dicha celebración fuera todavía más evidente. Ésta concluyó con la Profesión de fe del Pueblo de Dios, para testimoniar cómo los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado.
5. En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor vio ese Año como una «consecuencia y exigencia postconciliar», consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación. He pensado que iniciar el Año de la fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza». Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia».
6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó. Precisamente el Concilio, en la Constitución dogmática Lumen gentium, afirmaba: «Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. La Iglesia continúa su peregrinación “en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz».


En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).


7. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo». El santo Obispo de Hipona tenía buenos motivos para expresarse de esta manera. Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios. Sus numerosos escritos, en los que explica la importancia de creer y la verdad de la fe, permanecen aún hoy como un patrimonio de riqueza sin igual, consintiendo todavía a tantas personas que buscan a Dios encontrar el sendero justo para acceder a la «puerta de la fe».


Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios.


8. En esta feliz conmemoración, deseo invitar a los hermanos Obispos de todo el Orbe a que se unan al Sucesor de Pedro en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe. Queremos celebrar este Año de manera digna y fecunda. Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo. Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En este Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo.


9. Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza». Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.


No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón».


10. En este sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf.Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.
A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.


Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso.
La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «“Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”».


Como se puede ver, el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia. El conocimiento de la fe introduce en la totalidad del misterio salvífico revelado por Dios. El asentimiento que se presta implica por tanto que, cuando se cree, se acepta libremente todo el misterio de la fe, ya que quien garantiza su verdad es Dios mismo que se revela y da a conocer su misterio de amor.


Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre». Esta exigencia constituye una invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido. La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro.


11. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. En la Constitución apostólica Fidei depositum, firmada precisamente al cumplirse el trigésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el beato Juan Pablo II escribía: «Este Catecismo es una contribución importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial... Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial».


Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe.


En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.


12. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural. Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.


En efecto, la fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad.


13. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.


Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.


Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf.Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).
Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, que está presente y se realiza en su persona (cf. Lc 11, 20). Vivieron en comunión de vida con Jesús, que los instruía con sus enseñanzas, dejándoles una nueva regla de vida por la que serían reconocidos como sus discípulos después de su muerte (cf. Jn 13, 34-35). Por la fe, fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura (cf.Mc 16, 15) y, sin temor alguno, anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.


Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).


Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.


Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar. Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19).


Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban.


También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia.


14. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).


La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1).


15. Llegados sus últimos días, el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo que «buscara la fe» (cf. 2 Tm 2, 22) con la misma constancia de cuando era niño (cf. 2 Tm 3, 15). Escuchemos esta invitación como dirigida a cada uno de nosotros, para que nadie se vuelva perezoso en la fe. Ella es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.
«Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero. Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.


Confiemos a la Madre de Dios, proclamada «bienaventurada porque ha creído» (Lc 1, 45), este tiempo de gracia.


Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de octubre del año 2011, séptimo de mi Pontificado.


BENEDICTUS PP XVI

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Traducción de Radio Vaticana

La Buhardilla de Jerónimo

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