miércoles, 23 de julio de 2008

J. H. Newman y el anglicanismo

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Ventanal construido en memoria de John H. Newman en el Oriel College (Oxford)

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[...] me creo obligado a manifestar llanamente lo que siento y he sentido acerca de la Iglesia anglicana desde que soy católico. En mi conversión no tuve conciencia de que se produjera en mí ningún cambio en cuanto a la doctrina. No puedo decir lo mismo respecto a determinados hechos y, aunque no tengo la más remota intención de ofender a los anglicanos sinceros, me siento obligado a confesar que sí experimenté un gran cambio en mi manera de ver la Iglesia anglicana. No sabré decir al cabo de cuánto tiempo, pero muy pronto se apoderó de mí un pasmo enorme de haber llegado a imaginar que la Iglesia anglicana formaba parte de la Iglesia Católica. Por vez primera la miraba desde fuera y (así me diría a mí mismo) la veía como era. En adelante, ya no puede ver más que aquello que con tanto miedo había sospechado allá por 1836: una mera institución nacional.

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Como si de pronto se me hubieran abierto los ojos, así la vi espontáneamente, sin acto alguno definido de razón ni argumentación de ningún tipo, y así la sigo viendo desde entonces. Yo creo que la causa principal de ese modo de ver radica en el contraste que me ofrecía la Iglesia Católica. En ella reconocí inmediatamente una realidad que era algo completamente nuevo para mí. Me di cuenta de que no me estaba fabricando una Iglesia para mí mismo a base de esfuerzo mental, no necesitaba hacer un acto de fe en ella, no tenía por qué hacerme violencia para tomar una postura. Mi espíritu se dejó llevar relajado y en paz. Yo miraba a la Iglesia casi pasivamente como un gran hecho objetivo; miraba a la Iglesia, sus ritos, sus ceremonias, sus mandamientos, y me decía: “Esto sí que es religión”. Luego volvía la mirada a la pobre Iglesia anglicana, por la que tan duramente había trabajado, y a su entorno; cuando pensaba en nuestros intentos por embellecerla estética y doctrinalmente, todo se me antojaba de una vaciedad monumental.

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¡Vanidad de vanidades, todo vanidad! ¿Cómo contar lo que me pasó sin que parezca que hago sátira? Pero no digo más que palabras llanas y serias. Unos me llaman crédulo por reconocer los derechos de los católicos, otros, satírico por desaprobar las pretensiones de los anglicanos. Para unos es credulidad, para otros, sátira; para mí no es ni lo uno ni lo otro. Lo que ellos tienen por exageración, lo tengo yo por verdad. No desprecio a la Iglesia anglicana aunque ellos me tengan por desdeñoso. Para ellos, claro está, se trata de aut Caesar aut nullus; no así para mí. La Iglesia anglicana puede ser algo muy grande, aunque no sea divina, y es así como yo la juzgo. Por la misma razón, quienes niegan el derecho divino de los reyes se indignarían si se les considerase desleales por ese motivo. De igual manera yo reconozco en la Iglesia anglicana una institución venerable, con nobles tradiciones, un monumento de acrisolada sabiduría, una poderosa fuente de grandes beneficios para el pueblo y, hasta cierto punto, un testigo y maestro de verdad religiosa.

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Si se considera con ecuanimidad lo que he escrito sobre ella desde que soy católico, no creo haber tomado en conjunto otra postura que esa. Pero que la Iglesia Anglicana sea algo sagrado, que sea Oráculo de la verdad revelada, que pueda reclamar para sí a San Ignacio o San Cipriano, que pueda ocupar el puesto, discutir la doctrina y cerrar el paso a la Iglesia de San Pedro; que pueda llamarse a sí misma “la esposa del Cordero” (Apoc 21,9), son nociones que se evaporaron de mi mente al convertirme y sería casi un milagro que retornaran. “Pasé pero ¡ay!, ya era ido; lo busqué, pero no lo hallé” (Salmo 36,36), y nadie me lo podrá devolver.

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En cuanto a poseer la sucesión episcopal desde el tiempo de los apóstoles, es muy posible que la tenga, y si la Santa Sede lo decidiera un día, yo lo creería por ser el juicio de una instancia superior a mí. Pero a mí me haría falta el don de San Felipe Neri, que distinguió el carácter sacerdotal en la frente de un joven vestido muy estrepitosamente, antes de aceptarlo, ya que los argumentos de antigüedad están en franca oposición con la evidencia de los hechos. [Recordemos que el Papa León XIII, en 1896, se pronunció negativamente sobre la validez de las órdenes anglicanas] ¿Por qué he de hacer sufrir a amigos queridos, por qué encender en corazones afectuosos una especie de resentimiento contra mí? Pero debo hacerlo, aunque sea no sólo un dolor para mí, sino la cosa menos prudente en este momento. En cualquier caso, eso es lo que pienso, y si el pensarlo, el haberlo dado a entender antes de ahora involuntariamente de palabra o de obra, si el haberlo confesado en algún momento oportuno, como este, si todo esto es prueba de la acusación de mis enemigos de “haberme vuelto contra mi Iglesia materna con injuria y calumnia”, en este sentido, y sólo en este, me declaro culpable de ello, sin una palabra de excusa.

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Y en ningún otro sentido, desde luego. La Iglesia de Inglaterra ha sido para mí el instrumento de la Providencia para hacerme grandes beneficios. Si hubiera nacido en una secta disidente, tal vez no me hubieran bautizado; si hubiera nacido presbiteriano, acaso no hubiera conocido nunca la divinidad de nuestro Señor; de no haber ido a Oxford, tal vez no hubiera nunca oído una sola palabra sobre la Iglesia visible, sobre la Tradición y otras doctrinas católicas. Y habiendo recibido tan grandes bienes de la Iglesia anglicana establecida, ¿tendré corazón o, mejor dicho, tendré tan poca caridad que desee verla destruida, sin pensar que está haciendo por tantos otros lo que hizo por mí? No tengo tal deseo mientras ella sea lo que es y nosotros seamos tan pocos. Yo no haré nada contra ella, no por ella misma, sino por los muchos fieles a quienes sirve en su ministerio. Mientras los católicos seamos tan débiles en Inglaterra, ella trabaja a nuestro favor y aunque en cierta medida nos perjudica, el saldo final, hoy por hoy, nos es favorable.

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Otra cuestión es cuál sería nuestro deber en circunstancias distintas, por ejemplo, si la Iglesia oficial perdiera su fe en la Revelación o dejara de predicarla. La historia nos enseña que países enemigos pactan treguas largas y las renuevan de cuando en cuando; esa podría ser la situación de la Iglesia Católica respecto a la Iglesia anglicana establecida.

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No cabe duda de que la Iglesia nacional ha sido hasta ahora un dique contra errores más profundos que los suyos propios. Cuánto tiempo seguirá siendo así, es imposible decirlo, porque la nación arrastra a la Iglesia hacia su propio nivel.

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(Tomado de J. H. Newman, "Apologia pro vita sua")

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3 Comentarios:

Gabriel Mahiques ha dicho

Lo estamos viendo, el secularismo laicista del estado está arrastrando a la Iglesía.
El pensamiento postmoderno y neopagano esta arrastrando a los anglicanos.
Que lastima, porque termina siendo escandalo dentro de nuestra Iglesía, ya se deben estar escuchando voces que dicen "Queremos matrimonio gays, que Benedicto modernice a la Iglesía... " y sandeces parecidas.

Anónimo ha dicho

1) Me parece ver en Newman un verdadero y santo ecumenista por su respeto y caridad hacia la Iglesia Anglicana, su prudencia en sus juicios y su reconocimiento de los parciales beneficios espirituales que otorga a sus fieles, en contraste con el ecumenismo chillón de muchos prelados católicos de hoy, que no hacen más que confundir, y de esa forma anotar autogoles a la Iglesia Católica.
2) Trancribo esto de Newman:Yo miraba a la Iglesia casi pasivamente como un gran hecho objetivo; miraba a la Iglesia, sus ritos, sus ceremonias, sus mandamientos, y me decía: “Esto sí que es religión”. Luego volvía la mirada a la pobre Iglesia anglicana, por la que tan duramente había trabajado, y a su entorno; cuando pensaba en nuestros intentos por embellecerla estética y doctrinalmente, todo se me antojaba de una vaciedad monumental".
¿Que diría Newman hoy de nuestros ritos y doctrinas?
Gustavo

Descencencia de Ioreth ha dicho

Newman es un Padre de la Iglesia sin dudarlo.
Gracias por rescatarlo de la oscuridad en la que parece haber sido metido.