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martes, 18 de junio de 2013

San José “entra” también en las otras Plegarias Eucarísticas

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Décadas después de que el Beato Juan XXIII determinara que el nombre de San José fuese incluido en el venerable Canon Romano, el Santo Padre Francisco, a través de un decreto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ha decidido que San José sea invocado también en las Plegarias Eucarísticas II, III y IV.


El decreto Paternas Vices (prot. N. 215/11/L), firmado por el Cardenal Prefecto Antonio Cañizares y el Arzobispo Secretario Arthur Roche, manifiesta así la decisión del Papa Benedicto XVI de acoger las numerosas peticiones recibidas desde muchos lugares en este sentido, una decisión confirmada por su sucesor, el Papa Francisco.

De este modo, en la tercera edición típica del Misal Romano deberá decir, respectivamente:


II: “ut cum beáta Dei Genetríce Vírgine María, beáto Ioseph, eius Sponso, beátis Apóstolis”

III: “cum beatissíma Vírgine, Dei Genetríce, María, cum beáto Ioseph, eius Sponso, cum beátis Apóstolis”

IV: “cum beáta Vírgine, Dei Genetríce, María, cum beáto Ioseph, eius Sponso, cum Apóstolis”


Y en español:


II: “con María, la Virgen Madre de Dios, su esposo san José, los apóstoles y…”

III: “con María, la Virgen Madre de Dios, su esposo san José, los apóstoles y los mártires…”

IV: “con María, la Vigen Madre de Dios, con su esposo san José, con los apóstoles y los santos…”


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Fuente: WDTPRS


La Buhardilla de Jerónimo

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domingo, 26 de mayo de 2013

Francisco, sobre la Liturgia y sobre Mons. Marini: “Valorar la tradición y que conviva con la novedad”

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El vaticanista Sandro Magister, en este artículo publicado en su blog, cuya traducción ahora ofrecemos, ofrece algunos comentarios que el Papa Francisco ha realizado a obispos italianos, durante su visita ad limina, sobre la relación con la liturgia, también la tradicional, así como sobre su Maestro de las celebraciones litúrgicas, a quien ha decidido mantener en el oficio, pese a sugerencias de sustituirlo que el Papa recibió al comienzo de su pontificado.

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Entre los obispos italianos que se han encontrado con Francisco en visita ad limina, los de la región de Puglia han sido los más locuaces al referir cosas que el Papa les ha dicho.


No ha sido sólo la “revelación” – en parte contradicha por el padre Federico Lombardi – del obispo de Molfetta, Luigi Martella, sobre las dos encíclicas en proceso: la primera, sobre la fe, firmada por el Papa actual pero escrita por el predecesor, que la estaría terminando en su morada actual; y la segunda, sobre la pobreza, preparada completamente por el Papa reinante.


Ha habido también indiscreciones referentes a la liturgia. Comenzando por el arzobispo de Bari, Francesco Cacucci, que ha declarado a Radio Vaticana que el Papa Francisco habría exhortado a los obispos a “vivir la relación con la liturgia con sencillez y sin superestructuras”


Luego ha sido el obispo de Conversano y Monopoli, Domenico Padovano, que ha contado a su clero que los obispos de la región se han lamentado con el Papa por la obra de división creada dentro de la Iglesia por los paladines de la Misa según el rito antiguo.


¿Y qué les ha respondido el Papa? Según lo referido por monseñor Padovano, Francisco los habría exhortado a vigilar sobre los extremismos de ciertos grupos tradicionalistas, pero también a atesorar la tradición y hacerla convivir en la Iglesia con la innovación.


Para explicar este último punto, el Papa habría puesto el propio ejemplo: “¿Lo ven? Dicen que mi maestro de ceremonias papales [Guido Marini] es de corte tradicionalista; y muchos, después de mi elección, me han invitado a relevarlo de su cargo y a sustituirlo. He respondido que no, precisamente para que yo mismo pueda beneficiarme de su preparación tradicional y al mismo tiempo él pueda aventajarse, del mismo modo, de mi formación más emancipada”.


Si son auténticas, son palabras instructivas sobre el espíritu litúrgico y el estilo de celebración del actual Papa. Pero no es seguro que los obispos de Puglia las hayan interpretado. Otro de ellos, el de Cerignola y Ascoli Satriano, Felice di Molfetta, ex presidente de la Comisión de Liturgia de la CEI, en un mensaje a su diócesis ha escrito entre otras cosas:


“No he dejado de alegrarme con el Papa por el estilo celebrativo que ha asumido; un estilo inspirado en la `noble sencillez´ sancionada por el Concilio, manifestando particular atención al tema y sobre el cual no han faltado de su parte consideraciones de alto perfil teológico-pastoral, compartidas por todos los obispos presentes.

He disfrutado mucho por el diálogo, habiéndome ocupado toda una vida de la enseñanza de la teología litúrgica y sacramental, al captar el interés del Santo Padre por este aspecto vital del ministerio petrino, ejercido por él tanto en las celebraciones feriales en Santa Marta como en las solemnes en la Basílica Vaticana, como por ejemplo en la Canonización de los 800 mártires de Otranto: una celebración contenida en el tiempo y, al mismo tiempo, en su desarrollo ritual.

El Papa Francisco, a la luz de ciertos fenómenos del pasado reciente en el que se han registrado en el plano litúrgico no pocas desviaciones, nos ha exhortado a los obispos, refiriéndonos también algunos ejemplos concretos, a vivir la relación con la acción litúrgica, en cuanto obra de Dios, como verdaderos creyentes, más allá de todo presuntuoso ceremonial, plenamente conscientes de que la `noble sencillez´ de que habla el Concilio no es descuido sino Belleza, belleza con la `B´ mayúscula”.


Pero enrolar al Papa Francisco entre las filas de los progresistas también en campo litúrgico es, por lo menos, arriesgado. No parece, de hecho, en particular, que él haya sido hostil a la liberalización de la Misa en el rito antiguo, decidida por Benedicto XVI con el Motu proprio Summorum Pontificum del 2007. Mientras que ciertamente Mons. Di Molfetta fue ese año uno de los más combativos críticos de aquel Motu proprio, antes y después de su publicación. Juzgaba la Misa en el rito antiguo “incompatible” con la post-conciliar y trabajó, sin éxito, para que la CEI produjese una nota interpretativa – en sentido restrictivo – de la Summorum Pontificum.

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Fuente:
Settimo Cielo


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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viernes, 22 de febrero de 2013

El Papa modifica los ritos litúrgicos de comienzo de Pontificado

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El pasado lunes 18 de febrero, en la audiencia concedida al Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, monseñor Guido Marini, Benedicto XVI ha aprobado, “con su Autoridad Apostólica”, algunas modificaciones al Ordo rituum pro ministerio Petrini initio Romae episcopi y ha dispuesto su publicación. Hemos pedido a Monseñor Marini que nos ilustre estas modificaciones y su significado.

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En primer lugar, ¿qué es el «Ordo rituum pro ministerii Petrini initio Romae episcopi»?


Como dicen las premisas al mismo Ordo en el n. 2, es el Ritual que “presenta las celebraciones previstas en tiempos diversos y en lugares vinculados a la sede episcopal de Roma en referencia a la cura pastoral de su Obispo sobre la entera grey del Señor”. Se trata, en otras palabras, del libro que contiene los textos litúrgicos usados en las celebraciones presididas por el nuevo Pontífice desde el momento del solemne anuncio de la Elección hasta la visita a la Basílica de Santa María la Mayor. El Ordo fue aprobado por Benedicto XVI, con Rescripto Ex audientia Summi Pontificis, el 20 de abril de 2005, al día siguiente de su elección como Sumo Pontífice. Debo decir que, en ese tiempo, la Oficina para las Celebraciones realizó, con competencia, un gran trabajo de estudio para la preparación y redacción del Ordo.

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El Pontífice, con las mismas modalidades, ha aprobado ahora algunas modificaciones. ¿Puede explicarnos el motivo de este acto?


Me parece poder identificar al menos dos. Sobre todo, el Santo Padre ha podido vivir en primera persona las celebraciones del comienzo de pontificado en el 2005. Aquella experiencia, con la reflexión posterior, probablemente sugirió algunas intervenciones con intención de mejorar el texto, en la lógica de un desarrollo armónico. En segundo lugar, con este acto, se ha querido proseguir en la línea de algunas modificaciones aportadas en estos años a las liturgias papales. Es decir, distinguir mejor la celebración de la Santa Misa de los otros ritos que no son estrictamente propios. Me refiero, por ejemplo, al rito de Canonizaciones, al del Resurrexit en el Domingo de Pascua y a la imposición del palio a los nuevos arzobispos metropolitanos.

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¿Qué ocurrirá en concreto?


Como ya he mencionado, tanto en la celebración para el inicio del ministerio del Obispo de Roma, como en la celebración para la toma de posesión de la Cátedra del Obispo de Roma en San Juan de Letrán, los ritos típicos serán colocados antes y fuera de la Santa Misa, y no ya dentro de ella.


En lo que respecta a la celebración del comienzo del ministerio del Obispo de Roma, el acto de la “obediencia” será realizado por todos los cardenales presentes en la concelebración. De este modo, ese gesto que en la Capilla Sixtina, inmediatamente después de la elección, es realizado por los cardenales electores, vuelve a tener una dimensión también pública y permanece abierto a todos los miembros del colegio cardenalicio, asumiendo al mismo tiempo un carácter de catolicidad. No se trata de una novedad, dado que todos recuerdan bien al comienzo del pontificado de Juan Pablo II el acto de obediencia realizado por todos los cardenales entonces presentes en la concelebración. Entre ellos basta pensar en las ya celebérrimas y conmovedoras fotografías que retratan el abrazo del Papa Wojtyla, tanto con el entonces cardenal Joseph Ratzinger, como con el cardenal Stefan Wyszyński.

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Entre los primeros actos del nuevo Obispo de Roma están previstas las visitas a las dos basílicas papales de San Pablo Extramuros y de Santa María la Mayor. ¿Ha sido dispuesto algún cambio al respecto?


A diferencia de lo que estaba indicado en el Ordo, el nuevo Pontífice podrá realizarlas cuando considere más oportuno, incluso a distancia de tiempo de la elección, y en la forma que considere más apropiada, sea una Santa Misa, la celebración de la Liturgia de las Horas, o un acto litúrgico particular como el actualmente prescrito.

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¿Ha sido contemplada alguna novedad también para la sección musical?


El actual Ordo, sin tener previstas otras posibilidades, indica un reportorio musical en su mayoría nuevo, compuesto con ocasión de la redacción del mismo Ordo. Conforme a lo dispuesto por Benedicto XVI con el presente acto, en cambio, se ofrece una mayor libertad en la elección de las partes cantadas, valorizando el rico repertorio musical de la historia de la Iglesia.

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Fuente: L’Osservatore Romano


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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sábado, 5 de enero de 2013

En la Epifanía, una anticipación de la Pascua

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Presentamos un breve pero interesante texto, publicado en el periódico Avvenire, sobre el Anuncio de la fecha de la Pascua, previsto por la Liturgia para la Solemnidad de la Epifanía. Además, ofrecemos nuestra traducción del mismo Anuncio, cuyo texto original hemos tomado del libreto que la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice ha preparado para la Santa Misa que el Papa Benedicto XVI celebrará mañana.

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En la Epifanía, la plenitud de la Navidad. Y en la alegría de Cristo que se manifiesta luz para todos los pueblos – simbolizados por los Magos – ya resplandece una primicia de la Resurrección. Hay un elemento, en la liturgia de esta solemnidad, que presenta de modo explícito el segundo aspecto puesto en evidencia: es el “Anuncio del día de la Pascua”, aquella proclamación que se puede insertar entre el Evangelio y la homilía. En el corazón de la Misa, por así decirlo.


De cada Misa que se celebra entre la el ocaso de la víspera y la tarde del 6 de enero. Su origen se pierde en la noche de los tiempos. En Milán recuerdan que San Ambrosio, en este día, además de anunciar la Pascua, anotaba el nombre de aquellos que habrían de ser bautizados en la vigilia de la Resurrección. Y se cuenta de una vez en que el futuro patrono afirmó desconsolado: “he echado las redes desde la Epifanía, pero estas han permanecido vacías”.


Todavía hoy el Anuncio está previsto tanto por el rito romano como por el ambrosiano, pero las dos tradiciones presentan textos diversos. Lo explica monseñor Claudio Magnoli, responsable del Servicio para la pastoral litúrgica en la Arquidiócesis de Milán. “La diferencia más evidente - indica el prelado – es que, en la versión ambrosiana, es indicada solamente la fecha de la Pascua, mientras en la romana se presentan también los días de algunas otras fiestas movibles: las Cenizas, la Ascensión, Pentecostés, el primer domingo de Adviento”. Pero no es sólo cuestión de números.


El Anuncio ambrosiano - prosigue el liturgista – de la Pascua subraya de modo específico dos dimensiones: misericordia y alegría. La primera nos hace conscientes del hecho de que, si llegamos a celebrar la Resurrección, será por bondad de Dios. La segunda, en cambio, retoma el tema típico de aquella gran solemnidad”. La perspectiva es un poco diversa en el rito romano: “aquí el día de Pascua es presentado como el centro de todo el año litúrgico, una suerte de fecha cero de la cual brotan las otras festividades variables”. Pero es un elemento común a los dos ritos la solemnidad del texto: “Por eso – recomienda el liturgista -, donde sea posible es bueno que sea cantado. Por el diácono, más que por el mismo sacerdote. O incluso por un solista laico”. El texto es así elevado a un auténtico elemento ritual, adquiere una resonancia mucho más amplia respecto a la de una simple lectura.


En común un elemento simbólico de importancia: ambos hacen referencia al anuncio de la Resurrección previsto por el respectivo rito. Aquel que es entonado en la noche de Pascua. Pero no sólo. La estructura misma del Anuncio pascual (que en el rito ambrosiano canta sencillamente “Cristo ha resucitado”, mientras que en el romano se articula en una extensa relectura de la historia salvífica culminando con la alabanza del cirio, imagen del Señor victorioso sobre el pecado y sobre la muerte) recalca fielmente la estructura formal del que es proclamado el 6 de enero. Conciso en Milán, más elaborado en Roma y en la Iglesia universal. Sin embargo, se lo decía al comienzo, en ambas tradiciones eclesiales, la Epifanía es plenitud de Navidad. Y anticipación de la gloria que irradia Cristo Resucitado.


Anuncio del día de la Pascua

(traducción de la versión ofrecida por la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice)


Queridísimos hermanos,

con el favor de la misericordia de Dios,

así como nos hemos alegrado

por el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo,

les anunciamos la alegría de la Resurrección de nuestro Salvador.


El día 13 de febrero será el día de las Cenizas, comienzo del ayuno de la Sagrada Cuaresma.


El día 31 de marzo celebraremos con alegría la Santa Pascua de Nuestro Señor Jesucristo


El día 12 de mayo, la Ascensión del Señor.


El día 19 de mayo, la fiesta de Pentecostés.


El día 2 de junio, la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.


El día 1º de diciembre será el primer Domingo del Adviento de Nuestro Señor Jesucristo, a Quien sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos.


R. Amén.

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Fuentes: Avvenire y Sitio web de la Santa Sede

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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lunes, 22 de octubre de 2012

La señal del Papa: el retorno del fanón, símbolo del “escudo de la fe”

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En esta breve pero interesante entrevista, cuya traducción en lengua española ofrecemos, Don Nicola Bux explica las motivaciones y el significado de una sorpresiva introducción en la liturgia pontificia de las Canonizaciones, celebradas ayer en el Vaticano, junto a la anunciada modificación del rito: el retorno del fanón papal, un ornamento exclusivo del Romano Pontífice, que se encontraba en desuso desde los primeros años del pontificado de Pablo VI y que, hasta el día de ayer, sólo había sido usado en una ocasión por el Beato Juan Pablo II.

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Don Nicola Bux, ¿por qué Benedicto XVI ha utilizado el fanón papal?


El fanón se usa sobre la casulla, y está formado por dos mucetas superpuestas la una a la otra; la inferior es más larga que la superior. Es de tela blanca y dorada, con largas líneas perpendiculares, separadas por una franja amaranto o roja. Sobre el pecho tiene una cruz bordada en oro.

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¿Cuál es el significado litúrgico del fanón papal?


Simboliza el escudo de la fe (cfr. Efesios 6, 16: “Tened siempre embrazado el escudo de la fe, para que en él se apaguen todas las flechas incendiarias del maligno”) que protege la Iglesia católica, representada por el Papa. Las bandas verticales de color dorado y plateado representen la unidad y la indisolubilidad de la Iglesia latina y oriental.

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Por primera vez, el domingo pasado, el rito de la Canonización ha sido anticipado antes del comienzo de la Misa. Había sucedido también con el Consistorio para la creación de nuevos cardenales en febrero y, aún antes, con el canto de la Kalenda la noche de Navidad. ¿Cuál es el motivo de estas opciones?


La razón es lograr que se perciba cada vez mejor la diferencia entre lo que pertenece al rito eucarístico de la Misa y lo que en cambio se añade a él excepcionalmente. Hoy cada vez más se tiende a añadir a la Misa otros ritos, o hacer mezclas indebidas, o a superponer frecuentemente otros ritos sacramentales. Todo esto termina impidiendo que los fieles perciban los márgenes del Sacrificio Eucarístico, así como de los distintos sacramentos y sacramentales, llevando a reducir la Misa a un programa que se completa a gusto.

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¿No existe el riesgo de que a, los ojos de los creyentes y de todo el mundo, la imagen del Papa usando vestiduras litúrgicas en desuso o las continuas modificaciones en la estructura de los ritos presididos por él puedan presentar a Benedicto XVI como un Pontífice anticuado al que le gusta usar vestimentas de museo?


Ningún riesgo, sino la señal de que, en la Iglesia, hay continuidad de Magisterio: lo que era sagrado sigue siendo sagrado. El ornamento usado por primera vez por Benedicto XVI en esta Canonización ha sido usado por Juan Pablo II, así como por Pablo VI, por Juan XXIII, por Pío XII.


Aquello que hoy debe volver a comprenderse es que los ornamentos litúrgicos no siguen las modas humanas sino que quieren dar gloria a Dios. Los sacerdotes y los obispos hasta el Papa son ministros, es decir, siervos – el Papa es servus servorum Dei -, por lo tanto, frente a la Majestad divina deben presentarse con la mayor dignidad. La riqueza de los ornamentos es el signo de esto, si bien nunca bastante adecuado, y a él debe corresponder la pureza del corazón y la castidad del cuerpo, como escribe san Francisco en la Carta a los Fieles.


Lo sagrado no va nunca al museo. La actual tendencia a la exhibición en museos de los objetos sagrados tiene algo de patológico cuando no está justificada por el motivo de salvaguardar su conservación. Los ornamentos son, en gran parte, fruto de donaciones del pueblo de Dios para conferir esplendor al culto divino.


La modificación de la estructura de los ritos corresponde a la exigencia de restaurar lo que se ha deformado por el paso del tiempo o las concesiones a las modas del momento, para permitir a los ritos expresar más claramente la lex credendi de la Iglesia. A diferencia de la beatificación, la canonización, por ejemplo, es un acto solemne del Magisterio pontificio, que declara ex cathedra, es decir, de modo infalible, que algunos de sus hijos gozan con seguridad de la visión beatífica de Dios en el Paraíso, y pueden ser invocados como intercesores y señalados como ejemplos para toda la Iglesia y no sólo para las Iglesias particulares.

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Fuente: Orticalab


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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martes, 16 de octubre de 2012

“Cuando el Papa reza tres veces”: es modificado el Rito de canonización

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El próximo domingo 21 de octubre se celebrará, en Plaza San Pedro, la canonización de siete nuevos santos, uno de los acontecimientos importantes del Año de la Fe que está viviendo la Iglesia. Además, en esta ocasión, el Santo Padre utilizará por primera vez un nuevo Ritual para las ceremonias de canonización, preparado por la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, que realiza algunas modificaciones al ritual hasta ahora vigente y recupera algunos signos del antiguo ritual. Presentamos nuestra traducción de la entrevista que Mons. Guido Marini, Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, ha concedido a L’Osservatore Romano.


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Entonces, ¿el rito de canonización ya no se realizará durante la celebración eucarística?


Exactamente, como ya ha ocurrido, por otro lado, para los otros ritos: piénsese en el rito del Resurrexit, el domingo de Pascua; en el consistorio para la creación de nuevos cardenales, a partir del pasado 18 de febrero; y en la bendición y imposición de los palios a los arzobispos metropolitanos, en la reciente solemnidad de los santos Pedro y Pablo.

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¿Cuál es el motivo de fondo?


Evitar que dentro de la celebración eucarística estén presentes elementos que no pertenecen estrictamente a la misma, manteniendo así intacta la unidad, como es pedido por la Constitución conciliar sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium. Además, no es modificada una tradición consolidada sino sólo una práctica reciente. La canonización es fundamentalmente un acto canónico, en el cual están involucrados el munus docendi y el munus regendi. El munus santificandi entra en escena como segundo momento y está constituido por el acto de culto que sigue a la canonización.

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En pocas palabras, para decirlo con el documento del Vaticano II citado por usted, ¿“sana tradición y legítimo progreso”?


Ciertamente, si bien en este caso específico la renovación del rito de canonización se inserta en el surco del camino comenzado por Benedicto XVI en el 2005. Fue entonces que la Congregación para las Causas de los Santos, con comunicación del 29 de septiembre, dispuso – luego de las conclusiones del estudio de las razones teológicas y las exigencias pastorales sobre los ritos de beatificación y canonización aprobados por el Santo Padre – que la canonización seguiría siendo presidida por el Pontífice en San Pedro, mientras que la beatificación sería celebrada por un representante suyo, normalmente el Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, en las diócesis interesadas. La canonización, en efecto, es una sentencia definitiva, con la cual el Sumo Pontífice decreta que un siervo de Dios, ya incluido entre los beatos, sea insertado en el catálogo de los santos y se venere en la Iglesia universal con el culto debido a todos los canonizados. Se trata, por lo tanto, de un acto preceptivo y universal. La autoridad ejercida por el Papa en la sentencia de la canonización será ahora todavía más visible a través de algunos elementos rituales.

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Más allá del cambio de lugar del Rito, que tendrá lugar enteramente antes del comienzo de la Misa, ¿cuáles son estos elementos rituales?


En primer lugar, el triple pedido, durante el cual el cardenal Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos se dirigirá al Santo Padre para pedirle que proceda a la canonización de los siete beatos. Es por lo tanto recuperada, si bien de forma renovada, la antigua tradición según la cual el Papa reza con insistencia para pedir la ayuda del Señor en la realización del importante acto. En particular, en respuesta a la segunda petición, él invocará al Espíritu Santo y, después de tal invocación, será entonado el himno del Veni Creator. En segundo lugar, el canto del Te Deum, presente en el Rito de canonización hasta 1969, acompañará la colocación y la veneración de las reliquias de los nuevos santos.

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Respecto a la procesión con las reliquias de los nuevos santos, ¿está prevista alguna otra modificación?


La habitual procesión se detendrá brevemente frente al Santo Padre que, así, podrá venerar las reliquias. Una vez que sean colocadas ante el altar, las reliquias serán incensadas por el diácono.

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La revisión del rito de canonización, como ya los otros ritos, ¿comporta también una simplificación?


Diría que sí. Y también esto es un aspecto importante del rito renovado, junto al de su reforma en armónica continuidad con una tradición ya secular. De este modo es posible realizar el “esplendor de la noble sencillez” auspiciado por el concilio Vaticano II. Las Letanías de los santos acompañarán la procesión inicial, resultando anticipadas respecto a la praxis actual. Ocurría así durante el pontificado de Pío XII, a partir de 1946. Serán además omitidas las biografías de los nuevos santos por parte del Prefecto, dado que el Santo Padre, como es costumbre, las presentará brevemente durante la homilía. No está ya previsto, finalmente, el saludo personal del Pontífice por parte de los postuladores, que podrán encontrarlo brevemente después de la Misa, en la sacristía de la basílica Vaticana.

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Fuente: L’Osservatore Romano


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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lunes, 1 de octubre de 2012

Card. Veglió: “La secularización influyó en la aplicación de las reformas conciliares”

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Sandro Magister ha publicado en su blog este artículo, cuya traducción al español ofrecemos, en el cual presenta parte de una conferencia del Cardenal Antonio María Veglió sobre la piedad popular, en la que el prelado, con una franqueza inusual, analiza los ataques que la piedad popular ha recibido en el post-concilio debido a una visión secularizante que penetró en muchos ambientes eclesiales y a interpretaciones parciales de los textos conciliares, en particular de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia.

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El jueves 4 de octubre Benedicto XVI se dirigirá a Loreto, exactamente medio siglo después de la visita que realizó Juan XXIII. El Papa celebrará la Misa en la Plaza frente al Santuario mariano.


¿Por qué este viaje? Los santuarios son el lugar por excelencia de la piedad popular. Aquella piedad que se expresa en las peregrinaciones, en las fiestas patronales, en la devoción a María y a los santos, en el rezo del rosario. Contra la piedad popular se levantó en los años sesenta y setenta una oleada de contestación, en nombre de una fe “pura” y “comprometida”. Pero de Pablo VI en adelante, los Papas reaccionaron frente a esta tendencia. Benedicto XVI es, en esto, muy decidido. Las imágenes de su vida privada lo muestran mientras reza el rosario, en los jardines del Vaticano o de Castelgandolfo, y reza frente a la gruta de la Virgen de Lourdes.


Cuánto importa la piedad popular en la vida de los católicos comunes, en Italia, es confirmado, entre otras cosas, por los índices altísimos de escucha que tiene el rosario transmitido en directo desde Lourdes en TV 2000, cada día a las 18 y repetido a las 20. El cardenal Angelo Bagnasco, en la introducción al consejo permanente de la CEI el pasado 24 de septiembre, no ha dejado de remarcarlo. Por eso es más interesante aún lo que ha dicho recientemente otro cardenal, Antonio Maria Veglió, presidente del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Migrantes e Itinerantes, principal caldo de cultivo para la piedad popular.


En una conferencia del pasado 20 de septiembre en la Red Mariana Europea, el cardenal Veglió ha recorrido la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la piedad popular. El Vaticano II – explicó – la valorizó como “praeparatio evangelica”, como acto del pueblo de Dios, como expresión de inculturación, como vinculada a la liturgia.


Pero, a pesar de esto – prosiguió el cardenal -, en el inmediato post-concilio se asistió a “un intento de eliminar o, al menos, ignorar las manifestaciones populares de la fe”, al cual siguió “una revaloración de la piedad popular por parte del Magisterio, de la teología, de la pastoral y de la liturgia”.


A continuación la sección de la conferencia que analiza, con una franqueza inusual en boca de un alto dirigente vaticano, la oleada contestadora de los años sesenta y setenta.


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El engaño de una religión “pura”


En la valoración negativa de la religiosidad popular influyeron tanto causas internas como externas al ámbito eclesial.


Entre las primeras, resaltaron la existencia de lecturas parciales y selectivas de los textos conciliares en el post-concilio, así como una interpretación parcial e interesada de su doctrina.


Entre las segundas se debe indicar la importancia influencia que ejercieron las teorías de la secularización. La acogida que muchos ambientes eclesiales dieron a la teología de la secularización comportaba el desprecio de un cristianismo manifestado en formas exteriores, cuyo ejemplo evidente es, ciertamente, la religiosidad popular. Ésta fue considerada como un catolicismo superficial, separado de la vida y de los compromisos históricos.


Uno de los resultados del Concilio fue la definición de la Iglesia como pueblo de Dios, algo que animó el asociacionismo laical. En este contexto surgieron pequeños grupos que se consideraban más comprometidos. Estos “católicos del compromiso” o “católicos progresistas” adoptaron una actitud de contraposición a los cristianos que participaban en las manifestaciones de la piedad popular, considerándolos sencillos, ritualistas, incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos, y necesitados de purificación.


Al mismo tiempo, acusaron a la piedad popular de tener matices supersticiosos, de alejarse de la realidad, de alienarse del compromiso cristiano, de ser incapaz de formar militantes y promover actitudes evangélicas que favorezcan el desarrollo y la liberación.


Uno de los frutos más evidentes del Concilio fue la reforma litúrgica. Sin embargo, el desarrollo de tal proceso no fue siempre tan oportuno como habría sido deseable. Enumeremos muy rápidamente algunas características que tuvieron efectos contrarios a las prácticas de la piedad popular.


En primer lugar, y fruto del entusiasmo que el Concilio suscitó en el seno de la Iglesia, se pretendió desarrollar esa reforma a un ritmo vertiginoso, sin tiempo suficiente para asimilar los textos conciliares y su consiguiente aplicación a la Iglesia universal. Además, y en algunas iniciativas, estaban subyacentes interpretaciones erróneas o interesadamente parciales de las enseñanzas conciliares.


En no pocas ocasiones fue promovida una liturgia excesivamente pragmática, donde abundaban los elementos pedagógicos y didácticos a costa de su carácter mistérico, lo que llevó a descuidar cantos, silencios y gestos. Uno de los objetivos laudables era alcanzar una vivencia religiosa purificada, tanto en el ámbito interno (motivaciones) como externo (formas). El problema surgió en el modo concreto en que esto se desarrolló. Se promovió una religiosidad pura, desarraigada y abstracta, que supuso, entre otras cosas, la eliminación de tradiciones religiosas, a las cuales se atribuían rasgos mágicos, utilitaristas o supersticiosos.


La afirmación conciliar de la centralidad de la liturgia y de la celebración eucarística comportó que no pocos pastores suprimiesen muchas prácticas populares, por el hecho de que la religiosidad popular se manifiesta, en múltiples ocasiones, con formas diversas de aquellas previstas por los textos litúrgicos oficiales. La reforma subrayó también la gran importancia que debía tener la Sagrada Escritura en la celebración litúrgica. Y, en consecuencia, se valoró negativamente la escasa presencia bíblica en las manifestaciones populares, muchas de las cuales son pobres en teología y citas bíblicas pero ricas en sentimentalismo.


La promulgación de la constitución Sacrosanctum Concilium, en 1963, coincidió con uno de los momentos en que la secularización tuvo mayor fuerza, y esto influyó en la aplicación de las reformas conciliares. De este contexto se asignó a la liturgia un claro compromiso temporal, con la adquisición de un tono profético, la denuncia de las situaciones sociales de pecado y la invitación al compromiso. Por eso, la piedad popular fue valorada negativamente, atribuyéndole un efecto anestésico frente a los problemas sociales.


Todos estos elementos, que en alguna medida se hicieron presentes durante la reforma litúrgica postconciliar, se tradujeron en la supresión indiscriminada y arbitraria de numerosas prácticas de piedad popular. En este contexto son elocuentes las palabras que Pablo VI pronunció en 1973 durante una audiencia pública: “Voces autorizadas nos recomiendan aconsejar gran cautela en el proceso de reforma de tradicionales costumbres populares religiosas, teniendo cuidado de no extinguir el sentimiento religioso, en el acto de revestirlo de nuevas y más auténticas expresiones espirituales: el gusto de lo verdadero, de lo bello, de lo simple, de lo comunitario y también de lo tradicional (donde merezca ser honrado), debe presidir las manifestaciones exteriores del culto, tratando de conservar el afecto del pueblo a ellas”.


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Fuente: Settimo Cielo


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 26 de septiembre de 2012

“La correcta opción del Concilio”: el Papa habla sobre la Sacrosanctum Concilium

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En la audiencia general que, como cada miércoles, se celebró hoy en el Vaticano, el Papa Benedicto XVI, prosiguiendo la serie de catequesis sobre la oración, se refirió a la Liturgia y, en particular, a la Constitución Sacrosanctum Concilium, el primer documento aprobado por los padres conciliares el 4 de diciembre de 1963. Ofrecemos nuestra traducción de amplios pasajes de la catequesis papal.

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[…] A este punto, después de una larga serie de catequesis sobre la oración en la Escritura, podemos preguntarnos: ¿cómo puedo dejarme formar por el Espíritu Santo y así ser capaz de entrar en la atmósfera de Dios, de orar con Dios? ¿Cuál es esta escuela en la que Él me enseña a rezar, viene en ayuda de mi dificultad en dirigirme de modo correcto a Dios?


La primera escuela para la oración - lo hemos visto en estas semanas – es la Palabra de Dios, la Sagrada Escritura. La Sagrada Escritura es un permanente diálogo entre Dios y el hombre, un diálogo progresivo en el cual Dios se muestra cada vez más cercano, en el cual podemos conocer cada vez mejor su rostro, su voz, su ser; y el hombre aprende a aceptar, a conocer a Dios, a hablar con Dios. Por lo tanto, en estas semanas, leyendo la Sagrada Escritura, hemos buscado, desde la Escritura, por este diálogo permanente, aprender cómo podemos entrar en contacto con Dios.


Hay todavía otro precioso “espacio”, otra preciosa “fuente” para crecer en la oración, una fuente de agua viva en estrechísima relación con la precedente. Me refiero a la liturgia, que es un ámbito privilegiado en el que Dios habla a cada uno de nosotros, aquí y ahora, y espera nuestra respuesta.


¿Qué es la liturgia? Si abrimos el Catecismo de la Iglesia Católica – subsidio siempre precioso, diría indispensable – podemos leer que originariamente la palabra “liturgia” significa “servicio por parte del pueblo y a favor del pueblo” (n. 1069). Si la teología cristiana tomó este vocablo del mundo griego, lo hizo obviamente pensando en el nuevo Pueblo de Dios nacido de Cristo que ha abierto sus brazos en la Cruz para unir a los hombres en la paz del único Dios. “Servicio a favor del pueblo”, un pueblo que no existe por sí mismo sino que se ha formado gracias al Misterio Pascual de Jesucristo. […]


El Catecismo indica además que “en la tradición cristiana (la palabra `liturgia´) quiere significar que el Pueblo de Dios participa en la obra de Dios” (n. 1069), porque el pueblo de Dios como tal existe sólo por obra de Dios.


Esto nos lo ha recordado el desarrollo mismo del Concilio Vaticano II, que comenzó sus trabajos, cincuenta años atrás, con la discusión del esquema sobre la Sagrada Liturgia, aprobado luego solemnemente el 4 de diciembre de 1963, el primer texto aprobado por el Concilio. Que el documento sobre la liturgia fuese el primer resultado de la asamblea conciliar tal vez por algunos fue considerado una casualidad. Entre muchos proyectos, el texto sobre la sagrada liturgia pareció ser el menos controvertido y, precisamente por esto, capaz de constituir una especie de ejercicio para aprender la metodología del trabajo conciliar.


Pero, sin ninguna duda, lo que a primera vista puede parecer una casualidad, se ha demostrado la opción más correcta, también a partir de la jerarquía de los temas y de las tareas más importantes de la Iglesia. Comenzando, de hecho, con el tema de la “liturgia”, el Concilio puso de relieve de modo muy claro el primado de Dios, su prioridad absoluta. En primer lugar Dios: precisamente esto nos dice la opción conciliar de partir de la liturgia. Donde la mirada sobre Dios no es determinante, toda otra cosa pierde su orientación. El criterio fundamental para la liturgia es su orientación a Dios, para poder así participar en su misma obra.


Sin embargo, podemos preguntarnos: ¿cuál es esta obra de Dios a la cual estamos llamados a participar? La respuesta que nos ofrece la Constitución conciliar sobre la sagrada liturgia es aparentemente doble. En el numero 5 nos indicia, de hecho, que la obra de Dios son las acciones históricas que nos llevan a la salvación, culminante en la Muerte y Resurrección de Jesucristo; pero en el número 7, la misma Constitución define precisamente la celebración de la liturgia como “obra de Cristo”. En realidad, estos dos significados están inseparablemente vinculados. Si nos preguntamos quién salva al mundo y al hombre, la única respuesta es: Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, Crucificado y Resucitado. ¿Y dónde se hace actual para nosotros, para mí hoy, el Misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo, que trae la salvación? La respuesta es: en la acción de Cristo a través de la Iglesia, en la liturgia, en particular en el Sacramento de la Eucaristía, que hace presente la ofrenda sacrificial del Hijo de Dios, que nos ha redimido; en el Sacramento de la Reconciliación, en el que se pasa de la muerte del pecado a la vida nueva; y en los otros actos sacramentales que nos santifican (cfr. Presbyterorum ordinis, 5). Así, el Misterio Pascual de la Muerte y Resurrección de Cristo es el centro de la teología litúrgica del Concilio.


Hagamos otro breve paso y preguntémonos: ¿de qué modo se hace posible esta actualización del Misterio Pascual de Cristo? El beato Papa Juan Pablo II, a 25 años de la Constitución Sacrosanctum Concilium, escribió: “Para actualizar su misterio pascual, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en las acciones litúrgicas. La Liturgia es, por consiguiente, el «lugar» privilegiado del encuentro de los cristianos con Dios y con quien El envió, Jesucristo (cf. Jn 17, 3)” (Vicesimus quintus annus, n.7). En la misma línea, leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica así: “Toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo y en el Espíritu Santo, y este encuentro se expresa como un diálogo a través de acciones y de palabras” (n. 1153).


Por lo tanto, la primera exigencia para una buena celebración litúrgica es que sea oración, diálogo con Dios, en primer lugar escucha y luego respuesta. San Benito, en su Regla, hablando de la oración de los salmos, indica a los monjes: mens concordet vocis, “la mente concuerde con la voz”. El Santo enseña que en la oración de los Salmos las palabras deben preceder a nuestra mente. Habitualmente no ocurre así, primero debemos pensar y luego, cuando hemos pensando, se convierte en palabra. Aquí, en cambio, en la liturgia, es al revés: la palabra precede. Dios nos ha dado la palabra y la sagrada liturgia nos ofrece las palabras; nosotros debemos entrar en el interior de las palabras, en su significado, acogerlas en nosotros, ponernos en sintonía con estas palabras; así nos convertimos en hijos de Dios, similares a Dios.


Como recuerda la Sacrosanctum Concilium, para asegurar la plena eficacia de la celebración “es necesario que los fieles se acerquen a la sagrada Liturgia con recta disposición de ánimo, pongan su alma en consonancia con su voz y colaboren con la gracia divina, para no recibirla en vano” (n.11). Elemento fundamental, primario, del diálogo con Dios en la liturgia es la concordancia entre lo que decimos con los labios y lo que llevamos en el corazón. Entrando en las palabras de la gran historia de la oración nosotros mismos somos conformados al espíritu de estas palabras y nos hacemos capaces de hablar con Dios.


En esta línea, quisiera hacer referencia sólo a uno de los momentos que, durante la misma liturgia, nos llama y nos ayuda a encontrar esta concordancia, este conformarnos a lo que escuchamos, decimos y hacemos en la celebración de la liturgia. Me refiero a la invitación que formula el celebrante antes de la Plegaria Eucarística: “Sursum corda”, levantemos nuestros corazones por sobre la maraña de nuestras preocupaciones, nuestros deseos, nuestras angustias, nuestra distracción.


Nuestro corazón, lo íntimo de nosotros mismos, debe abrirse dócilmente a la Palabra de Dios y recogerse en la oración de la Iglesia, para recibir su orientación hacia Dios de las palabras mismas que escucha y dice. La mirada del corazón debe dirigirse hacia el Señor, que está en medio de nosotros: es una disposición fundamental.


Cuando vivimos la liturgia con esta actitud de fondo, nuestro corazón es como sustraído a la fuerza de gravedad, que lo impulsa hacia abajo, y se eleva interiormente hacia lo alto, hacia la verdad, hacia el amor, hacia Dios. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: “La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar” (n. 2655): altare Dei est cor nostrum.


Queridos amigos, celebramos y vivimos bien la liturgia sólo si permanecemos en actitud orante, no si queremos “hacer algo”, hacernos ver o actuar, sino si orientamos nuestro corazón a Dios y estamos en actitud de oración uniéndonos al Misterio de Cristo y a su diálogo de Hijo con el Padre. Dios mismo nos enseña a rezar, afirma San Pablo. Él mismo nos ha dado las palabras adecuadas para dirigirnos a Él, palabras que encontramos en el Salterio, en las grandes oraciones de la sagrada liturgia y en la misma Celebración eucarística. Pidamos al Señor ser cada día más conscientes del hecho de que la Liturgia es acción de Dios y del hombre; oración que brota del Espíritu Santo y de nosotros, interiormente dirigida al Padre, en unión con el Hijo de Dios hecho hombre (cfr. Catecismo dela Iglesia Católica, n. 2564).

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Fuente: Il blog degli amici di Papa Ratzinger


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 29 de agosto de 2012

A Roma para dar gracias al Papa por “Summorum Pontificum”

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Como se ha hecho público recientemente, distintos grupos de fieles que, agradecidos por el Motu proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI, celebran y difunden la Santa Misa en la Forma Extraordinaria del Rito Romano, han constituido en Roma un “Coetus Internationalis pro Summorum Pontificum”, con el fin de organizar una peregrinación a Roma para los primeros días de noviembre en la cual agradecerán al Santo Padre este documento y le manifestarán su fidelidad. La peregrinación concluirá con la celebración de la Santa Misa según el Misal del Beato Juan XXIII en la Basílica Vaticana. Presentamos la entrevista que el señor Thomas Murphy, secretario tanto de la Federación Una Voce como del flamante Coetus Internationalis, ha concedido para explicar un poco esta importante iniciativa.

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Señor Thomas Murphy, usted es el portavoz oficial del Coetus Internacionalis pro Summorum Pontificum: ¿cuál es el objetivo de este Comité?


El Coetus Internationalis reúne varios grupos de fieles que trabajan, cada uno a su modo, en apoyo de Summorum Pontificum. Unir estos grupos en la caridad y trabajar juntos es nuestro primer objetivo. El objetivo principal del Coetus Internationalis es organizar una peregrinación a Roma el próximo fin de semana de Todos los Santos.


Aprovechamos la ocasión del Año Santo de la Fe y el 5º aniversario de Summorum Pontificum para invitar a asociaciones, grupos y movimientos de fieles, provenientes de toda Europa y del mundo, a unirse a nosotros en Roma para una manifestación de apoyo al Santo Padre y para darle gracias por la “Carta Magna” con la que ha “liberalizado” el Rito Gregoriano. Ésta es nuestra invitación a todos los fieles: a afirmar nuestra fe católica y nuestra fidelidad al Romano Pontífice y expresar nuestro convencimiento de que también la liturgia tradicional en latín es un instrumento para la nueva evangelización, incluyendo su fascinación en los jóvenes y su universalidad.


La peregrinación se concluirá con una Misa Pontifical en la Forma Extraordinaria del Rito Romano, el sábado 3 de noviembre a las 10 hs en la Basílica de San Pedro, corazón del catolicismo.

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¿Cuáles son los movimientos que han adherido a la iniciativa?


La lista de los movimientos se amplía casi cada día. Tenemos intención de presentar un elenco inicial con ocasión del anuncio oficial de la peregrinación, el 10 de septiembre, pero algunos movimientos merecen particular mención desde ahora. Hablo también en calidad de Secretario de la Federación Internacional Una Voce (FIUV), que ha dado su notable apoyo al Coetus Internationalis. Las asociaciones miembros de nuestra Federación presentes en los cinco continentes, en particular Una Voce Italia, han aportado su preciosa contribución a los trabajos del Coetus Internationalis.


Una excelente contribución ha sido dada también por el Coetus nationalis pro Summorum Pontificum (CNSP), que reúne a los grupos y organizaciones de la península italiana, entre los cuales algunas de nuestras asociaciones de Una Voce. Quisiera también hacer una mención de honor de la magistral y bien conocida asociación francesa Notre-Dame-de-chrétienté, organizadora de la peregrinación anual a Chartres, y a la Foederatio Internationalis Juventutem, los jóvenes que apoyan Summorum Pontificum y que se han hecho conocer con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud; asociaciones, éstas, que han confirmado su adhesión al Coetus Internationalis en los pasados días.


El apoyo de estos grupos y movimientos es fundamental si queremos alcanzar nuestros objetivos: no sólo crear una caritativa unidad y colaboración entre todos los que apoyan el Summorum Pontificum, sino también dirigir nuestros agradecimientos al Romano Pontífice por Summorum Pontificum y, sobre todo, profesarle nuestra fidelidad durante la próxima peregrinación en los primeros días de noviembre. Repito la invitación a cada grupo que apoya Summorum Pontificum a unirse al Coetus Internationalis.

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¿Puede decirnos algunos otros detalles sobre los desarrollos de la organización de la peregrinación, como, por ejemplo, el nombre del celebrante?


Estamos trabajando duramente, a pesar de la pausa estival, sacrosanta en Roma. El nombre del celebrante será hecho público con ocasión del anuncio oficial de la peregrinación en el mes de septiembre.


Además de la Misa en la Basílica de San Pedro, invitamos a cada grupo que venga a Roma a organizar en la Ciudad Eterna una ceremonia religiosa o un encuentro de oración durante aquel fin de semana de Todos los Santos. Con este fin, nuestro capellán, el Padre Claude Barthe, autor de numerosos libros y artículos en materia litúrgica, se pondrá en contacto con los grupos de peregrinos y con los sacerdotes presentes en Roma para la ocasión. Cualquiera que estuviese interesado puede contactar nuestra Secretaría en la dirección cisp@mail.com o escribir a secretary@fiuv.org.

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El anuncio oficial de la peregrinación se dará el 10 de septiembre, apenas ocho semanas antes de la Misa del 3 de noviembre. El tiempo es poco. ¿Cuántos peregrinos esperan que vengan a Roma?


Es cierto: los tiempos son breves. Sin embargo, el Coetus Internationalis ha llevado a cabo ya mucho trabajo, de manera discreta, en los muchos meses precedentes. He sabido que los peregrinos previstos en Roma están estimados entre los 3000 y 4000, provenientes de todo el mundo.


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Usted ha dicho que es también el secretario de la FIUV. ¿Qué rol ha desarrollado la FIUV en esta peregrinación y cómo se ubica entre sus actividades?


Siendo la más antigua organización de laicos activa para la conservación de la liturgia tradicional en latín, la Federación Internacional Una Voce ha estado involucrada desde el comienzo en la organización de la peregrinación. Nuestra red de Asociaciones y Federaciones en 33 países en los cinco continentes atribuye gran importancia a la colaboración y a la íntima unión en la caridad. Era natural, por lo tanto, que la FIUV fuese uno de los primeros y decisivos sostenedores del Coetus Internationalis.


Nuestra Federación va a Roma cada dos años para una Asamblea General de los Socios, pero estábamos ansiosos de realizar un particular esfuerzo para celebrar el 5º Aniversario del Summorum Pontificum y demostrar nuestra fidelidad al Papa durante el Año de la Fe. La peregrinación a Roma del próximo mes de noviembre será la ocasión ideal para repetir lo que los católicos hacen desde siempre: una peregrinación a las tumbas de los Apóstoles y una declaración pública de su fidelidad al Papa.


Lo que hay de peculiar en el Coetus Internationalis, y esto debería interesar a todos aquellos que apoyan el Summorum Pontificum, es su estar por encima de las divisiones. Se trata de un sencillo acto de amor por parte de muchas almas reunidas en los diversos movimientos católicos, que tratan todas de incluirse en nuestra única y visible expresión de fe, de agradecimiento y de fidelidad. A todos aquellos que comparten nuestra fe católica, que comparten nuestra gratitud por Summorum Pontificum y que comparten nuestra fidelidad al Santo Padre, a todos aquellos que escuchan mis palabras digo: “¡Vengan con nosotros a Roma!”.

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Fuente: Messainlatino


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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domingo, 17 de junio de 2012

Benedicto XVI: “Queda mucho por hacer en el camino de la renovación litúrgica real”

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Hoy se ha clausurado, en Dublin, el 50º Congreso Eucarístico Internacional, con la Santa Misa celebrada por el Cardenal Marc Ouellet, Legado Pontificio. Al final de la celebración, se transmitió el siguiente video-mensaje del Santo Padre Benedicto XVI, en el cual hizo referencia a la reforma litúrgica, al Concilio Vaticano II así como también a la situación actual de la Iglesia en Irlanda. Además, el Papa anunció que el próximo Congreso Eucarístico Internacional se celebrará en Cebu, Filipinas, en el año 2016.

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Queridos hermanos y hermanas:

Con gran afecto en el Señor, saludo a todos los que os habéis reunido en Dublín para el 50 Congreso Eucarístico Internacional, en especial al Señor Cardenal Brady, al Señor Arzobispo Martin, al clero, a las personas consagradas, a los fieles de Irlanda y a todos los que habéis venido desde lejos para apoyar a la Iglesia en Irlanda con vuestra presencia y vuestras oraciones.


El tema del Congreso – «La Eucaristía: Comunión con Cristo y entre nosotros» – nos lleva a reflexionar sobre la Iglesia como misterio de comunión con el Señor y con todos los miembros de su cuerpo. Desde los primeros tiempos, la noción de koinonia o communio ha sido central en la comprensión que la Iglesia ha tenido de sí misma, de su relación con Cristo, su Fundador, y de los sacramentos que celebra, sobre todo la Eucaristía. Mediante el Bautismo, se nos incorpora a la muerte de Cristo, renaciendo en la gran familia de los hermanos y hermanas de Jesucristo; por la Confirmación recibimos el sello del Espíritu Santo y, por nuestra participación en la Eucaristía, entramos en comunión con Cristo y se hace visible en la tierra la comunión con los demás.


Recibimos también la prenda de la vida eterna futura.

El Congreso tiene lugar en un momento en el que la Iglesia se prepara en todo el mundo para celebrar el Año de la Fe, para conmemorar el quincuagésimo aniversario del inicio del Concilio Vaticano II, un acontecimiento que puso en marcha la más amplia renovación del rito romano que jamás se haya conocido. Basado en un examen profundo de las fuentes de la liturgia, el Concilio promovió la participación plena y activa de los fieles en el sacrificio eucarístico. Teniendo en cuenta el tiempo transcurrido, y a la luz de la experiencia de la Iglesia universal en este periodo, es evidente que los deseos de los Padres Conciliares sobre la renovación litúrgica se han logrado en gran parte, pero es igualmente claro que ha habido muchos malentendidos e irregularidades. La renovación de las formas externas querida por los Padres Conciliares se pensó para que fuera más fácil entrar en la profundidad interior del misterio. Su verdadero propósito era llevar a las personas a un encuentro personal con el Señor, presente en la Eucaristía, y por tanto con el Dios vivo, para que a través de este contacto con el amor de Cristo, pudiera crecer también el amor de sus hermanos y hermanas entre sí. Sin embargo, la revisión de las formas litúrgicas se ha quedado con cierta frecuencia en un nivel externo, y la «participación activa» se ha confundido con la mera actividad externa. Por tanto, queda todavía mucho por hacer en el camino de la renovación litúrgica real.


En un mundo que ha cambiado, y cada vez más obsesionado con las cosas materiales, debemos aprender a reconocer de nuevo la presencia misteriosa del Señor resucitado, el único que puede dar amplitud y profundidad a nuestra vida. La Eucaristía es el culto de toda la Iglesia, pero requiere igualmente el pleno compromiso de cada cristiano en la misión de la Iglesia; implica una llamada a ser pueblo santo de Dios, pero también a la santidad personal; se ha de celebrar con gran alegría y sencillez, pero también tan digna y reverentemente como sea posible; nos invita a arrepentirnos de nuestros pecados, pero también a perdonar a nuestros hermanos y hermanas; nos une en el Espíritu, pero también nos da el mandato del mismo Espíritu de llevar la Buena Nueva de la salvación a otros. Por otra parte, la Eucaristía es el memorial del sacrificio de Cristo en la cruz; su cuerpo y su sangre instauran la nueva y eterna Alianza para el perdón de los pecados y la transformación del mundo.


Durante siglos, Irlanda ha sido forjada en lo más hondo por la santa Misa y por la fuerza de su gracia, así como por las generaciones de monjes, mártires y misioneros que han vivido heroicamente la fe en el país y difundido la Buena Nueva del amor de Dios y el perdón más allá de sus costas. Sois los herederos de una Iglesia que ha sido una fuerza poderosa para el bien del mundo, y que ha llevado un amor profundo y duradero a Cristo y a su bienaventurada Madre a muchos, a muchos otros. Vuestros antepasados en la Iglesia en Irlanda supieron cómo esforzarse por la santidad y la constancia en su vida personal, cómo proclamar el gozo que proviene del Evangelio, cómo inculcar la importancia de pertenecer a la Iglesia universal, en comunión con la Sede de Pedro, y la forma de transmitir el amor a la fe y la virtud cristiana a otras generaciones. Nuestra fe católica, imbuida de un sentido radical de la presencia de Dios, fascinada por la belleza de su creación que nos rodea y purificada por la penitencia personal y la conciencia del perdón de Dios, es un legado que sin duda se perfecciona y se alimenta cuando se lleva regularmente al altar del Señor en el sacrificio de la Misa.


La gratitud y la alegría por una historia tan grande de fe y de amor se han visto recientemente conmocionados de una manera terrible al salir a la luz los pecados cometidos por sacerdotes y personas consagradas contra personas confiadas a sus cuidados. En lugar de mostrarles el camino hacia Cristo, hacia Dios, en lugar de dar testimonio de su bondad, abusaron de ellos, socavando la credibilidad del mensaje de la Iglesia. ¿Cómo se explica el que personas que reciben regularmente el cuerpo del Señor y confiesan sus pecados en el sacramento de la penitencia hayan pecado de esta manera? Sigue siendo un misterio. Pero, evidentemente, su cristianismo no estaba alimentado por el encuentro gozoso con Cristo: se había convertido en una mera cuestión de hábito. El esfuerzo del Concilio estaba orientado a superar esta forma de cristianismo y a redescubrir la fe como una amistad personal profunda con la bondad de Jesucristo. El Congreso Eucarístico tiene un objetivo similar. Aquí queremos encontrarnos con el Señor resucitado. Le pedimos que nos llegue hasta lo más hondo. Que al igual que sopló sobre los Apóstoles en la Pascua infundiéndoles su Espíritu, derrame también sobre nosotros su aliento, la fuerza del Espíritu Santo, y así nos ayude a ser verdaderos testigos de su amor, testigos de la verdad. Su verdad es su amor. El amor de Cristo es la verdad.


Mis queridos hermanos y hermanas, ruego que el Congreso sea para cada uno de vosotros una experiencia espiritualmente fecunda de comunión con Cristo y su Iglesia. Al mismo tiempo, me gustaría invitaros a uniros a mí en la oración, para que Dios bendiga el próximo Congreso Eucarístico Internacional, que tendrá lugar en 2016 en la ciudad de Cebú. Envío un caluroso saludo al pueblo de Filipinas, asegurando mi cercanía en la oración durante el periodo de preparación a este gran encuentro eclesial. Estoy seguro de que aportará una renovación espiritual duradera, no sólo a ellos, sino también a todos los participantes del mundo entero. Ahora, encomiendo a todos los participantes en este Congreso a la protección amorosa de María, Madre de Dios, y a san Patricio, el gran Patrón de Irlanda, a la vez que, como muestra de gozo y paz en el Señor, os imparto de corazón la Bendición Apostólica.


BENEDICTUS PP. XVI


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Fuente: Il Sismografo

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miércoles, 23 de mayo de 2012

La interpretación del Concilio y la renovación de Culto Divino: magistral conferencia de Mons. Ferrer Grenesche

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El sub-secretario de la Congregación para el Culto Divino, Mons. Juan Miguel Ferrer Grenesche, participó hace pocos días en una Conferencia sobre canto gregoriano, en la cual habló ampliamente de la interpretación del Concilio Vaticano II, de los verdaderos enemigos de dicha asamblea conciliar, de las causas de la crisis post-conciliar y la secularización intra-eclesial, así como también de los desafíos que su dicasterio tiene por delante luego del Motu proprio “Quaerit semper”, de Benedicto XVI, que ha pedido que la Congregación se dedique principalmente a la promoción de la Sagrada Liturgia. El sacerdote español ha afirmado que está en curso la renovación del dicasterio para poder ocuparse orgánicamente de las prioridades asignadas por el Santo Padre. Omitimos traducir la parte referida en particular al canto gregoriano, de la cual se ofrecen amplios pasajes en el sitio Chiesa, de Sandro Magister.

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Todos conocen la insistencia y la centralidad que el Santo Padre Benedicto XVI ha querido reservar durante todo su pontificado a la correcta y auténtica aplicación de las enseñanzas del Concilio Vaticano II.


¿Pero se trata realmente de una novedad? De hecho, no. Esta solicitud es, de hecho, manifestación de un natural y lógico interés por parte de los supremos pastores de la Iglesia, que se ha vuelto mucho más urgente cuando, transcurrido un lapso razonable de tiempo, se ha hecho posible hacer un balance de tal recepción, en cuyo surco Benedicto XVI prosigue el ejercicio de conducción del arado apostólico. Juan Pablo I, como es evidente por el nombre mismo por él elegido e inspirado en sus dos últimos predecesores – aquellos que habían convocado y concluido, respectivamente, el Concilio -, se había ya planteado tal objetivo, a pesar de que la brevedad de su pontificado no le haya concedido tiempo para proseguir ampliamente tal compromiso pastoral. Y Juan Pablo II no se ha limitado, de hecho, solamente a recoger el testimonio del nombre de su predecesor sino, sobre todo, a partir del Sínodo extraordinario de 1985, a 20 años del Concilio, ha asumido el objetivo prioritario de asegurar una recepción auténtica del Concilio Vaticano II.


El nombramiento por parte de Juan Pablo II del teólogo Cardenal Ratzinger a la cabeza de la Congregación para la Doctrina de la Fe tiene mucho que ver con tal desafío pastoral. Durante su acción como jefe de la Congregación, Ratzinger reveló y confirmó con los hechos hasta qué punto estaba convencido de que la interpretación y recepción auténtica del Concilio está estrechamente vinculada a la asunción de la continuidad respecto a todo el Magisterio anterior de la Iglesia, lo que él define “hermenéutica de la continuidad”, frente a una bastante frecuente “hermenéutica de la ruptura”, como clave hermenéutica de los documentos conciliares. Serán los documentos sobre la Teología de la libertación ("De theologia liberationis", del 6 agosto 1984: AAS 76 [1984], pp. 876-909) y la declaración “Dominus Iesus” del 6 de agosto de 2000 sobre la unicidad de la salvación ("Notitiae" 36 [2000], pp. 408-437) las piezas más explícitas para mostrar tal impostación. Corresponde, sin embargo, al Catecismo de la Iglesia Católica (1992 e 1997) el rol de documento-clave en este sentido, destinado a tener y a ejercer el mayor peso doctrinal y a suscitar las más amplias repercusiones.


En el libro-entrevista “Informe sobre la fe” (Ratzinger-Messori, 1985), el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, al preparar el Sínodo extraordinario, ya tocaba los puntos focales, señalando cómo se hacía particularmente urgente la correcta, es decir, auténtica, relectura de la extraordinaria riqueza de la enseñanza conciliar.


Cada Concilio, en materia de definiciones o afirmaciones de fe, está sujeto a los límites de lo humano y lo contingente. No toda enseñanza del Vaticano II puede, por lo tanto, ni pretende, tener el mismo valor o la misma validez con el pasar de los años. Es, por lo tanto, absolutamente legítimo leer los textos con sentido crítico, siempre que la garantía de una correcta acción pastoral, más allá de cualquier lícito juicio personal o de debate académico, garantice su “obediencia pastoral” al Papa y al Colegio Episcopal reunido en comunión con él, es decir, a la Tradición viviente de la Iglesia. Y para ser más exactos, la enseñanza de los Papas del post-Concilio y el fruto de los trabajos de los diversos Sínodos celebrados en el curso de los últimos cincuenta años nos colocan frente a la certeza que el Magisterio del Concilio Vaticano II continua siendo, en su organicidad, válido, oportuno y necesario para la Iglesia actual.


¿Quiénes son, por lo tanto, los enemigos de la doctrina y de la renovación promovida en la Iglesia por el Concilio Vaticano II? De hecho, la respuesta más clara e inmediata parecería tener que decir: aquellos que, desde el principio, lo han rechazado, considerando su enseñanza inoportuna e imprudente y, todavía más, incongruente y contradictoria con la enseñanza y la disciplina siempre vigentes. Detrás de esta posición se insinúa, de hecho, un juicio – en mi opinión – extremadamente genérico y excesivamente rigorista, que no se puede admitir sin poner seriamente en peligro las verdades de la asistencia del Espíritu y de la promesa de la Providencia, así como aquellas de la autoridad y la infalibilidad de Pedro y sus sucesores.


Sin embargo, la reivindicación de la facultad de ejecución de una lectura crítica sobre algunos puntos concretos de los documentos conciliares – como ya mencioné anteriormente – es plenamente compatible con la noción de obediente aceptación de la enseñanza conciliares, tal como es propuesto y proclamado por los legítimos Pastores de la Iglesia. Por lo tanto, sostengo con plena convicción que los auténticos y más concretos enemigos de la enseñanza del Vaticano II son aquellos que, teniéndolo siempre en los labios o en la mano como un arma pronta a ser lanzada – si bien refiriéndose más a su “espíritu” que a su efectiva y comprobada enseñanza y sin perder ocasión, probablemente para reforzar tal presunto “espíritu”, de reiterar que nos encontramos ya, de hecho, frente a la necesidad de un nuevo Concilio –, lo interpretan como antítesis o ruptura de la enseñanza y de la disciplina precedentes (tesis). Ellos afirman, además, la ilusoria pretensión, aunque astuta, de que tal manipulación o lectura “antitética” del Concilio permita volver a las fuentes de un cristianismo auténtico y primitivo, capaz de implicar mediante su comprensión genial de la realidad y no en virtud de los efectos de nuestra inserción, determinado por la obediencia de la fe, en la línea vital y vitalizante de la tradición eclesial. Son ellos, “neo-gnósticos” en ámbito doctrinal” y “neo-arqueologistas” en ámbito litúrgico, los más peligrosos enemigos del Concilio.


Volviendo, por lo tanto, a las preocupaciones del Magisterio post-conciliar, es necesario inevitablemente señalar la importancia dada al dramático fenómeno del ateísmo en masa, sobre todo práctico, pero en muchos sentidos teórico o doctrinal en su sutil laicismo militante cada vez más encendido.


Luego de las dos últimas guerras mundiales, en el preocupante clima de la así llamada guerra fría, se han afirmado en el mundo algunas poderosas tendencias de pensamiento: por un lado, un realismo materialista privado de esperanza, conocido como existencialismo ateo y centrado en la noción sartreana de “náusea”, y por el otro, la autoproyección consciente de una esperanza intra-mundana transmitida por utopías políticas, como el marxismo, o hedonistas, declinadas en las diversas modalidades del liberalismo radical ético y económico.


La conclusión del Concilio, y sobre todo su primera recepción y aplicación, tienen lugar en este específico clima cultural, prolongándose, con diversas modalidades, hasta nuestros días. Clave de comprensión de la lectura antitética del Concilio está en identificar hasta qué punto, para algunos, las ideologías dominantes, más que la tradición de la Iglesia, han constituido la clave hermenéutica para la interpretación de los documentos conciliares.


¿Cuál es la causa determinante de todo esto?


Probablemente, sobre algunos ha ejercido su peso, por falta de una seria y convicente formación, el deseo inquieto de novedades. Creo, sin embargo, que para la mayor parte se ha tratado de una búsqueda de respuestas a un problema real y urgente, si bien hecho – por decirlo en términos prestados de la medicina – a través de un diagnóstico equivocado y una terapia contraindicada. Ha sido sostenido con autoridad que entre los motivos del alejamiento respecto al cristianismo por parte del hombre contemporáneo están la división o el exceso de separacionismo con que se han explicado y vivido el orden natural y el sobrenatural. El remedio consistía en poner en evidencia la proximidad entre los dos planos y su “continuidad”. De este modo, el hombre contemporáneo habría visto la cercanía del mensaje cristiano y de su propuesta de vida con las propias aspiraciones y los propios proyectos. Pero la propuesta, en cambio, se ha traducido bien pronto en una “secularización” de la vida y de la enseñanza cristiana. Lo que buscaba, por lo tanto, evitar el avance del ateísmo de masa, ha terminado por alimentar el secularismo en la misma Iglesia; y lo que los adversarios consideraban poder introducir con lentitud y dificultad en el pueblo cristiano y frenar en las tierras de misión, ha terminado difundiéndose con inusitada rapidez, precisamente a través de la enseñanza teológica, la predicación, la catequesis, la misión e incluso la liturgia, secularizándolas. Una problemática aún persistente y cuyos nocivos efectos aún hoy sufrimos.


En este contexto debe enterse la llamada de Sínodo de 1985 para que la Iglesia viva de la Palabra de Dios y de la Liturgia y, partiendo de una teología de la Cruz, se esfuerce con dedicación, firmemente unida en la Comunión, en su esencial compromiso misionero. De aquí la insistencia en la importancia de recuperar en la Liturgia el sentido de lo sagrado, es decir, el primado de Dios y de su acción, y una catequesis mistagógica, es decir, inspirada y nutrida por la experiencia sobrenatural vivida en la Liturgia a través de la Palabra y los signos eficaces eclesialmente transmitidos, comprendidos y vitalizados.


En campo litúrgico, la Carta Apostólica “Vicesimus quintus annus” (diciembre de 1988) y la II parte del Catecismo de la Iglesia Católica (octubre de 1992 y agosto de 1997), titulada “La celebración del Misterio cristiano”, marcan la respuesta del Magisterio al respecto y la correcta recepción e interpretación del Concilio. La posibilidad concreta de afrontar y ofrecer una respuesta adecuada e inteligible al ser humano contemporáneo pasa exclusivamente a través de la reapropiación de una identidad cristiana clara y bien definida, que nazca y se alimente de la fuente de la Liturgia y que no ofrezca ni oro, ni plata, sino sólo lo que posee, la salvación de Jesucristo, único Redentor de la humanidad (cfr. Hechos 1, 6), don impredecible, pero que para quienquiera que lo reciba se vuelve respuesta imprescindible y suprema a todos sus angustias más profundas.


Como en el Concilio, tambien en el Magisterio post-conciliar, y en particular en el de Benedicto XVI, la Sagrada Liturgia – divina Liturgia, como se dice en Oriente – asume una importancia fundamental. La Liturgia, de hecho, “opus Dei”, estimula a los creyentes a una experiencia vital de Dios y de su acción a través de la experiencia de la Fe. La Liturgia es, además, operante en la Iglesia, en cuyo seno nacen los “testigos” (mártires) del Evangelio. En la perspectiva, además, de la nueva evangelización, la Liturgia muestra con claridad y fuerza cómo debe ser considerada fuente y culmen de la vida y de la acción de la Iglesia ("Sacrosanctum Concilium", n. 10). En cuanto culmen, está llamada a orientar y precisar el objetivo de la acción pastoral de la Iglesia, que es la santificación de la humanidad, la “gloria de Dios” y la vida eterna; en cuanto fuente, hace comprender la centralidad y el primado de la acción de Dios y el valor que la creación posee en la cooperación y participación en la acción divina, revelando de ese modo sus dimensiones cósmica, social y eclesial, juntamente con su valor apologético en vistas a la presentación de las “realidades” de los contenidos de la fe cristiana al hombre contemporáneo, tan dependiente de lo “concreto” en la línea del positivismo científico.


A partir de esta perspectica, asume una gran importancia el cuidado de la participación en la Liturgia por parte de los fieles (cfr. "Sacrosanctum Concilium", n. 14, y para las implicancias prácticas nn. 15-20). Tal insistencia del Concilio es ampliamente propuesta en el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1140, leído a la luz de la entera sección nn. 1136-1186, y en el contexto más amplio del capítulo II, nn. 1135-1206, de la I seccione de la II parte). Benedicto XVI vuelve a proponer el mismo tema fundamental en la expresión “ars celebrandi”, que aparece en la Exhortación Apostólica Post-sinodal “Sacramentum Caritatis”, en los nn. 38.42, que debe leerse en relación con los nn. 52-63 del mismo documento, poniendo en evidencia la extrema importancia e interés que el tema asume en la Iglesia actual.


En este contexto debe entender el Motu Proprio “Quaerit semper”, del pasado mes de agosto (2011), con el cual el Santo Padre Benedicto XVI ha querido ulteriormente concentrar el trabajo de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en sus competencias propiamente litúrgicas, afirmando:


“En las presentes circunstancias ha parecido conveniente que la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos se dedique principalmente a dar nuevo impulso a la promoción de la Sagrada Liturgia en la Iglesia, según la renovación querida por el Concilio Vaticano II a partir de la Constitución Sacrosanctum Concilium”.


Las palabras del Santo Padre son muy precisas:


1. Él se refiere a las “presentes circunstancias”, es decir, al amplio contexto cultural y eclesial al que hemos hecho referencia;


2. Dice “principalmente”, en cuanto la Congregación mantiene en sí todas las otras competencias, también de disciplina sacramental, si bien en este ámbito ha cedido amplio espacio al Tribunal de la Rota Romana;


3. Habla de “nuevo impulso” y cita expresamente al Concilio Vaticano II y la “Sacrosanctum Concilium”, poniendo en evidencia de ese modo cómo los nuevos objetivos de la Congregación no comportan ninguna dicotomía con la acción del Magisterio precedente, y en particular con las enseñanzas conciliares rectamente entendidas;


4. Usa el vocablo “renovación”, y no “reforma”, entendiéndolo según lo enseñado por el beato Juan Pablo II en la Carta Apostólica "Vicesimus quintus annus" (nn. 3-4, y en particular el n. 14), en la que afirmaba – citando “Dominicae Cenae”, n-9 – que “es muy conveniente y necesario que continúe poniéndose en práctica una nueva e intensa educación, para descubrir las riquezas de la liturgia” y que, al mismo tiempo, “no se puede seguir hablando de cambios como en el tiempo de la publicación del Documento [es decir, la 'Sacrosanctum Concilium'] pero sí de una profundización cada vez más intensa de la Liturgia de la Iglesia, celebrada según los libros vigentes y vivida, ante todo, como un hecho de orden espiritual” ("Vicesimus quintus annus", n. 14).


En este sentido, el trabajo de la Congregación debe, en este momento, tener como su prioridad hacer que el pueblo de Dios que vive la liturgia en la forma ordinaria del Rito Romano integre cada vez más la propia plena y fructuosa participación en las celebraciones con una intensa educación y su con su naturaleza de un hecho de orden espiritual. Esto se traduce en una particular atención en asegurar en su interior un correcto cuidado del “ars celebrandi”.


Así también, deberán tenerse bien presentes los parágrafos reservados a este tema por el Santo Padre en la II parte de la “Sacramentum Caritatis”, allí donde se habla de “ars celebrandi” (nn. 38-42) y de "actuosa participatio" (nn. 52-63):


n. 39: El Obispo, liturgo por excelencia. Esto implica una atención particular a la formación, a la consulta y al apoyo por parte de la Congregación en relación al compromiso de cada Obispo y de las Conferencias de Obispos en materia litúrgica.


n. 40: El respeto de los libros litúrgicos y la riqueza de los signos. Esto comprende una primera fase de renovado empeño en el tratamiento de las “ediciones típicas” y, en un segundo momento, de garantía respecto a su correcta traducción y a su correcto uso, junto a un esfuerzo tendiente a poner adecuadamente en sentido, luz y valor, los signos litúrgicos según las rúbricas, las Praenotanda de los diversos libros litúrgicos y el “Caeremoniale Episcoporum” en su calidad de libro que, asumiendo la liturgia episcopal como modelo, constituye la expresión más completa de la Liturgia romana.


n. 41: El arte al servicio de la celebración. Esto exige que la Congregación se dedique con un empeño cada vez mayor a la definición y a la promoción de aquellos aspectos que deben ser entendidos como parte integrante de la Liturgia, como el lugar, el espacio, los utensilios y los ornamentos para la celebración.


n. 42: El canto litúrgico. Una necesaria y particular atención debe reservarse a la música y al canto para la liturgia, parte privilegiada del arte litúrgico, en la óptica de una recuperación de la especial atención que ella merece por parte de la Congregación.


nn. 52-63: La participacion activa. Esta sección del documento pontificio obliga a la Congregación, en acuerdo con los otros Dicasterios de la Curia Romana, a proveer de modo especial en garantizar una correcta formación del clero y de los fieles en campo litúrgico, como elemento fundamnetal para una verdadera vida de cristianos y al desarrollo de la propia vocación específica en la Iglesia. Al mismo tiempo, implica una consideración cada vez más profunda de los temas urgentes de la traducción y, en particular, de la inculturación, partiendo de la perspectiva teológica y pastoral de facilitar la participación en la liturgia, más que de cualquier consideración de naturaleza socio-política o fundamentalmente intelectual, como aquella del “derecho de los pueblos”. Al mismo tiempo, la prioridad asignada a la pastoral litúrgica induce, siempre en una pesrpectiva inter-dicasterial, a tener presentes los importantes desafíos tanto ecuménicos (n. 56), como en el campo de la pastoral y de la caridad (n. 56) y de las pastoral general (nn. 57 y 61-63).


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Fuente: Chiesa


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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