domingo, 11 de septiembre de 2011

Cuando se abusa del nombre de Dios

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En el 10º aniversario del atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001, publicamos nuestra traducción de una entrevista que el entonces Cardenal Joseph Ratzinger concedió a Radio Vaticano.

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Su libro (“Dios y el mundo”) ha salido en las librerías en Italia dos días después de los atentados en Estados Unidos. Si hubiese aparecido un poco más tarde, ¿qué habría añadido a la luz de estos eventos?


Yo diría que tal vez este problema del abuso del nombre de Dios sería un problema, porque estos atentados se realizan también en nombre de Dios, por lo tanto, en nombre de una religión abusada para los propios fines, una religión politizada y así sometida al poder, que se convierte en un factor del poder. Por otra parte, tal vez habría hablado más de la necesidad de conocer a Dios con su rostro humano. Si vemos a Cristo, el rostro de Cristo, de un Dios que sufre por nosotros y no usa la omnipotencia para regular con un golpe de poder la realidad del mundo sino que va a nuestro corazón, y un amor que también se hace asesinar por nosotros, tenemos una visión de un Dios que excluye todo tipo de violencia; y así el rostro de Cristo me parece la respuesta más adecuada al abuso de un Dios que sería instrumento de nuestro poder.

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“Me atrevería a decir que nadie puede asesinar a otro hombre sin saber que esto es malo”: así se expresa usted en el libro respondiendo a la pregunta: “¿Hay personas sin conciencia?”. Ahora me pregunto: los fundamentalismos, de cualquier naturaleza, se expresan en nombre del bien, invocando a Dios. ¿Y entonces?


Sí, naturalmente los fundamentalismos son muy diversos entre ellos. Diría que, por ejemplo, entre los evangélicos en los Estados Unidos hay personas que se identifican hasta el fondo con las palabras de la Sagrada Escritura y pueden así, si son realmente fieles a la palabra de la Escritura, sobrepasar el peligro del fanatismo y de una religión que se convierte en violencia. Pero en todo caso es importante que la religión no sea definida por nosotros mismos, sino que es un don que nos viene del Señor y que es vivido en una realidad viva como la Iglesia que excluye la manipulación por parte mía y que por otra parte está vinculada a la Palabra de Dios; de este modo, diría que tenemos este equilibro entre una realidad no manipulable, la Palabra de Dios, y la libertad que vive esta palabra y que la interpreta en la vida.

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¿Pero según usted existe una guerra justa?


Este es un gran problema; en la preparación del Catecismo había dos problemas: la pena de muerte y la guerra justa eran los temas más discutidos. Es un argumento que ahora se torna concreto en el caso de las respuestas de los americanos. O bien podemos hacer referencia a otro ejemplo, el de Polonia que se defendió contra Hitler.


Diría que no se puede excluir según toda la gran tradición cristiana, en un mundo marcado por el pecado, que hay una agresión del mal que amenaza con destruir no sólo tantos valores, tantas personas, sino toda la imagen del hombre como tal. En ese caso, defenderse, defenderse también para defender al otro, puede ser un deber. Decimos, por ejemplo, que un padre de familia que ve agredidos a los suyos tiene el deber de hacer lo posible para defender a la familia, la vida de las personas confiadas a él, también eventualmente con una violencia proporcionada.


Por lo tanto, el problema de la guerra justa se define en base a estos parámetros: 1) Si se trata realmente de la única posibilidad de defender vidas humanas, defender valores humanos. El todo ponderado realmente en la conciencia y ponderando todas las otras alternativas; 2) Que se apliquen sólo los medios inmediatos aptos para esta defensa y que se respete siempre el derecho; en tal guerra el enemigo debe ser respetado como hombre y todos los derechos fundamentales deben ser respetados. Yo pienso que la tradición cristiana sobre este punto ha elaborado respuestas que deben ser actualizadas sobre la base de las nuevas posibilidades de destrucción, de los nuevos peligros. Provocar, por ejemplo, con una bomba atómica la destrucción de la humanidad puede tal vez también excluir toda defensa. Por lo tanto, deben ser actualizadas, pero diría que no se puede excluir totalmente a priori toda necesidad, también moral, de una defensa de personas y valores con los medios adecuados, contra los agresores injustos.

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Hablaba del respeto de la dignidad de la persona. Me hace pensar también en la necesidad y en la dificultad del perdón. ¿A usted le resulta siempre tan fácil perdonar?


Naturalmente si uno está herido íntimamente debe superar también esta amargura dada por la herida y no puede ser algo tan fácil porque el hombre es atacado en lo íntimo de su ser, debe purificarse, debe superar las agresiones innatas, y sólo en un camino de purificación interior, que puede ser también difícil, se llega al verdadero perdón; pero en este sentido la necesidad del perdón es también una gracia para el hombre porque así él mismo es purificado y renovado y se vuelve más auténticamente hombre en el proceso de purificación y de perdón.

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¿Qué es el castigo en la lógica de Dios?


Dios no nos pone el mal, esto iría contra la esencia de Dios, que no quiere el mal. Pero la consecuencia interior del pecado es que un día sentiré las consecuencias inherentes al mal mismo. No es que Dios nos impone algo malo para curarnos sino que Dios me deja librado, por así decir, a la lógica de mi actuar y así soy ya castigado por la esencia de mi mal. En mi mal está implicado también el mismo castigo; no viene del corazón, viene de la lógica de mi actuar y así puedo entender que he estado en contraste con mi verdad y, así, en contraste con Dios y debo ver que el contraste con Dios es siempre autodestructivo, no porque Dios destruye, sino porque el pecado destruye.

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Fuente: Il sismografo


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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