martes, 13 de octubre de 2009

Optimismo moderno y odio a la Iglesia

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j ratzinger

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En la primera mitad de los años setenta, un amigo de nuestro grupo realizó un viaje a Holanda, donde la Iglesia cada vez hablaba más de sí misma, lo cual era visto por algunos como la imagen y esperanza de una Iglesia mejor para el mañana, y por otros como síntoma de una decadencia que era la lógica consecuencia de la actitud asumida. Esperábamos con cierta curiosidad el balance que nuestro amigo nos haría a su retorno.


Dado que era un hombre leal y un observador preciso, nos habló de todos los fenómenos de descomposición de los que ya algo habíamos oído: seminarios vacíos, órdenes religiosas sin vocaciones, sacerdotes y religiosos que grupalmente daban la espalda a su vocación, la desaparición de la confesión, la dramática caída de la frecuencia de asistencia a Misa, y así sucesivamente. Naturalmente fueron descritos también los experimentos y las novedades que no podían, a decir verdad, cambiar nada de las señales de decadencia sino que, más bien, las confirmaban.


La verdadera sorpresa del balance fue, sin embargo, la valoración conclusiva: a pesar de todo, una Iglesia grandiosa, ya que no había pesimismo por ninguna parte, todos iban llenos de optimismo al encuentro del futuro. El fenómeno del optimismo general hacía olvidar toda decadencia y toda destrucción, y bastaba para compensar todo lo negativo.


Hice mis reflexiones en silencio.


¿Qué se habría dicho de un hombre de negocios que sólo escribe en números rojos pero que, sin embargo, en lugar de reconocer sus pérdidas, buscar las razones y oponerse valientemente, se entrega a sus acreedores sólo con el optimismo? ¿Qué pensar de la glorificación de un optimismo que es, sencillamente, contrario a la realidad?


Traté de llegar al fondo de la cuestión y examinar las diversas hipótesis. El optimismo podía ser una simple una cobertura, detrás de la cual se escondía precisamente la desesperación que se buscaba superar de tal modo. Pero podía tratarse también de algo peor: que este optimismo metódico fuera producido por aquellos que deseaban la destrucción de la vieja Iglesia y que, sin demasiado ruido, con el manto de cobertura de la reforma, querían construir una Iglesia completamente diversa, a su gusto, a la que, sin embargo, no podían dar inicio para no develar demasiado pronto sus intenciones. Entonces, el público optimismo sería una especie de tranquilizante para los fieles con el fin de crear el clima apto para deshacer en paz a la Iglesia y adquirir así dominio sobre ella.


El fenómeno del optimismo tendría, por lo tanto, dos caras: por una parte, supondría la bienaventuranza de la confianza o, más bien, la ceguera de los fieles que se dejan calmar por buenas palabras; por otra parte, consistiría en una estrategia consciente para el cambio de la Iglesia en la que ninguna otra voluntad superior – voluntad de Dios – nos molestaría más, ni inquietaría más la conciencia, mientras que nuestra voluntad tendría la última palabra.


El optimismo sería, finalmente, la manera de liberarnos de la pretensión, considerada ya desagradable, del Dios viviente sobre nuestra vida. Este optimismo del orgullo, de la apostasía, se habría servido del optimismo ingenuo de la otra parte, más aún, lo habría alimentado, como si tal optimismo no fuese otra cosa que la esperanza cierta del cristiano, la divina virtud de la esperanza, mientras que en realidad era una parodia de la fe y de la esperanza.


Reflexioné también sobre otra hipótesis. Era posible que un optimismo de este estilo fuese simplemente una variante de la fe liberal en el progreso perenne: el sucedáneo burgués de la esperanza perdida de la fe. Llegué finalmente al resultado de que todos estos componentes actuaban juntos, sin que se pudiese decidir fácilmente cuál de ellos, y cuándo y dónde, tenía el peso predominante.


Un poco más tarde, mi trabajo me llevó a ocuparme del pensamiento de Ernst Bloch, para quien el “principio esperanza” es la figura especulativa central. Según Bloch, la esperanza es la ontología de lo aún no existente. Una correcta filosofía no debe aspirar a estudiar lo que es (esto sería conservadurismo o reacción) sino a preparar lo que aún no es. Dado que lo que es, es digno de perecer, el mundo verdaderamente digno de ser vivido debe ser aún construido. La tarea del hombre creativo es, por lo tanto, la de crear el mundo justo que aún no existe; para esta elevada tarea, sin embargo, la filosofía debe desarrollar una función decisiva: ella es el laboratorio de la esperanza, la anticipación en el pensamiento del mundo del mañana, anticipación de un mundo razonable y humano, no más formado por el suceso, sino pensado y realizado por nuestra razón.


Ahora bien, sobre el fondo de las experiencias recién narradas, lo que me sorprendió fue el uso del término “optimismo” en este contexto. Para Bloch (y para algunos teólogos que lo siguen), el optimismo es la forma y la expresión de la fe en la historia y, por lo tanto, es necesario para quien quiere servir a la liberación, a la evocación revolucionaria del mundo nuevo y del hombre nuevo. La esperanza es, por eso, la virtud de una ontología de lucha, la fuerza dinámica de la marcha hacia la utopía.


Leyendo a Bloch, pensaba que el “optimismo” es la virtud teologal de un Dios nuevo y de una religión nueva, la virtud de la historia divinizada, de una “historia” de Dios; por lo tanto, del gran dios de las ideologías modernas y de su promesa. Esta promesa es la utopía, a realizarse por medio de la “revolución” que representa, a su vez, una especie de divinidad mítica, por así decir una “dios hija” en relación con el dios-padre “Historia”.


En el sistema cristiano de las virtudes, la desesperación, es decir, la radical oposición a la fe y la esperanza, es calificada como pecado contra el Espíritu Santo porque excluye Su poder de sanar y de perdonar, negando así la redención.


En la nueva religión, le corresponde el hecho de que el “pesimismo” es el pecado de todos los pecados ya que la duda sobre el optimismo, sobre el progreso, sobre la utopía, es un asalto frontal al espíritu de la edad moderna, es la contestación de su credo fundamental sobre el cual se funda su seguridad, que sin embargo está continuamente amenazada por la debilidad de aquella divinidad ilusoria que es la historia.


Todo esto me vino de nuevo en mente cuando estalló el debate respecto a mi “Informe sobre la fe”, publicado en 1985. El grito de revuelta levantado por este libro sin pretensiones terminaba en la acusación: es un libro pesimista.


En algún lugar, se intentó incluso prohibir la venta porque una herejía de esta magnitud sencillamente no podía ser tolerada. Los poseedores del poder de opinión pusieron el libro en el index. La nueva inquisición hizo sentir su fuerza. Se demostró una vez más que no existe peor pecado contra el espíritu de la época que el ser culpable de una falta de optimismo.


De hecho, el planteo no fue: si es verdadero o falso lo que se afirma, si los diagnósticos son correctos o no; he podido constatar que no se molestaban en plantearse semejantes cuestiones pasadas de moda. El criterio era muy sencillo: es optimista o no. Y frente a este criterio, el libro era, sin más, un fracaso.


La discusión artificialmente encendida sobre el uso de la palabra “restauración”, que no tenía nada que ver con lo dicho en el libro, sólo fue parte del debate sobre el optimismo: parecía estar en cuestión el dogma del progreso.


Con la cólera que sólo un sacrilegio puede evocar, se atacaba esta negación del dios Historia y de su promesa. Pensé en un paralelo en el campo teológico.

El profetismo es asociado por muchos, por un lado, con la “crítica” (revolución), y por el otro, con el “optimismo”, haciéndolo criterio central, en esa forma, de la distinción entre verdadera y falsa teología.


¿Por qué cuento todo esto?


Yo creo que es posible comprender la verdadera esencia de la esperanza cristiana y revivirla, sólo si se miran de frente las imitaciones deformadoras que tratan de introducirse por todas partes. La grandeza y la razón de la esperanza cristiana salen a la luz sólo cuando nos liberamos del falso esplendor de sus imitaciones profanas.


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Fuente: Joseph Ratzinger, “Guardare Cristo”; año 1989 (pág. 35-39)


Tomado de Ratzinger.it


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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2 Comentarios:

Miserere mei Domine ha dicho

No puedo menos que maravillarme de la clarividencia que nuestro actual Papa tenía en la década de los 80.

Me han impactado una serie de argumentos:

* La diferenciación del optimismo y esperanza.
* El optimismo utilizado como tranquilizador anestésico de la sociedad.
* La inducción a la pasividad que conlleva el sentimiento de optimismo generalizado.

Este tipo de análisis nos hacen pensar y conocer las razones de lo que nos sucede como Iglesia en estos momentos.

Genial. Que Dios le bendiga Jerónimo. :)

Andrés Esteban López Ruiz CCR ha dicho

Este artículo podría ser una excelente introducción a la encíclica Spe Salvi.

Gracias a Dios que nos comunica su sabiduría en la Iglesia.