sábado, 8 de noviembre de 2008

No os ajustéis a este mundo

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Bishop_Jaime_Soto

Obispo Jaime Soto

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Hace pocos días Juanjo Romero publicó en De Lapsis una muy interesante entrada titulada “El lobby gay pierde las elecciones en USA”. Allí hace referencia al discurso que el Obispo Jaime Soto pronunció ante la  “National Association of Catholic Diocesan Lesbian and Gay Ministries”. Presentamos aquí nuestra traducción de esa ponencia y recomendamos la lectura del post de Juanjo.


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Cuando meditamos sobre la Persona de Jesús, a menudo recordamos las muchas formas en las que Jesús ayudó a la gente. En todas las muchas instancias del Evangelio en las que la gente se acercó al Señor Jesús con sus necesidades, Él los alimentó, Él los sanó, Él los perdonó, y los salvó. Esto puede muchas veces llevarnos a la conclusión de que Jesús siempre dijo “Sí”. Que Él siempre le dio a la gente lo que quería. Que fue una persona que siempre estaba de acuerdo.

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No siempre es este el caso en el Evangelio. Hace un par de semanas, escuchábamos en el Evangelio del Domingo la historia de un difícil encuentro entre Jesús y Simón Pedro. En el capítulo dieciséis de Mateo, seleccionado para el Domingo 22º Durante el Año, Jesús comienza a presentar a Sus discípulos la ya próxima Pasión y Muerte que Le aguardan en Jerusalén. Simón Pedro está un poco desconcertado ante el tema de la conversación de Jesús acerca de los sufrimientos que Le esperan. Simón Pedro intenta persuadir al Señor de que esto no es una buena idea ni para Él ni para Sus seguidores. Lo que Jesús describía no era el viaje para el que Simón Pedro se había anotado. Cuando Simón Pedro dio su respuesta inicial a la invitación del Señor a seguirlo, esto no estaba en el itinerario.

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Jesús le dice “no” a Su amigo, Simón Pedro, en términos muy claros. “No piensas como lo hace Dios, sino como lo hacen los hombres”. Las palabras de Jesús deben haber conmovido a Pedro. No era éste el hombre agradable al que había llegado a conocer y al que seguía. Probablemente se sintió como el profeta Jeremías que, en la primer lectura del mismo Domingo, dice bastante francamente: “Me has engañado, Señor, y yo me dejé engañar”.

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Jesús le dice “no” al pedido de Pedro, para poder decirle “sí” a Pedro y a nosotros con Su sacrificio en la Cruz. Jesús no cede ante las expectativas de Pedro o ante las de otros. Tiene firmemente plantadas en Su corazón las expectativas y deseos de Su Padre Celestial. Dice “no” a Pedro, y desafía a Pedro a dar un “sí” más grande, a tomar su cruz y a seguirlo.

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Pablo tenía la misma cosa en mente cuando dice en la Carta a los Romanos: “No os ajustéis a este mundo”. Pablo nos recuerda que no debemos conformarnos con las modas y los gustos de nuestra sociedad. Debemos ajustarnos a Cristo.

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Podemos fácilmente ceder a la tentación de seguir de largo y arreglárnoslas solos. Podemos fácilmente ser engañados por las ideas y tendencias que nos rodean. “Todo el mundo lo hace” puede transformarse en una razón suficiente para pensarlo o hacerlo nosotros mismos. Como Pedro, podemos pensar que lo que Jesús enseña es demasiado poco realista, demasiado poco razonable. Como Pedro, podemos convencernos a nosotros mismos de que sabemos más que el Señor. Podemos incluso tratar de negociar con Jesús por condiciones más sencillas, como hace Pedro.

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Vemos esto especialmente en el área de la sexualidad. Mucho de lo que vemos y oímos cada día puede llevarnos a una comprensión distorsionada de nuestra sexualidad. La sexualidad ha sido reducida a un asunto de preferencia y placer personal, sin responsabilidad y con muy poco respeto por los demás. Podemos perder de vista la profundidad de la dignidad de la persona humana, que tiene parte en el Amor y en la obra creadora de Dios a través de la casta expresión de su sexualidad, según el llamado propio en la vida.

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Estamos rodeados por una “cultura contraceptiva” que ha reducido el acto procreador a una simple recreación, privada de cualquier responsabilidad.

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El engañoso lenguaje “pro-choice” ignora las consecuencias de elegir el aborto, que hace violencia a los más inocentes y deja cicatrices traumáticas en muchas mujeres jóvenes.

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Lo que es una preocupación y una alarma particular para nosotros, tanto en California como en otros lugares del país, es el descarado cuestionamiento judicial a la añeja comprensión cultural y moral del matrimonio como un pacto sagrado entre un hombre y una mujer. Nuestros esfuerzos por restaurar el sentido común por medio de una iniciativa electoral, la “Proposición 8”1, son presentados como intolerantes y fuera de sintonía. La ironía es que lo que proponemos está más en sintonía con la naturaleza de las familias y con lo que es bueno para el bienestar de todos.

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Que nos encontremos en este tiempo reafirmando la comprensión moral básica y razonable del matrimonio, significa que mucho ha cambiado en la percepción popular de la sexualidad y en las nociones corrientes acerca del matrimonio. Al tiempo que trabajamos porque se apruebe la “Proposición 8” este próximo noviembre, es importante recordar por qué hacemos esto. Como Jesús, en el capítulo dieciséis de Mateo que he citado, estamos diciendo un fuerte “no” a las cortes de California y a muchos que apoyan la mal encaminada decisión de la corte. Este “no” no tiene sus raíces en la intolerancia o en los prejuicios. Está firmemente enraizado en un “sí” más grande, un “sí” a una valoración más verdadera y más auténtica del llamado al amor que está en la esencia del corazón humano.

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La naturaleza del amor ha sido distorsionada. Muchas nociones populares la han desviado de su verdadero destino. El amor, para muchos, ha venido a significar el tener relaciones sexuales. Si no puedes tener relaciones, entonces no puedes amar. Éste es el mensaje. E incluso más destructiva es la noción – que prevalece – de que el sexo no es una expresión del amor. El sexo es el amor. Esta reductio ad absurdam priva a la sexualidad de su verdadero significado, y quita a la persona humana la posibilidad de siquiera conocer el verdadero amor.

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Las relaciones sexuales son una bella expresión del amor, pero lo son cuando son entendidas como una expresión singular que busca tener parte en el amor fiel y creador de Dios. Como el Santo Padre, Benedicto XVI, explicó en su primer encíclica, Deus Caritas Est, “El matrimonio basado en un amor exclusivo y definitivo” – entre un hombre y una mujer – “se convierte en el icono de la relación de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano”. (DCE, n. 11). Las relaciones sexuales en el contexto de la alianza matrimonial, se convierten en un hermoso icono – un Sacramento – del Amor Creador y Unificador de Dios. Cuando las relaciones sexuales se separan de este contexto icónico sacramental de la alianza complementaria y procreadora entre un hombre y una mujer, son empobrecidas, y degradan a la persona humana.

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Las relaciones sexuales entre un hombre y una mujer en la alianza matrimonial son expresión del amor al que la persona humana puede aspirar, pero todos estamos llamados a amar. Amar es parte de nuestra naturaleza humana. Todos tenemos el deseo de amar, pero este amor puede desviarse de su verdadero llamado cuando exalta solamente el placer corporal. El Papa Benedicto dijo en la misma encíclica, “el modo de exaltar el cuerpo que hoy constatamos resulta engañoso. El eros, degradado a puro ‘sexo’, se convierte en mercancía, en simple ‘objeto’ que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía. En realidad, éste no es propiamente el gran sí del hombre a su cuerpo. Por el contrario, de este modo considera el cuerpo y la sexualidad solamente como la parte material de su ser, para emplearla y explotarla de modo calculador” (DCE, n. 5). No es éste nuestro verdadero llamado. El deseo humano de amar debe llevarnos a lo divino. Siguiendo la encíclica del Santo Padre, nos dice, “Ciertamente, el eros quiere remontarnos ‘en éxtasis’ hacia lo divino, llevarnos más allá de nosotros mismos, pero precisamente por eso necesita seguir un camino de ascesis, renuncia, purificación y sanación” (DCE, n. 5).

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Este camino es el camino de la castidad. Es muy verdadero en el matrimonio. Y es también verdadero en toda vida humana, porque es la naturaleza de todo amor auténtico. Todos estamos llamados a amar. Todos estamos llamados a ser amados. Esto sólo puede suceder cuando elegimos amar en la forma en que Dios nos ha llamado a vivir. El amor nos conduce al éxtasis, no como un momento de intoxicación sino más bien como un camino, “como un camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios: ‘El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará’ (Lc 17, 33)” (DCE n. 6).

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La sexualidad, por tanto, como parte de nuestra naturaleza humana, sólo nos dignifica y libera cuando comenzamos a amar en armonía con el Amor de Dios y con la Sabiduría de Dios para con nosotros. La castidad como virtud, es un camino que nos conduce a esa armonía con la Sabiduría y el Amor de Dios. La castidad nos mueve más allá de los propios deseos y hacia aquello que Dios quiere para cada uno de nosotros. La castidad es el viaje del amor en camino “de ascesis, renuncia, purificación y sanación”. La castidad es la comprensión de que no todo versa sobre mí o sobre nosotros. Actuamos siempre bajo la mirada de Dios. El deseo, templado y probado por la “renuncia, la purificación y la sanación” puede llevarnos al Designio de Dios.

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Esto es verdadero para todos nosotros. Es también verdadero para los hombres y las mujeres que son homosexuales. Todos estamos llamados a vivir y a amar en una forma que nos conduzca a relaciones castas y respetuosas con los demás, y a una relación íntima con Dios. Debiéramos ser instrumentos del Amor de Dios hacia los demás. Permítanme ser claro. Las relaciones sexuales fuera del pacto matrimonial entre un hombre y una mujer pueden ser seductoras y embriagadoras, pero no nos conducirán por la senda liberadora del verdadero auto-descubrimiento y del auténtico descubrimiento de Dios. Por esta razón, son pecaminosas. Las relaciones sexuales entre personas de un mismo sexo pueden ser seductoras para los homosexuales, pero desvían del verdadero significado del acto, y alejan de la verdadera naturaleza del amor al que Dios nos ha llamado a todos. Por esta razón, son pecaminosas.


El amor matrimonial es una expresión bella y heroica del amor fiel, dador y creador de vida. No debiera ser acomodado ni manipulado por aquellos que creen tener el derecho de remedar su singular expresión.

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El matrimonio no es el único ámbito del amor, como algunos de los políticos parecerían indicar. El amor es vivido y celebrado en muchas maneras que pueden llevarnos a una vida sana, seria y religiosa: el amor profundo y casto de los verdaderos amigos, el amor incansable de los religiosos y clérigos, los lazos profundos y amorosos entre los miembros de una comunidad cristiana, el amor duradero, comprensivo y compasivo entre los miembros de una familia. ¿Deberíamos desechar o menospreciar la significación humana y espiritual de estas vidas entregadas en el amor?

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Este es hoy un mensaje es duro. Pero así y todo, es el mensaje correcto. Perturbará y molestará a muchos de nuestros hermanos y hermanas, de la misma manera en que Pedro fue perturbado y desconcertado por la severa reprimenda de Su Maestro y buen Amigo, el Señor Jesús. Si la historia de la relación de Pedro con Jesús hubiese comenzado y terminado allí, habría sido una triste historia, por cierto, pero esa no fue toda la historia entonces, ni tampoco es toda la historia ahora. Jesús encontró a Simón Pedro en la orilla del Mar de Galilea. Le dijo con gran amor y cariño: “Ven, sígueme”. Pedro no sólo continuará siguiendo al Señor Jesús hasta Jerusalén. A pesar de sus muchos defectos y debilidades, llegará el momento en que elija amar como Jesús lo amó. Morirá con la muerte de los mártires en Roma, dándose completamente por Aquel que tanto lo amó.

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La enseñanza de la Iglesia con respecto a la sagrada dignidad de la sexualidad humana no es una reprimenda sino una invitación a amar como Dios nos ama. El firme apoyo de la Iglesia a la “Proposición 8” no es una reprimenda contra los homosexuales, sino una afirmación sincera de la naturaleza del pacto matrimonial entre un hombre y una mujer. Esperamos y rogamos que todos, también nuestros hermanos y hermanas homosexuales, verán la racionabilidad de nuestra posición, y la sinceridad de nuestro amor para con ellos.

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Por esta razón, deberíamos dejar que las palabras de San Pablo nos persigan y nos incomoden: “No os ajustéis a este mundo”. Podemos dejarnos engañar y manejar de tantas formas por las modas y tendencias de estos tiempos. Es mucho mejor permitirnos ser conducidos en los caminos y modos de Jesús. El Señor Jesús nos exhorta como exhortó a Su amigo, Simón Pedro, a no ajustarnos a lo que está de moda o a la conveniencia. Él tiene mucho más para ofrecernos. No pensemos como piensan los demás. Pensemos como Dios lo hace. Él nos muestra el Camino, la Verdad y la Vida.


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1La Proposición 8 es un referéndum en las elecciones estatales de California que elimina el derecho de las parejas del mismo sexo a contraer matrimonio. La proposición busca que se añada en la Constitución que sólo el matrimonio entre un hombre y una mujer es válido o reconocido en California.

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Fuente: California Catholic Daily


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo


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3 Comentarios:

Juanjo Romero ha dicho

buhardilleros, por las alusiones personales: gracias, gracias.

Creo que el discurso de Sot es impresionante (que lo hayáis traducido es otra muestra de por qué este blog se ha convertido en referencia indiscutible): caridad en todos los sentidos y métodos
- repeto a la persona, qué digo, respeto no amor cristiano
- amor a la verdad
- valentía
- querer a la gente es también decirle las cosas
- enraizamiento bíblico y patrístico
- trasmisión del magisterio (la encíclica)

Deberían muchos aprender.

PD: pongo el enlace.

Manuel de Santiago ha dicho

Mi más sincera felicitación. Necsitamos estas voces en el mundo libre de la Blogosfera. La Verdad termina por sobrepònerse. es custión de no cansarzse.
Un saludo.

caminante ha dicho

Bien, muy bien. Dios es el Señor de la Historia. Y sólo hace falta que los que nos decimos cristianos nos lo creamos. Y difundamos sin cansarnos la Verdad.
Un fortisimo abrazo.