domingo, 9 de enero de 2011

El Cardenal Bartolucci y sus recuerdos, desde Pío XII hasta Benedicto XVI

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Cardenal, pero no obispo. Monseñor Domenico Bartolucci, 93 años, de Mugello, de 1956 a 1997 maestro “perpetuo” del coro de la Capilla Sixtina – el coro polifónico que acompaña las celebraciones papales –, estaba en su estudio, en el piano, cuando hacia las 11.30 hs. del 19 de noviembre pasado le llegó inesperadamente una llamada telefónica desde el Vaticano. El cardenal Tarcisio Bertone deseaba encontrarse con él a las 13.30 en la Secretaría de Estado vaticana.


Poco después, el “maestro”, como todos lo llaman ya desde hace décadas, era informado de la voluntad del Papa de crearlo cardenal en el consistorio que se realizaría al día siguiente. Bartolucci confiesa todavía su estupor y una cierta turbación interior al oír la noticia de la púrpura.


Dice al Foglio: “Nunca habría pensado en el cardenalato. Lo considero un gran honor y creo que el Papa ha querido darlo, por mi intermedio, a la música sacra. Sin embargo, dada mi edad y mi particular servicio a la Iglesia, he preferido no ser ordenado obispo”.


La suya es una opción que fue hecha en el pasado también por otros ilustres hombres de Iglesia llevados al cardenalato después de haber superado los ochenta años de edad (y, por lo tanto, cuando ya no estaba para ellos la posibilidad de entrar al cónclave en caso de muerte del Papa): entre los muchos que han preferido no ser ordenados obispos, están Hans Urs Von Balthasar (designado cardenal, murió en el camino que lo llevaba a Roma para el consistorio), Henri-Marie de Lubac e Yves Marie-Joseph Congar.


Por lo tanto, un cardenalato a la música sacra. Así ha percibido Bartolucci la decisión papal. ¿Por qué? “Porque he dedicado toda mi vida a la música sacra y es evidente que es a ella a quien el Papa ha querido de algún modo rehabilitar el pasado 20 de noviembre. Una música sacra con frecuencia demasiado despreciada en la Iglesia, abandonada, socavada por innovaciones inoportunas y contrarias al auténtico espíritu de la liturgia, el espíritu que Benedicto XVI está tratando de recuperar a través de sus escritos y sus celebraciones. Se ha querido ir al encuentro del mundo sin darse cuenta de estar cediendo al mismo y a sus sirenas”.


La historia artística de Bartolucci comienza en Florencia, en su temprana juventud, cuando acompañaba a su maestro Francesco Bagnoli como organista en las celebraciones en la Catedral. Luego, sus primeras composiciones fueron mostradas a monseñor Raffaele Casimiri, ilustre estudioso palestriniano, que iba cada tanto a Florencia para llevar a cabo sus investigaciones. Maduró así la idea de trasladar al joven a Roma, donde las capillas musicales estaban en plena actividad. Bartolucci se convirtió casi de inmediato en vice-maestro en San Juan de Letrán; luego, en 1947, director de la Capilla Liberiana de Santa María la Mayor. Finalmente, en 1956, después de cuatro años transcurridos junto a Lorenzo Perosi, Pío XII lo nombra director perpetuo de la Capilla Sixtina. Como sus predecesores, también él es nombrado “ad vitam”. Cuenta todavía con pesar: “Llegado a los 80 años, me enviaron de golpe a reposo… Después de tanto trabajo, ni siquiera pude saludar al Santo Padre…”.


Hace ya décadas que Bartolucci habita en Roma. En via Monte della Farina, cerca de piazza Argentina, donde la Capilla Sixtina tiene su sede. Su departamento está lleno de recuerdos. Fotos, cuadros, libros, músicas, muchas cartas y un viejo gramófono Grundig que, dice, “lo tenía igual el Papa Juan y tiene todavía una acústica envidiable. Sin embargo, ya no lo escucho más; por la noche prefiero mirar los conciertos transmitidos vía satélite sobre todo desde el exterior. Cada tanto veo alguna Misa en latín. Hay un canal que transmite algunas bellísimas de Francia. Pero son muy buenos también los anglicanos en el Reino Unido. He quedado impresionado por la liturgia cantada en la Westminster Abbey. Creo que también a Benedicto XVI le ha gustado cuando la escuchó en el pasado mes de septiembre. Al final, fue a transmitir sus saludos”.


La casa de Bartolucci trasluce historia y muchas fotos amarillentas por los años llevan el pensamiento a su juventud: “Mi padre era un obrero de una fábrica de ladrillos en Borgo San Lorenzo, cerca de Florencia. Cantaba siempre en la iglesia, le gustaba. También cantaba los romances de Verdi y de Donizetti. He crecido rodeado por la música. Todo el pueblo cantaba. Recuerdo las canciones de los campesinos en casa y en el trabajo. ¡El teatro del pueblo tenía dos estaciones de ópera al año! Era otra vida”.


De las palabras del cardenal se entiende que advierte un fuerte contraste entre aquellos años y hoy. Y su desilusión se vuelve explícita y espontánea sobre todo respecto a la música, sin necesidad de acosarlo con ulteriores preguntas. Dice: “Recuerdo las funciones en la Sixtina en los tiempos del Papa Pacelli. Entonces la música era una parte integrante y esencial de la liturgia: era su alma. Se conoce cuánto amaba la música Pacelli y cómo descansaba a menudo tocando el violín. Eran bellos tiempos”. El pontificado de Pío XII estuvo acompañado casi enteramente por la Capilla Sixtina dirigida por Lorenzo Pesori. Bartolucci, de hecho, fue nombrado director perpetuo en 1956: “Antes de convertirme en director, estuve cuatro años junto a Perosi, como vice-maestro. Él habitaba en el palacio del Santo Oficio y allí con frecuencia lo iba a ver. Paseábamos juntos por el lungotevere hasta la iglesia del Sagrado Corazón del Sufragio donde visitamos el Santísimo. Luego lo acompañaba nuevamente a casa”.


La música sacra de la Iglesia Católica sufrió una gran revolución después del Concilio Vaticano II. Cuenta Bartolucci: “El Concilio lo habría querido convocar también Pío XII. Lo dijo el cardenal Achille Silvestrini en el décimo aniversario de la muerte del cardenal Domenico Tardini. Se dio cuenta, sin embargo, que los numerosos focos de rebelión presentes en la Iglesia habrían querido provocar un incendio precisamente en Roma. Fue así el Papa Juan XXIII quien, después del Sínodo Romano, convocó el Concilio. Bajo su pontificado la Capilla Sixtina pudo finalmente ser reconstituida. Yo mismo presenté un proyecto de reforma general y el Papa lo aprobó plenamente. Obtuvimos la sede, el archivo, un equipo de cantantes adultos fijos y remunerados y, sobre todo, la schola puerorum dedicada exclusivamente a la formación de nuestros niños. El Papa Juan apreciaba mucho a la Capilla. En Navidad cantábamos en su apartamento con los niños, frente al pesebre. Respecto a la liturgia, creo que él no habría cambiado nada, pero luego murió. La reforma propiamente dicha con todos los cambios se hizo bajo Pablo VI”.


Bajo el pontificado del Papa Montini y con la nueva dirección litúrgica se verificó, de hecho, la crisis de la música sacra. Bartolucci recuerda todavía una Pascua en la que volvió a su casa llorando. Dice: “Nos echaron diciendo que no debía cantar la Sixtina sino el pueblo. Fue una revolución copernicana. El abandono del latín, que el Concilio mismo no auspiciaba, fue de hecho promovido por muchos liturgistas y así todo el repertorio tradicional de canto gregoriano y polifonía y, en consecuencia, las schola cantorum fueron señaladas como la causa de todo mal. El lema era ir al pueblo, sin entender las graves consecuencias de esta banalización de los ritos y de la liturgia. Yo siempre me opuse a esto y sostuve siempre la necesidad del gran arte en la iglesia para beneficio precisamente del pueblo. Se pensaba que participar quería decir cantar o leer algo y así se desatendió la sabia pedagogía del pasado. Paradójicamente, también todo el repertorio de cantos de devoción que el pueblo sabía y cantaba desapareció. Años atrás, por ejemplo, cuando el pueblo asistía a una Misa de difuntos, sabía cantar con devoción el Dies Irae y recuerdo que todos se unían para cantar el Te Deum o las antífonas de la Virgen. Hoy a duras penas se encuentra alguno capaz de hacerlo. Muchos hoy en día, afortunadamente, si bien un poco tarde, comienzan a darse cuentan de lo que ha sucedido. Era necesario pensar en ese entonces, antes de proceder con tanta presunta sabiduría a favor de una moda. Pero entonces todos renovaban, todos pontificaban. Afortunadamente, el Santo Padre está dando indicaciones muy precisas respecto a la liturgia y esperamos que el tiempo ayude a las nuevas generaciones”.


La Capilla Sixtina después del Concilio, de todos modos, ha continuado teniendo una importante actividad ya que Bartolucci quiso promover su presentación en conciertos. “Con la Sixtina he dado la vuelta al mundo y, precisamente en los conciertos, he podido sentirme libre de programar las obras maestras que ya no era posible ejecutar dentro de la liturgia, en primer lugar las obras de Giovanni Pierluigi da Palestrina. Giuseppe Verdi lo define el “padre eterno” de la música de Occidente. Ya lo he dicho una vez en una entrevista: «Palestrina es el primer patriarca que ha entendido qué quiere decir hacer música; él ha intuido la necesidad de una escritura contrapuntística vinculada por el texto, ajena a la complejidad y los cánones de la escritura flamenca». No es casualidad que el Concilio de Trento fijara los cánones de la música litúrgica precisamente mirándolo a él. No hay autor que trate y respete el texto sagrado como Palestrina. Yo, en lo que he podido, he tratado de referirme a este mismo espíritu, a la solidez del canto gregoriano y de la polifonía palestriniana. Por esto he podido continuar escribiendo música en el surco de la tradición de la Escuela romana”.


Uno de los más importantes conciertos en los cuales Bartolucci pudo presentar las obras maestras del príncipe de la música, junto a algunas composiciones personales, fue ofrecido precisamente a Benedicto XVI en el histórico marco de la Capilla Sixtina en el 2006. La ejecución confiada al Coro polifónico de la Fundación Domenico Bartolucci, con la cual el maestro ha grabado también algunos cd, fue introducido por el motete Oremus pro pontifice que el maestro ahora cardenal escribió precisamente para el Pontífice reinante, inmediatamente después de su elección. Benedicto XVI es para él una esperanza. Dice: “Lo es para mí y para la música sacra. Por eso pienso en mi cardenalato como en un reconocimiento, sobre todo, para la música, y me agrada que muchos hayan leído mi nombramiento de este modo”.


Y precisamente las palabras pronunciadas por el Papa al final de aquella ejecución sugieren que la púrpura a Bartolucci le ha sido reconocida por sus méritos artísticos y por una seria recuperación de la tradición musical de la Santa Iglesia Romana: “Todas las piezas que hemos escuchado contribuyen a confirmar la convicción de que la polifonía sacra, en particular la de la así llamada «escuela romana», constituye una herencia que se debe conservar con esmero, mantener viva y dar a conocer, no sólo en beneficio de los estudiosos y cultores, sino también de la comunidad eclesial en su conjunto, para la cual representa un inestimable patrimonio espiritual, artístico y cultural. […]Usted, venerado maestro, siempre se ha esforzado por valorar el canto sacro, también como medio de evangelización. Mediante los innumerables conciertos dados en Italia y en el extranjero, con el lenguaje universal del arte, la Capilla musical pontificia dirigida por usted ha cooperado así a la misión misma de los Pontífices, que consiste en difundir por el mundo el mensaje cristiano”.


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Fuente: Palazzo Apostolico


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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