miércoles, 17 de octubre de 2012

Con un nuevo Motu Proprio, el Papa reforma el Pontificio Consejo para la Cultura

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Presentamos esta entrevista que el Cardenal Gianfranco Ravasi ha concedido a L’Osservatore Romano sobre el Motu proprio “Pulchritudinis fidei”, del Papa Benedicto XVI, por el cual son fusionados el Pontificio Consejo para la Cultura y la Pontificia Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia.

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Arte y fe, proyectos humanos y acción del Espíritu, misterio y signo se han entrelazado y fusionado inseparablemente en la historia: “Ecclesiae historiam esse quoque inseparabiliter culturae et artium historiam” (“la historia de la Iglesia es también, inseparablemente, historia de la cultura y del arte”) se lee en el Motu proprio Pulchritudinis fidei con el cual la Pontificia Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia es unida al Pontificio Consejo para la Cultura. Aprobado el pasado 30 de julio por Benedicto XVI y publicado en las “Acta Apostolicae Sedis” del 3 de agosto, el documento pontificio entrará en vigor el próximo 3 de noviembre. Hemos pedido al cardenal Gianfranco Ravasi que nos hable de los motivos y las consecuencias de esta fusión.

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La exigencia de una coordinación única ha crecido a lo largo de los años, se lee en el documento: ¿por qué?


Alguna nota histórica: Pío XI en 1924 creaba la Pontificia Comisión Central para el Arte Sacro en Italia, específicamente encargada del cuidado del patrimonio histórico-artístico de la Iglesia, pero con exclusiva competencia para el territorio italiano. Juan Pablo II, por su parte, con la Constitución Apostólica Pastor Bonus (28 de junio de 1988) la había transformado luego en la Pontificia Comisión para la Conservación del Patrimonio Artístico e Histórico de la Iglesia, vinculándola a la Congregación para el Clero. El mismo Pontífice la transforma sucesivamente en la Pontificia Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia con el Motu proprio Inde a pontificatus (25 de marzo de 1993). Juan Pablo II, unificando el Pontificio Consejo para la Cultura y el Pontificio Consejo para el Diálogo con los No Creyentes, subrayaba al mismo tiempo la exigencia de “una estrecha relación entre el trabajo de este Pontificia Consejo y la actividad a la que está llamada la Pontificia Comisión para la Conservación del Patrimonio Artístico e Histórico de la Iglesia”, desde entonces denominada Pontificia Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia. En el mismo documento se dispone que la Comisión “no estará ya establecida en la Congregación para el Clero, sino que será autónoma, con un propio presidente que formará parte de los miembros del Pontificio Consejo para la Cultura, con el cual mantendrá contactos periódicos, para asegurar una sintonía de finalidades y una fecunda colaboración recíproca”.


La unificación de los dos organismos sella, de este modo, un camino de convergencia, implementado también en los ordenamientos de muchas naciones – es un uso difundido, en Italia y en el Consejo de Europa – hacia una visión cultural amplia y articulada en su organicidad y unidad, en el que también el extraordinario patrimonio histórico-artístico de la Iglesia, producido a lo largo de los siglos, con sus más específicas exigencias de tutela, conservación y valorización, recibe su más digna colocación en el ámbito de las actividades culturales promovidas por la Santa Sede.

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¿La Comisión se convertirá, por lo tanto, en un departamento dentro del Pontificio Consejo para la Cultura?


Sí, como Fe y arte, el Patio de los Gentiles, o el recientemente constituido dedicado al Deporte. También la Unesco hoy protege la “cultura inmaterial”; a la base del nuevo concepto de cultura no está ya la idea del siglo XVIII de una aristocracia intelectual, sino un concepto antropológico, la elaboración consciente de cada obra de la creatividad humana; el arco de las actividades no se puede seleccionar por fragmentos, se necesita una mirada de conjunto. Entre las áreas de competencia del departamento está obviamente también la colaboración con la Fundación para los Bienes y las Actividades Artísticas de la Iglesia.

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¿Las prioridades que están la agenda?


Debemos proceder a un análisis de la aplicación de los documentos ya publicados en la Iglesia universal en cuestión de bibliotecas, inventarios y catalogación, archivos y museos. Un gran artífice, en esto, ha sido el cardenal Francesco Marchisano, y de esto se ocupará de modo particular monseñor Carlos Moreira Azevedo, delegado del Pontificio Consejo para la Cultura.


Se necesitan modelos concretos y direcciones de método para ofrecer elementos de gestión cultural, que permitan encontrar recursos financieros, y para adaptar a una gradualidad realista y eficaz las orientaciones existentes según las posibilidades de las diversas iglesias. Los ejemplos de esto podrían ser muchísimos: pienso en el caso de Arequipa en Perú, donde se conservan millares de volúmenes provenientes de las bibliotecas de la orden de los recoletos, o en el patrimonio bibliotecario en riesgo de dispersión en el Salvador. Son bienes que son heridos inexorablemente por el ambiente climático y necesitan rápidas intervenciones de tutela. En esto la informática nos puede ayudar mucho, para hacer accesibles a todos, por ejemplo, los tesoros escondidos en una pequeña parroquia aislada en los Andes.


Después de la atención a la preservación de los bienes culturales, debemos desarrollar su valorización y su goce al servicio de la nueva evangelización y de la dimensión estética en el pensamiento contemporáneo. Es necesario evitar una impostación sólo conservadora de los bienes, es fundamental una fruición que genere gusto, que sea capaz de “lavar los ojos” a quien está acostumbrado a ver sólo cosas feas, edificios horrendos, imágenes banales.

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“La belleza sirve para entusiasmar en el trabajo, el trabajo para resurgir” escribía Juan Pablo II en la Carta a los artistas, citando un verso del poeta polaco Cyprian Norwid. ¿Qué piensa de esto?


El trabajo no falta. Arte y fe deben recordarse de nuevo que son hermanas y la Iglesia no debe olvidar la importancia del elemento simbólico en el anuncio de la fe, en el presente, para continuar haciendo aquello que siempre ha hecho en el pasado. Basta pensar en la explosión de belleza de las iglesias romanas, desde las más famosas hasta las más olvidadas, como Santa Bibiana, absorbida y casi vuelta invisible por las vías de la estación de Termini: ¿quién conoce sus bellísimas columnas y la estatua de Bernini en su interior?


Fruición y tutela, a largo plazo, están estrechamente vinculadas; en el fondo, se protege sólo lo que se ama, por lo tanto hacer conocer y apreciar es también el mejor modo para tutelar. Los dos tercios de una pinacoteca pueden ser leídos sólo si se conoce la Biblia; en un estatuto sienés del siglo XIV, los artistas hablan de sí mismos como de “predicadores por imágenes” con la tarea de mostrar los grandes misterios de la salvación a quien no podría conocerlos de otra manera. La Biblia es también una mina de narraciones sugestivas, de “versículos que valen más que una obra de Shakespeare”, como escribe George Steiner hablando de la noche de la pitonisa de Endor y la caída final de Saúl en el primer libro de Samuel (28, 7-25).


En la Bienal de Venecia trataremos de continuar haciendo aquello que la Iglesia ha hecho siempre: dialogar con los artistas, proponiéndoles en este caso dejarse inspirar por la poderosa narración del Génesis. Mucho deseo de ofender, en el arte contemporáneo, es el signo de una nostalgia violenta por lo divino. El Crucifijo es todavía percibido como un símbolo potentísimo en medio de tantas otras imágenes inertes a nivel de comunicación.

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¿Y la música sagrada?


Después del éxito del concurso sobre el Credo en la Sagra Musicale Umbra, al que han llegado más de doscientas partituras, quisiera seguir el consejo de Muti y de Chailly, recuperando el patrimonio del barroco italiano; como Porpora, por ejemplo: los Wiener Philarmoniker, después de un reciente concierto, se han asombrado de su música. El Stabat Mater, signo luminoso de un sentido religioso profundo, ha sido escrito por un muchachito (Pergolesi era jovencísimo cuando lo compuso).


Con la estructura del díptico podríamos recuperar un gran texto sagrado y musical conectándolo a algo contemporáneo, de modo que haya una mutua conexión entre pasado y presente. También los textos de muchas canciones de música pop están imbuidos de un anhelo espiritual muy fuerte; no por casualidad los muchachos gastan su dinero en la entrada de un concierto, porque sienten que la música exterioriza, hace aflorar a la superficie y expresa su búsqueda de significado sepultada u olvidada. Y el mismo drama personal de muchos artistas – por dar un ejemplo entre los muchos posibles, la muerte prematura de Amy Winehouse, de cuyos álbumes me ha hablado recientemente el nuncio en Guatemala – debe hacer reflexionar: nos hace comprender cuán concreto es en nuestra época el choque entre la esperanza y el deseo de vida y el aniquilamiento como consecuencia extrema y trágica del nihilismo.

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Fuente: Il Sismografo


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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martes, 16 de octubre de 2012

“Cuando el Papa reza tres veces”: es modificado el Rito de canonización

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El próximo domingo 21 de octubre se celebrará, en Plaza San Pedro, la canonización de siete nuevos santos, uno de los acontecimientos importantes del Año de la Fe que está viviendo la Iglesia. Además, en esta ocasión, el Santo Padre utilizará por primera vez un nuevo Ritual para las ceremonias de canonización, preparado por la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, que realiza algunas modificaciones al ritual hasta ahora vigente y recupera algunos signos del antiguo ritual. Presentamos nuestra traducción de la entrevista que Mons. Guido Marini, Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, ha concedido a L’Osservatore Romano.


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Entonces, ¿el rito de canonización ya no se realizará durante la celebración eucarística?


Exactamente, como ya ha ocurrido, por otro lado, para los otros ritos: piénsese en el rito del Resurrexit, el domingo de Pascua; en el consistorio para la creación de nuevos cardenales, a partir del pasado 18 de febrero; y en la bendición y imposición de los palios a los arzobispos metropolitanos, en la reciente solemnidad de los santos Pedro y Pablo.

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¿Cuál es el motivo de fondo?


Evitar que dentro de la celebración eucarística estén presentes elementos que no pertenecen estrictamente a la misma, manteniendo así intacta la unidad, como es pedido por la Constitución conciliar sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium. Además, no es modificada una tradición consolidada sino sólo una práctica reciente. La canonización es fundamentalmente un acto canónico, en el cual están involucrados el munus docendi y el munus regendi. El munus santificandi entra en escena como segundo momento y está constituido por el acto de culto que sigue a la canonización.

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En pocas palabras, para decirlo con el documento del Vaticano II citado por usted, ¿“sana tradición y legítimo progreso”?


Ciertamente, si bien en este caso específico la renovación del rito de canonización se inserta en el surco del camino comenzado por Benedicto XVI en el 2005. Fue entonces que la Congregación para las Causas de los Santos, con comunicación del 29 de septiembre, dispuso – luego de las conclusiones del estudio de las razones teológicas y las exigencias pastorales sobre los ritos de beatificación y canonización aprobados por el Santo Padre – que la canonización seguiría siendo presidida por el Pontífice en San Pedro, mientras que la beatificación sería celebrada por un representante suyo, normalmente el Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, en las diócesis interesadas. La canonización, en efecto, es una sentencia definitiva, con la cual el Sumo Pontífice decreta que un siervo de Dios, ya incluido entre los beatos, sea insertado en el catálogo de los santos y se venere en la Iglesia universal con el culto debido a todos los canonizados. Se trata, por lo tanto, de un acto preceptivo y universal. La autoridad ejercida por el Papa en la sentencia de la canonización será ahora todavía más visible a través de algunos elementos rituales.

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Más allá del cambio de lugar del Rito, que tendrá lugar enteramente antes del comienzo de la Misa, ¿cuáles son estos elementos rituales?


En primer lugar, el triple pedido, durante el cual el cardenal Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos se dirigirá al Santo Padre para pedirle que proceda a la canonización de los siete beatos. Es por lo tanto recuperada, si bien de forma renovada, la antigua tradición según la cual el Papa reza con insistencia para pedir la ayuda del Señor en la realización del importante acto. En particular, en respuesta a la segunda petición, él invocará al Espíritu Santo y, después de tal invocación, será entonado el himno del Veni Creator. En segundo lugar, el canto del Te Deum, presente en el Rito de canonización hasta 1969, acompañará la colocación y la veneración de las reliquias de los nuevos santos.

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Respecto a la procesión con las reliquias de los nuevos santos, ¿está prevista alguna otra modificación?


La habitual procesión se detendrá brevemente frente al Santo Padre que, así, podrá venerar las reliquias. Una vez que sean colocadas ante el altar, las reliquias serán incensadas por el diácono.

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La revisión del rito de canonización, como ya los otros ritos, ¿comporta también una simplificación?


Diría que sí. Y también esto es un aspecto importante del rito renovado, junto al de su reforma en armónica continuidad con una tradición ya secular. De este modo es posible realizar el “esplendor de la noble sencillez” auspiciado por el concilio Vaticano II. Las Letanías de los santos acompañarán la procesión inicial, resultando anticipadas respecto a la praxis actual. Ocurría así durante el pontificado de Pío XII, a partir de 1946. Serán además omitidas las biografías de los nuevos santos por parte del Prefecto, dado que el Santo Padre, como es costumbre, las presentará brevemente durante la homilía. No está ya previsto, finalmente, el saludo personal del Pontífice por parte de los postuladores, que podrán encontrarlo brevemente después de la Misa, en la sacristía de la basílica Vaticana.

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Fuente: L’Osservatore Romano


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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viernes, 12 de octubre de 2012

Benedicto XVI: “Después de 50 años, también hoy estamos felices, pero con una alegría más sobria y humilde”

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Para recordar la noche del 11 de octubre de 1962 en la que, después de la inauguración del Concilio Vaticano II, una multitud con antorchas colmó la Plaza San Pedro haciendo que el Papa Juan XXIII se asomara por la ventana del Palacio Apostólico y pronunciara espontáneamente aquellas inolvidables palabras que luego pasarían a la historia como el “discurso de la Luna”, la diócesis de Roma organizó, ayer por la noche, una procesión con velas hacia la Plaza en la que, luego de un momento de oración, desde la misma ventana del Palacio Apostólico, el Papa Benedicto XVI pronunció unas bellas palabras de saludo y bendición, que ahora ofrecemos en nuestra traducción al español.


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"Cincuenta años atrás, en este día, también yo estuve aquí en la Plaza con la mirada hacia esta ventana donde se asomó el Papa bueno, el Beato Papa Juan, y nos habló con palabras inolvidables, palabras llenas de poesía, de bondad, palabras del corazón. Estábamos felices, llenos de entusiasmo.


El gran Concilio Ecuménico estaba inaugurado, estábamos seguros de que debía venir una nueva nueva primavera de la Iglesia, un nuevo Pentecostés, una nueva presencia fuerte de la Gracia liberadora del Evangelio.


También hoy estamos felices, traemos alegría en nuestro corazón, pero diría que una alegría tal vez más sobria, una alegría humilde. En estos cincuenta años hemos aprendido y experimentado que el pecado original existe y se traduce siempre de nuevo en pecados personales que pueden también convertirse en estructuras de pecado. Hemos visto que en el campo del Señor hay siempre también cizaña. Hemos visto que en la red de Pedro se encuentran también peces malos. Hemos visto que la fragilidad humana está presente también en la Iglesia, que la barca de la Iglesia está navegando también con el viento en contra, con tempestades que amenazan la barca. Y alguna vez hemos pensado: ¿El Señor dónde está? ¡Nos ha olvidado! Esto es una parte de las experiencias de estos cincuenta años.


Pero hemos tenido también la nueva experiencia de la presencia del Señor, de su bondad, de su fuerza. El fuego del Espíritu Santo, el fuego de Cristo, no es fuego devorador, destructivo, es un fuego silencioso, es una pequeña llama de bondad, de bondad y de verdad que transforma, de luz y calor. Hemos visto: el Señor no nos olvida, también hoy con su modo humilde, el Señor está presente y da calor a los corazones, muestra vida, crea carismas de bondad y de caridad que iluminan el mundo y son para nosotros garantía de la bondad de Dios. Sí, Cristo vive, está con nosotros también hoy y podemos estar felices también hoy porque su bondad no se apaga y es fuerte también hoy.



Finalmente me animo a hacer mías las inolvidables palabras del Papa Juan. Id a casa, dad un beso a los niños y decidles que es de parte del Papa. Con esto, de todo corazón, os imparto mi bendición".

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Fuente: Korazym


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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jueves, 11 de octubre de 2012

Con la mirada puesta en Cristo, comienza el Año de la Fe

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En el día del comienzo del Año de la Fe presentamos la extraordinaria homilía pronunciada por el Santo Padre Benedicto XVI en esta solemne ocasión, un texto que, sin duda, pasará a formar parte de las intervenciones más importantes del Magisterio del actual Pontificado.

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Venerables hermanos, queridos hermanos y hermanas.


Hoy, con gran alegría, a los 50 años de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, damos inicio al Año de la fe. Me complace saludar a todos, en particular a Su Santidad Bartolomé I, Patriarca de Constantinopla, y a Su Gracia Rowan Williams, Arzobispo de Canterbury. Un saludo especial a los Patriarcas y a los Arzobispos Mayores de las Iglesias Católicas Orientales, y a los Presidentes de las Conferencias Episcopales. Para rememorar el Concilio, en el que algunos de los aquí presentes – a los que saludo con particular afecto – hemos tenido la gracia de vivir en primera persona, esta celebración se ha enriquecido con algunos signos específicos: la procesión de entrada, que ha querido recordar la que de modo memorable hicieron los Padres conciliares cuando ingresaron solemnemente en esta Basílica; la entronización del Evangeliario, copia del que se utilizó durante el Concilio; y la entrega de los siete mensajes finales del Concilio y del Catecismo de la Iglesia Católica, que haré al final, antes de la bendición. Estos signos no son meros recordatorios, sino que nos ofrecen también la perspectiva para ir más allá de la conmemoración. Nos invitan a entrar más profundamente en el movimiento espiritual que ha caracterizado el Vaticano II, para hacerlo nuestro y realizarlo en su verdadero sentido. Y este sentido ha sido y sigue siendo la fe en Cristo, la fe apostólica, animada por el impulso interior de comunicar a Cristo a todos y a cada uno de los hombres durante la peregrinación de la Iglesia por los caminos de la historia.


El Año de la fe que hoy inauguramos está vinculado coherentemente con todo el camino de la Iglesia en los últimos 50 años: desde el Concilio, mediante el magisterio del siervo de Dios Pablo VI, que convocó un «Año de la fe» en 1967, hasta el Gran Jubileo del 2000, con el que el beato Juan Pablo II propuso de nuevo a toda la humanidad a Jesucristo como único Salvador, ayer, hoy y siempre. Estos dos Pontífices, Pablo VI y Juan Pablo II, convergieron profunda y plenamente en poner a Cristo como centro del cosmos y de la historia, y en el anhelo apostólico de anunciarlo al mundo. Jesús es el centro de la fe cristiana. El cristiano cree en Dios por medio de Jesucristo, que ha revelado su rostro. Él es el cumplimiento de las Escrituras y su intérprete definitivo. Jesucristo no es solamente el objeto de la fe, sino, como dice la carta a los Hebreos, «el que inició y completa nuestra fe» (12,2).


El evangelio de hoy nos dice que Jesucristo, consagrado por el Padre en el Espíritu Santo, es el verdadero y perenne protagonista de la evangelización: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres» (Lc 4,18). Esta misión de Cristo, este dinamismo suyo continúa en el espacio y en el tiempo, atraviesa los siglos y los continentes. Es un movimiento que parte del Padre y, con la fuerza del Espíritu, lleva la buena noticia a los pobres en sentido material y espiritual. La Iglesia es el instrumento principal y necesario de esta obra de Cristo, porque está unida a Él como el cuerpo a la cabeza. «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21). Así dice el Resucitado a los discípulos, y soplando sobre ellos, añade: «Recibid el Espíritu Santo» (v. 22). Dios por medio de Jesucristo es el principal artífice de la evangelización del mundo; pero Cristo mismo ha querido transmitir a la Iglesia su misión, y lo ha hecho y lo sigue haciendo hasta el final de los tiempos infundiendo el Espíritu Santo en los discípulos, aquel mismo Espíritu que se posó sobre él y permaneció en él durante toda su vida terrena, dándole la fuerza de «proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista»; de «poner en libertad a los oprimidos» y de «proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).


El Concilio Vaticano II no ha querido incluir el tema de la fe en un documento específico. Y, sin embargo, estuvo completamente animado por la conciencia y el deseo, por así decir, de adentrase nuevamente en el misterio cristiano, para proponerlo de nuevo eficazmente al hombre contemporáneo. A este respecto se expresaba así, dos años después de la conclusión de la asamblea conciliar, el siervo de Dios Pablo VI: «Queremos hacer notar que, si el Concilio no habla expresamente de la fe, habla de ella en cada página, al reconocer su carácter vital y sobrenatural, la supone íntegra y con fuerza, y construye sobre ella sus enseñanzas. Bastaría recordar [algunas] afirmaciones conciliares… para darse cuenta de la importancia esencial que el Concilio, en sintonía con la tradición doctrinal de la Iglesia, atribuye a la fe, a la verdadera fe, a aquella que tiene como fuente a Cristo y por canal el magisterio de la Iglesia» (Audiencia general, 8 marzo 1967). Así decía Pablo VI.


Pero debemos ahora remontarnos a aquel que convocó el Concilio Vaticano II y lo inauguró: el beato Juan XXIII. En el discurso de apertura, presentó el fin principal del Concilio en estos términos: «El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado de forma cada vez más eficaz… La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina… Para eso no era necesario un Concilio... Es preciso que esta doctrina verdadera e inmutable, que ha de ser fielmente respetada, se profundice y presente según las exigencias de nuestro tiempo» (AAS 54 [1962], 790. 791-792).


A la luz de estas palabras, se comprende lo que yo mismo tuve entonces ocasión de experimentar: durante el Concilio había una emocionante tensión con relación a la tarea común de hacer resplandecer la verdad y la belleza de la fe en nuestro tiempo, sin sacrificarla a las exigencias del presente ni encadenarla al pasado: en la fe resuena el presente eterno de Dios que trasciende el tiempo y que, sin embargo, solamente puede ser acogido por nosotros en el hoy irrepetible. Por esto mismo considero que lo más importante, especialmente en una efeméride tan significativa como la actual, es que se reavive en toda la Iglesia aquella tensión positiva, aquel anhelo de volver a anunciar a Cristo al hombre contemporáneo. Pero, con el fin de que este impulso interior a la nueva evangelización no se quede solamente en un ideal, ni caiga en la confusión, es necesario que ella se apoye en una base concreta y precisa, que son los documentos del Concilio Vaticano II, en los cuales ha encontrado su expresión. Por esto, he insistido repetidamente en la necesidad de regresar, por así decirlo, a la «letra» del Concilio, es decir a sus textos, para encontrar también en ellos su auténtico espíritu, y he repetido que la verdadera herencia del Vaticano II se encuentra en ellos. La referencia a los documentos evita caer en los extremos de nostalgias anacrónicas o de huidas hacia adelante, y permite acoger la novedad en la continuidad. El Concilio no ha propuesto nada nuevo en materia de fe, ni ha querido sustituir lo que era antiguo. Más bien, se ha preocupado para que dicha fe siga viviéndose hoy, para que continúe siendo una fe viva en un mundo en transformación.


Si sintonizamos con el planteamiento auténtico que el beato Juan XXIII quiso dar al Vaticano II, podremos actualizarlo durante este Año de la fe, dentro del único camino de la Iglesia que desea continuamente profundizar en el depisito de la fe que Cristo le ha confiado. Los Padres conciliares querían volver a presentar la fe de modo eficaz; y sí se abrieron con confianza al diálogo con el mundo moderno era porque estaban seguros de su fe, de la roca firme sobre la que se apoyaban. En cambio, en los años sucesivos, muchos aceptaron sin discernimiento la mentalidad dominante, poniendo en discusión las bases mismas del depositum fidei, que desgraciadamente ya no sentían como propias en su verdad.


Si hoy la Iglesia propone un nuevo Año de la fe y la nueva evangelización, no es para conmemorar una efeméride, sino porque hay necesidad, todavía más que hace 50 años. Y la respuesta que hay que dar a esta necesidad es la misma que quisieron dar los Papas y los Padres del Concilio, y que está contenida en sus documentos. También la iniciativa de crear un Consejo Pontificio destinado a la promoción de la nueva evangelización, al que agradezco su especial dedicación con vistas al Año de la fe, se inserta en esta perspectiva. En estos decenios ha aumentado la «desertificación» espiritual. Si ya en tiempos del Concilio se podía saber, por algunas trágicas páginas de la historia, lo que podía significar una vida, un mundo sin Dios, ahora lamentablemente lo vemos cada día a nuestro alrededor. Se ha difundido el vacío. Pero precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza. La fe vivida abre el corazón a la Gracia de Dios que libera del pesimismo. Hoy más que nunca evangelizar quiere decir dar testimonio de una vida nueva, trasformada por Dios, y así indicar el camino. La primera lectura nos ha hablado de la sabiduría del viajero (cf. Sir 34,9-13): el viaje es metáfora de la vida, y el viajero sabio es aquel que ha aprendido el arte de vivir y lo comparte con los hermanos, como sucede con los peregrinos a lo largo del Camino de Santiago, o en otros caminos, que no por casualidad se han multiplicado en estos años. ¿Por qué tantas personas sienten hoy la necesidad de hacer estos caminos? ¿No es quizás porque en ellos encuentran, o al menos intuyen, el sentido de nuestro estar en el mundo? Así podemos representar este Año de la fe: como una peregrinación en los desiertos del mundo contemporáneo, llevando consigo solamente lo que es esencial: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas, como dice el Señor a los apóstoles al enviarlos a la misión (cf. Lc 9,3), sino el evangelio y la fe de la Iglesia, de los que el Concilio Ecuménico Vaticano II son una luminosa expresión, como lo es también el Catecismo de la Iglesia Católica, publicado hace 20 años.


Venerados y queridos hermanos, el 11 de octubre de 1962 se celebraba la fiesta de María Santísima, Madre de Dios. Le confiamos a ella el Año de la fe, como lo hice hace una semana, peregrinando a Loreto. La Virgen María brille siempre como estrella en el camino de la nueva evangelización. Que ella nos ayude a poner en práctica la exhortación del apóstol Pablo: «La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente… Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él» (Col 3,16-17). Amén


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La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 10 de octubre de 2012

El Papa recuerda el Concilio: “los Padres conciliares no podían y no querían crear una fe o una Iglesia nueva”

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En vísperas del comienzo del Año de la Fe, y del 50º aniversario del inicio del Concilio Vaticano II, el Papa Benedicto XVI ofrece a la Iglesia algunos elementos fundamentales para comprender el verdadero espíritu del concilio, en la línea de la “hermenéutica de la continuidad” promovida por él desde el comienzo de su pontificado.

En la audiencia general de esta mañana, en una magnífica catequesis, el Papa ha decidido “empezar a reflexionar sobre el gran evento de Iglesia que ha sido el Concilio, evento del que he sido testigo directo” y realizó una primera e interesante presentación del tema, subrayando la necesidad de “volver a los documentos del Vaticano II, liberándolos de una masa de publicaciones que, con frecuencia, en lugar de hacerlos conocer, los han escondido”.


Además, en la edición especial que L’Osservatore Romano ha publicado con ocasión de este importante aniversario, se incluye un texto del Santo Padre sobre el Concilio Vaticano II, con el cual presenta un volumen que será próximamente publicado por la editorial Herder con la colección de sus escritos dedicados al concilio. Presentamos nuestra traducción de este valioso e interesante texto del Santo Padre Benedicto XVI.


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Fue una jornada espléndida cuando, el 11 de octubre de 1962, con el solemne ingreso de más de dos mil Padres conciliares a la Basílica de San Pedro en Roma, se abrió el Concilio Vaticano II. En 1931 Pío XI había dedicado este día a la fiesta de la Divina Maternidad de María, en memoria del hecho de que, mil cincuenta años antes, en el 431, el concilio de Éfeso había reconocido solemnemente tal título a María, para expresar así la unión indisoluble de Dios y del hombre en Cristo. El Papa Juan XXIII había fijado para aquel día el comienzo del Concilio, con el fin de confiar la gran asamblea conciliar, por él convocada, a la bondad materna de María, y anclar firmemente el trabajo del concilio en el misterio de Jesucristo. Fue impresionante ver entrar a los obispos provenientes de todo el mundo, de todos los pueblos y razas: una imagen de la Iglesia de Jesucristo que abraza a todo el mundo, en la cual los pueblos de la tierra se saben unidos en su paz.


Fue un momento de extraordinaria expectativa. Grandes cosas debían ocurrir. Los concilios precedentes habían sido casi siempre convocados por una cuestión concreta a la cual debían responder. Esta vez no había un problema particular a resolver. Pero precisamente por esto había en el aire un sentido de expectativa general: el cristianismo, que había construido y plasmado el mundo occidental, parecía perder cada vez más su fuerza eficaz. Parecía haberse vuelto cansado y parecía que el futuro estuviese determinado por otros poderes espirituales. La percepción de esta pérdida del presente por parte del cristianismo y de la tarea que de allí se seguía estaba bien resumida en la palabra “aggiornamento”. El cristianismo debe estar en el presente para poder dar forma al futuro. Para que pudiese volver a ser una fuerza que modela el mañana, Juan XXIII había convocado el concilio sin indicarle problemas concretos o programas. Fue esta la grandeza y, al mismo tiempo, la dificultad de la tarea que se presentaba a la asamblea eclesial.


Cada uno de los episcopados indudablemente se acercó al gran acontecimiento conciliar con ideas diversas. Algunos llegaron más con una actitud de expectativa hacia el programa que debía ser desarrollado. Fue el episcopado centroeuropeo – Bélgica, Francia y Alemania – el que tuvo las ideas más decididas. En lo particular el acento era puesto, sin duda, en aspectos diversos; sin embargo, había algunas prioridades comunes. Un tema fundamental era la eclesiología, que debía ser profundizada desde el punto de vista de la historia de la salvación, trinitaria y sacramental; y a esto se agregaba la exigencia de completar la doctrina del primado del Concilio Vaticano I a través de una revaloración del ministerio episcopal. Un tema importante para los episcopados centroeuropeos era la renovación litúrgica, que Pío XII había ya comenzado a realizar. Otro acento central, especialmente para el episcopado alemán, estaba puesto sobre el ecumenismo: el soportar juntos las persecuciones del nazismo había acercado mucho a los cristianos protestantes y a los católicos; ahora esto debía ser comprendido y llevado adelante también a nivel de toda la Iglesia. A esto se agregaba el ciclo temático Revelación-Escritura-Tradición-Magisterio. Entre los franceses se había puesto cada vez más en primer plano el tema de la relación entre la Iglesia y el mundo moderno, o sea, el trabajo sobre el así llamado “Esquema XIII”, del cual luego ha nacido la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo. Aquí se tocaba el punto de la verdadera expectativa del concilio. La Iglesia, que todavía en época barroca había, en sentido lato, plasmado el mundo, a partir del siglo XIX había entrado de modo cada vez más evidente en una relación negativa con la edad moderna, sólo entonces plenamente iniciada.


¿Las cosas debían permanecer así? ¿La Iglesia no podía dar un paso positivo en los tiempos nuevos? Detrás de la expresión vaga “mundo de hoy” está la cuestión de la relación con la edad moderna. Para aclararlo habría sido necesario definir mejor lo que era esencial y constitutivo de la edad moderna. Esto no se ha logrado en el “Esquema XIII”. Si bien la Constitución pastoral expresa muchas cosas importantes para la comprensión del “mundo” y da relevantes contribuciones sobre la cuestión de la ética cristiana, sobre esto punto no ha logrado ofrecer una aclaración sustancial.


Inesperadamente, el encuentro con los grandes temas de la edad moderna no tuvo lugar en la gran Constitución pastoral, sino más bien en dos documentos menores, cuya importancia se ha visto sólo poco a poco con la recepción del concilio. Se trata, en primer lugar, de la Declaración sobre la libertad religiosa, pedida y preparada con gran solicitud sobre todo por el episcopado americano. La doctrina de la tolerancia, así como había sido elaborada en los detalles por Pío XII, no parecía ya suficiente frente al desarrollo del pensamiento filosófico y del modo de concebirse el Estado moderno. Se trataba de la libertad de elegir y de practicar la religión, como también de la libertad de cambiarla, como derechos fundamentales a la libertad del hombre. De sus razones más íntimas, una tal concepción no podía ser extraña a la fe cristiana, que había entrado en el mundo con la pretensión de que el Estado no podía decidir la verdad y no podía exigir ningún tipo de culto. La fe cristiana reivindicaba la libertad de la convicción religiosa y de su práctica en el culto, sin violar con esto el derecho del Estado en su propio ordenamiento: los cristianos rezaban por el emperador, pero no lo adoraban. Desde este punto de vista se puede afirmar que el cristianismo, con su nacimiento, ha traído al mundo el principio de la libertad de religión. Sin embargo, la interpretación de este derecho a la libertad en el contexto del pensamiento moderno era todavía difícil, ya que podía parecer que la versión moderna de la libertad de religión presuponía la inaccesibilidad de la verdad para el hombre y que, por lo tanto, moviese la religión desde su fundamento a la esfera de lo subjetivo. Ha sido ciertamente providencial que, trece años después de la conclusión del concilio, el Papa Juan Pablo II haya llegado desde un país en que la libertad de religión era contestada por el marxismo, es decir, a partir de una particular forma de filosofía estatal moderna. El Papa provenía casi de una situación que se asemejaba a aquella de la Iglesia antigua, de modo que se volvió nuevamente visible la íntima ordenación de la fe al tema de la libertad, sobre todo la libertad de religión y de culto.


El segundo documento que se revelaría luego importante para el encuentro de la Iglesia con la edad moderna ha nacido casi por casualidad y ha crecido en varios estratos. Me refiero a la declaración Nostra Aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Al comienzo estaba la intención de preparar una declaración sobre las relaciones entre la Iglesia y el judaísmo, texto que se volvió intrínsecamente necesario después de los horrores de la Shoah. Los Padres conciliares de los países árabes no se opusieron a tal texto, pero explicaron que si se quería hablar del judaísmo, entonces se debía decir también algunas palabras sobre el islam. Cuánta razón tenían al respecto, en Occidente lo hemos entendido sólo poco a poco. Finalmente surgió la intuición de que era justo hablar también de otras dos grandes religiones – el hinduismo y el budismo – como también del tema religión en general. A esto se agregó luego espontáneamente una breve instrucción relativa al diálogo y a la colaboración con las religiones, cuyos valores espirituales, morales y socio-culturales debían ser reconocidos, conservados y promovidos (cfr. n. 2). Así, en un documento preciso y extraordinariamente denso, fue inaugurado un tema cuya importancia en la época no era todavía previsible. Qué responsabilidades esto implica, cuánto esfuerzo se necesita todavía para distinguir, aclarar y comprender, parecen cada vez más evidentes. En el proceso de recepción activa ha surgido poco a poco también una debilidad de este texto, de por sí extraordinario: habla de la religión sólo de modo positivo e ignora las formas enfermas y distorsionadas de religión, que desde el punto de vista histórico y teológico tienen un amplio alcance; por esto, desde el comienzo, la fe cristiana ha sido muy crítica, tanto hacia el interior como hacia el exterior, frente a la religión.


Si al comienzo del concilio habían prevalecido los episcopados centroeuropeos con sus teólogos, durante las etapas conciliares el radio del trabajo y de las responsabilidades comunes se ha ampliado cada vez más. Los obispos se reconocían aprendices en la escuela del Espíritu Santo y en la escuela de la colaboración recíproca, pero precisamente de este modo se reconocían servidores de la Palabra de Dios que viven y operan en la fe. Los Padres conciliares no podían y no querían crear una Iglesia nueva, diversa. No tenían ni el mandato ni el encargo de hacerlo. Eran Padres del concilio con una voz y un derecho de decisión sólo en cuanto obispos, es decir, en virtud del sacramento y en la Iglesia sacramental. Por eso no podían y no querían crear una fe distinta o una Iglesia nueva, sino más bien comprender ambas de modo más profundo y luego realmente “renovarlas”. Por eso, una hermenéutica de la ruptura es absurda, contraria al espíritu y a la voluntad de los Padres conciliares.


En el cardenal Frings he tenido un “padre” que ha vivido de modo ejemplar este espíritu del concilio. Era un hombre de fuerte apertura y grandeza, pero sabía también que sólo la fe guía para salir hacia fuera, hacia aquel amplio horizonte que permanece cerrado al espíritu positivista. Y a esta fe quería servir con el mandato recibido a través del sacramento de la ordenación episcopal. No puedo más que estarle siempre agradecido por haberme llevado a mí – el profesor más joven de la Facultad teológica católica de la universidad de Bonn – como su consultor a la gran asamblea de la Iglesia, permitiéndome estar presente en esta escuela y recorrer desde dentro el camino del concilio. En este libro se recogen los diversos escritos con los cuales, en aquella escuela, he pedido la palabra. Se trata de pedidos de palabra totalmente fragmentarios, de los cuales se refleja el proceso de aprendizaje que el concilio y su recepción han significado y significan todavía para mí.


Espero que estas múltiples contribuciones, con todos sus límites, en el conjunto puedan de todos modos ayudar a comprender mejor el concilio y a traducirlo en una correcta vida eclesial. Agradezco de todo corazón al arzobispo Gerhard Ludwig Müller y a sus colaboradores del Institut Paps Benedikt XVI por el extraordinario empeño que han asumido para realizar este volumen.


Castelgandolfo, en la fiesta del santo obispo Eusebio de Vercelli, 2 de agosto de 2012.


Benedicto XVI

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Fuente: Il Blog degli amici di Papa Ratzinger


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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domingo, 7 de octubre de 2012

Dos nuevos Doctores para la Iglesia de hoy

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Hildegard von Bingen hildegard   San Juan de Avila_thumb[3]

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Presentamos la entrevista que el Cardenal Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, ha concedido a L’Osservatore Romano sobre el importante acontecimiento eclesial que tendrá lugar en pocas horas en el Vaticano: la declaración, por parte del Papa Benedicto XVI, de dos nuevos doctores de la Iglesia: Santa Hildegarda de Bingen y San Juan de Ávila.

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La apertura de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana” tendrá un marco excepcional el domingo 7 de octubre – en Plaza San Pedro – con la proclamación como “doctores de la Iglesia” de san Juan de Ávila – sacerdote diocesano español – y santa Hildegarda de Bingen – monja benedictina alemana – y con la celebración eucarística presidida por Benedicto XVI. En este contexto, son propuestos a la Iglesia universal dos nuevos doctores, cuyo significado, cercanía y perenne actualidad subraya el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, en esta entrevista concedida a nuestro periódico.

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¿Qué representa hoy la proclamación de un doctor de la Iglesia? Desde el punto de vista teológico y pastoral, ¿qué aspectos se ponen de relieve con este acto?


Digamos, en primer lugar, que el título de doctor de la Iglesia universal es conferido a aquellos santos y santas, precisamente como santa Hildegarda de Bingen y san Juan de Ávila, que, con su eminente doctrina, han contribuido a la profundización del conocimiento de la divina Revelación, enriqueciendo el patrimonio teológico de la Iglesia y procurando a los fieles el crecimiento en la fe y en la caridad. Éste es, en una apretada síntesis, el significado de la proclamación de doctor de la Iglesia. Desde un punto de vista teológico, se ponen en evidencia aspectos inéditos de la verdad evangélica y, desde un punto de vista pastoral, se suscita en los fieles un renovado llamado a la coherencia de vida. Además de por la santidad de vida, por lo tanto, los doctores de la Iglesia se distinguen por una particular excelencia doctrinal y pastoral.

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¿En qué consiste la eminens doctrina de los dos doctores? ¿Qué decir, por ejemplo, de la abadesa benedictina Hildegarda de Bingen?


La benedictina alemana Hildegarda de Bingen (1098-1179), fundadora y abadesa de dos monasterios, en sus obras enuncia una doctrina eximia por profundidad, originalidad y fidelidad al dato revelado. Animada por una auténtica caridad intelectual, ella enuncia con densidad de contenido y frescura de lenguaje el misterio de Dios Trinidad, de la Encarnación, de la Iglesia, de la humanidad.

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¿Puede dar algún ejemplo?


Como ejemplo, digamos algunas características de su antropología. Hildegarda parte de la narración bíblica del ser humano creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Génesis 1, 26). Ella ve la imagen divina del hombre en su racionalidad, hecha de intelecto y voluntad. El intelecto puede distinguir el bien del mal y desarrolla la función de magister, que permite entender cada cosa, también la divinidad y la humanidad de Dios. La voluntad impulsa al hombre a realizar cada obra, sea buena o mala. La Palabra de Dios educa la voluntad en la elección del bien. Para Hildegarda, además, el ser humano es visto como unidad cuerpo-alma con la apreciación positiva de la corporeidad en orden al mérito. Que el cuerpo no ha sido dado al hombre sólo como peso lo demuestra el hecho de que las almas de los santos desean ardientemente la reunificación con su cuerpo mortal. En consecuencia, la consumación escatológica significa una transformación y una resurrección del cuerpo para la vida eterna.

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¿Qué enseña Hildegarda respecto a la relación hombre-mujer?


En la relación hombre-mujer, Hildegarda reafirma la sustancial igualdad creatural de las dos creaturas. Además, la creación de Eva de la costilla de Adán es vista en referencia al hecho de que la mujer es dada al hombre como socia: “in consortium dilectionis”, “socia”. A diferencia de los autores del tiempo, que veían en el pecado original la extrema fragilidad femenina, para Hildegarda fue el ardiente de amor de Adán por Eva lo que dio ocasión al demonio de tentar en primer lugar a Eva. La lectura de su obra principal, Scivis, es instructiva al respecto.

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¿Qué decir de san Juan de Ávila?


San Juan de Ávila (1499/1500-1569) fue uno de los maestros espirituales más prestigiosos y consultados de su tiempo. Recurrieron a su sabiduría para una recta orientación de vida, entre otros, san Ignacio de Loyola, san Juan de Dios, san Francisco de Borja, santo Tomás de Villanueva, san Pedro de Alcántara, san Juan de Ribera, santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz. San Juan de Ávila era también un excelente catequista y predicador y no dejaba de hacer un uso magistral de los escritos para exponer sus enseñanzas. Una peculiaridad suya es la afirmación de la llamada universal a la santidad para todos los bautizados. A lo largo de los siglos sus escritos han sido de gran inspiración para la formación sacerdotal y para la educación de los laicos. Particularmente actual resulta su insistencia en la santificación de los sacerdotes, expertos en la palabra de Dios y en la oración de la Iglesia, como clave de la continua reforma de la Iglesia.

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¿Cómo ha comenzado el proceso que ha llevado a su doctorado? Obviamente no hablamos aquí del procedimiento canónico, sino de las motivaciones ideales para promover y sostener su doctorado.


Son principalmente los pastores y los fieles quienes solicitan al Santo Padre que se realice este paso. En lo que concierne a Hildegarda de Bingen, por ejemplo, en una de las últimas peticiones (1979), los obispos alemanes pedían con insistencia el doctorado para la santa abadesa benedictina. Entre los firmantes, en tercer lugar estaba la firma del entonces cardenal Joseph Ratzinger. Los obispos ponían en evidencia tanto la eminens doctrina como la actualidad del pensamiento hildegardiano. En particular: su capacidad carismática y especulativa, que puede incentivar espiritualmente la teología contemporánea; con Hildegarda se daría un modelo y un estímulo para su compromiso científico y pastoral a las muchas mujeres formadas académicamente en teología; la comprensión de la naturaleza como creación de Dios, muy presente en los escritos hildegardianos, es de particular interés hoy; el doctorado daría un fuerte impulso al ideal femenino de consagración; finalmente, también su obra musical podría tener una cierta influencia positiva sobre la actual música de iglesia.

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¿Y respecto a san Juan de Ávila?


Para san Juan de Ávila el movimiento para la promoción de su doctorado comenzó desde su canonización, que tuvo lugar en 1970. El título de maestro, atribuido tradicionalmente al santo, motivaba la hipótesis de un doctorado, promovido sobre todo por la Conferencia episcopal española. Se ponía en evidencia el carisma de sabiduría conferido a él por el Espíritu Santo para el bien de la Iglesia y la influencia benéfica de su enseñanza sobre el pueblo de Dios y en especial sobre los sacerdotes.

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La última proclamación de un doctor de la Iglesia tuvo lugar en 1997 con Teresa de Lisieux, casi una contemporánea nuestra. ¿Qué actualidad, entonces, pueden tener estos dos nuevos doctores, que han vivido respectivamente en el siglo XII y en el siglo XVI?


Creo que su actualidad surge de lo que hemos dicho antes. No hay que olvidar nunca que una doctrina original y eminente en el siglo XII o en el siglo XVI puede serlo también hoy. La eminens doctrina – al igual que la santidad – no pasa nunca. Los Padres de la Iglesia son un testimonio convincente de esto.

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Santa Hildegarda es una monja benedictina y san Juan de Ávila un sacerdote. ¿Qué pueden decir a los laicos?


A los laicos, como por otro lado a todos, ellos pueden inspirarles pensamientos de santidad, pero también iluminarlos con sus reflexiones teológicas, espirituales, catequéticas, formativas. Ellos enseñan que la unión con Dios y la realización de la voluntad divina son bienes que deben desearse ardientemente. Los cristianos se sentirán animados a traducir en la práctica de la vida el anuncio evangélico en nuestra época. Además estos doctores advierten que el mundo puede ser recto y administrado con justicia sólo si se lo considera creatura del Padre amoroso y providente que está en los cielos.

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¿Hay alguna razón para proclamarlos al mismo tiempo Doctores de la Iglesia?


Se trata de coincidencia fortuita o, si queremos, de una elegancia de la divina Providencia, cuyo significado debe ser descubierto. Por nuestra parte, damos gracias al Santo Padre por este don precioso a la Iglesia de Cristo.

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Fuente: Il Sismografo


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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viernes, 5 de octubre de 2012

El blog del obispo prisionero

 

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Una noticia que nos invita a orar por este valiente obispo así como por todos los católicos chinos que quieren permanecer en comunión con el Obispo de Roma, una oración que se hace más ferviente precisamente en vísperas del comienzo del Sínodo dedicado a la Nueva Evangelización y del Año de la Fe convocado por el Santo Padre.

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“Lo han aislado casi completamente. El seminario de Sheshan, a poca distancia de Shanghai, se ha convertido en su jaula dorada, luego de que a los seminaristas se les impidiera reingresar para retomar el año académico. Dicen que el obispo está delgado, pálido: esperemos que continúe resistiendo”.


Así una fuente que pide permanecer anónima narra a MissiOnline la situación de Mons. Tadeo Ma Daqin, joven obispo auxiliar de Shanghai (44 años), desde hace tres meses con arresto domiciliario. El obispo ha sido privado de la libertad como castigo contra su gesto de rebelión pública al poder político chino: el 7 de julio pasado, durante su ordenación episcopal, Ma ha tenido el coraje (o la desfachatez, según Pekín) de anunciar públicamente la dimisión de la Asociación Patriótica de los católicos chinos, el organismo político con el cual el Partido Comunista controla la vida de la así llamada “Iglesia oficial” en China.


En la misma ocasión, Mons. Ma había rechazado la imposición de manos de un obispo excomulgado presente en la ceremonia por mandato del gobierno (Mons. Zhan Silu, obispo de Mindong en el Fujian) y había evitado beber de su mismo cáliz, haciendo así evidentísima la toma de distancia de los que no están en comunión con el Papa y la voluntad de no someterse a la política del gobierno que trata de “mezclar” lo más posible, con ocasión de celebraciones públicas (Misas, ordenaciones sacerdotales y episcopales), a los obispos legítimos y en comunión con el Papa con aquellos ordenados sin aprobación de Roma.


La renuncia a la Asociación Patriótica había sido, en ese punto, la lógica conclusión de una actitud de coraje y resistencia. La APCC es indicada abiertamente por Benedicto XVI, en la Carta a los católicos chinos del 2007, como un grave obstáculo al proceso de reconciliación interno de la Iglesia china y al camino hacia la normalidad de la vida eclesial.


La opción de abandonar la APCC le está costando al obispo Ma un aislamiento casi total. Enviados a casa por el imperio los jóvenes que residían allí, el seminario ha sido vaciado para transformarse en “residencia provisional” del prelado. El único contacto con el exterior es el blog que Mons. Ma sigue teniendo, naturalmente cuidándose de no tocar argumentos no gratos al régimen. Es por eso que, como escritor y amante de la tradición clásica china, el obispo recurre a citas de obras clásicas o de autores por él amados, como es el caso de Simone Weil, filósofa y mística francesa de origen hebreo: en uno de los últimos artículos publicados, Mons. Ma presenta algunas reflexiones espirituales sobre el tema del sufrimiento y del dolor precisamente desde textos de esta gran figura de creyente, a menudo citada, por otro lado, por los “cristianos culturales” chinos.


En otros casos, el blog de Mons. Ma difunde música a través de Internet, “una música triste que pienso quiere expresar el sufrimiento de su forzada soledad”, opina nuestra fuente.


Desde que su blog ha sido reabierto, el 16 de julio pasado (después de un black out impuesto por las autoridades), el obispo Ma ha subido, además de algunos artículos, el texto de una obra china en 6 escenas (compuesta por él) sobre Xu Guangqi y sobre su amistad con Matteo Ricci, explicando que quería celebrar así el 450º aniversario del nacimiento de Xu Guangqi, que se recuerda precisamente este año. Algunos católicos chinos - refiere Asia News – han respondido a sus artículos enviando el propio saludo, apoyo y oraciones por el obispo.


El último post publicado en el blog del obispo Ma Daqin es del 21 de septiembre. Mientras que precisamente ayer la agencia UcaNews ha informado de los “cursos de reeducación de doce horas al día” a los que son sometidos actualmente aquellos que eran sus colaboradores. Pedimos a nuestros lectores sostener la batalla del obispo Ma Daqin enviando un correo electrónico a la dirección de nuestra redacción - mondoemissione@pimemilano.com - poniendo como asunto la frase “Solidarios con el Obispo Ma Daqin”).


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Fuente: MissiOnline


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 3 de octubre de 2012

Aquel viaje que el Papa quiso organizar en secreto

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giovanni XXIII

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Vale la pena leer esta entrevista que L’Osservatore Romano ha realizado al anciano arzobispo Loris Capovilla, otrora secretario del Beato Papa Juan XXIII, sobre la histórica peregrinación que, 50 años atrás, el Papa Roncalli realizó al Santuario de Loreto para confiar a la Santísima Virgen los trabajos conciliares, una visita que será conmemorada por su actual sucesor, Benedicto XVI, que precisamente mañana irá a ese histórico santuario para confiar a Nuestra Señora de Loreto el inminente Año de la Fe y el Sínodo sobre la Nueva Evangelización. Mons. Capovilla, con una gran exactitud en los recuerdos a pesar de sus 97 años de edad, cuenta revela el origen de la iniciativa así como los sentimientos del Papa durante la realización de este ardiente deseo de su corazón.

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L’Osservatore Romano publicó la noticia en la primera página de la edición del 3 de octubre de 1962. El anunció suscitó mucho estupor. Faltaba apenas una semana para la apertura del concilio Vaticano II y Juan XXIII había decidido dirigirse, el 4 de octubre sucesivo, en peregrinación a Loreto y a Asís para confiar a la Virgen los trabajos conciliares y para llenar el alma de la espiritualidad franciscana. Fue un hecho insólito para aquellos tiempos ver al Papa subir a un tren, dejar el Vaticano y atravesar una parte de Italia a lo largo de la vía ferroviaria. ¿Cómo vivió el Papa Roncalli aquella jornada y cómo la vivieron los italianos? Lo recuerda para nosotros aquel que fue su secretario particular, el arzobispo Loris Capovilla, ex prelado de Loreto, hoy con noventa y siete años, que conserva de aquel día – como, por otro lado, de todo el período vivido junto a Juan XXIII – un lúcido recuerdo.

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¿Cómo nació en el Papa Roncalli la decisión de ir a Loreto para confiar el Vaticano II a la Virgen?


Fue una decisión repentina, si bien hija de un deseo madurado en el tiempo. Desde que fue elegido para el pontificado, Juan XXIII manifestó, de hecho, la voluntad de dirigirse al Santuario de Loreto – considerado por él como el más importante santuario mariano del mundo – para llevar a la Iglesia de rodillas frente al misterio de la Encarnación del Verbo. Una serie de circunstancias, junto al parecer contrario de algunos de sus colaboradores, hicieron posponer el viaje hasta dejar caer el proyecto.


Una tarde, cuando faltaban pocos días para la apertura del concilio Vaticano II, el Pontífice, concluida su oración, hizo llamar al secretario de Estado, el cardenal Amleto Cicognani, y le pidió organizar la peregrinación a Loreto antes de la asamblea conciliar. Le recomendó, sin embargo, no informarme de nada, hasta que estuvieran las cosas hechas. Estaba ya enfermo y soportaba grandes dolores. Sabía que yo habría tratado de disuadirlo de todas las maneras. El cardenal, en cambio, hombre muy prudente y lleno de afecto por el Papa Roncalli, me lo comunicó de inmediato. También él estaba preocupado por las condiciones de salud del Pontífice pero me hizo entender que su determinación era tal que no habría salida.


Cuando más tarde nos volvimos a encontrar en casa, el Santo Padre notó mi preocupación y me preguntó al respecto. Le comenté el diálogo tenido con el secretario de Estado y me atreví a confiarle que había tomado su reserva para conmigo como una falta de confianza. Ojalá no lo hubiese dicho: parecía un niño sorprendido con las manos en la masa y listo para todo con tal de ser perdonado. Me confesó el ardor de su deseo y el temor de mi contrariedad en razón de sus condiciones de salud. Sólo cuando le aseguré que nunca le faltaría la fidelidad y la prontitud en servirlo en todo deseo suyo, lo vi sereno y sonriente de nuevo. Recuerdo que me tomó de la mano, me llevó a su capilla privada y me dijo: “Loris, ven, vamos a rezar”. Rezamos largo rato aquella noche.

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¿Por qué decidió viajar en tren y no en automóvil?


Fue para hacer un homenaje a Italia. Era 1962 y hacía pocos meses que el país había celebrado el centenario de la unidad, aniversario al cual el Papa había participado espiritualmente con fervor y con respeto, sobre todo a través de la oración. Se pensó, por lo tanto, en dar un sentido ulterior a esta participación haciendo recorrer al Papa los caminos del así llamado “dominio de San Pedro”, el corazón de Italia, es decir el Lacio, la Umbría y las Marcas, con un medio de los Ferrocarriles del Estado. Estaba muy agradecido el presidente de la República Antonio Segni, que fue a rendirle homenaje a la partida junto al presidente del Consejo de ministros Amintore Fanfani. Le aseguraron que habría sido acogido en aquellas tierras no como el príncipe despojado sino como el padre amado.

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Un amor que los italianos le demostraron realmente a lo largo de todo el trayecto. ¿Qué recuerda e particular de aquel viaje en tren?


Todo. Cada momento. Fue una experiencia bellísima. Nunca visto nada similar hasta aquel momento. Entonces no había ninguna organización de grupos o movimientos que invitasen a la movilización. Fue algo absolutamente espontáneo. La gente conoció la noticia de improviso y, sin embargo, acudió numerosísima, con gran espontaneidad. Realmente lo amaban mucho y no quisieron perder la ocasión de testimoniarlo de cerca.


A pesar de que fue un encuentro totalmente singular, desarrollado a lo largo de algunos cientos de kilómetros, lo he vivido y lo recuerdo con el mismo calor y con el mismo agrado con el cual se recuerdan los encuentros en torno a la chimenea de casa, en una familia hermosa y grande. Y en aquel día, en efecto, una gran familia, la italiana, se reunió en torno al Papa. Y no eran tiempos fáciles. Tampoco para la Iglesia. Pero el Pontífice logró unir a todos.


El viaje sufrió notables retrasos en el programa. Estaban previstas pequeñas paradas en algunas estaciones. Pero nadie habría imaginado nunca lo que realmente sucedió. La que más me ha quedado impresa es la parada en Terni, entonces llamada “la roja” por su marcada caracterización política. Nadie pensó ni remotamente en cerrar las fábricas con ocasión del paso del Papa, y sin embargo la estación de Terni estaba literalmente invadida por los obreros. El tren se detuvo por un tiempo largo para permitir a Juan XXIII permanecer con ellos lo más posible. Recuerdo muchas personas que lloraban conmovidas. No querían dejarlo partir. El Papa Roncalli, que se sentía muy cercano a la gente sencilla, permaneció profundamente impresionado. Escenas que se repetían a lo largo de todas las estaciones del trayecto, también aquellas donde no estaba prevista la parada. El tren debía disminuir la velocidad casi hasta detenerse.

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Y por la tarde, al volver, ¿le confió las emociones que había sentido?


Sobre todo dijo estar feliz por haber podido “encontrar” a la Virgen de Loreto y a San Francisco – la peregrinación, como se sabe, también incluía Asís – antes de comenzar la gran asamblea conciliar. Se sentía, como dijo, espiritualmente satisfecho. Luego, cuando recorrimos brevemente con la memoria las distintas etapas de la jornada, me asombró el entusiasmo con el cual el Papa recordaba sobre todo el segundo paso por Foligno, después de volver de Loreto. Habían pasado algunas horas desde el primer paso. Y no estaba prevista una parada. Era muy tarde, y sin embargo toda la gente estaba allí, a lo largo de la estación. Tal vez había más gente que antes. Recuerdo a los niños y sus gritos, la gran fiesta de gente, de colores, de cantos. El tren tuvo que frenar hasta detenerse. Luego se hizo silencio repentinamente. Precisamente a la altura del grupo de los niños el Papa se había asomado a la ventanilla y había comenzado a hablar con ellos.

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¿Y qué les dijo?


Como de costumbre bromeó: “¿Habéis visto, hijitos míos? Por el camino – dijo – se va y a veces se vuelve. Yo he vuelto entre vosotros porque, mientras muchos dicen que el mundo envejece, vosotros gritáis que no es cierto. Cristo lo rejuvenece continuamente en vosotros y la Virgen lo cuida. A la Virgen he confiado recién a la Iglesia, a vosotros confío el mundo, el del mañana. No lo hagáis envejecer. Quería deciros esto”. Éste fue el último pensamiento de una jornada inolvidable. “Quién sabe – se preguntó casi murmurando afablemente mientras se dirigía hacia su habitación – si aquellos niños me habrán comprendido”. Cerró la puerta a sus espaldas, pero creo que continuó rezando. La luz se apagó muy tarde aquella noche.

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Fuente: Il Sismografo


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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lunes, 1 de octubre de 2012

Card. Veglió: “La secularización influyó en la aplicación de las reformas conciliares”

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santuario Loreto

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Sandro Magister ha publicado en su blog este artículo, cuya traducción al español ofrecemos, en el cual presenta parte de una conferencia del Cardenal Antonio María Veglió sobre la piedad popular, en la que el prelado, con una franqueza inusual, analiza los ataques que la piedad popular ha recibido en el post-concilio debido a una visión secularizante que penetró en muchos ambientes eclesiales y a interpretaciones parciales de los textos conciliares, en particular de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia.

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El jueves 4 de octubre Benedicto XVI se dirigirá a Loreto, exactamente medio siglo después de la visita que realizó Juan XXIII. El Papa celebrará la Misa en la Plaza frente al Santuario mariano.


¿Por qué este viaje? Los santuarios son el lugar por excelencia de la piedad popular. Aquella piedad que se expresa en las peregrinaciones, en las fiestas patronales, en la devoción a María y a los santos, en el rezo del rosario. Contra la piedad popular se levantó en los años sesenta y setenta una oleada de contestación, en nombre de una fe “pura” y “comprometida”. Pero de Pablo VI en adelante, los Papas reaccionaron frente a esta tendencia. Benedicto XVI es, en esto, muy decidido. Las imágenes de su vida privada lo muestran mientras reza el rosario, en los jardines del Vaticano o de Castelgandolfo, y reza frente a la gruta de la Virgen de Lourdes.


Cuánto importa la piedad popular en la vida de los católicos comunes, en Italia, es confirmado, entre otras cosas, por los índices altísimos de escucha que tiene el rosario transmitido en directo desde Lourdes en TV 2000, cada día a las 18 y repetido a las 20. El cardenal Angelo Bagnasco, en la introducción al consejo permanente de la CEI el pasado 24 de septiembre, no ha dejado de remarcarlo. Por eso es más interesante aún lo que ha dicho recientemente otro cardenal, Antonio Maria Veglió, presidente del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Migrantes e Itinerantes, principal caldo de cultivo para la piedad popular.


En una conferencia del pasado 20 de septiembre en la Red Mariana Europea, el cardenal Veglió ha recorrido la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la piedad popular. El Vaticano II – explicó – la valorizó como “praeparatio evangelica”, como acto del pueblo de Dios, como expresión de inculturación, como vinculada a la liturgia.


Pero, a pesar de esto – prosiguió el cardenal -, en el inmediato post-concilio se asistió a “un intento de eliminar o, al menos, ignorar las manifestaciones populares de la fe”, al cual siguió “una revaloración de la piedad popular por parte del Magisterio, de la teología, de la pastoral y de la liturgia”.


A continuación la sección de la conferencia que analiza, con una franqueza inusual en boca de un alto dirigente vaticano, la oleada contestadora de los años sesenta y setenta.


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El engaño de una religión “pura”


En la valoración negativa de la religiosidad popular influyeron tanto causas internas como externas al ámbito eclesial.


Entre las primeras, resaltaron la existencia de lecturas parciales y selectivas de los textos conciliares en el post-concilio, así como una interpretación parcial e interesada de su doctrina.


Entre las segundas se debe indicar la importancia influencia que ejercieron las teorías de la secularización. La acogida que muchos ambientes eclesiales dieron a la teología de la secularización comportaba el desprecio de un cristianismo manifestado en formas exteriores, cuyo ejemplo evidente es, ciertamente, la religiosidad popular. Ésta fue considerada como un catolicismo superficial, separado de la vida y de los compromisos históricos.


Uno de los resultados del Concilio fue la definición de la Iglesia como pueblo de Dios, algo que animó el asociacionismo laical. En este contexto surgieron pequeños grupos que se consideraban más comprometidos. Estos “católicos del compromiso” o “católicos progresistas” adoptaron una actitud de contraposición a los cristianos que participaban en las manifestaciones de la piedad popular, considerándolos sencillos, ritualistas, incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos, y necesitados de purificación.


Al mismo tiempo, acusaron a la piedad popular de tener matices supersticiosos, de alejarse de la realidad, de alienarse del compromiso cristiano, de ser incapaz de formar militantes y promover actitudes evangélicas que favorezcan el desarrollo y la liberación.


Uno de los frutos más evidentes del Concilio fue la reforma litúrgica. Sin embargo, el desarrollo de tal proceso no fue siempre tan oportuno como habría sido deseable. Enumeremos muy rápidamente algunas características que tuvieron efectos contrarios a las prácticas de la piedad popular.


En primer lugar, y fruto del entusiasmo que el Concilio suscitó en el seno de la Iglesia, se pretendió desarrollar esa reforma a un ritmo vertiginoso, sin tiempo suficiente para asimilar los textos conciliares y su consiguiente aplicación a la Iglesia universal. Además, y en algunas iniciativas, estaban subyacentes interpretaciones erróneas o interesadamente parciales de las enseñanzas conciliares.


En no pocas ocasiones fue promovida una liturgia excesivamente pragmática, donde abundaban los elementos pedagógicos y didácticos a costa de su carácter mistérico, lo que llevó a descuidar cantos, silencios y gestos. Uno de los objetivos laudables era alcanzar una vivencia religiosa purificada, tanto en el ámbito interno (motivaciones) como externo (formas). El problema surgió en el modo concreto en que esto se desarrolló. Se promovió una religiosidad pura, desarraigada y abstracta, que supuso, entre otras cosas, la eliminación de tradiciones religiosas, a las cuales se atribuían rasgos mágicos, utilitaristas o supersticiosos.


La afirmación conciliar de la centralidad de la liturgia y de la celebración eucarística comportó que no pocos pastores suprimiesen muchas prácticas populares, por el hecho de que la religiosidad popular se manifiesta, en múltiples ocasiones, con formas diversas de aquellas previstas por los textos litúrgicos oficiales. La reforma subrayó también la gran importancia que debía tener la Sagrada Escritura en la celebración litúrgica. Y, en consecuencia, se valoró negativamente la escasa presencia bíblica en las manifestaciones populares, muchas de las cuales son pobres en teología y citas bíblicas pero ricas en sentimentalismo.


La promulgación de la constitución Sacrosanctum Concilium, en 1963, coincidió con uno de los momentos en que la secularización tuvo mayor fuerza, y esto influyó en la aplicación de las reformas conciliares. De este contexto se asignó a la liturgia un claro compromiso temporal, con la adquisición de un tono profético, la denuncia de las situaciones sociales de pecado y la invitación al compromiso. Por eso, la piedad popular fue valorada negativamente, atribuyéndole un efecto anestésico frente a los problemas sociales.


Todos estos elementos, que en alguna medida se hicieron presentes durante la reforma litúrgica postconciliar, se tradujeron en la supresión indiscriminada y arbitraria de numerosas prácticas de piedad popular. En este contexto son elocuentes las palabras que Pablo VI pronunció en 1973 durante una audiencia pública: “Voces autorizadas nos recomiendan aconsejar gran cautela en el proceso de reforma de tradicionales costumbres populares religiosas, teniendo cuidado de no extinguir el sentimiento religioso, en el acto de revestirlo de nuevas y más auténticas expresiones espirituales: el gusto de lo verdadero, de lo bello, de lo simple, de lo comunitario y también de lo tradicional (donde merezca ser honrado), debe presidir las manifestaciones exteriores del culto, tratando de conservar el afecto del pueblo a ellas”.


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Fuente: Settimo Cielo


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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viernes, 28 de septiembre de 2012

Diez consejos prácticos para vivir con fruto el Año de la Fe

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Presentamos nuestra traducción de un artículo, publicado en el sitio web de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos y escrito por el Obispo Presidente de la Comisión para la Evangelización y Catequesis, en el cual se propone a los católicos diez maneras de vivir con fruto el ya inminente Año de la Fe convocado por el Santo Padre.

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Para honrar el 50º aniversario del Concilio Vaticano II y el 20º aniversario del Catecismo de la Iglesia Católica, el Papa Benedicto XVI ha anunciado un Año de la Fe, que comenzará el 11 de octubre y culminará el 24 de noviembre de 2013. El objetivo es reforzar la fe de los católicos y atraer el mundo a la fe con la fuerza de su ejemplo.


El obispo David Ricken, de Green Bay, Wisconsin, presidente de la Comisión para la Evangelización y la Catequesis de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos, ofrece “10 modos con los cuales los católicos pueden vivir el Año de la Fe”. Tomados de las directivas de la Congregación Vaticana para la Doctrina de la Fe, algunas de estas sugerencias son ya pedidas a los católicos; otras se pueden observar en cualquier tiempo y sobre todo durante el Año de la Fe.


1. Participar en la Santa Misa. El Año de la Fe quiere promover el encuentro personal con Jesús. En el modo más inmediato, esto tiene lugar en la Eucaristía. Una participación regular en la Misa refuerza la propia fe a través de las Escrituras, el Credo, las oraciones, la música sagrada, la homilía, recibiendo la Comunión y formando parte de una comunidad de fe.


2. Confesarse. Como para la Misa, los católicos reciben fuerza y profundizan su fe celebrando el sacramento de la Penitencia y Reconciliación. La confesión llama a volver a Dios, a expresar dolor por las caídas y a abrir la propia vida al poder de la gracia sanadora de Dios. Perdona las heridas del pasado y da fuerza para el futuro.


3. Conocer las vidas de los santos. Los santos son ejemplos válidos para todos los tiempos de cómo vivir una vida cristiana, y suscitan una esperanza infinita. No sólo eran pecadores que incesantemente buscaban caminar hacia Dios, sino que ejemplifican también las modalidades con las cuales servir a Dios: la enseñanza, el trabajo misionero, la caridad, la oración, y sencillamente esforzarse por agradar a Dios en las acciones y decisiones ordinarias de la vida cotidiana.


4. Leer la Biblia cada día. La Biblia ofrece un acceso directo a la Palabra de Dios y narra la historia de la salvación de los hombres. Los católicos rezan con las Escritura (siguiendo el método de la Lectio Divina u otros) para sintonizarse mejor con la Palabra de Dios. No se puede prescindir de la Biblia para un sano crecimiento durante el Año de la Fe.


5. Leer los documentos del Concilio Vaticano II. El Concilio Vaticano II (1962-1965) ha traído una gran renovación en la Iglesia. Una renovación en la celebración de la Misa, en el rol de los laicos, en la auto-comprensión de la Iglesia y en la relación con los otros cristianos y con los no cristianos. Para llevar adelante la renovación, los católicos deben conocer lo que enseña el Concilio y cómo enriquece la vida de los creyentes.


6. Estudiar el Catecismo. El Catecismo de la Iglesia Católica, publicado exactamente 30 años después del comienzo del Concilio, trata en un solo libro los dogmas de fe, la doctrina moral, la oración y los sacramentos de la Iglesia Católica. Es un verdadero recurso para crecer en la comprensión de la fe.


7. Voluntariado en la parroquia. El Año de la Fe no puede limitarse al estudio y a la reflexión. El sólido fundamento de las Escrituras, del Concilio y del Catecismo debe traducirse en acción. Un óptimo lugar para comenzar es la parroquia, ya que los carismas de cada uno ayudan a construir la comunidad. Todos son bienvenidos para convertirse en ministro de acogida, músico litúrgico, lector, catequista y muchos otros roles de la vida parroquial.


8. Ayudar a los necesitados. La Iglesia exhorta a los católicos a donaciones de caridad y a socorrer a los necesitados durante el Año de la Fe, ya que en el pobre, el marginado y el vulnerable se encuentra Cristo personalmente. Ayudarlos nos conduce cara a cara con Cristo y constituye un ejemplo para todos los demás.


9. Invitar a un amigo a Misa. El Año de la Fe tiene ciertamente una relevancia global, y quiere promover una renovación de fe y de evangelización para toda la Iglesia, pero un cambio real tiene lugar a nivel local. Una invitación personal puede realmente marcar la diferencia para alguien que se ha alejado de la fe o se siente ajeno a la Iglesia. Todos conocemos personas así: por eso es bueno poder invitarlas amigablemente.


10. Encarnar las Bienaventuranzas en la vida de todos los días. Las Bienaventuranzas (Mt. 5, 3-12) ofrecen un rico programa para la vida cristiana. Ponerlas en práctica es muy útil para ser más humildes, más pacientes, más justos, más transparentes, más misericordiosos y más libres. Es precisamente el ejemplo de fe vivida el que atraerá hacia la Iglesia en el Año de la Fe.


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Fuente: Diócesis de Porto-Santa Rufina


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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