jueves, 25 de septiembre de 2008

Los editores católicos y las tentaciones mundanas

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¿Quién de nosotros no ha quedado un tanto confundido o, al menos, contrariado al ver en una librería católica libros de autores censurados por la Iglesia? Seguramente, los lectores habrán experimentado también la perplejidad al encontrarse, en medio de una lectura "católica", con afirmaciones contrarias al catecismo. Nicola Bux, con su habitual claridad,  reflexiona sobre estas y otras cosas en el artículo que aquí presentamos.


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Reflexiones sobre comunicación y promoción de la fe


Por Nicola Bux, consultor de la Cong. para la Doctrina de la Fe


Jesús ha querido a la Iglesia para hablar de Dios al mundo y para que el hombre se convierta y viva. En cambio, siempre con más frecuencia nos encontramos con libros escritos por cristianos y con intervenciones públicas de los pastores que describen y llevan a entender a la Iglesia como un fenómeno geográfico y político hasta el punto de que se juzga su eficacia según se venza o no en “el desafío”, o más bien, en “los desafíos” – palabra ahora preferida por laicos y eclesiásticos – que le son planteados, naturalmente y siempre, por el mundo. Así, se pone atención en asegurar que la Iglesia defienda los derechos humanos y no las dictaduras, que proteja a los pueblos en peligro de extinción en lugar de interesarse por la economía, y así sucesivamente. Pero, ¿está la Iglesia llamada precisamente a esto? ¿Es ésta su misión? ¿Es éste el motivo por el cual Jesucristo, su fundador, la ha instituido? Hoy se pretende que su misma extensión global, de donde también le viene el atributo de católica, sea valorada según los parámetros de las multinacionales. Tanto es así que hoy parece más importante que un misionero sepa todo sobre la cultura de los hombres de una nación que sobre el deseo de Dios, siempre igual en todos los tiempos y bajo todas las latitudes. Parece que se ha hecho más importante entender los desafíos que las culturas y la mentalidad representan para la Iglesia en lugar del llamado a la conversión que Jesús deseaba y desea dirigir a todo hombre de todo tiempo anunciándole el Evangelio, teniendo en cuenta que éste comienza con el llamado a la conversión (cfr. Marcos 1, 14-15).

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Los movimientos eclesiales de hoy en día, como las órdenes mendicantes medievales y las congregaciones religiosas modernas, se han trasladado desde Europa para hacer conocer el nombre de Jesús a quienes aún no lo conocen, para que, de este modo, le sea concedida al hombre la salud del alma y del cuerpo, o según el término clásico, la salvación. Con este fin, estas formaciones no han surgido de una mega-asociación de voluntariado para resolver definitivamente el hambre o llevar la paz al mundo o para otras emergencias graves similares, ni tampoco los misioneros son los héroes llamados a realizar hazañas épicas de este estilo: los unos y los otros forman parte de la Iglesia y están llamados simplemente a hacer hoy la “nueva evangelización”,- término utilizado por Juan Pablo II pero acuñado por Pablo VI, tras las huellas del impulso a la misión dado con la Fidei Donum de Pío XII – porque el hombre secularizado europeo o norteamericano, el pobre latinoamericano, africano o asiático, sin conocer el Evangelio de Jesús queda aún más pobre, privado de la respuesta al sentido de la vida. En este sentido, el Señor ha hecho la Iglesia para que el hombre lo conozca a Él, y por Él, al Padre; por eso, el encuentro con Jesús es la motivación de cada una de sus acciones, también las sociales. Y esto explica por qué a la Iglesia no le importa y no le puede importar demasiado el éxito mundano o la respuesta e incluso la victoria sobre los “desafíos” del mundo. Cristo ha dicho que ya ha vencido al mundo (cfr. Juan 16, 33): ¿en qué sentido? Basta que un solo hombre abandone el pecado y se convierta al amor de Dios: Deus caritas est.

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En la misión de la Iglesia participa con una especial responsabilidad la editorial católica mundial, como habían intuido don Alberione y el padre Dehon, a tal punto que hoy se ha convertido en una suerte de motor de búsqueda y de actualización teológica. Más aún, la Iglesia la considera entre sus obras apostólicas.


“Los fieles que trabajan en el campo editorial, incluida la distribución y venta de escritos, tienen, cada cual según la función específica que desarrolla, una responsabilidad propia y peculiar en la promoción de la sana doctrina y de las buenas costumbres”. La Congregación para la Doctrina de la Fe, republicando la Instrucción sobre algunos aspectos relativos al uso de los instrumentos de Comunicación Social en la promoción de la Doctrina de la Fe, quiere principalmente recordar que una fe que no se sabe defender no se puede difundir, y lo mismo dígase de la moral cristiana. Un ejemplo: no se puede continuar afirmando y escribiendo, por parte de exégetas y teólogos católicos, que la Resurrección no es un hecho histórico, que el sepulcro vacío sería una “leyenda etiológica”, mientras que sí sería histórica la fe en el Resucitado de los discípulos. Esto contradice explícitamente el magisterio del Papa, el cual incluso recientemente, ha reafirmado que “la Resurrección es un hecho histórico del que los Apóstoles son testigos y no ciertamente creadores”.

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Todos deberíamos volver a la respuesta que el staret ruso Ivan dio al “señor del mundo”, el Anticristo de turno: “¡Oh, gran emperador! Para nosotros, lo más querido que tenemos en el cristianismo es Cristo, Él mismo, y de Él todo depende porque sabemos que en Él reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad”. Es un imperativo también para los editores católicos. De lo contrario, ¿cómo confrontarse con las otras posiciones, religiosas y no?

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El editor católico no puede tener otra conciencia ni sentir otra responsabilidad; no puede ser negligente en la valoración de la ambigüedad y los errores; con sus publicaciones, debe ayudar a los obispos a ejercer la “vigilancia” precisamente sometiéndose a su discernimiento acerca de las obras de los teólogos, consciente de que se difunden doctrinas –como en el pasado – que deforman la enseñanza de la Iglesia. Que esto ocurra en la cultura es, teniendo en cuenta el pluralismo contemporáneo, prácticamente inevitable; pero no puede y no debe ocurrir en el interior de la Iglesia Católica. En la transmisión de la fe – la traditio o paradosi – no pueden existir tales errores, sino que deben ser identificados y corregidos con prudencia y oportunamente. El derecho de los teólogos a comunicar su pensamiento debe combinarse con el derecho de los fieles a recibir el Evangelio íntegramente en pureza y verdad, como dice el documento en cuestión y como lo exige, por otro lado, la deontología de cualquier profesión. Que las publicaciones teológicas deberían ser el lugar privilegiado de la promoción de la fe, especialmente en los seminarios y facultades eclesiásticas en las cuales se forman los futuros sacerdotes, es algo bien conocido: deberían sentir el deber de colaborar en la fidelidad a la enseñanza de la Iglesia. Que los eclesiásticos concedan entrevistas, sin la previa licencia, a periódicos que acostumbran atacar a la Iglesia y a la religión católica es algo preocupante debido a la instrumentalización a la que estas actitudes dan lugar casi siempre, junto con la confusión y el escándalo de los fieles. Si se es consciente de pertenecer a un cuerpo, a la communio católica de la Iglesia, el ser unánimes debe ser sentido por los editores como un vínculo especial. Los miembros del laicado no deben tomar las correcciones como una afrenta, y el clero debe trabajar con los laicos para lograr el obsequium razonable. Para ambos, la libertad de cometer errores debe ser acompañada de la obligación de recibir la corrección cuando esto sucede. En definitiva, como enseña John Henry Newman, la conciencia individual de los fieles (phronesis) encuentra su realización sólo en la conciencia común de la Iglesia en su totalidad (phronema). Éste es el “magisterio vivo” de la Iglesia.

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En cierto sentido, en cada generación se debe partir siempre de nuevo para la renovación de la Iglesia y, en relación a este fin, la teología tiene su función propia. Sin embargo, quedamos asombrados por la habilidad de algunos teólogos que llegan a escribir y sostener exactamente lo contrario a la doctrina de la Iglesia, presentándolo como el significado verdadero de este o aquel documento del magisterio. Pablo VI, en el diálogo con Jean Guitton, lo describió como “pensamiento no católico”: los antiguos padres lo llamaban error o herejía, es decir, la elección arbitraria de las verdades a creer, o como dice el Código de derecho canónico, la obstinada negación de alguna verdad o la duda obstinada sobre ella, a pesar de haber recibido el bautismo en la fe de la Iglesia Católica.

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Desde el post-Concilio se ha instaurado un nuevo modo de disentir: ya no más oponerse, sino más bien reducir a una opinión más entre otras aquello que dice el Papa y los obispos unidos a él; así, el magisterio no es considerado en la Iglesia el único intérprete de la Palabra de Dios (cfr. Dei Verbum, 10). Lamentablemente, a veces contribuyen a esto algunos pastores con la ambigüedad de sus intervenciones, incrementando el relativismo mediático que reduce todo a opinión y duda. Contribuyen también a esto algunos centros editoriales, donde la verdad católica es propuesta como complementaria a la de las otras confesiones.

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Ahora bien, la teología, que es el esfuerzo por comprender el sentido de la Revelación, debe ayudar al hombre a acercarse al misterio, que se presenta así como su pre-juicio, es decir, su fundamento, su materia y su fuente y, por tanto, su necesario impulso. En este sentido, se puede decir que cada creyente es, en germen, un teólogo. Alejada del misterio y de su aceptación en la fe, la teología no puede sino reducirse a abstracción, limitarse a hipótesis y terminar en la irrealidad. La fe no puede no madurar en teología y el creyente no puede no ser teólogo precisamente porque el momento y el nivel teológico no son añadidos desde fuera sino que crecen desde dentro de la fe, llena del misterio. De otra manera, son escandalizados “los pequeños que creen” (Marcos 9, 42; cfr. Mateo 18, 6; Lucas 17, 2), aquellos que son débiles en la fe y que aún deben crecer. Como pide el Apóstol Pablo, es necesario acoger a “quien es débil en la fe, sin entrar en discusiones” (Primera carta a los Corintios 8, 7-13; cfr. Carta a los Romanos 14, 1; 15, 4). Se requiere caridad y paciencia, y no interponer obstáculos, piedras de tropiezo. Sobre todo se requiere la fe, que quiere decir también creer junto con toda la Iglesia.

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¿A quién le corresponde “vigilar” todo esto? Teniendo en cuenta que el término griego episkopé tiene precisamente este significado, les corresponde principalmente a los obispos, como pastores y doctores, a los superiores religiosos, en especial si son los responsables últimos de facultades teológicas, junto a los directores y rectores de seminarios, vigilar que se enseñe la doctrina católica y, en constante relación con ella, se realice la reflexión filosófica y teológica. Muchas veces se oye decir que algunos obispos, para vivir tranquilos o por negligencia, omiten la tarea de “vigilancia” sobre clérigos en la fase de formación o sobre laicos en la fase de preparación. No raramente es posible encontrar también un defecto de competencia teológica que pone al pastor en una inexplicable condición de inferioridad psicológica siendo que, por el contrario, él es el verdadero “magister” en su diócesis. Ésta es una omisión grave porque, de este modo, los futuros sacerdotes, confesores y pastores así como los laicos que enseñarán (o deberían hacerlo) la religión católica y el catecismo, no transmitirán la verdad católica sino las propias opiniones, confundiendo y perturbando a los fieles. Cuando esta instancia primaria de verificación doctrinal y disciplinar no funciona, intervienen los organismos competentes de la Santa Sede; este procedimiento de verificación no tiene nada de tenebroso sino que se realiza según el método evangélico de la corrección fraterna.

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Entonces, favorezcamos también hoy el debate, como en el pasado: “Si un teólogo decía algo suyo -observa Newman-, otro le respondía. Si la controversia crecía, era llevada ante un obispo, en una facultad teológica o en alguna universidad extranjera. La Santa Sede no era sino el lugar del recurso último y definitivo…”. En fin, que florezca la compasión y el respeto mutuo entre pastores y fieles, entre los estudiosos y el pueblo simple. Así la Iglesia está viva. El editor católico, ante tal tarea de edificación continua de la communio entre obispos y laicos, teólogos y fieles, debe advertir toda la responsabilidad del propio carisma.

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Artículo publicado en la edición del 24 de septiembre de 2008 de L’Osservatore Romano


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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3 Comentarios:

Juanjo Romero ha dicho

Buhardilleros, por motivos profesionales llevo tiempo sin comentar, pero no he dejado de leeros.

Este post es de plena actualidad en España. Se rumorea un posible "toque" a la editorial SM por parte de la Conferencia Episcopal. Lo que ponéis a nuestra disposición hoy ayudará a otros a entender esta decisión que antes o depués se va a tomar.

Felipe ha dicho

Me acaba de pasar hace menos de una semana en las Editoriales Paulinas, donde vi los libros de "El sacerdocio de Mujeres en la época de los apóstoles", varios libros de religión Judía y nada de Summorum Pontificum... Por supuesto no faltaban Leonardo Boff y Hans Kung...

Bruno ha dicho

He tomado un fragmento de este texto de Mons. Nicola Bux para mi blog, "Espada de doble filo", en Religión Digital.

Por supuesto, he citado su origen. Gracias por la traducción.

Un saludo.