lunes, 16 de enero de 2012

El camino de la paciencia: balance ecuménico 2012 del Card. Koch

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Kiril

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El Cardenal Kurt Koch, presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, en esta entrevista cuya traducción ahora presentamos, ha trazado, con gran honestidad y claridad, un balance de la situación ecuménica a 50 años del comienzo del Concilio Vaticano II y ha hablado de los desafíos actuales que enfrenta el ecumenismo, a pocos días de comenzar la Semana de oración por la unidad de los cristianos que, como cada año, tendrá lugar del 18 al 25 de enero.

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La Semana de Oración del 2012 se celebra en el año en que la Iglesia universal recuerda la apertura, 50 años atrás, del Concilio Vaticano II: por lo tanto, son 50 años de diálogo con los hermanos cristianos. ¿Nos puede trazar un balance “ecuménico” de los objetivos más importantes alcanzados y los nuevos desafíos que han surgido?


El Beato Juan XXIII fundó este Pontificio Consejo, en su tiempo Secretariado, en 1960, por lo tanto, dos años antes del Concilio. Y lo quiso fuertemente por dos deseos: la renovación de la Iglesia católica y el restablecimiento de la unidad de los cristianos. Dos inspiraciones presentes en el Concilio. Pienso que estos son los dos desafíos también para hoy. La renovación está siempre presente en la vida de la Iglesia y el Papa Benedicto XVI invita constantemente a una profundización espiritual de la renovación de la Iglesia.


El otro gran desafío está bien definido en el decreto conciliar sobre el ecumenismo, Unitatis Redintegratio: en estos 50 años se han dado muchos pasos. Hemos puesto en marcha 16 diálogos diversos. Y si hemos podido dar muchos pasos en el diálogo con los ortodoxos, en el mundo occidental los problemas se han vuelto más complejos a causa de tres nuevos desafíos: en primer lugar, en el mundo de las Iglesias de la Reforma nos encontramos frente a una gran fragmentación y al nacimiento constante de nuevas Iglesias. El segundo desafío es que hoy han aumentado las diversidades a nivel ético, y esto es un gran cambio respecto a los años setenta y ochenta, durante los cuales se decía: “la fe separa, la práctica une”. Pero para dar hoy un testimonio creíble en la sociedad, debemos encontrar un acercamiento común sobre los temas fundamentales de la ética porque en un mundo fuertemente secularizado hay necesidad de una voz común de los cristianos. El tercer aspecto problemático es haber olvidado el objetivo último del ecumenismo. No pocas Iglesias y comunidades eclesiales que han nacido de la Reforma no ven ya como meta última la unidad visible en la fe, en los sacramentos, en los ministerios, sino que entienden la unidad como suma de todas las Iglesias. Una visión ecuménica que, como católicos, no podemos aceptar.

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Del 19 al 25 de febrero, el Ordinariato inglés de Nuestra Señora de Walsingham irá en peregrinación a Roma. Días atrás, ha sido erigido un Ordinariato personal para los Estados Unidos. ¿Cómo está cambiando la galaxia ecuménica luego de estos eventos?


En primer lugar, habría que aclarar que, en el siglo del ecumenismo, la decisión tomada por una persona de pasar de una Iglesia a otra debe ser siempre respetada y, por lo tanto, es posible, porque es una decisión tomada a conciencia. Lo nuevo que ha surgido en esta situación con los anglicanos es que grupos de fieles, con presbíteros y obispos, han pedido entrar a la Iglesia católica. Y esto es una novedad. Pienso que también en este caso el Santo Padre no ha tenido otra alternativa más que abrir la puerta a aquellos que han pedido ingresar. Es claro que esta hospitalidad provoca algunos problemas en la comunidad anglicana mundial. Pero, desde este punto de vista, es importante recordar que la Sede Apostólica tiene la clara conciencia de la diferencia de que respecto a la Anglicanorum cooetibus [la Constitución Apostólica del Papa Benedicto XVI en la cual se contienen las disposiciones a seguir para los anglicanos que entran en la plena comunión con la Iglesia Católica] es responsable la Congregación para la Doctrina de la Fe, mientras el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos prosigue su camino y su búsqueda de diálogo y de unidad.

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¿En qué punto estamos, por otro lado, con las Iglesias ortodoxas?


Las relaciones bilaterales con Constantinopla son óptimas y también las relaciones bilaterales con Moscú han mejorado mucho. Y estas relaciones representan un signo de providencia. Me he encontrado con el Patriarca Kirill en marzo del año pasado y me ha dicho que un encuentro con el Papa es ciertamente importante pero todavía no quiere hablar de fechas y lugares, porque considera que este encuentro debe ser realizado con una buena preparación. Por lo tanto, las relaciones bilaterales (también con los otros Patriarcados) van muy bien.


Respecto, en cambio, a la Comisión mixta internacional entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto, que involucra a 15 Iglesias ortodoxas, debemos decir con honestidad que hemos llegado a una situación muy difícil. Pensábamos haber dado un paso importante después del encuentro de Ravena en el 2007. Se había decidido hacer un estudio histórico sobre el primer milenio respecto a la práctica del primado del obispo de Roma en este tiempo pero los ortodoxos no han querido continuar. Es decir, resulta difícil hablar de la tradición petrina a partir de la Biblia. La discusión teológica sobre la sinodalidad y el primado, por lo tanto, deberá proseguir, pero no hemos llegado este año a un texto para presentar a la plenaria el próximo año. Creo que la razón de este retraso debe ser buscada en el hecho de que las Iglesias ortodoxas tienen un gran desafío, que es el Sínodo panortodoxo. Estoy convencido que del éxito de este Sínodo puede depender un paso importante para todo el ecumenismo y, en este sentido, los católicos deben tener paciencia y sostener esta importante cita para los ortodoxos. De todos modos, estoy convencido de que se proyecta un buen futuro en el diálogo y, incluso si actualmente es difícil, sabemos que la vida no siempre es un camino recto.

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¿Por qué el ecumenismo se ha vuelto hoy tan difícil?


Porque en los años inmediatamente posteriores al Concilio el entusiasmo era muy fuerte y tal vez se pensaba que la unidad de la Iglesia estaba muy cerca. Después tuvimos que darnos cuenta de que los problemas eran más grandes de lo que imaginábamos. Que se necesitaba más tiempo, paciencia y estudio. También tuvimos que aprender que no somos nosotros los que hacemos la unidad de la Iglesia; que la unidad es un don de Dios y nosotros debemos estar disponibles para aceptar esta realidad. El tema de la Semana de oración por la unidad de los cristianos de este año [“Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo”] nos lleva de nuevo al principio de todo el ecumenismo, al poder transformador de la oración. Un principio que no podemos dejar en el pasado sino que debe acompañar siempre todo empeño ecuménico. El Concilio Vaticano II ha hablado del ecumenismo espiritual como alma del movimiento ecuménico y, en este sentido, esta Semana de oración debe mostrar el núcleo del ecumenismo.

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Aquí en Italia la Semana es precedida por la Jornada para la profundización y el desarrollo del diálogo entre católicos y judíos, que este año tiene como tema de reflexión “La sexta palabra: no matarás”. ¿De qué modo, en su opinión, es importante traducir este mandamiento en el mundo actual?


En primer lugar, estoy muy contento de que exista esta Jornada antes de la Semana porque el judaísmo es la madre del cristianismo y esta memoria es muy importante. Este mandamiento es muy actual. Veo sobre todo tres desafíos: el primero es el terrorismo, las masacres y la persecución contra los cristianos en razón de su fe. El segundo desafío es la pena de muerte, que todavía persiste en algunos países e incluso en otros se discute para reintroducirla. Estoy muy contento de que el Santo Padre haya pronunciado palabras claras contra esta práctica. En tercer lugar, hablaría de los desafíos bioéticos del aborto pero sobre todo de la eutanasia en Europa, que es presentada como un derecho humano y que para la visión cristiana es exactamente lo contrario. Promover y sostener la dignidad de la vida de todo hombre, desde el inicio al fin natural, es un gran desafío en las sociedades secularizadas y sobre estos temas judíos y cristianos tienen la común tradición bíblica y, por lo tanto, la profunda convicción de que el hombre ha sido creado a imagen de Dios: suprimir la vida humana es una violencia contra la imagen de Dios en cada hombre y contra Dios como creador de la vida. En este sentido, es importante que judíos y cristianos den el mismo testimonio en el mundo actual.

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Fuente: Il blog degli amici di Papa Ratzinger


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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