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miércoles, 9 de febrero de 2011

Un Motu Proprio papal para la Liturgia y el nuevo movimiento litúrgico

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En esta importante noticia, publicada hoy en Il Giornale, el vaticanista Andrea Tornielli informa sobre un Motu Proprio pontificio, que sería publicado en las próximas semanas, por el cual será reestructurada la Congregación para el Culto Divino y en el cual se mencionará su función de promover el nuevo movimiento litúrgico tantas veces auspiciado por Joseph Ratzinger.

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En las próximas semanas será publicado un documento de Benedicto XVI que reorganiza las competencias de la Congregación para el Culto Divino, confiándole la tarea de promover una liturgia más fiel a las intenciones originarias del Concilio Vaticano II, con menos espacios para los cambios arbitrarios, y por la recuperación de una dimensión de mayor sacralidad.


El documento, que tendrá la forma de un Motu proprio, es fruto de una larga gestación – ha sido revisado por el Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos y por las oficinas de la Secretaría de Estado – y está motivado principalmente por la transferencia de la competencia sobre las causas matrimoniales a la Rota Romana. Se trata de las causas llamadas del “rato no consumado”, es decir, concernientes al matrimonio contraído en la Iglesia pero no consumado por la falta de unión carnal de los dos esposos. Son cerca de quinientos casos al año y afectan sobre todo a algunos países asiáticos donde todavía existen los matrimonios arreglados con muchachas en edad muy joven pero también a países occidentales en aquellos casos de impotencia psicológica para realizar el acto conyugal.


Perdiendo esta sección, que pasará a la Rota, la Congregación para el Culto Divino, de hecho, no se ocupará más de los sacramentos y mantendrá sólo la competencia en materia litúrgica. Según algunas autorizadas indiscreciones, un pasaje del Motu proprio de Benedicto XVI podría citar explícitamente aquel “nuevo movimiento litúrgico”, del cual ha hablado en tiempos recientes el cardenal Antonio Cañizares Llovera, interviniendo durante el Consistorio del pasado noviembre.


En Il Giornale, en una entrevista publicada en vísperas de la última Navidad, Cañizares había dicho: “La reforma litúrgica ha sido realizada con mucha prisa. Había óptimas intenciones y el deseo de aplicar el Vaticano II. Pero ha habido precipitación... La renovación litúrgica fue vista como una investigación de laboratorio, fruto de la imaginación y de la creatividad, la palabra de mágica de entonces”. El cardenal, que no arriesgó al hablar de “reforma de la reforma”, había agregado: “Lo que veo absolutamente necesario y urgente, según lo que desea el Papa, es dar vida a un nuevo, claro y vigoroso movimiento litúrgico en toda la Iglesia”, para poner fin a “deformaciones arbitrarias” y al proceso de “secularización que por desgracia golpea también dentro de la Iglesia”.


Es conocido cómo Ratzinger quiso introducir en las liturgias papales gestos significativos y ejemplares: la cruz en el centro del altar, la Comunión de rodillas, el canto gregoriano, el espacio para el silencio. Se sabe cuánto le importa la belleza en el arte sagrado y cuán importante considera promover la adoración eucarística. La Congregación para el Culto Divino – que alguno quisiera también rebautizar de la Sagrada Liturgia o de la Divina Liturgia - se deberá ocupar, por lo tanto, de este nuevo movimiento litúrgico, también con la inauguración de una nueva sesión del dicasterio dedicada al arte y a la música sacra.


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Fuente: Il Giornale


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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viernes, 24 de diciembre de 2010

El estado de la liturgia católica, la reforma y los nuevos proyectos: habla el Prefecto de Culto Divino

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Presentamos nuestra traducción de una extraordinaria entrevista que Andrea Tornielli ha realizado al Cardenal Antonio Cañizares, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

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La liturgia católica vive “una cierta crisis” y Benedicto XVI quiere dar vida a un nuevo movimiento litúrgico, que vuelva a traer más sacralidad y silencio en la Misa, y más atención a la belleza en el canto, en la música y en el arte sacro.


El cardenal Antonio Cañizares Llovera, 65 años, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, que cuando era obispo en España era llamado “el pequeño Ratzinger”, es el hombre al cual el Papa ha confiado esta tarea. En esta entrevista a Il Giornale, el “ministro” de la liturgia de Benedicto XVI revela y explica programas y proyectos.


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Como cardenal, Joseph Ratzinger había lamentado un cierto apresuramiento en la reforma litúrgica post-conciliar. ¿Cuál es su opinión?


La reforma litúrgica ha sido realizada con mucha prisa. Había óptimas intenciones y el deseo de aplicar el Vaticano II. Pero ha habido precipitación. No se ha dado tiempo y espacio suficiente para acoger e interiorizar las enseñanzas del Concilio; de golpe se cambió el modo de celebrar.


Recuerdo bien la mentalidad entonces difundida: era necesario cambiar, crear algo nuevo. Aquello que habíamos recibido, la tradición, era vista como un obstáculo. La reforma fue entendida como obra humana, muchos pensaban que la Iglesia era obra de nuestras manos y no de Dios. La renovación litúrgica fue vista como una investigación de laboratorio, fruto de la imaginación y de la creatividad, la palabra de mágica de entonces.

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Como cardenal, Ratzinger había auspiciado una “reforma de la reforma” litúrgica, palabras actualmente impronunciables incluso en el Vaticano. Sin embargo, parece evidente que Benedicto XVI la desearía. ¿Puede hablar de ella?


No sé si se puede, o si conviene, hablar de “reforma de la reforma”. Lo que veo absolutamente necesario y urgente, según lo que desea el Papa, es dar vida a un nuevo, claro y vigoroso movimiento litúrgico en toda la Iglesia. Porque, como explica Benedicto XVI en el primer volumen de su Opera Omnia, en la relación con la liturgia se decide el destino de la fe y de la Iglesia. Cristo está presente en la Iglesia a través de los sacramentos. Dios es el sujeto de la liturgia, no nosotros. La liturgia no es una acción del hombre sino que es acción de Dios.

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El Papa, más que con las decisiones bajadas de lo alto, habla con el ejemplo: ¿cómo leer los cambios por él introducidos en las celebraciones papales?


Ante todo, no debe haber ninguna duda sobre la bondad de la renovación litúrgica conciliar, que ha traído grandes beneficios en la vida de la Iglesia, como la participación más consciente y activa de los fieles y la presencia enriquecida de la Sagrada Escritura. Pero más allá de estos y otros beneficios, no han faltado sombras, surgidas en los años sucesivos al Vaticano II: la liturgia, esto es un hecho, ha sido “herida” por deformaciones arbitrarias, provocadas también por la secularización que por desgracia golpea también dentro de la Iglesia. En consecuencia, en muchas celebraciones no se pone ya en el centro a Dios sino al hombre y su protagonismo, su acción creativa, el rol principal dado a la asamblea. La renovación conciliar ha sido entendida como una ruptura y no como un desarrollo orgánico de la tradición. Debemos reavivar el espíritu de la liturgia y para esto son significativos los gestos introducidos en las liturgias del Papa: la orientación de la acción litúrgica, la cruz en el centro del altar, la comunión de rodillas, el canto gregoriano, el espacio para el silencio, la belleza en el arte sagrado. Es también necesario y urgente promover la adoración eucarística: frente a la presencia real del Señor no se puede más que estar en adoración.

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Cuando se habla de una recuperación de la dimensión de lo sagrado está siempre quien presenta todo esto como un simple retorno al pasado, fruto de nostalgia. ¿Cómo responde?


La pérdida del sentido de lo sagrado, del Misterio, de Dios, es una de las pérdidas más graves de consecuencias para un verdadero humanismo. Quien piensa que reavivar, recuperar y reforzar el espíritu de la liturgia, y la verdad de la celebración, es un simple retorno a un pasado superado, ignora la verdad de las cosas. Poner la liturgia en el centro de la vida de la Iglesia no es para nada nostálgico sino que, por el contrario, es la garantía de estar en camino hacia el futuro.

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¿Cómo juzga el estado de la liturgia católica en el mundo?


Frente al riesgo de la rutina, frente a algunas confusiones, a la pobreza y a la banalidad del canto y de la música sagrada, se puede decir que hay una cierta crisis. Por eso es urgente un nuevo movimiento litúrgico. Benedicto XVI, indicando el ejemplo de San Francisco de Asís, muy devoto del Santísimo Sacramento, explicó que el verdadero reformador es alguien que obedece a la fe: no se mueve de modo arbitrario y no se arroga ninguna discrecionalidad sobre el rito. No es el dueño sino el custodio del tesoro instituido por el Señor y confiado a nosotros. El Papa, por lo tanto, pide a nuestra Congregación promover una renovación conforme al Vaticano II, en sintonía con la tradición litúrgica de la Iglesia, sin olvidar la norma conciliar que prescribe no introducir innovaciones sino cuando lo requiere una verdadera y comprobada utilidad para la Iglesia, con la advertencia de que las nuevas formas, en todo caso, deben surgir orgánicamente de las ya existentes.

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¿Qué intentáis hacer como Congregación?


Debemos considerar la renovación litúrgica según la hermenéutica de la continuidad en la reforma indicada por Benedicto XVI para leer el Concilio. Y para hacer esto es necesario superar la tendencia a “congelar” el estado actual de la reforma post-conciliar, en un modo que no hace justicia al desarrollo orgánico de la liturgia de la Iglesia.


Estamos intentando llevar adelante un gran empeño en la formación de sacerdotes, seminaristas, consagrados y fieles laicos para favorecer la comprensión del verdadero significado de las celebraciones de la Iglesia. Esto requiere una adecuada y amplia instrucción, vigilancia y fidelidad en los ritos y una auténtica educación para vivirlos plenamente. Este empeño será acompañado por la revisión y por la actualización de los textos introductorios a las diversas celebraciones (prenotanda). Somos también conscientes de que dar impulso a este movimiento no será posible sin una renovación de la pastoral de la iniciación cristiana.

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Una perspectiva que debería ser aplicada también al arte y a la música…


El nuevo movimiento litúrgico deberá hacer descubrir la belleza de la liturgia. Por eso, abriremos una nueva sección de nuestra Congregación dedicada a “Arte y música sacra” al servicio de la liturgia. Esto nos llevará a ofrecer cuanto antes criterios y orientaciones para el arte, el canto y la música sacras. Como también pensamos ofrecer lo antes posible criterios y orientaciones para la predicación.

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En las iglesias desaparecen los reclinatorios, la Misa a veces es todavía un espacio abierto a la creatividad, se cortan incluso las partes más sagradas del canon: ¿cómo invertir esta tendencia?


La vigilancia de la Iglesia es fundamental y no debe ser considerada como algo inquisitorio o represivo sino como un servicio. En todo caso, debemos hacer a todos conscientes de la exigencia no sólo de los derechos de los fieles sino también del “derecho de Dios”.

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Existe también el riesgo opuesto, es decir, el de creer que la sacralidad de la liturgia depende de la riqueza de los ornamentos: una posición fruto de esteticismo que parece ignorar el corazón de la liturgia…


La belleza es fundamental pero es algo muy distinto de un esteticismo vacío, formalista y estéril, en el cual a veces se cae. Existe el riesgo de creer que la belleza y la sacralizad de la liturgia dependen de la riqueza o de la antigüedad de los ornamentos. Se requiere una buena formación y una buena catequesis basada en el Catecismo de la Iglesia Católica, evitando también el riesgo opuesto, el de la banalización, y actuando con decisión y energía cuando se recurre a usanzas que han tenido su sentido en el pasado pero actualmente no lo tienen o no ayudan de ningún modo a la verdad de la celebración.

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¿Puede dar alguna indicación concreta sobre qué podría cambiar en la liturgia?


Más que pensar en cambios, debemos comprometernos en reavivar y promover un nuevo movimiento litúrgico, siguiendo la enseñanza de Benedicto XVI, y reavivar el sentido de lo sagrado y del Misterio, poniendo a Dios en el centro de todo. Debemos dar impulso a la adoración eucarística, renovar y mejorar el canto litúrgico, cultivar el silencio, dar más espacio a la meditación. De esto surgirán los cambios…

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Fuente: Il Giornale


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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domingo, 8 de agosto de 2010

A 100 años de “Quam singulari”, el Prefecto de Culto Divino reafirma su actualidad

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Hoy, 8 de agosto, se cumplen exactamente cien años del decreto “Quam singulari” del Papa San Pío X, por el cual se admitía a los niños a la primera Comunión a la edad de 7 años. Con ocasión del centenario de este importante acto pontificio, el Cardenal Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Antonio Cañizares, ha publicado un artículo en L’Osservatore Romano, que a continuación ofrecemos en lengua española.

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Cien años atrás, con el decreto Quam singulari, siguiendo fielmente las enseñanzas de los concilios Lateranense IV y Tridentino, Pío X fijó la primera Comunión y la primera confesión de los niños a la edad del uso de la razón, es decir, en torno a los siete años. Esta disposición implicaba un cambio muy importante en la práctica pastoral y en la concepción habitual de entonces, que por diversas razones habían retrasado este acontecimiento tan fundamental para el hombre.


Con este decreto Pío X, el gran y santo Papa de la piedad y de la participación eucarística, con el deseo de renovación eclesial que inspiró su pontificado, enseñó a toda la Iglesia el sentido, el momento, el valor y la centralidad de la santa Comunión para la vida de todos los bautizados, incluidos los niños. Al mismo tiempo, subrayaba y recordaba a todos el amor y la predilección de Jesús por los niños ya que Él, además de hacerse niño, manifestó su amor hacia ellos con gestos y palabras, al punto de decir: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”; “dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis porque el Reino de los Cielos pertenece a quienes son como ellos”. Ellos son siempre amigos muy especiales del Señor.


Con la misma predilección, la misma mirada amorosa y la misma atención y solicitud especial, la Iglesia mira, sigue, cuida y se preocupa de los niños. Por eso, como Madre amorosa, desea que sus hijos pequeños, los primeros en el Reino de los Cielos, participen pronto, con la debida disposición, del don mejor y más grande que Jesús nos ha dejado en su memoria: su Cuerpo y su Sangre, el Pan de la Vida. Gracias a la santa Comunión, Jesús en persona, Hijo único de Dios, entra en la vida de quien lo recibe y hace morada en él.


No existe amor más grande ni regalo más grande. Este es un don de amor que vale más que cualquier otra cosa en la vida de cada hombre. Estar con el Señor; que el Señor esté en nosotros, dentro de nosotros; que nos alimente y nos sacie; nos tome de la mano y nos guíe; que nos vivifique y que nos mantengamos fieles en la comunión y en la amistad con Él: es, sin duda, lo más grande, más gratificante y más alegre que puede suceder. ¿Cómo retrasar, entonces, para los niños, este encuentro con Jesús, visto que son sus mejores amigos, aquellos que son amados de modo especial por Dios Padre, objeto de los cuidados especiales de la Iglesia, la santa Madre?


La primera Comunión de los niños es como el inicio de un camino junto a Jesús, en comunión con Él: el inicio de una amistad destinada a durar y a reforzarse para toda la vida con Él; el inicio de un camino porque con Jesús, unidos sin separarnos, procedemos bien y la vida se convierte en algo bueno y alegre; con Él dentro podemos ser, sin duda, personas mejores. Su presencia entre nosotros y con nosotros es luz, vida y pan en el camino. El encuentro con Jesús es la fuerza que necesitamos para vivir con alegría y esperanza. No podemos, retrasando la primera Comunión, privar a los niños - el alma y el espíritu de los niños – de esta gracia, obra y presencia de Jesús, de este encuentro de amistad con Él, de esta participación singular de Jesús mismo y de este alimento del Cielo para poder madurar y llegar así a la plenitud. Todos, especialmente los niños, tienen necesidad del Pan bajado del Cielo, porque también el alma debe nutrirse y no bastan nuestras conquistas, la ciencia, las técnicas, por más importantes que sean. Tenemos necesidad de Cristo para crecer y madurar en nuestras vidas.


Esto es todavía más importante en los momentos que vivimos y lo es de modo especial para los niños, cuya grandeza, pureza, sencillez, “santidad”, actitud hacia Dios y amor, que los caracterizan, desgraciadamente son, con frecuencia, manipulados y destruidos. Los niños viven inmersos en miles de dificultades, rodeados por un ambiente difícil que no los anima a ser lo que Dios quiere de ellos; muchos son víctimas de la crisis de la familia. En este clima, son todavía más necesarios para ellos el encuentro, la amistad, la unión con Jesús, su presencia y su fuerza. Ellos son, gracias a su alma inmaculada y abierta, aquellos que están mejor dispuestos, sin duda, para este encuentro.


El centenario del decreto Quam singulari es una ocasión providencial para recordar e insistir en tomar la primera Comunión cuando los niños tienen la edad del uso de la razón, que hoy incluso parece haberse anticipado. Por lo tanto, no es recomendable la praxis, que se está introduciendo cada vez más, de elevar la edad de la primera Comunión. Al contrario, es todavía más necesario anticiparla. Frente a todo lo que está ocurriendo con los niños y al ambiente tan adverso en que crecen, no los privemos del don de Dios: es la garantía de su crecimiento como hijos de Dios, generados por los sacramentos de la iniciación cristiana en el seno de la santa Madre Iglesia. La gracia del don de Dios es más poderosa que nuestras obras, y que nuestros planes y programas.


Cuando Pío X anticipó la edad de la primera Comunión, insistió también en la necesidad de una buena formación, de una buena catequesis. Hoy debemos acompañar esta misma anticipación de la edad con una nueva y vigorosa pastoral de iniciación cristiana. Las líneas trazadas por el Catecismo de la Iglesia Católica, por el Directorio general de la catequesis y por el Directorio para Misas con niños, son una guía imprescindible en esta nueva o renovada pastoral de la iniciación cristiana, tan fundamental para el futuro de la Iglesia, la Madre que, con la ayuda de la gracia del Espíritu, genera y hace madurar a sus hijos a través de los sacramentos de iniciación, la catequesis y toda la acción pastoral que la acompaña.


No cerremos, entonces, los oídos a las palabras de Jesús: “Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis”. Él quiere estar en ellos y con ellos porque “el reino de Dios pertenece a los niños y a quienes son como ellos”.

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Fuente: L’Osservatore Romano


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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miércoles, 28 de abril de 2010

Roma aprueba el nuevo Misal Romano en inglés

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“Recibo con agrado la noticia de que la traducción inglesa del Misal Romano estará pronto lista para la publicación de modo que los textos que os habéis esforzado tanto en preparar puedan ser proclamados en la liturgia que se celebra en el mundo anglófono”. Con estas palabras del Papa Benedicto XVI, se cerró hoy el largo y fatigoso camino que condujo a la nueva edición del Misal Romano en inglés, iniciado hace varios años atrás. Ya en abril del pasado año, comentábamos algunos pasos de este largo proceso. Ahora, después de la polémica de los pasados meses, la Santa Sede ha aprobado la nueva traducción del Misal Romano en lengua inglesa, que es mucho más fiel a la editio typica latina.


Con ocasión de la aprobación, el Santo Padre almorzó hoy con los miembros del Comité Vox Clara, instituido por la Santa Sede y presidido por el Cardenal George Pell, que tuvo la misión de asistir y aconsejar en este trabajo a la Congregación para el Culto Divino. En un breve discurso, el Santo Padre les agradeció la obra que el Comité realizó en los últimos ocho años. El Papa alabó la acción colegial del Comité y “el gran compromiso en el estudio de las traducciones y en la elaboración de los resultados de las numerosas consultas hechas”.


El Papa se refirió a la tarea del Comité recurriendo a la enseñanza de su maestro espiritual: “San Agustín habló de modo muy bello de la relación entre Juan Bautista, la vox clara que resonaba en las orillas del Jordán, y la Palabra que anunciaba. Una voz, decía, sirve para compartir con quien escucha el mensaje que ya está en el corazón de quien habla. Una vez pronunciada la palabra, ella está presente en el corazón de ambos y, por lo tanto, la voz, después de haber desarrollado su tarea, puede desaparecer”. “A través de estos textos sagrados y las acciones que los acompañan– prosiguió el Pontífice -, Cristo será hecho presente y activo entre su gente. La voz que contribuyó a hacer brotar estas palabras habrá completado su tarea”.


Benedicto XVI se refirió, luego, al próximo desafío que se presentará: “la tarea de preparar la recepción de la nueva traducción por parte del clero y de los fieles laicos”. El Papa consideró que “muchos encontrarán difícil adaptarse a textos insólitos después de casi cuarenta años de uso constante de la traducción precedente. El cambio deberá ser introducido con la debida sensibilidad y la oportunidad de catequesis que esto presente deberá ser acogida con firmeza”. Finalmente, el Santo Padre dijo que ora para que, de este modo, “sea evitado cualquier riesgo de confusión o desorientación, y el cambio sirva como trampolín para una renovación y profundización de la devoción eucarística en todo el mundo anglófono”. El “gran paso adelante” que mencionábamos hace algunos meses se ha concretado hoy con la aprobación de la Santa Sede: las comunidades católicas de lengua inglesa tendrán, próximamente, una nueva traducción del Misal Romano, mucho más bella y digna, y en mayor fidelidad a la edición latina.

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La Buhardilla de Jerónimo

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domingo, 31 de enero de 2010

Reavivar el sentido litúrgico en la vida de la Iglesia

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Benedicto XVI celebrando la Santa Misa

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Ofrecemos este artículo del Cardenal Antonio Cañizares, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, que ha sido recientemente publicado en la edición española de L’Osservatore Romano pero que, en general, ha pasado desapercibido. En el mismo, que realmente puede ser considerado programático, el purpurado habla de la urgente necesidad de una educación litúrgica en toda la Iglesia y menciona que su dicasterio está trabajando “como en una especie de silencio de Nazaret”.

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Se ha cumplido un año del encargo que recibí como prefecto de la Congregación para el culto divino. No es la hora de hacer ningún balance. Este tiempo -todo lo que en él ha acaecido- me ha confirmado en la necesidad apremiante que hay de que la santa liturgia sea en nuestros días el centro y el corazón de la vida de la Iglesia; que sea, como corresponde a su misma naturaleza, en expresión del Vaticano II, «fuente y culmen de la vida cristiana».


Reavivar el espíritu y el verdadero sentido de la liturgia en la vida de la Iglesia, de todos los fieles, es un desafío y cometido principal siempre, pero aún más en estos momentos. Es urgente, en efecto, que se reavive el genuino y verdadero sentido de la liturgia, porque es algo que está en la misma entraña del ser y de la vida de la Iglesia: la liturgia es culto a Dios, instrumento de santificación, celebración de la fe de la Iglesia y medio de su transmisión. En ella se abren las puertas del cielo y los fieles entran en comunión con la santa e indivisible Trinidad, experimentando su participación en la naturaleza divina como don de la gracia. La liturgia es también anticipación de la bienaventuranza final y de la gloria celeste a la que estamos llamados, objeto y meta de la esperanza más grande.


Siempre, pero más todavía, si cabe, en estos momentos de la historia en los que padecemos una tan profunda crisis de Dios en el mundo y una secularización interna de la Iglesia tan fuerte, al menos en Occidente, el reavivar y fortalecer el sentido y el espíritu genuino de la sagrada liturgia en la conciencia y vida de la Iglesia es algo prioritario que apremia como ninguna otra cosa.


La Iglesia, las comunidades y los fieles cristianos tendrán vigor y vitalidad, vivirán una vida santa, serán testigos vivos, valientes, fieles e incansables anunciadores del Evangelio, si viven la liturgia y si viven de ella, si beben de esta fuente y se alimentan de ella, porque así vivirán de Dios mismo, y de su gracia, que es en Quien radica la santificación, la fuerza, la vida, la capacidad y valentía evangelizadora, toda la aportación de la Iglesia a los hombres y al futuro de la humanidad. El futuro del hombre está en Dios: el cambio decisivo del mundo está en Dios -nada más que en Dios- y en su adoración verdadera. Y ahí está la liturgia.


La liturgia nos remite a Dios; el sujeto de la liturgia es Dios, el Padre; es Cristo, el Hijo de Dios vivo; es el Espíritu Santo, que nos introduce en el misterio de Dios y nos santifica, nos hace ser hombres nuevos, hijos suyos, conforme a su voluntad creadora y redentora. El sujeto de la liturgia, como de toda la obra de la salvación, no somos nosotros.


Liturgia significa, ante todo, hablar de Dios, presencia y acción de Dios: reconocer a Dios en el centro de todo, de quien nos viene todo bien; es glorificar a Dios, dejar que Dios actúe y obre su salvación, nos renueve y santifique. La constitución sobre la sagrada liturgia del concilio Vaticano II enseña que el fin de la celebración litúrgica es la gloria de Dios y así la salvación y santificación de los hombres. En la liturgia, «Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados» (Sacrosanctum Concilium, 7); y no olvidemos, por lo demás, que son los santos, santificados por Él, los verdaderos adoradores de Dios, los más y profundos reformadores del mundo, testigos del mundo futuro que no perece.


Como recordaba el entonces cardenal Joseph Ratzinger, el hecho, mirado retrospectivamente, de que la constitución Sacrosanctum Concilium se colocase al comienzo del Vaticano II tiene el sentido preciso de que en el principio «está la adoración. Y, por lo tanto, Dios. Este principio corresponde a las palabras de la Regla benedictina: Operi Dei nihil praeponatur». La Iglesia, por naturaleza, deriva de su misión de glorificar a Dios y, por ella, está irrevocablemente ligada a la liturgia, cuya sustancia es la reverencia y la adoración a Dios, el Dios que está presente y actúa en la Iglesia y por ella.


Una cierta crisis que ha podido afectar de manera importante a la liturgia y a la misma Iglesia desde los años posteriores al Concilio hasta hoy se debe al hecho de que frecuentemente en el centro no está Dios y la adoración de Él, sino los hombres y su capacidad «hacedora». «En la historia del posconcilio ciertamente la constitución sobre la liturgia no fue entendida a partir de este primado fundamental de Dios y de la adoración, sino como un libro de recetas sobre lo que podemos hacer con la liturgia. Sin embargo, cuanto más la hacemos nosotros y para nosotros mismos, tanto menos atrayente es, ya que todos advierten claramente que lo esencial se ha perdido» (J. Ratzinger). Cuando esto sucede, es decir, cuando se pretende que la liturgia la hacemos nosotros, en el fondo sólo nosotros, y esto se impone, entonces los fieles y las comunidades se secan, se debilitan y hasta languidecen.


En definitiva, si queremos una Iglesia presente en el mundo, renovándolo y transformándolo conforme al querer de Dios, tal y como señala emblemáticamente la Gaudium et spes y el magisterio social de la Iglesia, es preciso que, primero y por encima de todo, sea una Iglesia que viva de Dios y de cuanto de Él viene, es decir, de cuanto entraña y acontece en la liturgia de la Iglesia. Es lo que nos enseña y recuerda la Sacrosanctum Concilium.


Por ello, de lo que se trata en los momentos que vivimos, lo más urgente sin duda, es promover y reavivar un nuevo impulso litúrgico que haga revivir la verdadera herencia del concilio Vaticano II y de aquel gran movimiento litúrgico del siglo XIX y primera mitad del XX, en la mente de todos, que desembocó y fecundó la Iglesia en el Vaticano II.


Tenemos necesidad -sin duda una grandísima necesidad- de este nuevo. impulso. Así  lo ve con una lucidez y claridad meridiana un hombre tan providencial de nuestros días, testigo de la esperanza «grande» y comprometido como pocos en hacer posible que surja con fuerza una humanidad nueva hecha de hombres nuevos, así como una nueva cultura y un mundo nuevo, dignos del hombre: el Papa Benedicto XVI. Él está haciendo de la liturgia uno de los distintivos más ricos y esperanzadores de su pontificado. En plena conformidad con nuestro Papa sentimos y tenemos la necesidad y el deber de conducir la liturgia hacia una renovación profunda y verdaderamente conciliar.


El Papa, a través de sus escritos, sobre todo de la exhortación apostólica Sacramentum caritatis y de sus gestos, aprecia y valora profundamente el camino genuino de la reforma conciliar, y trata de conducir a toda la Iglesia hacia un profundo redescubrimiento de la liturgia en fidelidad a las fuentes conciliares, en continuidad con la gran Tradición de la Iglesia e intenta enriquecerla con los tesoros y rica herencia de esa Tradición. Incluso liberarla de introducirse, por una u otra causa, bajo el influjo de una mentalidad que no ha interpretado bien el Concilio dentro de la «hermenéutica de la continuidad», y así lo ha empobrecido u oscurecido.


El Papa Benedicto XVI, antes de serlo, ha hablado de todo un proceso educativo que debiera conducir, en toda la Iglesia, al «culto razonable» a Dios (cf. Rm 12, 1). «Es urgente una vuelta al espíritu de la renovación litúrgica; no necesitamos nuevas formas para derivar cada vez más hacia lo externo, sino formación y reflexión, esa profundización mental sin la cual cualquier celebración degenera en exterioridad rápidamente» (J. Ratzinger).


La obra del Papa actual ha seguido, está siguiendo, ese mismo proceso educativo que él pide, de ir al «espíritu» de la liturgia para superar de este modo un pensamiento extrinsecista acerca de ella, que parece predominar en algunos ámbitos, y que ya denunciaba en su tiempo Pío XII, en su gran encíclica «litúrgica» Mediator Dei, al señalar que «no tienen noción exacta de la sagrada liturgia los que la consideran como una parte sólo externa y sensible del culto divino o un ceremonial decorativo; ni se equivocan menos los que la consideran como un mero conjunto de leyes y de preceptos con que la jerarquía eclesiástica ordena el cumplimiento de los ritos».


Es indudable que una profundización y una renovación de la liturgia era necesaria; y así lo vio la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, en el Vaticano II. Pero, con frecuencia no ha sido una operación perfectamente lograda con toda la hondura y alcance que el Concilio reclamaba. Una buena parte, de hecho, de la constituciónSacrosanctum Concilium parece que todavía no ha entrado plenamente en el corazón del pueblo cristiano, sobre todo el llamado «espíritu» de la liturgia. Ha habido un cambio en las formas, pero tal vez no se ha dado suficientemente una honda y verdadera, o al menos suficiente, renovación, como pedían los padres conciliares, animados por el Espíritu de la verdad que alienta a la Iglesia.


A veces se ha cambiado por el simple gusto de cambiar respecto de un pasado percibido como totalmente negativo y superado, concibiendo la forma como una ruptura y no como un desarrollo orgánico de la Tradición. No se puede abandonar la herencia histórica de la Iglesia, su gran Tradición, y establecer todo ex novo; tal comportamiento sería como quitar la tierra debajo de los pies. El propio Vaticano II se ha leído por muchos en una clave diferente a una genuina hermenéutica del mismo que, como ha señalado el Papa Benedicto XVI, no puede ser otra que una hermenéutica de la continuidad. Desde ésta se pueden, además, abrir los tesoros de la liturgia a todos los fieles, posibilitándole descubrimiento de los tesoros del patrimonio litúrgico de la Iglesia a quienes lo desconocen todavía.


Para impulsar una renovación profunda de la liturgia y una revitalización vigorosa de la misma en la vida de la Iglesia, tal y como el Vaticano II, asistido por el Espíritu Santo, indica y reclama, es preciso recurrir hoy a las enseñanzas lúcidas del Papa, obviamente en cuanto Papa, pero también, y no menos, debemos recurrir a sus enseñanzas anteriores como profesor, pastor, arzobispo y prefecto, que ha tratado tantas veces y con tan diferentes motivos de la liturgia. (La publicación de sus obras completas, de las que el primer volumen aparecido en alemán ha querido él mismo -todo un signo- que sea el que recoja sus escritos litúrgicos, ayudará, sin duda mucho, a recuperar hoy con fuerza el sentido y espíritu de la santa liturgia).


El punto de vista teológico es el que prima en el punto de mira y en la enseñanza del Papa; y aquí radica también su máximo interés, porque sin una fundamentación teológica, sin una base de una buena teología litúrgica, cristológica y eclesiológica inseparablemente unidas, no se llevará adelante la tan necesaria y urgente revitalización de la liturgia en la vida del pueblo de Dios. El Papa va al fondo y a lo esencial de la cuestión litúrgica; así, dice y pone por escrito aquello que considera la esencia de la sagrada liturgia, es decir, aquello que no se puede perder, aquello a lo que no se puede en modo alguno renunciar. Él, como sabemos, se preocupa muy mucho de exponer una y otra vez cuál es la verdadera esencia de la liturgia como lugar y acontecimiento absolutamente central en la Iglesia y como enteramente irrenunciable para el hombre.


El Papa, además, es muy consciente de que es en el ámbito litúrgico donde se puede observar y conservar con más nitidez la continuidad de la gran Tradición -también donde puede darse su ruptura más grave y profunda-. Esto, además, es fundamental en nuestros días, en los que la urgencia máxima de la Iglesia es la transmisión -traditio- de la fe, para que el mundo crea, se salve y tenga futuro y camine en esperanza. Su reflexión, como todo su quehacer teológico y magisterial, por otra parte, no se realiza en abstracto, sino que tiene muy presente la historia así como situaciones reales del desarrollo concreto de la liturgia y de cómo se actúa, en muchas ocasiones, desfigurando la verdad de la liturgia.


Pero además, como él mismo lo reconoce y confiesa en su propia autobiografía: «Así como había aprendido a comprender el Nuevo Testamento como alma de toda la teología, del mismo modo entendí la liturgia como el fundamento de la vida, sin la cual ésta acabaría por secarse. Por eso, consideré, al comienzo del Concilio, el esbozo preparatorio de la constitución sobre la liturgia que acogía todas las conquistas esenciales del movimiento litúrgico como un grandioso punto de partida para aquella asamblea eclesial. No era capaz de prever que los aspectos negativos del movimiento litúrgico volverían con mayor fuerza, con serio riesgo de llevar directamente a la autodestrucción de la liturgia» (J. Ratzinger). Tan en su entraña lleva el Papa la liturgia que, en su misma autobiografía, llega a decir algo que nos da la clave de cómo la liturgia, desde niño, ha estado en su experiencia humana más rica y profunda hasta hoy: «La inagotable realidad, dice, de la liturgia católica, me ha acompañado a lo largo de todas las etapas de mi vida; por este motivo, no puedo dejar de hablar continuamente de ella» (J. Ratzinger).


Necesitamos, pues, imbuirnos del pensamiento y directrices del Papa en el campo de la liturgia y de su teología litúrgica para un nuevo impulso en el movimiento litúrgico, por tantos motivos apremiantes. El conocer y dar a conocer, estudiar y aplicar sus enseñanzas, su pensamiento, sus orientaciones es, a mi entender, una de las tareas y posibilidades que la providencia de Dios nos ofrece y abre en estos momentos tan necesitados, sobre todo, de Dios, para que el hombre no perezca. La Congregación para el culto divino está empeñada en propiciar y promover el estudio y la divulgación del pensamiento y la obra litúrgica de Benedicto XVI, entre sacerdotes y fieles, como aportación insustituible, en estos momentos, si queremos en verdad reavivar el genuino espíritu y significado de la liturgia.


Este estudio y difusión de las enseñanzas del Papa, leídas en el horizonte y óptica de la hermenéutica de la continuidad, junto con una nueva profundización y amplia divulgación de las claves y la doctrina de la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium -de la que, en el año 2013, celebraremos con acción de gracias, los cincuenta primeros años de su aprobación y promulgación-, habrán de encaminarse a suscitar un gran movimiento, nuevo y empeñado, de formación litúrgica -objetivo prioritario de la Congregación- tanto de los sacerdotes como de las personas consagradas, y de los fieles, a través de diversos medios y cauces.


Estoy convencido de que la promoción y la revitalización del sentido genuino de la liturgia no puede ser fruto de un cierto voluntarismo o de sólo una serie de medidas administrativas, disciplinares y pastorales, que por lo demás también habrán de tenerse en cuenta, sin duda; no se trata, sin más, de nuevos cambios o de introducción o supresión de signos, de formas o de usos, sino que, ante todo y sobre todo, se trata de impulsar una gran obra educativa interior, una «iniciación» cristiana, que lleve a descubrir y vivir la verdad de la liturgia, del culto divino católico auténtico de la Iglesia.


Esto implica y requiere, sin duda, muchas cosas, entre otras: el propiciar entrar «dentro» de la liturgia; y gozar y experimentar desde ese «dentro», desde su interior más propio, no desde fuera o desde la superficie externa, lo que es su naturaleza, su estructura más íntima, su singular belleza, y su lugar y significación en la vida de la Iglesia y de los fieles. Lo mismo que para contemplar, saborear y gozar de la belleza y de la riqueza tan grande, por ejemplo, de la catedral de Toledo hay que entrar dentro de ella y «descansar» en ella; también para saborear y gozar de cuanto acontece en la liturgia hay que entrar y estar «dentro» de la liturgia, vivirla, sumergirse en ella, sumergirse en el Misterio inefable que en ella acontece y se hace presente como don y gracia desbordantes. Y esto requiere una inmensa tarea de formación y una labor tendente a poder ofrecer a todos, en el acontecer mismo de la celebración, vivir la verdad y la belleza, el Misterio infinito de amor que en ella se hace presente. Es en lo que está trabajando, como en una especie de «silencio de Nazaret», la Congregación para el Culto: éste es, creo, su servicio a la Iglesia, el que debe empeñar y llenar todas sus energías.


Es preciso reconocer que todavía queda mucho por asimilar del Vaticano II en lo que se refiere a la liturgia, y no menos lo que se necesita asumir de la tradición litúrgica eclesial en su conjunto. La verdadera renovación, más que recurrir a actuaciones arbitrarias, consiste en desarrollar cada vez mejor la conciencia del sentido del Misterio, de modo que la liturgia sea momento de comunión con el misterio grande y santo de la Trinidad. Celebrando los actos sagrados como relación con Dios y acogida de sus dones, como expresión de auténtica vida espiritual, como adoración, la Iglesia podrá alimentar verdaderamente su esperanza y ofrecerla a quien la ha perdido.


En las celebraciones hay que poner como centro a Jesucristo, presente y actuante en ellas, para dejarnos iluminar y guiar por Él. La liturgia de la Iglesia no tiene como objeto calmar lo deseos y los temores del hombre, sino escuchar y acoger a Jesús, que  vive, honra y alaba al Padre, para alabarlo y honrarlo con Él. Las celebraciones eclesiales proclaman que nuestra esperanza nos viene de Dios por medio de Jesús nuestro Señor.


Para todo ello se requiere ese gran esfuerzo de formación que ha de ser impulsada y moderada de manera muy particular y principal por los obispos. Esta formación se orienta a favorecer la comprensión del verdadero sentido de las celebraciones de la Iglesia y requiere, además, una adecuada instrucción sobre los ritos, una auténtica espiritualidad y una educación para vivirla en plenitud. Por tanto, se ha de promover una auténtica «mistagogia litúrgica».


Subrayo que, en esta formación, se trata de dos aspectos inseparables: un aspecto es la instrucción –fundamentalmente teológica y doctrinal- sobre la liturgia y sus ritos, la iniciación cristiana en cuanto de ellos se significa y en aquello que reclama de quienes participan en la liturgia; y el otro aspecto es la participación misma en la liturgia, verdaderamente viva conforme al sentir y pensar de la Iglesia. Esta formación litúrgica no sólo ha de ser una formación doctrinal, teológica, sobre la naturaleza y la verdad de la liturgia y de las acciones litúrgicas sino que, de manera muy principal, ha de comportar un cuidado exquisito de la vida litúrgica de las comunidades, de la celebración en sí misma, de modo que esta constituya el alma y el corazón de toda la vida de las mismas comunidades.


Para esta formación, además de la constitución Sacrosanctum Concilium, y del Catecismo de la Iglesia Católica –imprescindible instrumento para toda la formación cristiana en general, y en lo particular que se refiere a la liturgia-, así como de otras enseñanzas y directrices del Magisterio de la Iglesia sobre la divina liturgia, tan rico a raíz del Concilio hasta hoy, habrá que facilitar instrumentos y orientaciones para dicha formación para diferentes destinatarios y con distintos cauces; habrá también que enriquecer los Praenotanda con las enseñanzas de los últimos Papas, de los Sínodos y la experiencia de lo acaecido durante las últimas décadas en la Iglesia y en el campo específico de la liturgia como signo de lo que el Espíritu dice a la Iglesia; habremos de estar muy atentos a la liturgia del Papa, a los signos y gestos que en ella se ponen de relieve, y que son indicativos de su magisterio, de por dónde hay que caminar; deberemos, asimismo, atender al canto, tan principal y de tanta incidencia educativa positiva y a veces negativa; habrá que cuidar mucho expresiones, signos y gestos en la liturgia, e incluso recuperar algunos de ellos perdidos u olvidados; no deberemos olvidar jamás el arte de la liturgia, la dignidad y belleza de los espacios celebrativos, que inviten a entrar en el Misterio que acontece en la liturgia y que ayuden a «ver y palpar» la «grandeza sobrecogedora» de lo que es y significa el «universo» o ámbito propio de la liturgia. Habrá que «mejorar» las celebraciones y llevar a cabo un grande y generalizado esfuerzo de catequización, de iniciación o de reiniciación cristiana, integral, de todo el pueblo de Dios, fuertemente arraigada y apoyada en el Catecismo de la Iglesia Católica.


En suma, nos sentimos urgidos a impulsar un nuevo, vigoroso, intenso y universal movimiento litúrgico, conforme al « derecho» de Dios y a lo que Él merece, y a las enseñanzas que la Iglesia ofrece. Que Dios nos ayude, o mejor, que nos dejemos ayudar por Él para que podamos ofrecerle «por Cristo, con Él y en Él, en la Unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria».

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Texto tomado del sitio web del Centro de Cultura Teológica.

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domingo, 10 de enero de 2010

La verdadera reforma de Benedicto XVI, según el Card. Cañizares

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Cardenal Antonio Cañizares

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El Cardenal Antonio Cañizares, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, ha concedido una muy interesante entrevista al vaticanista Paolo Rodari. Ofrecemos nuestra traducción de la misma, en la cual trata ampliamente el tema de la Sagrada Liturgia en el pontificado de Benedicto XVI, los actuales trabajos de su Dicasterio, la necesidad de impulsar un nuevo movimiento litúrgico y la situación de la Iglesia en España frente a la ofensiva laicista.

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El ex arzobispo de Toledo y primado de España, cardenal Antonio Cañizares Llovera, dirige el “ministerio” vaticano que se ocupa de liturgia desde hace poco más de un año. Una tarea delicada en un pontificado, como el de Benedicto XVI, en el que la liturgia y su “reestructuración” después de las derivas post-conciliares tienen un rol central. Como central, por otro lado, es la liturgia en la vida de los fieles. Lo ha dicho el Papa en la noche de Navidad: al igual que para los monjes, también para cada hombre “la liturgia es la primera prioridad. Todo lo demás viene después”. Es necesario “poner en segundo plano otras ocupaciones, por más importantes que sean, para encaminarnos hacia Dios, para dejar que entre en nuestra vida y en nuestro tiempo”.Lo que dice Cañizares a Il Foglio es más que un balance después de un año transcurrido en la Curia romana:


“He recibido  la misión de llevar a término, con la indispensable y valiosa ayuda de mis colaboradores, aquellos deberes que están asignados a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en la constitución apostólica Pastor Bonus de Juan Pablo II , respecto a la ordenación y a la promoción de la sagrada liturgia, en primer lugar de los sacramentos.Por la situación religiosa y cultura en que vivimos, y por la misma prioridad que corresponde a la liturgia en la vida de la Iglesia, creo que la misión principal que he recibido es promover con total dedicación y compromiso, reavivar y desarrollar el espíritu y el verdadero sentido de la liturgia en la conciencia y en la vida de los fieles. Que la liturgia sea el centro y el corazón de la vida de las comunidades; que todos, sacerdotes y fieles, la consideremos como sustancial e imprescindible en nuestra vida; que vivamos la liturgia en plena verdad y que vivamos de ella; que sea en toda su amplitud, como dice el Concilio Vaticano II, «fuente y culmen» de la vida cristiana.


Después de un año al frente de esta Congregación, cada día experimento y siento con mayor fuerza la necesidad de promover en la Iglesia, en todos los continentes, un impulso litúrgico fuerte y riguroso que haga revivir la riquísima herencia del Concilio y de aquel gran movimiento litúrgico del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX – con hombres como Guardini, Jungmann y muchos otros – que hizo fecunda la Iglesia en el Concilio Vaticano II. Allí, sin ninguna duda, está nuestro futuro y el futuro mismo del mundo. Digo esto porque el futuro de la Iglesia y de toda la humanidad está en Dios, en el vivir de Dios y de lo que viene de Él: y esto ocurre en la liturgia y a través de ella. Sólo una iglesia que viva de la verdad de la liturgia será capaz de dar lo único que puede renovar, transformar y recrear el mundo: Dios; sólo Dios y Su gracia. La liturgia, su característica más propia, es presencia de Dios, obra salvífica y regeneradora de Dios, comunicación y participación de Su amor misericordioso, adoración, reconocimiento de Dios. Es lo único que puede salvarnos.

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Guardini, Jungmann, dos pilares de la renovación litúrgica de las pasadas décadas. Figuras en las cuales se ha inspirado también Joseph Ratzinger en su “Introducción al espíritu de la liturgia”. Figuras que, probablemente, lo han inspirado también en la promulgación del Motu Proprio “Summorum Pontificum”. Se ha dicho que el Motu Proprio ha representando también (aunque algunos dicen que principalmente) una mano tendida del Papa a los lefebvristas. ¿Es así?


De hecho, lo es. Sin embargo, creo que el Motu Proprio tiene un valor muy grande en sí mismo, y para la Iglesia y la liturgia. Si bien a algunos esto les disgusta, a juzgar por las reacciones que llegaron y que continúan llegando, es justo y necesario decir que el Motu Proprio no es un paso atrás ni un retorno al pasado. Es reconocer y acoger, con sencillez y en toda su amplitud, los tesoros y la herencia de la gran Tradición que tiene en la liturgia su expresión más auténtica y profunda. La Iglesia no puede permitirse prescindir, olvidar o renunciar a los tesoros y a la rica herencia de esta tradición, contenida en el Rito romano. Sería una traición y una negación de sí misma. No se puede abandonar la herencia histórica de la liturgia eclesiástica, ni querer establecer todo ex novo, como algunos pretenderían, sin amputar partes fundamentales de la misma Iglesia.


Algunos entendieron la reforma litúrgica conciliar como una ruptura y no como un desarrollo orgánico de la Tradición. En aquellos años del post-Concilio, el «cambio» era una palabra casi mágica; había que modificar todo lo que había estado antes hasta el punto de olvidarlo; todo nuevo; era necesario introducir novedades, en el fondo, obra y creación humana. No podemos olvidar que la reforma litúrgica y el post-Concilio coincidieron con un clima cultural marcado o dominado intensamente por una concepción del hombre como «creador» que difícilmente estaba en sintonía con una liturgia que es, sobre todo, acción de Dios y prioridad suya, derecho de Dios, adoración de Dios y también tradición lo que hemos recibido, de lo que se nos ha dado de una vez para siempre.


La liturgia no la hacemos nosotros, no es nuestra obra, sino de Dios. Esta concepción del hombre «creador» que conduce a una visión secularizada de todo donde Dios, con frecuencia, no tiene un lugar, esta pasión por el cambio y la pérdida de la tradición, todavía no ha sido superada. Y esto, en mi opinión, entre otras cosas, ha hecho que algunos vieran con tanto recelo el Motu Proprio, o que a algunos les desagrade recibirlo y acogerlo, reencontrar las grandes riquezas de la tradición litúrgica romana que no podemos dilapidar, o buscar y aceptar el enriquecimiento recíproco entre la forma «ordinaria» y la «extraordinaria» en el único Rito romano.


El Motu Proprio Summorum Pontificum es un valor grandísimo, que todos deberíamos apreciar. No sólo tiene que ver con la liturgia sino con el conjunto de la Iglesia, con lo que es y significa la tradición, sin la cual la Iglesia se convierte en una institución humana que cambia y, por supuesto, también se relaciona con la lectura y la interpretación que se hace o se hizo del Concilio Vaticano II. Cuando se lee y se interpreta en clave de ruptura o de discontinuidad, no se entiende nada del Concilio y se lo tergiversa totalmente. Por eso, como indica el Papa, sólo una «hermenéutica de la continuidad» nos lleva a una lectura justa y correcta del Concilio, y a conocer la verdad de lo que dice y enseña en su totalidad y, particularmente, en la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la divina liturgia, la cual es inseparable, por lo tanto, de este mismo conjunto. El Motu Proprio, en consecuencia, tiene también un valor altísimo para la comunión de la Iglesia.

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El Papa está detrás del lento pero necesario proceso de reacercamiento de la iglesia a un auténtico espíritu litúrgico. Sin embargo, no faltan divisiones y contraposiciones. Sobre esto habla el cardenal Cañizares:


El gran aporte del Papa, en mi opinión, es que nos está llevando hasta la verdad de la liturgia. Con una sabia pedagogía, nos está introduciendo en el auténtico espíritu de la liturgia (como dice el título de unas de su obras principales antes de convertirse en Papa).


Él, ante todo, está siguiendo un sencillo proceso educativo que pretende ir hacia este espíritu o sentido auténtico de la liturgia para superar una visión estrecha de la liturgia que está muy arraigada. Sus enseñanzas tan ricas y abundantes en este campo, como Papa y también antes de serlo, así como los sugestivos gesto que están acompañando las celebraciones que preside, van en esta misma dirección. Acoger estos gestos y estas enseñanzas es un deber que tenemos si estamos dispuestos a vivir la liturgia de un modo conforme a su misma naturaleza y si no queremos perder los tesoros y las herencias litúrgicas de la tradición. Además, constituyen un verdadero don para la formación, tan urgente y necesaria, del pueblo cristiano.


En esta perspectiva, hay que ver el mismo Motu Proprio que ha confirmado la posibilidad de celebrar con el rito del Misal romano aprobado por Juan XXIII y que se remonta, con las sucesivas modificaciones, al tiempo de san Gregorio Magno y aún antes. Es cierto que hay muchas dificultades que están teniendo quienes, en el uso de lo que es un derecho, celebran o participan en la Santa Misa conforme al «rito antiguo» o «extraordinario». En realidad, no habría necesidad de esta oposición, ni mucho menos de ser vistos con sospecha, o de ser etiquetados como «preconciliares» o, peor aún, «anticonciliares». Las razones de esto son múltiples y diversas; sin embargo, son las mismas que llevaron a una reforma litúrgica entendida como ruptura y no en el horizonte de la tradición y de la hermenéutica de la continuidad que reclama la renovación y la verdadera reforma litúrgica en la clave del Vaticano II. No podemos olvidar, además, que en la liturgia se toca lo más importante de la fe y de la Iglesia y, por eso, cada que vez que en la historia se ha tocado algo de la liturgia, no ha sido raro que hubiera tensiones e incluso divisiones.

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Desde el discurso de Benedicto XVI a la Curia romana del 22 de diciembre de 2005, la necesidad de leer el Vaticano II no en una óptica de discontinuidad con el pasado sino de continuidad se ha hecho central en el actual pontificado. ¿Qué significa esto desde el punto de vista litúrgico?


Significa, entre otras cosas, que no podemos llevar a cabo la renovación de la liturgia y ponerla en el centro y en la fuente de la vida cristiana si nos ponemos frente a ella en clave de ruptura con la tradición que nos precede y que lleva esta rica corriente de vida y de don de Dios que ha alimentado y dado vida al pueblo cristiano. Las enseñanzas, las indicaciones, los gestos de Benedicto XVI son fundamentales en este sentido. Para esto, es necesario favorecer el conocimiento sereno y profundo de todo lo que nos está diciendo, incluyendo aquello que ha dicho antes de ser Papa, y que tan claramente se refleja, por ejemplo, en su Exhortación apostólica Sacramentum Caritatis.

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La Congregación que Cañizares preside se ha reunido en el pasado mes de marzo en asamblea plenaria y ha presentado unas proposiciones al Papa.


La asamblea plenaria de la Congregación se ha ocupado, sobre todo, de la adoración eucarística, de la Eucaristía como adoración, y de la adoración fuera de la Santa Misa. Han sido aprobadas algunas conclusiones que luego fueron presentadas al Santo Padre. Estas conclusiones prevén un plan de trabajo de la Congregación para los próximos años, que el Papa ha ratificado y animado.


Todas se mueven en la línea de reavivar y promover un nuevo movimiento litúrgico que, fiel en todo a las enseñanzas del Concilio y siguiendo las enseñanzas de Benedicto XVI, ponga la liturgia en el puesto central que le corresponde en la vida de la Iglesia. Las conclusiones de las proposiciones conciernen al impulso y la promoción de la adoración al Señor, base del culto que se debe dar a Dios, de la liturgia cristiana; inseparable de la fe en la presencia real y sustancial de Cristo en el Sacramento eucarístico; absolutamente necesaria para una Iglesia viva. Poner un freno y corregir los abusos, que desgraciadamente son muchos, no es algo que se derive de la plenaria de la Congregación sino que es algo que reclama la misma liturgia, y la vida y el futuro de la Iglesia, y la comunión con ella. Sobre esto, sobre tantos abusos litúrgicos y su corrección, algunos años atrás la Congregación publicó una instrucción importantísima, la Redemptionis Sacramentum, y a ella debemos remitirnos todos. Es un deber urgentísimo corregir los abusos existentes si queremos, como católicos, llevar algo al mundo para renovarlo. Las proposiciones no se ocupan de poner freno a la creatividad sino, más bien, de animar, favorecer y reavivar la verdad de la liturgia, su sentido más auténtico y su espíritu más genuino. No podemos tampoco olvidar o ignorar que la creatividad litúrgica, como con frecuencia se la ha entendido y se la entiende, es un freno a la liturgia y la causa de su secularización, porque está en contradicción con la naturaleza misma de la liturgia.


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¿Se habla, en las proposiciones, del uso de la lengua latina?


No se dice nada a propósito de dar más espacio a la lengua latina, incluso en el rito ordinario, ni de publicar misales bilingües, como en realidad ya se ha hecho en algunas lugares después de la conclusión del Concilio; no hay que olvidar, de todos modos, que el Concilio en la constitución Sacrosanctum Concilium no deroga el latín, lengua venerable a la que se encuentra vinculado el rito romano.

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Hay, luego, otras cuestiones importantes: la orientación...


No hemos planteado la cuestión de la orientación «versus Orientem», ni de la Comunión en la boca, ni de otros aspectos que a veces son usados como acusaciones de «pasos atrás», de conservadurismo, o de involución. Creo, además, que las cuestiones como éstas, el crucifijo visible al centro del altar, la Comunión de rodillas y en la boca, el uso del canto gregoriano, son cuestiones importantes que no se pueden reducir de manera frívola o superficial y de las que, en todo caso, se debe hablar con conocimiento de causa y con fundamento, como por ejemplo hace el Santo Padre, y viendo también como éstas cosas corresponden (y también favorecen) a la verdad de la celebración así como a la participación activa, en el sentido del que habla el Concilio y no en otros sentidos. Lo importante es que la liturgia sea celebrada en su verdad, con verdad, y que se favorezca y promueva intensamente el sentido y el espíritu de la liturgia en todo el pueblo de Dios de tal modo que viva de ella. Realmente es muy importante que las celebraciones tengan y fomenten el sentido de lo sagrado, del Misterio, que reaviven la fe en la presencia real del Señor y en el don de Dios que actúa en ella, así como la adoración, el respeto, la veneración, la contemplación, la oración, la alabanza, la acción de gracias, y muchas otras cosas que corren el riesgo de diluirse.


Cuando participo o veo la liturgia del Papa, que ya ha incorporado algunos de estos elementos, me convenzo cada vez más de que no son aspectos casuales sino que, en cambio, tienen una fuerza expresiva y educativa en sí mismos y en la verdad de la celebración, cuya ausencia se nota.

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Cañizares ha sido, por años, una figura de relieve de la Iglesia española. Lo es todavía, aún residiendo en Roma. En España hubo recientemente una declaración del secretario de la Conferencia episcopal del país, mons. Juan Antonio Martínez Camino, que decía que los políticos que se expresaran públicamente a favor del aborto no podrán recibir la Comunión. ¿Comparte esta posición de Camino? ¿Por qué España se ha convertido en el fortín de políticas laicistas? ¿Cómo deben comportarse los obispos y las conferencias episcopales frente a posiciones que niegan la vida?


Los obispos, como pastores que guían y defienden al pueblo que se les ha confiado, tienen el deber de caridad ineludible de enseñar y transmitir a los fieles, fielmente y con sabiduría, doctrina y prudencia, lo que cree y enseña la fe de la Iglesia, aunque esto cueste, aunque vaya contracorriente o lo condene la opinión pública. Lo que está en juego en la cuestión del aborto y de lo que se legislará en España en esta materia, cuando sean aprobados todos los pasos reglamentarios, es algo muy grave y decisivo, y no podemos callar ni ocultar la verdad. Esto es lo que, realizando la orden de su Señor, la Iglesia dice y manda a su fieles, lo que exige y espera de ellos. Debemos servir y guiar a los fieles con la luz de la verdad recibida, de la cual no podemos disponer en cuestiones morales y, a veces, delicadas. Y debemos ayudar a los católicos en la vida pública a tomar sus decisiones con responsabilidad frente a Dios y frente a los hombres, y conforme a la razón, como corresponde a su condición de hijos de la Iglesia y creyentes en Jesucristo.


No podemos ni debemos, so pena ser malos pastores, movernos en estas cuestiones con relativismos, con cálculos «políticos», o con hábiles o sutiles «diplomacias». El buen ejercicio de nuestro ministerio episcopal, por otra parte, no está en absoluto en contraste, de hecho, con la prudencia, el tacto, la misericordia, la gentileza y la mano tendida que ciertamente deben acompañarnos en todo. Es un momento difícil el que estamos atravesando ahora en España. No es fácil tampoco para los obispos.


No creo, por otra parte, que España sea la abanderada o la vanguardia de políticas laicistas. El laicismo, evidente o escondido, y las políticas laicistas, están difundidos en casi todas partes; en algunos países más que en otros, y en algunos con muchísimo poder y fuerza. Hay una fuerza, aparentemente imparable, comprometida en introducir el laicismo en todo el mundo o, lo que es lo mismo, a borrar de la conciencia de los hombres al Dios revelado en el rostro humano de Jesucristo, su Unigénito. Es cierto que en España este laicismo tiene connotaciones especiales, tal vez por toda su historia y su misma identidad. España está sufriendo una transformación muy radical en su mentalidad, en su pensamiento y en los criterios de juicio, en sus costumbres y en los modos de actuar, en su cultura, en resumen, en su naturaleza o identidad. Esto, además, se manifiesta en una gran y profunda crisis o ruptura moral y de valores, tras la cual se esconde una crisis religiosa y social y una fragmentación del hombre. Sin embargo, al mismo tiempo, las raíces y los fundamentos que sostienen a España y la parte más genuina de ella derivan de la fe cristiana, encuentran sustento en ella y en lo que ella cree. Y estas raíces no han desaparecido ni desaparecerán. Un conjunto de leyes, como la del aborto que ha sido aprobada en el Parlamento, además de otros factores, es sin duda el signo de la transformación en acto.


Siempre he creído que nosotros, los obispos, obedeciendo a Dios antes que a los hombres, debemos anunciar siempre el Evangelio y a Jesucristo, no anteponer nada a Él y a su obra, anunciar valientemente y sin pausa al Dios vivo, cuya gloria es que el hombre viva, que constituye el sí más pleno y total que se puede dar al hombre, a su dignidad inviolable, a la vida, a sus derechos fundamentales, a todo aquello que es auténticamente humano. Anunciar y testimoniar a Aquel que es Amor, actuando en todo con caridad, y testimoniando frente a todos la caridad, la pasión de Dios por el hombre, de modo particular por los débiles, los indefensos, aquellos que son tratados injustamente. Todo esto dirigido a la conversión para que surja una nueva humanidad, hecha de hombres nuevos con la novedad del Evangelio de Jesucristo, del modo de ser, de pensar y de actuar que encontramos y tiene origen en Él, verdad de Dios y del hombre.


Sencillamente, se trata de dar impulso y llevar a término una nueva y decidida evangelización. Esta es la condición en la que se encuentran la Iglesia y los obispos en España desde hace mucho tiempo. Es un trabajo lento y arduo pero que está dando sus frutos. Pienso, además, que los obispos en España, precisamente en virtud de la afirmación de Dios y de la fe en Jesucristo, se han embarcado en una gran batalla a favor del hombre, del derecho a la vida, de la libertad, de lo que es esencial para el hombre como la familia, la verdad y belleza de la familia basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer abierto a la vida, en el amor; están a favor de la educación de la persona y de la libertad de enseñanza, de la libertad religiosa. La Iglesia en España, para apuntar cada día y con más fuerza e intensidad en el hombre y sus derechos fundamentales, siente la llamada a reforzar la experiencia de Dios para que su fieles sean «testigos del Dios vivo», como dice uno de su documentos más importantes y emblemáticos de algunos años atrás. Su tarea no es la política ni hacer política sino ser sencillamente Iglesia, presencia de Cristo entre los hombres, aunque esto la perjudique. La situación es dura pero miramos al futuro con una gran esperanza y un gran llamado a dejarnos reforzar por Dios y ponerlo a Él en el centro de todo, y continuamos nuestro camino sin detenernos y sin volvernos atrás, con la mirada fija en Jesucristo.


Tengo la certeza absoluta de que España cambiará y volverá al vigor de una fe viva y de una renovación de la sociedad. No podemos bajar la guardia, ni bajar los brazos que deben estar tendidos hacia Dios en una súplica confiada y permanente. Es esencial que, en primer lugar, recupere su vitalidad y su vigor teologal y religioso; que Dios, que se nos ha dado en Jesucristo, sea realmente su centro y su más firme fundamento para ser capaces, como en otros momentos, de crear una nueva cultura y hacer surgir una buena sociedad. Esto es posible. Y, además, nada es imposible para Dios.

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Fuente:
Palazzo Apostolico


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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martes, 8 de septiembre de 2009

Posible declaración oficial

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Antonio_Canizares

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La Congregación para el Culto Divino se negó a hacer más comentarios acerca de los informes que afirmaban que el Vaticano está considerando una “reforma de la reforma” de la liturgia, pero se espera pronto una declaración formal sobre el asunto.


Un oficial dijo al Register esta mañana que “todo está bajo estudio y está progresando”, pero agregó que no podía decir más hasta que el Cardenal Antonio Cañizares Llovera, prefecto de la Congregación, o la Oficina de Prensa de la Santa Sede, publiquen una declaración oficial.


A finales de agosto, el veterano observador vaticano Andrea Tornielli informó que los cardenales y obispos de la Congregación para el Culto Divino habían votado casi unánimemente, en su reunión plenaria de marzo, “a favor” de 30 propuestas destinadas a aumentar la reverencia en la liturgia.


Tornielli dijo que los obispos también reafirmaron la importancia de la recepción de la Comunión en la lengua en lugar de en la mano, y que el Cardenal Cañizares estaba estudiando la posibilidad de “recuperar” la práctica de celebrar la Misa con el sacerdote mirando a oriente. Sin embargo, existen informes contradictorios acerca de si estas dos últimas propuestas estaban o no incluidas en las proposiciones que Tornielli dijo que fueron entregadas al Papa Benedicto XVI el 4 de abril.


El subdirector de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, el Padre Pasionista Ciro Benedettini, desestimó el informe de Tornielli diciendo que no había “proposiciones institucionales acerca de una modificación de los libros litúrgicos actualmente en uso”. Sin embargo, Tornielli sostuvo su historia, diciendo que no había mencionado “proposiciones institucionales”, sino que había informado que “había comenzado un período de estudio” acerca de lo que probablemente se transformará en una reforma a largo plazo después de muchas consultas.


La falta de claridad en esta historia se debe en parte a la ausencia de los oficiales principales, especialmente el Cardenal Cañizares que ha estado de vacaciones y regresa a Roma a fines de este mes. También el nuevo secretario de la Congregación para el Culto Divino, el arzobispo norteamericano Augustine Di Noia ha sido nombrado recientemente, y no está preparado para comentar ahora en nombre del cardenal.


“Estamos esperando que el cardenal regrese a fines de mes”, dijo hoy al Register el oficial de la Congregación para el Culto Divino. “Entonces habrá una declaración de lo oficina de prensa o del cardenal mismo”.

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Fuente: National Catholic Register

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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sábado, 22 de agosto de 2009

Reforma en marcha

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El Santo Padre con el Card Cañizares

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El documento ha sido entregado en las manos de Benedicto XVI la mañana del pasado 4 de abril por el cardenal español Antonio Cañizares Llovera, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino.


Es el resultado de una votación reservada, ocurrida el 12 de marzo, en el curso de la reunión “plenaria” del dicasterio que se ocupa de liturgia y representa el primer paso concreto hacia aquella “reforma de la reforma” tantas veces deseada por el Papa Ratzinger.


Casi por unanimidad, los cardenales y obispos miembros de la Congregación han votado a favor de una mayor sacralidad del rito, de una recuperación del sentido de la adoración eucarística, de una recuperación de la lengua latina en la celebración y de la reelaboración de las partes introductorias del misal para poner freno a los abusos, experimentaciones salvajes y creatividades inoportunas.


Se han mostrado favorables, también, a confirmar que el modo usual de recibir la Comunión según las normas no es sobre la mano sino en la boca. Existe, es cierto, un indulto que permite, a pedido de los episcopados, distribuir la hostia también sobre la palma de la mano pero esto debería quedar como un hecho extraordinario.


El “ministro de la liturgia” del Papa Ratzinger, Cañizares, está haciendo estudiar también la posibilidad de recuperar la orientación hacia Oriente del celebrante, al menos en el momento de la consagración eucarística, como ocurría en la praxis anterior a la reforma, cuando tantos los fieles como el sacerdote miraban hacia la Cruz y el sacerdote, por lo tanto, daba la espalda a la asamblea.


Quien conoce al cardenal Cañizares, apodado “el pequeño Ratzinger” antes de su traslado a Roma, sabe que tiene la intención de llevar adelante con decisión el proyecto, partiendo precisamente de lo que ha establecido el Concilio Vaticano II en la constitución litúrgica Sacrosanctum Concilium, que en realidad ha sido sobrepasada por la reforma post-conciliar que entró en vigor a finales de los años sesenta.


El purpurado, entrevistado en los meses pasados por la revista 30giorni, había dicho al respecto: A veces se ha cambiado por el simple gusto de cambiar respecto a un pasado percibido como todo negativo y superado. A veces se ha concebido la reforma como una ruptura y no como un desarrollo orgánico de la Tradición”.


Por esta razón, las “propositiones” votadas por los Cardenales y Obispos en la Plenaria de marzo prevén un retorno al sentido de lo sagrado y la adoración, pero también una recuperación de las celebraciones en latín en las diócesis, al menos en las solemnidades principales, y la publicación de misales bilingües – un pedido hecho en su momento por Pablo VI – con el texto en latín en primer lugar.


Las propuestas de la Congregación, entregadas por Cañizares al Papa y que el Papa aprobó, están perfectamente en línea con las ideas expresadas por Joseph Ratzinger cuando éste era aún Cardenal, como atestiguan algunos pasajes suyos inéditos sobre la liturgia anticipados ayer por Il Giornale, que serán publicados en el libro “Davanti al Protagonista” (Editorial Catagalli), presentado de antemano en un congreso en Rimini.


A todo esto, una aclaración importante: para lograr la “reforma de la reforma” se necesitarán muchos años. El Papa está convencido de que tanto los pasos precipitados como el hecho de simplemente lanzar directivas desde arriba no sirve para nada, y tiene además el riesgo de quedar como letra muerta.


El estilo de Ratzinger es el del debate y, sobre todo, del ejemplo. Como es el hecho de que, por más de un año, quienes se acercan al Papa para recibir la Comunión se ponen de rodillas en el reclinatorio especialmente ubicado por los ceremonieros.


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Fuente: Papa Ratzinger Blog


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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viernes, 5 de junio de 2009

¿Di Noia a Culto Divino?

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Padre Di Noia con Benedicto XVI

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Una vez más los medios italianos, comenzando por Andrea Tornielli, vuelven sobre el posible traslado de Monseñor Ranjith como Arzobispo de Colombo. La actual novedad es que ya estaría decidido el nombre de quien lo sustituiría como secretario de la Congregación para el Culto Divino. Ofrecemos la traducción de la noticia que Tornielli publicó en su blog.

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Uno de los nombramientos más obstaculizados y aplazados de la Curia Romana parece ahora realmente decidido: el Secretario de la Congregación para el Culto Divino, el cingalés Malcolm Ranjith Patabendige Don – llamado en su momento a la Curia como secretario de Propaganda Fide, luego nombrado nuncio apostólico, para luego volver a ser llamado a Roma por Benedicto XVI – será el nuevo arzobispo de Colombo, a pesar de algunos intentos cardenalicios in extremis para retenerlo en Roma. En su lugar, será nombrado el dominico estadounidense J. Augustine Di Noia, desde el 2002 Subsecretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe y, por lo tanto, colaborador durante tres años del entonces cardenal Ratzinger. Del sustituto de Ranjith se sabía que debía ser anglófono: caídas por vetos cruzados varias candidaturas provenientes de Australia, de Irlanda y de la misma Curia romana, finalmente se ha elegido al teólogo americano en servicio en el ex Santo Oficio. Después de haber sido el número tres de Ratzinger, se convertirá ahora en el número dos del “pequeño Ratzinger”, sobrenombre dado al cardenal español Cañizares Llovera, que guía la congregación del Culto. El nombramiento debería (el condicional es obligatorio) hacerse conocido en los próximos días, pero no más allá del 29 de junio. El litúrgico es el dicasterio vaticano que ha cambiado más frecuentemente de secretario en los últimos años: Di Noia será, de hecho, el cuarto en apenas siete años.

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Fuente: Sacri Palazzi

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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jueves, 7 de mayo de 2009

El nombramiento de Ranjith puede esperar

Andrea Tornielli, en su blog, ha ofrecido la siguiente nueva actualización sobre el nombramiento - según él, ya decidido - de Monseñor Ranjith como Arzobispo de Colombo. Al mismo tiempo, Bruno Volpe ha informado en Pontifex que se mencionan como posibles sucesores de Ranjith en el puesto de secretario de Culto Divino al abad benedictino Zielinski o al sacerdote italiano Nicola Bux.

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La enfermedad, ya superada, del cardenal Cañizares, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, ha hecho aplazar la publicación del nombramiento como arzobispo de Colombo – decidida desde hace tiempo – del Secretario de la misma Congregación, el arzobispo Malcolm Ranjith Patabendige Don. Hay quienes hablan de días o semanas, e incluso de algunos meses. Ciertamente, sobre el nombramiento del nuevo Secretario hay una pugna, dado el rol clave que este dicasterio tiene en llevar adelante aquella “reforma de la reforma” deseada ya desde hace años atrás por el entonces cardenal Joseph Ratzinger. Cañizares, el ex arzobispo de Toledo apodado “el pequeño Ratzinger”, quisiera que Ranjith permaneciese aún en Roma. Y en el probable caso de que no logre mantenerlo, quisiera como número dos a un colaborador que prosiga en la misma línea. La única certeza es que será un anglófono. Pero, por el momento, es inútil dar nombres (aunque también los hay) porque la situación está en continua evolución.

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Fuente: Sacri Palazzi

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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martes, 5 de mayo de 2009

Una edición esperada

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Portada en español del libro de Mons Bux

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Ya hemos hablado, en esta Buhardilla, del recomendable libro “La reforma de Benedicto XVI”, escrito por Monseñor Nicola Bux. De hecho, hace algunos meses, publicábamos nuestra traducción del prólogo de Vittorio Messori a la edición italiana y de la conclusión presentada por el autor.


Ahora, gracias a la gentileza de nuestros amigos de Una Voce Sevilla, informamos el lanzamiento de la edición española cuyo prólogo, de gran interés, ha sido escrito por el Cardenal Antonio Cañizares, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, y puede leerse aquí.

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jueves, 23 de abril de 2009

Una histórica Misa y dos importantes nombramientos

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canizares

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En el día de ayer, se ha dado la feliz coincidencia de dos importantes eventos: por un lado, el Prefecto de la Congregación para el Culto Divino ha celebrado la Misa Gregoriana en la Catedral del Papa, dando una importante señal para toda la Iglesia. Por otro, el Santo Padre ha nombrado como nuevos consultores de la Congregación para el Culto a dos sacerdotes que se destacan por compartir la visión litúrgica del Pontífice, dando así una nueva contribución a la renovación del personal de este dicasterio, de capital importancia en la vida de la Iglesia. Ofrecemos nuestra traducción de los informes presentados por Shawn Tribe y Gregor Kollmorgen para The New Liturgical Movement.

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La reciente celebración de una solemne Misa Pontifical en el Usus Antiquior por parte del Cardenal Prefecto de la congregación romana que supervisa la Sagrada Liturgia (la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos), y en el ámbito de la prominente Basílica de Letrán, la mismísima Catedral del Papa en la Sede de Roma, no puede ser subestimada. De hecho, lleva consigo aspectos de interés, tanto históricos como simbólicos.


No sería una exageración sugerir que la significatividad de esta combinación de persona y lugar es algo que seguramente no dejó de ser notado por distintos sectores de la Iglesia – y prácticamente no se puede esperar que esto no hubiera sido tenido al menos en consideración al momento de planear y aprobar esta Misa.


Tal acontecimiento es, por cierto, rico en su valor simbólico porque no puede ser sino una poderosa declaración y afirmación del lugar importante que el Usus Antiquior ocupa ahora nuevamente dentro de la vida de la Iglesia. Enfatiza aún más la bendición papal al mismo, lo que, aunque no está en duda, es nuevamente relevante en razón de estos factores.


Seguramente la siguiente cuestión que estará en la mente de muchos después de este evento será la futura posibilidad de algún tipo de celebración papal de estos mismos ritos litúrgicos, sea la Misa pública no solemne, la Missa coram Summo Pontifice, la Misa Solemne papal, o incluso algún desarrollo de éstas a la luz de las presentes circunstancias. Aunque se trata de un asunto interesante sobre el cual especular, lo primero que debemos tener claro es que hay que dejar esto al juicio del Papa mismo. Queda manifiestamente claro por actividades como la que ocurrió ayer dentro de su propia catedral y por parte, nada menos, del prefecto litúrgico designado por él – por no hablar del mismo motu proprio – que el Papa apoya firmemente el Usus Antiquior como una parte de su amplia visión litúrgica. Nadie puede dudar de esto, por lo que no es necesario un signo mayor. Dicho esto que es cierto, no se puede negar que tal acto sería de una importancia trascendental – particularmente en la era de los medios visuales – y que por eso son manifiestamente comprensibles la especulación y los deseos. Por supuesto, muchos factores entran en consideración de tales posibilidades para el Papa, incluyendo los factores litúrgicos y pastorales.


Dicho esto, no intento aquí especular si habrá tal liturgia papal y, si la hay, cuándo y en qué forma. Uno siempre puede tener teorías pero seguirán siendo eso: teorías. Sin embargo, lo que es digno de ser remarcado, y particularmente por aquellos para los que éste es un asunto de gran interés, es que la Misa de ayer del Cardenal Cañizares en Letrán sólo puede ser comprendida como algo que potencialmente ayude a preparar el camino hacia tal posibilidad, tanto en términos de una mayor familiaridad litúrgica en la ejecución de estos libros litúrgicos en esos lugares, como en términos de aclimatar a aquellos que quizá son más reticentes a tal idea.


Por esta razón, y por la simple razón de la Misa misma, podemos estar agradecidos con el Santo Padre y con el Cardenal Cañizares por la Misa de ayer en la Basílica de Letrán.

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Después de los significativos nombramientos de nuevos consultores para la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice en septiembre pasado (ver aquí), el Papa Benedicto ha hecho ayer dos muy buenos nombramientos de consultores para la Congregación de Culto Divino.


El primero es Mons. Juan Miguel Ferrer Greneshe, Vicario General de la Arquidiócesis de Toledo (España), hasta hace poco tiempo Vicario General del nuevo Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y anterior Arzobispo de Toledo. Monseñor Ferrer ya había sido mencionado como co-organizador y participante en talleres de preparación para la Forma Extraordinaria en Toledo.


El segundo nuevo consultor es Mons. Wilhelm Imkamp, del clero de la diócesis de Augsburg. También es conocido por los lectores del NLM, como rector de la Iglesia de Maria Vesperbild, lugar de peregrinación en la diócesis de Augsburg, Alemania, donde anima fuertemente a la reforma de la reforma, incluyendo la celebración de la Forma Ordinaria ad orientem y la celebración regular de la Forma Extraordinaria. El año pasado invitó al Arzobispo Ranjith, Secretario de la Congregación para el Culto Divino, como celebrante de la Misa principal en el lugar de peregrinación (ver aquí).

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Fuente: The New Liturgical Movement


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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