miércoles, 3 de octubre de 2012

Aquel viaje que el Papa quiso organizar en secreto

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giovanni XXIII

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Vale la pena leer esta entrevista que L’Osservatore Romano ha realizado al anciano arzobispo Loris Capovilla, otrora secretario del Beato Papa Juan XXIII, sobre la histórica peregrinación que, 50 años atrás, el Papa Roncalli realizó al Santuario de Loreto para confiar a la Santísima Virgen los trabajos conciliares, una visita que será conmemorada por su actual sucesor, Benedicto XVI, que precisamente mañana irá a ese histórico santuario para confiar a Nuestra Señora de Loreto el inminente Año de la Fe y el Sínodo sobre la Nueva Evangelización. Mons. Capovilla, con una gran exactitud en los recuerdos a pesar de sus 97 años de edad, cuenta revela el origen de la iniciativa así como los sentimientos del Papa durante la realización de este ardiente deseo de su corazón.

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L’Osservatore Romano publicó la noticia en la primera página de la edición del 3 de octubre de 1962. El anunció suscitó mucho estupor. Faltaba apenas una semana para la apertura del concilio Vaticano II y Juan XXIII había decidido dirigirse, el 4 de octubre sucesivo, en peregrinación a Loreto y a Asís para confiar a la Virgen los trabajos conciliares y para llenar el alma de la espiritualidad franciscana. Fue un hecho insólito para aquellos tiempos ver al Papa subir a un tren, dejar el Vaticano y atravesar una parte de Italia a lo largo de la vía ferroviaria. ¿Cómo vivió el Papa Roncalli aquella jornada y cómo la vivieron los italianos? Lo recuerda para nosotros aquel que fue su secretario particular, el arzobispo Loris Capovilla, ex prelado de Loreto, hoy con noventa y siete años, que conserva de aquel día – como, por otro lado, de todo el período vivido junto a Juan XXIII – un lúcido recuerdo.

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¿Cómo nació en el Papa Roncalli la decisión de ir a Loreto para confiar el Vaticano II a la Virgen?


Fue una decisión repentina, si bien hija de un deseo madurado en el tiempo. Desde que fue elegido para el pontificado, Juan XXIII manifestó, de hecho, la voluntad de dirigirse al Santuario de Loreto – considerado por él como el más importante santuario mariano del mundo – para llevar a la Iglesia de rodillas frente al misterio de la Encarnación del Verbo. Una serie de circunstancias, junto al parecer contrario de algunos de sus colaboradores, hicieron posponer el viaje hasta dejar caer el proyecto.


Una tarde, cuando faltaban pocos días para la apertura del concilio Vaticano II, el Pontífice, concluida su oración, hizo llamar al secretario de Estado, el cardenal Amleto Cicognani, y le pidió organizar la peregrinación a Loreto antes de la asamblea conciliar. Le recomendó, sin embargo, no informarme de nada, hasta que estuvieran las cosas hechas. Estaba ya enfermo y soportaba grandes dolores. Sabía que yo habría tratado de disuadirlo de todas las maneras. El cardenal, en cambio, hombre muy prudente y lleno de afecto por el Papa Roncalli, me lo comunicó de inmediato. También él estaba preocupado por las condiciones de salud del Pontífice pero me hizo entender que su determinación era tal que no habría salida.


Cuando más tarde nos volvimos a encontrar en casa, el Santo Padre notó mi preocupación y me preguntó al respecto. Le comenté el diálogo tenido con el secretario de Estado y me atreví a confiarle que había tomado su reserva para conmigo como una falta de confianza. Ojalá no lo hubiese dicho: parecía un niño sorprendido con las manos en la masa y listo para todo con tal de ser perdonado. Me confesó el ardor de su deseo y el temor de mi contrariedad en razón de sus condiciones de salud. Sólo cuando le aseguré que nunca le faltaría la fidelidad y la prontitud en servirlo en todo deseo suyo, lo vi sereno y sonriente de nuevo. Recuerdo que me tomó de la mano, me llevó a su capilla privada y me dijo: “Loris, ven, vamos a rezar”. Rezamos largo rato aquella noche.

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¿Por qué decidió viajar en tren y no en automóvil?


Fue para hacer un homenaje a Italia. Era 1962 y hacía pocos meses que el país había celebrado el centenario de la unidad, aniversario al cual el Papa había participado espiritualmente con fervor y con respeto, sobre todo a través de la oración. Se pensó, por lo tanto, en dar un sentido ulterior a esta participación haciendo recorrer al Papa los caminos del así llamado “dominio de San Pedro”, el corazón de Italia, es decir el Lacio, la Umbría y las Marcas, con un medio de los Ferrocarriles del Estado. Estaba muy agradecido el presidente de la República Antonio Segni, que fue a rendirle homenaje a la partida junto al presidente del Consejo de ministros Amintore Fanfani. Le aseguraron que habría sido acogido en aquellas tierras no como el príncipe despojado sino como el padre amado.

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Un amor que los italianos le demostraron realmente a lo largo de todo el trayecto. ¿Qué recuerda e particular de aquel viaje en tren?


Todo. Cada momento. Fue una experiencia bellísima. Nunca visto nada similar hasta aquel momento. Entonces no había ninguna organización de grupos o movimientos que invitasen a la movilización. Fue algo absolutamente espontáneo. La gente conoció la noticia de improviso y, sin embargo, acudió numerosísima, con gran espontaneidad. Realmente lo amaban mucho y no quisieron perder la ocasión de testimoniarlo de cerca.


A pesar de que fue un encuentro totalmente singular, desarrollado a lo largo de algunos cientos de kilómetros, lo he vivido y lo recuerdo con el mismo calor y con el mismo agrado con el cual se recuerdan los encuentros en torno a la chimenea de casa, en una familia hermosa y grande. Y en aquel día, en efecto, una gran familia, la italiana, se reunió en torno al Papa. Y no eran tiempos fáciles. Tampoco para la Iglesia. Pero el Pontífice logró unir a todos.


El viaje sufrió notables retrasos en el programa. Estaban previstas pequeñas paradas en algunas estaciones. Pero nadie habría imaginado nunca lo que realmente sucedió. La que más me ha quedado impresa es la parada en Terni, entonces llamada “la roja” por su marcada caracterización política. Nadie pensó ni remotamente en cerrar las fábricas con ocasión del paso del Papa, y sin embargo la estación de Terni estaba literalmente invadida por los obreros. El tren se detuvo por un tiempo largo para permitir a Juan XXIII permanecer con ellos lo más posible. Recuerdo muchas personas que lloraban conmovidas. No querían dejarlo partir. El Papa Roncalli, que se sentía muy cercano a la gente sencilla, permaneció profundamente impresionado. Escenas que se repetían a lo largo de todas las estaciones del trayecto, también aquellas donde no estaba prevista la parada. El tren debía disminuir la velocidad casi hasta detenerse.

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Y por la tarde, al volver, ¿le confió las emociones que había sentido?


Sobre todo dijo estar feliz por haber podido “encontrar” a la Virgen de Loreto y a San Francisco – la peregrinación, como se sabe, también incluía Asís – antes de comenzar la gran asamblea conciliar. Se sentía, como dijo, espiritualmente satisfecho. Luego, cuando recorrimos brevemente con la memoria las distintas etapas de la jornada, me asombró el entusiasmo con el cual el Papa recordaba sobre todo el segundo paso por Foligno, después de volver de Loreto. Habían pasado algunas horas desde el primer paso. Y no estaba prevista una parada. Era muy tarde, y sin embargo toda la gente estaba allí, a lo largo de la estación. Tal vez había más gente que antes. Recuerdo a los niños y sus gritos, la gran fiesta de gente, de colores, de cantos. El tren tuvo que frenar hasta detenerse. Luego se hizo silencio repentinamente. Precisamente a la altura del grupo de los niños el Papa se había asomado a la ventanilla y había comenzado a hablar con ellos.

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¿Y qué les dijo?


Como de costumbre bromeó: “¿Habéis visto, hijitos míos? Por el camino – dijo – se va y a veces se vuelve. Yo he vuelto entre vosotros porque, mientras muchos dicen que el mundo envejece, vosotros gritáis que no es cierto. Cristo lo rejuvenece continuamente en vosotros y la Virgen lo cuida. A la Virgen he confiado recién a la Iglesia, a vosotros confío el mundo, el del mañana. No lo hagáis envejecer. Quería deciros esto”. Éste fue el último pensamiento de una jornada inolvidable. “Quién sabe – se preguntó casi murmurando afablemente mientras se dirigía hacia su habitación – si aquellos niños me habrán comprendido”. Cerró la puerta a sus espaldas, pero creo que continuó rezando. La luz se apagó muy tarde aquella noche.

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Fuente: Il Sismografo


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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