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domingo, 10 de marzo de 2013

La herencia de Benedicto XVI, agenda del próximo Papa

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Presentamos nuestra traducción del artículo de Monseñor Bruno Forte, Arzobispo de Chieti-Vasto, sobre la herencia de Benedicto XVI que, de acuerdo a su visión, marca las grandes prioridades de la agenda del próximo Sumo Pontífice.

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¿Cuál es la herencia que Benedicto XVI deja a su Sucesor? La respuesta a esta pregunta pasa a través del entero pontificado del Papa emérito, teólogo profundo, creyente enamorado, humilde trabajador en la viña del Señor y, sobre todo ahora, peregrino de Dios en el silencio de la adoración y en la oración de intercesión.


Cuatro tareas prioritarias me parecen delinearse para el próximo Obispo de Roma, partiendo de las mismas palabras con que el Pontífice ha motivado su renuncia: “ En el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”.


La primera de las urgencias que resulta importante para el Papa Benedicto es, por lo tanto, la vida de fe, respecto a la cual el mundo actual está agitado por cuestiones de gran relieve. Durante el tiempo de su ministerio de Sucesor de Pedro, él ha insistido en el primado de Dios y en la obediencia que se le debe dar en todo. Precisamente así, el Pontífice emérito ha sido un reformador espiritual, que con firmeza ha querido renovar la Iglesia en el amor a Cristo, en la fe incondicional en Él y en el testimonio generoso y apasionado de su belleza a los hombres.


Convencido de que la verdadera reforma no es, en primer lugar, la de las estructuras o de las formas exteriores, Benedicto XVI, también a costa de pagar un precio altísimo al renunciar a la apariencia justificadora para obedecer a la verdad, ha recordado a la Iglesia la necesidad absoluta de agradar a Dios.


El modo límpido y decidido con que ha afrontado los escándalos y pecados realizados por personas consagradas, el pedido de perdón a quienes habían sido ofendidos por aquellos comportamientos – haciéndose cargo como inocente de las culpas de los hijos infieles de la Iglesia -, la firmeza de la lucha contra todo carrerismo por parte de eclesiásticos, la serenidad testimoniada también frente a traiciones e incomprensiones, no sólo hablan de la estatura espiritual de este Papa sino que permanecen como un ejemplo y un camino a seguir para el futuro.


Vinculada a la reforma espiritual de la Iglesia, una segunda prioridad ha surgido con cada vez mayor insistencia en el magisterio de Benedicto XVI: la nueva evangelización. A ella se ha referido al comunicar su renuncia, hablando del vigor necesario “para anunciar el Evangelio”.


Cuando en el 2010 instituyó el Pontificio Consejo a ella dedicado, utilizó referencias autobiográficas incluso conmovedoras, cuando dijo haber querido dar así “un cauce operativo a la reflexión que había llevado a cabo desde hacía largo tiempo sobre la necesidad de ofrecer una respuesta particular al momento de crisis de la vida cristiana, que se está verificando en muchos países, sobre todo de antigua tradición cristiana”.


Se siente en estas palabras el amor profundo del Papa emérito a Cristo y la condición de “amor herido”, experimentada al ver a muchos alejarse del tesoro del Evangelio o mostrarse indiferentes al mismo.


El nuevo Papa deberá encontrar formas y modos para que la belleza de la fe fascine nuevamente los corazones y la esperanza del Evangelio se convierta para muchos en luz en la noche de un tiempo, en el que tantos parecen no sufrir ya la falta de Dios.


Tal empresa no podrá ciertamente ser conducida por una sola persona: se perfila aquí la tercera de las prioridades con que deberá medirse quien suceda a Benedicto XVI, el ejercicio de la colegialidad episcopal. A ella se refiere la necesidad de proveer adecuadamente al gobierno de la Iglesia, a la que el Pontífice hacía referencia en la declaración sobre su renuncia. Había sido el mismo Ratzinger quien indicó esta prioridad al comienzo de su pontificado: “A todos los hermanos en el episcopado les pido también que me acompañen con la oración y con el consejo… El Sucesor de Pedro y los obispos, sucesores de los Apóstoles, tienen que estar muy unidos entre sí, como reafirmó con fuerza el Concilio. Esta comunión colegial, aunque sean diversas las responsabilidades y las funciones del Romano Pontífice y de los obispos, está al servicio de la Iglesia y de la unidad en la fe de todos los creyentes, de la que depende en gran medida la eficacia de la acción evangelizadora en el mundo contemporáneo. Por tanto, quiero proseguir por esta senda, por la que han avanzado mis venerados predecesores, preocupado únicamente de proclamar al mundo entero la presencia viva de Cristo” (20 de abril de 2005).


Algunos pasos en esta dirección ciertamente han sido dados, por ejemplo con la celebración de los Sínodos de los Obispos. Sin embargo, un incremento efectivo del gobierno colegial de la Iglesia no podrá no pasar a través de una reforma profunda de la Curia Romana y, en general, a través de estilos eclesiales de sobriedad cada vez mayor y de responsabilidad compartida de los pastores. En este punto Benedicto XVI ha ofrecido principios, que corresponderá al Sucesor traducir en la práctica hasta el fondo.


Finalmente, el anuncio renovado del Evangelio al mundo no podrá ocurrir de manera adecuada sin que se realicen dos condiciones, que conforman la cuarta prioridad dejada en herencia por el Papa emérito a quien le sucederá: el diálogo, con referencia por una parte a la revitalización del ecumenismo, por otra parte a una actitud cada vez más incisiva de confianza y amistad hacia la entera familia humana. Las dificultades surgidas en estos años en campo ecuménico no son ciertamente debidas a Benedicto XVI, que, en cambio, desde el comienzo ha querido dar un fuerte impulso al compromiso por la unidad querida por el Señor. Con los Ortodoxos, después del significativo paso dado con el Documento de Rávena del 2007 sobre el ministerio de unidad a nivel universal, que parecía abrir el camino al reconocimiento común del primado del Obispo de Roma, la resistencia por parte de las bases de las Iglesias ortodoxas se ha ido manifestando de manera preocupante.


Con los herederos de la Reforma, después del precioso acuerdo sobre la doctrina de la justificación de 1999, no parece que haya habido pasos hacia delante significativos. Con los Anglicanos, los gestos de atención y acogida de Benedicto XVI no han sido comprendidos o aceptados por todos. Es necesario, en pocas palabras, un nuevo impulso, que pueda volver a motivar en las diversas confesiones cristianas la pasión por la unidad por la cual Jesús ha orado: al nuevo Papa, y al colegio de los obispos con él, se presenta el desafío ineludible de avanzar por este camino, en continuidad con el mensaje del Concilio Vaticano II.


Al mismo tiempo, en un mundo cada vez más globalizado, en el cual las identidades locales advierten el riesgo y la amenaza de la misma globalización, el diálogo con las culturas y en general con el mundo contemporáneo parece una necesidad prioritaria.


Se requerirá también aquí un nuevo impulso, que atesore las premisas puestas por Benedicto XVI, por ejemplo en el diálogo con los no creyentes y los lejanos, para construir puentes de simpatía y de amistad, capaces de atraer corazones y de poner en marcha diálogos significativos y colaboraciones eficaces. Los cincuenta años de la apertura del Vaticano II traen a la memoria de todos el estilo de bondad y de confianza de Juan XXIII, al cual deberá conjugarse un conocimiento profundo y articulado de la complejidad de los escenarios de la “aldea global”. La sorpresa, que el Espíritu invocado sobre el próximo Cónclave reserva a la Iglesia, deberá ofrecer una respuesta convincente también a esta última y no sencilla urgencia.


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Fuente:
Il blog degli amici di Papa Benedetto XVI – Joseph Ratzinger


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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martes, 8 de enero de 2013

Mons. Marchetto: “El drama del post-Concilio ha sido separar fidelidad y renovación”

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Presentamos nuestra traducción de la interesante entrevista que el Arzobispo Agostino Marchetto ha concedido a Korazym sobre el Concilio Vaticano II, su historia, su interpretación y la relación con la crisis del post-Concilio, temas a los cuales ha dedicado su labor como historiador de la Iglesia.

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Excelencia, en los tiempos del Concilio usted tenía veinte años o poco más. ¿Cuál es su recuerdo directo de ese acontecimiento?


Ingresé al seminario a los 19 años. He podido seguir algo en televisión y la misma lectura de los periódicos estaba regulada. Un profesor nos llevaba todos los libros que salían con ocasión del Concilio, nos los prestaba y los leíamos con mucho interés. Cada profesor en clase daba luego su versión. En el ’64 vine a Roma y participé en alguna ceremonia pública, quedando muy impresionado por el esplendor del mundo eclesiástico. Es cierto que en esta universalidad ha habido una explosión de presencia del mundo entero, y creo que para el mundo ha sido un signo: la unidad de la familia humana. De Gaulle dijo que la celebración del Concilio era el acontecimiento más grande del siglo no sólo para la Iglesia católica sino también para el mundo, y no era el único que sostenía esto.

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¿De dónde se deriva el bipolarismo interno entre una lectura progresista y una lectura conservadora del Concilio?


Sin adaptarnos a la jerga parlamentaria, creo que se puede aceptar una categoría más neutral: mayoría y minoría, que en el Concilio eran variables. Se puede decir que la mayoría estaba en general a favor de la renovación, mientras la minoría era más sensible al aspecto de fidelidad a la Tradición. Son, además, las dos grandes almas del catolicismo, que deben colaborar y estar juntas. En el Concilio, Tradición y renovación se han abrazado y esta ha sido, en mi opinión, su grandeza, como expresión de un Concilio ecuménico y de una Iglesia católica en comunión con Roma.

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¿El Vaticano II no podía desarrollarse de otra manera?


El medio usado para llegar a conclusiones en las que todos podían reconocerse ha sido el diálogo, el voto, la aceptación del otro. “Audiatur et altera pars”, “escúchese también la otra parte”. Esto no es compromiso, término que se usa para degradar los documentos conciliares. Para mí, en cambio, es el signo de la catolicidad: las dos partes deben tener en cuenta la una a la otra. Como decía el cardenal Frings: no son compromisos sino encontrar una formulación sobre la cual todos puedan asentir. La característica principal del catolicismo es poner juntos: fidelidad a la Tradición en la renovación, aquello que Benedicto XVI llama reforma, o, usando un término de Juan XXIII, aggiornamento. Existían sin embargo dos extremos, importantes por las consecuencias que han tenido en el post-Concilio: por una parte, Lefebvre y sus seguidores; por otra, cuantos en la mayoría sostenían que el Concilio se había opuesto a la obra de Pablo VI, que habría sido, según ellos, quien enterró el Concilio, visión predominante en el post-Concilio.

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Su hermenéutica, en cambio, se ubica desde siempre en la línea de la reforma en la continuidad, teorizada por el Papa en un pasaje del discurso a la Curia Romana del 2005. ¿Usted estaba detrás?


No, yo no he sabido nada de ese discurso hasta que fue pronunciado. Pero evidentemente mi libro (“El Concilio Ecuménico Vaticano II. Contrapunto para la historia”) había ya aparecido, en junio de 2005. Y, de todos modos, en “Informe sobre la Fe”, el Papa ya estaba en aquella línea, como cardenal.

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En su libro, usted identifica tres aspectos de la hermenéutica conciliar.


Benedicto XVI habla de “reforma en la continuidad del único sujeto Iglesia”, porque el mismo Papa dice que a diversos niveles puede haber continuidad o discontinuidad. Yo, aún siendo obispo, no hablo como obispo, sino como historiador que adopta el método histórico-crítico y sostengo, desde 1990, que esta posición encuentra su fundamento en la historia verídica. Es la historia la que me dice que en el Vaticano II ha estado este poner juntos, este deseo de renovación en la continuidad, este “et, et”, no romper sino construir y hacer una reforma. Desde hace algún tiempo ha habido una un juicio de ruptura no sólo por parte de aquellos que era la franja extrema de la mayoría conciliar y sus sucesores, sino también en el otro extremo. Unos dicen que ha estado el Concilio y que es necesario seguir adelante, casi como si hubiera un Concilio permanente, como si el Vaticano II sólo hubiese puesto algunas semillas, pero ahora fuera necesario tener los frutos. Los otros afirman, en cambio, que es precisamente una ruptura, por lo cual se debe volver a antes del Concilio. Estas dos posiciones no son buenas, hay como una ceguera: las convicciones que se tienen impiden ver aquello que se puede ver.

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Un acontecimiento que, de todos modos, no deja a nadie indiferente…


Pienso que está bien que no nos deje indiferentes, porque es un gran acontecimiento; para la Iglesia católica es un faro o, como dice el Papa, una brújula. Pero para que la brújula funcione es necesario asegurarle ciertas condiciones, respecto a la historia y al estudio de la hermenéutica.

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¿Puede explicarnos estas condiciones?


Yo siempre identifico tres etapas, a las que añado adjetivos. In primis una historia verídica – un adjetivo que usaba mucho don Giuseppe De Luca -, y no ideológica, en la que entra una interpretación que no está en la línea de la objetividad sino de la persona que tiene pre-conceptos, prejuicios y quiere unir el acontecimiento a lo que según ella debía ser el Concilio. Todavía no hay una historia verídica también porque muchos, como fuentes, han ido a los diarios personales de los Padres en lugar de inspirarse en las Acta Sinodalia. La segunda etapa es la hermenéutica, es decir, la interpretación, que debe basarse en una historia verídica. La última es la recepción. Un Concilio no es que sea Concilio porque hay una recepción, pero para que incida en la vida de la Iglesia se requiere una recepción. Esta debe ser adecuada, fiel, pero la fase de la recepción no es otro Concilio, no es una creatividad casi sin referencia al Concilio. Se necesita una interpretación correcta para tener una recepción correcta y todavía tenemos un camino por hacer.

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¿Es aquí donde se esconden los riesgos?


Pienso que la fascinación de lo nuevo ha tenido mucho que ver. Para muchos el Concilio es todo lo nuevo que se ha dicho, por lo cual la trama, que es fidelidad y renovación, se ha deshecho y se han vuelto parciales, no teniendo en cuenta la complejidad. En el Concilio ambos elementos estuvieron juntos; luego cada uno tomó de aquel conjunto su contribución y no ha habido más Concilio. Y éste es, en mi opinión, el drama del post-Concilio. Pero no debemos acusar al Concilio, como hacen algunos que dicen que hay en él elementos ambiguos. El post-Concilio no es Concilio. El Concilio es una enseñanza extraordinaria del Papa unido a todos los obispos. Después del Concilio puede estar el magisterio ordinario, que debemos respetar y acoger. Sin embargo, se debe distinguir entre Concilio y post-Concilio.

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¿Ha habido una influencia del ’68?


En el post-Concilio ha habido una crisis de la aceptación del Magisterio, una crisis del laicado organizado; yo pienso que ha habido una crisis teológica, una crisis sacerdotal y en la vida religiosa. Esta crisis católica ha coincidido con la crisis de la sociedad occidental. ¿Cuál es la relación entre estas dos crisis? El movimiento del ’68 ha influido sobre el movimiento de contestación en la Iglesia. Pienso que esta hostilidad a las instituciones se ha trasladado al interior de la Iglesia respecto a las instituciones eclesiales. Sin embargo, el disenso católico era anterior, había aspectos precedentes a la crisis del ’68 y a la crisis de la Iglesia ocurrida después del Vaticano II.

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Usted definió el Concilio como su “segundo amor histórico”. ¿Cuánto esfuerzo le cuesta estos estudios que, por otro lado, ha llevado adelante también durante su ministerio alrededor del mundo?


Yo he sido medievalista hasta 1990; luego mi profesor, monseñor Maccarrone, me invitó a indagar la edad contemporánea, porque es una edad importantísima, en la que se juega el presente, fruto de 2000 años de historia, y el futuro. El binomio fundamental de mis investigaciones es episcopado y primado pontificio, y la historia ha sido una ayuda para mi misión. Recuerdo el examen de historia que me tomó Juan Pablo II cuando me envió a Bielorrusia, antes de partir… A veces, sin embargo, faltaba el tiempo, porque era necesario dar lugar a la pastoral. He estado 20 años en África y he sido también yo un obispo africano: administraba los sacramentos, predicaba la Palabra de Dios, visitaba las comunidades como los otros obispos. Y luego, como nuncio, debía encargarme del aspecto diplomático, como instrumento al servicio de la paz, de la comprensión, de la libertad de conciencia, de religión. La permanencia en África explica el género literario de mi ser historiador. Como se ve por mis libros, son notas, recensiones incluso bastante importantes: un género no menor, decía el cardenal Bea que de esto entendía, porque no hay auténtica recensión si no ayuda el proceder de la investigación científica. Era también, un poco, un refugio. Por lo tanto, no sólo fatiga sino también alegría y la posibilidad de tener una rendija hacia lo universal incluso cuando uno está inmerso en una localidad que a veces es de guerra, contrastes, tribalismo, hambre, enfermedades.

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Hablando del Concilio, usted no usa el término evento…


Si con “evento” se entiende gran acontecimiento, no tengo dificultad. Yo siempre he escrito Magno Concilio Vaticano, y mi admiración, que es también fruto de fe, es precisamente por esta realidad que nosotros tenemos: este hilo conductor que se encuentra en la historia de la Iglesia, y son los Concilios ecuménicos, y el otro gran hilo conductor que es el primado del Obispo de Roma. Pero cuando los teólogos hablan en contexto histórico, “evento” significa otra cosa, que no está ya en la línea de la teología. Después del prevalecer en la historiografía civil de la historia del largo período, a partir de 1950 nace l’histoire événementielle...Para que haya un evento, se requiere la repercusión mediática, que facilita la explosión y la aceptación de este tipo de historia. Pero una característica del evento es la ruptura. Si los historiadores de la Iglesia asumen esta palabra, es ya una interpretación en el sentido de la ruptura o de la revolución.

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¿Cuánta atención se presta hoy al espíritu del Concilio y cuánta al cuerpo (los documentos)?


Digo siempre que el espíritu, que es el alma, es el alma de este cuerpo, y el cuerpo es cuerpo de esta alma. También el Papa ha repetido que no puede haber una contradicción entre espíritu y cuerpo conciliar, y el espíritu se deriva de este cuerpo conciliar. Mucho se ha apuntado sobre esto, con el fin de introducir lo que se quería, es decir, lo que el autor pensaba que debía ser el espíritu del Concilio, limitando su interpretación. Es el aspecto ideológico de la interpretación…

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¿Qué tan inequívocos son los diarios de los diversos Padres Conciliares? ¿Qué tan atendibles?


Inequívocos no; atendibles en cuanto diario. Evidentemente cada Padre reacciona y escribe precipitadamente, y a veces al siguiente día se corrige a sí mismo o pide perdón, como por ejemplo hizo el Cardenal Siri, y para mí ésta es también la grandeza de un hombre. Confrontando con las Acta Sinodalia, que son las actas oficiales, nos damos cuenta de que quien escribía el diario no sabía diversas cosas. Muchos referían los rumores, y hay muchos juicios también apresurados o parciales. Por lo cual la comparación entre los diarios privados es fundamental y entre ellos hay una gradualidad. ¿Por qué un autor elige algunos diarios sobre los cuales basar sus estudios, y no otros? Este filtro que cada uno realiza revela a quien usa el filtro. Las fuentes deben tener su jerarquía: primero deben estar las oficiales – en las Actas están contenidas todas las intervenciones, orales y escritas, pero, con alguna excepción, no están publicados los trabajos internos de las diversas comisiones – y luego las diversas fuentes privadas.

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¿Qué hace el historiador con estos diarios?


Primero debe tratar de interpretarlos. Leerlos es ya una gran dificultad. Incluso escuchando las grabaciones en latín, es muy difícil tener el texto. Y luego hay que predisponer el aparato crítico, ponerlos en la arena de los estudios, consultar las diversas fuentes. En el fondo, ¿qué hacemos nosotros con los periódicos? Yo, al menos, trato de leer las diversas tendencias para hacerme un juicio. Pero si puedo ir al origen, a la fuente de los diversos hechos, tal vez soy un afortunado. Y somos afortunados de tener 62 grandes volúmenes, escritos en latín, aún si esto es un problema para muchísima gente…

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¿Cuáles son, en su opinión, los textos realmente de referencia para quien quisiera conocer mejor el Concilio?


Excluyo los últimos libros publicados, cuya lectura no he completado aún. Para quien quisiese introducirse al Vaticano II, el libro de Zambarbieri (“Los concilios del Vaticano”) podría servir. En mis libros, de todos modos, surge a partir de la crítica cuáles con aquellos que considero más y aquellos que considero menos, porque los juicios no son todos iguales. En general, indico los aspectos positivos y también las críticas.

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¿Cuál ha sido la importancia del Concilio para la Iglesia y para el mundo?


El Concilio es un “ícono” de la Iglesia. La gran cuestión es que la Iglesia ha dado un cierto paso, pero la otra parte ha desilusionado en la respuesta. Es decir: yo creo que la Iglesia se ha puesto en disposición de diálogo con el mundo contemporáneo, ha hecho una conversión, pero diría que no se ha encontrado con la otra parte, ha desaparecido, sea por la cuestión filosófica, sea por la materialista, el individualismo, las rupturas, las violencias, por las cuales la cuestión de la evangelización se vuelve a proponer. ¿Cuál era la finalidad del Concilio? Presentar la buena noticia por parte de una Iglesia que buscaba estar menos desfigurada respecto a aquello que era el pensamiento del Señor. Por fortuna la Iglesia es universal, y esto nos consuela, pero el secularismo es un gran fenómeno. El pensamiento de Dios desaparece y también nosotros estamos insertos en el mundo actual y tenemos nuestros problemas.

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¿Éste es el futuro del Concilio?


Estaba quien proponía hacer un tercer Concilio para superar las “incongruencias” del segundo… ¡Ilusión! Dado que la Iglesia es católica, debe considerar el aspecto Tradición, que se desarrolla, homogéneamente, pero en absoluto se la puede anular, de otra manera ya no se e católico. Y en la Tradición hay temas difíciles para el hombre contemporáneo…

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En la presentación de su libro en los Museos Capitolinos, el cardenal Farina lo ha definido un “histórico de raza”, deseando que nos regale “una obra sistemática, completa y exhaustiva” de la historia del Concilio Vaticano II. ¿Tiene en mente proyectos para nuevos trabajos editoriales?


El año próximo debería salir, con ocasión de mis 70 años, el libro “Episcopado y primado pontificio”, que podrá ser útil para el diálogo ecuménico. En cuanto al Concilio, tengo el deseo, pero tengo 72 años y una obra tan amplia no es fácil para una sola persona. He enseñado cuando estaba en Mozambique, pero no he tenido una cátedra y por lo tanto no tengo un equipe, ¡veremos! Mientras tanto leo mucho, y es fundamental. Ahora, con todos los libros sobre el Concilio que se publican, es difícil estar al día, pero debo hacerlo, ésta es la tarea. El Año de la Fe ha sido ocasión para muchos de volver a poner las manos en el arado. A veces hay también una inflación, pero es normal y atestigua un interés que permanece, porque es un gran acontecimiento y la Iglesia ha demostrado querer retomar un diálogo de salvación con el hombre contemporáneo.

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Fuente: Korazym


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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viernes, 12 de octubre de 2012

Benedicto XVI: “Después de 50 años, también hoy estamos felices, pero con una alegría más sobria y humilde”

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Para recordar la noche del 11 de octubre de 1962 en la que, después de la inauguración del Concilio Vaticano II, una multitud con antorchas colmó la Plaza San Pedro haciendo que el Papa Juan XXIII se asomara por la ventana del Palacio Apostólico y pronunciara espontáneamente aquellas inolvidables palabras que luego pasarían a la historia como el “discurso de la Luna”, la diócesis de Roma organizó, ayer por la noche, una procesión con velas hacia la Plaza en la que, luego de un momento de oración, desde la misma ventana del Palacio Apostólico, el Papa Benedicto XVI pronunció unas bellas palabras de saludo y bendición, que ahora ofrecemos en nuestra traducción al español.


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"Cincuenta años atrás, en este día, también yo estuve aquí en la Plaza con la mirada hacia esta ventana donde se asomó el Papa bueno, el Beato Papa Juan, y nos habló con palabras inolvidables, palabras llenas de poesía, de bondad, palabras del corazón. Estábamos felices, llenos de entusiasmo.


El gran Concilio Ecuménico estaba inaugurado, estábamos seguros de que debía venir una nueva nueva primavera de la Iglesia, un nuevo Pentecostés, una nueva presencia fuerte de la Gracia liberadora del Evangelio.


También hoy estamos felices, traemos alegría en nuestro corazón, pero diría que una alegría tal vez más sobria, una alegría humilde. En estos cincuenta años hemos aprendido y experimentado que el pecado original existe y se traduce siempre de nuevo en pecados personales que pueden también convertirse en estructuras de pecado. Hemos visto que en el campo del Señor hay siempre también cizaña. Hemos visto que en la red de Pedro se encuentran también peces malos. Hemos visto que la fragilidad humana está presente también en la Iglesia, que la barca de la Iglesia está navegando también con el viento en contra, con tempestades que amenazan la barca. Y alguna vez hemos pensado: ¿El Señor dónde está? ¡Nos ha olvidado! Esto es una parte de las experiencias de estos cincuenta años.


Pero hemos tenido también la nueva experiencia de la presencia del Señor, de su bondad, de su fuerza. El fuego del Espíritu Santo, el fuego de Cristo, no es fuego devorador, destructivo, es un fuego silencioso, es una pequeña llama de bondad, de bondad y de verdad que transforma, de luz y calor. Hemos visto: el Señor no nos olvida, también hoy con su modo humilde, el Señor está presente y da calor a los corazones, muestra vida, crea carismas de bondad y de caridad que iluminan el mundo y son para nosotros garantía de la bondad de Dios. Sí, Cristo vive, está con nosotros también hoy y podemos estar felices también hoy porque su bondad no se apaga y es fuerte también hoy.



Finalmente me animo a hacer mías las inolvidables palabras del Papa Juan. Id a casa, dad un beso a los niños y decidles que es de parte del Papa. Con esto, de todo corazón, os imparto mi bendición".

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Fuente: Korazym


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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jueves, 11 de octubre de 2012

Con la mirada puesta en Cristo, comienza el Año de la Fe

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En el día del comienzo del Año de la Fe presentamos la extraordinaria homilía pronunciada por el Santo Padre Benedicto XVI en esta solemne ocasión, un texto que, sin duda, pasará a formar parte de las intervenciones más importantes del Magisterio del actual Pontificado.

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Venerables hermanos, queridos hermanos y hermanas.


Hoy, con gran alegría, a los 50 años de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, damos inicio al Año de la fe. Me complace saludar a todos, en particular a Su Santidad Bartolomé I, Patriarca de Constantinopla, y a Su Gracia Rowan Williams, Arzobispo de Canterbury. Un saludo especial a los Patriarcas y a los Arzobispos Mayores de las Iglesias Católicas Orientales, y a los Presidentes de las Conferencias Episcopales. Para rememorar el Concilio, en el que algunos de los aquí presentes – a los que saludo con particular afecto – hemos tenido la gracia de vivir en primera persona, esta celebración se ha enriquecido con algunos signos específicos: la procesión de entrada, que ha querido recordar la que de modo memorable hicieron los Padres conciliares cuando ingresaron solemnemente en esta Basílica; la entronización del Evangeliario, copia del que se utilizó durante el Concilio; y la entrega de los siete mensajes finales del Concilio y del Catecismo de la Iglesia Católica, que haré al final, antes de la bendición. Estos signos no son meros recordatorios, sino que nos ofrecen también la perspectiva para ir más allá de la conmemoración. Nos invitan a entrar más profundamente en el movimiento espiritual que ha caracterizado el Vaticano II, para hacerlo nuestro y realizarlo en su verdadero sentido. Y este sentido ha sido y sigue siendo la fe en Cristo, la fe apostólica, animada por el impulso interior de comunicar a Cristo a todos y a cada uno de los hombres durante la peregrinación de la Iglesia por los caminos de la historia.


El Año de la fe que hoy inauguramos está vinculado coherentemente con todo el camino de la Iglesia en los últimos 50 años: desde el Concilio, mediante el magisterio del siervo de Dios Pablo VI, que convocó un «Año de la fe» en 1967, hasta el Gran Jubileo del 2000, con el que el beato Juan Pablo II propuso de nuevo a toda la humanidad a Jesucristo como único Salvador, ayer, hoy y siempre. Estos dos Pontífices, Pablo VI y Juan Pablo II, convergieron profunda y plenamente en poner a Cristo como centro del cosmos y de la historia, y en el anhelo apostólico de anunciarlo al mundo. Jesús es el centro de la fe cristiana. El cristiano cree en Dios por medio de Jesucristo, que ha revelado su rostro. Él es el cumplimiento de las Escrituras y su intérprete definitivo. Jesucristo no es solamente el objeto de la fe, sino, como dice la carta a los Hebreos, «el que inició y completa nuestra fe» (12,2).


El evangelio de hoy nos dice que Jesucristo, consagrado por el Padre en el Espíritu Santo, es el verdadero y perenne protagonista de la evangelización: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres» (Lc 4,18). Esta misión de Cristo, este dinamismo suyo continúa en el espacio y en el tiempo, atraviesa los siglos y los continentes. Es un movimiento que parte del Padre y, con la fuerza del Espíritu, lleva la buena noticia a los pobres en sentido material y espiritual. La Iglesia es el instrumento principal y necesario de esta obra de Cristo, porque está unida a Él como el cuerpo a la cabeza. «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21). Así dice el Resucitado a los discípulos, y soplando sobre ellos, añade: «Recibid el Espíritu Santo» (v. 22). Dios por medio de Jesucristo es el principal artífice de la evangelización del mundo; pero Cristo mismo ha querido transmitir a la Iglesia su misión, y lo ha hecho y lo sigue haciendo hasta el final de los tiempos infundiendo el Espíritu Santo en los discípulos, aquel mismo Espíritu que se posó sobre él y permaneció en él durante toda su vida terrena, dándole la fuerza de «proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista»; de «poner en libertad a los oprimidos» y de «proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).


El Concilio Vaticano II no ha querido incluir el tema de la fe en un documento específico. Y, sin embargo, estuvo completamente animado por la conciencia y el deseo, por así decir, de adentrase nuevamente en el misterio cristiano, para proponerlo de nuevo eficazmente al hombre contemporáneo. A este respecto se expresaba así, dos años después de la conclusión de la asamblea conciliar, el siervo de Dios Pablo VI: «Queremos hacer notar que, si el Concilio no habla expresamente de la fe, habla de ella en cada página, al reconocer su carácter vital y sobrenatural, la supone íntegra y con fuerza, y construye sobre ella sus enseñanzas. Bastaría recordar [algunas] afirmaciones conciliares… para darse cuenta de la importancia esencial que el Concilio, en sintonía con la tradición doctrinal de la Iglesia, atribuye a la fe, a la verdadera fe, a aquella que tiene como fuente a Cristo y por canal el magisterio de la Iglesia» (Audiencia general, 8 marzo 1967). Así decía Pablo VI.


Pero debemos ahora remontarnos a aquel que convocó el Concilio Vaticano II y lo inauguró: el beato Juan XXIII. En el discurso de apertura, presentó el fin principal del Concilio en estos términos: «El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado de forma cada vez más eficaz… La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina… Para eso no era necesario un Concilio... Es preciso que esta doctrina verdadera e inmutable, que ha de ser fielmente respetada, se profundice y presente según las exigencias de nuestro tiempo» (AAS 54 [1962], 790. 791-792).


A la luz de estas palabras, se comprende lo que yo mismo tuve entonces ocasión de experimentar: durante el Concilio había una emocionante tensión con relación a la tarea común de hacer resplandecer la verdad y la belleza de la fe en nuestro tiempo, sin sacrificarla a las exigencias del presente ni encadenarla al pasado: en la fe resuena el presente eterno de Dios que trasciende el tiempo y que, sin embargo, solamente puede ser acogido por nosotros en el hoy irrepetible. Por esto mismo considero que lo más importante, especialmente en una efeméride tan significativa como la actual, es que se reavive en toda la Iglesia aquella tensión positiva, aquel anhelo de volver a anunciar a Cristo al hombre contemporáneo. Pero, con el fin de que este impulso interior a la nueva evangelización no se quede solamente en un ideal, ni caiga en la confusión, es necesario que ella se apoye en una base concreta y precisa, que son los documentos del Concilio Vaticano II, en los cuales ha encontrado su expresión. Por esto, he insistido repetidamente en la necesidad de regresar, por así decirlo, a la «letra» del Concilio, es decir a sus textos, para encontrar también en ellos su auténtico espíritu, y he repetido que la verdadera herencia del Vaticano II se encuentra en ellos. La referencia a los documentos evita caer en los extremos de nostalgias anacrónicas o de huidas hacia adelante, y permite acoger la novedad en la continuidad. El Concilio no ha propuesto nada nuevo en materia de fe, ni ha querido sustituir lo que era antiguo. Más bien, se ha preocupado para que dicha fe siga viviéndose hoy, para que continúe siendo una fe viva en un mundo en transformación.


Si sintonizamos con el planteamiento auténtico que el beato Juan XXIII quiso dar al Vaticano II, podremos actualizarlo durante este Año de la fe, dentro del único camino de la Iglesia que desea continuamente profundizar en el depisito de la fe que Cristo le ha confiado. Los Padres conciliares querían volver a presentar la fe de modo eficaz; y sí se abrieron con confianza al diálogo con el mundo moderno era porque estaban seguros de su fe, de la roca firme sobre la que se apoyaban. En cambio, en los años sucesivos, muchos aceptaron sin discernimiento la mentalidad dominante, poniendo en discusión las bases mismas del depositum fidei, que desgraciadamente ya no sentían como propias en su verdad.


Si hoy la Iglesia propone un nuevo Año de la fe y la nueva evangelización, no es para conmemorar una efeméride, sino porque hay necesidad, todavía más que hace 50 años. Y la respuesta que hay que dar a esta necesidad es la misma que quisieron dar los Papas y los Padres del Concilio, y que está contenida en sus documentos. También la iniciativa de crear un Consejo Pontificio destinado a la promoción de la nueva evangelización, al que agradezco su especial dedicación con vistas al Año de la fe, se inserta en esta perspectiva. En estos decenios ha aumentado la «desertificación» espiritual. Si ya en tiempos del Concilio se podía saber, por algunas trágicas páginas de la historia, lo que podía significar una vida, un mundo sin Dios, ahora lamentablemente lo vemos cada día a nuestro alrededor. Se ha difundido el vacío. Pero precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza. La fe vivida abre el corazón a la Gracia de Dios que libera del pesimismo. Hoy más que nunca evangelizar quiere decir dar testimonio de una vida nueva, trasformada por Dios, y así indicar el camino. La primera lectura nos ha hablado de la sabiduría del viajero (cf. Sir 34,9-13): el viaje es metáfora de la vida, y el viajero sabio es aquel que ha aprendido el arte de vivir y lo comparte con los hermanos, como sucede con los peregrinos a lo largo del Camino de Santiago, o en otros caminos, que no por casualidad se han multiplicado en estos años. ¿Por qué tantas personas sienten hoy la necesidad de hacer estos caminos? ¿No es quizás porque en ellos encuentran, o al menos intuyen, el sentido de nuestro estar en el mundo? Así podemos representar este Año de la fe: como una peregrinación en los desiertos del mundo contemporáneo, llevando consigo solamente lo que es esencial: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas, como dice el Señor a los apóstoles al enviarlos a la misión (cf. Lc 9,3), sino el evangelio y la fe de la Iglesia, de los que el Concilio Ecuménico Vaticano II son una luminosa expresión, como lo es también el Catecismo de la Iglesia Católica, publicado hace 20 años.


Venerados y queridos hermanos, el 11 de octubre de 1962 se celebraba la fiesta de María Santísima, Madre de Dios. Le confiamos a ella el Año de la fe, como lo hice hace una semana, peregrinando a Loreto. La Virgen María brille siempre como estrella en el camino de la nueva evangelización. Que ella nos ayude a poner en práctica la exhortación del apóstol Pablo: «La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente… Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él» (Col 3,16-17). Amén


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Logo año de la fe


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La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 10 de octubre de 2012

El Papa recuerda el Concilio: “los Padres conciliares no podían y no querían crear una fe o una Iglesia nueva”

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vaticanoii

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En vísperas del comienzo del Año de la Fe, y del 50º aniversario del inicio del Concilio Vaticano II, el Papa Benedicto XVI ofrece a la Iglesia algunos elementos fundamentales para comprender el verdadero espíritu del concilio, en la línea de la “hermenéutica de la continuidad” promovida por él desde el comienzo de su pontificado.

En la audiencia general de esta mañana, en una magnífica catequesis, el Papa ha decidido “empezar a reflexionar sobre el gran evento de Iglesia que ha sido el Concilio, evento del que he sido testigo directo” y realizó una primera e interesante presentación del tema, subrayando la necesidad de “volver a los documentos del Vaticano II, liberándolos de una masa de publicaciones que, con frecuencia, en lugar de hacerlos conocer, los han escondido”.


Además, en la edición especial que L’Osservatore Romano ha publicado con ocasión de este importante aniversario, se incluye un texto del Santo Padre sobre el Concilio Vaticano II, con el cual presenta un volumen que será próximamente publicado por la editorial Herder con la colección de sus escritos dedicados al concilio. Presentamos nuestra traducción de este valioso e interesante texto del Santo Padre Benedicto XVI.


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Fue una jornada espléndida cuando, el 11 de octubre de 1962, con el solemne ingreso de más de dos mil Padres conciliares a la Basílica de San Pedro en Roma, se abrió el Concilio Vaticano II. En 1931 Pío XI había dedicado este día a la fiesta de la Divina Maternidad de María, en memoria del hecho de que, mil cincuenta años antes, en el 431, el concilio de Éfeso había reconocido solemnemente tal título a María, para expresar así la unión indisoluble de Dios y del hombre en Cristo. El Papa Juan XXIII había fijado para aquel día el comienzo del Concilio, con el fin de confiar la gran asamblea conciliar, por él convocada, a la bondad materna de María, y anclar firmemente el trabajo del concilio en el misterio de Jesucristo. Fue impresionante ver entrar a los obispos provenientes de todo el mundo, de todos los pueblos y razas: una imagen de la Iglesia de Jesucristo que abraza a todo el mundo, en la cual los pueblos de la tierra se saben unidos en su paz.


Fue un momento de extraordinaria expectativa. Grandes cosas debían ocurrir. Los concilios precedentes habían sido casi siempre convocados por una cuestión concreta a la cual debían responder. Esta vez no había un problema particular a resolver. Pero precisamente por esto había en el aire un sentido de expectativa general: el cristianismo, que había construido y plasmado el mundo occidental, parecía perder cada vez más su fuerza eficaz. Parecía haberse vuelto cansado y parecía que el futuro estuviese determinado por otros poderes espirituales. La percepción de esta pérdida del presente por parte del cristianismo y de la tarea que de allí se seguía estaba bien resumida en la palabra “aggiornamento”. El cristianismo debe estar en el presente para poder dar forma al futuro. Para que pudiese volver a ser una fuerza que modela el mañana, Juan XXIII había convocado el concilio sin indicarle problemas concretos o programas. Fue esta la grandeza y, al mismo tiempo, la dificultad de la tarea que se presentaba a la asamblea eclesial.


Cada uno de los episcopados indudablemente se acercó al gran acontecimiento conciliar con ideas diversas. Algunos llegaron más con una actitud de expectativa hacia el programa que debía ser desarrollado. Fue el episcopado centroeuropeo – Bélgica, Francia y Alemania – el que tuvo las ideas más decididas. En lo particular el acento era puesto, sin duda, en aspectos diversos; sin embargo, había algunas prioridades comunes. Un tema fundamental era la eclesiología, que debía ser profundizada desde el punto de vista de la historia de la salvación, trinitaria y sacramental; y a esto se agregaba la exigencia de completar la doctrina del primado del Concilio Vaticano I a través de una revaloración del ministerio episcopal. Un tema importante para los episcopados centroeuropeos era la renovación litúrgica, que Pío XII había ya comenzado a realizar. Otro acento central, especialmente para el episcopado alemán, estaba puesto sobre el ecumenismo: el soportar juntos las persecuciones del nazismo había acercado mucho a los cristianos protestantes y a los católicos; ahora esto debía ser comprendido y llevado adelante también a nivel de toda la Iglesia. A esto se agregaba el ciclo temático Revelación-Escritura-Tradición-Magisterio. Entre los franceses se había puesto cada vez más en primer plano el tema de la relación entre la Iglesia y el mundo moderno, o sea, el trabajo sobre el así llamado “Esquema XIII”, del cual luego ha nacido la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo. Aquí se tocaba el punto de la verdadera expectativa del concilio. La Iglesia, que todavía en época barroca había, en sentido lato, plasmado el mundo, a partir del siglo XIX había entrado de modo cada vez más evidente en una relación negativa con la edad moderna, sólo entonces plenamente iniciada.


¿Las cosas debían permanecer así? ¿La Iglesia no podía dar un paso positivo en los tiempos nuevos? Detrás de la expresión vaga “mundo de hoy” está la cuestión de la relación con la edad moderna. Para aclararlo habría sido necesario definir mejor lo que era esencial y constitutivo de la edad moderna. Esto no se ha logrado en el “Esquema XIII”. Si bien la Constitución pastoral expresa muchas cosas importantes para la comprensión del “mundo” y da relevantes contribuciones sobre la cuestión de la ética cristiana, sobre esto punto no ha logrado ofrecer una aclaración sustancial.


Inesperadamente, el encuentro con los grandes temas de la edad moderna no tuvo lugar en la gran Constitución pastoral, sino más bien en dos documentos menores, cuya importancia se ha visto sólo poco a poco con la recepción del concilio. Se trata, en primer lugar, de la Declaración sobre la libertad religiosa, pedida y preparada con gran solicitud sobre todo por el episcopado americano. La doctrina de la tolerancia, así como había sido elaborada en los detalles por Pío XII, no parecía ya suficiente frente al desarrollo del pensamiento filosófico y del modo de concebirse el Estado moderno. Se trataba de la libertad de elegir y de practicar la religión, como también de la libertad de cambiarla, como derechos fundamentales a la libertad del hombre. De sus razones más íntimas, una tal concepción no podía ser extraña a la fe cristiana, que había entrado en el mundo con la pretensión de que el Estado no podía decidir la verdad y no podía exigir ningún tipo de culto. La fe cristiana reivindicaba la libertad de la convicción religiosa y de su práctica en el culto, sin violar con esto el derecho del Estado en su propio ordenamiento: los cristianos rezaban por el emperador, pero no lo adoraban. Desde este punto de vista se puede afirmar que el cristianismo, con su nacimiento, ha traído al mundo el principio de la libertad de religión. Sin embargo, la interpretación de este derecho a la libertad en el contexto del pensamiento moderno era todavía difícil, ya que podía parecer que la versión moderna de la libertad de religión presuponía la inaccesibilidad de la verdad para el hombre y que, por lo tanto, moviese la religión desde su fundamento a la esfera de lo subjetivo. Ha sido ciertamente providencial que, trece años después de la conclusión del concilio, el Papa Juan Pablo II haya llegado desde un país en que la libertad de religión era contestada por el marxismo, es decir, a partir de una particular forma de filosofía estatal moderna. El Papa provenía casi de una situación que se asemejaba a aquella de la Iglesia antigua, de modo que se volvió nuevamente visible la íntima ordenación de la fe al tema de la libertad, sobre todo la libertad de religión y de culto.


El segundo documento que se revelaría luego importante para el encuentro de la Iglesia con la edad moderna ha nacido casi por casualidad y ha crecido en varios estratos. Me refiero a la declaración Nostra Aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Al comienzo estaba la intención de preparar una declaración sobre las relaciones entre la Iglesia y el judaísmo, texto que se volvió intrínsecamente necesario después de los horrores de la Shoah. Los Padres conciliares de los países árabes no se opusieron a tal texto, pero explicaron que si se quería hablar del judaísmo, entonces se debía decir también algunas palabras sobre el islam. Cuánta razón tenían al respecto, en Occidente lo hemos entendido sólo poco a poco. Finalmente surgió la intuición de que era justo hablar también de otras dos grandes religiones – el hinduismo y el budismo – como también del tema religión en general. A esto se agregó luego espontáneamente una breve instrucción relativa al diálogo y a la colaboración con las religiones, cuyos valores espirituales, morales y socio-culturales debían ser reconocidos, conservados y promovidos (cfr. n. 2). Así, en un documento preciso y extraordinariamente denso, fue inaugurado un tema cuya importancia en la época no era todavía previsible. Qué responsabilidades esto implica, cuánto esfuerzo se necesita todavía para distinguir, aclarar y comprender, parecen cada vez más evidentes. En el proceso de recepción activa ha surgido poco a poco también una debilidad de este texto, de por sí extraordinario: habla de la religión sólo de modo positivo e ignora las formas enfermas y distorsionadas de religión, que desde el punto de vista histórico y teológico tienen un amplio alcance; por esto, desde el comienzo, la fe cristiana ha sido muy crítica, tanto hacia el interior como hacia el exterior, frente a la religión.


Si al comienzo del concilio habían prevalecido los episcopados centroeuropeos con sus teólogos, durante las etapas conciliares el radio del trabajo y de las responsabilidades comunes se ha ampliado cada vez más. Los obispos se reconocían aprendices en la escuela del Espíritu Santo y en la escuela de la colaboración recíproca, pero precisamente de este modo se reconocían servidores de la Palabra de Dios que viven y operan en la fe. Los Padres conciliares no podían y no querían crear una Iglesia nueva, diversa. No tenían ni el mandato ni el encargo de hacerlo. Eran Padres del concilio con una voz y un derecho de decisión sólo en cuanto obispos, es decir, en virtud del sacramento y en la Iglesia sacramental. Por eso no podían y no querían crear una fe distinta o una Iglesia nueva, sino más bien comprender ambas de modo más profundo y luego realmente “renovarlas”. Por eso, una hermenéutica de la ruptura es absurda, contraria al espíritu y a la voluntad de los Padres conciliares.


En el cardenal Frings he tenido un “padre” que ha vivido de modo ejemplar este espíritu del concilio. Era un hombre de fuerte apertura y grandeza, pero sabía también que sólo la fe guía para salir hacia fuera, hacia aquel amplio horizonte que permanece cerrado al espíritu positivista. Y a esta fe quería servir con el mandato recibido a través del sacramento de la ordenación episcopal. No puedo más que estarle siempre agradecido por haberme llevado a mí – el profesor más joven de la Facultad teológica católica de la universidad de Bonn – como su consultor a la gran asamblea de la Iglesia, permitiéndome estar presente en esta escuela y recorrer desde dentro el camino del concilio. En este libro se recogen los diversos escritos con los cuales, en aquella escuela, he pedido la palabra. Se trata de pedidos de palabra totalmente fragmentarios, de los cuales se refleja el proceso de aprendizaje que el concilio y su recepción han significado y significan todavía para mí.


Espero que estas múltiples contribuciones, con todos sus límites, en el conjunto puedan de todos modos ayudar a comprender mejor el concilio y a traducirlo en una correcta vida eclesial. Agradezco de todo corazón al arzobispo Gerhard Ludwig Müller y a sus colaboradores del Institut Paps Benedikt XVI por el extraordinario empeño que han asumido para realizar este volumen.


Castelgandolfo, en la fiesta del santo obispo Eusebio de Vercelli, 2 de agosto de 2012.


Benedicto XVI

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Fuente: Il Blog degli amici di Papa Ratzinger


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 3 de octubre de 2012

Aquel viaje que el Papa quiso organizar en secreto

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giovanni XXIII

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Vale la pena leer esta entrevista que L’Osservatore Romano ha realizado al anciano arzobispo Loris Capovilla, otrora secretario del Beato Papa Juan XXIII, sobre la histórica peregrinación que, 50 años atrás, el Papa Roncalli realizó al Santuario de Loreto para confiar a la Santísima Virgen los trabajos conciliares, una visita que será conmemorada por su actual sucesor, Benedicto XVI, que precisamente mañana irá a ese histórico santuario para confiar a Nuestra Señora de Loreto el inminente Año de la Fe y el Sínodo sobre la Nueva Evangelización. Mons. Capovilla, con una gran exactitud en los recuerdos a pesar de sus 97 años de edad, cuenta revela el origen de la iniciativa así como los sentimientos del Papa durante la realización de este ardiente deseo de su corazón.

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L’Osservatore Romano publicó la noticia en la primera página de la edición del 3 de octubre de 1962. El anunció suscitó mucho estupor. Faltaba apenas una semana para la apertura del concilio Vaticano II y Juan XXIII había decidido dirigirse, el 4 de octubre sucesivo, en peregrinación a Loreto y a Asís para confiar a la Virgen los trabajos conciliares y para llenar el alma de la espiritualidad franciscana. Fue un hecho insólito para aquellos tiempos ver al Papa subir a un tren, dejar el Vaticano y atravesar una parte de Italia a lo largo de la vía ferroviaria. ¿Cómo vivió el Papa Roncalli aquella jornada y cómo la vivieron los italianos? Lo recuerda para nosotros aquel que fue su secretario particular, el arzobispo Loris Capovilla, ex prelado de Loreto, hoy con noventa y siete años, que conserva de aquel día – como, por otro lado, de todo el período vivido junto a Juan XXIII – un lúcido recuerdo.

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¿Cómo nació en el Papa Roncalli la decisión de ir a Loreto para confiar el Vaticano II a la Virgen?


Fue una decisión repentina, si bien hija de un deseo madurado en el tiempo. Desde que fue elegido para el pontificado, Juan XXIII manifestó, de hecho, la voluntad de dirigirse al Santuario de Loreto – considerado por él como el más importante santuario mariano del mundo – para llevar a la Iglesia de rodillas frente al misterio de la Encarnación del Verbo. Una serie de circunstancias, junto al parecer contrario de algunos de sus colaboradores, hicieron posponer el viaje hasta dejar caer el proyecto.


Una tarde, cuando faltaban pocos días para la apertura del concilio Vaticano II, el Pontífice, concluida su oración, hizo llamar al secretario de Estado, el cardenal Amleto Cicognani, y le pidió organizar la peregrinación a Loreto antes de la asamblea conciliar. Le recomendó, sin embargo, no informarme de nada, hasta que estuvieran las cosas hechas. Estaba ya enfermo y soportaba grandes dolores. Sabía que yo habría tratado de disuadirlo de todas las maneras. El cardenal, en cambio, hombre muy prudente y lleno de afecto por el Papa Roncalli, me lo comunicó de inmediato. También él estaba preocupado por las condiciones de salud del Pontífice pero me hizo entender que su determinación era tal que no habría salida.


Cuando más tarde nos volvimos a encontrar en casa, el Santo Padre notó mi preocupación y me preguntó al respecto. Le comenté el diálogo tenido con el secretario de Estado y me atreví a confiarle que había tomado su reserva para conmigo como una falta de confianza. Ojalá no lo hubiese dicho: parecía un niño sorprendido con las manos en la masa y listo para todo con tal de ser perdonado. Me confesó el ardor de su deseo y el temor de mi contrariedad en razón de sus condiciones de salud. Sólo cuando le aseguré que nunca le faltaría la fidelidad y la prontitud en servirlo en todo deseo suyo, lo vi sereno y sonriente de nuevo. Recuerdo que me tomó de la mano, me llevó a su capilla privada y me dijo: “Loris, ven, vamos a rezar”. Rezamos largo rato aquella noche.

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¿Por qué decidió viajar en tren y no en automóvil?


Fue para hacer un homenaje a Italia. Era 1962 y hacía pocos meses que el país había celebrado el centenario de la unidad, aniversario al cual el Papa había participado espiritualmente con fervor y con respeto, sobre todo a través de la oración. Se pensó, por lo tanto, en dar un sentido ulterior a esta participación haciendo recorrer al Papa los caminos del así llamado “dominio de San Pedro”, el corazón de Italia, es decir el Lacio, la Umbría y las Marcas, con un medio de los Ferrocarriles del Estado. Estaba muy agradecido el presidente de la República Antonio Segni, que fue a rendirle homenaje a la partida junto al presidente del Consejo de ministros Amintore Fanfani. Le aseguraron que habría sido acogido en aquellas tierras no como el príncipe despojado sino como el padre amado.

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Un amor que los italianos le demostraron realmente a lo largo de todo el trayecto. ¿Qué recuerda e particular de aquel viaje en tren?


Todo. Cada momento. Fue una experiencia bellísima. Nunca visto nada similar hasta aquel momento. Entonces no había ninguna organización de grupos o movimientos que invitasen a la movilización. Fue algo absolutamente espontáneo. La gente conoció la noticia de improviso y, sin embargo, acudió numerosísima, con gran espontaneidad. Realmente lo amaban mucho y no quisieron perder la ocasión de testimoniarlo de cerca.


A pesar de que fue un encuentro totalmente singular, desarrollado a lo largo de algunos cientos de kilómetros, lo he vivido y lo recuerdo con el mismo calor y con el mismo agrado con el cual se recuerdan los encuentros en torno a la chimenea de casa, en una familia hermosa y grande. Y en aquel día, en efecto, una gran familia, la italiana, se reunió en torno al Papa. Y no eran tiempos fáciles. Tampoco para la Iglesia. Pero el Pontífice logró unir a todos.


El viaje sufrió notables retrasos en el programa. Estaban previstas pequeñas paradas en algunas estaciones. Pero nadie habría imaginado nunca lo que realmente sucedió. La que más me ha quedado impresa es la parada en Terni, entonces llamada “la roja” por su marcada caracterización política. Nadie pensó ni remotamente en cerrar las fábricas con ocasión del paso del Papa, y sin embargo la estación de Terni estaba literalmente invadida por los obreros. El tren se detuvo por un tiempo largo para permitir a Juan XXIII permanecer con ellos lo más posible. Recuerdo muchas personas que lloraban conmovidas. No querían dejarlo partir. El Papa Roncalli, que se sentía muy cercano a la gente sencilla, permaneció profundamente impresionado. Escenas que se repetían a lo largo de todas las estaciones del trayecto, también aquellas donde no estaba prevista la parada. El tren debía disminuir la velocidad casi hasta detenerse.

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Y por la tarde, al volver, ¿le confió las emociones que había sentido?


Sobre todo dijo estar feliz por haber podido “encontrar” a la Virgen de Loreto y a San Francisco – la peregrinación, como se sabe, también incluía Asís – antes de comenzar la gran asamblea conciliar. Se sentía, como dijo, espiritualmente satisfecho. Luego, cuando recorrimos brevemente con la memoria las distintas etapas de la jornada, me asombró el entusiasmo con el cual el Papa recordaba sobre todo el segundo paso por Foligno, después de volver de Loreto. Habían pasado algunas horas desde el primer paso. Y no estaba prevista una parada. Era muy tarde, y sin embargo toda la gente estaba allí, a lo largo de la estación. Tal vez había más gente que antes. Recuerdo a los niños y sus gritos, la gran fiesta de gente, de colores, de cantos. El tren tuvo que frenar hasta detenerse. Luego se hizo silencio repentinamente. Precisamente a la altura del grupo de los niños el Papa se había asomado a la ventanilla y había comenzado a hablar con ellos.

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¿Y qué les dijo?


Como de costumbre bromeó: “¿Habéis visto, hijitos míos? Por el camino – dijo – se va y a veces se vuelve. Yo he vuelto entre vosotros porque, mientras muchos dicen que el mundo envejece, vosotros gritáis que no es cierto. Cristo lo rejuvenece continuamente en vosotros y la Virgen lo cuida. A la Virgen he confiado recién a la Iglesia, a vosotros confío el mundo, el del mañana. No lo hagáis envejecer. Quería deciros esto”. Éste fue el último pensamiento de una jornada inolvidable. “Quién sabe – se preguntó casi murmurando afablemente mientras se dirigía hacia su habitación – si aquellos niños me habrán comprendido”. Cerró la puerta a sus espaldas, pero creo que continuó rezando. La luz se apagó muy tarde aquella noche.

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Fuente: Il Sismografo


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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lunes, 1 de octubre de 2012

Card. Veglió: “La secularización influyó en la aplicación de las reformas conciliares”

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santuario Loreto

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Sandro Magister ha publicado en su blog este artículo, cuya traducción al español ofrecemos, en el cual presenta parte de una conferencia del Cardenal Antonio María Veglió sobre la piedad popular, en la que el prelado, con una franqueza inusual, analiza los ataques que la piedad popular ha recibido en el post-concilio debido a una visión secularizante que penetró en muchos ambientes eclesiales y a interpretaciones parciales de los textos conciliares, en particular de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia.

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El jueves 4 de octubre Benedicto XVI se dirigirá a Loreto, exactamente medio siglo después de la visita que realizó Juan XXIII. El Papa celebrará la Misa en la Plaza frente al Santuario mariano.


¿Por qué este viaje? Los santuarios son el lugar por excelencia de la piedad popular. Aquella piedad que se expresa en las peregrinaciones, en las fiestas patronales, en la devoción a María y a los santos, en el rezo del rosario. Contra la piedad popular se levantó en los años sesenta y setenta una oleada de contestación, en nombre de una fe “pura” y “comprometida”. Pero de Pablo VI en adelante, los Papas reaccionaron frente a esta tendencia. Benedicto XVI es, en esto, muy decidido. Las imágenes de su vida privada lo muestran mientras reza el rosario, en los jardines del Vaticano o de Castelgandolfo, y reza frente a la gruta de la Virgen de Lourdes.


Cuánto importa la piedad popular en la vida de los católicos comunes, en Italia, es confirmado, entre otras cosas, por los índices altísimos de escucha que tiene el rosario transmitido en directo desde Lourdes en TV 2000, cada día a las 18 y repetido a las 20. El cardenal Angelo Bagnasco, en la introducción al consejo permanente de la CEI el pasado 24 de septiembre, no ha dejado de remarcarlo. Por eso es más interesante aún lo que ha dicho recientemente otro cardenal, Antonio Maria Veglió, presidente del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Migrantes e Itinerantes, principal caldo de cultivo para la piedad popular.


En una conferencia del pasado 20 de septiembre en la Red Mariana Europea, el cardenal Veglió ha recorrido la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la piedad popular. El Vaticano II – explicó – la valorizó como “praeparatio evangelica”, como acto del pueblo de Dios, como expresión de inculturación, como vinculada a la liturgia.


Pero, a pesar de esto – prosiguió el cardenal -, en el inmediato post-concilio se asistió a “un intento de eliminar o, al menos, ignorar las manifestaciones populares de la fe”, al cual siguió “una revaloración de la piedad popular por parte del Magisterio, de la teología, de la pastoral y de la liturgia”.


A continuación la sección de la conferencia que analiza, con una franqueza inusual en boca de un alto dirigente vaticano, la oleada contestadora de los años sesenta y setenta.


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El engaño de una religión “pura”


En la valoración negativa de la religiosidad popular influyeron tanto causas internas como externas al ámbito eclesial.


Entre las primeras, resaltaron la existencia de lecturas parciales y selectivas de los textos conciliares en el post-concilio, así como una interpretación parcial e interesada de su doctrina.


Entre las segundas se debe indicar la importancia influencia que ejercieron las teorías de la secularización. La acogida que muchos ambientes eclesiales dieron a la teología de la secularización comportaba el desprecio de un cristianismo manifestado en formas exteriores, cuyo ejemplo evidente es, ciertamente, la religiosidad popular. Ésta fue considerada como un catolicismo superficial, separado de la vida y de los compromisos históricos.


Uno de los resultados del Concilio fue la definición de la Iglesia como pueblo de Dios, algo que animó el asociacionismo laical. En este contexto surgieron pequeños grupos que se consideraban más comprometidos. Estos “católicos del compromiso” o “católicos progresistas” adoptaron una actitud de contraposición a los cristianos que participaban en las manifestaciones de la piedad popular, considerándolos sencillos, ritualistas, incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos, y necesitados de purificación.


Al mismo tiempo, acusaron a la piedad popular de tener matices supersticiosos, de alejarse de la realidad, de alienarse del compromiso cristiano, de ser incapaz de formar militantes y promover actitudes evangélicas que favorezcan el desarrollo y la liberación.


Uno de los frutos más evidentes del Concilio fue la reforma litúrgica. Sin embargo, el desarrollo de tal proceso no fue siempre tan oportuno como habría sido deseable. Enumeremos muy rápidamente algunas características que tuvieron efectos contrarios a las prácticas de la piedad popular.


En primer lugar, y fruto del entusiasmo que el Concilio suscitó en el seno de la Iglesia, se pretendió desarrollar esa reforma a un ritmo vertiginoso, sin tiempo suficiente para asimilar los textos conciliares y su consiguiente aplicación a la Iglesia universal. Además, y en algunas iniciativas, estaban subyacentes interpretaciones erróneas o interesadamente parciales de las enseñanzas conciliares.


En no pocas ocasiones fue promovida una liturgia excesivamente pragmática, donde abundaban los elementos pedagógicos y didácticos a costa de su carácter mistérico, lo que llevó a descuidar cantos, silencios y gestos. Uno de los objetivos laudables era alcanzar una vivencia religiosa purificada, tanto en el ámbito interno (motivaciones) como externo (formas). El problema surgió en el modo concreto en que esto se desarrolló. Se promovió una religiosidad pura, desarraigada y abstracta, que supuso, entre otras cosas, la eliminación de tradiciones religiosas, a las cuales se atribuían rasgos mágicos, utilitaristas o supersticiosos.


La afirmación conciliar de la centralidad de la liturgia y de la celebración eucarística comportó que no pocos pastores suprimiesen muchas prácticas populares, por el hecho de que la religiosidad popular se manifiesta, en múltiples ocasiones, con formas diversas de aquellas previstas por los textos litúrgicos oficiales. La reforma subrayó también la gran importancia que debía tener la Sagrada Escritura en la celebración litúrgica. Y, en consecuencia, se valoró negativamente la escasa presencia bíblica en las manifestaciones populares, muchas de las cuales son pobres en teología y citas bíblicas pero ricas en sentimentalismo.


La promulgación de la constitución Sacrosanctum Concilium, en 1963, coincidió con uno de los momentos en que la secularización tuvo mayor fuerza, y esto influyó en la aplicación de las reformas conciliares. De este contexto se asignó a la liturgia un claro compromiso temporal, con la adquisición de un tono profético, la denuncia de las situaciones sociales de pecado y la invitación al compromiso. Por eso, la piedad popular fue valorada negativamente, atribuyéndole un efecto anestésico frente a los problemas sociales.


Todos estos elementos, que en alguna medida se hicieron presentes durante la reforma litúrgica postconciliar, se tradujeron en la supresión indiscriminada y arbitraria de numerosas prácticas de piedad popular. En este contexto son elocuentes las palabras que Pablo VI pronunció en 1973 durante una audiencia pública: “Voces autorizadas nos recomiendan aconsejar gran cautela en el proceso de reforma de tradicionales costumbres populares religiosas, teniendo cuidado de no extinguir el sentimiento religioso, en el acto de revestirlo de nuevas y más auténticas expresiones espirituales: el gusto de lo verdadero, de lo bello, de lo simple, de lo comunitario y también de lo tradicional (donde merezca ser honrado), debe presidir las manifestaciones exteriores del culto, tratando de conservar el afecto del pueblo a ellas”.


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Fuente: Settimo Cielo


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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jueves, 27 de septiembre de 2012

El Papa escribió a Mons. Fellay: “Es necesario aceptar el Concilio y el Magisterio post-conciliar”

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CATHOLICVS-FSSPX-SSPX

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Uno de los cuatro obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Mons. Tissier de Mallerais, durante una conferencia pronunciada en Francia los pasados días, en la cual se expresó con términos particularmente duros y absolutamente inaceptables para con la Santa Sede y el Santo Padre, ha revelado que, antes del Capítulo General celebrado en julio, el Papa Benedicto XVI escribió una carta de su puño y letra a Mons. Fellay, superior de la Fraternidad, en la cual afirmó la necesidad de que la FSSPX acepte el magisterio del Concilio Vaticano II y el sucesivo para poder volver a la comunión plena con la Santa Sede. Presentamos nuestra traducción de un artículo publicado en Vatican Insider.

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El 30 de junio pasado, a pocos días del comienzo del capítulo general de la Fraternidad San Pío X, Benedicto XVI escribió una carta al superior lefebvrista, el obispo Bernard Fellay. La existencia de la carta ha sido revelada por monseñor Bernard Tissier de Mallerais, uno de los cuatro obispos de la Fraternidad, cuyas posiciones contrarias al acuerdo con Roma son conocidas, en el curso de una conferencia dada el 16 de septiembre en Francia, en el Priorato de San Luis María Grignon de Monfort.


Esto es lo que ha dicho el prelado: “El 30 de junio de 2012 – es un secreto que os revelo, pero que será hecho público -, el Papa ha escrito de su puño y letra una carta a nuestro superior general, monseñor Fellay: «Le confirmo efectivamente que, para ser realmente reintegrados en la Iglesia, es necesario ciertamente aceptar el concilio Vaticano II y el magisterio post-conciliar».


“Se trata propiamente – ha comentado Tissier de Mallerais – de un punto de ruptura, ya que para nosotros no es aceptable, y no podemos firmar algo así. Se pueden hacer precisiones, porque el Concilio es tan amplio que pueden encontrarse cosas buenas, pero no es esto lo esencial del Concilio”.


El obispo lefebvriano, durante la conferencia, ha pronunciado palabras muy duras: “No se pueden ceder las armas en plena batalla, no buscaremos el armisticio mientras la guerra prosigue: con Asís 3 o 4 el año pasado; con la beatificación de un falso beato, el Papa Juan Pablo II. Una cosa falsa, una falsa beatificación. Y con la exigencia, recordada continuamente por Benedicto XVI, de aceptar el Concilio y las reformas del magisterio post-conciliar”.


Tissier de Mallerais ha dicho también que “la colegialidad, que destruye el poder del Papa, que no se atreve ya a resistir a las conferencias episcopales”, destruye “el poder de los obispos, que no se atreven ya a resistir a los consejos episcopales”. Ha agregado que el ecumenismo “hace respetar los valores de salvación de las falsas religiones y del protestantismo, de las cosas falsas”, mientras la libertad religiosa “deja con gusto construir libremente mezquitas en nuestros países”.


“Evidentemente – agregó el obispo lefebvrista – nosotros no podemos firmar esto. Sobre este punto no hay acuerdo y no habrá acuerdo”. Y a pesar de las insistencias de la “Roma modernista”, Tissier asegura: “Personalmente, no firmaré cosas así, es claro. Nunca aceptaré decir que la nueva Misa es legítima o lícita, yo diré que ella es a menudo inválida, como decía monseñor Lefebvre. Nunca aceptaré decir: «el Concilio, si se lo interpreta bien, tal vez se lo podría hacer corresponder con la Tradición, se podría encontrar un significado aceptable»”.


Después de haber definido “mentiroso” el texto del preámbulo doctrinal sometido el 12 de junio por el cardenal William Levada a Fellay, el obispo lefebvrista ha dicho que el capítulo general de la Fraternidad, reunido el pasado mes de julio, ha tomado “decisiones muy dulces, suaves”, para “presentar a Roma obstáculos tales que Roma no se atreva ya a importunarnos”, poniendo “condiciones prácticamente irrealizables para impedir que nos hagan nuevas propuestas. Pero el demonio es maligno, y yo pienso que ellos volverán al ataque y yo me preparo delicadamente también a defendernos, y la Fraternidad se defenderá”.


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Fuente: Vatican Insider


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 26 de septiembre de 2012

“La correcta opción del Concilio”: el Papa habla sobre la Sacrosanctum Concilium

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En la audiencia general que, como cada miércoles, se celebró hoy en el Vaticano, el Papa Benedicto XVI, prosiguiendo la serie de catequesis sobre la oración, se refirió a la Liturgia y, en particular, a la Constitución Sacrosanctum Concilium, el primer documento aprobado por los padres conciliares el 4 de diciembre de 1963. Ofrecemos nuestra traducción de amplios pasajes de la catequesis papal.

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[…] A este punto, después de una larga serie de catequesis sobre la oración en la Escritura, podemos preguntarnos: ¿cómo puedo dejarme formar por el Espíritu Santo y así ser capaz de entrar en la atmósfera de Dios, de orar con Dios? ¿Cuál es esta escuela en la que Él me enseña a rezar, viene en ayuda de mi dificultad en dirigirme de modo correcto a Dios?


La primera escuela para la oración - lo hemos visto en estas semanas – es la Palabra de Dios, la Sagrada Escritura. La Sagrada Escritura es un permanente diálogo entre Dios y el hombre, un diálogo progresivo en el cual Dios se muestra cada vez más cercano, en el cual podemos conocer cada vez mejor su rostro, su voz, su ser; y el hombre aprende a aceptar, a conocer a Dios, a hablar con Dios. Por lo tanto, en estas semanas, leyendo la Sagrada Escritura, hemos buscado, desde la Escritura, por este diálogo permanente, aprender cómo podemos entrar en contacto con Dios.


Hay todavía otro precioso “espacio”, otra preciosa “fuente” para crecer en la oración, una fuente de agua viva en estrechísima relación con la precedente. Me refiero a la liturgia, que es un ámbito privilegiado en el que Dios habla a cada uno de nosotros, aquí y ahora, y espera nuestra respuesta.


¿Qué es la liturgia? Si abrimos el Catecismo de la Iglesia Católica – subsidio siempre precioso, diría indispensable – podemos leer que originariamente la palabra “liturgia” significa “servicio por parte del pueblo y a favor del pueblo” (n. 1069). Si la teología cristiana tomó este vocablo del mundo griego, lo hizo obviamente pensando en el nuevo Pueblo de Dios nacido de Cristo que ha abierto sus brazos en la Cruz para unir a los hombres en la paz del único Dios. “Servicio a favor del pueblo”, un pueblo que no existe por sí mismo sino que se ha formado gracias al Misterio Pascual de Jesucristo. […]


El Catecismo indica además que “en la tradición cristiana (la palabra `liturgia´) quiere significar que el Pueblo de Dios participa en la obra de Dios” (n. 1069), porque el pueblo de Dios como tal existe sólo por obra de Dios.


Esto nos lo ha recordado el desarrollo mismo del Concilio Vaticano II, que comenzó sus trabajos, cincuenta años atrás, con la discusión del esquema sobre la Sagrada Liturgia, aprobado luego solemnemente el 4 de diciembre de 1963, el primer texto aprobado por el Concilio. Que el documento sobre la liturgia fuese el primer resultado de la asamblea conciliar tal vez por algunos fue considerado una casualidad. Entre muchos proyectos, el texto sobre la sagrada liturgia pareció ser el menos controvertido y, precisamente por esto, capaz de constituir una especie de ejercicio para aprender la metodología del trabajo conciliar.


Pero, sin ninguna duda, lo que a primera vista puede parecer una casualidad, se ha demostrado la opción más correcta, también a partir de la jerarquía de los temas y de las tareas más importantes de la Iglesia. Comenzando, de hecho, con el tema de la “liturgia”, el Concilio puso de relieve de modo muy claro el primado de Dios, su prioridad absoluta. En primer lugar Dios: precisamente esto nos dice la opción conciliar de partir de la liturgia. Donde la mirada sobre Dios no es determinante, toda otra cosa pierde su orientación. El criterio fundamental para la liturgia es su orientación a Dios, para poder así participar en su misma obra.


Sin embargo, podemos preguntarnos: ¿cuál es esta obra de Dios a la cual estamos llamados a participar? La respuesta que nos ofrece la Constitución conciliar sobre la sagrada liturgia es aparentemente doble. En el numero 5 nos indicia, de hecho, que la obra de Dios son las acciones históricas que nos llevan a la salvación, culminante en la Muerte y Resurrección de Jesucristo; pero en el número 7, la misma Constitución define precisamente la celebración de la liturgia como “obra de Cristo”. En realidad, estos dos significados están inseparablemente vinculados. Si nos preguntamos quién salva al mundo y al hombre, la única respuesta es: Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, Crucificado y Resucitado. ¿Y dónde se hace actual para nosotros, para mí hoy, el Misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo, que trae la salvación? La respuesta es: en la acción de Cristo a través de la Iglesia, en la liturgia, en particular en el Sacramento de la Eucaristía, que hace presente la ofrenda sacrificial del Hijo de Dios, que nos ha redimido; en el Sacramento de la Reconciliación, en el que se pasa de la muerte del pecado a la vida nueva; y en los otros actos sacramentales que nos santifican (cfr. Presbyterorum ordinis, 5). Así, el Misterio Pascual de la Muerte y Resurrección de Cristo es el centro de la teología litúrgica del Concilio.


Hagamos otro breve paso y preguntémonos: ¿de qué modo se hace posible esta actualización del Misterio Pascual de Cristo? El beato Papa Juan Pablo II, a 25 años de la Constitución Sacrosanctum Concilium, escribió: “Para actualizar su misterio pascual, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en las acciones litúrgicas. La Liturgia es, por consiguiente, el «lugar» privilegiado del encuentro de los cristianos con Dios y con quien El envió, Jesucristo (cf. Jn 17, 3)” (Vicesimus quintus annus, n.7). En la misma línea, leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica así: “Toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo y en el Espíritu Santo, y este encuentro se expresa como un diálogo a través de acciones y de palabras” (n. 1153).


Por lo tanto, la primera exigencia para una buena celebración litúrgica es que sea oración, diálogo con Dios, en primer lugar escucha y luego respuesta. San Benito, en su Regla, hablando de la oración de los salmos, indica a los monjes: mens concordet vocis, “la mente concuerde con la voz”. El Santo enseña que en la oración de los Salmos las palabras deben preceder a nuestra mente. Habitualmente no ocurre así, primero debemos pensar y luego, cuando hemos pensando, se convierte en palabra. Aquí, en cambio, en la liturgia, es al revés: la palabra precede. Dios nos ha dado la palabra y la sagrada liturgia nos ofrece las palabras; nosotros debemos entrar en el interior de las palabras, en su significado, acogerlas en nosotros, ponernos en sintonía con estas palabras; así nos convertimos en hijos de Dios, similares a Dios.


Como recuerda la Sacrosanctum Concilium, para asegurar la plena eficacia de la celebración “es necesario que los fieles se acerquen a la sagrada Liturgia con recta disposición de ánimo, pongan su alma en consonancia con su voz y colaboren con la gracia divina, para no recibirla en vano” (n.11). Elemento fundamental, primario, del diálogo con Dios en la liturgia es la concordancia entre lo que decimos con los labios y lo que llevamos en el corazón. Entrando en las palabras de la gran historia de la oración nosotros mismos somos conformados al espíritu de estas palabras y nos hacemos capaces de hablar con Dios.


En esta línea, quisiera hacer referencia sólo a uno de los momentos que, durante la misma liturgia, nos llama y nos ayuda a encontrar esta concordancia, este conformarnos a lo que escuchamos, decimos y hacemos en la celebración de la liturgia. Me refiero a la invitación que formula el celebrante antes de la Plegaria Eucarística: “Sursum corda”, levantemos nuestros corazones por sobre la maraña de nuestras preocupaciones, nuestros deseos, nuestras angustias, nuestra distracción.


Nuestro corazón, lo íntimo de nosotros mismos, debe abrirse dócilmente a la Palabra de Dios y recogerse en la oración de la Iglesia, para recibir su orientación hacia Dios de las palabras mismas que escucha y dice. La mirada del corazón debe dirigirse hacia el Señor, que está en medio de nosotros: es una disposición fundamental.


Cuando vivimos la liturgia con esta actitud de fondo, nuestro corazón es como sustraído a la fuerza de gravedad, que lo impulsa hacia abajo, y se eleva interiormente hacia lo alto, hacia la verdad, hacia el amor, hacia Dios. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: “La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar” (n. 2655): altare Dei est cor nostrum.


Queridos amigos, celebramos y vivimos bien la liturgia sólo si permanecemos en actitud orante, no si queremos “hacer algo”, hacernos ver o actuar, sino si orientamos nuestro corazón a Dios y estamos en actitud de oración uniéndonos al Misterio de Cristo y a su diálogo de Hijo con el Padre. Dios mismo nos enseña a rezar, afirma San Pablo. Él mismo nos ha dado las palabras adecuadas para dirigirnos a Él, palabras que encontramos en el Salterio, en las grandes oraciones de la sagrada liturgia y en la misma Celebración eucarística. Pidamos al Señor ser cada día más conscientes del hecho de que la Liturgia es acción de Dios y del hombre; oración que brota del Espíritu Santo y de nosotros, interiormente dirigida al Padre, en unión con el Hijo de Dios hecho hombre (cfr. Catecismo dela Iglesia Católica, n. 2564).

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Fuente: Il blog degli amici di Papa Ratzinger


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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